Personajes de carácter divino o heroico






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títuloPersonajes de carácter divino o heroico
fecha de publicación20.06.2016
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LOS MITOS CLÁSICOS

¿Qué es un mito?

El mito es una “narración maravillosa situada fuera del tiempo histórico y protagonizada por personajes de carácter divino o heroico. Con frecuencia interpreta el origen del mundo o grandes acontecimientos de la humanidad.”

¿Por qué surgen los mitos?

Cuando el hombre comienza a desarrollar las facultades superiores que le distinguen de los demás animales, junto a las necesidades de alimentarse o buscar refugio ante las inclemencias del clima, siente otra: la de comprender el mundo que le rodea; saber, por ejemplo, hasta dónde se extiende la comarca en que habita, por qué se suceden las estaciones o quién mueve las olas del océano. Y saber también cuál es su papel dentro de ese mundo.

El hombre primitivo, desconocedor de las causas de los fenómenos de la naturaleza, imaginaba unas fuerzas que los provocaban y controlaban. El rayo y el trueno eran considerados como la manifestación de un dios cuya cólera era conveniente aplacar. Y así, se atribuían a los dioses hechos y formas de vida similares a los de los hombres, aunque sin las limitaciones a que éstos están sometidos. Esta idea personal y familiar de la vida divina se prolongaba hasta la sociedad, de modo que el rey o jefe era considerado descendiente de un dios, y de ahí nacen los héroes y heroínas.

Los mitos suelen clasificarse según su contenido: la creación del mundo; el origen de los dioses; la aparición del hombre; el origen de fenómenos o elementos de la naturaleza, etc.

Diferencias entre mito y leyenda

1. El mito es un relato que intenta explicar un misterio de la realidad y que está asociado generalmente a las creencias y ritos de un pueblo. La leyenda no pretende explicar lo sobrenatural pues es un relato que resalta alguna característica o atributo de un pueblo, ciudad o región a partir de personajes y hechos reales.

2. Mito y leyenda se diferencian en cuanto a los personajes y al escenario donde se desarrollan los acontecimientos. El ámbito donde se desarrollan los mitos es en un tiempo en el que el mundo no tenía su forma actual, en cambio las leyendas se ubican en tiempos más modernos o posteriores a la creación del mundo. Los personajes del mito son, por lo general, dioses o seres sobrenaturales mientras que en la leyenda son casi siempre seres humanos o animales antropomórficos.

3. El mito y la leyenda cumplen funciones diferentes. Para las diferentes culturas el mito narraba sucesos reales y verdaderos, los cuales eran modelos sagrados para los hombres; la leyenda en cambio, no pretende narrar hechos verdaderos sino instruir o entretener, por lo tanto, su función es didáctica.

4. En el mito lo extraordinario o sobrenatural es imprescindible, en la leyenda es un accesorio.

5. En el mito existe la “inspiración divina” que le da a conocer al hombre la explicación de algún fenómeno porque se da en el comienzo del mundo (un dios es el único que le puede contar a los hombres lo que de otro modo no podría saber). Por el contrario, en la leyenda se conoce lo dicho porque se sabe que se ha trasmitido de generación en generación, posiblemente desde el instante en que alguien fue testigo del hecho ocurrido.



MITOS

ORFEO

Según la mitología griega, Orfeo el hermoso y gran héroe de Tracia fue hijo de Eagros, rey de Tracia, y de la musa Calíope. Más que un gran guerrero era un extraordinario músico y poeta; se había hecho famoso por su maestría en tocar la lira.

Se dice que su música tenía un encanto divino, toda la naturaleza quedaba extasiada al escuchar el canto de Orfeo, hasta los animales más feroces salían de sus guaridas para escucharlo; los árboles mecían sus ramas suavemente al compás de la música de Orfeo; las rocas se desgajaban de las montañas, atraídas por la irresistible melodía y los ríos suspendían su curso para no molestar con el murmullo de sus aguas aquella música divina.

Entre sus principales hazañas está el viaje que emprendió junto con la expedición del navío Argos que partió en busca del Vellocino de Oro. Cuenta la leyenda que Orfeo pudo adormecer con su música al terrible dragón que cuidaba el famoso Vellocino. Tan maravilloso era el poder de su voz y de su armoniosa lira, que adormecía incluso a las divinidades infernales.

Cuando Orfeo regresó con la expedición realizada por los argonautas, se le concedió por esposa a la bellísima ninfa Eurídice, a la que amó apasionadamente.

La pareja vivió muy feliz un tiempo, pero luego sobrevino la tragedia. Resulta que un pastor de nombre Aristeo se enamoró de ella. Eurídice al sentirse acosada intentó huir, cuando corría entre las altas hierbas fue picada mortalmente por una víbora. Orfeo lloró amargamente la muerte de su esposa, se dice que las abundantes lágrimas que derramó por ella, hizo que se secaran los campos y los montes.

Desesperado por la muerte de su mujer decidió bajar a los Infiernos para recuperarla. Y, una noche llegó hasta unas cavernas que se abren en la ladera del Tanaro y penetró al Hades, al reino de los Muertos y de las Sombras, haciendo sonar su dulce y divina lira.

Al oírle, los señores de las Sombras sintieron gran pena. Tántalo, condenado a no saciar nunca ni su hambre ni su sed, dejó de pedir agua y derramó copioso llanto, Sísifo dejó de empujar su enorme roca para escuchar a Orfeo, y así, todos los condenados pararon un momento su tormento ante el músico que pasaba entre ellos.

Incluso Hades y Perséfone los soberanos de los Infiernos se conmovieron y decidieron devolver a la vida terrenal a la hermosa Eurídice, pero bajo una condición: Orfeo no debía volver la cabeza para mirar a su esposa hasta llegar a mundo de los vivos. De lo contrario la perdería, y esta vez para siempre. Orfeo prometió cumplirla condición y juntos emprendieron el camino de regreso.

Pronto llegaron a las puertas del Infierno. Eurídice, al ver la luz del Sol, lanzó un grito de alegría y Orfeo se volvió al oír la dulce exclamación. Instantáneamente, la hermosa mujer fue desapareciendo entre las sombras y para siempre.

Desesperado, Orfeo corrió de nuevo al Hades, pero al llegar a las márgenes del río Estigia, que atraviesa la región de las Sombras, Caronte no le permitió cruzar en su barca, y le dijo: ¡No insistas, Orfeo! Tuviste una oportunidad y la perdiste, sólo muerto entrarás de nuevo aquí...

CRONOS

Cronos engendró varios hijos con Rea: Hestia, Deméter, Hera, Hades y Poseidón, pero se los tragó tan pronto como nacieron, pues había sabido por Gaia y Urano, poseedores del conocimiento del porvenir, que estaba destinado a ser derrocado por uno de sus propios hijos, como él había derrotado a su propio padre. Pero cuando Zeus estaba a punto de nacer, Rea pidió consejo a Urano y Gaia para urdir un plan que le salvara, y así Cronos tuviera el justo castigo a sus actos contra Urano y contra sus propios hijos. Rea se escondió en la isla de Creta, donde dio a luz a Zeus. Luego engañó a Cronos dándole una piedra envuelta en pañales que éste tragó en seguida sin desconfiar.

Zeus creció en secreto, y al ser mayor, con la ayuda de Gaia, le dio a Cronos una pócima que le hizo vomitar a sus hermanos. Con su ayuda y con la de los Cíclopes, que había liberado del Tártaro, logró vencer a Cronos y a los Titanes. Cronos fue encadenado en el Tártaro y Zeus ocupó el Olimpo.

APOLO Y DAFNE

Dafne, cuyo nombre significa "laurel" en griego, es una ninfa amada por Apolo que un día juró no pertenecer jamás a ningún varón.

Un día, Apolo la sorprendió escuchando su canto y se quedó enamorado de tal maravilloso susurro. Dafne, al notar su presencia, deja de cantar y queda inmóvil por el susto, mientras busca con ojos aterrados un escondite a su alrededor. El Dios Apolo la seduce con mágicas palabras de amor, ella le suplica que se detenga pero él es sordo a su ruego, entonces Dafne echa a correr, pero no tiene a donde huir. Indefensa, pide ayuda a la Tierra y ésta le oye; como salvación comienza a transformarse entre los brazos del Dios. Su suave piel se recubre de una corteza, sus uñas delicadas se alargan en hojas multiplicadas con mágica velocidad. Sus cabellos forman un denso ramaje, el rostro desaparece detrás de la corteza y el cuerpo se transforma en tronco.

Queda fijada con sus raíces hundidas en la tierra, rígida e inmóvil.

Apolo abraza tristemente el árbol, arrancó una rama y trenzó con ella una corona de laurel; a partir de entonces símbolo de la divinidad.

Entre lágrimas declara que ese árbol será consagrado a su culto.

NARCISO Y ECO

Había una vez un joven llamado Narciso. Su madre, ansiosa por averiguar el destino de su hijo, consultó al adivino ciego Tiresias. «¿Vivirá hasta la ancianidad?», le preguntó.

«Hasta tanto no se conozca a sí mismo», replicó Tiresias. De modo que la madre se aseguró de que el hijo no viera nunca su imagen en el espejo. Al crecer, el chico resultó ser extraordinariamente hermoso y despertaba amor en todos cuantos lo conocían. Aunque nunca había visto su cara, podía adivinar a través de las reacciones ajenas que era bello; pero nunca se sentía seguro, de modo que para ganar confianza y seguridad en sí mismo dependía de que los demás le dijeran cuan bello era. En consecuencia, se convirtió en un joven absorbido por su propia persona.

Un día, Narciso se puso a caminar por el bosque a solas. Ya entonces había provocado tantos halagos que comenzó a creerse que nadie era digno de mirarlo. En el bosque vivía una ninfa llamada Eco. Esta había disgustado a la poderosa diosa Hera por parlotear demasiado; exasperada, Hera le había arrebatado el poder del habla excepto para responder a la voz de otro. E incluso entonces, solo podía repetir la última palabra pronunciada. Eco hacía tiempo que se había enamorado de Narciso, y lo siguió por los bosques esperando que le dijera algo porque, de otro modo, ella no podía hablarle. Pero aquel se hallaba tan envuelto en sus propios pensamientos que no notó que ella lo seguía a todos lados. Finalmente, Narciso se detuvo al lado de una laguna, en un bosque, para apagar su sed, y ella aprovechó la ocasión para sacudir unas ramas y atraer su atención.

—¿Quién está ahí? —gritó él.

—¡Ahí! —regresó la respuesta de Eco.

—¡Ven aquí! —dijo Narciso, bastante irritado.

—¡Aquí! —repitió ella, y corrió desde los árboles, extendiendo sus brazos para abrazarlo.

—¡Vete! —gritó airado—. ¡No puede haber nada entre alguien como tú y el bello Narciso!

—¡Narciso! —suspiró Eco tristemente; y desapareció avergonzada, murmurando una oración silenciosa a los dioses para que este joven orgulloso pudiera algún día saber lo que significaba amar en vano. Y los dioses la oyeron.

Narciso regresó a la laguna para beber y observó el rostro más perfecto que había visto nunca. Instantáneamente se enamoró del impresionante joven que tenía delante. Se sonrió, y el bello rostro le devolvió la sonrisa. Se inclinó hacia el agua y besó los rosados labios, pero su contacto rompió la clara superficie y el bello joven se desvaneció como un sueño. Tan pronto como se retiró y se quedó quieto, la imagen regresó.

—¡No me desprecies de ese modo! —le suplicó Narciso a la imagen—. Soy el que todos los demás aman en vano.

—¡En vano! —gritó Eco desde el bosque con tristeza.

Una y otra vez Narciso se acercó a la laguna para abrazar al bello joven, y en cada ocasión, como si de una burla se tratara, la imagen desaparecía. Narciso pasó horas, días y semanas contemplando el agua, sin comer ni dormir; tan solo murmuraba:

—¡Hay de mí!

Pero las únicas palabras que le llegaban eran las de la infeliz Eco. Por último, su apesadumbrado corazón dejó de latir y quedó frío e inmóvil entre los lirios acuáticos. Los dioses se conmovieron ante la visión de tan bello cadáver y le transformaron en la flor que ahora lleva su nombre.

En cuanto a la pobre Eco, que había invocado semejante castigo en su frío corazón, no obtuvo de su oración nada sino dolor. Se consumió hasta que no quedó nada de ella excepto su voz; e incluso hoy en día solo se le deja decir la última palabra pronunciada.

MORFEO.

Hijo de Hipnos (el Sueño) y Nix (la Noche). Hermano de Fobetor y Fantaso y hermanastro de Tánatos (la Muerte).

Con una varita o una flor de amapola tocaba la frente de los hombres para dormirlos. Era el encargado de hacer soñar a quienes dormían y en ellos tomaba la forma de personas, generalmente de seres queridos, junto a sus hermanos Fobetor (que es el encargado de representar a los animales) y a Fantaso (quien representa a los objetos inanimados).

Morfeo vivía en un palacio construido en el interior de una cueva, por lo que nunca nada ni nadie alteró su tranquilidad. Duerme en una cama de ébano sutilmente iluminada, en un lecho cubierto de amapolas y todas las aves nocturnas revolotean a su alrededor. Por una puerta del palacio salían los sueños verdaderos y sanadores y por otra, las pesadillas y falsos sueños. Con sus alas, podía ir volando a cualquier rincón de la Tierra velozmente para abrazar a alguien y hacerlo soñar.

Fue muerto por Zeus por haber revelado secretos a los mortales.

CIPARISO

En los campos de Cartea había un ciervo al que las ninfas del lugar tenían por sagrado. No le faltaba de nada al animal, que con el paso de los años se había acostumbrado a corretear y pasear tranquilamente por toda la comarca sin que humanos, ni otros seres le atacasen; pues notable era su presencia. Sus cuernos brillaban como el oro; y colgaban de su torneado cuello collares de diamantes; una cinta de plata, ceñía su frente, de la que pendían pequeñas perlas, que se movían graciosamente cuando se movía, a juego con las dos grandes perlas de sus orejas. El ciervo, sin temor, se dejaba acariciar de toda persona; pero sin duda, con quien más congenió, fue con Cipariso, el más hermoso de las gentes de Ceos, la antigua isla de Kea. El muchacho acompañaba al ciervo en sus idas y venidas, llevándole a los manantiales más limpios para beber y a los mejores pastos para comer; le hacía guirnaldas de flores que colgaba de sus relucientes astas y, a veces, montaba sobre su lomo.

Pero sucedió un día, que el ciervo sagrado, se tumbó a dormir después de una buena comilona. Cipariso había salido a cazar en compañía de su amigo el dios Febo Apolo. Divisó un bulto detrás de unos arbustos y lanzó contra él su jabalina. Cipariso corrió a ver la pieza que había acertado. El arma del guapo joven, que no había reconocido a su querido amigo, hirió de muerte al sagrado ciervo de las ninfas. Nada pudieron hacer ni Febo con sus conocimientos médicos ni Cipariso que lloraba desconsolado sobre el ciervo, deseando, él mismo, la muerte. Tampoco consiguió Febo sacar de la cabeza de Cipariso su deseo de morir. El agraciado joven quedó de rodillas, derramando lágrima tras lágrima, sobre el cadáver de su amado ciervo, pidiendo a los dioses estar de luto todo el tiempo. Agotadas todas las lágrimas, comenzaron sus miembros a tornarse de color verde y a crecerle el pelo que se le enmarañó y endureció; adquiriendo una gran altura desde la que podía mirar las estrellas desde su copa. Muy triste y apenado quedo Febo, por la pérdida de su amigo y, con voz honda y profunda pronunció estas palabras:

―Luto serás desde este instante para la gente y consuelo serás de los dolientes.

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