El Padre Samaan era profundo conocedor de temas espi­rituales y teológicos, versado en los secretos del pecado venial y mortal, y una autoridad en los misterios






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títuloEl Padre Samaan era profundo conocedor de temas espi­rituales y teológicos, versado en los secretos del pecado venial y mortal, y una autoridad en los misterios
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LA AMADA



En este cuarto, quieto y solitario, ayer se sentó la amada de mi corazón.

Sobre estos suaves cojines de color rojo apoyó su hermosa cabeza y en esta copa de cristal bebió su vino, mezclado con una gota de esencia de rosas.

Todo esto era ayer y el ayer es un sueño que no regresará jamás. Hoy, la mujer que amó mi corazón se fue a una tierra distante, desierta y fría, llamada tierra de la soledad y del olvido.

Las huellas de los dedos de la mujer que amó mi corazón aún están visibles en el cristal del espejo; el perfume de su aliento se detiene en los pliegues de mi ropa y el eco de su voz se repite en los rincones de la casa. Pero la mujer, ella misma -la mujer que amó mi corazón- se alejó hacia una tierra distante, llamada tierra del abandono y del olvido. Mañana abriré las ventanas y las ráfagas de viento entrarán y llevarán, para siempre, todo lo que aquella hermosa hechicera dejó en este sitio: el perfume de su aliento, la sombra de su alma, el eco de su voz, las huellas de sus dedos en el cristal del espejo...

El retrato de la mujer que amó mi corazón, continúa al lado del lecho. Las cartas de amor que me escribió aún permanecen en la caja de plata incrustada en coral. Y la trenza de sus cabellos de oro, que me envió como recuerdo, se conserva envuelta en seda y perfumada en almizcle e incienso. Todos esos recuerdos permanecerán en su sitio hasta la aurora y, cuando la aurora llegue, abriré las ventanas para que entre el viento y las arrastre hacia las tinieblas de la nada, donde mora una quietud sin palabras.

La mujer que amó mi corazón es semejante a las mujeres que amaron vuestros corazones, oh, jóvenes. Y es una criatura extraña. Para tallarla, usaron los dioses la modestia de la palo­ma y la mutabilidad de la serpiente; la vanidad del pavo real y la ferocidad del lobo; la belleza de la rosa blanca y el terror de una noche oscura y un puñado de cenizas.

Conocí a la mujer que amó mi corazón desde la infancia y corría tras ella por los campos.

La conocí en la juventud y contemplaba la sombra de su rostro en los libros. Reconocía las curvas de su cuer-so en las nubes del cielo y oía su voz en el murmullo de los arroyos.

Y la conocí en la madurez. Y conversaba con ella y le hablaba de los dolores de mi corazón y de los secretos de mi alma.

Todo esto, era ayer; y el ayer es un sueño que jamás regresará. Hoy, aquella mujer se fue hacia una tierra distante, fría y desierta, llamada tierra de la soledad y del olvido.

Y el nombre de la mujer que amó mi corazón es la vida. La vida es una mujer hermosa y fascinante, que atrae nuestros corazones y hechiza nuestras almas. Envuelve nuestra existencia con promesas, cuyo cumplimiento aplaza y difiere y, cuando se nos entrega, provoca el tedio en nosotros.

La vida es una mujer que se baña en-las lágrimas de sus enamorados y se perfuma con la sangre de sus víctimas.

La vida es una mujer que viste la blancura de los días cubriendo la negrura de las noches.

La vida es una mujer que acepta el corazón humano como amante y lo rechaza como esposo.

La vida es una mujer hermosa y perversa. Y, quien descu­bre su perversidad, aborrece su belleza.

PALABRAS Y HABLADORES



Estoy harto de palabras y habladores.

Mi alma está cansada de las palabras y de los habladores. Mi doctrina se ha perdido en medio de palabras y habla­dores.

Despierto por la mañana y veo a las palabras, sentadas a mi lado, sobre los rostros de las cartas y los periódicos y las revistas. Y me lanzan miradas, llenas de astucia y falsedad.

Me levanto, me siento al lado de mi ventana para librar mi semblante del velo del sueño con una taza de café y las palabras me siguen y se alzan, frente a mí, petulantes y endia­bladas. Después, extienden su mano hacia mi café y lo beben conmi o. Y, si fumo, fuman conmigo.

Sago a trabajar y las palabras me acompañan, hechas zumbido en mis oídos y tumulto en mi cerebro. Trato de expulsarlas, mas ellas se ríen burlonas y vuelven a susurrar, a zumbar en tumulto.

Camino por la calle y veo palabras en movimiento en todos los comercios. Y palabras inmóviles sobre las paredes de las casas. Las veo en los semblantes de las personas cuando están quietas y silenciosas y también cuando se mueven y gesticulan.

Cuando me siento a conversar con un amigo las palabras se sientan con nosotros. Y, si encuentro un enemigo, las palabras se inflan y se esparcen y se multiplican y acaban formando un ejército inmenso, que se extiende de uno a otro continente.

Penetro en tribunales y escuelas e instituciones y, ¿qué es lo que encuentro? Palabras y más palabras, todas sirvien­do de marco para mentiras y astucias.

Voy a la fábrica, o a la oficina, o a la repartición pública y encuentro palabras, reunidas en familias, en tribus y, todas, mirándome con grosería y riéndose y burlándose de mí.

Y si me sobraron energías para visitar iglesias y templos, también allí, encuentro palabras entronizadas, coronadas y portando cetros finamente labrados y suaves al tacto.

Y, cuando llega la noche y regreso a mi casa, encuentro las mismas palabras escuchadas durante el día, pendiendo del techo como serpientes y caminando por los rincones como escorpiones.

Palabras en alas del éter. Palabras sobre las olas del mar. Palabras en los bosques y en las grutas y en las cumbres de las montañas.

Palabras en todas partes. ¿Dónde puede esconderse quien busca la paz?

¿Tendrá Dios pena de mí y me enviará la sordera para que pueda vivir feliz en el paraíso de la quietud eterna? ¿Habrá sobre la faz de la tierra un rincón libre del tumul­to y la confusión de las lenguas, donde las palabras no sean vendidas ni compradas, ni dadas ni tomadas?

¿Habrá, entre los habitantes de la tierra, alguien que no se adore a sí mismo mientras habla? ¿Habrá, entre los hijos de Adán, alguien cuya boca no sea guarida de falsedades?

Si los habladores fuesen de una sola clase, los aguantaría y me conformaría. Pero pertenecen a innúmeras clases y categorías.

Están los habladores semejantes a ranas, que viven todo el día en los pantanos. Y, cuando llega la noche se acercan a las márgenes, levantan la cabeza por encima del agua y comien­zan a perturbar la quietud con voces tan horribles que oído alguno puede soportar.

Están los habladores semejantes a mosquitos, también ellos producto de los charcos. Revolotean alrededor de noso­tros, zumban en nuestros oídos sin otra finalidad que la de irritarnos y molestarnos.

Están los habladores semejantes a piedras de molino, los que producen el mismo barullo infernal que las piedras de molino.

Están los habladores semejantes a vacas, que llenan sus estómagos de pasto y se paran en las esquinas y en las plazas para lanzar al viento sus mugidos.

Están los habladores semejantes a lechuzas, que pasan su tiempo entre los cementerios de los vivos y los cementerios de los muertos, prodigando sobre ambos sus lúgubres chis­tidos.

Están los habladores semejantes a tambores, que golpean sobre sí mismos con mazas, extrayendo de sus bocas vacías sones tan inarticulados como los de los tambores.

Están los habladores semejantes a telares, que tejen viento con el viento y permanecen con mentes vacías y sin ropa.

Están los habladores semejantes a grillos que, considerán­dose domadores del mundo, como dice el poeta, van chillan­do por todas partes.

Están los habladores semejantes a campanas, los que llaman al pueblo al santuario mientras ellos quedan afuera. Y hay muchas-otras clases y categorías y tribus de habla­dores.

Y ahora, que he mostrado mi menosprecio por las pala­bras y los habladores, me siento como un médico enfermo o como un criminal predicando a otros criminales.

He censurado a las palabras con palabras. Y, deseando huir de los habladores, me he revelado como uno de ellos. ¿Querrá Dios, antes de enviarme al valle del Pensamiento, del Sentimiento y de la Verdad, donde no existen palabras ni habladores, perdonarme?

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