Una música existe por la cual yo daría






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títuloUna música existe por la cual yo daría
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Antología poética

Gérard de Nerval


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FANTASÍA1

Una música existe por la cual yo daría

Mozart, Weber,2 Rossini, la obra entera de todos,

una música antigua de aire fúnebre y lánguido,

con secretos encantos que yo solo conozco.

Cada vez que la escucho mi alma rejuvenece

más de doscientos años... Y revivo los tiempos

de Luis Trece, diríase que se extiende ante mí

una verde colina que el ocaso hace de oro.

Y un castillo que tiene las esquinas de piedra

con vidrieras teñidas de colores rojizos,

y un gran parque cruzado por un río que baña

sus cimientos y fluye entre lechos de flores.

Hay también una dama en un alto ajimez,

con sus ropas antiguas, rubia y de ojos muy negros,

a la cual es posible que ya en otra existencia

haya visto... ¡y que guarde de ella un vivo recuerdo!


LA PRIMA3

Hay placeres de invierno, y a menudo el domingo,

cuando un poco de sol dora la tierra blanca,

con la prima salimos para dar un paseo...

-Pero no volváis tarde, que la cena no espera.

Cuando en las Tullerías4 ya hemos visto cien veces

entre troncos negruzcos muchas ropas floridas,

tiene frío la joven... Y nos dice que empieza

a notarse la niebla que acompaña al crepúsculo.

Y volvemos hablando de ese día feliz

que pasó tan aprisa... y de amor insinuado.

Y se huele al entrar, con enorme apetito,

desde el mismo portal, nuestro pavo en el horno.

EL PUNTO NEGRO5


Quien al sol cara a cara ha llegado a mirar

cree ver ante sus ojos como el vuelo obstinado

de una mancha plomiza que descubre en el aire.

Y cuando era aún muy joven, y a la vez más audaz,

en la gloria un instante fijé osado la vista:

en mis ávidos ojos se imprimió un punto negro.

Desde entonces, en todo, como un signo de luto,

allí donde se posa mi mirada, compruebo

que se posa también esa mancha negruzca.

¿Siempre va a interponerse entre la dicha y yo?

Oh, es que sólo las águilas -¡ay de mí, ay de nosotros!­

pueden mirar impunes a la Gloria y al Sol.

LAS CIDALISAS6


Nuestras enamoradas, ¿dónde están?

Se encuentran descansando en el sepulcro,

y seguro que allí son más felices gozando de un lugar que es más hermoso.

Muy cerca de los ángeles están,

donde acaban los cielos más azules,

cantando la alabanza sempiterna

de la Madre de Dios, Nuestra Señora.

¡Oh blanca desposada, oh joven virgen

cuya vida fue sólo florecer,

oh amante abandonada en cuyo rostro

el dolor dejó huellas para siempre!

La eternidad profunda sonreía

en vuestros ojos cual los recordamos...

Luminarias del mundo ya apagadas,

en los cielos volved a ser estrellas.


NOBLES Y CRIADOS7

Esos nobles de antaño de que hablaban las gestas,

paladines tremendos de imponente semblante,

cuyos cuerpos dotados de unos huesos gigantes

parecían tener en el suelo raíces.

Si volvieran al mundo, si el antojo tuviesen

de ver los herederos de su nombre inmortal,

Laridones8 verían frecuentando palacios

de ministros, estirpe degradada y rampante;

alfeñiques con faja, peto y muchos postizos;

sólo entonces podrían entender esos nobles

que en los últimos tiempos a su sangre selecta

han mezclado sus hijas mucha sangre de criados.

DESPERTAR EN LA POSTAS9


Esto fue lo que vi: fugitivos los árboles

en tropel, como ejército derrotado que escapa;

y a mis pies, agitado por los rápidos vientos,

un oleaje de tierra, cuando no de adoquines.

Campanarios llevando entre verdes llanuras

sus aldeas a casas enyesadas, con tejas,

que trotaban lo mismo que corderos muy blancos

que llevasen el lomo señalado de rojo.

Y las ebrias montañas vacilando, y el río

alargando su cuerpo por el valle cual boa

que parece dispuesta a abrazarlas con furia...

¡Yo viajaba en la posta y salía del sueño!

LA PARADA10


Es un alto en el viaje y bajamos del coche;

caminando al azar, dejo atrás unas casas,

harto ya de caballos, del camino, del látigo,

fatigados los ojos, doloridos los huesos.

Y de pronto ante mí, el verdor y el silencio,

todo un húmedo valle que recubren las lilas,

el murmullo del agua entre los altos álamos...

¡y el camino y el ruido ya no son de este mundo!

Y me tiendo en la hierba y me escucho vivir,

y me dejo embriagar por el heno oloroso,

y me niego a pensar contemplando los cielos...

Una voz grita entonces: «¡Que nos vamos, señores!»

UNA AVENIDA DE LUXEMBURGO11


La muchacha pasó rápida y ágil

ante mí, como pasan tantos pájaros;

en la mano una flor resplandeciente

y una nueva canción entre los labios.

Tal vez únicamente ella tuviese

un corazón capaz de oír al mío;

tal vez entrando en mi profunda noche

pudiese iluminarla con sus ojos.

Mas no... Mi juventud queda tan lejos...

¡Adiós, dulce fulgor que deslumbraba!

¡Oh, perfume, muchacha, oh, armonía!

Vi la dicha pasar... ¡y huyó de mí!

NUESTRA SEÑORA DE PARIS12

Aunque Nuestra Señora es muy vieja, es posible

que algún día sepulte a ese mismo París

que ella ha visto nacer; pero cuando transcurran

más o menos mil años, podrá el tiempo abatirla,

como un lobo derriba hasta a un buey, y torcer

esos nervios de hierro, y roer con sus dientes

tristemente su antigua osamenta de roca.

Para entonces vendrán gentes de todo el mundo

para así contemplar esas ruinas austeras,

releyendo abstraídas la novela de Víctor...13

Y la antigua basílica creerán estar viendo,

poderosa y magnífica, como fue tiempo atrás

que se yergue cual sombra de una muerta a sus ojos.

DESDICHADO14


Soy el que anda en tinieblas, viudo, ajeno al consuelo,

príncipe de Aquitania de la torre abolida,15

sé que ha muerto mi estrella...16 Mi laúd constelado

luce aquel negro sol de la melancolía.17

Tú que me consolaste en la fúnebre noche,18

dame aquel Posilipo19 y los mares de Italia,

y la flor que mi amargo corazón nunca olvida,

y la parra en que el pámpano a la rosa se hermana.

¿Soy Amor o soy Febo?20 ¿Lusignan21 o Biron?22

En mi frente aún hay huellas de aquel beso de reina;

he soñado en la gruta donde están las sirenas...

Por dos veces, triunfal, crucé ya el Aqueronte;23

y a la lira de Orfeo he arrancado de labios

de la santa suspiros24 y los gritos del hada...25
MIRTO26

Pienso en ti, Mirto, que eres la divina hechicera,

y en el gran Posilipo que refulge de fuego,

en tu frente que inundan claridades de Oriente,

en los negros racimos y en tu trenza dorada.

En tu copa también bebí toda embriaguez

y en el brillo furtivo de tus ojos sonrientes

cuando estaba rezando a los pies de Dionisos,

ya que un hijo de Grecia me hizo al cabo la Musa.

Sé por qué allí el volcán se ha encendido de nuevo...

Con tus ágiles pies ayer tú lo rozaste,

y de pronto cenizas han cubierto los cielos.

Rompió un duque normando27 tus deidades de arcilla;

desde entonces debajo del laurel de Virgilio

se une la hortensia pálida al verdor de los mirtos.

HORUS28

El dios Neftis29 temblando sacudía los mundos;

fue cuando Isis,30 la madre, levantóse del lecho,

miró llena de odio a su bárbaro esposo

y el ardor de otro tiempo brilló en sus ojos verdes.

«Vedle aquí», dijo, «muere ese viejo perverso,

con perennes escarchas habitando su boca,

atad su pie deforme, apagad su ojo bizco,

dios de todo volcán y rey de los inviernos.

Ha pasado ya el águila, llámame un nuevo espíritu,

para él visto la túnica de la diosa Cibeles...

¡Hijo de Hermes y Osiris, bienamado por ellos!

Luego huyó la deidad en su concha dorada,

el mar nos devolvía su venerada imagen,

y los cielos brillaban bajo aquel chal de Iris.31

ANTEROS32

Me preguntas por qué hay furor en mi pecho

y cabeza indomable bajo un cuello flexible;

es que tengo mi origen en la estirpe de Anteo33

y devuelvo los dardos contra el dios vencedor.

Sí, me inspira como a otros aquel que es Vengador,34

él mi frente marcó con su labio irritado,

bajo la palidez de Abel, ay, hecha sangre,

llevo a veces el rojo de Caín implacable.

Yavé, el último fue por tu genio vencido,

aquel que en el infierno «¡Oh, tiranos!», gritaba,

es Baal,35 de quien salgo, o mi padre Dagón...36

Los tres me sumergieron en el río Corito;37

a mi madre, de estirpe de Amalec,38 protegí,

y del viejo dragón a sus pies sembré dientes.39

DELFICA40

¿No conoces, oh Dafne, esa antigua romanza,

bajo blancas adelfas o al pie de algún sicómoro,

bajo olivos o mirtos, bajo sauces temblones,

la canción amorosa que se va repitiendo?

¿Reconoces el templo con su gran columnata,

los amargos limones que mordían tus dientes,

y la gruta, fatal al viajero imprudente41

donde duermen los dientes del vencido dragón?

¡Volverán esos dioses que tú lloras sin tregua!

Dará el tiempo otra vez aquel orden de antaño;42

se estremece la tierra con un soplo profético...

La sibila, no obstante, la del rostro latino,43

duerme aún bajo el arco que erigió Constantino...44

Y hasta hoy nada turba aquel pórtico grave.

ARTEMISA45

Vuelve aquella que es trece... y es también la primera;46

y es la única siempre... o es el único instante:

¡Porqué tú eres la reina!47 ¿La primera o la última?

¿Eres rey sólo tú o el amante postrero?

Ama a aquel que te amó de la cuna en el féretro;

la que sólo yo amé me ama aún tiernamente.

Es la Muerte... La Muerte... ¡Oh, delicia, oh tortura!

Malvarrosa es la flor que ella lleva consigo.48

¡Oh, tú, santa de Nápoles, con el fuego en las manos,49

corazón de violeta, la flor de santa Gúdula,50

¿encontraste tu cruz en los cielos desiertos?

¡Rosas blancas, caed! Insultáis a los dioses,

caed, blancos fantasmas, de ese cielo llameante:

¡Esta santa abismal es más santa a mis ojos!

VERSOS DORADOS51
¡Así es, todo es sensible!

Pitágoras

¡Hombre libre que piensas! ¿Crees que sólo tú piensas

en un mundo en que estalla toda cosa de vida?

De tus fuerzas dispone lo que es tu libertad,

mas jamás mudarán tus consejos el mundo.

Oh, respeta en la bestia un espíritu activo;

cada flor es un alma manifiesta en Natura;

un misterio de amor duerme en todo metal;

¡Influyente y sensible es en ti toda cosa!

En el muro que es ciego unos ojos te espían:

en la misma materia hay un verbo que actúa...

¡No la emplees en algo cuyo fin sea impío!

En los seres oscuros hay un Dios escondido;

y como ojos nacientes que sus párpados cubren,

un espíritu puro hay en todas las piedras.

1 Del libro Pequeños castillos de Bohemia. Primera publi­cación en Annales romantiques, 1832.

2 «Se pronuncia Wèbre» (nota de Nerval). El famoso mú­sico alemán Carl Maria von Weber (1786-1826). Los otros dos músicos que se citan en el verso son sobradamente conocidos.

3 Del libro Pequeños castillos de Bohemia.

4 El jardín de París junto al palacio de las Tullerías, en­tre el Louvre y los Campos Elíseos.

5 Del libro Pequeños castillos de Bohemia. Primera publi­cación en el Cabinet de Lecture del 4 de diciembre de 1831. Se trata en realidad de la adaptación de un soneto alemán de Gottfried August Bürger (1747-1794), que Nerval ya había publicado traducido al francés en 1830.

6 Del libro Pequeños castillos de Bohemia, donde Nerval recuerda -en prosa- los años en que vivió en la rue du Doyenné número 3, .en un rincón del antiguo Louvre de los Médicis: «El antiguo salón del deán resonaba con nuestras ri­mas galantes, mezcladas a menudo con las risas alegres o las alocadas canciones de las cidalisas..

7 Almanach des Muses, 1832.

8 Laridón es el nombre que da La Fontaine a un perro degenerado en la fábula que titula «La educación» (VIII, 24). Se solía llamar así a los que se hacen indignos de sus antepa­sados por incurrir en molicie y desidia.


9 Almanach des Muses, 1832.

10 Almanach des Muses, 1832.

11 Almanach des Muses, 1832. Jardín de París que perte­nece al palacio antiguamente llamado Pequeño Luxemburgo, y que hoy alberga el Senado.

12 Almanach des Muses, 1832.

13 Nuestra Señora de París, de Victor Hugo, se publicó en 1831.

14 Del libro Las quimeras. Primera publicación en Le Mousquetaire del 10 de diciembre de 1853. El título, en es­pañol en el original, procede del capítulo octavo de la novela Ivanhoe de Walter Scott. Los sonetos de Las quimeras han sido objeto de numerosas exégesis tan complicadas como prolijas, en el fondo haciendo que demos la razón al propio Nerval, quien escribió que .perderían su encanto de ser explicados, si ello fuese posible». Remitimos, pues, a los comentarios de Jeannine Moulin, en su edición de 1949, y nos atenemos a las notas juzgadas imprescindibles.

15 Nerval creía que su familia, los Labrunie, descendía de un noble linaje del Périgord que lucía en su escudo tres torres de argén; «abolidas», en su acepción literal, como sím­bolo de los privilegios de los nobles por la Revolución, aun­que, como todo el soneto, la frase admite otras interpretacio­nes alegóricas.

16 La mujer amada, Jenny Colon.

17 Alusión al grabado de Durero La Melancolía. El sol ne­gro, eclipsado (que se luce como emblema en el laúd, que hace las veces del escudo de un caballero), es un presagio funesto.

18 Véase el relato «Octavia», de Las hijas del fuego, que contiene recuerdos italianos del escritor.

19 Colina frente al golfo de Nápoles.

20 Apolo, el dios del Sol.

21 Rey de Chipre que casó con el hada Melusina.

22 «Cuando Biron quiso bailar / mandó traer sus zapa­tos» (canción popular). Para este verso y los siguientes, véase Silvia, del propio Nerval

23 El río de los Infiernos que atraviesan las sombras para no volver. El poeta habla aquí de haber superado dos crisis de locura (en 1841 y 1853), y en cierto modo se iguala a Orfeo. 24. Adrienne, que se hace monja. Véase Silvia. 25. 0 sea, la actriz, Jenny Colon.

24 Adrienne, que se ahce monja.

25 La actriz, Jenny Colon.

26 Del libro Las quimeras. Primera publicación en L Artiste del 15 de febrero de 1854.

27 Roger I, que en el siglo XI conquistó Sicilia a los árabes.

28 Del libro Las quimeras. Horus es el dios solar del anti­guo Egipto.

29 Deidad egipcia que a veces se hace hermana de Isis y esposa de Osiris.

30 Diosa madre de la mitología egipcia.

31 Iris, mensajera de los dioses y encargada de conducir las almas a los Infiernos, tenía un chal de siete colores identi­ficado con el «arco iris».

32 Del libro Las quimeras. Este título, que en griego sig­nifica «amor recíproco», puede tener múltiples significados; hay en él una clara alusión a «la estirpe de Anteo» del tercer verso, pero también sugiere "anti-Eros", es decir, el anti-Amor que tuvo su origen en Satán y en la raza de Caín.

33 Anteo es un gigante hijo de Gea (la Tierra) y de Posei­dón. Fue vencido por Hércules.

34 Satán.

35 Dios cananeo cuyo nombre se da en la Biblia a todas las divinidades falsas.

36 Divinidad de los filisteos.

37 Río de los Infiernos, que algunos hacen afluente del Aqueronte.

38 Amalec, nieto de Esaú, se supone origen de las tribus amalecitas, que según la Biblia guerrearon contra los israeli­tas en tiempos de Saúl y David.

39 Véase el soneto Délfica. Según la tradición, la ciu­dad de Tebas fue fundada de este modo por el fenicio Cadmo.

40 Del libro Las quimeras. Primera publicación en L` Artiste del 28 de diciembre de 1845. El título alude al orácu­lo de Apolo en Delfos.

41 La «gruta de las sirenas» de Tívoli, ya aludida en El desdichado.

42 Recuerdo de un verso de la égloga cuarta de Virgilio: «Nace el gran orden de unos siglos nuevos.»

43 Las sibilas eran mujeres a las que se atribuía el don de adivinar el porvenir. Virgilio describe en la Eneida la ca­verna de la sibila de Cumas.

44 El arco de Constantino, en Roma, símbolo del fin del paganismo.

45 Del libro Las quimeras. Es uno de los sonetos más os­curos de Nerval, y de él se han dado múltiples interpretacio­nes esotéricas. La diosa griega Artemisa (o Diana) se asocia en la tradición esotérica con Isis, el principio femenino.

46 Quizá la hora decimotercera, es decir, la última de un ciclo, si se añade a las doce primeras, y el comienzo de otro.

47 Adrienne, en Silvia, desciende de los Valois.

48 La flor de Aurelia en el relato homónimo.

49 Santa Rosalía. Véase «Octavia».

50 Patrona de Bruselas; quizá alusión a las vidrieras de la catedral dedicada a esta santa.

51 Primera publicación en L Artiste del 16 de marzo de 1845.


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