Capítulo 1






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Georgette Heyer

Venetia

ÍNDICE


Capítulo 1 3

Capítulo 2 13

Capítulo 3 23

Capítulo 4 30

Capítulo 5 39

Capítulo 6 50

Capítulo 7 59

Capítulo 8 68

Capítulo 9 78

Capítulo 10 87

Capítulo 11 96

Capítulo 12 105

Capítulo 13 114

Capítulo 14 126

Capítulo 15 135

Capítulo 16 142

Capítulo 17 149

Capítulo 18 159

Capítulo 19 169

Capítulo 20 181

Capítulo 21 190

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA 197




Capítulo 1


—A noche un zorro se coló en el gallinero y se zampó nuestra mejor ponedora —comentó la señorita Lanyon—. ¡Imagínate, era ya bisabuela! ¡Menudo sinvergüenza! —Como no obtenía respuesta, prosiguió, muy alterada—: ¿Verdad que sí? Es una desgracia, pero ¿qué se le va a hacer?

Su acompañante desvió la mirada del libro que tenía abierto ante sí sobre la mesa y la dirigió hacia ella con expresión ausente.

—¿Cómo dices? ¿Me preguntabas algo, Venetia?

—Sí, querido —replicó su hermana alegremente—, pero no tenía la menor importancia, y en cualquier caso ya he contestado por ti. Te sorprendería saber cuántas conversaciones interesantes mantengo conmigo misma.

—Estaba leyendo.

—Sí, lo sé. Y has dejado que se te enfriara el café, además de abandonar esa tostada con mantequilla. ¡Cómetela! No sé por qué te permito leer en la mesa.

—¿En la mesa del desayuno? —replicó él con tono desdeñoso—. ¡Intenta impedírmelo!

—Por supuesto que puedo. ¿Qué lees? —preguntó ella mirando el libro—. ¡Ah, griego! Algún instructivo cuento, no lo dudo.

—Es Medea. La edición de Porson que me prestó el señor Appersett.

—¡La conozco! Una encantadora criatura que descuartizó a su hermano y arrojó los pedazos ante su padre, ¿no? Una mujer muy amable, en el fondo.

Impaciente, el joven sacudió un hombro y replicó con desdén:

—Tú no lo entiendes, e intentar que lo comprendieras sería una pérdida de tiempo.

—¡Te aseguro que lo entiendo! —exclamó la joven, mirándolo con ojos centelleantes—. Sí, y simpatizo con ella, además de envidiar su resolución. Aunque creo que yo preferiría enterrar tus restos en el jardín, querido.

Esa salida arrancó una sonrisa a su hermano, aunque se limitó a decir que seguramente su padre no le habría hecho mucho caso y que quizá incluso le hubiera ordenado que lo enterrara allí, antes de volver a enfrascarse en la lectura.

Habituada a las costumbres del joven, su hermana no volvió a intentar captar su atención. La tostada con mantequilla, el único alimento que él había aceptado esa mañana, yacía mordisqueada en el plato; pero protestar habría supuesto una pérdida de tiempo, y aventurarse a interrogarlo sobre su estado de salud sólo habría servido para enfurecerlo.

Era un chico delgado y de baja estatura, en absoluto feo, pero con un rostro más afilado y arrugado de lo que correspondía a su edad. A un extraño le habría resultado difícil calcular su edad, pues tanto su semblante como su conducta contradecían la inmadurez de su cuerpo. En realidad estaba a punto de cumplir los diecisiete, más el sufrimiento físico había dibujado arrugas en su cara, y el hecho de que sólo se relacionara con personas mayores que él, unido a un intelecto poderoso y aficionado al estudio, habían determinado un desarrollo precoz. Una enfermedad de la articulación de la cadera le había impedido estudiar en Eton, donde se había educado su hermano Conway, seis años mayor que él, y provocado el acortamiento de una pierna, aunque a veces su hermana pensara que dicha anomalía se debía a los diversos tratamientos a que se había sometido. Caminaba con una pronunciada y fea cojera; y pese a que los médicos aseguraban haber detenido el curso de la enfermedad, la articulación seguía doliéndole cuando hacía mal tiempo o si realizaba un esfuerzo excesivo. Los deportes con que tanto disfrutaba su hermano mayor le estaban vedados, pero era un jinete elegante y rápido, y sólo él sabía —y Venetia sospechaba— hasta qué punto odiaba su enfermedad.

Una infancia de forzada inactividad física había fortalecido su tendencia natural al estudio. A los catorce años, si no había superado a su profesor particular en conocimientos sí lo había hecho en capacidad de análisis; y el profesor, un hombre admirable, había admitido que el joven precisaba una preparación más avanzada que la que él pudiera proporcionarle. Por fortuna, los medios para obtenerla se hallaban al alcance del chico. El titular del beneficio de la parroquia, que era un destacado erudito, llevaba tiempo observando con una especie de satisfacción nostálgica los progresos de Aubrey Lanyon, y se ofreció a fin de prepararlo para su ingreso en Cambridge. Sir Francis Lanyon, complacido por no tener que admitir un nuevo profesor particular en su casa, aceptó el ofrecimiento, de modo que el joven, que por esa época ya podía montar a horcajadas, pasaba gran parte del día en casa del párroco, enfrascado en la lectura en la oscura biblioteca del reverendo Julius Appersett, absorbiendo con avidez el vasto saber de su amable preceptor y alimentando su fe en su capacidad para lucirse. Ya lo habían aceptado en el Trinity College, donde ingresaría el año siguiente al inicio del trimestre de otoño; y al señor Appersett no le cabía duda de que, pese a su juventud, el chico no tendría dificultades para titularse.

Tampoco su hermana ni su hermano mayor abrigaban dudas al respecto. Venetia sabía que Aubrey estaba dotado de un gran talento; y Conway, un joven deportista de espléndida robustez, para quien redactar una carta suponía un esfuerzo intolerable, lo contemplaba con una mezcla de admiración y compasión. A Conway, completar unos estudios universitarios le parecía una extraña ambición, pero confiaba sinceramente en que Aubrey la cumpliera, porque, como en una ocasión le había dicho a Venetia, ¿qué otra cosa podía hacer el pobre chico sino aferrarse a sus libros?

Por su parte, Venetia opinaba que su joven hermano se obstinaba demasiado en las lecturas y que mostraba, a una edad alarmantemente temprana, todos los síntomas que acabarían por convertirlo en un recluso incorregible, como lo había sido su padre. En ese momento se suponía que Aubrey estaba disfrutando de unas vacaciones, ya que el señor Appersett se encontraba en Bath recuperándose de una grave enfermedad, y un primo suyo con quien afortunadamente había podido comunicarse lo había sustituido en sus funciones. Cualquier otro chico habría guardado sus libros en un estante y buscado su caña de pescar. Aubrey, en cambio, se llevaba los libros incluso a la mesa del desayuno, y dejaba que se le enfriara el café mientras apoyaba su despejada y delicada frente en una mano, clavaba la mirada en la página y se concentraba de tal forma que uno podía llamarlo por su nombre una docena de veces sin obtener respuesta. No se le ocurría pensar que esa concentración lo convertía en un compañero aburrido. Venetia, que ya se había percatado de que Aubrey era tan egoísta como su padre y su hermano mayor, aceptaba sus extrañas costumbres con ecuanimidad, y seguía sintiendo un profundo cariño por él, sin acusar las punzadas de la desilusión.

Venetia era nueve años mayor que Aubrey, la mayor de los tres hijos de un terrateniente de Yorkshire de muy antiguo linaje, considerable fortuna y excéntricas costumbres. La muerte de su esposa, acaecida cuando Aubrey aún era un bebé, había llevado a sir Francis a encerrarse en el refugio de su casa solariega, situada a unos veinticinco kilómetros de York, donde permanecía indiferente al bienestar de sus hijos y renunciando a la compañía de sus pares. Venetia suponía que siempre había sido un solitario, pues no podía creer que una conducta tan extravagante fuera producto de su tristeza. Sir Francis había sido un hombre de inquebrantable orgullo pero escasa sensibilidad, y el que su matrimonio hubiera sido absolutamente feliz era una amable ficción que su perspicaz hija se negaba a aceptar. Los recuerdos que tenía de su madre eran vagos, pero en ellos resonaban amargas disputas, portazos y dolorosos ataques de histeria. Se acordaba de haber entrado en el perfumado dormitorio de su madre y haber visto cómo se vestía para asistir a un baile en el castillo de Howard; recordaba asimismo un hermoso y descontento rostro, un sinfín de vestidos caros, a una doncella francesa; sin embargo, no guardaba memoria de un solo gesto de afecto o desvelo maternal. Era verdad que lady Lanyon no había compartido el gusto de su esposo por la vida campestre. Todas las primaveras, la dispar pareja iba a Londres; todos los veranos, a Brighton; y siempre, a su regreso a Undershaw, lady Lanyon no tardaba en entristecerse; y cuando el invierno se cernía sobre Yorkshire, la mujer no soportaba los rigores del clima e iba a visitar a sus amigos acompañada de su reacio esposo. Nadie pensaba que ese estilo de vida pudiera complacer a sir Francis, y no obstante, cuando una repentina enfermedad se llevó a lady Lanyon, él había regresado a casa destrozado, incapaz de soportar el retrato de su esposa en la pared ni de oír pronunciar su nombre.

Sus hijos habían crecido en el desierto por él creado; sólo Conway, al que habían enviado a Eton y que luego ingresó en la caballería, había logrado acceder a un mundo más amplio. Ni Venetia ni Aubrey habían ido nunca más allá de Scarborough, y sus amistades se limitaban a las pocas familias que vivían en los alrededores de la casa solariega. Ninguno de los dos se lamentaba: Aubrey porque no le gustaba relacionarse con extraños, y Venetia porque no le correspondía hacerlo. Sólo se había sentido desconsolada en una ocasión: cuando tenía diecisiete años y sir Francis se había negado a dejarla ir a casa de su hermana en Londres para que la presentaran en sociedad, lo que supuso un duro golpe para la joven, que derramó algunas lágrimas. Sin embargo, una breve reflexión bastó para convencerla de que, en realidad, su plan era poco práctico. No podía dejar a Aubrey, por entonces un niño enfermizo de ocho años, al cuidado de la niñera, pues los desvelos de esa excelente mujer habrían hecho enloquecer al niño. Así que se enjugó las lágrimas y se sobrepuso. Al fin y al cabo, su padre no era una persona irrazonable: aunque no consintió en la temporada de Londres, no había puesto objeciones a que su hija asistiera a los Salones de York o incluso de Harrogate, siempre que lady Denny o la señora Yardley la invitaran a acompañarlas, lo cual hacían con frecuencia, la primera por amabilidad, y la segunda coaccionada por su obstinado hijo. Sir Francis tampoco era tacaño: nunca protestaba por los gastos domésticos, había asignado a su hija una generosa mensualidad y para sorpresa de Venetia, tras su muerte le dejó una respetable pensión.

Sir Francis había fallecido tres años atrás, un mes después de la gloriosa batalla de Waterloo, de forma inesperada a causa de un ataque de apoplejía. Su muerte había conmocionado a sus hijos, pero no les había causado un profundo dolor.

—En realidad nos va mucho mejor sin él —había confesado Venetia un día, escandalizando a la bondadosa lady Denny.

—¡Querida mía! —exclamó ésta, que había acudido a la casa solariega dispuesta a estrechar a los tres huérfanos en un consolador abrazo—. ¡Estás tan alterada que no sabes lo que dices!

—¡Claro que lo sé! —replicó la joven riendo—. Dígame señora, ¿cuántas veces ha declarado usted que sir Francis no era un padre normal?

—¡Pero está muerto, Venetia!

—Sí, pero no creo que sienta más cariño por nosotros ahora que en vida. Jamás hizo el menor esfuerzo por ganarse nuestro afecto, de modo que me da la impresión de que ahora no esperará que lloremos por él.

Como no sabía qué responder, lady Denny se había limitado a suplicarle que no hablara de ese modo y a preguntarle qué pensaba hacer. La joven le contestó que todo dependía de Conway: mientras no regresara a casa para aceptar su herencia, ella no podía hacer más que seguir como siempre.

—Sólo que ahora, por supuesto, podré recibir a nuestros amigos en casa, lo que resultará mucho más cómodo que cuando mi padre no permitía a nadie cruzar el umbral salvo a Edward Yardley y al doctor Bentworth.

Transcurridos tres años, Venetia seguía aguardando el regreso de Conway, y lady Denny casi había dejado de arremeter contra el egoísmo del joven, que había delegado el gobierno de la finca en su hermana. A nadie sorprendió que al principio le resultara imposible regresar a Inglaterra, porque sin duda todo debía de estar muy embrollado en Bélgica y Francia, y los regimientos tristemente diezmados tras una batalla tan sanguinaria como la de Waterloo. Pero a medida que pasaban los meses, y las únicas noticias que recibían de Conway eran unas breves líneas dirigidas a su hermana asegurándole que confiaba plenamente en su capacidad para encargarse de Undershaw, y que volvería a escribirle cuando tuviera más tiempo para dedicarse a esa tarea, empezó a intuirse que su prolongada ausencia se debía menos a su sentido del deber que a su renuencia a abandonar una vida que, según los informes de quienes visitaban al Ejército de Ocupación, parecía consistir en una sucesión de bailes y partidos de críquet. Lo último que sabían de Conway era que había tenido la suerte de ser destinado al servicio de lord Hill, y que estaba destacado en Cambray. No había podido escribir con detenimiento a Venetia porque estaban esperando la llegada del Gran Hombre, e iba a haber una revista, seguida de una cena, y eso significaba que el personal andaba muy atareado. Conway sabía que su hermana lo entendería, y se despedía con afecto. «P.D.: No sé a qué plantación te refieres. Será mejor que hagas lo que a Powick le parezca más oportuno».

—¡Si por él fuera, Venetia podría pasarse la vida entera en Undershaw y morir soltera! —se lamentaba, llorosa, lady Denny.

—Lo más probable es que se case con Edward Yardley —replicó su prosaico esposo.

—No tengo nada contra Edward Yardley. Es más, lo considero una persona digna de gran estima. Pero siempre he dicho, y lo repetiré, que Venetia merece algo mucho mejor. ¡Lástima que nuestro querido Oswald no sea diez años mayor, John!

Pero en ese instante la conversación dio un brusco giro, y el mal genio de sir John lo llevó a exclamar que confiaba en que aquella muchacha tan hermosa tuviera sentido común y no se fijara en el mocoso más estúpido de la región. A continuación recomendó a su esposa que dejara de animar a Oswald para que se pusiera en ridículo con sus teatrales maneras, y entonces la pareja se olvidó de Venetia y entabló un animado intercambio de opiniones contrapuestas.

Nadie se habría atrevido a negar que Venetia fuera una muchacha atractiva; la mayoría no habría dudado en afirmar que era hermosa. Habría destacado entre todas las debutantes del club Almack’s, y en la sociedad en que se desenvolvía, más limitada, no tenía parangón. Lo que inspiraba admiración no eran sólo el tamaño y el brillo de sus ojos ni el esplendor de su reluciente cabello dorado, ni siquiera el seductor perfil de su boca; su rostro poseía algo conmovedor que no guardaba relación con la perfección de sus facciones: una expresión de dulzura, una chispa de irreprimible jovialidad, una mirada inusualmente sincera y carente de afectación.

Ese risueño destello iluminó sus ojos cuando miró a Aubrey, que seguía absorto en la Antigüedad.

—¡Aubrey! ¡Querido y odioso Aubrey! ¡Préstame atención un momento, hermanito!

—Si es para que me hables de algo que me desagrada —dijo el joven alzando la cabeza y mirando a su hermana con gesto inquisitivo—, prefiero no hacerte caso.

—No, te prometo que no —repuso ella riendo—. Sólo quiero saber si pensabas salir hoy y si tendrías la amabilidad de acercarte a la oficina de correos y preguntar si ha llegado un paquete de York que estoy esperando. Es un paquete muy pequeño, Aubrey, nada pesado, te lo prometo.

—Sí, iré. Siempre que no sea pescado; si así fuera, preferiría que enviaras a Puxton a recogerlo, querida.

—No; sólo es una pieza de muselina.

Aubrey se levantó y se acercó a la ventana cojeando marcadamente.

—Creo que hace demasiado calor para salir, pero iré. ¡Oh, ya lo creo que iré, y ahora mismo! Querida, tus dos pretendientes vienen a visitarnos.

—¡Oh, no! —exclamó ella con tono de súplica—. ¡Otra vez no!

—Los veo subir por la avenida. Y Oswald parece muy mal humorado.

—¡No digas eso, Aubrey, te lo ruego! No es malhumor, sino melancolía. Seguro que está cavilando sobre crímenes nefandos; piensa en lo descorazonador que debe de resultarle que sus siniestros pensamientos se interpreten como mal carácter.

—¿Qué nefandos crímenes?

—Querido mío, ¿cómo quieres que yo lo sepa, o él? ¡Pobre muchacho! ¡Byron tiene la culpa de todo! Oswald todavía no ha podido decidir si se parece más a Byron o a su Corsario. Sea como sea, es muy inquietante para lady Denny. Está convencida que su hijo padece alguna enfermedad de la sangre, y no se cansa de suplicarle que tome Polvos James.

—¡Byron! —exclamó Aubrey encogiéndose de hombros con impaciencia—. ¡No sé cómo podéis leer esas cosas!

—Claro que no, tesoro. Y he de reconocer que preferiría que Oswald no las leyera. ¿Qué pretexto dará Edward para venir a visitarnos? No puede haberse celebrado otra boda real ni otras elecciones generales.

—Como si Edward pensara que nos interesan esas bobadas. —Aubrey se apartó de la ventana y, cambiando de tercio, preguntó—: ¿Vas a casarte con él?

—¡No! ¡Ay, no lo sé! Estoy segura de que sería un buen esposo, pero, por más que lo intento, no consigo tenerle más que estima —contestó ella con tono de cómica desesperación.

—¿Y por qué lo intentas?

—Bueno, con alguien tendré que casarme, ¿no te parece? Conway se prometerá, y entonces ¿qué será de mí? No voy a quedarme aquí hasta convertirme en una vieja solterona. ¡Y me atrevería a decir que a mi futura cuñada tampoco le haría ninguna gracia!

—Pero podrías vivir conmigo. Yo no voy a casarme, y no me importaría que viviéramos juntos. Nunca me causas problemas. —Venetia, conmovida por esas palabras, le aseguró que le estaba muy agradecida—. Seguro que prefieres vivir conmigo que tener como marido a Edward.

—¡Pobre Edward! ¿Tanta antipatía sientes por él?

—Cuando está con nosotros, nunca me olvido de que soy un inválido, querida hermana —contestó el joven esbozando una sonrisa sardónica.

—¿En el salón de los desayunos? No, no es necesario que me anuncie. Conozco el camino —dijo en ese instante una voz al otro lado de la puerta.

—¡Y detesto su desenvoltura! —añadió Aubrey.

—¡Yo también, te lo aseguro! ¡No hay escapatoria! —repuso Venetia, y se volvió para recibir a sus visitas.

Dos caballeros de notable disimilitud entraron en la habitación; el mayor, un individuo de complexión robusta, de unos treinta años, iba delante, como quien no duda de que es bienvenido; el más joven, de unos diecinueve, lo seguía con una inseguridad mal disimulada por unos andares ligeramente arrogantes.

—¡Buenos días, Venetia! ¡Hola, Aubrey! —saludó el señor Edward Yardley y les estrechó la mano—. ¡Menudos dormilones! Temía no encontraros en un día como el de hoy, pero he venido con la esperanza de que a Aubrey le apetezca probar suerte con las carpas en mi lago. ¿Qué me dices, Aubrey? Puedes pescar desde la barca, así no te fatigarás.

—Gracias, pero no creo que pescara nada con este tiempo.

—Pero te sentaría bien, y ya sabes que puedes llegar con tu calesa hasta la misma orilla del lago —dijo con amabilidad, mas en la reiterada negativa de Aubrey se intuía cierto malestar, que Yardley percibió, y entonces supuso, compasivo, que al joven le dolía la cadera.

Entretanto, el joven señor Denny, con una solemnidad que la ocasión no parecía justificar, estaba informando a su anfitriona que había ido a verla a ella. Después de añadir en voz baja y vibrante que no había podido evitarlo, observó con el ceño fruncido a Aubrey, que lo miraba con irrisión, y calló avergonzado. Aunque era casi tres años mayor y tenía mucho más mundo que él, el joven Lanyon siempre le hacía perder la compostura, tanto por su indiferente mirada como por cómo empleaba su lengua viperina. Nunca se sentía cómodo en presencia del muchacho, porque, además de no poder rivalizar con él en ingenio, experimentaba la repulsión propia de un animal joven y sano por la deformidad física, y además consideraba que Aubrey explotaba escandalosamente su invalidez. De no ser por esa vacilante pierna izquierda, le habrían enseñado que debía mostrarse cortés con los mayores. «Sabe que no supongo ninguna amenaza para él», pensó Oswald haciendo una mueca.

Lo invitaron a tomar asiento, y Oswald adoptó una postura desenvuelta en un pequeño sofá. Entonces se percató de que Yardley lo observaba con inconfundible reprobación, y de inmediato empezó a debatirse entre la esperanza de ofrecer un aspecto lo suficientemente romántico y el temor a haber exagerado un tanto su actitud desenfadada. Se incorporó, y el otro desvió la mirada hacia el rostro de Venetia.

Al señor Yardley, que no tenía ningún deseo de parecer romántico, jamás podrían acusarlo de repantigarse en presencia de una dama. Tampoco habría hecho una visita matutina ataviado con una chaqueta de cacería y un pañuelo de seda anudado al cuello, cuyos extremos sobresalían de las solapas. Su atuendo era pulcro y correcto: una sobria chaqueta de montar y unos pantalones de gamuza, y, lejos de dejar que un mechón de cabello cayera sobre una de sus cejas, llevaba el pelo mucho más corto de lo que dictaba la moda. Podría haber servido como ejemplo de terrateniente acaudalado y modesta ambición; nadie que no lo conociera habría adivinado que era él, y no Oswald, el único hijo de una madre viuda y abnegada.

El padre de Edward había muerto cuando éste todavía no había cumplido diez años, de modo que el hijo había tornado posesión de su herencia a edad muy temprana. Se trataba de una fortuna respetable, pero no excesiva, suficiente para que un hombre prudente pudiera disfrutar de las comodidades de la vida sin pasar apuros. Cualquier petimetre lo habría considerado una miseria, pero Edward carecía de gustos extravagantes. Su finca, situada a unos dieciséis kilómetros de Undershaw, no era ni tan extensa ni tan importante como ésta, pero todo el mundo la consideraba una propiedad muy agradable, y confería a su propietario una buena situación en la localidad de North Riding, lo cual era su máxima ambición. Era un hombre serio y con un acusado sentido del deber. Frustrando todos los esfuerzos de su madre por estropear su carácter mediante una indulgencia excesiva, había asumido muy pronto la dirección de sus asuntos, y enseguida se había convertido en un joven formal de homogéneas virtudes. Si bien no era una persona vivaracha ni ingeniosa, tenía gran sentido común; y aunque su naturaleza imperiosa lo hacía ser demasiado autoritario en su casa, la firmeza con que trataba a su madre y sus empleados siempre iba acompañada de una sincera convicción en su capacidad para decidir qué convenía que hiciera cada uno en todo momento.

—¡Qué detalle que hayas pensado en Aubrey! —exclamó Venetia, temiendo que le correspondía reparar la escasa cortesía de su hermano—. Pero no deberías tomarte tantas molestias: estoy segura de que tienes infinidad de asuntos que te reclaman.

—No tantos —respondió él sonriendo—. No creo que lleguen siquiera al centenar, aunque he de admitir que en general me hallo bastante ocupado. Pero no creas que estoy descuidando nada urgente: ¡espero no tener que reprochármelo! De lo más urgente ya me he encargado mientras vosotros, si no me equivoco, todavía dormíais. Uno siempre encuentra tiempo si sabe buscarlo. Además, hay otro motivo para esta visita: te he traído mi ejemplar del Morning Post del martes, que supongo que te alegrará tener. He marcado el párrafo: verás que trata del Ejército de Ocupación. Por lo visto, los franceses cada vez se oponen con mayor ímpetu a que nuestros soldados permanezcan en su territorio. Y no me extraña, aunque si recordamos… En fin, eso no te interesa tanto como la perspectiva de recibir a Conway en casa. Creo que lo verás antes de que termine el año.

Venetia cogió el periódico y, conteniendo la risa y tratando de no mirar a Aubrey a los ojos, dio las gracias al joven. Desde que descubriera que los Lanyon estaban pendientes de las noticias del semanario Liverpool Mercury, Edward venía utilizando la excusa de compartir con ellos su periódico londinense en sus frecuentes visitas a Undershaw. Al principio sólo iba a verlos cuando había alguna noticia sorprendente, como el anuncio de la muerte del viejo rey de Suecia y de la subida al trono del mariscal Bernadotte; pero durante la primavera las publicaciones le proporcionaban una avalancha de bodas reales. Primero se había difundido la asombrosa noticia de que la princesa Elizabeth, aunque algo entrada en años, se había comprometido con el príncipe de Hesse Homburg; y cuando todavía no se habían agotado las descripciones de su traje de novia ni los discursos en alabanza de su habilidad como pintora, nada menos que tres de sus hermanos, todos de mediana edad, habían seguido el ejemplo de la princesa. Eso se debía, por supuesto, a que la heredera de Inglaterra, la pobre princesa Charlotte, había muerto recientemente de parto y su hijo no había sobrevivido. Hasta Edward reconocía que resultaba ameno, pues dos de los duques reales contaban más de cincuenta años y los aparentaban; y la gente sabía que el mayor de los tres era el padre de una nutrida familia de esperanzados bastardos. Pero desde la boda de Clarence, en julio, Edward se había esmerado en descubrir en los periódicos cualquier artículo que pudiera interesar a los Lanyon; y más de una vez se había visto obligado a recurrir a informes sobre el gran desaliento que la salud de la reina estaba causando a los médicos o sobre el desacuerdo imperante entre los Whigs respecto al continuado liderazgo de Tierney del partido. Ni siquiera la persona más empecinadamente optimista habría podido suponer que los Lanyon se interesarían por rumores como ésos, pero era razonable esperar que acogieran la perspectiva del regreso de Conway como una noticia valiosa.

Sin embargo, Venetia se limitó a declarar que creería que su hermano mayor iba a volver cuando lo viera entrar por la puerta; y Aubrey, tras meditar un rato sobre el asunto, añadió, con un tono lamentablemente esperanzado, que no había por qué desesperar, pues seguramente Conway encontraría otra excusa para permanecer en el ejército.

—¡Yo la encontraría! —saltó Oswald. Entonces reparó en que ese comentario era muy poco halagador para su anfitriona y, atribulado, balbució—: Es decir, no me refiero… Es decir, me refería a que yo la encontraría si fuera sir Conway. La vida aquí le parecerá aburridísima. Es lo que sucede cuando uno ha visto mundo.

—Tú la encuentras aburridísima después de un viaje a las Antillas, ¿verdad? —dijo Aubrey.

Eso hizo reír a Edward, y Oswald, cuya intención era pasar por alto la malicia de Aubrey, replicó con un énfasis innecesario:

—¡He visto más mundo que tú, eso sin duda! No tienes ni idea… Te sorprenderías si te contara lo diferente que es todo en Jamaica.

—Sí, ya nos lo has contado —concedió, e hizo ademán de levantarse de la silla.

Edward, con ese desvelo tan poco apreciado, fue de inmediato a ayudar a Aubrey, el cual, incapaz de soltarse de la mano de Yardley, que lo sujetaba por el codo, se rindió a ella. Sin embargo, le dio las gracias con frialdad y no se movió hasta que el otro retiró la mano. Entonces se alisó la manga y, dirigiéndose a su hermana, anunció:

—Voy a recoger ese paquete, querida. Te agradecería que, cuando encuentres un momento, escribieras a Taplow y le pidieras que a partir de ahora nos envíe uno de esos periódicos de Londres. Creo que deberíamos disponer de uno, ¿no crees?

—No es necesario —intervino Edward—. Os aseguro que no tengo ningún inconveniente en compartir el mío con vosotros.

—Pero si dispusiéramos de nuestro propio periódico —dijo el joven Lanyon volviéndose desde el umbral y en tono dulce—, no te verías obligado a venir hasta aquí tan a menudo, ¿no es así?

—De haber sabido que os interesaba, yo habría venido hasta aquí a diario con el ejemplar de mi padre —terció Oswald con seriedad.

—¡Bobadas! —exclamó Edward, tan molesto por ese comentario como por la declarada inquina de Aubrey—. Estoy seguro de que sir John tendrá algo que objetar a ese plan. Venetia ya sabe que puede confiar en mí.

Esa desdeñosa observación llevó a Oswald a afirmar que la joven podía confiar en él para servicios mucho más peligrosos que la simple entrega de un periódico. Bueno, al menos eso era en esencia lo que había pretendido decir, pero el discurso, que sonaba muy bien en su mente, sufrió una desafortunada transformación al ser vertido a palabras. Por desgracia, se volvió enrevesado, sonó pobre incluso al propio Oswald, y poco a poco fue decayendo bajo el tolerante desdén de la mirada de Edward.

En ese preciso momento los distrajo la entrada de la anciana niñera de los Lanyon buscando a Venetia. Al ver que el señor Yardley, de quien tenía muy buena opinión, estaba con su joven señora, se disculpó, farfulló que sus asuntos podían esperar y se retiró. Pero Venetia, que prefería un interludio doméstico a la compañía de sus mal avenidos admiradores, aunque tuviera que inspeccionar unas sábanas gastadas o escuchar las quejas de la niñera respecto a la holgazanería de las sirvientas más jóvenes, se levantó y despachó a las visitas con la mayor amabilidad posible, explicando que no quería contrariar a la niñera haciéndola esperar.

—He abandonado mis obligaciones, y si no voy con cuidado, tendré que soportar una dura regañina —dijo sonriente, al mismo tiempo que le tendía la mano a Oswald—. Así que debo despedirme de vosotros. ¡Pero no os enfadéis! Como somos viejos amigos, no deseo mostrarme ceremoniosa.

Ni siquiera la presencia de Edward logró impedir que Oswald se llevara la mano de Venetia a los labios y la besara con fervor. Ella aceptó el gesto sin inmutarse, y al recuperar su mano se la tendió a Edward.

—¡Un momento! —exclamó él limitándose a sonreír, y a continuación franqueó la puerta a Venetia. La joven pasó a su lado y salió al pasillo, y él la siguió, dejando encerrado a su rival en el salón de los desayunos—. No deberías animar a ese estúpido a que ande detrás de ti —le reprochó entonces.

—¿Crees que lo animo? —repuso ella, sorprendida—. Pensaba que me comportaba con él como lo hago con Aubrey. Así es como yo lo veo, sólo que —añadió con aire pensativo— mi hermano es mucho más sensato y parece bastante mayor que el pobre Oswald.

—Mi querida Venetia, no estoy acusándote de coquetear con él —replicó Edward con una sonrisa indulgente—. Y tampoco estoy celoso, si es eso lo que estás pensando.

—No, no estoy pensándolo. No tienes motivos para estar celoso, ni derecho, ya lo sabes.

—No, no tengo motivos, es cierto. Pero derecho… Hemos convenido, creo, en que sería inadecuado seguir hablando de ese tema antes de que regrese Conway. ¡Ya puedes imaginarte con qué interés leí esa noticia del periódico! —dijo mirándola con malicia.

—¡Edward! Te ruego que no insistas tanto en el regreso de Conway. Hablas de ello como si fuera lo único que bastara para que yo me lanzara a tus brazos, así que te agradecería que no lo mencionaras tantas veces.

—Confío (es más, estoy convencido de no haberlo hecho) en no haberme expresado nunca en esos términos —respondió él con gravedad.

—¡No nunca! —concedió ella, y en sus labios danzó una sonrisa pícara—. Mira, Edward, deberías preguntarte, antes de que me harte tanto de Conway que rechace cualquier oferta, si de verdad quieres casarte conmigo. ¡Porque creo que no quieres!

El hombre se mostró sorprendido, y hasta conmocionado, pero al cabo de un momento sonrió y dijo:

—Ya sé que te gusta bromear. Resultas siempre amena, y aunque tu carácter juguetón te lleve de vez en cuando a decir cosas insólitas, supongo que te conozco demasiado bien para creer que hablas en serio.

—Por favor, Edward, te ruego que al menos hagas un esfuerzo por no llenarte la cabeza con ilusiones —suplicó ella—. Aunque creas conocerme, en realidad no sabes cómo soy, y ¡qué chasco vas a llevarte al descubrir que cuando digo cosas raras las digo en serio!

—¡Quizá te conozca mejor que tú misma! —replicó él alegremente y con mucha seguridad—. Es una costumbre que te ha contagiado Aubrey: tú, en general, eres siempre muy agradable, pero cuando hablas de Conway da la impresión de que no sientas ningún cariño por él.

—Es que no lo siento —repuso ella con franqueza.

—¡Venetia! ¡Piensa lo que dices!

—¡Pero si es la verdad! —insistió la joven—. ¡Oh, no pongas esa cara! No me desagrada, aunque supongo que podría desagradarme si tuviera que pasar mucho tiempo con él, porque además de no importarle en absoluto la comodidad de los demás, es terriblemente vulgar.

—No deberías hablar así —la reprendió Edward—. Si te refieres a tu hermano con tan poca moderación, no es de extrañar que Aubrey no tenga reparos en comentar su regreso a casa en los términos en que acaba de hacerlo.

—Mi querido Edward, hace un momento has afirmado que él me había contagiado esa costumbre —contraatacó Venetia. El rostro de Yardley no se relajó, y ella añadió con tono risueño—: No sé si lo entenderás, pero la verdad es que Aubrey y yo no empleamos ningún ardid. Sólo decimos lo que pensamos. Y he de reconocer que es asombroso que pensemos lo mismo tan a menudo, porque creo que no nos parecemos mucho, al menos en lo referente a gustos.

—Quizá esté justificado que sientas cierto resentimiento —dijo Edward tras un breve silencio—. Yo también lo sentiría si me pongo en tu lugar. Tu situación aquí desde la muerte de tu padre ha sido incomoda, y Conway no ha tenido escrúpulos a la hora de poner sus cargas (¡es más, sus obligaciones!) sobre tus hombros. Pero el caso de Aubrey es diferente. He estado tentado de reprenderlo cuando lo he oído referirse de esa forma a su hermano. Pese a todos los defectos que puedan achacársele, Conway es de natural bondadoso y siempre se ha portado bien con Aubrey.

—Sí, pero a mi hermano pequeño no le gustan las personas por su bondad —repuso ella.

—¡Eso que dices es un disparate!

—¡En absoluto! Creo que cuando a Aubrey le gusta alguien no es por su conducta, sino por lo que tiene en la cabeza.

—¡A Aubrey le conviene mucho que Conway vuelva a casa! —exclamó interrumpiéndola—. Si es lo bastante inocente para pensar que sólo pueden gustarle los estudiosos del mundo clásico, ya va siendo hora de que…

—¡Qué estupidez! ¡Ya sabes que yo le gusto!

—Te ruego me perdones —replicó él con fría formalidad—. No cabe duda de que te he malinterpretado.

—¡Ya lo creo! Y tampoco has entendido lo que he dicho sobre Conway. Te aseguro que no siento ni pizca de resentimiento, y en cuanto a mi situación… ¡Ay, qué ridículo eres! ¡Claro que no es una situación incómoda! —Al ver que Yardley se había ofendido, exclamó—: ¡Ahora te he desconcertado! Bueno, hace demasiado calor para discutir, así que dejémoslo, por favor. Además, he de subir a ver qué quiere Nana. ¡Adiós! ¡Y has sido muy amable al traernos tu periódico, gracias!

* * *


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