El Padre Samaan era profundo conocedor de temas espi­rituales y teológicos, versado en los secretos del pecado venial y mortal, y una autoridad en los misterios






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títuloEl Padre Samaan era profundo conocedor de temas espi­rituales y teológicos, versado en los secretos del pecado venial y mortal, y una autoridad en los misterios
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DIENTES CARIADOS



Había en mi boca un diente cariado. Era un diente astuto y malvado: permanecía quieto todo el día y sólo comenzaba a molestar y a doler por la noche, cuando los dentistas dormían y las farmacias estaban cerradas.

Cierto día, perdí la paciencia, busqué un dentista y le dije:

-Líbreme, por favor, de este diente hipócrita.

-Sería tonto arrancar un diente que podemos tratar -objetó el dentista.

Y comenzó a raspar, limpiar y desinfectar. Cuando el diente estuvo libre de la caries, el dentista lo obturó y declaró con orgullo:

-Este diente es, ahora, más sólido que los otros.

Creí sus palabras, llené sus manos de dinero y me retiré satisfecho.

Pero una semana después, el maldito diente volvió a atormentarme.

Busqué otro dentista y le dije:

-Arranque este diente sin discutir. Porque sufrir es dife­rente de ver sufrir.

El dentista arrancó el diente. Fue una hora terrible pero beneficiosa. El odontólogo, examinando el diente dijo: -Hizo bien en extraerlo, la caries había llegado a las raíces. No había forma de recuperarlo.

Y dormí en paz, aquella noche y todas las noches si­guientes.

En la boca del ser que llamamos Humanidad, también hay dientes cariados. Y las caries ya alcanzaron las raíces, pero la Humanidad no los arranca. Prefiere tratarlos y limpiarlos y obturarlos con oro brillante.

¡Cuántos dentistas están ocupados en tratar los dientes de la Humanidad! ¡Y cuántos enfermos se entregan a esos médicos!; y sufren y aguantan, para después morir.

Y la nación que se debilita y muere, no resucita para na­rrar su enfermedad al mundo, ni para hablar de la ineficacia de los remedios sociales que la llevaron a la tumba.

En la boca de la naciones de Oriente, también hay dientes cariados, sucios y nauseabundos. Nuestros dentistas tratan de obturarlos. Pero esos dientes no se curarán. Es necesario arrancarlos. Pues las naciones que tienen dientes cariados tienen estómagos débiles.

Quien quiera ver los dientes cariados de una nación oriental, visite sus escuelas, donde los niños y niñas de hoy se preparan para ser los hombres y mujeres de mañana. Visite los tribunales y sea testigo de los actos fraudulentos y co­rruptos de aquellos que debieran hacer justicia. Verá como se burlan de los sentimientos y pensamientos de los hombres simples, tal como el gato se burla del ratón.

Visite las casas de los ricos, donde reinan la vanidad, la falsedad y la hipocresía.

Y recuerde visitar, también, los tugurios miserables donde habitan el miedo, la ignorancia, la envidia y la cobardía. Después, visite a los dentistas de dedos hábiles, posee­dores de instrumentos delicados, panaceas y sedantes, aque­llos que gastan sus días llenando las cavidades de los dientes podridos de la nación para disfrazar las caries.

Hablé con esos reformadores que se presentan como la inteligencia de Siria y organizan sociedades y promueven conferencias y hacen pronunciamientos. Cuando -los oiga hablar, escuchará melodías que, quizá, suenen más sublimes que el reconfortante son de la piedra del molino, y más solemne que el croar de los sapos en una noche de verano.

Cuando usted les diga que la nación siria muerde su pan con dientes cariados y que cada trozo masticado y mezclado con saliva infectada enferma el estómago de la nación, ellos le responderán:

-Sí, pero estamos buscando, justamente, las drogas modernas y los medicamentos más eficaces.

Y si les preguntaran: -¿Y qué es lo que pensáis de la extracción? -Se reirán del que los interroga, ya que no estudió la noble ciencia de la odontología.

Y si insisten en preguntar, se enfadan y, apartándose dirán: - ¡Cuántos ignorantes en este mundo! ¡Y como-inco­moda su ignorancia!
¡OH, NOCHE!
!Oh, noche de los enamorados, de los poetas y los can­tores!

ioh, noche de los fantasmas, de las almas y las sombras! ¡Oh, noche del deseo, de las ansias y la nostalgia!

!Oh, gigante erguido entre las nubes enanas del poniente y las hadas de la aurora, empuñando la espada del terror, coronado por la luna, vestido de silencio, mirando con mil ojos la profundidad de la vida, oyendo con mil oídos los gemidos de la muerte y el aniquilamiento.

Eres la oscuridad que nos hace ver las luces del firma­mento, mientras que el día es una luz que nos envuelve en la oscuridad, de la tierra.

Eres una esperanza que abre nuestros ojos a la majestad del infinito, mientras que el día es una presunción que nos transforma en ciegos, en un mundo de cantidades y me­didas.

Eres quietud que revela secretos a las almas despiertas, en los espacios celestiales, mientras que el día es una serie de ruidos que perturba a las almas, perdidas, entre sus pro­pósitos y sus deseos.

Eres el justo que une, bajo las alas del sueño, los sueños de los débiles y las aspiraciones de los poderosos, y eres el bienhechor que cierra con sus dedos invisibles, los párpados de los infelices y conduce sus corazones a un mundo menos cruel que este mundo.

Entre los pliegues de tus azules vestidos, los enamorados exhalan sus suspiros; y a tus pies cubiertos de rocío, los soli­tarios vierten sus lágrimas y en tus manos perfumadas con el aroma de los valles, los exilados depositan los gemidos de su pasión y su nostalgia. Eres el compañero de los enamorados y de los exilados; eres el consuelo de los solitarios y los aban­donados.

A tu sombra vagan las almas de los poetas y a tu paso, despierta el corazón de los profetas y toma forma la sabidu­ría de los pensadores.

Cuando mi alma se cansó de los hombres y mis ojos de contemplar el rostro del día, me alejé hacia el sitio distante, donde duermen las sombras de los tiempos idos.

Allí, me detuve frente a una presencia oscura, que cabal­gaba a miles de pies sobre la tierra, y sus valles y montañas. Y miré fijamente los ojos de la sombra y pude oír el batir de alas invisibles y sentir las caricias del silencio, y vencer el miedo a la oscuridad.

Allí te vi, oh, noche, fantasma gigantesco y hermoso, suspendido entre la tierra y el cielo, velado por nubes, en­vuelto en la cerrazón, riéndote del día, riéndote del sol, bur lándote de los esclavos en vigilia, frente a los ídolos dor­midos.

Te vi hacer escarnio de los reyes que dormían envueltos en seda y contemplar con furia el rostro de los criminales. Meciendo a los niños en su cuna y sonriendo a las lágrimas de los enamorados. Elevando a las almas nobles al cielo y aplastando bajo tus pies a las almas mezquinas.

Te vi, oh, noche, y tu me viste. Y eras en tu terrible majestad, un padre para mí y yo era, en mis sueños, un hijo para ti. Y no hubo más velos entre nosotros, y me confesaste tus secretos e intenciones. Y yo te revelé mis aspiraciones y. mis esperanzas. Y cuando lo temible de tu rostro se trans­formó enmelodía, suave como el murmullo de las flores y mi temores cedieron paso a una seguridad dulce como la confianza de las aves, me alzaste hasta ti, me pusiste sobre tus rodillas y enseñaste a mis ojos a ver, a mis oídos a oír, a mis labios a hablar. Y enseñaste a mi corazón a amar lo que los hombres odian y a odiar lo que ellos aman

Después tocaste mis pensamientos con ttis manos y mis pensamientos son ahora cual un río caudaloso que corre cantando y arrastrando todo lo viejo y todo lo muerto.

Después besaste mi alma y mi alma se encendió y es como una llama que quema todo lo seco.

Y te acompañé, oh, noche, y te seguí hasta asemejarme a ti. Y mis inclinaciones se mezclaron con las tuyas, y te amé, hasta que mi ser se convirtió en una diminuta réplica tuya. Y en mi alma oscura hay estrellas luminosas que la pasión esparce al anochecer y en mi corazón hay una luna que ilumina la procesión de mis sueños.

Y en mi alma vigilante hay tina quietud, que revela los secretos de los enamorados y repite el eco de las plegarias de los fieles. Y en torno a mi cabeza un anillo mágico, ras­gado por el estertor de los agonizantes y restaurado por el canto de los trovadores.

Soy como tú, oh, noche. ¿Y que pensarán los hombres de mi pretensión, ellos, que se comparan con el fuego cuando quieren enaltecerse?

Soy como tú, y a ambos nos acusan de ser lo que no somos.

Soy como tú, aunque el atardecer no me corone con tus nubes doradas.

Soy como tú, aunque no esté envuelto por la Vía Láctea.

Soy una noche espejada, extensa, quieta, trémula y vibrante, y mi oscuridad no tiene principio y mi profundidad no tiene fin.
Cuando las almas se alzan, ufanándose de la luz de sus alegrías, mi alma se cubre, feliz, con la oscuridad de su me­lancolía.

Soy como tú, oh, noche. Y mi mañana sólo llegará cuando rni tiempo haya terminado.

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