Antes de que fuese una bebida, el té fue una medicina. Sólo en el octavo siglo hizo su entrada en China, en el reino de la poesía, como una de las más elegantes






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EL LIBRO DEL TÉ

OKAKURA KAKUZO




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I


LA COPA DE LA HUMANIDAD
Antes de que fuese una bebida, el té fue una medicina. Sólo en el octavo siglo hizo su entrada en China, en el reino de la poesía, como una de las más elegantes distracciones de aquel tiempo. En el siglo quince, el Japón le dio patente de nobleza e hizo de él una religión estética: el teísmo.

El teísmo es un culto basado en la adoración de la belleza, tan difícil de hallar entre las vulgaridades de la trivial existencia cotidiana. Lleva a sus fieles a la inspiración de la pureza y la armonía, el sentido romántico del orden social y el misterio de la mutua misericordia. Es esencialmente el culto de lo Imperfecto, puesto que todo su esfuerzo tiende a realizar algo posible en esta cosa imposible que todos sabemos que es la vida.

Considerada en la acepción vulgar de la palabra, la filosofía del té no es una simple estética, puesto que nos ayuda a expresar, conjuntamente con la ética y la religión, la concepción integral del hombre y de la naturaleza. Obligando a la limpieza, es una higiene; es también una economía, porque demuestra que el bienestar reside más en la simplicidad que en la complejidad y en lo superfluo; es una geometría moral, porque define el sentido de nuestra proporción respecto al Universo. Y, finalmente, representa Oriente, puesto que hace de todos sus adeptos unos aristócratas del buen gusto.

El hecho de que el Japón haya permanecido durante tantos siglos aislado del mundo, ha contribuido, al desarrollar su vida interior, a la propagación del teísmo. Nuestras habitaciones, nuestra cocina y nuestra indumentaria; nuestras lacas, nuestras porcelanas, nuestra pintura y nuestra literatura han sufrido su influencia. Nadie que conozca la cultura japonesa podrá negarlo. Ha penetrado en todas las mansiones, desde las más nobles hasta las más humildes. Ha enseñado a la gente del campo el arte de arreglar las flores y al más humilde trabajador el respeto hacia el agua y las rocas. En nuestro lenguaje corriente suele decirse, hablando de un hombre insensible a todos los episodios cómicoserios de la vida cotidiana y del drama individual, que le falta té; y se vitupera, en cambio, el esteta grosero, que, indiferente a la tragedia mundana, se abandona sin freno a sus emotivas sensaciones, diciendo de él que tiene demasiado té.

Un extranjero se extrañará sin duda de que pueda darse a este culto tanta importancia. ¡Una tempestad en una taza de té!, exclamará. Pero si se considera cuán exigua es la copa de la felicidad humana, cuán fácilmente desborda

de las lágrimas vertida, y cuán fácilmente, en nuestra sed inextinguible de infinito, la apuramos hasta las heces, se comprenderá que se dé tanta importancia a una taza de té. Pero la humanidad ha hecho mucho peor. Hemos sacrificado libremente al culto de Baco; hemos desfigurado y escarnecido la imagen sangrienta de Marte. ¿Por qué no consagrarnos a la reina de las Camelias y abandonarnos al inefable efluvio de simpatía que desciende de sus altares? En el líquido ambarino que llena la taza de porcelana marfileña, el iniciado encontrará la reserva exquisita de Confucio, la seducción picante de Laotsé y el aroma etéreo de Sakyamouni.

Quién sea incapaz de discernir en sí mismo la insignificancia de las grandes cosas, estará mal preparado para apreciar la grandeza de las pequeñas cosas en los demás. Cualquier occidental, en su frivolidad superficial, no verá en la ceremonia del té más que una de las mil rarezas pueriles que constituyen el encanto y el misterio del Extremo Oriente. Se había acostumbrado a considerar el Japón como un país bárbaro, mientras en él no se practicaban más que las artes pueriles de la paz; hoy se le considera como un país civilizado, desde que se ha empezado a practicar el asesinato en gran escala en los campos de Manchuria.

¡Cuántos comentarios no ha suscitado el código de los samuráis, este Arte de la Muerte, al que con tanto júbilo hacen nuestros soldados ofrenda de sus vidas! Pero nadie presta atención al teísmo, que no obstante representa tan bien nuestro Arte de la Vida. ¡Con cuánto gusto permaneceríamos considerados como bárbaros, si nuestra patente de civilización no debiese reposar más que sobre nuestras glorias militares! Y pacientemente esperaríamos la hora en que se concediese a nuestro arte y a nuestros ideales el respeto que les son debidos.

¿Cuándo logrará Occidente comprender o tratar de comprender a Oriente?

Muchas veces, nosotros, asiáticos, quedamos horrorizados de la extraña red de hechos e invenciones en que se nos envuelve. Se nos representa viviendo del perfume del loto, cuando no de ratas y cucarachas. En nosotros no hay más que fanatismo impotente o sensualidad abyecta. El espiritualismo indio no es más que ignorancia; la sobriedad china, estupidez; el patriotismo japonés, una consecuencia del fatalismo; y se ha llegado a decir, que si somos menos sensibles al dolor y a las heridas, es debido a una menor sensibilidad de nuestro sistema nervioso.

¿Por qué no divertiros con nosotros? Asia os devuelve el cumplido.

¡Cuánto os reiríais si supieseis cuánto hemos imaginado y escrito sobre vosotros!

Hay todo el encanto de la perspectiva, toda la ofrenda inconsciente de lo maravilloso, toda la venganza silenciosa de lo nuevo y de lo indefinido. Se os ha acusado de virtudes demasiado refinadas para envidiároslas y de crímenes demasiado pintorescos para ser condenados. Nuestros escritores de antaño -hombres doctos y prudentes- nos han enseñado, por ejemplo, que tenéis unas colas de madera escondidas debajo de vuestros vestidos, y que frecuentemente vuestra cena se compone de un buen estofado de niños recién nacidos! Y peor aun; siempre los hemos considerado como el pueblo menos práctico de la tierra, porque nos habían dicho que rezabais mucho, pero no practicabais.

Felizmente, estas ideas falsas empiezan a desvanecerse en nosotros. El comercio ha favorecido la venida de los europeos a los puertos de Extremo Oriente y los jóvenes asiáticos afluyen hacia los colegios europeos para adquirir la educación moderna. Acaso no hayamos logrado profundizar vuestra cultura, pero hemos hecho lo posible por conocerla. Muchos de mis compatriotas han adoptado ya, acaso en exceso, vuestras costumbres y vuestra etiqueta, con la ilusión de creer que al usar unos cuellos almidonados y un sombrero de seda, adquieren el mismo tiempo el conocimiento de vuestra civilización. Por muy dolorosas y afectadas que sean estas maneras de obrar, prueban, en todo caso, nuestro gran interés por aproximarnos respetuosamente al Occidente. Pero, por desgracia la actitud occidental es poco favorable a la comprensión del Oriente.

El misionero cristiano viene a nuestro país a enseñar y no para aprender.

Sus informes están basados sobre algunas lamentables traducciones de nuestra inagotable literatura, cuando no sobre anécdotas, poco dignas de fe, de algunos viajeros de paso, y muy raras veces la pluma admirable y llena de caballerosidad de un escritor como Lafcadio Hearn disipa las tinieblas orientales con la

antorcha de nuestros reales sentimientos.

Pero acaso con mi franqueza traiciono mi propia ignorancia del culto del té. La esencia de la cortesía oriental exige no decir nada más allá de aquello que de nosotros se espera. Lamentaría pasar por un teísta incorrecto. La mutua incomprensión del Nuevo y el Viejo Mundo, ha hecho ya tanto daño, que considero

superfluo excusarme de querer colaborar, aun en lo más mínimo, en el progreso de una compenetración mayor.

El principio del siglo XX hubiera evitado al mundo el espectáculo de una guerra, terriblemente sanguinaria, si Rusia hubiese condescendido a tratar de conocer mejor el Japón. ¡Qué horribles consecuencias comporta para la humanidad el desprecio y la ignorancia de los problemas orientales! El imperialismo europeo, que llega hasta lanzar el grito absurdo del peligro amarillo, no imagina que Asia puede un día comprender el cruel sentido del desastre blanco.

Nos acusáis de tener demasiado té, pero, ¿no podemos nosotros sospechar que a vosotros os falta té en vuestra constitución?

Impidamos que los continentes se lancen continuamente epigramas y adquiramos mayor razonamiento y cordura con la mutua ganancia de medio hemisferio. Nos hemos desarrollado en sentidos distintos, pero no hay ninguna razón para que uno no complete el otro. Habéis ganado en expansión al precio de la pérdida de toda tranquilidad; nosotros hemos creado una armonía, sin fuerza contra un ataque. ¡Creedlo; desde ciertos puntos de vista, Oriente vale más que Occidente!

¿No parece raro, por otra parte, que desde hace tanto tiempo la humanidad

se reúna siempre alrededor de una taza de té? He aquí el único ceremonial asiático que merece la estima universal. El hombre blanco se ha mofado de nuestra religión y de nuestra moral, pero ha aceptado sin vacilación el dorado brebaje. El té de la tarde es hoy una de las ceremonias más importantes de la vida occidental. En el ruido delicado de los platitos y las tazas, en el delicioso murmullo de las voces de la hospitalidad femenina, en el catecismo, admitido en todas partes, de la crema y del azúcar tenemos otras tantas pruebas de que la Religión del Té es hoy universalmente admitida. La resignación filosófica del invitado, ante el destino que le amenaza bajo la forma de una decocción frecuentemente dudosa, proclama en voz alta, que en él, por lo menos, el espíritu de Oriente, reina sin duda posible.

La primera mención escrita que se conoce, de la existencia del té en Europa, se encuentra, parece, en el relato de un viajero árabe que cuenta que en 879 las fuentes principales de ingresos de la ciudad de Cantón, estaban constituidas por los derechos sobre la sal y sobre el té. Marco Polo relata también que un ministro de Finanzas fue destituido por haber aumentado arbitrariamente los derechos sobre el té. En la época de los grandes descubrimientos, Europa empieza a estar algo mejor informada sobre las cosas del Extremo Oriente. A finales del siglo dieciséis los holandeses propagan la información de que en Oriente se fabricaba una bebida deliciosa con las hojas de un arbusto. Los viajeros Giovanni Battista Ramsio (1559), L. Almeida (1576), Maffeno (1588) y Tareira (1610), hacen también mención del té. Durante este último año, los barcos de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales trajeron a Europa el primer té, que fue conocido en Francia en 1636 y llegó a Rusia en 1638. Hasta 1650 no fue conocido en Inglaterra, pero enseguida se habló de "esta excelente bebida recomendada por los médicos chinos, que en China llaman TCHA, en otros países TAY, o sea TEE".

Al igual que las mejores cosas del mundo, la propagación del té no se hizo sin encontrar grandes oposiciones. Algunos heréticos, como Hector Saville, en 1678, lo denunciaron como bebida impura. Jonás Hanway en su "Ensayo sobre el Té", de fecha 1756, afirmaba que el uso del té hacía perder a los hombres su estatura y su amabilidad y a las mujeres su belleza. El precio que alcanzó el té en sus orígenes, aproximadamente quince o dieciséis chelines la libra, le impidió ser desde el principio una bebida de uso corriente e hizo de él "una delicia para las recepciones del gran mundo, de la cual no se hace presente más que a los príncipes y a los grandes". Pero a pesar de estos inconvenientes, el uso del té se extendió con una rapidez extraordinaria. En la primera mitad del siglo dieciocho, los cafés de Londres se habían convertido en casas de té y eran el lugar frecuentado por los grandes espíritus de la época, como Addison y Steele, que llegaban a olvidarlo todo delante de su servicio de té. El té fue una necesidad de la vida, y por consiguiente una mercancía imponible. Recordemos, además, el papel importante que ha tenido en la historia moderna. La América colonial soportó la opresión hasta el día en que, agotada la paciencia humana, ésta se levantó ante los derechos excesivos impuestos sobre el té. La independencia de América empezó con la destrucción de unas cajas de té en el puerto de Boston.

El sabor del té posee un encanto sutil que lo hace irresistible y muy particularmente susceptible a la idealización; lo cual ha inducido a humoristas occidentales a mezclar su aroma al perfume de su propio pensamiento. El té no tiene la arrogancia del vino, el individualismo consciente del café ni la inocencia sonriente del cacao. En 1711, un periódico inglés, The Spectator, decía:

"Recomiendo muy particularmente a todas las familias bien instaladas, que consagren una hora todas las mañanas al té, al pan y a la mantequilla, y les ruego en su interés, que exijan que este periódico les sea puntualmente servido y lo consideren como formando parte del servicio del té". Samuel Johnson, haciendo su

propio retrato, se representa bajo los rasgos de "un bebedor de té empedernido y sin pudor, que durante veinte años no ha regado sus comidas más que con esta planta encantadora, que el té siempre le ha divertido por la tarde y consolado por la noche, y que con el té ha saludado siempre la llegada del nuevo día".

Charles Lamb, adepto declarado del té, ha dado la verdadera definición del teísmo al decir que el mayor placer que conocía consistía en realizar una buena acción involuntaria y en darse cuenta de ello por azar. Porque el teísmo es el arte de ocultar la belleza que se es capaz de descubrir, y sugerir la que no se osa revelar. En esto consiste el noble secreto de sonreírse a sí mismo, con calma y enteramente, y es también el humor verdadero, la sonrisa de la filosofía.

Todos los humoristas verdaderamente originales pueden ser considerados como filósofos del té. Thackeray, por ejemplo, y Shakespeare. Los poetas de la decadencia - ¿cuándo no estará el mundo en decadencia? - han abierto, hasta un cierto punto, con sus protestas contra el materialismo, el camino del teísmo; y acaso hoy sea debido a nuestra facultad de contemplar seriamente lo Imperfecto, que Oriente y Occidente pueden encontrarse en una especie de mutuo consuelo.

Los taoístas cuentan que en el principio de la No Existencia, el Espíritu y la Materia se entregaron a un combate mortal. Finalmente, el Emperador Amarillo, el Sol del Cielo, triunfó de Shuhyung, el demonio de las Tinieblas y de la Tierra. El Titán, en su agonía, rompió con su cabeza la bóveda solar de jade azul y la hizo estallar en pedazos. Las estrellas perdieron sus nidos y la luna erró sin rumbo por los abismos desiertos de la noche. Desesperado el Emperador Amarillo buscó quién pudiese reparar los cielos y buscó en vano.

Del mar oriental salió una reina, la divina Niuka, coronada de cuernos y con cola de dragón, esplendorosa en su armadura de fuego. En su mágica caldera soldó los cinco colores del arco iris y reconstruyó el cielo de China. Pero afirman también, que Niuka olvidó obstruir dos rendijas del firmamento azul y empezó el dualismo del amor; dos almas que ruedan por el espacio y no pueden reposar hasta que logren juntarse para completar el universo. Cada cual debe construir de nuevo su cielo de esperanza y de paz.

El cielo de la edad moderna ha sido destrozado en la lucha ciclópea entre la riqueza y el poder. El mundo marcha a tientas en las tinieblas del egoísmo y de la vulgaridad. La ciencia se compra con una mala conciencia, la bondad se practica por amor a la utilidad. Como dos dragones agitados por un mar tempestuoso, Oriente y Occidente luchan para reconquistar la piedra preciosa de la vida. Necesitamos una nueva Niuka para reparar el gran desastre; esperemos el gran Vichnú. Entretanto, saboreemos una taza de té; la luz de la tarde ilumina los bambúes, las fuentes cantan deliciosamente, el suspiro de los pinos murmura en nuestra tetera. Soñemos en lo efímero y entreguémonos errantes a la bella locura de las cosas.
II

LAS ESCUELAS DEL TÉ
El té es una obra de arte y necesita de la mano de maestro para manifestar sus nobles cualidades. Hay té bueno y té malo, como hay buena pintura y pintura mala, y existen tan pocas recetas para hacer un té perfecto como reglas para pintar un buen Ticiano o un Sesson. Cada fórmula de preparar las hojas posee su individualidad, sus afinidades especiales con el agua y con el calor, sus recuerdos hereditarios, su propia manera de contar. La verdadera belleza tiene que reinar en ello. ¡Qué sufrimiento él nuestro al ver que la sociedad rehúsa admitir esta ley fundamental, tan simple, del arte y de la vida! Lichihlai, un poeta Song, ha hecho notar, con gran melancolía, que las tres cosas más deplorables del mundo, son: ver una juventud destrozada por una mala educación, contemplar admirables pinturas mancilladas por la admiración del vulgo y ver derrochar tanto buen té por causa de una manipulación imperfecta.

Como el Arte, el té tiene sus escuelas y sus períodos. Su evolución puede dividirse en tres etapas principales; el té hervido, el té molido y el té en infusión. Los modernos pertenecen a esta última escuela. Estos diversos métodos de apreciar el té son significativos de la época en que han prevalecido.

Porque la vida es una expresión y nuestras acciones inconscientes revelan siempre nuestro íntimo pensamiento. Confucio decía que el hombre no sabe ocultar nada. Acaso revelamos nuestros pequeños secretos porque tenemos tan pocos grandes que esconder. Los hechos insignificantes de la rutina cotidiana, forman tanta parte de los ideales de una raza, como los más altos vuelos de la filosofía y de la poesía. De la misma manera que los diferentes modos de fabricar el vino caracterizan los temperamentos particulares de las diferentes épocas y las distintas nacionalidades europeas, los ideales del té caracterizan las diversas modalidades de la cultura oriental. El pastel de té, que se hacía hervir, el polvo de té que se molía, la hoja del té infusa, marcan las diversas impulsiones emotivas de las dinastías chinas Tang, Song y Ming, y empleando la terminología de las clasificaciones artísticas, podrían designarse respectivamente por escuela clásica, romántica y naturalista.

La planta del té, originaria del sur de China, fue conocida de la botánica y la farmacopea chinas, desde los más remotos tiempos de la antigüedad, bajo los diferentes nombres con que la describen los escritores clásicos: Tou, Tseh, Chung, Kha y Ming. Era altamente apreciada por poseer la virtud de aminorar la fatiga, deleitar el alma, fortificar la voluntad y reanimar la vista. No sólo en forma interna era usado, sino en forma externa, convertido en una pasta que se aplicaba para curar el reuma. Los taoístas consideraban el té como uno de los elementos principales del elixir de la Inmortalidad y los budistas lo empleaban para luchar contra el sueño, durante sus largas horas de meditación.

Durante los siglos cuarto y quinto, el té fue la bebida favorita de los habitantes del valle del Yangtsé-Kiang; hacia esta época apareció el carácter ideográfico moderno Cha, corrupción evidente del clásico Tou. Los poetas de las dinastías del Sur nos han dejado trazas de la ferviente adoración que sentían por la "espuma de jade líquida". Los emperadores solían conceder a sus primeros ministros, como recompensas de eminentes servicios, alguna rara preparación de las preciosas hojas. Y no obstante, la forma de beber el té de aquella época era sumamente primitiva. Se pasaban las hojas al vapor, se machacaban en un mortero, con ello se hacía una torta que se hacía hervir mezclada con arroz, jengibre, corteza de naranja, especies, leche y algunas veces, cebollas.

Esta costumbre es todavía hoy floreciente en algunos pueblos tibetanos y mongoles, que componen con todos estos ingredientes un raro jarabe. El uso de la rodaja de limón, tan apreciado de los rusos, no es sino una reminiscencia de aquel antiguo método.

Fue necesario el genio de la dinastía Tang para arrancar el té de este estado primitivo y elevarlo hasta su idealización definitiva. Luwuh, que vivió a mediados del siglo octavo, es el primer apóstol del té. Nació en una época en que el budismo, el taoísmo y el confucianismo buscaban una síntesis común. El simbolismo panteísta de la época pretendía reflejar lo universal en lo particular.

Luwuh, el verdadero poeta, descubrió en el té el mismo orden y la misma armonía que reinaba en las demás cosas, y en su famosa obra, el "Chaking", que puede ser considerada como la Biblia del Té, formula su código; en virtud de lo cual, todos los mercaderes de té, chinos, lo veneran como a su dios tutelar.

El "Chaking" comprende tres volúmenes y diez capítulos. En el primero, Luwuh trata de la naturaleza de la planta del té; en el segundo, de los instrumentos empleados para su recolección; en el tercero, del arte de seleccionar las hojas. En su opinión, las hojas de mejor calidad son las que tienen "pliegues como las botas de cuero de los caballeros tártaros, pliegues como los del cuello de un buey robusto; las que son suaves como la bruma que sube el barranco, brillantes como un lago acariciado por el céfiro y húmedas y dulces al tacto como la tierra bañada por la lluvia".

El cuarto capítulo está consagrado a la enumeración y descripción de las veinticuatro partes del equipo del té, desde el brasero trípode hasta el estuche de bambú que contiene todos los utensilios. Notable es la predilección de Luwuh por el simbolismo taoísta y es curioso también notar la influencia del té sobre la historia de la cerámica china. La porcelana Celeste, tiene, como es sabido, el prurito de reproducir las exquisitas coloraciones del jade, prurito que dió por resultado, bajo la dinastía de los Tang, el esmalte azul del Sur y el esmalte blanco de las provincias del Norte. Luwuh considera que el azul es el color ideal para una taza de té, porque da a este líquido un tinte verdoso, mientras el blanco lo hace aparecer rosado y poco agradable. Más tarde, cuando los maestros del té de los Song emplearon el té en polvo, prefirieron los recios bols azul oscuro y marrón, mientras los Ming daban su preferencia a las finas tazas de porcelana blanca.

En el quinto capítulo, Luwuh describe la manera de hacer el té. Proscribe todos los ingredientes a excepción de la sal. Insiste también sobre la tan debatida cuestión del agua y del grado de ebullición que debe alcanzar. Según él, el agua de la montaña es mejor, viene después el agua de río y finalmente la de la fuente ordinaria. Hay tres grados de ebullición; el primero, es cuando las burbujas que flotan en la superficie parecen ojos de pescado; el segundo, cuando las burbujas son como perlas de cristal rodando por una fuente; el tercero, cuando las olas se agitan tumultuosas en la tetera. Se asa el pastel de té al fuego hasta que se ponga tierno como el brazo de un niño, entonces se pulveriza entre dos hojas de papel. Al primer hervor del agua, se echa la sal, al segundo, el té, al tercero, una cucharada de agua fría para fijar el té y "dar al agua su juventud".

Después se llenan las tazas y se bebe. ¡Oh, néctar! Las pequeñas hojas membranosas quedan suspendidas como nubes de concha en un cielo sereno, o flotan como nenúfares blancos sobre un lago de esmeralda. De esta bebida hablaba Lotung, el poeta Tang, cuando decía: "La primera taza humedece mi boca y mi garganta, la segunda rompe mi soledad, la tercera penetra en mis entrañas y remueve millares de ideografías extrañas, la cuarta me produce un ligero sudor y todo lo malo de mi vida se evapora por mis poros; a la quinta taza, estoy purificado, la sexta me lleva al reino de los inmortales. La séptima..., ¡ah!, la séptima..., ¡pero no puedo beber más! Sólo siento el viento frío hinchar mis mangas. ¿Dónde está Horaisan, el Paraíso chino? Dejadme subir a esta dulce brisa y que ella me transporte a él".

Los otros capítulos del "Chaking" tratan de la vulgaridad de las formas ordinarias de hacer el té, de la historia sumaria de los bebedores de té ilustres, de las más famosas plantaciones de té de China, de las variantes que pueden introducirse en el servicio del té y de los utensilios necesarios para hacer el té; el resto del libro está desgraciadamente perdido.

La aparición del "Chaking" debió producir en su tiempo una sensación considerable; Luwuh fue desde entonces el favorito del emperador Taisung (763-779), y su renombre le trajo numerosos adeptos. Hay quién afirma que algunos refinados eran capaces de distinguir el té hecho por Luwuh del hecho por sus discípulos, y se cita el nombre de un mandarín que alcanzó la inmortalidad por la circunstancia de no apreciar el té preparado por el gran maestro.

Bajo la dinastía de los Song, el té picado se puso de moda; la segunda escuela del té había nacido. Se reducían las hojas en polvo en un pequeño molino de piedra, mientras se batía la preparación en el agua caliente con una ramita de bambú hendida a lo largo. Este nuevo método originó algunas modificaciones en el servicio del té de Luwuh y también en la elección de las hojas.

La sal fue definitivamente abolida. El entusiasmo de los chinos de la época Song, por el té, no tuvo límites. Los epicúreos rivalizaban entre ellos para ver quién descubría nuevas cualidades y se organizaron torneos para decidir acerca de su superioridad. El emperador Kiatung (1101-1124), que era demasiado artista para ser un buen soberano, disipaba los tesoros públicos para adquirir una nueva clase de té, más preciosa cada vez. El mismo emperador es autor de una disertación sobre las veinte especies del té; y es al té blanco al que concede el premio, por ser el más raro y el más exquisito.

El ideal del té, según los Song, difiere tanto del de los Tang como difería su concepto de la vida. Estos trataban de realizar lo que sus predecesores habían intentado simbolizar. Para el espíritu poseído de neoconfucionismo, la ley cósmica no se reflejaba en el mundo de los fenómenos, sino que este mundo era la ley cósmica misma. Los Eons eran sólo los momentos, el Nirvana siempre al alcance. La concepción taoísta de que la inmortalidad consiste en la eterna transformación, se compenetró con todas las formas de su pensamiento. Era el progreso y no la acción lo que era digno de interés, era el acto de cumplir y no el cumplimiento mismo de una cosa lo que era el acto vital. Así los hombres podían encontrarse cara a cara con la naturaleza; un nuevo sentido había aparecido en el arte de la vida. El té empezó a ser, no ya un pasatiempo poético, sino un método de realización personal. Wangyucheng ensalzó el té que "inundaba su alma de sensaciones, y cuya delicada amargura le dejaba el sabor de un buen consejo". Sotumpa alababa la fuerza de su pureza inmaculada que hace que el té desafíe la corrupción como el alma de un hombre virtuoso. Entre los budistas, la secta meridional de los Zen, que había asimilado tan gran número de doctrinas taoístas, formula un ritual completo del té. Los monjes cosechaban el té delante de una estatua de Bodhi Dharma y lo bebían en un bols único con todo el formalismo ritual recogido de un sacramento; y este ritual Zen es el que dio nacimiento y desarrollo a la ceremonia del té en el Japón durante el siglo quince.

Desgraciadamente, la sublevación de las tribus mongolas que tuvo efecto durante el siglo trece, y que tuvo como consecuencia la devastación y la conquista de China bajo el bárbaro gobierno de los emperadores Yuen, destruyó todos los frutos de la cultura Song. La dinastía indígena de los Ming, que durante el siglo quince intentó la renacionalización de China, fue continuamente agitada por revueltas interiores, y China cayó, durante el siglo diecisiete, bajo la dominación extranjera de los manchúes. Los usos y las costumbres se

transformaron a un punto tal, que no quedó traza alguna de las épocas precedentes.

El té en polvo fue completamente olvidado, hasta el punto que un comentador Ming se confesó incapaz de recordar cuál era la forma de la varita que servía para remover el té, tal como la describe uno de los clásicos Song.

Entonces aparece el sistema de hacer la infusión de las hojas del té en el agua caliente de un bol o de una taza; lo cual prueba que el mundo occidental es inocente del hecho de tomar el té según este viejo método; en Europa no se conoció el té hasta el fin de la dinastía Ming.

Para el chino de hoy día el té es, sí, un delicioso brebaje, pero no un ideal. Las grandes adversidades de su país le han quitado el gusto de la significación de la vida. Se ha vuelto moderno, es decir, viejo y sin ilusiones, ha perdido aquella sublime fe en ellas que constituye la eterna juventud y el eterno vigor de los poetas y de los ancianos. Es ecléctico y acepta con su tradicional cortesía todas las tradiciones del Universo. Juega con la Naturaleza pero no condesciende a conquistarla ni a adorarla. Su hoja de té es a menudo maravillosa gracias a su aroma de flor, pero la poesía de las ceremonias Tang y Song ha desertado de su taza.

El Japón, que ha seguido las vías de la civilización china, ha conocido el té en sus tres fases. Leemos que en el año 729 el emperador Shomu ofreció el té a cien monjes en su palacio de Nara. Las hojas habían sido importadas por medio de nuestros embajadores en la corte Tang y fueron preparadas según la moda del tiempo. En 801 el monje Saicho trajo algunas semillas y fueron plantadas en el Yeisan. Durante varios siglos se mencionan los jardines del té y el gran placer que la aristocracia y el clero encuentran en esta bebida. El té Song nos llegó en 1191, cuando el regreso de Yeisaizenji que había ido a estudiar la escuela meridional de Zen. Se plantaron las nuevas semillas en tres lugares distintos y se reprodujeron maravillosamente, especialmente en el distrito de Uji, cerca de Kioto, que tiene hoy todavía la reputación de producir el mejor té

del mundo. El Zen meridional se impuso con asombrosa rapidez y con él el ritual y el ideal del té de los Song. En el siglo quince, bajo el dominio del Shogun Ashikaga-Voshinasa, la ceremonia del té está definitivamente constituida y establecida en su forma independiente y secular, y desde entonces el teísmo queda plenamente establecido en el Japón. El uso del té como infusión, de la China antigua, es relativamente moderno en nuestro país, pues no fue conocido hasta el siglo diecisiete. Ha reemplazado el té en polvo en la consumición corriente, pero éste no ha dejado de ser por esencia el té de los tés.

En la ceremonia del té, tal como se practica en el Japón, han alcanzado sus ideales la realización más alta. Nuestra victoriosa resistencia a la invasión mongol, en 1281, nos dió la posibilidad de continuar el movimiento Song, tan desastrosamente interrumpido en China por las incursiones nómadas. El té fue para nosotros más que la idealización de una forma de beber; fue una religión del arte de la vida. Este brebaje se convirtió en un pretexto del culto de la pureza del refinamiento; una función sagrada en la que el huésped y su invitado se unían para alcanzar juntos la beatitud de la vida mundana. El cuarto del té fue un oasis en el desierto de la vida, en el que los viajeros, cansados, podían encontrarse para beber en el manantial común del amor y del arte. La ceremonia fue un drama improvisado cuyo argumento fue tramado alrededor de la mesa del té, de las flores y de las sedas pintadas. Ningún color alteraba la tranquilidad del recinto, ningún ruido turbaba el ritmo de las cosas, ningún gesto rompía la armonía, ninguna palabra destruía la unidad de los alrededores, todos los movimientos se ejecutaban simple y naturalmente, éstos eran los designios de la ceremonia del té. Parece algo raro que el éxito la haya coronado; una sutil filosofía la habita. El Teísmo era el taoísmo disfrazado.
III
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