San pedro y san pablo, apóstoles






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SAN PEDRO Y SAN PABLO, APÓSTOLES
DÍA 29 DE JUNIO
Por P.Juan Croisset, S.J.
San Pedro, Príncipe de los Apóstoles, Cabeza visible de la Iglesia de Jesucristo, se llamaba Simón antes de su vocación al apostolado. Fué de Bethsaida, pueblo pequeño de Galilea en la orilla del lago de Genesareth, hijo de Jonás ó de Juan, de condición muy obscura, pescador de profesión, pero hombre de mucha bondad. No se sabe de cierto el año de su nacimiento; sólo es muy verosímil que era de más edad que el Salvador.
Habiéndose casado en Cafarnaum, puerto el más célebre de aquel gran lago, llamado en todo el país el mar de Tiberiades, hacia en él su residencia en compañía de su hermano Andrés. Era éste discípulo del Bautista, y habiendo visto á Jesús, de quien había oído decir á su maestro que era el verdadero Mesías, dió esta noticia á su her­mano Simón, diciéndole: Vi al Mesías, y, le hablé. Simón, que era de natural vivo y ardiente, y que lleno de religión suspiraba por la venida del Mesías, no dejó sosegar á su hermano hasta que le llevó á ver al Salvador. Al día siguiente fueron juntos á buscarle, y ape­nas descubrió á nuestro Santo el Hijo de Dios, cuando le dijo con una particular bondad, que manifestaba bien no sé qué especial amor: Simón, hijo de Jonás, así te has llamado hasta ahora; pero en adelante quiero que te llames Cephas, que quiere decir Pedro.
Quedáronse los dos hermanos con el Salvador todo aquel día, y des­de el mismo se declaró Pedro por uno de sus más fervorosos discípu­los. Vuelto á su casa, ganó para Jesucristo á toda su familia, y, aunque proseguía en su ordinario ejercicio de pescador, se pasaban po­cos días sin que viese al Salvador; y se tiene por cierto que se halló presente en las bodas de Caná, cuando el Señor hizo el primer milagro.
Pero aun no había dejado ni su oficio ni su casa, hasta que, Vol­viendo Cristo de Jerusalén, le encontró con su hermano Andrés á la orilla del lago levantando sus redes. Entró el Señor en el barco, y dijo á Pedro que le llevase mar adentro á cierto sitio más profundo, que allí echarían un buen lance. Maestro, le respondió el Santo, toda la no­che hemos afanado inútilmente, sin ha­ber cogido una esca­ma; pero, pues Vos lo mandáis, voy á echar la red en Vuestro nombre. Fué extraordinaria la pes­ca y, atónito San Pedro, se arrojó á los pies del Salva­dor, diciéndole : Se­ñor, soy un gran pe­cador, y no soy dig­no de parecer en vuestra presencia. Levantóle el Señor, y le dijo: Ten con­fianza, y sígueme; de aquí ade­lante serás pescador de hombres.
En todas ocasio­nes se hizo distin­guir el amor y la ternura que le profesaba. Atravesaba una noche el lago en compañía de los demás discípulos, y viendo que Cristo venía caminando á ellos sobre las aguas, impaciente Pedro por arrojarse cuanto antes á sus brazos, le dijo: Señor, mandadme que yo vaya también á Vos sobre

las olas, antes que entréis en el barco.--- Ven, le respondió el Salvador. Obedeció Pedro, saltó al mar con intrepidez; alteróse un poco el vien­to, y como vió que se iba hundiendo tuvo miedo, y exclamó: Señor, salvadme. Cogióle el Salvador por la mano, y le reprendió blandamente, diciéndole: Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? Pero, en medio de eso, iba creciendo su fe al paso de su amor. Explicó el Sal­vador en Cafarnaum á sus discípulos el misterio de la Eucaristía; hízoseles duro á muchos de ellos, entraron en desconfianza de su doctrina, y se retiraron. Vuelto entonces el Señor á los doce que ha­bla escogido para Apóstoles suyos, los dijo con entereza: ¿Y vosotros ¿queréis también marchar? Tomó Pedro la voz, y respondió á nom­bre de todos: Señor, ¿adónde ni a quién iremos? Solas vuestras pa­labras nos enseñan el camino de la vida eterna, y estamos bien per­suadidos de que sois el verdadero Mesías.
No fué ésta la única pública confesión que hizo Pedro de su fe. Preguntó Jesús á sus discípulos qué se decía de El en Judea, y en ,qué reputación le tenía aquella gente. Respondiéronle, que unos le tenían por Juan Bautista resucitado, otros por Elías, otros por Jere­mías, ó, en fin, por alguno de los Profetas. « Y bien, les replicó el Salvador, ¿á vosotros quién os parece que soy? » Volvió Pedro á to­mar la voz de todos, y con su genial viveza y acostumbrado fervor respondió: Tú, Señor, eres Cristo, Hijo de Dios vivo.--- Y tú, Simón, hijo de Jonás, replicó el Salvador, eres bienaventurado; porque esa importante verdad no te la reveló la carne ni la sangre ; tan subli­me conocimiento, ni es ni puede ser efecto de la razón natural. Mi Padre Celestial te iluminó para que supieses quién era Yo; y ahora voy Yo á enseñarte á ti lo que eres tú desde este punto. Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré Yo mi Iglesia. Te entregaré las llaves del Reino de los Cielos; aquellos á quienes tú abrieres las puertas, se les franquearán; y se cerrarán á los que tú se las cerra­res». Y desde este punto quedó Pedo constituido en Príncipe de los Apóstoles, Piedra fundamental de la Religión y Cabeza visible de la Iglesia.
En todas ocasiones distinguía Cristo á nuestro Santo con algún es­pecial favor. Dispuso que fuese él quien hallase dentro de un pez una pieza de cuatro dracmas para pagar al César el tributo en nom­bre de los dos; y cuando se acercaba el tiempo de su pasión despa­chó á Pedro y á Juan para que previniesen el cenáculo donde había de celebrar la Pascua. Concluida la cena, queriendo el divino Sal­vador lavar los pies á sus Apóstoles, comenzó por San Pedro; pero, lleno de confusión cuando vió á sus pies á su soberano Maestro, los retiró prontamente, protestando que jamás lo consentiría; mas ame­nazándole el Salvador con que no le reconocería por suyo si no se de­jaba lavar, atemorizado Pedro con tan terrible amenaza, exclamó fervoroso : « ¡Qué decís, Señor! No sólo los pies; las manos y la ca­beza me dejaré lavar de Vos antes que desagradaros».
Ningún discípulo profesó jamás amor más encendido á su Maestro: Este abrasado amor le hizo prorrumpir en aquella arrogante expre­sión de que, por lo menos él, nunca abandonaría á su Maestro, aunque le abandonasen todos los demás, no obstante la profecía con­traria, que acababa de oír. Tardó poco en dar pruebas de su celo cuando, al ver que en el huerto de las Olivas los soldados echaban mano de su Maestro, él la echó de su espada, descargó un golpe á Maleo, y le. derribó al suelo una oreja; bien que el Salvador le re­prendió la acción, y curó milagrosamente al herido.
Preso el Pastor, se esparcieron las ovejas. Sólo Pedro, en compañía de Juan, tuvo valor para seguir á Cristo hasta la casa de Caifás; pero, reconocido y sindicado por uno de sus discípulos, cayó en la fla­queza de negar por tres veces que conociese á tal Hombre. Acordóle su miseria el canto del gallo, como se lo había pronosticado el mis­mo Salvador. Fué inexplicable su arrepentimiento y su dolor; por lo que, ni el discípulo perdió nada del ardiente amor que profesaba á su Maestro, ni el Maestro disminuyó un punto la ternura con que miraba á su querido discípulo; y así, apenas resucitó, cuando se apa­reció en particular á San Pedro. Esta particular ternura la manifestó en las tres preguntas que le hizo junto al mar de Tiberíades, pocos días antes de su gloriosa ascensión á los Cielos, preguntándole por tres veces, á vista de los demás Apóstoles, si le amaba más que todos. Escarmentado Pedro con las caídas antecedentes, respondió sencillamente que, pues el mismo Señor conocía bien todas las cosas, ya sabía la pasión con que le amaba. «Apacien­ta mis corderos (le replicó el Salvador), apacienta mis ovejas; » con cuyas palabras, dice San Agustín, confirmó á Pedro la primacía que le había conferido, encargándole el cuidado de todo su rebaño.
El primer uso de su dignidad que hizo San Pedro, fué proponer á los Apóstoles la elección que se debía hacer de algún sujeto para lle­nar el hueco de Judas. Luego que el Espíritu Santo bajó sobre los Apóstoles el día de Pentecostés, Pedro, como cabeza de la Iglesia, predicó un sermón tan enérgico, tan elocuente y tan eficaz á la mu­chedumbre que concurrió á las puertas del cenáculo, que tres mil personas recibieron el bautismo. Entró después en el templo acom­pañado de San Juan, y encontrando á la puerta un pobre de cua­renta años, tullido desde su nacimiento, le mandó en nombre de Jesucristo que se levantase; hízolo al pronto el tullido, y fué saltando de gozo por toda la ciudad, publicando á gritos la maravilla. A la fama de ella concurrió todo el pueblo á rodear á los Apóstoles, y, aprovechando Pedro tan bella ocasión, habló de Jesucristo con tanta elocuencia, con tanto espíritu y con tanta moción, que en el mismo día convirtió otras cinco mil personas.
Como estos prodigios hacían tanto ruido, no era fácil que durase mucho la paz de la recién nacida Iglesia. Fueron presos los dos Apóstoles, y preguntados en nombre de quién habían hecho el mila­gro del tullido, respondió intrépidamente San Pedro que en nombre del mismo Jesucristo, á quien ellos habían crucificado. Prohibióse les que hablasen más de tal Cristo ni de su doctrina; á lo que res­pondió Pedro con una resolución que los dejó atónitos : Considerad, señores, si será justo obedecer á vosotros antes que á Dios, el cual nos manda publicar la resurrección del Salvador, de que nosotros mismos fuimos testigos.
Con ocasión de la horrible persecución que se siguió á la muerte del protomártir San Esteban, salieron los discípulos de San Pedro á predicar el Evangelio fuera de los términos de Judea. Convertidos ya los de Samaria, pasó el Apóstol á aquella provincia, juntamente con San Juan, para comunicar á los fieles el Espíritu Santo, admi­nistrándoles el sacramento de la Confirmación. Al volver de Sama­ria, entró en la ciudad de Lidia, y viendo á un paralítico, llamado Eneas, tendido en su cama, donde había ocho años que estaba pos­trado, le dijo: Eneas, el Señor Jesucristo te salva; levántate y lleva d cuestas tu cama; levantóse al punto Eneas, publicó el milagro juntamente con su Autor, y recibió el bautismo toda la ciudad.
Repetianse á cada paso los prodigios, y á cada paso se añadían nuevas conquistas á Jesucristo. Murió en Joppe una virtuosa viuda llamada Tabithes; llegó San Pedro á esta ciudad dos días después de su muerte; hace oración junto al cadáver, á vista de casi todo el pue­blo; manda á Tabithes que se levante en nombre de Jesucristo; abre los ojos Tabithes, levántase del ataúd, y pide el bautismo toda la ciudad de Joppe. En esta ciudad tuvo Pedro aquella misteriosa vi­sión en que Dios le manifestó que, habiendo muerto su Hijo gene­ralmente para todos los hombres, ningún pueblo ni nación era ex­cluida del beneficio de la redención.
A la vocación de los gentiles se siguió muy de cerca el reparti­miento que hizo el Espíritu Santo de los Apóstoles, para que fuesen á anunciar el Evangelio á todas las partes del universo. Tocóle á Pedro en aquella división anunciarle en la capital del mundo; y siendo Antioquía la capital del Oriente, dió principio por ella, fun­dando aquella Iglesia, donde los discípulos se comenzaron á llamar cristianos hacia el año 43 de la Encarnación ; pero San Pedro man­tuvo pocos años su Silla en aquella ciudad: triste presagio, que pudo ser, de que algún día faltaría en ella la fe, la que jamás había de faltar en Roma, donde el Apóstol dió fin á su vida.
Después de haber corrido una gran parte del Asia, anunciando á Jesucristo á los judíos esparcidos por el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, dió la vuelta á Jerusalén, donde se detuvo algún tiempo, y allí le buscó San Pablo, poco antes convertido, para ins­truirse, por decirlo así, en la religión, y aprovecharse de sus luces.
Renovóse con mayor furor en Jerusalén la persecución contra los fieles. Queriendo Herodes Agripa congraciarse con los judíos, quitó la vida al apóstol Santiago; y persuadido á que daría el mayor gusto á toda la nación en hacer lo mismo con San Pedro, que era la ca­beza de los demás, le mandó prender; pero como era el tiempo de la Pascua, en que á ningún delincuente se podía castigar, dió orden de que se le guardase estrechamente en la cárcel, nombrando á este fin diez y seis soldados que de cuatro en cuatro se fuesen remudan­do, sin perderle nunca de vista. Era su intento quitarle la vida en pasando la Pascua, y regalar al pueblo con un espectáculo tan de su gusto; pero oyó Dios las oraciones de toda la Iglesia, y confundió al tirano; porque la noche antes del día señalado á la ejecución, el án­gel del Séñor se apareció en la cárcel, despertó á Pedro, cayéron­sele las dos cadenas de que estaba cargado, abriéronsele las puertas de par en par, condújole el ángel hasta el fin de la calle, y desapareció. Fuése derecho San Pedro á casa de María, madre de Juan. Marcos, donde se habían juntado muchos fieles y estaban en ora­ción : llamó á la puerta; salió silenciosamente una doncellita, por nombre Rhoda, á saber quién llamaba : conoció al Apóstol por la voz, y fué tanta su alegría, que en lugar de abrirle corrió apresu­rada á dar esta noticia á los de adentro : dijéronla que estaba loca; replicó ella: Vuelvo a decir que es él, y que por la voz le conocí. Mientras tanto proseguía Pedro llamando; abriéronle en fin, y ya se deja discurrir qué admiración, qué gozo sería el de todos cuando le vieron, y más cuando les contó por menor todo lo que había pasado, y el milagroso modo con que estaba fuera de la cárcel y se veía li­bre de sus cadenas.
Después de este suceso recorrió segunda vez el Apóstol casi toda la Judea y una parte del Asia para animar á los fieles con santo fervor; y habiendo hecho todavía alguna mansión en Antioquía, pasó á Roma hacia el año 43, y fijó en ella su cátedra pontifical. Luego que llegó, triunfó de todo el Infierno junto con la célebre vic­toria de Simón Mago.
Desde Roma escribió San Pedro su primera epístola á los fieles de Oriente por los años de 49, y la data es de Babilonia, porque así llamaba aquella capital, que todavía era pagana; no obstante, hacía en ella la fe maravillosos progresos por los desvelos del Apóstol y de sus discípulos. En la misma ciudad escribió San Marcos su Evange­lio, que aprobó San Pedro para satisfacer la devoción de los fieles que había en ella. A los tres ó cuatro años de su residencia en Ro­ma, se, publicó el decreto del emperador Claudio para que saliesen de la ciudad todos los judíos. Partió Pedro á Jerusalén, donde presi­dió al concilio en que se definió que la ley del Evangelio había abo­lido la de la circuncisión, cuyas decisiones llevaron á Antioquía San Pablo y San Bernabé.

Restituido á Roma, nuestro Apóstol se dedicó á cultivar la viña del Señor que había plantado, y que era ya el modelo de todas las iglesias, costándole este cultivo inmensos trabajos y fatigas. Pero no se encerraba dentro de los muros de Roma su pastoral solicitud; an­tes se dilataba á toda la universal Iglesia, á la cual escribió su se­gunda epístola, dirigida á todos los fieles en general.
Mientras Pedro trabajaba en Roma tan gloriosamente, llegó á ella San Pablo, con recíproco gozo de los dos; disponiéndolo así la Divina Providencia, para que las dos mayores lumbreras del mundo cris­tiano terminasen su carrera en la capital del universo, y la ilustra­sen con su glorioso martirio.
Los milagros que hacían en Roma uno y otro apóstol encendieron la más horrible de todas las persecuciones en el imperio de Nerón. Huyendo de la tempestad salía un día el Apóstol para retirarse de Roma, cuando á la puerta de la ciudad encontró al Salvador como que iba á entrar por ella. No le hizo novedad la visión, por estar acostumbrado á muchas semejantes, y así le preguntó sin extrañeza: Señor ¿adónde vais?---Voy á Roma, le respondió Jesucristo, á ser crucificado de nuevo. Comprendió muy bien el Apóstol lo que le quería decir, y ocurriéndole entonces á la memoria lo que el Señor le había pronosticado antes y después de su resurrección, se volvió á la ciudad, y se dispuso para el martirio. El mismo día fué arrestado y conducido á la cárcel de Mamertino, al pie del Capitolio, donde estuvo nueve meses, juntamente con San Pablo, aumentando cada día nuevas conquistas á Jesucristo, porque fueron convertidos y bau­tizados por San Pedro dos de sus guardas, Proceso y Martiniano, con otras cuarenta y siete personas que estaban en la misma prisión..
En fin, después que nuestro Apóstol empleó toda su vida en dar á conocer y en hacer amar á Jesucristo; después de haber contribuido con tan inmensos trabajos á fundar y establecer la Iglesia en todo el universo, pero muy particularmente en la capital del mundo, vió finalmente acercarse el tiempo, tanto antes pronosticado por Jesu­cristo, en que otro le había de ceñir, y le había de conducir adonde naturalmente no querría. Sacáronle de la cárcel en compañía de San Pablo; y ambos, después de cruelmente azotados, fueron condena­dos á muerte, como cabezas de la religión cristiana. A San Pedro le llevaron á la otra parte del Tíber, al barrio de los judíos, en lo alto del Vaticano, llamado hoy Montorio ó Monte de oro. Queríanle cru­cificar por modo regular, pero consiguió de los verdugos que lo hi­ciesen fijándole en la cruz cabeza abajo, porque dijo no merecía ser tratado como su Divino Maestro. A San Pablo le degollaron. Consu­maron su sacrificio el día 29 de Junio, hacia el año 68 de Jesucristo, habiendo gobernado San Pedro la Iglesia de Roma veinticuatro años, cinco meses y once días. Fué sepultado el príncipe de los Apóstoles en el Vaticano, y desde entonces fué su sepulcro, después del de Je­sucristo, el más respetable y el más respetado de todo el mundo cris­tiano, comenzando el culto de los dos apóstoles San Pedro y San Pa­blo en la Tierra casi al mismo tiempo que dió principio su eterna felicidad en el Cielo. Luego que el emperador Constantino dió la paz á la Iglesia, se vieron levantar suntuosísimos templos en todas par­tes á honra de los dos Santos. El día 18 de Noviembre celebra la Iglesia la dedicación de las dos famosas basílicas fundadas en Roma en honor de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, cuya construcción se atribuye al gran Emperador Constantino, y la dedicación al Papa San Silves­tre. La de San Pedro, que es la del Vaticano, se reputa con razón por la mayor maravilla del arte que se registra en todo el mundo.
El célebre Santo Pedro Canisio, de la Compañía de Jesús, llamado en estos últimos tiempos, no sin mucha razón, apóstol de Alemania, refiere ser tradición confirmada en los anales de las Iglesias de Co­lonia y de Tréveris que San Materno, enviado á Alemania por San Pedro para anunciar en ella el Evangelio de Jesucristo, luego que convirtió á la fe un gran número de pueblos paganos, erigió una iglesia entre Molsheim y Strasburgo en honor del Santo Apóstol, que hasta el día de hoy se llama la casa de San Pedro.
El mismo autor refiere, que el Evangelista San Marcos erigió en Alejandría una iglesia ó capilla en honor de San Pedro, de la que hace mención el Papa San Anacleto. Añade más, citando á San Clemente: que un tal Teodosio, hombre rico y muy piadoso, cedió su propia casa para que se convirtiese en iglesia á honra de San Pedro, viviendo aún el Santo Apóstol, y que colocó en ella su cátedra pontifical.
Esta historia de erección de los templos de Molsheim y de Alejandría, y aun más el que se refiere edificado en Roma en honor de San Pedro, y viendo y aun hallándose presente el Santo Apóstol, tiene graves dificultades, cuyo examen y decisión dejamos al juicio de los sabios que tratan de este punto. »
Prudencio, poeta cristiano que floreció en el cuarto siglo, hablando de la fiesta de los Apóstoles San Pedro y San Pablo, nota que en su día celebraba el Papa dos Misas en Roma, una en la iglesia de San Pedro y otra en la de San Pablo.
La Misa es en honor de los Santos Pedro y Pablo, y la oración la que sigue:
¡ Oh Dios, que consagraste este día con el martirio de tus Apóstoles Pedro y Pablo! Concede á tu Iglesia la gracia de que en todo siga la doctrina de aquellos á quienes debió el principio y el fundamento de la religión. Por Nuestro Señor Jesucristo, etc.
La Epístola es del cap. 12 de los Hechos de los Apóstoles.
En aquellos días el rey Herodes comenzó á perseguir á algunos de la Iglesia. Mató, pues, á Santiago, hermano de Juan, con muerte de espada. Y, viendo que esto agradaba á los judíos, añadió el prender también á Pedro. Eran los días de los Ázimos. Y, habiéndole prendido, le metió en la cárcel, entregándole á cuatro cuaterniones de soldados para que le guardasen, con ánimo de presentarle al pueblo después de la Pascua. Pedro, pues, estaba custodiado en la cárcel. Mas la Iglesia hacía continuamente oración á Dios por él. Estando, pues, Herodes para presentarle, en la misma noche estaba Pedro durmiendo entre dos soldados, atado con dos cadenas, y las guardias estaban á la puerta custodiando la cárcel. Y he aquí que el Ángel del Señor vino, y la habitación resplandeció con una luz; y habiendo dado á Pedro un golpe en un lado, le despertó, diciendo: Levántate prontamente. Y las cadenas se cayeron de sus manos. Y el Ángel le dijo: Cíñete y cálzate tus sandalias. Y él lo hizo así. Y le dijo: Échate encima tu manto, y sígueme. Y él, saliendo, le seguía, ignorando que era verdadero lo que se hacía por el Ángel, sino que creía ver una visión. Y pasando la primera y la segunda guardia llegaron á la puerta de hierro que introduce á la ciudad, la cual se les abrió por sí misma, y saliendo fuera pasaron un barrio y súbitamente se apartó de él el Ángel. Y, vuelto en sí Pedro, dijo: Ahora sé de verdad que el Señor envió á su Ángel y me ha sacado de las manos de Herodes y de todo lo que esperaba el pueblo de los judíos.
REFLEXIONES
Viendo que en esto daba gusto á los judíos, resolvió prender á Pe­dro. El motivo principal, y muchas veces el único de la persecución de los buenos, es el impulso de la pasión. Los disolutos y los impíos siempre tienen cierta maligna complacencia en ver desgraciados á los justos. Oprimamos al justo. Y ¿por qué? Porque la pureza de sus costumbres es una eterna y penetrante censura de nuestros desórde­nes. Su inmóvil adhesión á la religión verdadera nos está continua­mente reprendiendo nuestros descaminos y nuestros errores; hace­mos vanidad ó nos gloriamos de profesar la misma religión que él profesa; pero él sigue muy diverso camino que nosotros y la moral por donde se gobierna nos desespera. Esto es lo que pone de tan mal humor á los libertinos; esto es lo que les irrita la cólera contra los siervos de Dios. Imagínense en el mundo pretextos y razones para perseguirlos; fórmeseles causa, y fulmínense procesos contra ellos, fabricados á placer; háganse los más ridículos y los más risibles re­tratos de su santa sencillez; pínteseles con los más negros colores; sean las más feas y las más vergonzosas calumnias el gran móvil del desencadenamiento universal de ese popular furor contra los verdaderos fieles; ésa fue y ésa será siempre la suerte de la virtud, tener enemigos y envidiosos. Los gentiles, y hasta los mismos bár­baros, menos instruidos, se sujetan con rendimiento á la fe, reciben con respeto la luz del Evangelio, ríndanse á ella con sumisión y con reconocimiento cuando los judíos, aquella nación cultivada, ilustra­da, y aun supersticiosamente religiosa, que tantos siglos hace espe­raba la venida del Mesías, no puede sufrir que los Apóstoles la pre­diquen, la anuncien y la demuestren el objeto de su misma esperan­za. La misma paradoja, ó, por mejor decir, el mismo misterio de iniquidad subsiste el día de hoy. Los virtuosos son venerados de los pueblos bárbaros, al mismo tiempo que los disolutos, que profesan la misma religión, los desprecian y los persiguen. ¡Qué bien acre­dita esto sólo el espíritu de error, probando al mismo tiempo la santidad de la verdadera religión!
El Evangelio es del cap. 16 de San Mateo.
En aquel tiempo vino Jesús á tierra de Cesárea de Filipo, y preguntaba á sus discípulos, diciendo: ¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre? Y ellos dijeron: Unos que es Juan el Bautista, otros que Elias, otros que Jeremías, ó algu­no de los Profetas. Díjoles Jesús: Y vosotros ¿quién decís que soy? Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo. Y respondiendo Jesús le dijo: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Juan, porque ni la carne ni la sangre te lo ha revelado, sino mi Padre que está en los Cielos. Y Yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Infierno no preva­lecerán contra ella. Y te daré las llaves del Reino de los Cielos, y todo lo que ata­res sobre la Tierra será atado también en los Cielos, y todo lo que desatares sobre la Tierra será desatado también en los Cielos.
MEDITACIÓN
Sobre la fiesta del día.
Punto primero.—Considera en toda la conducta de San Pedro el verdadero retrato de un alma verdaderamente fervorosa que ama sólidamente á Jesucristo; su ansia por ver al Salvador luego que tuvo noticia por San Andrés de su venida; apenas le encontró, ¡ con qué anhelo, con qué fervor, con qué docilidad concurría á oírle! Dísele Cristo que le siga, y nada le detiene: ni sus parientes, ni sus amigos, ni su misma mujer; todo lo sacrifica por seguir á su Maes­tro: dedicado una vez á su servicio, jamás le abandonó. ¿Buscamos nosotros á Cristo con igual ardor? ¿Seguímosle con tan fiel, con tan pronta generosidad? No tenemos mucho camino que andar para en­contrar á Jesucristo.
Pon los ojos en la inseparable adhesión que profesó San Pedro á Jesucristo: no le inmutó el mal ejemplo de tantos desertores y de tantos falsos hermanos. Aunque todos los demás discípulos hubiesen abandonado al Salvador, Pedro estaba bien resuelto á no abando­narle jamás. ¿Adonde iremos (le dijo con fervorosa intrepidez), pues sólo Vos tenéis palabras de vida eterna? Pronostícale Cristo su caída, y apenas acierta á creerla: tanto era el amor que de presente le te­nía. ¡Dios mío, qué pocos siervos tiene Jesucristo el día de hoy que le sean verdaderamente fieles! ¡A cuántos, aun de los mismos que hacen profesión de seguirle, les parece demasiadamente dura su doc­trina! La mayor parte de los mundanos viven tan prendados y tan contentos en el servicio del mundo, que no hay que esperar se re­suelvan á seguir á Cristo. ¿Y qué deberé yo pensar de mí mismo?
Punto segundo.—Considera el fervor con que San Pedro amaba a Jesucristo; cuánta era su fe, su caridad y su esperanza. No bien pregunta el Salvador á sus discípulos: Y vosotros ¿quién decís que soy?, cuando responde Pedro por todos, con admirable viveza: Tú eres Cristo, Hijo de Dios vivo. El ardiente y tierno amor que profe­saba á su Maestro se hacía visible en toda su conducta. Habla el Se­ñor de su pasión, trata de su cruz, y no sólo se sobresalta amorosa­mente Pedro, sino que protesta con resolución que, aunque toda su nación se emplease en maltratarle, él solo se sentía con bastantes fuerzas para librarle de sus manos.
Observa bien todo lo que dice, respira amor todo cuanto hace y todo cuanto habla. ¡Qué confusión la suya cuando vio á Jesucristo arrodillado á sus pies! ¡Qué resistencia para que no se los lavase! Pero amenázale el Señor con su desgracia. ¡Santo Dios, y qué pron­tamente acreditó con su rendimiento y con su respuesta cuánto era el amor que profesaba á su divino Maestro!

Hacedme, Señor, penetrar bien las funestas consecuencias de una verdad que inútilmente me disimulo y vanamente me escondo; pero acompañad á esta viva luz una gracia eficaz que me convierta, haciéndome vivir en adelante de manera que pueda decir en la hora de mi muerte: Bien sabéis, Señor, que os he amado con todo mi co­razón.
JACULATORIAS
¿A quién iremos, Señor, pues vuestras palabras son de vida eter­na?—Joan., 6.
Señor, bien sabéis que yo os amo.—Joan., 21.
PROPÓSITOS
1. Hablando en rigor, nuestra vida es una perpetua contradic­ción entre nuestra fe y nuestras costumbres, entre nuestras obras y nuestras palabras: cristianos en la iglesia, infieles en todo lo demás. Por lo menos, en toda nuestra conducta se representa una comedia continuada. A nuestros inferiores, y en ciertas ocasiones, hablamos como unos apóstoles de Cristo; pero, en particular y reservadamente, vivimos como si totalmente ignoráramos las máximas del Evangelio: semejantes á aquellos falsos israelitas, en Jerusalén los más celosos observantes de la ley; en Samaria los más impíos secuaces de la superstición; por la mañana al templo, por la tarde al teatro; unas ve­ces devotos, otras mundanos; en unas horas recogidos, en otras di­sipados, pero en todas enemigos de las máximas del Evangelio.
2. En cualquier estado que profeses tienes obligación de hacer oficio de apóstol. La caridad cristiana nos impone á todos una estre­cha ley de tener muy dentro del corazón la salvación de nuestros hermanos: nada debes omitir para solicitarla. Una reflexión cristiana hecha á tiempo, una advertencia, un buen ejemplo, una limosna, todo esto puede ser fruto de un celo apostólico. No hay padre ni ma­dre de familia que no pueda hacer mucho bien dentro de la suya; no hay genio tan malo que no se corrija; no hay propensión tan viciosa que no se sujete; no hay inclinación tan torcida que no se enderece con la aplicación, con las instrucciones, con el celo, con la blandura y con la constancia. Pon en práctica estas reflexiones, y que no sean vanos propósitos.

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