Capítulo 1






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Capítulo 9


Tras deshacerse de Oswald de forma tan brusca y expeditiva, Damerel se volvió y miró inquisitivamente a Venetia.

—¿Qué demonios ha hecho para que el chico se ponga tan frenético?

—¡Nada! —respondió ella, muy indignada y considerablemente despeinada—. ¡Sólo he intentado curarlo de su estúpido enamoramiento!

—Ah, ha sido eso, ¿no? —replicó él, risueño. Miró a Oswald, que estaba levantándose del suelo—. Pues en ese caso, será mejor que ahora se retire con discreción, hermosa fatalidad, porque en este instante, si no me equivoco, su exaltado mozo intentará derribarme de un puñetazo.

—¡No, nada de eso! —declaró Venetia con aire marcial—. ¡Déjeme el asunto a mí, Damerel! ¡De hecho, se lo ordeno! —exclamó pasando a su lado con la barbilla en alto, en el preciso instante en que Oswald, que había conseguido reponerse de los efectos de un leve estrangulamiento, iba hacia el barón con los puños apretados. Al interponerse Venetia en su camino, el joven despechado no tuvo más remedio que detenerse, y antes de que pudiera apartarla de un empujón (pues tan ciega era su rabia que eso era lo que tenía intención de hacer), ella pronunció unas palabras que cayeron sobre él como un jarro de agua fría—. ¿Qué piensas hacer ahora, Oswald? ¿Iniciar una vulgar pelea para divertirme? Te advierto una cosa: si me obligas a soportar otra muestra de tu descortés actitud, le contaré a tu padre lo ocurrido, y la absoluta falta de buena educación y decoro con que te has comportado. Me resisto a infligirle semejante vergüenza a sir John, y a afligir a tu madre, así que si quieres reparar el daño causado con tu grosería, no me obligues a ello.

—Lo si… siento… Yo no… no… No que… quería… —tartamudeó Oswald, rojo como un tomate.

—Está bien, no hace falta que sigas —lo interrumpió ella—. No le mencionaré el asunto a nadie, y puedes estar seguro de que lord Damerel tampoco lo hará. Será mejor que te marches a tu casa.

Hay que reconocer que Oswald consiguió —aunque con el esfuerzo casi se asfixia— tragarse todos los comentarios mordaces que le vinieron a los labios, e incluso hacer una rígida reverencia.

—Te… te ruego que aceptes mis humildes disculpas, y te prometo que no volveré a molestarte —dijo. Entonces miró con odio a Damerel y no pudo contenerse—. En cuanto a usted —dijo con fiereza—, le… le… —Profirió un grito ahogado y concluyó con una nota de impresionante formalidad—: ¡Le aseguro que recibirá noticias mías! —Volvió a inclinar la cabeza y se alejó a zancadas.

—«Hay, pobre Yorick» —dijo Damerel—. Este espectáculo me ha deprimido un poco.

—Sí, a mí también —confesó Venetia frunciendo el ceño—. No puedo evitar pensar que la culpa la tengo yo por no haberle dado un buen chasco en cuanto empezó a andar detrás de mí. Si hubiera sabido que lo que padecía era algo más que un encaprichamiento que se le pasaría enseguida, lo habría hecho, por supuesto.

—No, no era eso lo que le pasaba. A menos que esté muy equivocado, el responsable del ataque de hoy soy yo, y no usted. Ese mocoso lleva intentando matarme desde el momento en que me vio.

—Sí, es cierto —asintió ella mirándolo—. ¡Dios mío, espero que no se le ocurra cometer ninguna locura!

—No creo que sea necesario preocuparse, pues no es a su propia vida a lo que planea poner fin —explicó Damerel sonriendo—. ¡No ponga esa cara! Apenas conozco a ese joven, pero apostaría una cantidad considerable a que antes de llegar a Ebbersley se habrá olvidado de los remordimientos, y estará regodeándose con la imagen de mi cadáver tendido en el suelo, a veinte metros de distancia. O quizá incluso imaginando el suyo propio. ¡Dios mío, claro! ¡El suyo! Eso significaría remordimiento eterno para usted, mi rubia cruel, y para mí, la execración de todos. Me vería obligado a huir del país, y me estaría bien empleado. Hasta mis padrinos me rechazarían, porque si yo no disparara antes de que soltaran el pañuelo, o algo igual de ruin, puede estar segura de que, de un modo u otro, me convertiría en un personaje muy despreciable, mientras que él se ganaría la compasión y admiración de todos gracias a su inquebrantable serenidad y a su noble comportamiento.

Venetia no pudo reprimir la risa, pero dijo, un tanto angustiada:

—Ya sé que era a eso a lo que Oswald se refería cuando ha dicho que tendría usted noticias suyas, pero no va a cometer semejante estupidez, ¿verdad? Porque cuando se pare a reflexionar… ¡Ay, pero si eso es precisamente lo que no hará! Si lo desafía, ¿debe aceptar usted el reto?

—¿Cómo? ¿Aceptar el reto de un mocoso a quien todavía no se le han caído los dientes de leche? ¡No diga tonterías! ¡Debo no aceptarlo!

—¡Ay, gracias a Dios! —repuso Venetia, aliviada—. ¡Pero Oswald merece que le den una lección! Ha estado a punto de que se me cayeran estos desdichados gatitos al abalanzarse sobre mí de forma tan detestable. ¡No hay nada que me moleste más!

—Estoy de acuerdo en que merece recibir una lección. Su pongo que habrá sido su primer intento. Desde luego, el muchacho debería haberse librado de esos animales de cría —comentó Damerel cogiéndole el cesto a Venetia y depositándolo en el suelo—, porque mientras estuviera preocupada por la seguridad de los gatitos, ¿qué podía esperar él sino un rechazo? Una vez hubieran estado a salvo, debería haberla abrazado así, y no como si fuera un oso dispuesto a matarla de un apretón. Tampoco me gusta cubrir la cara de besos a una muchacha. Si no logras convencerla, mediante artimañas, para que alce la cabeza, debes ayudarla sujetándola por la barbilla, así, mi pequeña delicia.

Venetia no había ofrecido resistencia, y levantó la cabeza sin necesidad de que la mano del barón la guiara. Estaba un poco sonrojada, pero lo miraba a los ojos de buen grado sonriendo con timidez.

Él también sonreía, pero cuando miró a la joven, ésta reparó en que la sonrisa se desvanecía, sustituida por una mirada penetrante y escrutadora. Damerel todavía abrazaba a Venetia, pero de pronto se puso en tensión e inspiró hondo. Al cabo de un instante oyó la voz de Aubrey, que llamaba a Damerel, y entonces él ya no la tenía sujeta y se había dado la vuelta para contestar a su hermano. Lo miró con recelo, pues sospechaba que no había sido Aubrey la causa de que Damerel se abstuviera de besarla, sino alguna idea repentina.

Aubrey apareció cojeando entre los árboles y se dirigió hacia ellos.

—¿Qué demonios hacéis aquí? Ribble me ha dicho que has preguntado por mí.

—Es verdad, pero como él creía que estabas en la biblioteca y yo sabía que no te encontrabas allí, abandoné mi búsqueda. Sólo quería darte tu Ensayos sobre las energías intelectuales del hombre de Reid, que he dejado en tu escritorio.

—¡Ah, bueno! Gracias. Estaba en la armería, como Ribble habría podido adivinar si alguna vez se tomara la molestia de pensar. Por cierto, ya he encontrado ese pasaje: era de Virgilio, pero no de la cuarta égloga, sino de las Geórgicas. ¡Ven conmigo a casa y te lo enseñaré!

—Confío en tu palabra, pero ahora no puedo quedarme. Además, tengo la inquietante sospecha de que, si me entretengo, me pedirán que ahogue a una camada de gatitos, y prefiero que te encargues tú de esa tarea.

—¿Es a eso a lo que has venido aquí? —le preguntó Aubrey a su hermana—. Sí, ahora lo recuerdo: lo has comentado a la hora del desayuno, ¿verdad? —Echó un rápido vistazo a los huérfanos y añadió—: Dáselos a Fingle. Él se encargará de ahogarlos.

—¿No te da vergüenza? ¿Acaso no tienes corazón? —terció Damerel alegremente. Le tendió una mano a Venetia y dijo—: Ahora he de marcharme. Su hermano tiene razón: no conseguirá criarlos. —Sostuvo la mano de la joven entre las suyas un momento, y luego, como si cediera a una compulsión, se la llevó a los labios y la besó. Sus miradas se encontraron por un instante, y Venetia descubrió en los ojos de Damerel la respuesta a la pregunta que ardía en sus entrañas, y la leve duda que había alterado su felicidad se desvaneció.

Sin embargo, a Fingle, que observó con disimulo a Damerel mientras le ensillaba el caballo, le sorprendió la adusta expresión de su señor. Por lo general, Damerel prodigaba una palabra agradable o una sonrisa a cualquiera que le prestara algún servicio, pero en esa ocasión se limitó a decir un cortante «Gracias» cuando cogió la brida, y después montó sin ayuda. No olvidó dar a Fingle su habitual propina, pero no la acompañó de una sonrisa: parecía estar pensando en otra cosa, y no muy agradable, por cierto, a juzgar por su ceñuda expresión.

Damerel cabalgó despacio hasta el priorato; gran parte del camino lo recorrió con las riendas sueltas, dejando que su rucio avanzara al paso. El ceño no desapareció de su frente, sino que más bien se marcó más; y no salió de su ensimismamiento hasta que Crusader, asustado por el repentino alzamiento de un faisán, paró en seco levantando la testuz y resoplando. El barón regañó al animal, pero también se inclinó hacia delante para darle unas palmadas en el cuello, pues sabía que la culpa la tenía él.

—¡Qué necio eres! Igual que tu amo, que es algo peor que necio. «¿Me convertirá en un santo, o yo a ella en una pecadora?»; ¿quién escribió eso? Tú no lo sabes, y yo lo he olvidado, y de todas formas carece de importancia. Para la primera parte ya es demasiado tarde, amigo mío. Y para la segunda… Ésa era precisamente mi intención, y me resulta extraño descubrir que, aunque estuviera en mi mano hacerlo, no sería capaz. ¡Arre!

Crusader se puso al trote, y no lo dejó hasta que, al tornar una curva del camino desde donde se veía la verja principal del priorato, Damerel vio a un jinete solitario que llevaba su caballo al paso.

—¡Maldito sea ese chiquillo! —exclamó.

El joven señor Denny se giró, se dio la vuelta y se situó en medio del camino, con la evidente intención de cerrarle el paso a su presa si ésta intentaba esquivarlo. Tenía las mandíbulas apretadas y una expresión agresiva, pero al mismo tiempo daba la impresión de que sufría un grado considerable de bochorno, pues, en efecto, eso es lo que sentía.

La impetuosidad lo había traicionado y le había hecho tomar una posición falsa de la que no veía forma de salir airoso. Se había marchado de Undershaw en el momento álgido de su furia, y había pasado un rato entregado precisamente a la clase de fantasías que Damerel había descrito a Venetia. Sin embargo, ni una ira tan intensa como la suya podía mantenerse a tan alto nivel mucho tiempo. Gracias al lento regreso de Damerel al priorato, esa ira había disminuido y se había convertido en resentimiento mucho antes de que apareciera el rucio, de modo que Oswald llevaba media hora tratando de decidir qué hacer y sin permitirse ni una sola fantasía más. Desde el momento en que se le ocurrió pensar que la humillación de que había sido víctima era la consecuencia directa de su mala conducta, el asunto le pareció demasiado grave para dar rienda suelta a los sueños presuntuosos. De pronto reparó en que Damerel había interpretado el papel que él pensaba representar: había sido el villano quien había rescatado a la dama del héroe. Esa idea lo horrorizaba, y, durante varios minutos, no había visto otra solución a sus problemas que huir de inmediato de Yorkshire y pasar el resto de sus días caído en el olvido, a ser posible en el otro extremo del mundo. Su siguiente impulso, más racional, fue abandonar su plan de retar a duelo a Damerel; y se disponía a regresar a su casa cuando se le había ocurrido otra idea atroz: le había dirigido unas palabras comprometedoras a Damerel, y si no las mantenía, el barón pensaría que no había sido capaz porque tenía miedo. Así que volvió a dar media vuelta, porque aquel libertino podía decir cualquier cosa de él, excepto que no tenía más agallas que un gallo de gallinero. Debía retarlo a duelo, pero por mucho que lo intentaba, Oswald no conseguía recobrar su determinación. Lo inquietaba la sospecha de que las personas que conocieran mejor que él el Código de Honor calificarían su acción de gravemente indecorosa. Así que cuando se plantó ante Damerel en el camino, habría dado cualquier cosa por estar a cientos de kilómetros de allí.

El barón detuvo su rucio y miró con sarcasmo a su joven enemigo.

—Lo único que falta para completar el cuadro es una máscara y un par de pistolas —observó.

—¡Estaba esperándolo, lord Damerel! —dijo Oswald apretando los dientes.

—Ya lo veo.

—Supongo que debe de saber por qué. Ya le he dicho… que recibiría noticias mías.

—Sí, ya me lo has dicho. Pero has tenido tiempo suficiente para pensártelo mejor. Sé sensato y vete a casa.

—¿Acaso cree que le tengo miedo? —replicó Oswald con fiereza—. ¡Pues se equivoca!

—No veo por qué habrías de temerme. Debes de saber que no existe ninguna posibilidad de que acepte tu desafío.

—No, no lo sé —repuso el joven ruborizándose—. Si lo que insinúa es que no soy digno de su espada, permítame decirle, señor, que soy de tan buena familia como usted.

—No me eches sermones. ¿Cuántos años tienes?

Oswald lo miró con odio. Había un brillo burlón en esos ojos que con tanta indiferencia le devolvían la mirada, lo que avivó sus deseos de asestarle un puñetazo en la cara a Damerel.

—¡Mi edad no tiene importancia!

—Todo lo contrario: tiene muchísima.

—Aquí, quizá. Pero a mí no me importa, y a usted tampoco debería importarle. He viajado por el mundo y he visitado lugares donde… —empezó a explicar, pero se interrumpió al recordar que estaba ante un hombre que había viajado mucho más que él.

—Si has visitado lugares donde los hombres de mi edad aceptan desafíos de muchachos que podrían ser sus hijos, debes de haber viajado con compañías francamente extrañas.

—Bueno, no importa. El caso es que soy famoso por mi buena puntería.

—Me aterras. ¿Por qué motivo quieres desafiarme? —El joven traspasó a Damerel con la mirada por unos instantes, y luego desvió la vista hacia otro lado—. No insistiré para que me des una respuesta.

—¡Espere! —exclamó Oswald al ver que Crusader empezaba a caminar—. No crea que va a deshacerse de mí tan fácilmente. Ya sé que no debí… Yo no pretendía… No sé qué me pasó para… Pero no había necesidad de que usted…

—¡Adelante! —lo animó Damerel al ver que a Oswald le costaba tanto explicarse—. ¿Que no había necesidad de que rescatara a la señorita Lanyon de una situación en la que es evidente que ella no estaba disfrutando? ¿Es eso lo que pretendes decir?

—¡No, maldita sea! —Oswald se esforzó en poner orden en la maraña de pensamientos, pero, como no lo logró, acabó pronunciando el eterno grito de la juventud—: ¡Usted no lo entiende!

—Puedes atribuir el control que hasta ahora he ejercido sobre mi temperamento al hecho de que sí lo entiendo —fue la inesperada respuesta de Damerel—. Sin embargo, la paciencia nunca ha figurado entre mis escasas virtudes, así que cuanto antes nos despidamos, mejor. Lo siento mucho por ti, pero no puedo ayudarte a superar tu desengaño, y tu incapacidad para abrir la boca sin soltar disparates mengua mi compasión.

—¡No busco su maldita compasión! —le espetó Oswald, muy ofendido—. Pero hay una cosa que sí puede hacer, señor: dejar de flirtear descaradamente con Venetia. —Aunque vio un destello en los ojos de Damerel, prosiguió temerario—: Entra en Undershaw como en su casa, la engatusa con sus artimañas de hombre de mundo, se gana su confianza con halagos porque ella es demasiado inocente para saber que todo es una farsa y que sólo pretende enredarla. Me habla a mí como si yo fuera el chiflado. Quizá haya perdido la cabeza, pero mis intenciones respecto a ella son honradas. Y no crea que ignoro que es descortés que le diga estas cosas, porque lo sé, pero no me importa, y si decide usted coger la pistola, yo no se lo impediré. ¡De hecho espero que lo haga! ¡Y tampoco me importa que le diga a mi padre que me he mostrado maleducado con usted!

La expresión de Damerel se había vuelto amenazadora, pero ese repentino anticlímax hizo que su ira se desvaneciera y le provocó la risa.

—¡No, no voy a recurrir a medidas tan extremas! Bien, por lo menos has pronunciado un discurso desprovisto de ampulosidad y rimbombancia. Pero, a menos que te guste cenar con el plato en la repisa de la chimenea, será mejor que no me eches más sermones como ése.

Oswald sofocó un grito de indignación.

—¡Desmonte y lo veremos! —chilló.

—Mi pobre y joven iluso, abandona ya esa actitud tan infantil: estoy convencido de que no te falta valor, así como de que sólo tardaría dos minutos en acabar contigo. Mira, no soy ningún novato. ¡Chitón, cierra la boca! ¡Ahora me toca hablar a mí! Mi discurso será breve y espero que comprensible. Te he aguantado porque no he olvidado la agonía del primer amor, ni el ridículo que hice a tu edad; pero también porque comprendo muy bien tu deseo de matarme. Sin embargo, cuando cometes la condenada insolencia de decirme que puedo dejar de intentar seducir a la señorita Lanyon has sobrepasado los límites que estoy dispuesto a soportar de ti. Sólo su hermano tiene derecho a cuestionar mis intenciones. Si decide hacerlo, responderé ante él, pero la única respuesta que tengo para ti se encuentra en la punta de mi bota.

—¡Su hermano no está aquí! —replicó Oswald con prontitud—. Si se encontrara aquí, todo sería diferente.

—¿Qué demonios…? Ah, su hermano mayor, ¿no? No, no me refería a él.

—¿A Aubrey? —exclamó Oswald, incrédulo—. ¿Ese bruto achaparrado? ¡Cómo si él pudiera impedirlo, aunque lo intentara! ¿Qué sabrá de nada que no sean sus trasnochados clásicos? Aunque se detuviera a pensarlo, jamás entendería el juego a que usted está jugando.

—No lo desprecies por eso. Tú tampoco tienes ni idea —repuso con aspereza Damerel, recogiendo las riendas.

—¡Sé que usted no tiene intención de casarse con ella!

Damerel lo observó por un momento, con una inquietante expresión risueña.

—Ah, ¿sí?

—¡Sí, por supuesto! —Crusader echó a andar, y Oswald hizo dar la vuelta a su caballo y se quedó mirando al barón, súbitamente consternado—. ¿Casarse? ¿Venetia y usted? Ella nunca… No podría…

Su voz estaba teñida de una repugnancia manifiesta, pero la única reacción que provocó en Damerel fue una carcajada; Crusader entró por la verja del priorato, y cabalgó a medio galope por la larga avenida, cubierta de malas hierbas.

Oswald no se habría quedado más conmocionado si el barón hubiera declarado abiertamente las más deshonrosas intenciones. De pronto lo asaltaron las dudas y la incredulidad, y no tuvo más remedio que regresar mansamente a Ebbersley. Fue un trayecto largo y aburrido, y como el joven sólo se distraía con pensamientos humillantes, no tardó en sumirse tanto en la melancolía que ni siquiera saber que sus últimas palabras habían herido en lo más vivo a Damerel habría conseguido animarlo.

Al recoger la chaqueta y los pantalones que Damerel acababa de quitarse, Marston miró con aire pensativo a su señor, pero no hizo ningún comentario, ni entonces ni mucho más tarde, cuando encontró a Imber decantando brandy en una copa con expresión resignada.

—¡Ha decidido emborracharse! —anunció Imber—. Ya sabía yo que no tardaría mucho en recurrir a la bebida. Es más, se ha terminado el Diabolino, y si no le gusta lo que su padre consideraba aceptable, espero que no me culpe a mí. La semana pasada le advertí que debíamos revisar la bodega.

—Ya se lo llevo yo —se ofreció Marston.

Imber resopló, pero no puso reparos. Era mayor y le dolían los pies. Siempre aceptaba los servicios del ayuda de cámara, pero no le parecía bien que asumiera tareas ajenas a su competencia. Algunos eran cometidos de ínfima importancia, como ir a buscar troncos para el fuego, o incluso cortarlos; y más de una vez, encontrándose ausente Nidd, Marston había desensillado y cepillado el caballo de su señor. Al ayuda de cámara del difunto lord jamás lo habrían visto rebajándose de esa forma, razonaba Imber, y comparaba desfavorablemente a Damerel con su padre, un caballero de corrección impecable. Tal para cual, se decía con ironía. El difunto lord sabía comportarse de acuerdo con su rango, y siempre mantenía las distancias. Nadie osaba jamás tornarse ninguna libertad con él, que nunca se dirigía a sus sirvientes con el tono familiar que empleaba su hijo. En cuanto a presentarse en el priorato sin avisar, y acompañado únicamente de su ayuda de cámara y su mozo de cuadra, e instalarse en la mansión con más de la mitad de las habitaciones cerradas, y con un solo lacayo para conferir respetabilidad a la casa, uno se quedaba pasmado al imaginar que el difunto lord se hubiera comportado de forma tan indecorosa. Aquella conducta era fruto de haber vivido en el extranjero, entre gente prácticamente salvaje. Eso era lo que había dicho lord Damerel cuando Imber se había aventurado a insinuarle que la manera como trataba a Marston no era propia de un caballero de su posición. «Marston y yo somos viejos amigos —había contestado Damerel—. Hemos pasado juntos demasiados apuros para andarnos con ceremonias.» No era de extrañar que el ayuda de cámara, por considerarse superior, evitara la compañía de Imber, ni que fuera demasiado estirado para chismorrear tranquilamente sobre su amo. Era un tipo agradable a su manera, aunque en exceso reservado, y muy hábil para aparentar no haber oído cuando no quería contestar. Si tanto aprecio le tenía a lord Damerel, ¿por qué no lo defendía, en lugar de parecer una estatua de madera?, se preguntaba Imber, resentido, mientras lo observaba coger la bandeja y llevársela por el enlosado pasillo que conducía al salón principal.

Cuando se hallaba en el priorato, Damerel no seguía el horario de la ciudad, sino que dejaba que los Imber sirvieran la cena a las seis en punto. Y desde la llegada de Aubrey, había abandonado su tediosa costumbre de quedarse en el comedor para tomarse el oporto, y se lo llevaba a la habitación del joven Lanyon mientras éste había tenido que guardar cama, y más tarde había adoptado el hábito de tomárselo en la biblioteca. Esa noche, sin embargo, no había dado señales de querer levantarse de la mesa, de modo que se quedó repantigado en su enorme silla tallada como si pensara permanecer allí toda la noche.

Marston le lanzó una mirada escrutadora antes de salir del oscuro umbral y entrar en la zona iluminada por las velas que había encima de la mesa. Su señor se hallaba absorto en sus pensamientos, con la mirada perdida y las pupilas un tanto empañadas. No dio señales de haberse percatado de la aparición del ayuda de cámara, pero ese rápido vistazo bastó a éste para convencerse de que Imber había exagerado. Quizá fuera cierto que había bebido bastante, pero no estaba borracho, ni mucho menos; tampoco le pareció abatido, sino sólo ligeramente preocupado. Damerel no se hundía con facilidad.

Marston dejó la licorera en la mesa, se acercó a la enorme chimenea y echó otro tronco a las brasas. Todavía hacía buen tiempo, pero cuando se ponía el sol se agradecía que las cortinas estuvieran corridas y que ardiera un buen fuego en el hogar.

El ayuda de cámara recogió la ceniza y se incorporó. Una de las velas había empezado a parpadear, y recortó la mecha.

—Ah, eres tú —dijo Damerel, alzando la vista—. ¿Qué le ha pasado a Imber? ¿Se ha caído por la escalera de la bodega?

—No, señor —contestó Marston relajando su impasible semblante y esbozando una sonrisa.

—¿Qué te ha dicho? ¿Que estaba borracho? —preguntó Damerel al mismo tiempo que destapaba la licorera de brandy y se servía—. Hoy he tenido un mal día: con eso basta para que a uno le dé una depresión.

—Imber ya es mayor, señor —repuso Marston, y recortó otra mecha excesivamente larga—. Si pensara usted prolongar su estancia aquí, habría que contratar a más sirvientes —dijo con su habitual tono inexpresivo, pero Damerel levantó la vista de la copa, que sujetaba entre las ahuecadas manos—. Aunque supongo que no volveremos aquí después del Segundo Encuentro de Otoño —continuó, ocupándose todavía de las velas—. Y eso me recuerda, señor, que debería escribir a Hanbury para informarle de en qué fecha piensa llegar al pabellón y de si va a llevar a alguien con usted.

—Todavía no lo he decidido.

—No, señor. Hace tan buen tiempo que uno no se da cuenta de que pronto estaremos en noviembre —coincidió el ayuda de cámara—. Y creo que el Encuentro de Otoño…

—No voy a ir a Newmarket. —Damerel dio un sorbo al brandy, y después rió y dijo—: Sé sincero, Marston. Crees que debería ir, ¿verdad?

—Suponía que iría, señor, puesto que corre uno de sus caballos.

—Tengo dos caballos en las carreras, y muy pocas esperanzas depositadas en ambos. —El barón apuró la copa de otro trago. Torció la boca esbozando una sonrisa burlona—. ¿Algún otro plan para mí? Newmarket, Leicestershire… Y luego ¿qué? —Marston lo miró, pero no respondió—. ¿Volvemos a Brook Street, o emprendemos un viaje a algún lugar que todavía no conozcamos? Ambas cosas podrían resultar igual de aburridas.

—¿Aburridas? —repuso el ayuda de cámara con humor—. Creo que nunca he ido con usted a ningún sitio donde no se haya metido en algún lío, y, respecto a mí, jamás he tenido tiempo para aburrirme. Cuando no temía naufragar, confiaba en poder convencer a un montón de infieles asesinos de que llevábamos buenas intenciones, o me preguntaba cuánto tardaría en encontrarme metido en un saco y arrojado al Bósforo.

—Me parece que ésa fue la vez que más cerca estuvimos del peligro —observó Damerel, y sonrió recordando el episodio—. Es verdad, te he metido en muchos líos. Pero me hago mayor, Marston.

—Sí, señor, pero no tanto como para no meterme en unos cuantos más.

—O meterme yo solo. Crees que ahora me encuentro en uno de ellos, ¿verdad? Quizá tengas razón; te aseguro que no lo sé. —Alargó una mano hacia la licorera y la inclinó sobre la copa, derramando el brandy sobre la mesa—. ¡Oh! Límpialo, o Imber se convencerá de que estoy borracho como una cuba. Y no es cierto: sólo ha sido una torpeza. —Volvió a recostarse en el respaldo de la silla y se quedó callado y pensativo unos minutos, mientras el criado encontraba al alinear con esmero las diversas piezas de vajilla que había en el aparador una excusa para quedarse un rato más. Se las ingenio para observar a Damerel con el rabillo del ojo, y no le gustó la expresión de su señor, que lo desconcertó un tanto. El barón estaba tomándose en serio aquel asunto, lo cual era impropio de él, pues era un amante veleidoso; se lanzaba a las aventuras amorosas sin pensárselo mucho, preveía, nada más empezarlas, su final, y no resultaba muy exigente en sus elecciones. De talante complaciente, siempre se mostraba dispuesto a satisfacer cualquier capricho de sus amantes, por exigentes que éstas fueran. Sin embargo, nadie que hubiera visto lo poco que le importaba separarse de ellas, o su cínica aceptación de la infidelidad, podía poner en duda que valorara muy poco a las mujeres. Esa mirada de amarga melancolía era nueva para Marston, y lo inquietaba.

—¿El rey de Babilonia o un etíope? —preguntó Damerel levantando de nuevo su copa con aire pensativo y dando un sorbo—. ¿Qué me dices, Marston? ¿Cuál de los dos?

—No puedo contestar a esa pregunta, señor, porque no conozco al rey de Babilonia.

—Ah, ¿no? Se encontró ante una encrucijada, pero ignoro qué camino tomo o qué fue de él. No tengo ni la menor idea. Necesitamos que la señora Priddy nos saque de dudas. Aunque no creo que ella tenga una perspectiva esperanzadora de mi caso, ni que crea que haya alguna posibilidad de que pueda recuperar los años consumidos. Seguramente me deprimiría con dichos concisos y expresivos sobre fosas y torbellinos, o me recordaría que todo hombre recoge lo que siembra. ¿Te interesa recoger algo que yo he sembrado? A mí no. —Apuró la copa y la dejó en la mesa, apartándola de sí—. ¡Qué demonios! ¡Estoy emborrachándome! Puedo darte un consejo mejor que todos los de la señora Priddy: vive el presente, ¡y no me preguntes cuándo pienso marcharme de Yorkshire! No sabría contestarte. Mi intención es quedarme hasta que regrese sir Conway Lanyon, pero ¿quién sabe? Podría desenamorarme con la misma facilidad con que me he enamorado: eso no te sorprendería, ¿verdad?

—No lo sé, señor.

—¡Lo mejor será que reces para que así sea! Aunque pudiera poner mi casa en orden… ¿Estoy muy endeudado? ¿Té debo dinero, Marston?

—Nada que valga la pena mencionar, señor, desde que Amaranthus ganó en Nottingham.

Damerel soltó una risotada y se levantó.

—No deberías seguir a mi servicio. ¿Por qué lo haces? ¿Por costumbre?

—No exactamente —contestó Marston esbozando una de sus infrecuentes sonrisas—. Trabajar para usted, señor, tiene sus inconvenientes, pero también sus ventajas.

—¡No sé qué ventajas! —exclamó el barón con sinceridad—. A menos que consideres que cobrar a intervalos irregulares y encontrarte en apuros que no has provocado tú mismo lo sean.

—No —dijo el ayuda de cámara. Fue hacia la puerta y la mantuvo abierta—. Pero tarde o temprano siempre me paga, y si me mete en apuros, no olvida rescatarme de ellos, en un par de ocasiones corriendo usted mismo un riesgo considerable. La chimenea de la biblioteca está encendida, señor, y hace media hora que Nidd ha llegado de York con los periódicos de Londres.

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