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Títulos originales: Vorlaüfige Thesen zur Reform der Philosophie (1842)

Grundsätze der Philosophie der Zukunft (1843)
Prólogo y traducción de Eduardo Subirats Rüggeberg

Dirección de la colección: Virgilio Ortega

© Editorial Labor, S.A., 1976

© Por la presente edición, Ediciones Orbis, S.A., 1984

ISBN: 84-7530-677-2

D.L.B. 33.344-1985

Impreso y encuadernado por

Gráficas Ramón Sopeña, S. A.

Provenza, 95 - 08029 Barcelona

Printed in Spain

PRÓLOGO

LA FILOSOFÍA Y LA CARNE
Un motivo parece alentar sobre todo el pathos antiteológico y antiespeculativo de Feuerbach: la confrontación con una filosofía descarnada, con un cogito sin cuerpo ni sexo, sin pasión ni dolor, tan reseco y carente de vida como la misma iconología cristiana de cuyo espíritu proviene. Pensar ha sido, para la filosofía alemana, el acto supremo de desencarnarse a sí misma y al mundo —piensa Feuerbach—. Es en este desencanto del cuerpo y la sensualidad, en ese momento de «desilusión decisiva y universal», donde comienza su filosofía. Mejor aún, de él parte la exigencia feuerbachiana de una «filosofía hecha carne».

La filosofía, escribe, niega «lo natural, material, sensible... lo mismo que la teología niega la naturaleza emponzoñada por el pecado original». En las tesis de Feuerbach reaparecen estos pasajes en los que se vuelve a la vez contra el rechazo idealista de lo material y sensible, y la perversión Cristiana de la sensualidad. Lo empírico, fuente de toda heteronomía, es también el origen del mal para Kant, y sólo tos intereses de la razón que se erigen a sus espaldas pueden dar acceso al Bien supremo que el cristianismo sustento sobre su degradación como pecado. Bajo este doble aspecto, sin embargo, la crítica de Feuerbach no puede orillar en un materialismo dogmático ni escolástico. Es cierto que epistemológicamente el cometido de Feuerbach se limita a la asunción de todo aquello que la constitución de la razón había expulsado de algún modo de su propia demarcación. O si se prefiere, la filosofía de Feuerbach confiere, fundamentalmente, un estatuto epistemológico a lo que la razón idealista había desterrado como condición misma de su cumplimiento. Así se rebajaba lo particular en su oposición a lo universal, el deseo en beneficio de la autoconciencia, el interés propio de la felicidad individual se sacrificaba en aras del interés general y estandarizado de la razón, o lo diferente y empírico se supeditaba a lo incondicionado y absoluto.

Esta crítica epistemológica se resume en la exigencia de que la nueva filosofía adopte como punto de partida «este ser en nosotros distinto del pensar, antifilosófico, absolutamente antiescolástico», «lo que está contra la filosofía», es decir, el hombre finito y determinado, la inmediatez de la vida, el deseo. Y, sin embargo, en el suelo intelectual alemán, esta reivindicación de la pasión y de la vida sensible, de la naturaleza y el cuerpo, sólo podía adquirir directamente un sentido polémico e histórico que escapa a la pura dimensión epistemológica.

La violencia sobre lo sensible, sobre la inmediatez de la vida y el deseo, que jalona el ascenso de la razón especulativa, es también la violencia que ejerce el orden universal de la economía política. En esta misma medida, la ley universal que postula el idealismo alemán constituye la representación filosófica del orden burgués. Por otra parte, la determinación de éste, el sistema de la moral, de la sociedad y la historia, aparece desde la perspectiva de la crítica del cristianismo de Feuerbach como la versión desacralizada de la determinación teológica de Dios. La moral cristiana contrae con ello un compromiso con la producción burguesa en el seno mismo de la filosofía idealista. Así, en Kant, por ejemplo, para el que el sistema de las relaciones intersubjetivas es una imagen, una copia del Reino de Dios, mancillada por las adherencias de lo sensible de las que el hombre, a pesar de todo, no puede librarse. Así también en Hegel, que, bajo una perspectiva equivalente, celebra en el trabajo del esclavo la conciliación del desgarramiento cristiano y el espíritu burgués de empresa.

La crítica epistemológica y antiteológica de Feuerbach se Vuelca, en definitiva, contra la depravación cristiana de la carne que la filosofía alemana había incorporado a la moral del trabajo y al interés histórico de la razón. Feuerbach cuestiona con ello el interés especulativo de la razón y su interés práctico, el reino del trabajo y el reino de la intersubjetividad; lo que quiere decir que pone en entredicho el sistema de la cultura tal como había sido determinado por el idealismo.

El concepto de «naturaleza», o más bien las antítesis de naturaleza y conciencia, naturaleza y cultura, materia y forma, sujeto y objeto, tiene en este contexto una importancia central. Toda la crítica de Feuerbach remite a ellas y las disuelve y asienta sobre un nuevo fondo, las absuelve del rígido aprisionamiento en el que habían sido encerradas bajo el racionalismo idealista.

Con la crítica del empirismo, en efecto, éste había reculado también su determinación de la cultura como sistema integrado a la naturaleza. Si la cultura remitía, para Hume, a las necesidades de la naturaleza humana, en Kant sólo se erige contra ellas. Es un entendimiento sin pasión, luego inapetente, y formal el que rige su producción; la sola razón instaurada en y por sus propios intereses determina asimismo sus fines. En la misma revolución kantiana de la oposición del sujeto y el objeto se traduce la miseria de su determinación de la cultura. Bajo la cosa en sí, la naturaleza enmudece como mera materia muerta, incapaz de «sonreír con un resplandor poético y sensual a todo hombre», como escribiera Marx. Ella no es sino en la medida en que se somete a la legislación del entendimiento, al trabajo de la cultura. Y así como a lo material se le usurpa su aliento vital, así también al alma le arrebatará su pasión la razón moral. El sistema de la cultura oscila en Kant entre una naturaleza muerta y una fría subjetividad amordazada. Tampoco Hegel reconoce en la naturaleza más que la pura resistencia a la actividad del concepto, ni en la vida sensible y el deseo más que la oscura carga que lastra el trabajo de la razón. La cultura es en la fenomenología hegeliana, y con mayor univocidad que en Kant, el doble esfuerzo penoso del trabajo del esclavo contra la opacidad de la cosa y la vanidad del deseo.

La crisis de la filosofía alemana, y no en última instancia la de la cultura burguesa, se pone de manifiesto primeramente en la rehabilitación de la sensualidad y el deseo del hombre finito y real (Feuerbach), la individualidad y la autorrevelación de sí (Stirner) y el trabajo concreto en su forma social dada (Marx). Ello no debe sugerir, por lo que se refiere a Feuerbach, la idea de una contraposición esquemática y rígida contra la razón especulativa de todo lo que el sujeto absoluto había sujetado y sometido —reproche que puede hacerse al Único stirneriano—. Hecho remarcable por cuanto el sensualismo de Feuerbach puede evocar un naturalismo metafísico o incluso místico. Parece que la naturaleza, degradada por los sueños de la razón, se oponga en Feuerbach contra sus vuelos. La naturaleza asaltaría a la autoconciencia desbaratando su dialéctica; el deseo estremecería los pilares de la cultura. Nos hallaríamos, en fin, frente a una filosofía naturalista de signo impugnador y aun revolucionario. A esa interpretación contribuiría, en efecto, una crítica del «naturalismo» que con su celo esclarecedor ha acabado por confundir conceptos, en la medida en que da por entendido, naturalista y anhistóricamente, un pensamiento naturalista natural a todos los tiempos, si no a la misma naturaleza humana1.

Es impensable en Feuerbach una esquemática confrontación de naturaleza y cultura. Del mismo modo sería erróneo atribuirla a una crítica que, directa o indirectamente, remite al sensualismo feuerbachiano, ya sea la perspectiva cultural implícita en el psicoanálisis o el análisis de la racionalidad técnica de los autores de Dialéctica de la ilustración. El sensualismo feuerbachiano supone más bien la remisión de la cultura a la naturaleza, que sólo el idealismo había hipostasiado como fantasma, como la sombra del concepto. La cultura como «artificio», determinada como puro sistema formal, y sólo ella, segrega el mito de una naturaleza inculta. Y ello es tan cierto con respecto al concepto especulativo de cultura como de la sociedad burguesa que él abona. No en vano es el más artificial de los artificios culturales, los medios de comunicación de masas, quien propaga hoy propagandística y publicitariamente el mito de una naturaleza pura como información metalingüística y, al fin, ideológica

El mito de una naturaleza redentora es más bien el alibi histórico de una naturaleza depravada en el seno de un sistema abstracto y formal de la cultura; es su compensación y su correlato. Si Feuerbach delata en esta naturaleza negada el secreto de su desencanto, de la desilusión de la razón y su progreso, ello tiene, en primer lugar, un sentido crítico e histórico. Positivamente, esta crítica se resuelve en la reformulación de la «gran cuestión» de la filosofía: la relación entre el sujeto y el objeto. Plantearla en el seno de la vida, anuncia Feuerbach, no en el marco del conocimiento. El punto de partida de la sensibilidad desentraña al Yo como afecto y no sólo como entendimiento —no se limita al cogito de un sujeto lógico—. El Yo es también pasión, el objeto es asimismo vida y tormento. Y así también la formación de la cultura se abre como juego de artificio con la materia del deseo, y como forma que prolonga —no se pone ni aliena— la vida del objeto.

Esta perspectiva que Feuerbach arroja sobre la cultura hace obligada, también, la mención de la crítica de Marx. La polémica suscitada desde los años veinte entre una sensualidad emancipada y la lucha de clases, a la que esta confrontación alude entre otras cosas, no ha quedado, ni mucho menos, cerrada. Reseñar aquí el erudito trabajo sobre Feuerbach de Alfred Schmidt2 es doblemente interesante: no sólo aviva, una vez más, la actualidad del problema, sino que también muestra indirectamente sus límites. Uno de los propósitos más importantes que guía el ensayo de Schmidt es el de mostrar una continuidad, una especie de compenetración, entre la emancipación de la sensualidad y la subjetividad material de Feuerbach, y la noción marxiana de praxis y el proyecto teórico del comunismo. Que este propósito se lleve a término en un suelo intelectual muy cercano a la Teoría crítica y, en particular, a Marcuse, debe entenderse más bien en el sentido de una dilatación de esta problemática, que tampoco la Escuela de Frankfurt ha cerrado, que en el de un puro dato de filiación intelectual.

Se puede, en efecto, sostener la tesis de una identidad fundamental de la sensualidad emancipada inherente al materialismo sensualista de Feuerbach y la praxis emancipadora de Marx. Salta a la vista, sin embargo, el precio que el estudio de Schmidt paga por ella: la limitación del concepto de praxis a las primeras obras de Marx, especialmente los Manuscritos. La legitimidad de semejante limitación no está, ni mucho menos, al amparo de toda objeción. Si se acuerda que uno de los momentos característicos de la crítica materialista de la filosofía alemana de Feuerbach y sobre todo de Marx, es la atribución de un estatuto epistemológico a la praxis real e histórica, el estatuto epistemológico y teórico general del marxismo debe buscarse, en consecuencia, en la historia práctica de esta praxis. Tal fue una de las premisas, y no por cierto la más inapreciable, del marxismo crítico de Luckács o Korsch. Desde este punto de vista el problema de la praxis marxiana se vuelve más espinoso. Parece existir una sustancial diferencia entre la praxis «sensualizada», o «naturalizada», por usar un término caro a Feuerbach, de los Manuscritos de 1844, y la praxis históricamente dada de la lucha de clases que más bien se determina concretamente en la producción económica y se define como trabajo, como producción y actividad controladora. Este conflicto es fundamental asimismo para la constitución de la Teoría crítica de Frankfurt y no en última instancia ha alimentado su tan impugnado distanciamiento de una praxis que, al menos por ser reciente, goza del título de actualidad. Pues, ¿se agota esa crítica del sistema de la cultura en y por la pasión, la sensibilidad y el dolor, en la dimensión emancipadora atribuida al trabajo?
eduardo subirats rüggeberg


NOTA A LA EDICIÓN
Las Tesis provisionales para la reforma de la filosofía, escritas en 1842, estaban destinadas a los Deutsche Jahrbücher, de Ruge, la continuadora de los Halle’ schen Jahrbücher. La prohibición de aquella revista en 1843 impidió la publicación de las tesis de Feuerbach, que fueron publicadas en Suiza en forma de libro.

Escritos un año más tarde (1843), los Principios de la filosofía del futuro no conocieron mejor suerte con la censura alemana y se editaron asimismo en el exilio.

La versión de ambas obras se ha basado en las obras completas de Feuerbach editadas por Jodl (Frommann Verlag, Stuttgart-Bad Connstatt 1959, t. II).

Tesis provisionales

para la reforma

de la filosofía

El secreto de la teología es la antropología, pero el secreto de la filosofía especulativa es la teología —la teología especulativa—, que se distingue de la teología común en que traspone a lo aquende la esencia divina, es decir, actualiza, determina y realiza la esencia divina que ésta, por miedo e incomprensión, transfiere a la esencia divina distanciada a lo allende.
Spinoza es el verdadero fundador de la filosofía especulativa moderna; Schelling, su rehabilitador y Hegel, su culminador.
El «panteísmo» es la consecuencia necesaria de la teología (o del teísmo) —la teología consecuente—; el «ateísmo» es la consecuencia necesaria del «panteísmo» —el panteísmo consecuente—.3
El cristianismo es la contradicción del politeísmo y el monoteísmo.
El panteísmo es el monoteísmo con el predicado del politeísmo: es decir, el panteísmo convierte los seres4 independientes del politeísmo en predicados, en atributos del ser uno y autónomo. Así, Spinoza convirtió el pensar como conjunto de las cosas pensantes, y la materia, como conjunto de las cosas extensas, en atributos de la sustancia, esto es, de Dios. Dios es una cosa pensante: Dios es una cosa extensa.

La filosofía de la identidad únicamente se distinguía de la filosofía spinozista en que animó la cosa muerta y pasiva de la sustancia con el espíritu del idealismo. En particular Hegel hizo de la autoactividad, de la fuerza de autodiferenciación, de la autoconciencia, atributos de la sustancia. La paradójica proposición de Hegel: «La conciencia de Dios es la autoconciencia de Dios», reposa en el mismo fundamento que la paradójica proposición de Spinoza: «La extensión o materia es un atributo de la sustancia», y no tiene otro sentido que el siguiente: la autoconciencia es un atributo de la sustancia o de Dios; Dios es Yo. La conciencia que el teísta atribuye, a diferencia de la conciencia real, a Dios, sólo es una representación sin realidad. Pero la proposición de Spinoza, la materia es un atributo de la sustancia, no expresa sino que la materia es entidad (Wesenheit) sustancial divina; del mismo modo, la proposición de Hegel no expresa sino que la conciencia es la esencia divina.
El método de la crítica reformadora de la filosofía especulativa en general no se distingue del empleado en la filosofía de la religión. Basta con convertir el predicado en sujeto y a éste, en tanto que sujeto, en objeto (Objekt) y principio —es decir, solamente invertir la filosofía especulativa, para obtener la verdad manifiesta, pura y desnuda—.
El «ateísmo» es el «panteísmo» invertido.
El panteísmo es la negación de la teología desde el punto de vista de la teología.
Así como en Spinoza (Ética, I parte, def. 3, prop. 10) el atributo o predicado de la sustancia es la sustancia misma, así también en Hegel, el predicado de lo absoluto, del sujeto en general, es el sujeto mismo. Según Hegel, lo absoluto es ser, esencia, concepto (espíritu, autoconciencia). Pero lo absoluto pensado únicamente en tanto que ser no es otro que el ser, lo absoluto, en la medida en que es pensado bajo ésta o aquella determinación o categoría se agota enteramente en esta categoría o determinación, de modo que dejando a ello de lado, es un mero nombre. Pero, prescindiendo de esto, lo absoluto subyace todavía como sujeto, y el verdadero sujeto, en virtud del cual lo absoluto no es un mero nombre, sino algo, la determinación, sigue conservando, sin embargo, el significado de un mero predicado, exactamente como el atributo en Spinoza.
Lo absoluto o infinito de la filosofía especulativa no es, considerado psicológicamente, más que lo no determinado, lo indefinido —la abstracción de todo lo determinado puesto como un ser distinto de esta abstracción, al tiempo que identificado nuevamente con ella—; pero, considerado históricamente, no es diferente del antiguo ser o no-ser (Unwesen) teológico metafísico, no-finito, no-humano, no-material, no-determinado, no-condicionado —la nada anterior al mundo puesta como acto—.

La lógica hegeliana es la teología vertida a la razón y el presente, la teología hecha lógica. Así como el ser divino de la teología es el conjunto ideal o abstracto de todas las realidades, es decir, de todas las determinaciones y finitudes, así también la lógica. Todo lo terrenal se encuentra de nuevo en el cielo de la teología; así también, todo lo que se encuentra en la naturaleza se encuentra de nuevo en el cielo de la lógica divina: cualidad, cantidad, medida, esencia, quimismo, mecanismo, organismo. En la teología todo lo tenemos por partida doble: una abstracta, la otra concreta; todo es doble en la filosofía hegeliana: como objeto de la lógica y luego, una vez más, como objeto de la filosofía de la naturaleza y del espíritu.
La esencia de la teología es la esencia trascendente del hombre puesta fuera del hombre; la esencia de la lógica de Hegel es el pensar trascendente, el pensar del hombre puesto fuera del hombre.
De la misma manera que la teología escinde y aliena al hombre, para identificar después con él la esencia alienada, así también Hegel multiplica y disgrega la esencia simple de la naturaleza y del hombre, idéntica consigo misma, para mediatizar después por la violencia lo que con violencia ha sido separado.
La metafísica o lógica sólo es una ciencia real e inmanente cuando no se separa del llamado espíritu subjetivo. La metafísica es la psicología esotérica. ¡Qué arbitrariedad, qué barbaridad considerar la cualidad para sí y la sensibilidad para sí, escindiéndolas en dos ciencias especiales, como si la cualidad fuera algo sin la sensibilidad y la sensibilidad algo sin la cualidad!
El espíritu absoluto de Hegel no es otro que el espíritu abstracto, separado de sí mismo, el llamado espíritu finito, del mismo modo que el ser infinito de la teología no es otro que el ser finito abstracto.
Según Hegel, el espíritu absoluto se revela o se realiza en el arte, la religión y la filosofía. En alemán esto significa: el espíritu del arte, de la religión y de la filosofía es el espíritu absoluto. Pero el arte y la religión no pueden separarse de los sentimientos, de la fantasía y de la intuición humanas, ni la filosofía puede separarse del pensar: en suma, no puede separarse el espíritu absoluto del espíritu subjetivo o esencia del hombre sin volver a restablecer el viejo punto de vista de la teología, sin restablecer de nuevo el espíritu absoluto en tanto que otro espíritu, distinto de la esencia humana, es decir, sin reflejárnoslo como un espectro de nosotros mismos, pero existente fuera de nosotros.
El «espíritu absoluto» es el «espíritu fallecido» de la teología que todavía merodea como un espectro en la filosofía hegeliana.
La teología es una creencia en espectros. Pero si la teología común alberga sus espectros en la imaginación sensible, la teología especulativa los guarda en la abstracción no-sensible.
Abstraer significa poner la esencia de la naturaleza fuera de la naturaleza, la esencia del pensar fuera del acto de pensar. La filosofía hegeliana ha enajenado al hombre de sí mismo en la medida en que todo su sistema reposa en estos actos de abstracción. Ella identifica de nuevo, ciertamente, lo que separa, mas sólo de una manera a su vez separable, mediata. La filosofía carece de unidad inmediata, de certeza inmediata, de verdad inmediata.

La identificación inmediata, transparente y veraz de la esencia del hombre, sustraída al hombre a través de la abstracción, con el hombre mismo, no puede derivarse por vía positiva de la filosofía hegeliana; por el contrario, sólo puede derivarse de ella como la negación de la filosofía hegeliana; y, en general, sólo puede concebirse, sólo puede comprenderse, si es concebida como la negación total de la filosofía especulativa, aunque ella sea la verdad de la misma. Es cierto que todo entra en la filosofía hegeliana, pero siempre entra junto con su negación, con su contrario.
El arte es la prueba evidente de que el espíritu absoluto es el llamado espíritu finito, es decir, el espíritu subjetivo, y, por consiguiente, no puede ni debe separarse de él. El arte emana del sentimiento de que la vida en el aquende es la verdadera vida, de que lo finito es lo infinito; emana del entusiasmo por un ser determinado, real, en tanto que el ser supremo, en tanto que el ser divino. El monoteísmo cristiano no tiene en sí ningún principio de formación artística y científica. Sólo el politeísmo, el llamado culto de los ídolos, es la fuente del arte y de la ciencia. Los griegos sólo se elevaron hasta el punto culminante de las artes plásticas porque para ellos la figura humana significaba incondicional e irremisiblemente la figura suprema, la figura de la divinidad. Los cristianos sólo llegaron a la poesía cuando negaron prácticamente la teología cristiana y adoraron al ser femenino como ser divino. Como artistas y poetas, los cristianos se contradecían con la esencia de su religión tal como la representaban, tal como ella era objeto (Gegenstand) de su conciencia. Petrarca se arrepintió a causa de la religión de las poesías en que había divinizado a su Laura. ¿Por qué, al contrario de los paganos, los cristianos carecen de obras de arte adecuadas a sus representaciones religiosas? ¿Por qué carecen de una imagen de Cristo que les satisfaga plenamente? Porque el arte de los cristianos sucumbe frente a la perniciosa contradicción entre su conciencia y la verdad. La esencia de la religión cristiana es, en verdad, la esencia humana, mientras que, en la conciencia de los cristianos, es otra esencia no-humana. Cristo debe ser hombre y, a su vez, ser no-hombre: es una anfibología. El arte, sin embargo, sólo puede representar la verdad, lo inequívoco.
La conciencia resuelta, hecha carne y sangre, de que lo humano es lo divino, de que lo finito es lo infinito, es la fuente de una poesía y un arte nuevos que superarán en energía, profundidad y ardor a todos sus predecesores. La creencia en el más allá es una creencia absolutamente apoética. El dolor es la fuente de la poesía. Sólo el que siente la pérdida de un ser finito como una pérdida infinita posee la fuerza y el ardor líricos. El solo estímulo doloroso del recuerdo de lo que ya no es es el primer artista, el primer idealista, en el hombre. La creencia en el más allá, sin embargo, convierte cada dolor en apariencia, en falsedad.
La filosofía que infiere lo finito de lo infinito, lo determinado de lo indeterminado, nunca llega a una verdadera posición de lo finito y determinado. Lo finito se infiere de lo infinito, es decir: lo infinito, lo indeterminado, es determinado; se admite que lo infinito sin determinación, es decir, sin finitud, es nada; se pone lo finito como la realidad de lo infinito. Mas el negativo no-ser (Unwesen) de lo absoluto sigue subyacente y la finitud puesta siempre será, por consiguiente, suprimida de nuevo. Lo finito es la negación de lo infinito y lo infinito, a su vez, es la negación de lo finito. La filosofía de lo absoluto es una contradicción.

Así como en la teología la verdad, la realidad de Dios, es el hombre —pues todos los predicados que realizan a Dios en tanto Dios y convierten a Dios en un ser real, como poder, sabiduría, bondad, amor, incluso infinitud y personalidad, que tienen como condición la diferencia respecto de lo finito, sólo son puestos en y con el hombre—, así también en la filosofía especulativa lo finito es la verdad de lo infinito.
La filosofía absoluta sólo formula la verdad de lo finito de manera indirecta e invertida. Si lo infinito sólo es, sólo posee verdad y realidad cuando es determinado, es decir, cuando no es puesto como infinito, sino como finito, en este caso lo finito es, en verdad, lo infinito.
La tarea de la verdadera filosofía no consiste en reconocer lo infinito como finito, sino en reconocer lo finito como lo no finito, como lo infinito; en otras palabras, en no poner lo finito en lo infinito, sino lo infinito en lo finito.
El comienzo de la filosofía no es Dios, no es lo absoluto, no es el ser como predicado de lo absoluto o de la idea; el comienzo de la filosofía es lo finito5, lo determinado, lo real. Lo infinito no puede pensarse de ningún modo sin lo finito. ¿Se puede pensar la cualidad, definirla, sin pensar en una cualidad determinada? Por consiguiente, lo primero no es lo indeterminado sino lo determinado: pues la cualidad determinada no es otra que la cualidad real; a la cualidad pensada le precede la cualidad real.
El origen y el curso subjetivos de la filosofía son también su curso y su origen objetivos. Antes de pensar la cualidad, se siente la cualidad. Al pensar le precede el padecer.
Lo infinito es la verdadera esencia de lo finito —lo finito verdadero—. La especulación verdadera o filosofía no es sino la empina verdadera y universal.
Lo infinito de la religión y de la filosofía no es ni ha sido nunca algo distinto de un finito, determinado, cualquiera, pero mixtificado, es decir, un finito, un determinado, con el postulado de ser no-finito y no-determinado. La filosofía especulativa ha cometido el mismo error que la teología: ha convertido las determinaciones de la realidad o finitud, sólo a través de la negación de la determinación por la que ellas son lo que son, en determinaciones, predicados de lo infinito.
La honestidad y la honradez son provechosas para todas las cosas, y también lo son para la filosofía. Pero la filosofía sólo es honesta y honrada si admite la finitud de su especulativa infinitud; si admite, por consiguiente, que, por ejemplo, el secreto de la naturaleza en Dios no es otro que el secreto de la naturaleza humana, que la noche que pone en Dios para engendrar a partir de ella la luz de la conciencia no es sino su propio sentimiento oscuro e instintivo de la realidad y necesidad absoluta de la materia.
El camino de la filosofía especulativa de lo abstracto a lo concreto, de lo ideal a lo real, ha sido hasta ahora un camino invertido. Por esta vía nunca se llega a la realidad verdadera, objetiva, sino siempre y únicamente a la realización de sus propias abstracciones, y, justamente a causa de esto, nunca se llega a la verdadera libertad del espíritu; pues sólo la intuición de las cosas y seres en su realidad objetiva hace libre al hombre y le absuelve de todos los prejuicios. El paso de lo ideal a lo real sólo tiene cabida en la filosofía práctica.
La filosofía es el conocimiento de lo que es. Pensar y conocer las cosas y seres tal como ellos son: ésta es la ley suprema y la más elevada tarea de la filosofía.
Lo que es tal como es —luego lo verdadero verdaderamente expresado parece superficial—; lo que es tal como no es —luego lo verdadero expresado falsa e invertidamente, parece profundo—.
La veracidad, la sencillez y la exactitud son los signos formales de la filosofía real.
El ser con el que comienza la filosofía no puede separarse de la conciencia, ni la conciencia puede separarse del ser. Así como la realidad de la sensación es la cualidad, e inversamente, la sensación es la realidad de la cualidad, así también el ser es la realidad de la conciencia, al tiempo que, inversamente, la conciencia es la realidad del ser —sólo la conciencia es el ser real—. Únicamente la conciencia es la unidad real del espíritu y la naturaleza.
Todas las determinaciones, formas, categorías o como quiera que se las llame, que la filosofía especulativa ha sustraído de lo absoluto y repudiado al dominio de lo finito, de lo empírico, contienen precisamente la verdadera esencia de lo finito, el verdadero infinito, los verdaderos y últimos misterios de la filosofía.
Espacio y tiempo son las formas de existencia de todo ser. Sólo es existencia la existencia en el espacio y el tiempo. La negación del espacio y el tiempo siempre es la sola negación de sus límites, no la de su ser. Una sensación intemporal, una voluntad intemporal, un ser intemporal, son absurdos. Quien carece de tiempo en general, carece también de tiempo y apremio para querer o para pensar.
La negación del espacio y el tiempo en la metafísica, en el ser de las cosas, conduce a las más perniciosas consecuencias prácticas. Sólo quien se coloca, dondequiera que esté, en el punto de vista del tiempo y el espacio, tiene también tacto y entendimiento práctico en la vida. Un pueblo que excluya el tiempo de su metafísica y divinice la existencia eterna, es decir, abstracta, separada del tiempo, también excluye, por consiguiente, de su política al tiempo y diviniza el principio antihistórico de la estabilidad, antagónico al derecho y a la razón.
La filosofía especulativa ha convertido el desarrollo separado del tiempo en una forma, un atributo, de lo absoluto. ¡Esta separación entre el desarrollo y el tiempo constituye una pieza maestra de la arbitrariedad especulativa y una prueba concluyente de que los filósofos especulativos han hecho con su absoluto precisamente lo mismo que los teólogos han hecho con su Dios, que posee todos los afectos del hombre, pero sin afectos, ama sin amor, se enardece sin ardor. Desarrollo sin tiempo significa tanto como desarrollo sin desarrollo. La proposición: el ser absoluto se desarrolla a partir de sí mismo, sólo es una proposición verdadera y racional invirtiéndola. Debe decirse, por consiguiente: sólo un ser que se desarrolla, que se despliega en el tiempo, es un ser absoluto, es decir, verdadero, real.
Espacio y tiempo son las formas de revelación del infinito real.
Donde no hay límite, ni tiempo, ni necesidad, tampoco hay cualidad, ni energía, ni espíritu, ni ardor, ni amor. Sólo el ser necesitado (notleidend) es el ser necesario (notwendig). La existencia carente de necesidades es una existencia superflua. Lo que está libre de necesidades en general, tampoco tiene necesidad de existencia. Lo mismo da si es como si no es —tanto para sí mismo, como para otro—. Un ser innecesitado es un ser infundado. Sólo lo que puede padecer merece existir. Sólo el ser lleno de dolor es ser divino: un ser sin padecimiento es un ser sin ser. Un ser sin padecimiento no es distinto de un ser sin sensibilidad, sin materia.
Una filosofía que no tenga en sí ningún principio pasivo, una filosofía que especule sobre la existencia atemporal, sobre el ser-ahí carente de duración, sobre la cualidad sin sensación, sobre el ser sin ser, sobre la vida carente de vida, de carne y de sangre —una filosofía semejante como, en general, la filosofía de lo absoluto, es necesariamente contraria, en tanto que filosofía absolutamente unilateral, a la empina—. Spinoza convirtió, en efecto, la materia en un atributo de la sustancia, mas no es un principio de padecimiento, y precisamente porque la materia no padece, por ser única, indivisible e infinita, tiene las mismas determinaciones que su atributo opuesto, el pensamiento, en suma, porque ella es una materia, abstracta, una materia, sin materia, del mismo modo que el ser de la Lógica de Hegel es el ser de la naturaleza y el hombre, pero sin ser, sin naturaleza, sin hombre.
El filósofo tiene que incorporar al texto de la filosofía lo que en el hombre no filosofa, lo que más bien está contra la filosofía, se opone al pensamiento abstracto; por consiguiente, lo que en Hegel es rebajado a mera nota. Sólo así la filosofía se convertirá en un poder universal, acontradictorio, irrefutable e irrevocable. La filosofía no tiene que comenzar consigo misma, sino con su antítesis, con la no-filosofía. Este ser distinto en nosotros distinto del pensar, afilosófico, absolutamente antiescolástico, es el principio del sensualismo.
Los instrumentos, los órganos esenciales de la filosofía son la cabeza, fuente de la actividad, de la libertad, de la infinitud metafísica, y el corazón, fuente del padecimiento, de la finitud, de la necesidad, del sensualismo —o formulado teóricamente: pensamiento e intuición; pues, el pensar es la necesidad (Bedürfnis) de la cabeza; y la intuición, el sentido, la necesidad del corazón—. El pensar es el principio de la escuela, del sistema; la intuición es el principio de la vida. En la intuición soy determinado por el objeto; en el pensar soy yo quien determino al objeto; en el pensar yo soy yo; en la intuición soy no yo. Sólo desde la negación del pensar, desde el ser-determinado por el objeto, desde la pasión, desde la fuente de todo deseo y necesidad, se engendra el pensamiento verdadero y objetivo, la filosofía verdadera y objetiva. La intuición proporciona la esencia inmediatamente idéntica con la existencia; el pensamiento proporciona la esencia mediatizada por la diferenciación, por la separación, de la existencia. Por consiguiente, sólo donde la existencia se une con la esencia, la intuición con el pensamiento, la pasividad con la actividad, el principio antiescolástico y sanguíneo del sensualismo y del materialismo francés con la impasibilidad escolástica de la metafísica alemana, sólo allí hay vida y verdad.

Como la filosofía, así el filósofo, e inversamente: las cualidades del filósofo, las condiciones subjetivas y los elementos de la filosofía son también sus condiciones y elementos objetivos. El filósofo verdadero, idéntico a la vida y el hombre, ha de ser de estirpe galo-germánica. ¡No os atemoricéis, castos alemanes, ante esta mezcla! Ya en el año 1716, las Acta philosophorum formularon esta idea. «Si comparamos los alemanes con los franceses, estos últimos tienen ciertamente más ágil el ingenio, pero aquéllos son más sólidos, y podría decirse con razón que el temperamento galo-germánico es el más idóneo para la filosofía, o que un niño que tuviera un francés por padre y una madre alemana tendría que adquirir —caeteris paribus— un buen ingenio filosófico.» Muy cierto; sólo que deberíamos hacer francesa a la madre y alemán al padre. El corazón —el principio femenino, el sentido de lo finito, la sede del materialismo— es francófilo; la cabeza —el principio masculino, la sede del idealismo— es germanófilo. El corazón revoluciona, la cabeza reforma; la cabeza pone las cosas en su sitio, el corazón las pone en movimiento. Pero sólo donde hay movimiento, efervescencia, pasión, sangre, sensibilidad, hay también espíritu. Sólo el esprit de Leibniz, su principio sanguíneo, materialista-idealista, fue lo que pudo arrancar por primera vez a los alemanes de su pedantería y escolasticismo filosóficos.
Hasta ahora la filosofía ha considerado el corazón como bastión de la teología. Pero precisamente el corazón es el principio más antiteológico, y el más incrédulo y ateo, en el sentido de la teología, que existe en el hombre. Pues el corazón no cree más que en sí mismo, en la realidad irreductible, divina y absoluta de su ser. Pero la cabeza, que no comprende al corazón, transforma (puesto que separar, distinguir entre sujeto y objeto, es su cometido) la esencia del corazón en una esencia, distinta, objetiva, exterior al corazón. Es cierto que para el corazón el otro ser constituye una necesidad (Bedürfnis), pero sólo un ser tal que sea igual y no distinto del corazón, que no contradiga el corazón. La teología niega la verdad del corazón, la verdad del afecto religioso. El afecto religioso, el corazón, dice, por ejemplo: «Dios no padece», es decir, el corazón niega la diferencia entre Dios y el hombre allí donde la teología la sostiene.
El teísmo reposa en la escisión entre la cabeza y el corazón; el panteísmo es la supresión de esta escisión en el seno, mismo de la escisión —pues sólo hace inmanente al ser divino en tanto que trascendente—; el antropoteísmo es esta misma supresión sin escisión. El antropoteísmo es el corazón convertido en entendimiento; sólo le dice razonablemente a la cabeza lo que el corazón le cuenta a su manera. La religión sólo es afecto, sentimiento, corazón, amor, es decir, negación, disolución de Dios en el hombre. Por eso la nueva filosofía, en tanto que negación de la teología, la cual niega la verdad del afecto religioso, es la posición de la religión. El antropoteísmo es la religión autoconsciente, la religión que se comprende a sí misma. La teología, por el contrario, niega a la religión bajo la apariencia de ponerla.
Schelling y Hegel son antitéticos. Hegel representa el principio masculino de la independencia, de la autoactividad, en suma, el principio idealista; Schelling, el principio femenino de la receptividad, de la pasividad —primero acogió a Fichte, después a Platón y a Spinoza, y por último a J. Bóhme—, en suma, el principio materialista. Hegel carece de intuición; Schelling carece de la fuerza del pensamiento y la determinación. Schelling sólo es pensador en lo general y en cuanto llega a las cosas en su particularidad y determinación, cae en el sonambulismo de la imaginación. El racionalismo de Schelling es sólo apariencia, su irracionalismo, verdad. Hegel tan sólo proporciona una existencia y una realidad abstractas, contrapuestas al principio irracional; Schelling tan sólo proporciona una existencia y una realidad místicas e imaginarias, contrapuestas al principio racional. Hegel compensa la falta de realismo con palabras rudas, Schelling, con palabras bellas. Hegel expresa lo extraordinario en términos ordinarios, Schelling, lo ordinario en términos extraordinarios. Hegel convierte las cosas en meros pensamientos, Schelling, los meros pensamientos —la aseidad de Dios, por ejemplo— en cosas. Hegel confunde a las cabezas que piensan, Schelling, a las que no piensan. Hegel convierte en razón a la sinrazón; Schelling, a la inversa, convierte la razón en sinrazón. Schelling es la filosofía real en sueños, Hegel, en conceptos. Schelling niega el pensamiento abstracto en la fantasía, Hegel lo niega en el pensamiento abstracto. Autonegación del pensamiento negativo, culminación de la vieja filosofía, Hegel es también el comienzo negativo de la nueva filosofía; Schelling es la vieja filosofía con la pretensión, la ilusión, de ser la nueva filosofía real.
La filosofía hegeliana es la supresión de la contradicción entre el pensar y el ser, tal como la ha formulado en especial Kant; pero, téngase bien en cuenta, la supresión de esta contradicción sólo en el seno de la contradicción: en el seno de un elemento, en el seno del pensar. El pensamiento es, para Hegel, el ser —el pensamiento es el sujeto, el ser es el predicado—. La lógica es el pensar en el elemento del pensar o el pensamiento que se piensa a sí mismo —el pensamiento como sujeto sin predicado o el pensamiento que es sujeto al tiempo que predicado de sí mismo—. Pero el pensar en el elemento del pensar sigue siendo abstracto; de ahí que se realice, se aliene. Este pensamiento realizado, alienado, es la naturaleza, lo real en general, el ser. Pero, ¿qué es lo real verdadero en esto real? El pensamiento, el cual se vuelve a sustraer inmediatamente del predicado de la realidad para poner su ausencia de predicado como su verdadera esencia. Pero, precisamente por ello, Hegel no llegó al ser en tanto que ser, al ser libre, independiente y dichoso en sí mismo. Hegel pensó los objetos como predicados del pensamiento que se piensa a sí mismo. La contradicción, ya admitida entre la religión existente y la religión pensada, en la filosofía de la religión de Hegel, procede únicamente de que también aquí, lo mismo que en otros lugares, se convierte el pensamiento en sujeto, y el objeto, es decir, la religión, en un mero predicado del pensamiento.
Quien no abandona la filosofía hegeliana, tampoco abandona la teología. La doctrina hegeliana, según la cual la naturaleza, la realidad, es puesta por la idea, no es más que la expresión racional de la doctrina teológica según la cual la naturaleza es creada por Dios, el ser material por un ser inmaterial, es decir, abstracto. Al final de la lógica la idea llega incluso a una «determinación», para documentar con su propio puño y letra su descendencia del cielo teológico.
La filosofía hegeliana es el último refugio, el último pilar racional de la teología. Si antaño los teólogos católicos se hicieron aristotélicos de hecho para poder combatir el protestantismo, en la actualidad los teólogos protestantes tienen que hacerse hegelianos de derecho para poder combatir el «ateísmo».
La verdadera relación entre el pensar y el ser es únicamente la siguiente: el ser es sujeto, el pensar es predicado. El pensar procede del ser, mas no el ser del pensar. Ser es por sí y a través de sí —ser sólo es dado a través del ser—; ser tiene su fundamento en sí mismo, pues sólo ser es sentido, razón y necesidad, en resumen, es todo en todo —se es, pues no-ser es no-ser (Nichtsein), es decir, nada, lo carente de sentido—.
La esencia del ser en tanto que ser es la esencia de la naturaleza. La génesis temporal afecta tan sólo a las figuras y no a la esencia de la naturaleza.
El ser sólo se deriva del pensar allí donde se desgarra la verdadera unidad del pensar y el ser, allí donde primero se le sustrae al ser su alma, su esencia, a través de la abstracción, para encontrar en segundo lugar en la esencia sustraída al ser el sentido y el fundamento de este ser para sí vacío; de la misma manera se deriva y tiene que derivarse el mundo a partir de Dios allí donde la esencia del mundo se separa arbitrariamente del mundo.
Quien especula con arreglo a un principio real especial como los llamados filósofos positivos:

Es como un animal en un árido erial

guiado en círculo por un mal espíritu,

mientras alrededor se extienden bellos y verdes prados.
Estos bellos y verdes prados son la naturaleza y el hombre, pues ambos se pertenecen. ¡Contémplese la naturaleza! ¡Contémplese al hombre! ¡Ahí están a la vista los misterios de la filosofía!
La naturaleza es la esencia no distinta de la existencia; el hombre, la esencia que se distingue de la existencia. La esencia que no se distingue es el fundamento de la esencia que distingue; por tanto, la naturaleza es el fundamento del hombre.
La nueva filosofía, la única filosofía positiva, es la negación de toda filosofía de escuela, y, pese a contener en sí misma la verdad de la misma, es la negación de la filosofía como cualidad abstracta, especial, es decir, escolástica; ella no tiene ni contraseña ni lenguaje especial; ni nombre especial, ni principio especial; ella es el mismo hombre pensante: el hombre que es y se sabe la esencia autoconsciente de la naturaleza, la esencia de la historia, la esencia de los Estados, la esencia de la religión; el hombre que es y se sabe como la identidad real (no imaginaria), absoluta, de todos los principios y contradicciones, de todas las cualidades activas y pasivas, espirituales y sensibles, políticas y sociales; el hombre que se sabe como el ser panteísta, que los filósofos especulativos o, mejor dicho, los teólogos separaban del hombre, objetivándolo como un ser abstracto, no es sino su propia esencia, indeterminada, mas susceptible de infinitas determinaciones.
La nueva filosofía es la negación tanto del racionalismo cuanto del misticismo; tanto del panteísmo cuanto del personalismo; tanto del ateísmo cuanto del teísmo; ella es la unidad de todas estas verdades antitéticas, en tanto que verdad absolutamente independiente y transparente.
La nueva filosofía se ha declarado ya, tanto negativa como positivamente, como filosofía de la religión. Basta convertir las conclusiones de su análisis en premisas, para reconocer en éstas los principios de una filosofía positiva. Pero la nueva filosofía no pretende halagar al público. Segura de sí misma, desprecia el parecer lo que ella es; pero precisamente en razón a nuestra época, que considera los intereses esenciales de la apariencia como la esencia, la ilusión como la realidad, el nombre como la cosa, ella tiene que ser lo que ella no es. ¡Así se complementan los opuestos! Allí donde la nada se tiene por algo y la mentira por verdad, allí también, en consecuencia, se debe tener el algo por nada y la verdad por mentira. Y allí donde se lleva a cabo la tentativa —tentativa ridícula precisamente en el momento en que la filosofía es concebida en un acto de autodesilusión decisiva y universal— hasta ahora insólita de fundar una filosofía únicamente en el favor y la opinión del público y los periódicos, allí también tiene que intentarse refutar honesta y cristianamente las obras filosóficas, meramente difamándolas públicamente en las columnas del Allgemeinen Zeitung de Augsburgo. ¡Qué dignas y morales son las circunstancias públicas en Alemania!
Un principio nuevo siempre se presenta bajo un nuevo hombre; es decir, eleva un hombre de bajo y atrasado rango a la dignidad de principado, lo convierte en signo de lo supremo. Si el nombre de la nueva filosofía, el nombre «hombre», se vertiera por autoconciencia, se expondría la nueva filosofía en el sentido de la vieja, se la remitiría al antiguo punto de vista; pues la autoconciencia de la vieja filosofía, en tanto que separada del hombre, es una abstracción sin realidad. El hombre es la autoconciencia.
Con arreglo a la lengua, el nombre «hombre» es un nombre particular, pero con arreglo a la verdad, es el nombre de todos los nombres. Corresponde al hombre el predicado polinómico. Todo lo que el hombre nombra y enuncia, expresa siempre su propia esencia. El lenguaje constituye por esta razón el criterio del grado, bajo o elevado, de la formación de la humanidad. El nombre de Dios sólo es el nombre de aquello que para el hombre constituye la fuerza suprema, la esencia suprema, es decir, el sentimiento y el pensamiento supremos.
Por lo general, el nombre «hombre» sólo significa el hombre con sus necesidades, sensaciones y convicciones: el hombre como persona, a diferencia del espíritu y de todas sus cualidades públicas generales; a diferencia, por ejemplo, del artista, del pensador, del escritor, del juez, como si ser pensador, artista, juez, etc., no fuera una propiedad característica, esencial, del hombre, como si en el arte, en la ciencia, etc., el hombre estuviera fuera de sí. La filosofía especulativa ha fijado teóricamente esta separación del hombre de las cualidades esenciales del hombre, divinizando con ello como seres independientes a cualidades puramente abstractas. Así, por ejemplo, en el Derecho natural de Hegel se dice (párrafo 190): «En el derecho, el objeto es la persona; desde el punto de vista moral, lo es el sujeto; en la familia, lo es el miembro familiar; en la sociedad civil, lo es el ciudadano en general (en tanto que bourgeois), y aquí, desde el punto de vista de las necesidades (Bedürfnisse), el concreto de la representación denominada hombre: es, por tanto, sólo aquí y propiamente aquí que entra en cuestión el hombre en este sentido». En este sentido: por consiguiente, cuando se habla del ciudadano, del sujeto, del miembro de la familia, de la persona, no se trata, en verdad, sino de uno y el mismo ser del hombre, sólo que en otro sentido, sólo que bajo otra cualidad.
Toda especulación sobre el derecho, la voluntad, la libertad, la personalidad, sin el hombre, fuera o incluso por encima del hombre, es una especulación sin unidad, sin necesidad, sin sustancia, sin fundamento, sin realidad. El hombre es la existencia de la libertad, la existencia de la personalidad, la existencia del derecho. Sólo el hombre es el fundamento y la base del Yo fichteano, el fundamento y la base de la mónada leibniziana, el fundamento y la base de lo absoluto.
Todas las ciencias tienen que fundarse en la naturaleza. Una teoría, mientras no haya encontrado su base natural, sólo es una hipótesis. Ello tiene una vigencia particular con respecto a la teoría de la libertad. Únicamente la nueva filosofía podrá naturalizar la libertad que hasta ahora era una hipótesis antinatural y supranatural.
La filosofía tiene que unirse nuevamente con las ciencias naturales y las ciencias naturales con la filosofía. Esta unión fundada en una necesidad (Bedürfnis) mutua, en una necesidad (Notwendigkeit) interna, será más duradera, más afortunada y fecunda que el maridaje que hasta ahora ha reinado entre la filosofía y la teología.
El hombre es la esencia del Estado. El Estado es la totalidad realizada, desarrollada y explicitada de la esencia humana. En el Estado se realizan las cualidades o actividades esenciales del hombre en estamentos particulares; pero son reducidas de nuevo a la identidad de la persona en el jefe del Estado. El jefe del Estado tiene que representar a todos los estamentos sin distinción; ante él, todos son necesarios por igual e igualmente legítimos. El jefe del Estado es el representante del hombre universal.
La religión cristiana ha unido el nombre del hombre y el nombre de Dios en el nombre del hombre-Dios, y, por consiguiente, ha elevado el nombre del hombre a atributo del ser supremo. La nueva filosofía ha convertido, de acuerdo con la verdad, este atributo en sustancia y el predicado, en sujeto; la nueva filosofía es la idea realizada: la verdad del cristianismo. Mas, justamente al contener en sí la esencia del cristianismo, renuncia al nombre del cristianismo. El cristianismo ha enunciado la verdad sólo en contradicción con la verdad. La verdad no contradictoria, pura y no falsificada, es una verdad nueva: un acto nuevo y autónomo de la humanidad.

Principios de la

filosofía del futuro

PREFACIO DE LA PRIMERA EDICIÓN
Estos Principios constituyen la continuación y el desarrollo de los fundamentos de mis Tesis para la reforma de la filosofía, que la ilimitada arbitrariedad de la censura alemana condenó al exilio. El manuscrito primitivo estaba previsto como un libro extenso. Pero, al comenzar la redacción definitiva se apoderó de mí el espíritu de la censura alemana, la cual —sin que me pueda explicar el cómo— intervino con brutales tachaduras. Todo lo que esta indiscreta censura dejó en pie se reduce a estos pocos pliegos.

Los titulé Principios de la filosofía del futuro porque la época actual en general, este período de astutas ilusiones y repugnantes prejuicios, es incapaz de asimilar y menos aún de apreciar, precisamente por su simpleza, las sencillas verdades de las que se extraen estos Principios.

La filosofía del futuro tiene por misión conducir a la filosofía del reino de las «almas desaparecidas» al reino de las almas encarnadas y vivas; de hacerla descender de la beatitud del pensamiento divino, carente de necesidades, a la miseria humana. Para este fin sólo requiere un entendimiento humano y un lenguaje humano. Y, sin embargo, pensar, hablar y actuar de manera pura y verdaderamente humana es algo que le está reservado exclusivamente a las generaciones venideras. En el momento presente todavía no se puede exponer al hombre, sino que se trata más bien de arrancarlo del lodazal en que está sumergido. El fruto de este limpio y áspero cometido son estos Principios. Su tarea consistió en inferir la necesidad de la filosofía del hombre, es decir, de la antropología, a partir de la filosofía de lo absoluto, o sea, de la teología, y en fundar sobre la crítica de la filosofía divina la crítica de la filosofía humana. Por esa razón, ellos suponen, para que puedan ser apreciados, un conocimiento preciso de la filosofía de la época moderna.

Las consecuencias de estos Principios no se harán esperar.
Bruckberg, 9 de julio de 1843


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