El Padre Samaan era profundo conocedor de temas espi­rituales y teológicos, versado en los secretos del pecado venial y mortal, y una autoridad en los misterios






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títuloEl Padre Samaan era profundo conocedor de temas espi­rituales y teológicos, versado en los secretos del pecado venial y mortal, y una autoridad en los misterios
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DEL AMOR



Para hablar del amor, purifiqué mis labios en el fuego sagrado. Mas, cuando abrí mis labios para hablar, estaba mudo.

Cantaba al amor antes de conocerlo. Y cuando lo cono­cí, las palabras se transformaron en mi boca en un hálito frágil, y las melodías de mi corazón, en una quietud pro­funda.

Cuando los hombres, me interrogaban acerca de los misterios y milagros del amor, yo respondía y los convencía de mi conocimiento. Mas ahora que el amor me ha envuelto con su manto, soy yo quien pregunta acerca de sus caminos y características. ¿Habrá entre ellos quien me responda?

¿Qué es esta llama que arde en mi pecho y consume mis fuerzas y mis sentimientos y mis inclinaciones?

¿Y, qué son esas alas, que revolotean alrededor de mi lecho en la quietud de la noche y me mantienen despierto, esperando algo que ignoro, prestando oídos a lo que no escu cho, fijando mis ojos en lo que no veo, pensando en lo que no comprendo, sintiendo lo que no aprehendo y hallando en los suspiros un deleite que no encuentro en la alegría y en las risas? Me entrego a una fuerza invisible que me mata y me resucita; para matarme y resucitarme nuevamente; hasta que llega la aurora e inunda con su luz mi cuarto. Duermo enton­ces, mientras en mis párpados debilitados, bailan las sombras y en mi lecho de piedra danzan los sueños de los sueños.

¿Qué es esto que llamamos amor?

¿Qué es este pensamiento ilimitado, causa de todas las consecuencias y consecuencia de todas las causas?

¿Qué es este despertar que abarca la vida y la muerte, y que forma con ellas un sueño más profundo que la muerte y más extraño que la vida?

¿Hay alguien que no despierta del sueño de la vida, cuando el amor toca su alma con la punta de sus dedos?

Y, ¿hay al uien que no abandona padre, madre y patria, cuando oye el amado de la amada?

¿Hay alguien que no atraviesa mares, desiertos, montañas y valles, para encontrarse con la elegida de su corazón?

Y, ¿qué hombre no llevará su corazón hasta los confines de la tierra si hubiera en los confines de la tierra una mujer que lo embriaga con el perfume de su aliento, lo encanta con el toque de su mano y lo hechiza con el timbre de su voz?

¿Qué hombre no se consumirá, como incienso, en el altar de un dios que oye sus preces y atiende sus súplicas?

REY ENCARCELADO



Paciencia, oh, rey encarcelado; no estás peor dentro de tu prisión, que yo dentro de mi cuerpo. Descansa y resígnate, oh, padre de los terrores. Derrumbarse frente a las aflicciones, es propio de chacales. A los reyes encerrados, sólo les cabe el desprecio por mazmorras y verdugos.

Cálmate, oh, valiente y mírame: Soy, entre los esclavos de la vida, como tú entre las rejas de tu jaula. La única dife­rencia está en un sueño perturbador, que envuelve mi alma pero que recela acercarse a ti.

Ambos vivimos exilados de nuestras patrias, separados de nuestras familias y seres queridos. Cálmate y sé como yo: paciente frente a las amarguras de los días y las noches, mirando desde lo alto a esos cobardes que nos superan por su número, mas no por su valor individual.

¿De qué sirven los rugidos y los gritos, siendo los hom­bres sordos como son?

Grité, antes que tú en sus oídos y sólo atraje las sombras de la noche; los examiné como tú y sólo encontré cobardes que simulan valentía frente a los encadenados. Y débiles que se ensoberbecen frente a los encarcelados.

¡Mira, oh rey poderoso! Mira a los que rodean ahora tu cárcel, fíjate en sus rostros y en ellos encontrarás lo que en­contrabas en los más humildes servidores y súbditos de la selva. Contémplalos y verás a los que se parecen a los cone­jos por su fragilidad, a los zorros por su duplicidad y a las serpientes por su hipocresía. Mas, ninguno entre ellos, poseé la mansedumbre del conejo, ni la inteligencia del zorro, ni la sabiduría de la serpiente.

Mira, ese es mugriento como un cerdo, mas su carne no se come. Aquél es áspero como un cocodrilo, mas su piel de. nada sirve. Ese es estúpido como un burro, mas camina con dos piernas. Y aquella, es vanidosa como pavo real, mas sus plumas son postizas.

Y mira, ¡oh, soberano majestuoso! Mira hacia esos pa­lacios y moradas. Son, en realidad, nidos estrechos, habita­dos por hombres que se enorgullecen del decorado de sus techos, olvidando que son esos techos, los que los separan de las estrellas; que se enorgullecen de la solidez de sus pare­des, olvidando que son esas paredes, las que los separan de los rayos del sol. Sus casas son cavernas oscuras donde mue­ren las flores de la juventud; donde muere el fuego del amar y se transforma en cenizas; donde el sueño del amor se convierte en columnas de humo. Y hay en ellas pasillos y galerías sin sentido, donde la cuna del recién nacido está al lado de la cama del agonizante; y el cajón del muerto al lado del lecho de la novia.

Y, mira, ¡oh, prisionero venerable! Mira hacia aquellas calles largas y aquellos pasajes estrechos; son valles peligro­sos donde se esconden los asaltantes. Son campos de batalla para las ambiciones; donde las almas luchan, mas no con espadas. Y se hieren y se desgarran mutuamente, mas no con garras. Son, más exactamente, la selva de los horrores donde moran animales con apariencia de domesticados; con colas perfumadas y cuernos pulidos, que obedecen a la ley de la supervivencia, no del mejor, sino del más astuto y falso, y res­petan las tradiciones que exaltan, no al más fuerte y más do­tado, sino al'más hipócrita y falaz. Y sus reyes no son leones, como tú, sino extrañas criaturas que tienen pico de águila y garras de lobo; cola de.escorpión y voz de rana.

Daría mi vida, por rescatarte, ¡oh, rey encarcelado!

Y te he cansado de mi presencia y he hablado dema­siado. Mas, el corazón destronado halla consuelo junto a los reyes destronados. Y el alma solitaria y prisionera le agradala compañía de los prisioneros y solitarios. Perdona, pues, a un hombre que mastica palabras en lugar de alimentos y bebe sus propios pensamientos en vez de vino.

¡Hasta la vista, gigante majestuoso! Si no nos encontra­mos nuevamente en este mundo extraño, nos veremos en el mundo de las sombras, dónde las almas de los reyes se reúnen con las almas de los mártires.
UNA VISION
Cuando la noche extendió su negro manto sobre la tierra, dejé mi lecho y fui hacia el mar, diciéndome a mí mismo: "El mar nunca duerme y, en su vigilia, halla consuelo el alma insomne."

Al llegar a la playa, la niebla que descendía de las monta­ñas, cubría la región como un velo transparente, similar al velo que cubre el rostro de las mujeres hermosas. Contemplé las olas llenas de espuma; escuché sus oraciones elevarse a Dios y medité sobre el inmenso poder contenido en ellas, el mismo poder que habita el corazón de las tempestades, el mismo poder que alienta en la erupción de los volcanes, que sonríe en los labios de las rosas y canta en los arroyos.

Y entonces vi tres apariciones sentadas sobre una roca, envueltas en ropajes de niebla. Sentí que una fuerza ajena a mi voluntad, arrastraba mis pasos hacia ellas... Y el mismo poder que me había empujado me detuvo a poca distancia del sitio en que se hallaban.

En ese instante, oí a uno de los fantasmas que decía con voz terrible: "La Vida, sin Amor, es como un árbol sin flores ni frutos. Y el Amor sin Belleza, es como flores sin perfume, como frutos sin semillas... Vida, Amor y Belleza son tres enti­dades en una, que no pueden separarse.

Oí, entonces, la voz del segundo fantasma, semejante al rugir de una cascada: "La Vida sin Rebeldía, es como las estaciones sin la primavera. Y la Rebeldía, sin el Derecho, es como la Primavera en un desierto árido... Vida, Rebeldía y Derecho, forman un triángulo que no puede ser alterado ni sus lados separados."

Entonces, el tercer fantasma, con voz retumbante, seme­jante al sonido de un trombón, dijo: "La Vida, sin Libertad, es como un cuerpo sin alma. Y la Libertad sin Pensamiento, es como un espíritu confuso... Vida, Libertad y Pensamiento son tres en uno perpetuamente, y, jamás desaparecerán."

Y, los tres fantasmas, se levantaron simultáneamente y, con voces vigorosas, proclamaron: "Lo que genera el Amor, lo que crea la Rebeldía y lo que construye la Libertad, son tres manifestaciones de Dios. Y Dios es la expresión del Universo inteligente."

Y se hizo el silencio. Y el silencio se estremeció con el roce de alas invisibles y la vibración de cuerpos celestiales. Y pasaron los minutos. Y cerré mis ojos y, en mis oídos, aún sonaban las palabras pronunciadas.

Cuando abrí mis ojos, nada vi, excepto el mar envuelto en la niebla. Fui hacia la roca donde los fantasmas estuvieron sentados y nada había allí, sino una columna de incienso que se elevaba hacia el cielo.
LAS SIRENAS
En la profundidad del mar, rodeando las islas cercanas en donde nace el sol, hay un abismo. Y allí, donde la perla existe en abundancia, yace el cadáver de un joven rodeado por don cellas marinas de larga y dorada cabellera; lo miran fijamente con sus hondos ojos azules, conversando entre ellas con voces melodiosas. Y su conversación escuchada por las profundida­des y llevada hacia la orilla por las olas, me fue traída por la brisa traviesa.

Una de ellas dijo:

-Es un humano que entró a nuestro mundo ayer, mien­tras nuestro mar estaba enfurecido.

Y la segunda dijo:

-El mar no estaba enfurecido. El hombre, que pretende ser un descendiente de los dioses, estaba guerreando con armas de hierro, y su sangre se derramaba hasta tornar car mesí el color del agua; este humano es una víctima de la guerra.

La tercera aventuró:

-No sé lo que es la guerra, pero sí sé que el hombre, después de haber sometido la tierra, se volvió agresivo y resolvió someter el mar. Inventó un extraño objeto que lo transportaba sobre las aguas, con lo cual nuestro severo Nep­tuno se enfureció ante su codicia. Para complacer a Neptuno, el hombre comenzó a ofrecer regalos y sacrificios, y el in­móvil cuerpo delante nuestro es el regalo más reciente a nuestro gran y terrible Neptuno.

La cuarta aseguró:

-Que grande es Neptuno, y qué cruel es su corazón. Si yo fuera el Sultán del mar, rehusaría aceptar semejante paga... Vengan ahora, y examinemos este-rescate. Tal vez nos iluminemos con respecto al clan humano.

Las sirenas se acercaron al joven, exploraron sus bolsi­llos y encontraron un mensaje cerca de su corazón; una de ellas lo leyó en voz alta a las otras:

Amado mío:

La medianoche ha llegado nuevamente, y mi único consuelo son mis vertientes lágrimas, y no hay nada que me conforte más que la esperanza de que regreses a mí de entre las sangrientas garras de la guerra. No puedo olvidar tus palabras cuando partiste: "Cada hombre tiene un préstamo de lágrimas que deben ser devueltas algún día."

No sé que decir, Amado mío, pero mi alma se arru­gara como pergamino... mi alma que sufre por la sepa­ración, pero se consuela con el Amor que da alegría al dolor y felicidad a la pena. Cuando el amor unificó nues­tros corazones, y deseamos el día en que nuestros dos corazones fueran unidos por el poderoso soplo de Dios, la guerra gritó su horrible llamado y tú la seguiste, im­pulsado por tu deber para con los jefes.

¿Qué es este deber que separa a los amantes, y hace que las mujeres se conviertan en viudas, y los niños en huérfanos? ¿Qué es este patriotismo que provoca guerras y destruye reinos por cosas sin importancia? ¿Y qué causa puede ser más trivial cuando se la compara con una vida? ¿Qué es este poder que invita a pobres de la aldea, menospreciados por los fuertes y por los hijos de la no­bleza heredada, a morir por la gloria de sus opresores? Si el deber destruye la paz entre las naciones, y el patrio­tismo molesta la tranquilidad de la. vida del hombre, entonces digamos: "La paz sea con el deber y el patriotismo:"

No, no, Amado mío. No hagas caso a mis palabras. Sé valiente y fiel a tu país... No escuches a una doncella, cegada por el Amor, y perdida entre la despedida y la

soledad... Si el Amor no te devuelve a mí en esta Vida, entonces el Amor seguramente nos unirá en la vida futura.
Tuya para siempre
Las sirenas volvieron a poner la nota bajo las vestimentas del joven y se fueron nadando, silenciosa y tristemente. Mien­tras se reunían a cierta distancia del cuerpo del soldado muerto, una de ellas dijo:

-El corazón humano es más severo que el cruel corazón de Neptuno.
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