La Doctrina Búdica de la Tierra Pura






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Sûtra» de la Ley búdica en su conjunto, es a través de ella cómo conviene explicarlos.

En la base del Budismo se halla la comprobación del mundo del sufrimiento. Así lo mostró Buddha claramente en su primer discurso en el Parque de las Gacelas de Benarés: «Esta es, oh monjes, la Noble Verdad sobre el Sufrimiento: el nacimiento es sufrimiento, la vejez es sufrimiento, la unión con lo que odiamos es sufrimiento, la separación de lo que amamos es sufrimiento, no obtener lo que deseamos es sufrimiento. En resumen, las cinco clases de objeto del apego son sufrimiento.»

Si se examina este enunciado, nos damos cuenta de que no hace más que traducir una intuición más profunda: la de la impermanencia universal.

Esto proviene de una extrema penetración de la realidad.

Mirando atentamente el mundo exterior y todo cuanto contiene, observando el ámbito interior del espíritu, se comprueba que nada permanece, sino que todo cambia continuamente. Y este cambio se produce de una manera cíclica. Una cosa nace, crece, declina y después muere. Muerte que, a su vez, entraña un nuevo nacimiento y así sucesivamente. Sea cual fuere la interpretación que se pueda dar del hecho, puede decirse que cada uno de los seres representa como un eslabón dentro de una larga serie de existencias. Esto se verifica en todo: los objetos se desgastan, los vivos decaen, los pensamientos y los caracteres cambian, los mundos evolucionan, etc., revelando constantemente nuevas formas.

A este ciclo de nacimientos y de muertes que arrastra a todos los seres, se le llama Samsâra. Con toda naturalidad está simbolizado por una rueda que gira sin parar.

El Samsâra es el terreno de la dualidad. Todo en él está compuesto por pares de opuestos: nacimiento y muerte, salud y enfermedad, afirmación y negación, claro y oscuro, bien y mal, puro e impuro, etc. Lo que es tanto como decir que se trata del dominio de la universal relatividad, un mundo donde los seres son opacos unos para otros. Es también un universo de condicionamientos y de sufrimientos. En él los seres no se encuentran libres, porque constantemente sufren tanto los estados de su propia naturaleza como las múltiples influencias impuestas por la vida. La causa es que se aferran a lo que muere y desaparece, intentan apoderarse de lo que no está a su alcance y rechazan la realidad tal y como se presenta ante ellos.
VI

EL JUEGO DE LAS CAUSAS Y DE LOS EFECTOS


Una observación en profundidad del mundo de la impermanencia permite descubrir que todo se hace y deshace conforme a leyes.

En el plano moral, la vida de los seres se regula por la Ley de Causa-y-efecto, también llamada Ley del Karma, es decir, del Acto.

Según esta Ley, todo acto, independientemente de los efectos que pueda provocar en el orden de la causalidad material, deja necesariamente huellas buenas o malas en aquel mismo que actúa. En otros términos, todo acto que realizamos, en bien o en mal, no sólo nos acarreará ciertas consecuencias materiales agradables o desagradables, sino que también nos vuelve diferentes de lo que éramos antes. Imprime en nosotros una profunda marca que va a influir, incluso sin saberlo, tanto en la visión que podamos tener de las cosas como en nuestro comportamiento futuro.

Somos la creación de todo nuestro pasado y, aun cuando actualmente nos creemos libres, estamos condicionados en todos nuestros pensamientos y en todas nuestras acciones.

Donde quiera que se manifiesta un efecto, necesariamente debemos admitir una causa del mismo orden. En virtud de esta Ley es como el Budismo, considerando que los elementos que componen nuestra naturaleza física están originados por causas materiales, concluye que todos los que forman nuestra vida espiritual se inscriben en una corriente de consciencia anterior a nuestra concepción. Es más, admite que nuestra naturaleza física y todas las circunstancias que rodean nuestro nacimiento y nuestro desarrollo: herencia, educación, familia, condición social, etc., corresponden a vínculos particulares que fueron anudados en el curso de un pasado incalculable.

Es a estos principios a los que, en el «Sûtra de la Contemplación», la reina Vaidehî, prisionera de su propio hijo, alude en su dolor:

«¡Venerado del Mundo! ¿Por qué antigua falta me ha nacido este malvado hijo? Y, además, Venerado del Mundo, ¿por qué y cómo he llegado a ser pariente de Devadatta? Ansío, Venerado del Mundo, que me reveles claramente un lugar libre de sufrimiento y de tribulaciones. Allí deseo ir a renacer.»

Si la Ley de Causa-y-efecto permite explicar nuestra presente condición, también permita definir una regla de conducta para el porvenir. Efectivamente, de la misma manera que resulta del pasado lo que actualmente somos, lo que realizamos ahora es determinante para nuestra evolución futura. Luego, es necesario plantar ahora las raíces del bien y abstenemos de las malas acciones.

Los preceptos búdicos (no matar, no robar, no mentir, etc.) que confluyen con los mandamientos de las diversas religiones, no expresan una voluntad superior y divina, sino que, únicamente, indican al hombre cuáles son los actos que, en los planos del cuerpo, de la palabra y del espíritu, dejan malas huellas y cuáles son los que favorecen la paz y la felicidad.

Toda la moral búdica deja, por tanto, plenamente al hombre el cuidado de tomar sus responsabilidades y de decidir por sí mismo, en la medida de su naturaleza y de sus conocimientos, lo que debe realizar y lo que debe evitar.
VII

LOS PRINCIPIOS DE LA LIBERACIÓN


El objetivo de la vía búdica consiste en «salirse de los sufrimientos y tribulaciones». Esto no puede llevarse a cabo rechazando la realidad tal como se presenta, ni buscando incansablemente toda clase de bienes, espirituales tanto como materiales, sino cambiando la propia manera de ver las cosas y encontrando la actitud justa frente a la existencia.

Esta actitud es esencialmente aceptación de la realidad y no-apego a los fenómenos, es decir, lo que el «Gran Sûtra» llama «la experiencia del Vacío, de lo Sin-forma y del No-deseo». Produce un sentimiento de profunda libertad espiritual, que el mismo libro define como «No-actuar» y «No-esfuerzo».

La mayor parte de las personas están cegadas por las actividades y los deseos que llenan su vida y piensan que el no-apego budista vuelve al hombre parecido a un leño sin sensibilidad y le impide saborear la existencia. Lo cual es radicalmente falso. Cuando se es libre y sin apego en el corazón, es cuando se es feliz y cuando verdaderamente se pueden apreciar, sin resabio, todas las maravillas de la vida. Los placeres y las agitaciones que llenan el pensamiento de la gente son, en realidad, inconsistentes y vanos. Es el vacío del no-apego lo que es realmente plenitud. Por lo demás, en estas comprobaciones, como veremos, se fundamenta la distinción entre los mundos impuros donde sufren los seres y la Tierra de Pureza, que es la propia felicidad del Buddha «cristalizado».

En consecuencia, lo esencial de la práctica del Budismo es una cultura mental. Si el hombre sufre, es porque su espíritu funciona mal o, como dice el «Sûtra de la Contemplación», porque su espíritu «está enfermo y es grosero». Se dice que el hombre está sumergido en la ignorancia (Avidyâ), porque no sabe disponer sus pensamientos. Cuando disipa esta errónea manera de ver, se dice que se despierta y se convierte en Buddha, es decir, «Despierto», «Iluminado».

El estado de profunda paz espiritual resultante de esta nueva manera de ver se llama Nirvâna, «Extinción del sufrimiento». Se trata de una experiencia permanente situada más allá de la afirmación y de la negación, del deseo y de la repulsión, del bien y del mal. Por consiguiente, es lo contrario del Samsâra, ya que trasciende toda dualidad. Sin embargo, no es diferente de él en el sentido de que constituye una experiencia propia de seres vivos.

El Nirvâna ha sido generalmente descrito en términos negativos, porque todos los términos que nuestra mente inventa se oponen a su negación y son, por tanto, prisioneros de la dualidad. Algunos textos, sin embargo, hablan de él en términos positivos y lo definen como un estado que perdura, una unidad interior, una felicidad sin límites, una pureza incorruptible.

En él, todos los determinismos que provienen del Karma, se suprimen. En él, todos los obstáculos y todos los lazos, desaparecen. Es no-apego y plenitud, la feliz coronación de toda vida.

Este es el contexto en que se inserta la filosofía de los «Tres Sûtra». Filosofía que puede reducirse a tres elementos principales que serán el objeto de los capítulos siguientes: el Buddha Amitâbha y sus Votos Originales; la Tierra de la Suprema Felicidad; y, finalmente, la práctica del Nembutsu.
VIII

DE SÂKYAMUNI A AMITABHA


Todas las enseñanzas búdicas tienen su origen en la experiencia de Buddha Sâkyamuni (siglos VI-V a. C.). Ahora bien, todos los libros santos que narran la vida de este gran maestro espiritual, insisten en un hecho capital: con las fuerzas de su propia naturaleza, sin ninguna ayuda sobrenatural, es como llegó a Buddha, «Despierto».

El poema de Asvaghosha sobre la vida de Buddha (Buddha-Carita), dice, por ejemplo:

«Acompañado de su sola resolución y fijo el espíritu en la obtención del Perfecto Conocimiento, se dirigió hacia la raíz de un pipal, un lugar donde la superficie del suelo estaba cubierta de hierba fresca.

Entonces se sentó en el mismo suelo en una postura firme e inquebrantable; cerró sus miembros en una unidad compacta, a la manera de la capucha de una cobra dormida; exclamó: “No abandonaré esta posición en tierra hasta que haya alcanzado mi objetivo último.”

Así es cómo el Santo, sobre su asiento de hierba, en la raíz del árbol y sumergido en la meditación, alcanzó al fin, con su propio esfuerzo, el Perfecto Conocimiento.»

Si Sâkyamuni alcanzó, con las fuerzas de su propia naturaleza, el Despertar, puede decirse que éste se halla contenido en las posibilidades mismas de nuestro espíritu.

La tradición primitiva expresa esta idea cuando afirma la existencia de otros Buddha. Todas las escuelas conocen varios Buddha humanos y terrestres. Los libros enumeran sus nombres. La lista más antigua menciona así ocho Buddha, el último de los cuales, Maitreya, debe aparecer al final de nuestro período cósmico.

Según los libros sagrados del Gran Vehículo, lo que se ha realizado en nuestra tierra tiene su correspondencia en todas las regiones del vasto universo. Hay, pues, innumerables Buddha, «(tan numerosos como las arenas del Ganges», «más numerosos que las motas de polvo que cubren la tierra». Entre los Buddha que residen en el Oeste se menciona a Amitâbha, el mismo de que hablan los «Tres Sûtra» de la Tierra Pura.

Al enumerar los diversos Buddha, los libros de todas las escuelas insisten siempre en un hecho: todos los Buddha efectúan radicalmente la misma experiencia: nacidos tras larga maduración a través de innumerables existencias, terminan por sentarse bajo el Árbol del Despertar, «ponen en movimiento la Rueda de la Ley», alcanzan en su muerte el gran Nirvâna final. Además, todos tienen las mismas perfecciones y los mismos poderes. Todos están dotados de las excelentes características y de los signos físicos del Gran Hombre.

Se deduce de estas consideraciones la noción de una Budidad ideal que todos los Buddha manifiestan igualmente. Definida como Despertar (Bodhi), como «Extinción del Sufrimiento» (Nirvâna), esta perfección es denominada «Cuerpo de la Ley» (Dharmakâya).

Se le da este nombre porque constituye la esencia misma de la Ley, o Dharma, enseñada por todos los Buddha. En sí, es inasequible e indescriptible: sólo los Buddha completamente realizados la conocen y la pueden revelar, porque son los únicos que, por definición, hacen de ella su experiencia. El Cuerpo de la Ley no debe ser considerado como una divinidad, como una especie de Ser Supremo que se encarnara en todos los Buddha, sino como la liberación en su íntima esencia, tal como ellos la realizan y manifiestan.

Es, pues, a través de un ser liberado, un Buddha de rasgos humanos, como la humanidad puede engendrar en ella el Pensamiento del Despertar (Bodhicitta), la resolución de alcanzar la liberación.

Los textos repiten constantemente cuán importante es encontrar a un Buddha, ver a un Buddha. Pero al mismo tiempo subrayan cuán difícil es conseguirlo. Los Buddha son raros y no permanecen visibles por mucho tiempo: pronto se absorben en la plenitud inefable del gran Nirvâna final.

El «Gran Sûtra» se inscribe desde el principio en esta línea de pensamiento:

«Durante infinitos centenares de millones de períodos cósmicos, es difícil encontrar, es difícil ver a un Buddha. Tan difícil como ver florecer la higuera Udumbara. »

El «Sûtra de la Contemplación» se expresa en el mismo sentido. Cuando la reina Vaidehî se encuentra prisionera, exclama: «Hoy estoy abrumada por la tristeza, y me resulta extremadamente penoso no tener ya la posibilidad de ver al Venerado del Mundo.»

En seguida se le aparece Buddha y le muestra al Buddha Amitâbha y a sus dos asistentes; exclama entonces la reina: «¡Venerado del Mundo! Yo, ahora, por el poder de Buddha, he logrado ver al Buddha de la Vida Infinita, así como a los dos Bodhisattva. Dime ahora cómo podrán hacer, en el futuro, todos los seres vivos para contemplar al Buddha de la Vida Infinita así como a los dos Bodhisattva.»

A lo que Buddha responde: «Aquel que desee contemplar a este Buddha debe primero concentrar su pensamiento y representarse, en el suelo formado por las siete joyas, una flor de loto… Cuando se haya visto esto, hay que meditar en Buddha.»

A través de estos textos y otros muchos parecidos, puede verse cómo se dibuja la evolución del pensamiento.

Cuando Sâkyamuni está presente, los seres toman refugio en su forma visible. Cuando está ausente, meditan en él y sus perfecciones. No por azar, en la base de todo el sistema búdico de cultura mental se encuentra un grupo de seis o diez «Reminiscencias» (Amusmriti), la primera de las cuales es la meditación sobre Buddha.

Sin embargo, esta meditación no se refiere a la personalidad física de Sâkyamuni, sino a la Budidad misma, es decir, en el Cuerpo de la Ley, tanto revelando el ideal supremo del hombre, como oculto misteriosamente, en estado de germen, en su corazón.

Desde este punto de vista, la figura de Sâkyamuni pierde importancia. Dada la identidad fundamental de todos los Buddha, la meditación en cualquiera de ellos, terrestre o extraterrestre, humano o ideal, puede conducir a la experiencia del Cuerpo de la Ley.

Si nos referimos al «Sûtra de la Contemplación», se ve que la meditación sobre Amitâbha no tiene otro significado:

«Hay que meditar en el Buddha de la Vida Infinita.

¿Y por qué?

El Cuerpo de todos los Buddha Tathâgata pertenece al “Plano de la Ley” que penetra enteramente el corazón de todos los seres vivos. Por eso, cuando meditáis sobre Buddha en vuestro corazón, vuestro corazón no es sino uno con los treinta y dos signos de excelencia y las ochenta características.

El corazón es lo que se convierte en Buddha, el corazón es lo que es Buddha.

El océano del Omniconocimiento de todos los Buddha nace de la meditación del corazón. Esta es la razón por la que, con un corazón unificado, hay que fijar el propio pensamiento sólo en la contemplación de este Buddha, que es Tathâgata, Santo, perfectamente Despierto».
IX

LOS NOMBRES DEL BUDDHA

DE LA TIERRA DE LA SUPREMA FELICIDAD


Si la contemplación de cualquier Buddha conduce al conocimiento del Cuerpo de la Ley, cabe preguntarse por qué Amitâbha ha terminado por prevalecer entre los demás, comprendido Sâkyamuni, para convertirse en el centro de una doctrina completa de liberación.

Es a sus nombres a lo que debe este Buddha su favor excepcional.

Posee, en efecto, dos nombres principales, Amitâbha y Amitâyus, ambos contenidos en el nombre resumido sino-japonés Amida.

Amitâbha es la luz sin medida, la «Luz Infinita».

El «Sûtra de Amida» explica este nombre así:

«¿Qué piensas sobre esto, Sâriputra? ¿Por qué razón se le llama Amida a este Buddha?

Sâriputra, la luz de este Buddha brilla sin medida: ilumina sin obstáculo alguno los mundos de los diez puntos del espacio. Por eso se le llama Amida.»

La explicación del «Gran Sûtra» está más desarrollada:

«Por su luz majestuosa y divina, el Buddha de la Vida Infinita es el primero de los Muy Venerados.

La luz de todos los Buddha no se le puede igualar. La luz de este Buddha ilumina cien Tierras de Buddha, o mil Tierras de Buddha.

En verdad, ilumina, en la dirección Este, Tierras de Buddha tan numerosas como las arenas del Ganges. Y lo mismo puede decirse del Sur, del Oeste, del Norte, de los cuatro puntos intermedios, del Zenit y del Nadir.

La luz de este Buddha ilumina un Yojana, o dos, o tres, o cuatro, o cinco Yojana. Al girar, se multiplica y alcanza a iluminar la totalidad de las Tierras de Buddha.

He aquí por qué el Buddha de la Vida Infinita es llamado el Buddha de la Luz sin medida, Buddha de la Luz sin límites, Buddha de la Luz sin obstáculos, Buddha de la Luz sin par, Buddha de la Llama de Majestad, Buddha de la Luz de Pureza, Buddha de la Luz de Alegría, Buddha de la Luz de Sabiduría, Buddha de la Luz Indestructible, Buddha de la Luz Inconcebible, Buddha de la Luz que supera al sol y a la luna.»

El otro nombre de este Buddha, Amitâyus, significa «Vida sin medida», «Vida infinita».

El «Sûtra de Amida» lo comenta así:

«Además, Sâriputra, la duración de la vida de este Buddha y de los seres que allá viven, es de un período cósmico sin límite y sin medida, imposible de calcular. ¡He aquí por qué a este Buddha se le llama Amida!»

La «Luz Infinita» señala el Omniconocimiento de Buddha.

Cuando los Sûtra quieren ilustrar la profunda sabiduría de los Buddha, los muestran despidiendo rayos de diversos puntos de sus cuerpos y estos rayos se expanden en las direcciones del espacio, revelando innumerables Tierras de Buddha.

La Luz está particularmente puesta en relación con la Bodhi, el Despertar, término traducido a menudo como «Iluminación», lo que subraya el lado luminoso de la gran experiencia de los Buddha. La luz es, pues, la cualidad que mejor traduce la esencia de Buddha, es decir, el llamado «Cuerpo de la Ley».

El bellísimo «Sûtra de la Guirnalda de Flores)» (Ayatamsaka-Sûtra; sino-jap.: Kegon-Kyô), que describe las maravillosas cualidades del Cuerpo de la Ley tal como se manifiestan en Sâkyamuni durante la noche de la Bodhi, contiene pasajes completamente significativos:

«Cuando el Único Venerado del Mundo alcanzó la Iluminación en el bosque de Uruvilva, en el país de Magadha, los árboles con sus troncos, ramas y hojas fueron transformados por su virtud milagrosa y se convirtieron en siete joyas preciosas que brillaban con vivo reflejo. Desde su asiento de león, una luz irradió sobre las diez regiones del universo iluminándolo por completo, como una inmensa nube de oro.»
«La luz de Buddha no conoce límite,

Ilumina todos los mundos en las diez direcciones.»

«El Tathâgata, en su luz,

Ilumina todos los mundos.

Su mirada pura que todo lo conoce,

Penetra en todas partes, profunda y lejanamente.»
Vemos ahora surgir la razón por la cual Amitâbha prevaleció poco a poco sobre todos los Buddha: su nombre «Luz Infinita» designa de una manera particularmente adecuada la extraordinaria riqueza del Cuerpo de la Ley.

Un razonamiento parecido, fundado en el sentido del nombre Amitâyus, nos conduce a una conclusión análoga.

«Vida Infinita» no significa «Eternidad», sino «vida que el Buddha prolonga indefinidamente» con el fin de salvar a todos los seres. Lo cual significa que, en lugar de desaparecer definitivamente en la Paz del Nirvâna completo, continúa apareciéndose entre los seres para educarlos. La «vida infinita» evocada por el nombre Amitâyus aparece, por tanto, como la expresión de la Gran Compasión de Buddha.

El texto más significativo a este respecto es el capítulo de la «Duración de la Vida del Tathâgata» en el «Sûtra del Loto de la Ley Maravillosa», obra que es como la suma del Gran Vehículo. En este capítulo, Sâkyamuni anuncia haber llegado a Buddha desde hace un tiempo incalculable y que la duración de su vida carece de límites. Para favorecer la maduración de los seres, tan pronto se muestra a ellos como desaparece, testigo del Nirvâna:

«El Tathâgata, perfectamente despierto desde hace mucho tiempo, posee una existencia de duración sin límites, que se mantiene siempre. Para beneficio de quienes debe educar, el Tathâgata anuncia su Nirvâna, aunque no haya entrado en él. E incluso ahora, oh jóvenes de buena familia, no he cumplido por completo mis antiguos deberes de Bodhisattva (= la resolución de salvar a todos los seres) y la medida de mi vida no está llena.»

De hecho, lo que Sâkyamuni anuncia en este capítulo del «Sûtra del loto» es el carácter intemporal del Cuerpo de la Ley. Este es la esencia misma de Buddha como ideal supremo, más allá de toda dualidad y, por tanto, más allá del tiempo. Pero, por otro lado, cada vez que un ser humano despierta y se convierte en Buddha, puede decirse que lo que se manifiesta en él es el Cuerpo de la Ley.

El siguiente capítulo del mismo Sûtra contiene una estancia de gran importancia. Hablando de aquellos que, tras escuchar su enseñanza, expresan la voluntad de llegar a Buddha, Sâkyamuni les pone estas palabras en los labios:

«¡Ojalá pueda yo también, en el porvenir, venerado por todos los seres y sentado en el seno de la íntima esencia del estado de Bodhi, enseñar igualmente que mi existencia tiene una duración semejante!»

El Buddha de la Vida Infinita, que reside en la Tierra de la Suprema Felicidad, no es diferente, si se reflexiona, de este Tathâgata que aparece en el «Sûtra del loto» dotado de una vida sin medida. Por consiguiente, lo que hemos concluido acerca del nombre Amitâbha es igualmente válido para el nombre Amitâyus. Lo que aseguró a este Buddha su extraordinario prestigio es que está, más que ningún otro, particularmente capacitado para simbolizar, en el corazón del hombre, el altísimo ideal de la Budidad.

Hemos visto que el «Sûtra de la Contemplación» pone en relación al Buddha de la Vida Infinita con el «Cuerpo de todos los Buddha Tathâgata». El «Gran Sûtra», en cierta manera, es mucho más explícito.

En el comienzo del Sûtra, Sâkyamuni reside en el Pico de los Buitres, cerca de Râjagriha, con multitud de discípulos y Bodhisattva. En un momento dado, aparece transfigurado ante la asamblea. Ananda, su discípulo más querido, reacciona de esta forma:

«El Venerable Ananda, percibiendo la divina intención de Buddha, se levantó de su asiento, descubrió su hombro derecho, se arrodilló respetuosamente, juntó sus manos y, tomando la palabra, dijo a Buddha:

“Hoy, todos los sentidos del Venerado del Mundo están radiantes de felicidad y su belleza es perfectamente pura. Sublime es su rostro de luz. Como el destello de un espejo puro, su presencia todo lo penetra por fuera y por dentro. La majestad de su aspecto resplandece hasta el punto de superar a la luz del sol. Jamás se había visto nada tan maravilloso hasta ahora.”
Sí, Gran Sabio, este es el pensamiento de mi corazón:

¡Hoy, el Venerado del Mundo reside en la Ley Única y Maravillosa!

¡Hoy, el Héroe del Mundo reside en el Asiento de Buddha!

¡Hoy, el Ojo del Mundo reside en la Vía más sublime!

¡Hoy, el Honrado de los Dioses transmite la Cualidad de Tathâgata!
Los Buddha del pasado, del presente y del porvenir se contemplan unos a otros: ¿Puede ser que Buddha no vea ahora a todos los Buddha? Si no, ¿cómo es que su naturaleza íntima sea tan majestuosa y brille con tal claridad?»

A modo de respuesta, Sâkyamuni anuncia que va a comunicar al mundo la verdadera felicidad y revela la existencia del misterioso Buddha Amitâbha.

Éste aparece entonces como la representación simbólica de la «Cualidad de Tathâgata», es decir, del Cuerpo de la Ley, esencia de la Budidad. Y en el interior de esta esencia, la «Ley Única y Maravillosa», el «Asiento de Buddha», la «Vía más sublime», es donde Sâkyamuni contempla el rostro de todos los Buddha del pasado, del presente y del porvenir.

En sentido inverso, se asiste en los Sûtra de la Tierra Pura a la universal predicación del Nombre de Amitâbha: en todos los puntos del espacio, innumerables Buddha revelan el Nombre de este Buddha y alaban sus virtudes inconcebibles. Entre otros textos, he aquí un pasaje del «Gran Sûtra»:

«Todos los Buddha Tathâgata, tan numerosos como las arenas del Ganges en las diez direcciones, alaban al unísono los divinos poderes y las virtudes inconcebibles del Buddha de la Vida Infinita. Todos los seres vivos que oyen su Nombre, creen en él y con ello experimentan felicidad, y alcanzan entonces la unidad de pensamiento. Con un corazón sincero, empiezan a anhelar el renacimiento en esa Tierra y consiguen ir allí a renacer en el estado del que ya no se vuelve atrás.»

Los Maestros de la Tierra Pura no se han equivocado en eso. Para ellos, Amitâbha es el propio Cuerpo de la Ley en tanto en cuanto se ha vuelto accesible al corazón del hombre mediante símbolos.

T’an Luan (476-542) expresa esta idea mediante una sabia distinción. Distingue, en efecto, entre «Cuerpo de la Ley de la Naturaleza de la Ley» (Hosshô Hosshin) y el «Cuerpo de la Ley de los Medios hábiles» (Hôben-Hosshin). El primero designa la esencia misma de la Budidad conocida sólo por los Buddha perfectamente realizados, inaccesible a los seres ordinarios. El segundo, señala esa misma esencia pero revelada por los Buddha con una forma, un Medio hábil, que la vuelve accesible a los seres ordinarios. Amitâbha, con su historia, sus virtudes, sus votos, es ese Medio hábil. Por eso, según los Maestros de la Tierra Pura, pensar en Amitâbha es contemplar la «Cualidad de Tathâgata», el Cuerpo de la Ley, la Esencia de la Budidad.
X

LOS VOTOS ORIGINALES DE DHARMÂKARA


El «Gran Sûtra» narra cómo Amitâbha se elevó hasta el Supremo Despertar.

Desde el antiquísimo Buddha Dîpankara, dice, ha habido cincuenta y cuatro Buddha. El último de ellos se llamaba Lokesvararâja. Un día que ese Buddha estaba predicando la Ley, un rey que lo escuchaba fue colmado de gozo y se convirtió. Abandonando entonces su reino, ese rey se hizo monje con el nombre de Dharmâkara. Lokesvararâja le apareció adornado de tal majestad y envuelto en tal luz, que concibió el pensamiento de llegar a Buddha. Lokesvararâja le enseñó entonces la doctrina de las Tierras Puras. Tras lo cual, Dharmâkara, habiendo reflexionado con madurez, formuló su resolución de alcanzar el Despertar pronunciando cuarenta y ocho votos (según la versión de Sanghavarman). Por la fuerza de estos votos, llamados Votos Originales, Dharmâkara desarrolló todas las virtudes y alcanzó el Supremo Despertar. Se convirtió en el Buddha Amitâbha, también llamado Amitâyus, y su lugar de residencia está situado al Oeste y se llama la «Tierra de la Suprema Felicidad».

A grandes rasgos, la historia de Dharmâkara no presenta nada singular. Se conforma, en efecto, a un esquema tradicional que se encuentra en todas las escuelas de Budismo. Este esquema comprende los siguientes elementos:

un ser ordinario consigue, a través de innumerables existencias, encontrar a un Buddha;

maravillado por la belleza de ese Buddha, concibe el « Pensamiento del Despertar» (Bodhicitta);

formula entonces su voto (Pranidhâna) por el cual se convierte en Bodhisattva (= aspirante al Despertar) y recibe de Buddha la predicción de su Despertar futuro;

a continuación madura durante largo tiempo, entregándose a la meditación y practicando toda clase de virtudes;

un día alcanza el Despertar y se convierte en Buddha perfectamente realizado.

El más ilustre ejemplo que se puede dar de este esquema es el que atañe al propio Sâkyamuni. Se encuentra expresado en la célebre recopilación de Jâtata. Esta recopilación narra las quinientas existencias del futuro Buddha, desde su Voto Original, en el tiempo del Buddha Dîpankara, hasta la vida que precedió a su aparición como príncipe de los Sâkya.

El Voto Original del futuro Sâkyamuni está referido en el primer Jâtaka.

En esa época vivía un asceta con el nombre de Sumedha. Un día, viendo al Buddha Dîpankara e impresionado por su irradiación majestuosa, Sumedha fue inundado de un gran gozo. Pero como el Buddha tenía que atravesar una región cubierta de lodo, Sumedha se tendió en el suelo haciendo de su espalda un puente para el Bienaventurado.

«Mientras estaba tumbado en el lodo, continúa el texto, abrió los ojos y vio el esplendor del Buddha Dîpankara, el Dotado de los Diez Poderes. Entonces, pensó:

Supongamos que yo, como Dîpankara, el Dotado de los Diez Poderes, consigo el Supremo y Perfecto Despertar, embarco en el bajel de la Ley, ayudo a la gran multitud a atravesar el océano del Samsâra y a continuación consigo el Nirvâna completo, en tal caso eso me conviene totalmente.

Cuando estaba tumbado en el suelo, mi pensamiento fue:
He aquí mi deseo: que pueda yo, hoy, destruir mis impurezas.

Pero, ¿por qué habría yo, desconocido, de realizar aquí la Ley?

Obteniendo el Omniconocimiento me convertiré en Buddha para el mundo entero, dioses incluidos.

¿Por qué habría yo, un hombre que conoce el Aguante, de realizar sólo la travesía?

Obteniendo el Omniconocimiento ayudaría al mundo entero, dioses incluidos, a realizar la travesía.

Mediante esta resolución que surge de mí, hombre que conoce el Aguante, alcanzaré el Omniconocimiento y ayudaría a la gran multitud a realizar la travesía.

Cortada la corriente del Samsâra, destruidas las tres pasiones,

Embarcando en el bajel de la Ley, ayudaré al mundo entero, dioses incluidos, a realizar la travesía.»
La resolución del Voto Original pertenece a todas las escuelas del Budismo En todas partes se la considera el punto de partida de una larga evolución que conduce a un ser al estado de Buddha perfectamente realizado. Como se habrá observado al leer el pasaje del primer Jatâka, que se refiere al Voto Original del futuro Sâkyamuni, esa resolución no disocia la liberación individual de la salvación de la multitud Convirtiéndose uno mismo en Buddha es como se llega a ser capaz de conducir a los seres a la liberación.

El Voto Original puede resumirse en este corto enunciado: «Estoy resuelto a lograr el Perfecto Despertar para que todos los seres vivos sean liberados.»

Esta resolución incluye un doble objeto. Primero, el Despertar, la Bodhi, que implica la perfección para aquel que la alcanza. A continuación, la liberación de todos los seres, la salvación universal. En el orden de la intención, es la liberación universal lo más importante. Por eso puede decirse que la cúspide del Budismo está constituida por Karunâ, la Compasión, es decir, la voluntad de liberar a los seres de sus aflicciones, o por Maitrî, el Amor, es decir, la voluntad de volver felices a los seres, o también por Upâya, los Medios de salvación ofrecidos a todos. En el orden de la ejecución, por el contrario, lo que está en primer plano es realizarse a sí mismo. Sólo cuando uno mismo se ha despertado, se puede esclarecer a otro; sólo cuando se ha obtenido la gran serenidad, alcanzan el apaciguamiento los demás.

Los Votos Originales de Dharmâkara se conforman a esta estructura. Su enunciado es incluso particularmente sugestivo y su contenido puede reducirse a esta corta fórmula:

«Si, convertido en Buddha, no renacen en mi Tierra ni en ella alcanzan la Liberación todos aquellos que piensan en mí, no quiero Perfecto Despertar.»

Este enunciado subraya en sumo grado la compasión y el amor que inspiran a Dharmâkara: no sólo quiere convertirse en Buddha para la liberación de todos los seres, sino que aún preferiría no llegar nunca a Buddha si ello no implicase la salvación universal.

Los Votos Originales de Dharmâkara expresan lo que podría llamarse el colmo de la Gran Compasión búdica. Se comprende entonces que el «Sûtra de la Contemplación» defina el Corazón de Amitâbha como únicamente amor y compasión:

«El Corazón del Buddha de la Vida Infinita es el gran amor de compasión que consiste en amar y aceptar de manera ecuánime a todos los seres vivos… Todos los seres vivos que piensan en este Buddha son abrazados y no son ya abandonados.»
XI

EL CONTENIDO DE LOS VOTOS ORIGINALES


El enunciado de los cuarenta y ocho Votos Originales de Dharmâkara no se conforma del todo a una serie lógica. Los temas se mezclan y entrecruzan y no siempre es posible disociarlos. Por lo demás, es probable que la lista de estos votos no se haya ido formando sino poco a poco. Un examen del texto desde el punto de vista literario y un estudio comparativo de las diversas versiones chinas y del texto sánscrito que subsiste, permitirían distinguir varios estratos redaccionales.

Sea lo que fuere, en el enunciado de los Votos Originales son discernibles cuatro temas.

Algunos Votos se refieren a las cualidades del Buddha Amitâbha (12 y 13) y a la irradiación de su luz (33) y de su nombre (17, 34-37; 41-45, 47 y 48).

Otros describen a los habitantes de la Tierra de la Felicidad (1-11; 14-16; 21-30; 38-40 y 46).

Algunos definen la calidad de la Tierra de la Suprema Felicidad (31 y 32).

Un último grupo de votos expone el medio de renacer en la Tierra de Pureza (17-20).

Conforme a los Votos Originales, el Buddha de la Tierra de la Suprema Felicidad es esencialmente descrito como poseedor de tres cualidades: luz, vida y potencia de Nombre.

Las dos primeras se refieren a sus dos nombres principales: Amitâbha, «Luz Infinita», y Amitâyus, «Vida Infinita». Según los votos, en efecto, la luz de este Buddha es sin límites (12) y tiene el poder de aliviar a los seres (33); su vida no tiene medidas (13) y su Nombre, proclamado por todos los Buddha (17), realiza innumerables prodigios (34 y siguientes).

En efecto, por el Nombre de Amitâbha los seres obtienen la certeza de renacer en la Tierra Pura (34) y las mujeres, el poder de rechazar los obstáculos inherentes a su condición (35). Por este mismo Nombre, los seres alcanzan el estado de Buddha (36), se convierten en objeto de una veneración universal (37), asumen un cuerpo sin defectos (41), renacen en una familia noble (43), empiezan a exultar de alegría (44), obtienen estados de concentración o Samâdhi muy elevados (42 y 45) y diversas perfecciones (47-48). El Nombre del Buddha es tan poderoso que se le llama «Fuente de todas las Virtudes» (20) y todo el método que conduce al renacimiento en la tierra de Pureza (17-20) se apoya en sus maravillosos poderes.

CUADRO DE LOS VOTOS ORIGINALES
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