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No soy un serial killer


Dan Wells

1º Trilogía John Wayne Cleaver
No soy un serial killer

Título original: I am not a serial killer

© de la imagen de la portada, Shutterstock

© de la foto del autor, Michal DeMoux / Eyeris Images

© Dan Wells, 2010

© de la traducción, Maia Figueroa, 2012

©Editorial Planeta, S. A. 2012

Primera edición en libro electrónico (epub): abril de 2012

ISBN: 978-84-08-00616-9 (epub)



Para Rob, que me proporcionó el mejor incentivo que te puede dar un hermano pequeño: consiguió publicar primero

Agradecimientos


Este libro debe su existencia a muchas personas, la mayoría de las cuales —que yo sepa— no son asesinos en serie.

En primer lugar debo mencionar a Brandon Sanderson, que un día me hizo callar en el coche y me dijo que dejara de hablar de serial killers y escribiera un libro sobre ellos, lo cual resultó ser una idea bastante buena que fue desarrollada y refinada por una serie de grupos de escritura y lectores con espíritu crítico que incluye (pero no se limita a) Peter Ahlstrom, Karla Bennion, Steve Diamond, Nate Goodrich, Nate Hatfield, Alan Layton, Jeanette Layton, Drew Olds, Ben Olsen, Bryce Moore, Janci Patterson, Emily Sanderson, Ethan Skarstedt, Isaac Stewart, Eric James Stone, Sandra Tayler y Kaylynn Zobell.

En lo profesional, debo dar las gracias a mi editor, Moshe Feder, y a mi absolutamente maravillosa agente, Sara Crowe. Sin su ayuda el libro seguiría estando bien pero no sería alucinante y tú jamás habrías oído hablar de él. Si lo encuentras alucinante, (de hecho, si lo has encontrado en algún sitio), es gracias a ellos.

Quiero dar un agradecimiento especial a mi querida esposa, Dawn, que me ofreció su apoyo mientras escribía este libro y no me abandonó después de leerlo. Otros miembros de la familia que tampoco me abandonaron son mi hermana Allison, mi hermano Rob, mi suegra Martha y mis pobres padres Robert y Patty. A todos vosotros: permitidme que insista en que este libro no es autobiográfico. Lo prometo.

«Debería yo haber sido un par de ásperas garras corriendo por los fondos de mares silenciosos.»


Poesías reunidas 1909-1968.

«La canción de amor de J. Alfred Prufrock.»

T. S. ELIOT1

1


La señora Anderson había muerto.

No fue para nada llamativo, simplemente murió de vieja; una noche se fue a dormir y ya no volvió a despertarse. Dicen que fue una manera digna y tranquila de morir y supongo que, técnicamente, es cierto. Pero los tres días que pasaron antes de que alguien se diese cuenta de que hacía tiempo que no la veía acabaron con gran parte de la dignidad de la situación. Al final, su hija pasó por su casa para ver qué tal estaba y se encontró con un cuerpo que llevaba tres días descomponiéndose y que apestaba como un perro atropellado. Y lo peor de todo no es la descomposición, sino los tres días. Pasaron setenta y dos horas antes de que alguien se molestara en decir: «Espera… ¿qué hay de esa señora mayor que vive junto al canal?» Eso sí que es poco digno.

Pero ¿la muerte fue tranquila? Seguro. Según el forense, murió discretamente el 30 de agosto, mientras dormía. Eso significa que murió dos días antes de que el demonio destripara a Jeb Jolley y lo dejara tirado en mitad de un charco, detrás de la lavandería. Y entonces aún no lo sabíamos, pero la señora Anderson fue la última persona en morir por causas naturales en el condado de Clayton en casi seis meses. El demonio se encargó del resto.

Bueno, de casi todos. Menos de uno.

Recibimos el cuerpo de la señora Anderson después de que el forense hubiera acabado con él el sábado 2 de septiembre, aunque supongo que debería decir que lo recibieron mi madre y tía Margaret, no yo. Ellas llevan la funeraria; y yo sólo tengo quince años. Había estado casi todo el día en el pueblo, viendo a la policía limpiar los restos de Jeb y volví justo cuando el sol empezaba a ponerse. Me colé por la puerta trasera, por si mi madre estaba delante; no tenía muchas ganas de verla.

En la trastienda no había nadie, sólo yo y el cadáver de la señora Anderson. Estaba sobre la mesa, debajo de una sábana azul, totalmente inmóvil. Olía a carne podrida y a insecticida, y el ventilador, que zumbaba ruidoso en el techo, no ayudaba mucho. Me lavé las manos en silencio, preguntándome de cuánto tiempo disponía; luego toqué el cuerpo con cuidado. La piel envejecida era mi favorita: seca y arrugada, con la misma textura que el papel antiguo. El forense no se había preocupado demasiado por limpiar el cuerpo, probablemente porque ya tenían suficiente trabajo con Jeb, pero por el olor supe que al menos habían intentado matar los bichos. Después de tres calurosos días de final de verano, seguramente había un montón.

Una mujer abrió de golpe la puerta que daba a la parte delantera del local y entró vestida toda de verde, como una cirujana con traje y máscara. Me quedé parado creyendo que era mi madre, pero me miró fugazmente y se dirigió a un mostrador.

—Hola, John —dijo mientras cogía unos trapos estériles.

No era ella; sino su hermana Margaret. Eran gemelas y cuando llevaban máscara apenas podía distinguirlas. Sin embargo, la voz de mi tía era algo más ligera, un poco más… llena de energía, y siempre pensé que eso se debía a que nunca se había casado.

—Hola, Margaret.

Retrocedí un paso.

—Ron se está volviendo cada vez más vago —dijo mientras cogía el pulverizador de desinfectante—. Ni siquiera la ha limpiado; ha declarado la muerte como natural y nos la ha enviado tal cual. La señora Anderson se merecía algo mejor. —Se dio media vuelta para mirarme—. ¿Te vas a quedar ahí parado o me vas a ayudar?

—Perdona.

—Lávate.

Me remangué con entusiasmo y volví al lavamanos.

—Pero, de verdad —siguió diciendo—, no sé a qué se dedican en la oficina del forense, porque no es que estén muy ocupados. Aquí apenas nos da para seguir a flote.

—Jeb Jolley ha muerto —dije secándome las manos—. Lo han encontrado esta mañana, detrás de la lavandería automática.

—¿El mecánico? —preguntó Margaret bajando la voz—. Qué horror. Era más joven que yo. ¿Qué le ha pasado?

—Asesinato —dije, y descolgué una máscara y un delantal de la pared.

Se lo había cargado el demonio, pero entonces yo aún no lo sabía. Ni siquiera fui consciente de que existía hasta tres meses después. En agosto —y me parece que de eso hace ya una eternidad— nadie en el condado de Clayton tenía ni la menor idea del horror que se avecinaba.

—Creen que podría haber sido obra de un perro salvaje —le dije a Margaret—, pero parecía que las tripas estuvieran amontonadas.

—Qué horror —repitió Margaret.

—Bueno, eres tú la que se preocupa por el negocio —repliqué—. Dos cuerpos en una semana son dinerito.

—Ni se te ocurra hacer bromas sobre esto, John —me dijo con aire severo—. La muerte es triste incluso cuando te paga la hipoteca. ¿Estás listo?

—Sí.

—Estírale el brazo.

Cogí el brazo derecho y lo estiré; el rígor mortis hace que el cuerpo se ponga tan rígido que apenas puedes moverlo, pero esto dura un día y medio, más o menos. Este cadáver llevaba tanto tiempo muerto que los músculos habían vuelto a relajarse y, aunque la piel parecía de papel, la carne estaba blanda como la masa de pan. Margaret pulverizó desinfectante sobre el brazo y frotó cuidadosamente con un trapo.

Incluso cuando el forense hace su trabajo y limpia el cuerpo, nosotros siempre lo lavamos antes de empezar. El embalsamiento es un proceso largo que incluye tareas muy precisas; se necesita poder empezar de cero.

—No veas cómo apesta esto —dije.

—Ella.

—No veas cómo apesta «ella» —me corregí.

Mi madre y Margaret estaban empeñadas en tratar a los muertos con respeto, pero llegado ese momento me parecía un poco tarde. Ya no era una persona, sino sólo un cuerpo. Una cosa.

—La verdad es que sí que huele —dijo Margaret—. Pobre señora, ojalá la hubieran encontrado antes. —Miró el ventilador que zumbaba detrás de la rejilla del techo—. Esperemos que el motor no nos deje tirados esta noche.

Margaret siempre decía lo mismo antes de embalsamar un cuerpo: era como un cántico sagrado. El ventilador siguió chirriando encima de nosotros.

—Pierna —dijo. Me acerqué al pie y lo estiré mientras ella la rociaba—. Vuélvete.

Sin soltar el pie con las manos enguantadas, me volví y miré hacia la pared mientras Margaret levantaba la sábana para limpiarle los muslos.

—Lo bueno de todo esto es que te apuesto lo que quieras a que hoy todas las viudas del condado han recibido una visita, o la tendrán mañana. Todos los que se enteren de lo de la señora Anderson irán directos a ver a su madre para quedarse tranquilos. La otra pierna.

Quería hacer un comentario sobre que los que se enterasen de lo de Jeb irían directos a ver a su mecánico, pero a Margaret nunca le han hecho gracia ese tipo de chistes.

Fuimos por todo el cuerpo, de la pierna al brazo, del brazo al tronco, del tronco a la cabeza, hasta que estuvo todo fregado y desinfectado. La sala olía a muerte y jabón. Margaret tiró los trapos al cesto de la ropa sucia y empezó a reunir los verdaderos productos para embalsamar.

Llevaba ayudando a mi madre y a Margaret desde que era niño, antes de que mi padre se marchara. Mi primera tarea fue limpiar la capilla: recoger los programas, vaciar los ceniceros, pasar la aspiradora por el suelo y alguna que otra cosa más que un crío de seis años podía hacer solo. Las tareas se habían convertido en más importantes según yo iba creciendo, pero no pude ayudar con lo más divertido —embalsamar— hasta que cumplí los doce. Embalsamar era como… no sé cómo describirlo. Era como jugar con una muñeca gigante, vestirla, bañarla y abrirla para ver qué tenía dentro. Una vez, cuando tenía ocho años, espié a mi madre mientras embalsamaba; miré por el ojo de la cerradura para ver cuál era el gran secreto y, cuando a la semana siguiente destripé al osito, creo que no se dio cuenta de la conexión.

Margaret me pasó el algodón y yo lo sujeté mientras ella embutía pedacitos debajo de los párpados con cuidado. Los ojos empezaban a hundirse, se desinflaban al perder humedad y el algodón ayudaba a mantener la forma correcta para el velatorio de cuerpo presente. También servía para mantener los párpados cerrados y, por si acaso, mi tía siempre añadía un poco de adhesivo para mantener la humedad y el ojo cerrado.

—John, tráeme la pistola de agujas, por favor —me pidió, y yo me apresuré a dejar el algodón y coger la pistola de una mesita metálica que había junto a la pared. Se trata de un tubo largo de metal con un asidero para los dedos a cada lado, como una jeringuilla hipodérmica.

—¿Me dejas a mí esta vez?

—Claro —dijo levantando la mejilla y el labio superior del cadáver—. Justo aquí.

Coloqué la pistola con cuidado contra las encías y apreté: una pequeña aguja se clavó en el hueso. Tenía los dientes largos y amarillos. Añadimos otra aguja más a la mandíbula inferior, enhebramos un alambre por las dos y lo enroscamos bien para mantener la boca cerrada. Margaret aplicó adhesivo en un pequeño soporte de plástico, parecido a la piel de un gajo de naranja, y lo metió dentro de la boca para que no se abriera.

Cuando la cara estuvo lista, colocamos el cuerpo con cuidado: estiramos las piernas y doblamos los brazos en la clásica postura de «estoy muerto». En cuanto el formaldehído entra en los músculos, éstos se agarrotan y se ponen rígidos, así que lo primero que hay que hacer es arreglar el cuerpo si no quieres que la familia tenga que velar un cadáver deforme.

—Sujétale la cabeza —dijo Margaret y yo, muy obediente, puse una mano a cada lado de ésta para que no se moviera.

Ella exploró un poco con los dedos justo por encima de la clavícula derecha y después hizo una incisión larga y poco profunda en la base del cuello de la anciana. Cuando cortas un cadáver apenas sale sangre. Como el corazón no bombea, no hay presión sanguínea y la gravedad empuja toda la sangre hacia la espalda. Éste llevaba muerto más de lo habitual, así que tenía el pecho flácido y vacío, mientras que la espalda estaba prácticamente de color morado, como una magulladura gigante. Margaret metió un pequeño gancho de metal en el agujero y sacó un par de venas grandes —bueno, técnicamente, una arteria y una vena—; después les hizo una lazada a cada una con hilo. Eran de color morado y resbaladizas, dos conductos que sobresalían unos centímetros del cuerpo y después se habían vuelto a esconder. Mi tía se dio media vuelta para preparar la bomba.

La mayoría de la gente no se da cuenta de la cantidad de productos químicos que utilizan los embalsamadores, pero lo primero que te llama la atención no es cuántos hay, sino la cantidad de colores diferentes que tienen. Cada botella —el formaldehído, los anticoagulantes, los cauterizadores, los germicidas, los acondicionadores y demás— tiene un llamativo color propio, como los zumos de fruta. La fila de fluidos de embalsamar parece un puesto de granizados de feria. Margaret elegía los productos con cuidado, como si escogiera los ingredientes de una sopa: no todo el mundo los necesitaba todos y decidir la receta para un cadáver en concreto tenía tanto de arte como de ciencia. Mientras ella se ocupaba de eso, solté la cabeza y cogí el bisturí. No siempre me dejaban hacer incisiones, pero si lo hacía mientras ellas no miraban, normalmente me salía con la mía. Además se me daba bien, y eso era un punto a mi favor.

Íbamos a utilizar la arteria que había sacado Margaret para bombear el cóctel de productos químicos que estaba preparando hacia dentro del cuerpo; mientras se llenaba con éstos, los fluidos antiguos como la sangre y el agua serían empujados hacia el exterior por la vena que habíamos sacado y de allí a un tubo de drenaje, y, a su vez, al suelo. Cuando me enteré de que todo iba a parar al alcantarillado me sorprendí, pero en realidad ¿dónde lo iban a tirar si no? No es peor que todo lo que ya hay ahí abajo. Sujeté la arteria y lentamente hice un corte transversal, con cuidado de no cercenarla por completo. Cuando el agujero estuvo listo, cogí la cánula —un tubo curvado de metal— y deslicé el extremo más fino en la abertura. La arteria parecía de goma, como una manguera fina, y estaba cubierta de diminutas fibras de músculo y capilares. Con mucha suavidad, coloqué el tubo metálico sobre el pecho e hice un corte similar en la vena, pero esta vez inserté un tubo de drenaje que estaba conectado a una larga bobina de goma transparente que serpenteaba hasta el sumidero del suelo. Até bien fuerte los hilos que Margaret había anudado alrededor de cada vena y las sellé.

—Muy bien —dijo Margaret empujando la bomba hacia la mesa.

La bomba tenía ruedas para poder apartarla de en medio del camino, pero en ese momento ocupó el lugar de honor, en el centro de la sala, mientras mi tía conectaba el tubo principal a la cánula que yo había insertado en la arteria. Estudió el cierre un instante, asintió en mi dirección con aprobación y vertió el primer producto en el tanque superior de la bomba: un anticoagulante de color naranja fosforescente para deshacer los coágulos. Pulsó un botón y la bomba arrancó como si despertara de un largo sueño, sincopada como el verdadero latir de un corazón; Margaret la vigiló atentamente mientras toqueteaba los mandos que controlaban la presión y la velocidad. La presión del cadáver se normalizó con rapidez y pronto la sangre, oscura y densa, empezó a desaparecer por la alcantarilla.

—¿Qué tal el instituto? —preguntó Margaret, quitándose uno de los guantes de goma para rascarse la cabeza.

—Sólo llevo un par de días —respondí—. La primera semana es muy tranquila.

—Pero es tu primera semana de instituto, es bastante emocionante, ¿no crees?

—No especialmente.

El anticoagulante había desaparecido casi por completo, así que vertió un acondicionador de color azul chillón en la bomba, con el fin de ayudar a preparar los vasos para el formaldehído. Se sentó.

—¿Has hecho algún amigo nuevo?

—Sí —dije—. Toda una escuela nueva se ha mudado a la ciudad durante el verano, así que es un milagro que no tenga que conformarme con la misma gente que conozco desde la guardería. Y, claro, todos querían ser amigos del rarito. Ha sido enternecedor.

—No deberías burlarte de ti mismo de esa manera.

—De hecho, me estaba burlando de ti.

—Eso tampoco deberías hacerlo —dijo, y por los ojos supe que sonreía un poco.

Se volvió a poner ante la bomba para introducir más productos químicos en ella y, ahora que los dos primeros ya estaban abriéndose paso por el cuerpo, empezó a confeccionar el verdadero fluido embalsamador: un hidratante y un suavizante de agua para impedir que los tejidos se hincharan, conservantes y germicidas para que el cadáver se mantuviera en buenas condiciones (o en todo lo buenas que podía estar en aquel momento) y tinte para darle un resplandor rosado y muy real. Por supuesto, la clave está en el formaldehído: un potente veneno que mata todo lo que hay en el cuerpo, endurece los músculos, macera los órganos y que se trata en realidad de lo que embalsama. Margaret añadió una buena dosis de formaldehído seguida de un perfume viscoso de color verde para tapar el aroma acre. El tanque de la bomba era un caldero en el que se revolvía una amalgama de colores chillones, como una máquina de granizado. Cerró la tapa con fuerza y me llevó hasta la puerta trasera: el ventilador no era lo suficientemente bueno como para arriesgarse a estar en la sala con todo ese formaldehído. Fuera había oscurecido por completo y la ciudad había enmudecido casi totalmente. Me senté en el escalón mientras mi tía se apoyaba en la pared, vigilando desde la puerta el interior por si algo salía mal.

—¿Ya te han puesto deberes?

—Tengo que leer las introducciones de la mayoría de los libros de texto durante el fin de semana, cosa que, por supuesto, todo el mundo hace siempre, además de hacer un trabajo para la asignatura de historia.

Margaret me miró intentando aparentar indiferencia, pero apretaba los labios con fuerza y empezó a parpadear. Años de experiencia me decían que algo la inquietaba.

—¿Os han dado un tema? —preguntó.

Mantuve una expresión impasible.

—Figuras importantes de la historia americana.

—Así, que… ¿George Washington? O puede que Lincoln.

—Ya lo he escrito.

—Ah, genial —dijo sin pensarlo de verdad. Esperó un momento más y dejó de fingir—. ¿Tengo que adivinarlo o me vas a decir sobre cuál de tus psicópatas has escrito?

—No son «mis» psicópatas.

—John…

—Dennis Rader —dije mirando hacia la calle—. Lo pillaron hace unos años, así que pensé que tenía cierto tono de crónica de actualidad.

—John, Dennis Rader es el asesino ATM: es un homicida. Te han pedido una gran figura, no un…

—El profesor nos dijo que habláramos de una figura importante, no de una gran figura; así que los malos también cuentan —dije—. Incluso sugirió a John Wilkes Booth como una de las opciones.

—No es lo mismo un asesino político que uno en serie.

—Ya lo sé —dije, y la miré—. Por eso he escrito el trabajo sobre él.

—Eres un chico muy inteligente; lo digo en serio. Seguramente eres el único que ya tiene el trabajo hecho, pero no puedes… no es normal, John. Tenía esperanzas de que dejaras atrás esta obsesión tuya con los homicidas.

—Homicidas, no: asesinos en serie.

—Ésa es la diferencia entre tú y el resto del mundo, John. Nosotros no vemos cuál es la diferencia.

Volvió adentro para ponerse con la cavidad del cadáver: absorber toda la bilis y el veneno hasta que estuviera limpio y purificado. Me quedé fuera, a oscuras; miré al cielo y esperé.

No sé qué estaba esperando.
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