"Vista desde lejos Toledo es como una reina entronada, vista desde dentro, como una viuda penitente sentada sobre cenizas"






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"Vista desde lejos Toledo es como una reina entronada, vista desde dentro, como una viuda penitente sentada sobre cenizas".

(W.G. Clark. "Gazpacho". 1850)

1. La Calle de los Bécquer (Calle de La Lechuga)

2. La Calle de El Cristo de la Calavera.

3. La Iglesia del Convento de San Clemente.

4. La Calle de San Ildefonso.

5. La Plaza de Santo Domingo el Real.

6. La Iglesia de San Juan de los Reyes.

7. El Arquillo de la Judería.

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Prólogo

Hasta el siglo XVIII lo más corriente entre los jóvenes británicos que acababan sus estudios era el realizar un viaje hasta la cuna de nuestra civilización occidental por excelencia: Grecia e Italia, todo ello con el objetivo "primordial" de completar su educación. Pero a partir de .este momento, período de grandes transformaciones ideológicas y sociológicas (como ejemplo el derrocamiento de la Monarquía en Francia o la Revolución Industrial de Inglaterra) se originaron unos cambios sociales que motivaron, en sí mismos, el cambio en los gustos de todo tipo, incluidos los estéticos. En definitiva, se acaba con el clasicismo y se iniciaba el gusto por el conocimiento de otras culturas, quizás "exóticas” y primegéniamente influenciadas por la Edad Media y que hasta ese momento habían sido practicamente ignoradas.

Comienza el movimiento romántico.

Pues bien, con estas premisas el viajero romántico fue de espíritu esencialmente aventurero soñando, incluso, en adentrarse en rutas desconocidas donde encontrar nuevas experiencias. Aquí surge su interés por acudir a España y por adentrarse en la experiencia de ser asaltado por LOS BANDOLEROS.( "gatherings from Spain"/cosas de España). En suma, es en este siglo cuando empiezan a fraguarse todos los tópicos sobre España que aún hoy día nos aquejan.

Para el viajero romántico era un auténtico deleite adentrarse en alguna de las posadas más ruines de las numerosísimas que había repartidas por la península y escuchar las historias de los bandoleros narradas por los oriundos al anochecer y a la luz del hogar. Los románticos más que alarmarse por un viaje desagradable, exaltaban su imaginación e inciaban el camino al amanecer siempre dispuestos a enfrentarse con el peligro amenazante.

En este contexto, eran famosos los bandoleros de Sierra Morena en Andalucía; y siguiendo su rastro los viajeros románticos descubrieron la que consideraro como la "Joya Madre" de la arquitectura universal: La Alhambra de Granada. Es aquí cuando aúnan su interés por la Edad Media (recordemos cómo por ejemplo en este siglo en Inglaterra se comienzan a construir los nuevos edificios neogóticos: el parlamento, por ejemplo). Además, los bandidos del camino existente entre Madrid y Toledo eran célebres en los anales del bandolerismo español hasta el punto de que en la mismísima Plaza de Zocodover se creó un auténtico mercado literario en torno a este tema más mítico, por cierto, que real, pero es que claro ya se sabe que el turismo incipiente comenzaba a atraer el dinero de los extranjeros y siempre era preferible contratar unos cuantos actores que desmitificar la leyenda que sobre tal asunto se había creado.

Con todo esto, Toledo fue descubierta como la ciudad medieval por excelencia y vino a ser una de las ciudades más queridas por los viajeros románticos toda vez que contenía en sí misma la historia no de una, sino de tres culturas medievales: la cristiana, la judía y la musulmana. Trilogía ésta unida a un escenario urbano esencialmente romántico, especialmente por lo que de exótico, extraordinario, inigualable y pintoresco tenía para el viajero romántico.

"Toledo es quizá, la ciudad más interesante de España por su bella situación y por su pasado histórito"

(Lady Louisa Tenison. "Castile and Andalucía".1853)
“De hecho, es a la luz de la luna, cuando se disfruta Toledo. Bajo el resplandeciente sol, las adiciones incongruentes que los arquitectos cristianos llevaron a cabo en las encantadoras creaciones de los moros, producen dolor al hombre de buen gusto y le hacen o reír o sentir indignación. La clara luz del día resalta claramente la pobreza, la pereza, la suciedad y la total incomodidad que surge en cada esquina de esta ciudad imperial... Pero cuando la luna se ha elevado suficientemente como para que uno pueda dirigir sus pasos a salvo por las estrechas y tortuosas calles, cuando sólo parte de los antiguos edificios brillan, mientras el resto permanece en la oscuridad, cuando a media luz los símbolos cristianos y las decoraciones de los moros se transforman poco a poco hasta armonizarse, entonces, realmente, uno admite el poder y el encanto de la ciudad, y siente que todo romance, el cual uno puede precipitarse a pensar fue destruido, regresa de sus ocultas profundidades con una fuerza insospechada”. (Alfred Elwis en “Throug Spain by Rail in 1872 )



En el Toledo romántico, la recuperación del pasado glorioso de la ciudad imperial solo era posible a la luz de la luna, cuando los símbolos de las civilizaciones que la habitaron se hermanaban bajo la tolerancia, cualidad ésta fundamental dentro del código medieval de la caballerosidad.
1. La calle de los Bécquer.



"Hay en Toledo una calle estrecha, torcida y oscura, que guarda tan fiélmente la

huella de cien generaciones que en ella han habitado, que habla con tanta elocuencia a los ojos del artista, y revela tantos secretos puntos de afinidad entre las ideas y las costumbres de cada siglo con la forma y el carácter especial impreso en sus obras más insignificantes, que yo cerraría sus entradas con barreras ..."

(Gustavo Adólfo Bécquer. "Tres Fechas")
Nos encontramos en la calle que tradicionalmente se ha venido llamado "de la Lechuga" y así es como se la conoce tradicionalmente en nuestros días y es que ya sabemos todos lo que sucede en Toledo pues por más que nuestras autoridades municipales o de cualquier otro tipo se empeñen en cambiar nuestras costumbres los toledanos siempre mantendremos vivo el recuerdo de las generaciones. Veamos si no, lo que sucede con la Calle Ancha ( o Comercio).
El hecho es que hacia la primera década del siglo XX el municipio decidió cambiar el nombre de la calle porque un "eminente historiador" toledano en sus muchas investigaciones sobre el tema decidió que en la casa que lleva el nº 9 vivieron los hermanos Gustavo Adolfo y Valeriano Bécquer.

Pero sucede en numerosas ocasiones, y esta no lo será menos, que el historiador, entendemos que por equívoco más que por intencionalidad manifiesta de "colgarse los laureles", erró en su cálculo pues como bien nos informa Don Julio Porres Martín Cleto en su eminente, por que nunca ahorraré en halagos para con la misma, obra "Historia de las Calles de Toledo" viene a poner de manifiesto que en dicho número no existió casa alguna de estos hermanos sino una pensión y si bien es cierto que vivieron en ella, ésto lo fue por una muy corta temporada, justo en el momento en que Gustavo Adolfo y Valeriano, junto con su madre, recientemente viuda, llegaron por primera vez a Toledo, allá por el año de 1857, y concretamente hasta que se afincaron, definitivamente, en la casa que más adelante visitaremos en la colación de Santa Leocadia ( pues así se conocío desde antiguo la división en la ciudad por "barrios" correspondientes a los dominios de las diferentes parroquias. Así, por ejemplo, un vecino podía referir que vivía en la colación de San Justo y todo el mundo ya sabía dónde estaba el lugar, sin necesidad de especificar la calle ).

¿ Pero qué es lo que impulsó a nuestro protagonista a acercarse a esta vetusta ciudad hasta tal punto de quedarse totalmente prendido de ella, sobre todo cuando el movimiento romántico ya se encontraba desfasado y en declive?. Desde muy jóven Gustavo Adolfo Bécquer fue un hombre que podríamos llamar "del renacimiento". Fue un gran aficionado a la literatura, la historia y la pintura; consideraba que estas tres artes estaban ítimamente ligadas y, en tal sentido, aceptó la Historia ligada a la literatura; para él el documento histórico, frio, puramente informativo no bastaba, sino que había que adentrarse en los mítos, en las fábulas, en las leyendas de los pueblos para llegar a comprender el alma de la época y de la sociedad que se trataba de estudiar. Sin ello, el conocimiento quedaba cojo. En este contexto se enfrenta a la elaboración de una magna obra: "Historia de los Templos de España" que estaría compuesta de unos cuatro o cinco volúmenes que contendrían numerosas ilustraciones realizadas por él mismo, así como la colaboración de numerosos arqueólogos, grabadores y dibujantes de prestigio.
Pero recoger todos y cada uno de los templos del país, uno por uno, y describirlos, así como describir una a una todas las maravillas que los mismos encierran nos llevan a pensar que se trataba de una tarea árdua y costosa, sobre todo ésto último.
Se trata de "estudios superiores a mi edad y ajenos a mi inclinación". Reconoció, por fín, nuestro protagonista. Comenzó la obra en 1854 y en 1857 tuvo que acudir a los Reyes para que le prestaran auxilio económico y patrocinaran su obra. No obtuvo la respuesta que esperaba; entonces acudió a su hermano Valeriano, que vivía en aquélla época en Toledo, para que aportara el dinero que le faltaba y es con esta ocasión cuando visita Toledo y se queda prendado de la ciudad y decide, entonces, dedicar el primer ( que luego fue el único) volumen de esta obra a la magna toledana: "Templos de Toledo". El dinero no dió para más y se acabó el proyecto en 1858.

Por cierto, ya que estamos en este lugar diremos que el nombre con el que se conoce a esta calle, repito de la Lechuga, obedece a otro error histórico de los historiadores, en este caso de Amador de Los Rios. Resulta, como veis, que aquí al lado, a la izquierda según se mira la puerta de la Iglesia de Santas Justa y Rufina, aparece una pilastra visigoda decorada con numerosos relieves florales. Pues bien, Amador de Los Rios unió a su antojo esta calle de Santa Justa y la de los Bécquer en una sola y le atribuyó el nombre por dichos adornos florales que, por cierto, tienen muy dudoso parecido con tal planta.

2. La Calle de El Cristo de La Calavera.

Nos encontramos en este momento en la Calle del Cristo de La Calavera, que recibe el nombre de una de las leyendas de Gustavo Adólfo Bécquer.
Bien es cierto que nuestro protagonista de hoy es un romántico rezagado, escribe cuando ya el movimiento romántico estaba desfasado y en plena época de hegemonía de la literatura realista que goza de una serie de características que en la ruta de hoy no viene al caso explicar; en Bécquer se van a entremezclar los temas púramente románticos: la ilusión, la soledad, la deseperación y, principalmente, el amor... el desengaño. Y es en este punto donde confluye nuestra ruta, en suma el amor a la mujer.
Pero todo esto no debe hacernos olvidar que Bécquer fue un auténtico solitario si del tema de amores hablamos; bien es cierto que cuando marchó a Madrid para trabajar como periodista, se enamoró de JULIA ESPI, organista del Teatro Real, pero la amó en silencio (seguramente ella ni siquiera sabría de los sentimientos que hacía sí tendría el "poeta"). Amó con pasión a ELISA GUILLEN, una dama de Valladolid a quien escribió una serie de poemas que, debido a las ideologías políticas, de las que más tarde hablaremos, desaparecieron aunque en la soledad de sus estancias toledanas, en la vieja casa de su hermano Valeriano, consiguió reproducirlas. Pero con Elisa tampoco pudo hacer nada. Con quien sí se casó, por cierto precipitadamente, fue con CASTA ESTEBAN, con quien tuvo dos hijos. Pero su mujer le fue infiel y se separó de ella si bien se reconciliarían al final de sus días.

Este fracaso en los "amoríos" se va a ver reflejado en la temática de sus leyendas tratando todas las variantes posibles de la actitud que una mujer puede tener para con un hombre y llegando, casi siempre, a la conclusión de que aquélla es, ha sido y será la perdición del género humano. Así, por ejemplo, en la “Leyenda del Beso”, de la que ya hablamos en una de las primeras rutas, se trata el tema del amor platónico y la mujer imposible simbolizada en una estatua sepulcral. En “la Ajorca de Oro”, la Virgen del Sagrario, patrona de Toledo, es objeto de la codicia y la tentación diabólica para una mujer (otra leyenda que ya expusimos). No sucede así en “La Rosa de Pasión”, que comentaremos más adelante, donde la mujer sí que sale bien parada, todo inocencia y belleza. Y en ésta de “El Cristo de La Calavera”, se dilucida cómo dos hombres, amigos por más señas, se enamoran de una misma mujer lo que les lleva al enfrentamiento y con un sorprendente final.
Esta Leyenda se desarrolla en este ensanchamiento de la calle en que nos encontramos que estaba presidido por una imagen del Crucificado que se encontraba alumbrado, día y noche, por un triste candil. Imagináoslo todo oscuridad y el único resquicio de luz fuera esa llama. Pues bien recordando este hecho muy acertadamente el Ayuntamiento de Toledo dispuso colocar esta placa que se ve en honor del insigne "poeta" lo que es muy de agradecer pues tristemente Toledo se muestra mala madre de sus más nobles hijos, naturales o adoptivos como en este caso, y les hace caer siempre en el olvido.

Y sin más demora, pues todos los estais esperando y para esto, precisamente, nos encontramos aquí, paso a relatar la magnífica leyenda de "El Cristo de la Calavera":
"Eran tiempos de la Edad Media. El rey Alfonso VIII estaba preparando una gran expedición guerrera contra los moros y había conseguido reunir en Toledo un imponente ejército. Caballeros de todos los reinos cristianos de la península y de fuera de ella habían acudido a su llamada. Toledo era un hervidero de gentes bulliciosas, la inmensa mayoría jóvenes llenos de vida y por lo tanto impetuosos, bullangueros, dados a la alegría y escasamente sensatos.
El rey dispuso dar una última fiesta en el alcázar antes de la partida de la tropa, para elevar su moral. Damas y caballeros rivalizaban en elegancia. Los juegos amorosos eran acciones usuales. De entre todas las damas asistentes al baile real destacaba la belleza sin igual de doña INÉS DE TORDESILLAS. Su hermosura era tanta como su carácter altivo y desdeñoso. Todos los caballeros asistentes se hallaban prendados de aquélla linda mujer. Entre los más enamorados se hallaban don ALONSO CARRILLO y don LOPE DE SANDOVAL, ambos toledanos de nacimiento y amigos íntimos de su niñez. En principio los enfrentamientos eran a base de frases ingeniosas, puyas incisivas y delicadas burlas, que poco a poco fueron haciéndose más agrias y secas.
En cierto momento en que el cerco a la dama era más enconado por ambos amigos, ésta se levantó para evitar un incidente más grave entre los dos jóvenes enamorados y, quizás por descuido o intencionadamente, uno de sus guantes cayó al suelo. Todos los caballeros que la rodeaban intentaron alcanzarlo instintivamente, pero fueron Alonso y Lope los que, al unísono, lograron rescatar la prenda y pretendían entregársela a su dueña, sin querer soltarla el uno antes que el otro. Sus ojos chispeantes desafiáronse en silencio y su postura impasible revelaba lo que las almas sentían en aquel tenso momento. La terrible escena fue cortada por la presencia del rey quien, al notar la borrascosa situación, decidió intervenir con suma educación y tacto. Tomó el guante de las manos de los jóvenes y se lo devolvió a la dama, que asistió al lance con gran preocupación. Alonso y Lope se inclinaron reverentemente haciendo un gesto de despedida a la vez que se intercambiaban una mirada de intenso rencor.
Llegada la medianoche los reyes se retiraron a descansar y se dió por terminada la fiesta. Las damas y caballeros asistentes fueron encaminándose a sus moradas por las oscuras, estrechas y tortuosas calles de Toledo que, un momento antes tan animadas, fueron quedando en silencio.
En este ambiente nocturno, donde la oscuridad era la dueña de Toledo y el misterio se palpaba en el aire, apareció una sombra que se confundía con la de los soportales de Zocodover. Se adivinaba la figura confusa y desvaída de un hombre que apoyaba su mano derecha sobre la empuñadura de su espada. Pronto se vió otra sombra que avanzaba hacia el centro de la plaza. En ese momento salió el que esperaba y quedaron los dos frente a frente. Eran los dos amigos, Alonso Carrillo y Lope de Sandoval. Se dirigieron escasas palabras; pero las que pronunciaron sirvieron para decidir dilucidar sus diferencias con las armas. Determinaron buscar un lugar tranquilo y apartado para enfrentarse. Salieron de la plaza internándose por Barrio Rey, desembocaron en la plaza de la Magdalena y torciendo por la calle de Trastámara llegaron a la plaza de la Cabeza. Un poco más allá pudieron ver la luz macilenta de una lamparilla que alumbraba tenuemente a un cristo que tenía una calavera a sus pies. Les pareció el lugar a propósito para batirse en duelo y se dirigieron a él. Con apresuramiento saludaron al Cristo reverentemente, sacaron sus espadas y se prepararon para comenzar la lucha tras un asentimiento de cabezas.
Cuando sus aceros chocaron por primera vez, la lamparilla se apagó y la calle quedó sumida en la oscuridad. Al separarse ambos contendientes como dudando qué hacer, el farolillo volvió a brillar. Parecióles extraño lo ocurrido, pero dado el sentimiento que les embargaba, decidieron continuar el combate.
Cuando las armas volvieron a tocarse nuevamente, tornó a producirse el mismo fenómeno en la lamparilla del Cristo; y cuando se separaron, la luz volvió a encenderse sola. Dieron una explicación no muy convincente ni verosímil al hecho y decidieron continuar la pelea.
Una tercera vez se encontraron sus espadas y por tercera vez también se apagó la llama de la lamparilla; mas en esta ocasión la acompañó un gemido profundo y penetrante. Un miedo cerval llenó su espíritu y estremeció sus cuerpos. La lamparilla retornó a brillar de nuevo y entonces los amigos comprendieron que la intervención divina impedía su enfrentamiento. Dios no quería esa lucha fratricida. Se miraron y un impulso repentino los llevó a abrazarse con gran afectividad. La amistad y el cariño mutuo volvió a renacer y resolvieron que fuera la misma doña Inés la que dedidiese sobre su suerte amorosa.
Los dos amigos pasaron a la plaza de San Justo y de allí llegaron a la que hoy se llama calle del Cardenal Cisneros, para dirigirse después a la plaza del Ayuntamiento. En uno de los palacios allí existentes y de los que hoy no queda rastro alguno, vivía su amada. Cuando entraron en la plaza torcieron pegados a los muros del templo catedralicio para contemplar la fachada de la vivienda de doña Inés y, con profunda sorpresa, vieron cómo en ese instante se abría el balcón del dormitorio de la dama y un hombre que salía de él comenzaba a deslizarse hasta el suelo con ayuda de una cuerda, mientras una figura blanca, sin duda la de doña Inés, despedía amorosamente al galán.
Los dos jóvenes se miraron y, tras un momento de indecisión, sus ojos y labios iniciaron una sonrisa que llegó a convertirse en carcajada. Al oírla, la dama cerró bruscamente el balcón.
Al día siguiente partían las tropas. Comenzó el desfile. Las damas en los balcones de Zocodover, veían el paso del cortejo de caballeros con sus armas y pendones. Allí aparecieron don Alonso Carrillo y don Lope de Sandoval juntos. La joven enrojeció de vergüenza y despecho al comprobar la significativa sonrisa que los dos amigos le dirigían después de mirarse antes entre sí con signos evidentes de complicidad".
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