Basado en el Cantar de Mio Cid, anónimo






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La leyenda del Cid

Basado en el Cantar de Mio Cid, anónimo.

Adaptación de Agustín Sánchez Aguilar

1. LA LEY DEL HONOR. Dicen que cada vez que nace un héroe, la tierra tiembla de pura alegría y el cielo de la noche se ilumina con un sinfín de estrellas nuevas. Pero debe de ser una leyenda de esas que cuentan los malos juglares, porque cuando nació el Cid Campeador no hubo prodigios ni en la tierra ni en el cielo. El sol salió y se escondió como siempre, las aguas de los ríos bajaron con calma, y en el paisaje dorado de los campos no se vio más movimiento que el del trigo mecido por la brisa. A decir verdad, lo único que causó cierto asombro fue la entereza del recién nacido. Lloraba muy poco, y miraba las cosas con el gesto severo de un adulto acostumbrado a las penalidades de la vida. Cuando su padre lo abrazó por vez primera, sintió con fuerza el orgullo de su sangre. Sabía que aquel niño iba a dejar una huella profunda en el mundo, así que le anunció con voz solemne:

-Te llamarás Rodrigo, y serás sin duda un gran caballero. Rodrigo Díaz nació en Vivar, una aldea luminosa pero humilde que quedaba muy cerca de Burgos. Era hijo del infanzón Diego Laínez,1 que había servido durante muchos años al rey Fernando de Castilla2 y había ganado fama de gran capitán a fuerza de arriesgar su vida en el combate.
En los tiempos en que nació su hijo Rodrigo, don Diego era temido en todas partes por su arrojo sin límites, pero los sacrificios de la guerra acabaron por arruinarle la salud. Cuando llegó a la vejez, apenas podía con el peso de su alma, respiraba con dificultad y vacilaba cada vez que daba un paso. Con sus barbas blancas y sus hombros cargados, el viejo don Diego parecía una sombra de lo que había sido. Sin embargo, seguía conservando toda la inteligencia de sus años jóvenes, de modo que el rey Fernando lo llamó a la corte y le dijo:

—Quiero que seáis mi consejero. Os tengo por un hombre juicioso y prudente, y sé que siempre me diréis la verdad.
Fue una decisión sabia, pues don Diego ejerció a la perfección el difícil papel de consejero. Gracias a sus buenos servicios, se convirtió en un hombre indispensable en palacio. Pero, por eso mismo, le salieron algunos enemigos, ya que la corte es un avispero donde manda la envidia. El que peor lo miraba era el conde de Orgaz, un asturiano orgulloso y rico que rondaba los cincuenta años. El conde se tenía a sí mismo por el mejor caballero de Castilla, así que no podía entender que don Fernando le hubiese confiado a otro el cargo de consejero. Cierto día, al ver al rey charlando con don Diego, el conde sintió un arrebato de cólera que le quemaba por dentro como un tizón encendido, y entonces dijo con mucha rabia:

—Majestad, no entiendo cómo podéis confiar tanto en el pobre don Diego. ¿Acaso no veis que está más muerto que vivo?
La ofensa era grave, pero don Diego prefirió no replicar, pues conocía el mal carácter del conde y su odiosa costumbre de hablar más de la cuenta. «Dos no discuten si uno no quiere», se dijo, de modo que guardó silencio, pensando que el conde acabaría por pedirle perdón. Pero sucedió todo lo contrario, porque el de Orgaz andaba tan fuera de sí que no había forma humana de hacerle entrar en razón. No sólo amenazó a don Diego varias veces, sino que lo acusó de haber engañado al rey con los enredos de su palabrería. Pero lo peor fue que de pronto, arrastrado por el torrente incontenible de su cólera, el conde dio un paso hacia delante, levantó la mano hasta la altura de su cara y le soltó a don Diego un bofetón terrible que sonó como un violento chasquido de látigo.

—Esto es lo que opino, Majestad —dijo el conde—, del hombre al que tanto favorecéis.
El silencio que siguió fue tan denso que habría podido oírse el vuelo de los ángeles. Desconcertado por lo sucedido, el rey no acertó a decir nada, aunque su enfado era más que evidente. ¿Acaso el conde había perdido la cabeza? ¿Cómo se le ocurría maltratar a don Diego? En aquel tiempo, nadie toleraba una ofensa semejante, pues bastaba mucho menos para que un hombre honrado sacase su espada y arreglara las cosas con un baño de sangre. Cabía esperar, por tanto, que don Diego retase al conde, pero no lo hizo, pues detestaba obrar a la ligera. Sabía, además, que reñir delante del rey era una descortesía imperdonable, así que se tragó el orgullo, se dio media vuelta y abandonó el palacio sin decir nada.
No olvidó, sin embargo, lo ocurrido. El bofetón había convertido a don Diego en un hombre sin honra, que era lo peor que podía sucederle a un noble. El honor era un bien precioso que había que mantener libre de toda mancha, porque de su limpieza dependía la dignidad de una persona. Don Diego, pues, se sentía destrozado, y se pasó tres días encerrado sin comer ni dormir. «Cuando se sepa en Burgos lo que ha ocurrido», pensaba, «todo el mundo me despreciará por haber dejado sin castigo al conde. El honor de mi familia está dañado, y ya nadie volverá a respetarnos ni a mí ni a mis hijos».

Para recuperar su honor, a don Diego no le quedaba más que un camino: la venganza. «La deshonra se lava con sangre», solía decirse en Castilla. Sin embargo, don Diego no deseaba enfrentarse con el conde. «Aunque lograra matarlo», se decía, «¿qué ganaré con la venganza?». Prefería olvidarse de todo, pero pronto comprendió que era imposible. «No tengo más remedio que retar al conde», se dijo. «Lucharemos acero contra acero para que Dios decida quién debe morir».
En la casa de don Diego no faltaban armas para la venganza. De las paredes colgaban docenas de espadas, herencia de unos antepasados que habían demostrado su coraje en cientos de combates. Todas parecían igual de temibles, pero don Diego sabía muy bien cuál era la que más le convenía. Arrinconada en el salón, dormía una vieja espada con fama de invencible. Tenía el filo gastado y los nervios enrojecidos por la herrumbre,3 pero su alma de hierro seguía latiendo con el vigor de un arma recién forjada. Era una espada hermosa y terrible al mismo tiempo, grácil como una pluma y feroz como un puñal. Un antepasado de la familia, el valiente Mudarra, la había usado muchos años atrás para vengar la muerte de sus siete hermanastros. Aquella espada era, por tanto, un arma experta en asuntos de honor, así que parecía la más adecuada para afrontar un duelo. Pero, cuando don Diego intentó levantarla, notó que la espada se vencía hacia un lado como una rama azotada por el viento. Por más que le doliera, tenía que rendirse a la verdad:

«Soy demasiado viejo para la venganza», se lamentó don Diego muerto de tristeza. «Si apenas puedo sostener un bastón de caña, ¿de dónde voy a sacar fuerzas para empuñar una espada de hierro?». ¿Debía renunciar, pues, a la venganza? ¿O tenía que dejarla en manos de los suyos, como hacían quienes no eran capaces de vengarse por sí mismos? Don Diego tenía tres hijos, pero ¿servirían para derrotar al conde?
Los desafíos de honor requerían entereza y coraje, vigor y sangre fría, y los hijos de don Diego parecían demasiado jóvenes para haber reunido tantas virtudes. El conde era además un rival difícil, capaz de matar a un hombre al primer golpe de espada. ¿Y si, tratando de limpiar su honor, don Diego perdía a uno de los suyos? ¿No era mejor vivir deshonrado que causar la ruina de su familia? Pero ¿por qué tenía tan poca fe en sus hijos? ¿Acaso no descendían de un linaje de fieros capitanes? Si Dios les ayudaba, tal vez serían capaces de derrotar al conde sin apenas esfuerzo.
Don Diego decidió, pues, poner a prueba a sus hijos para averiguar si tenían esa cruda fiereza que exige la venganza. Llamó primero al menor, que se llamaba Hernando y acababa de cumplir los doce años. Hernando era menudo y de carácter apacible, y todavía miraba las cosas con la confiada inocencia de un niño, pero su padre se dispuso a tratarlo como si fuera un hombre hecho y derecho. En cuanto lo tuvo delante, le agarró la mano con fuerza y se la estrechó con tanta rabia como si quisiera partírsela en dos. El pobre Hernando quedó desconcertado. ¿Acaso su padre había enloquecido? ¿Por qué lo maltrataba sin venir a cuento? El dolor que sentía era tan grande que el muchacho empezó a sollozar.

—¡Basta, padre, que me matas! —dijo a gritos.
Cuando don Diego oyó aquello, su viejo rostro palideció de tristeza: estaba claro que el joven Hernando no servía para un duelo de honor. Si se estremecía con un simple apretón de manos, ¿cómo iba a plantarle cara al conde? Tal vez Bermudo, su hijo mediano, tendría un temperamento más apropiado para la venganza. Don Diego lo llamó al instante, y el muchacho acudió a toda prisa, dispuesto a ayudar en lo que se ofreciese. Bermudo era más alto y robusto que Hernando y tenía la mirada de un hombre atrevido, como si ya anduviera muy lejos de las fáciles dulzuras de la infancia. Su padre, sin embargo, decidió ponerlo a prueba lo mismo que a su hermano.

Cuando Bermudo se presentó, don Diego puso los ojos en blanco como si fuera a desmayarse. Asustado, el muchacho corrió a sujetar a su padre para que no cayera, y entonces don Diego dejó de fingir: recobró de pronto el vigor de su mirada, tomó con fuerza las manos de su hijo y comenzó a apretárselas sin ningún miramiento. Bermudo sintió un dolor tan grande que gritó con espanto:

—¡Basta, padre, que me matas!
La prueba estaba hecha, y en el rostro de don Diego se dibujó otra vez la mueca triste de la decepción: tampoco Bermudo serviría para enfrentarse al conde de Orgaz, pues seguía siendo tan tierno como una doncella.

«Sólo me queda una esperanza», se dijo don Diego. Pensaba en Rodrigo, su hijo mayor, que tenía entonces dieciséis años. Rodrigo era un muchacho cumplidor y juicioso que hablaba poco y nunca discutía. Tenía el aire imponente de los mozos que ignoran el miedo y los ojos vivaces de los hombres que siempre están en guardia. Desde muy niño soñaba con ser un buen caballero, y se había aplicado tanto en conseguirlo, que todo el mundo en Vivar le anunciaba un largo porvenir de victorias. Rodrigo manejaba la espada con enorme soltura, cabalgaba con la destreza de un viejo jinete y tenía el corazón noble propio de todos los grandes caballeros.

—¿Qué quieres, padre? —preguntó al llegar.
Don Diego no respondió una sola palabra, sino que tomó la mano derecha de su hijo y se la llevó a la boca para morderle el dedo corazón. Lo hizo con tanta saña4 como si tuviera delante al mismísimo conde de Orgaz, pero Rodrigo no mostró el menor signo de dolor o dé espanto, lo que dejaba claro que era más recio y sufrido que sus hermanos. Sin embargo, don Diego no se dejó impresionar, pues siguió mordiendo cada vez con más decisión, igual que un lobo empeñado en destrozar a su presa. A pesar del dolor, Rodrigo permaneció sereno como si sus manos fueran de hierro macizo. Pero, cuando su dedo soltó la primera gota de sangre, en sus ojos llameó un fogonazo de rabia.

—¡Si no fueras mi padre —bramó entonces—, te haría pagar muy caro el odio que me muestras!

Al oír aquello, don Diego sonrió por vez primera en muchos días: acababa de encontrar en Rodrigo la furia que buscaba.

—¡Que Dios te guíe, hijo mío —exclamó entonces—, porque el honor de la familia está en tus manos!
Con la voz entrecortada por la vergüenza, don Diego le explicó a su hijo lo que le había ocurrido con el conde, y Rodrigo se indignó tanto que quiso ejecutar la venganza al instante, así que tomó la espada de Mudarra, montó en su caballo y se alejó de Vivar a galope tendido. Parecía decidido a acabar con el conde, pero, cuando divisó los pálidos muros de Burgos, se dejó arrastrar por las dudas. «No puedo matarla», se dijo con el corazón abrasado de dolor, «o perderé para siempre a Jimena».
Jimena era la hija del conde de Orgaz. Acababa de cumplir quince años, y pasaba por ser la muchacha más bella de Burgos. Su piel era blanca como un lirio, sus ojos grises brillaban con un suave resplandor de plata fina y su voz sonaba tan dulce como un susurro en mitad de la noche. Desde que era muy niño, Rodrigo había adorado a Jimena con toda su alma, pero la vieja ilusión de conquistar su amor se había transformado de repente en un sueño inalcanzable. Si quería salvar el honor de su familia, Rodrigo no tenía más remedio que enfrentarse al padre de Jimena. Pero, si lograba darle muerte, destrozaría el noble corazón de la muchacha a la que tanto amaba. Abrumado por las dudas, detuvo su caballo y pensó incluso en volverse a Vivar, pero al final se dijo: «Primero es la honra y luego el amor. No puedo traicionar a mi familia por un simple capricho de mis sentimientos». De modo que espoleó de nuevo al caballo y siguió su triste camino hacia Burgos.
Alcanzó la ciudad al mediodía, y le costó muy poco encontrar al conde, que asomó en la boca de un callejón vestido con prendas lujosas. Caminaba a solas, con la barbilla en alto, igual

que un príncipe orgulloso de sí mismo. Tenía la distinción que uno espera de un noble, pero su mirada atravesada era más propia de un bandolero que de un hombre de honor. Entre las gentes de Burgos, el conde despertaba muchos temores, pero Rodrigo no se dejó impresionar, sino que se cruzó en su camino para cerrarle el paso.

—Vengo a limpiar el honor de mi padre —le advirtió al conde con tono severo—. Empuñad la espada ahora mismo porque vamos a luchar.

El conde lanzó una carcajada.

—¡Yo no lucho con niños! —exclamó—. ¡Pero si aún llevas la leche de tu madre en los labios...!
Cuando Rodrigo oyó aquello, su mirada se enturbió como un arroyo en el que cae de repente un chorro de sangre. Decidido a matar o morir, el muchacho sacó la espada y se puso en guardia. El conde pareció confundido, como si le costara creer que alguien tan joven pudiera atreverse a tanto. Luchar contra un adolescente le parecía poco honroso, pero la vanidad lo cegó de tal manera que no dudó en empuñar la espada. Aquel chiquillo necesitaba una lección de humildad, y el conde estaba decidido a dársela, así que ni siquiera esperó a que Rodrigo atacase, sino que lanzó la primera cuchillada del duelo con la furia de un toro que embiste.

—Encomiéndate a Dios, muchacho —dijo con arrogancia—, porque no voy a tener piedad contigo.
El duelo fue feroz. Al principio, Rodrigo se limitó a defenderse, pues el conde manejaba la espada con la alarmante rapidez de un guerrero acostumbrado a matar. Más que un duelo, aquel combate parecía la exhibición de un maestro de esgrima ante un alumno poco curtido. De pronto, el conde lanzó una estocada furiosa que avanzó directa hacia el corazón de Rodrigo, p'ero la mano de Dios debió de desviarla, pues la espada apenas rozó el hombro del muchacho. Viendo su suerte, Rodrigo recobró la confianza, y desde aquel momento comenzó a pelear] de igual a igual con su enemigo. Su espada ganó en soltura, y sus golpes cobraron un vigor tan sanguinario que el conde llegó a sentirse acorralado. Rodrigo no era tan niño como parecía, y tenía el ímpetu incansable de los hombres que nunca se rinden.

—Eres valiente, muchacho —admitió el de Orgaz entre dos jadeos—. Pero el coraje no te bastará para escapar con vida. Deseoso de acabar cuanto antes, el conde descargó un golpe terrible que escondía una furia criminal, pero sus propias ansias lo traicionaron, porque cometió un error definitivo que le costó la vida. Sin darse cuenta, dejó al descubierto la zona de su vientre, y Rodrigo aprovechó la ocasión para llevarse consigo la victoria. No sólo extendió el brazo en el momento preciso, sino que puso en su estocada una fuerza devastadora capaz de partir el mundo en dos. Más veloz y certera que nunca, la espada de Mudarra se coló como un dardo en el vientre del conde, quien se enroscó sobre sí mismo al sentir el silbido del hierro en las entrañas. Más que dolorido, el de Orgaz parecía asombrado, como si no pudiera creerse que su vida hubiera llegado tan rápido a su fin.

—Que Dios te perdone —fue lo último que dijo.
Entonces Rodrigo tiró de su espada, y el hierro salió bañado en sangre. Con el rostro pálido de un alma en pena, el conde lanzó un largo gemido, y su cuerpo cayó de repente como un árbol partido por un rayo.

—El honor de mi familia vuelve a brillar —sentenció Rodrigo.

Y, sin perder un solo instante, montó en su caballo y tomó el camino de regreso a Vivar. Pensaba que nadie había visto el duelo, pero una muchedumbre se reunió enseguida alrededor del cadáver y por todo Burgos comenzó a oírse:

—¡Rodrigo el de Vivar ha matado al conde!
La noticia parecía increíble. Sobre todo, costaba aceptar que un hombre tan poderoso como el conde hubiera muerto en una esquina lo mismo que un villano. La verdad, sin embargo, hablaba por sí misma: el cadáver estaba a la vista de todos, tendido sobre un denso charco de sangre. Los niños se escaparon de casa para verlo, y los perros corearon la tragedia con unos largos aullidos que parecían llantos de mujer. Así que, a eso de las dos, sólo había una persona en todo Burgos que no estaba al tanto de lo ocurrido: era Jimena, la propia hija del conde.
Sucedía que el de Orgaz tenía su mansión en lo alto de un cerro, y las noticias tardaban mucho en llegar tan arriba. Jimena notó que su padre se retrasaba, pero pensó que algún asunto de importancia lo retenía en la corte. A las cuatro, oyó por fin el ladrido de los mastines que guardaban la casa y salió a recibir a su padre como todos los días. Jimena sonreía con la felicidad del reencuentro, pero su alegría se quebró en mil pedazos cuando vio a los cuatro caballeros que traían a cuestas el cuerpo del conde. Aterrada, lanzó un grito desgarrador que resonó con fuerza en todo Burgos. Luego, echó a correr hacia su padre y le tomó las manos. Tenía la esperanza de encontrar en ellas una pizca de calor, pero las notó frías como un témpano de hielo.

—Padre, ¿qué te han hecho? —dijo acariciando las mejillas del conde—. ¿Quién te ha matado, padre, y por qué?
Para entonces, Rodrigo ya había regresado a Vivar. Don Diego salió a la puerta de la casa a recibirlo, y sus viejos ojos se deshicieron en lágrimas. Orgulloso y feliz, corrió hacia su hijo y lo estrechó con todas las fuerzas de sus brazos cansados.

—Rodrigo de mi alma —le dijo—, has cumplido con tu deber como un buen caballero, pero ahora debes alejarte de Vivar porque tu vida corre peligro. Los amigos del conde te buscarán para vengarse, y es probable que convenzan al rey para que haga rodar tu cabeza, así que debes hacer lo posible por ganarte el perdón de don Fernando. Reuniré un ejército de quinientos soldados y los pondré a tus órdenes: dirígelos contra los moros que amenazan el sur de Castilla y hazles retroceder de una vez para siempre. Estoy seguro de que, si lo consigues, te ganarás él corazón de nuestro rey.
Rodrigo salió de Vivar al atardecer, bajo unas nubes rojas como la sangre. Aunque había logrado vencer a uno de los hombres más poderosos de Burgos, no se sentía orgulloso en absoluto, pues notaba en el alma el peso insoportable de la culpa. Al caer la noche, se resguardó bajo unas encinas y trató de dormir, pero no lo logró, porque no hacía más que pensar en la pobre Jimena. Se la imaginaba con los ojos bañados en lágrimas, y su estampa de niña dolorida le destrozaba el corazón.

«Jimena nunca me perdonará», se decía. «Pero tengo que hacerle comprender que comparto su pena, y que tan sólo he matado a su padre porque me lo exigía la ley del honor».
Deseoso de explicar sus razones, Rodrigo decidió volver a Burgos: acudiría en busca de Jimena, le pediría perdón de rodillas y pondría la espada de Mudarra en sus manos para que ella le diese muerte si así lo quería. Al montar en su caballo, sin embargo, descubrió una enorme polvareda bajo la franja rosada que anunciaba el nuevo día, y entonces comprendió cuál era su auténtico deber. Las figuras que manchaban el horizonte eran sin duda los quinientos soldados de don Diego, con los que Rodrigo debía enfrentarse a los moros del sur. Parecían ansiosos de entrar en combate, y venían cabalgando con tanto ímpetu que los cascos de sus caballos hacían retumbar la tierra.

«No hay marcha atrás», se dijo Rodrigo, comprendiendo que Jimena había empezado a alejarse de su vida para siempre, como un viejo fantasma del pasado. «Ha llegado el momento de partir hacia la guerra».

Entonces no sabía que, en poco tiempo, iba a ser el mejor caballero de Castilla y que algún día lo llamarían el Cid Campeador por el respeto que habría de inspirar tanto en los moros como en los cristianos. Tenía por delante un destino heroico con el que cualquiera se habría sentido satisfecho, pero el recuerdo de Jimena le resultaba tan doloroso que cabalgaba con un gesto triste, como si hubiera tomado sin querer el oscuro camino que lleva a la muerte.
Notas

1. Los infanzones eran nobles de categoría intermedia. Se hallaban por encima de los hidalgos pero tenían un rango inferior al de condes, marqueses y duques.

2. Fernando I el Magno reinó en Castilla y León a partir del año 1035.

3. nervio: pequeño surco que atraviesa la hoja de la espada; herrumbre: óxido.

4. saña: furor, rabia.
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