Dedico este libro a mi esposo, mis hijos y mi nieto






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JOAN WESTER ANDERSON
CUANDO

SUCEDEN

LOS MILAGROS

Dedico este libro a mi esposo, mis hijos y mi nieto.

También a mi madre, hermano y hermanas. Y no deseo

olvidarme de Barbara Brett, consejera y amiga del alma.

-Todos ustedes son los milagros de mi vida.
Veremos el cielo tanto como nuestros ojos quieran ver
WILLIAM WINTER

Agradecimientos

Deseo agradecer a todos aquellos que con tanta generosidad me ayudaron en mis investigaciones y en la realización de este libro.

Aprecio la información proporcionada por el reverendo Andrew M. Greeley, profesor de Ciencias Sociales, así como también al personal del NORC (Centro Nacional de Investigaciones de la Opinión), dependiente de la Universidad de Chicago; a Maureen Quinn, de la Organización Gallup, Princeton, Nueva Jersey; a Donna Jarvis, de la Oficina de Derechos del Autor en Word Music, Irving, Texas; a Sharon Smith, Coordinadora de Recursos del Ministerio para el Progreso, Lincoln, Virginia; a Ann Shields, del Ministerio para la Renovación en Ann Arbor, Michigan; y a los autores Charles y Frances Hunter.

Los importantes departamentos de investigación de la cadena de radiodifusión cristiana (CBN) y la revista Guideposts son dignos de mención. El Centro Islámico de Información de los Estados Unidos de Norteamérica; la biblioteca Asher, de la Facultad judaica Spertus; la fundación de origen sueco, Amigos de la Misericordia, y los distintos estudios realizados por el Departamento de Sociología y Antropología de la Universidad Purdue, todos sin excepción, proporcionaron valioso material de referencia.

Expreso mi agradecimiento a Kathleen Choi, columnista del Hawaii Catholic Herald; a John Ronner, autor de ¿Tiene usted un Angel de la Guarda?; a Gustav Niebuhr, del Wall Street Joumal, y a Andrea Gross, miembro de la Sociedad Norteamericana de Periodistas y Autores, así como también a todos los periodistas de diversos diarios de todo el país, que tan desinteresadamente aportaron datos de sus investigaciones.

Gracias también a la información técnica proporcionada por Tom Skilling, meteorólogo de la radio WGN de Chicago; a la doctora Christine Z. Pundy, especialista en oftalmología, de Arlington Heights, Illinois; y al teniente Thomas P. Anderson, del Departamento de Bomberos de Chicago. Los editores que publicaron mi carta en la que pedía experiencias en milagros, en especial aquellos de Writers Information Network, Liguorian, Women & Money, Leaves, Chicago Parent y Home Times.

Un recuerdo especial para todos los amigos que me brindaron apoyo y estímulo, así como también a los cientos de lectores que enviaron tanto historias como comentarios, y que constituyeron una rica fuente de material para las páginas que están por leer. Que todos sigamos en nuestra búsqueda de Dios, recordando, en las palabras de Henri Nouwen, que "cuanto más cerca estemos de El, más cerca estaremos unos de otros".

J.W.A.

Arlingtoll Heights, Illinois
Indice

El comienzo

Prólogo

¿Qué son los milagros?

LIBRO PRIMERO

Los milagros a través de la oración

El poder de la oración

Una promesa del Día de la Madre

Respuesta en el viento

Signos vitales

La redención de las profundidades

Sincronización perfecta

Una misión celestial

Un signo de nuestro tiempo

Una luz en su camino

Medicación misteriosa

Rescates en el camino

LIBRO SEGUNDO

Los milagros de los ángeles

Angeles entre nosotros

Milagro de Navidad

El protector en el granero

Ayudantes de hospital

¿Ha estado rezando?

El ángel del sillón

Milagro en Wrigley Field

El socorrista que desaparece

La ruta del milagro

Llamados a la zona de peligro

El mensajero de Navidad

LIBRO TERCERO

Los milagros del más allá

Cuando vienen los seres queridos

El arco iris de Andy

De la oscuridad a la luz

Entre el cielo y la tierra

El último adiós

Una escolta hacia el paraíso

Una visión de Navidad

Los hilos dorados de la esperanza

Un mensaje en la noche

La rosa blanca con rocío

LIBRO CUARTO

Curaciones milagrosas

Curaciones desde el cielo

La verdadera acción de gracias

Bendiciones dobles

El milagro de Miguel

Un corazón misericordioso

Manos que ayudan

Una visión en el parabrisas

Círculo de amor

LIBRO QUINTO

Los milagros especiales de Dios

La medida del amor de Dios

Tiernos tesoros

El Señor de los vientos y el fuego

El ángel del árbol

El milagro de la multiplicación

Siempre cerca .

En medio de la batalla

En alas de mariposa

Milagro en el centro comercial.

El último regalo de Navidad

En los brazos de un ángel

La llamada de Dios

Otro comienzo

Epílogo

Notas

El Comienzo

Prólogo

El Señor camina y habla conmigo,

Y me dice que yo soy su ...

"EN EL JARDíN", CANCIÓN POPULAR

Conocí a Lynne Gould poco después de que nuestra familia comprara una casa en la zona noroeste de Chicago, en septiembre de 1971. Una mañana ella se apareció en mi puerta, acompañada por varios de sus hijos menores, para darnos la bienvenida al barrio. La invité a pasar. Echó una mirada a las cajas que estaban marcadas con grandes carteles de Frágil-Porcelana, todavía apiladas por todas partes en el piso, y declinó la invitación, cosa que hizo que la quisiera al instante.

La casa de los Gould daba a los fondos de la nuestra, donde ambos jardines estaban separados por un cerco alto que tenía una abertura que utilizábamos como comunicación. Amaba a mis vecinos, pero Lynne era especial. De inmediato las dos sentimos una especie de vínculo y descubrimos pronto que nuestras conversaciones iban más allá de una charla trivial y ahondaban más en los sentimientos y creencias de cada una.

Pocos eran los temas que no tocábamos, pero desde el punto de vista espiritual había uno que resultaba particularmente nuestro favorito. Descubrimos que, aunque las dos profesábamos la religión católica, nuestras actitudes frente a la fe diferían. Lynne se mostraba tranquila y confiaba en los tiernos cuidados que nos prodiga Dios, en su voluntad de interesarse personalmente por su vida cotidiana. ¿Y yo? Como ha dicho un filósofo, "la distancia más larga que se puede recorrer son los treinta centímetros que separan la cabeza del corazón". Yo intentaba ser obediente, un poco escrupulosa y exigente conmigo misma. Aunque jamás había pensado en Dios como en un ser duro y aterrador, me era difícil creer que su amor por mí era verdaderamente incondicional. En cuanto a los milagros, estos les sucedían a los santos y no a la gente común como yo.

Hacía unas semanas que vivíamos en nuestro nuevo hogar cuando comenzaron a caer las primeras hojas del otoño. En realidad más que caer llovían, cubriendo el jardín con una capa espesa. Tomé algunas bolsas grandes y, una tarde, cuando los niños estaban en la escuela, fui al jardín a rastrillarlo.

Era un delicioso día cálido y soleado; sin embargo, hacía pocos progresos en mi trabajo de jardinería. Después de una hora, había llenado seis bolsas, pero aún varias pilas enormes de hojas esperaban y la mitad del jardín quedaba sin tocar. El ser dueña de una casa estaba perdiendo su encanto. Me apoyé por un instante en el mango del rastrillo, eché hacia atrás un mechón de cabellos que tenía sobre los ojos y fue entonces que el mundo pareció detenerse. Había perdido los anillos que llevaba en la mano izquierda. El anillo de diamantes de mi compromiso y la alianza de matrimonio, que no me había quitado desde que me casé, ya no estaban.

Justo en ese momento Lynne entraba a mi jardín por el portón del cerco. Aunque se encontraba por lo menos a quince metros de distancia, debe haberme visto la expresión de horror que yo tenía en el rostro.

-¿Qué sucede? -me gritó.

-Mis anillos ... ¡perdí los anillos! -Casi no podía articular palabra. Había perdido algo de peso por el trajín de la mudanza y los anillos, de alguna forma, se me habían caído. Pero ¿cuándo? ¿Dónde?

Lynne cruzó el jardín hundiéndose en el mar de hojas.

-¿Cuándo fue la última vez que los viste? -preguntó.

Frenética traté de recordar, examinando hasta las cosas rutinarias de menor importancia que había hecho hasta ese momento. Cuando les preparé el desayuno a los niños, cuando cargué la lavadora, ¡qué a menudo nos miramos las manos sin verlas en realidad! Sin embargo, sabía que me habría dado cuenta de que me faltaban los anillos cuando hice esas tareas.

-Deben de haberse caído aquí afuera -le dije a Lynne, mirando el paisaje, que me rodeaba el corazón lleno de congoja. ¿Cómo se puede encontrar algo en toda esa basura? Jamás volvería a ver los anillos. y no era que no estuvieran asegurados, yo los amaba como algo irreemplazable ... Los ojos se me llenaron de lágrimas.

Lynne fue más práctica.

-Vamos a rezar -dijo y se arrodilló justo allí en medio de todas esas hojas. Y, como ella me tomó de la mano, yo hice lo mismo.

-Dios -comenzó Lynne sin preámbulos-, tenemos un problema ... -Con pocas palabras describió la situación.

A pesar de mi agitación, sentí un poco de vergüenza. Qué sucedería si un vecino nos veía y nos encontraba ¡rezando en público! No obstante, yo también me sentía fascinada. Lynne le hablaba a Dios con fluida familiaridad, como si él fuera su verdadero Padre; alguien que se preocupaba tanto por ella se interesaría sobre cualquier cosa que pudiera decirle. Bueno, ¿por qué no?, pensé de repente. Yo soy madre y no hay nada que mis hijos necesiten que yo no se los provea. Si era en verdad su hija, ¿no sería esto lo mismo?

Lynne estaba por terminar su discurso.

-Necesitamos un milagro, Dios -oí que decía-. Por favor, haz que encontremos los anillos. -Se sentó sobre sus talones y, sin decir palabra, comenzó a estudiar el jardín. Ni por un momento había pensado que Dios haría en realidad algo sobre el pedido especial de Lynne. Pero ella había sido maravillosa en quedarse a mi lado.

Mientras la observaba, sin embargo, vi que sus ojos se dirigían hacia el montón de hojas amarillas y anaranjadas. Lentamente se puso de pie y pasó al lado de varios cúmulos. Cuando llegó a uno que estaba al otro lado del jardín, se detuvo, se agachó, metió una mano en la pila y después volvió a pararse.

-Aquí están -dijo, mirando la palma de la mano-. Aquí están tus anillos.

Yo casi estuve a punto de dar un grito antes de ir corriendo hacia donde se encontraba. Nos miramos, con rostros iluminados por anchas sonrisas.

-¿Cómo pudiste? -Casi no sabía qué preguntar.

Ella se rió.

-Yo no lo hice. Dios lo hizo. El sólo me guió hacia dónde mirar.

-Pero eso es imposible ...

-No es así -me señaló simplemente-. Pedimos un milagro, ¿no te acuerdas?

Algo importante parecía hacer vibrar el aire, algo sobrenatural y maravilloso. ¿Era esto de lo que se trataba la fe? Como dos niñas, nos habíamos acercado a nuestro Padre, a quien le pusimos sobre la falda un juguete roto y le pedimos con total confianza, por lo menos de parte de Lynne:

-Papi, arréglalo, por favor.

¿Por qué debería haberme sorprendido cuando El lo hizo?

¿Qué son los milagros?

Un milagro es una maravilla, un rayo de poder sobrenatural

que se inyecta a la historia ... , abre un boquete

en la pared que separa a este mundo del otro.

TIME, 30 DE DICIEMBRE DE 1991

Una encuesta realizada por Gallup en 1989 reveló que e183% de los norteamericanos creen en milagros, principalmente porque dichos acontecimientos sugieren que Dios existe y nos ama, y que nuestras vidas tienen un propósito. Pero el haber encontrado mis anillos en el jardín agudizó el interés sobre este tema. "¿Qué es un milagro?", me pregunté. ¿Cómo sabemos cuándo ocurre uno?

Según el Dictionary Webster's Unabridge, edición enciclopédica, un milagro se refiere a "un hecho o efecto que aparentemente contradice las leyes de la ciencia y, por tanto, se piensa que es debido a causas sobrenaturales". Ya sea en forma elaborada o desprovista de ornamentos, la mayoría de los milagros son acontecimientos positivos, que se producen en forma sorpresiva y por lo general fuera del contexto de la vida cotidiana. "Si se lo puede explicar", dice Betty Malz, autora de Los ángeles me cuidan, "no es un milagro". Ni tampoco los milagros son fortuitos. El receptor en general tiene un sentido de la intervención deliberada de Dios, de un cambio y una respuesta.

Entre las diversas religiones del mundo, encontramos diferentes respuestas a los milagros. Por ejemplo, la Iglesia católica acepta su existencia, pero sólo cuando el acontecimiento desafíe las leyes conocidas de la ciencia. Además, las proclamas de milagros no son fáciles de verificar. Un caso clave es el santuario de Lourdes en Francia. Aunque ha habido miles de supuestas curaciones divinas realizadas allí, sólo 65 fueron las que pasaron los estrictos procedimientos de la Comisión Médica Internacional para ser declarados oficialmente milagros. Desde 1981, millones de personas han sido testigos de extraordinarios acontecimientos en Medjugorje, ex Yugoslavia, pero la Iglesia aún está investigando la situación sin emitir ningún comentario oficial. Es probable que esto se mantenga así durante muchos años.

Las confesiones protestantes difieren sobre los milagros. Algunas creen que Jesús curó a los enfermos, multiplicó los panes, ordenó que se calmaran las turbulentas aguas del mar sólo con el propósito de establecer su iglesia sobre la tierra y que después sus maravillas dirigidas desde el cielo cesaron. Martín Lutero en principio negaba la posibilidad de curaciones divinas así como de otros milagros, aunque después cambió de parecer. Juan Calvino, en la Reforma del cristianismo, escribió que tales dones "desaparecen a fin de hacer que la predicación de los evangelios sea por siempre maravillosa".

Sin embargo, uno de los documentos de un plenario de teología, titulado "El ministerio y lo milagroso" afirma que un creciente número de confesiones ahora acepta que Dios hace hoy milagros, aunque "debemos en forma transparente estar preparados para someter nuestros reclamos ... a la prueba empírica más rigurosa", a fin de protegernos de charlatanes y engaños.

Esta visión es también más aceptada por cristianos más carismáticos. "En esta era de escepticismo, a menudo oigo decir a la gente: 'Pero Dios ya no hace más milagros''', escribe Harald Bredesen, pastor y autor de ¿Necesita un milagro? "Tengo buenas noticias para ellos. ¡Dios no ha dejado de hacer milagros!" Tal vez el hombre ha bloqueado la disponibilidad de milagros o las respuestas a sus oraciones, o lo que fuere, dice Bredesen, "al pensar en Dios, consciente o inconscientemente, en términos demasiado pequeños, por considerarlo sobre la base de nuestras propias limitaciones humanas".

Los judíos creen también en los milagros. Según palabras del rabino Simon Greenberg, autor de Filosofía judía y modelo de vida,

"Dios no está sujeto a las leyes que El estableció para su universo. El sigue siendo el maestro indiscutido que puede obrar con ellas a su voluntad."

Sin embargo, la fe de la persona no debe depender de lo milagroso, advierte el rabino Jack Riemer, presidente de la Asociación de Rabinos del área suburbana de Miami. "Los milagros son la decoración de la torta, pero, como dice mi mujer, Sue, ¡primero tenemos que cocinarla!", agrega con una sonrisa. "Podemos orar por un milagro, pero se supone que debemos actuar, trabajar y comportarnos como si estos no existieran." (La mayoría de los líderes cristianos estarían de acuerdo con esto.) Más prácticos, los judíos prefieren concentrarse en "los milagros que nos suceden todos los días", las bendiciones de la belleza en lo cotidiano.

La visión del islamismo es similar. "Los milagros son concedidos por gracia de Alá, único Dios, no a través de nuestro poder", dice el doctor Musa Qutub, presidente del Centro Islámico de Información de Estados Unidos. "Podemos pedir cualquier cosa, porque cualquier cosa es posible." Y es en este ruego crece nuestra fe. "Nadie que extienda su mano hacia Alá jamás la volverá vacía", explica el doctor Qutub.

¿Podemos "probar" los milagros? En general, no. Aun cuando las circunstancias parezcan sorprendentes, al final es mucho lo que el observador debe decidir por sí solo. Pero a veces reconocemos uno por nuestras propias reacciones -tal vez un estremecimiento leve en la boca del estómago, un escalofrío que nos recorre el cuerpo, un ataque de llanto o nuestro corazón que se eleva en silenciosa respuesta. Los milagros pueden también identificarse en la percepción tardía de los cambios positivos y a menudo profundos que se operan en nuestras vidas.

El "milagro de mis anillos" me cambió. Poco a poco se acrecentó mi deseo de pedir ayuda espiritual y buscar el plan que Dios tiene para mí, menos temerosa de no ser considerada "digna" de su ayuda. Sin embargo, no fue hasta 1992 en que escribí mi octavo libro, Por donde los ángeles caminan, que se abrió ante mí una nueva puerta a la comprensión de los milagros. Hubo personas que se sintieron tan conmovidas por las verdaderas historias de otros que fueron rescatados, consolados o tocados de una forma especial por un ángel que con gusto compartieron conmigo sus propias experiencias celestiales. (Algunas personas pidieron que sus nombres permanecieran en el anonimato. Señalo estos casos con un asterisco ["'l.) La mayoría escribieron en respuesta a mi libro o me hablaron después de que yo diera una charla. Otros llamaron a programas de la radio, donde me encontraba como invitada, en general, por teléfono.

Fue una experiencia conmovedora el quedarme sentada en silencio, en la oficina que tengo en mi casa, a veces hasta tarde por la noche, comunicándome con gente de todo el país, que estaba deseosa de hacer públicos sus encuentros con los ángeles. O de tomar conciencia del amor de Dios, reflejado en el rostro de un extraño que se acercaba a la mesa donde yo firmaba mis obras, o de aquel que con incertidumbre me abría su corazón en la sala de embarque de un aeropuerto. Todos los días surgían historias de tristezas que se transformaban en alegrías, de vidas llenas de nuevos horizontes, de búsquedas que llegaban a su fin, como deben terminar todas las que son exitosas, en los brazos del Padre.

Algunos de estos encuentros se producían a través de ángeles, otros a través de seres queridos que ya están en el paraíso. Respuestas a plegarias, curaciones inexplicables, las maravillas de la Naturaleza ... ; en ocasiones, la historia contenía más que un ingrediente espiritual, siendo más difícil de categorizar, pero aún más placentera de escuchar. De la forma más esclarecedora, Dios parecía trabajar no sólo en santuarios, sino en todas partes. Las aventuras más grandes y profundas con El estaban teniendo lugar, no a los pies de un distante gurú, sino en las cocinas de nuestras casas, en nuestros automóviles, en nuestras comunidades de oración, siempre que los corazones se abrieran lo suficiente como para decir en un susurro: "Ven a nosotros, Señor, ven ... "

De pronto me fui dando cuenta de que tales acontecimientos eran demasiado preciados como para quedar escondidos en mis archivos. Mientras leía y escuchaba a la gente que los contaba, se hizo evidente que debería compartir muchas de estas experiencias en otro libro, uno que no sólo tratara sobre ángeles, sino también sobre la fe y el amor ... y sobre los milagros. El terreno que Dios, con tanto amor, había preparado en el jardín del fondo de mi casa estaba por fin dando sus frutos.
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