El Padre Samaan era profundo conocedor de temas espi­rituales y teológicos, versado en los secretos del pecado venial y mortal, y una autoridad en los misterios






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títuloEl Padre Samaan era profundo conocedor de temas espi­rituales y teológicos, versado en los secretos del pecado venial y mortal, y una autoridad en los misterios
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EL EXTRANJERO



La Pascua llego y, mejor que todas las señales, las alegres multitudes lo anunciaban. $olo y melancólico, me aparto de la multitud. Pienso en el hijo del Hombre, que nació y vivió en la indigencia y después murió crucificado. Pienso en aquel Fuego Divino que el Espíritu encendió en una pequeña aldea y que sobrevivió a los siglos y puso su marca en todas las civilizaciones.

En el parque desierto, un hombre, también solo, pa­recía estar esperándome. Se sentó a mi lado y comenzó a dibujar en la arena figuras misteriosas. Sus vestimentas eran modestas, mas de su presencia emanaba una grandeza inex­presable.

-¿El señor es, tal vez, extranjero? -le pregunté con simpatía.

-Yo soy extranjero en esta ciudad y en todas las ciu­dades.

-Pero en días festivos, el extranjero olvida la amargura del exilio y se deja consolar por el afecto de los corazones abiertos.

-Yó soy más extranjero aún, en estos días, que en otro cualquiera. -Y dirigió al cielo una mirada soñadora, como si estuviera buscando en el más allá, una patria desconocida.

Lo observé nuevamente y le dije:

-Me parece que el señor necesita ayuda, ¿no aceptaría la mía?

-Sí, necesito ayuda, pero mi necesidad no es de dinero -me respondió.

-¿Y que es lo que usted necesita?

-Necesito un abrigo. Necesito un lugar donde descansar mi cabeza.

-Pero, si acepta mi dinero, podrá alojarse en un hotel.

-Ya fui a todos los hoteles y ninguno me aceptó. Ya golpeé todas las puertas sin hallar un amigo.

-Venga entonces conmigo. Pasará la noche en mi casa.

-Mil veces llamé á tu puerta pero jamás me abriste. Y ahora, si supieras quién soy, no me invitarías.

-Y, ¿quienes el señor?

-Yo soy quien derriba lo que los siglos establecieron. Soy el huracán que arranca las raíces secas. Soy quien trae al mundo la justicia y la piedad.

Dijo eso y se levantó. Era de gran estatura y su voz, profunda como la noche, evocaba el sonido de la tempestad. Después, su rostro se iluminó. Extendió sus brazos y vi en sus manos rastros de heridas. Me arrojé a sus pies bal­buceando:

-Jesús, el Nazareno.

Y le oí decir:

-El mundo celebra en mi nombre las tradiciones que los siglos tejieron a mi alrededor. Pero yo permanezco extran­jero, recorriendo el universo y atravesando los siglos sin encontrar, entre los pueblos, quien comprenda mi verdad. Los zorros tienen sus madrigueras y las aves del cielo tienen nidos, mas el Hijo del Hombre no tiene un lugar donde recli­nar su cabeza.

Cuando levanté mis ojos, nada vi sino una columna de incienso. Y oí el eco de una canción llegarme desde la eter­nidad.
LOS GIGANTES
Quien escribe con tinta no es como el que escribe con sangre del corazón.

Y el silencio que produce el tedio es diferente del silencio que nace del dolor.

Busqué refugio en el silencio porque los oídos de la Humanidad se cerraron al susurro de los débiles y sólo escuchan el tumulto del abismo. Y es más prudente para el débil callar frente a las fuerzas tempestuosas de la vida; aquellas que tienen cañones por voz y bombas por palabras. Vivimos una época cuyos hechos más pequeños son más grandiosos que los más grandes del pasado. Los valores y los problemas que monopolizan corazones y pensamientos están en penumbras. Los antiguos sueños se desvanecen como bruma y son sustituidos por gigantes que caminan como tempestades, se mueven como el mar y respiran como vol­canes.

Y, ¿cuál será el destino del mundo, cuando los gigantes finalicen su guerra?

¿Volverá el campesino a sembrar semillas donde la muerte sembró esqueletos?

¿Llevará el pastor su rebaño hacia las praderas donde la sangre regó la tierra?

¿Se inclinará el creyente en templos donde los demo­nios danzaron? ¿Declamará el poeta sus poemas frente a las estrellas ofuscadas por el fragor de las batallas? y ¿cantará el cantor sus canciones en la quietud perturbada por tantos horrores?

¿Se sentará la madre al lado de la cuna de su niño para arrullarlo sin temores del mañana?

¿Se encontrarán los enamorados a cambiar besos donde los enemigos cambiaron golpes?

¿Volverá la primavera a cubrir con flores las heridas de la tierra?

Y, ¿qué será de nuestra patria? ¿Cuál de los gigantes dominará aquellas colinas y aquellas praderas que nos dieron vida y nos transformaron en hombres y mujeres?

¿Continuará el Oriente siendo disputado por lobos y cerdos, o caminará como la tempestad hasta la guarida del león y el nido de las águilas?

Y, ¿se levantará nuevamente la aurora sobre las cumbres del Líbano?

Siempre que estoy solo le hago preguntas a mi alma. Pero el alma es como el Destino, no habla.

¿Quién de vosotros no se preocupa del futuro del mundo y sus habitantes una vez que los gigantes se hayan saciado de lágrimas de viudas y huérfanos?

Soy de los que creen en la ley de la evolución y el pro­greso. A mi entender esta ley alcanza tanto a lo material como a lo inmaterial. Lleva de lo bueno a lo mejor, no sola mente a las criaturas físicas sino también a las religiones y a los gobiernos. Sólo hay retrocesos y decadencias apa­rentes.

La ley de la evolución tiene infinitas ramificaciones pero una sola raíz. Sus manifestaciones son, a veces, duras e injustas y oscuras, provocando la rebeldía de las mentes limitadas y de los corazones frágiles. Pero su esencia es, siempre, justa y luminosa. Se ocupa de derechos superio­res a los del indiviudo y sus objetivos son superiores a los de la comunidad. Su voz, mezcla de horror y suavidad, con­tiene el gemir de los flagelados y la angustia de los que sufren.

Alrededor de mí hay muchos enanos que .miran,. desde lejos, la lucha de los gigantes y oyen sus gritos de júbilo y rabia, mientras croan como ranas diciendo:

-El mundo volvió a sus orígenes. Lo que las genera­ciones edificaron por la ciencia y por el arte, el hombre lo demolió por egoísmo y ambición. Vivimos nuevamente como trogloditas. Y sólo nos diferencian de ellos nuestras máquinas y las estratagemas que inventamos para destruir.

Los que así hablan, son los que miden la conciencia del mundo con la vara de sus propias conciencias y analizan las aspiraciones de la Humanidad por la necesidad de su supervivencia individual, como si el sol, existiera solamente para calentarlos y el mar para sus baños.

De las entrañas de la vida, más allá de la materia, de las profundidades del universo donde los secretos son guarda­dos, surgirán los gigantes como una tempestad, y ascende rán como nubes y chocarán como montañas y lucharán para resolver un problema de la Tierra, que solamente la guerra puede resolver.

Los hombres, sus conocimientos, su amor y su odio, su desesperación y su dolor, son apenas mecanismos que los gigantes emplean con miras a un objetivo superior que debe ser alcanzado.

La sangre derramada se transformará en ríos de elixir y las lágrimas lloradas brotarán como flores y las almas asesinadas se reunirán y aparecerán por detrás del horizonte como una nueva aurora.

Y la primavera retornará. Pero aquél que desea alcanzar la primavera sin pasar por el invierno jamás lo logrará.
EL SER NACIONAL
Una nación, es una comunidad de individuos que se diferencian en su carácter, tendencias y opiniones, pero que están unidos por una red moral, más fuerte que sus divergencias.

Tal vez, la unidad religiosa constituya un hilo de esta red. Con todo, las divergencias religiosas no perjudican a la unidad nacional sino cuando esta unidad estaba previa­mente debilitada, como en ciertos países orientales.

Tal vez la unidad de lengua sea fundamental para la realización de la unidad nacional. Existen, todavía, mu­chos pueblos que hablan la misma lengua, pero, divergen continuamente en su política, administración e ideología. Tal vez la unidad de raza sea también esencial. Pero la Historia cita muchos ejemplos de pueblos que, descendiendo de la misma simiente, han luchado unos contra otros, hasta su mutua destrucción.

Los intereses materiales, tal vez sean un elemento de unidad. Pero, ¿en cuántos países los intereses materiales sólo han servido para generar competencia y luchas internas?

¿Cuál es, entonces, el fundamento esencial de la unidad nacional? ¿Cuál es el suelo en que crece el árbol de la nación? Tengo a este respecto, ideas propias, que ciertos pensa­dores hallan extrañas porque sus orígenes y consecuencias no son palpables.

He aquí lo que pienso:

Cada pueblo tiene una personalidad característica, así como cada individuo la tiene a su vez. Y, aunque la persona­lidad nacional tome sus componentes de los individuos, así como el árbol forma su sustancia con el agua, la tierra, el calor y la luz, esa personalidad general, es diferente e inde­pendiente de las personalidades individuales, y tiene vida y voluntad propias.

Y, así como encuentro difícil determinar la época en que se forma la personalidad de cada individuo, así encuentro de difícil determinar la época en que se forma la personalidad nacional. Pienso, sin embargo, que la personalidad egipcia, por ejemplo, se formó, por lo menos quinientos años antes de la aparición de la Primera Dinastía en las márgenes del Nilo. Esa personalidad produjo las manifestaciones artísti­cas, religiosas y sociales de la historia egipcia. Y lo que digo de Egipto, se aplica a Asiria, Persia, Grecia, Roma, Arabia y las naciones modernas.

Dije que la personalidad nacional tiene una vida especial. Sí, y tiene también, un tiempo de vida limitado que no puede ser trascendido, exactamente como en el caso de todos los seres vivos. El individuo se desenvuelve pasando por la in­fancia, por la juventud, por la madurez, por la vejez; y asi también se desarrolla la nación: pasando por la aurora velada por el sueño, por el mediodía iluminado por el esplendor del sol, por la tarde marcada por el tedio, con la noche en­vuelta por el cansancio, por un sueño profundo...

La entidad griega, despertó en el siglo X antes de Cristo y caminó con fuerza y majestad en el siglo V y se había agotado al llegar la era cristiana. Se entregó, entonces, para siempre, al sueño de la eternidad.

La entidad árabe tomó conciencia de sí misma en el siglo III antes del islam. Con el Profeta Mahoma, se levantó como un gigante y caminó como un temporal, derrumbando todos los obstáculos. Y, cuando alcanzó la época de los Abássidas, se sentó en un trono apoyado en muchas bases; desde la india hasta Andalucía. Y, llegó al atardecer cuando la perso­nalidad mongólica esta creciendo y extendiéndose de Oriente a Occidente. ¿Será el sueño de la entidad árabe un sueño liviano y despertará de nuevo para exteriorizar lo que perma­necía escondido como lo hizo la entidad Romana, cuando volvió, en el Renacimiento Italiano, y completó en Venecia, Florencia y Milán, lo que había sido interrumpido por los pueblos teutónicos al comienzo de la Edad Media?

Y la más llamativa de las entidades nacionales es la francesa. Vivió dos mil años y aún continúa joven y radiante. Y posee hoy una mente más penetrante y una visión más amplia y un arte y una ciencia más ricas que en cualquier otra época pasada, demostrando que hay entidades nacio­nales que tienen vida más larga que otras. La entidad egipcia vivió tres mil años. La entidad griega sólo vivió mil años. Las causas de esta desigualdad quizá sean las mismas que de­terminan la duración de la vida individual.

¿Qué sucede con las entidades nacionales después que desempeñaron su papel en el teatro de la existencia? ¿Se desvanecen frente al paso de los días y las noches?

En mi opinión, las entidades inmateriales se transfor­man y no desaparecen. Y, como los seres materiales, adquie­ren nuevas formas, pero su esencia sobrevive para siempre. El alma de las naciones duerme, como duermen las flores: cuando sus semillas caen al suelo su perfume _asciende al mundo de la eternidad. Para mí, el perfume, en la flor y en la nación, es su verdad absoluta, su real esencia. Y el perfume de Tebas y Babel y Nínive y Atenas y Bagdad, está hoy en el éter que envuelve la tierra. Y, quizás, esté también en lo más profundo de nuestras almas. Todos nosotros, individuos y naciones, somos los herederos de todas las entidades na­cionales que ya existieron sobre la superficie de la tierra.

Esa herencia etérea, no adquiere, sin embargo, formas palpables en los individuos, hasta que no se perfeccione la nación a la que pertenecen esos individuos, y adquiera una vida y una voluntad propias.

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