Traemos un testimonio, sacado de la revista “Cuadernos de oración”, que puede ayudarnos a completar esta ficha






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5.  PERSEVERAR EN EL AMOR.
Transcribimos los números del Catecismo de la Iglesia Católica 2742   2745.
Orad constantemente” (1 Ts 5, 17), “dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de Nuestro Señor Jesucristo” (Ef 5, 20), “siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos” (Ef 6, 18). “No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente; pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar” (Evagrio, cap. pract. 49). Este ardor incansable no puede venir más que del amor. Contra nuestra inercia y nuestra pereza, el combate de la oración es el del amor humilde, confiado y perseverante. Este amor abre nuestros corazones a tres evidencias de fe, luminosas y vivificantes:
1) Orar siempre es posible: El tiempo del cristiano es el de Cristo resucitado que está “con nosotros, todos los días” (Mt 28, 20), cualquiera que sean las tempestades (cf Lc 8, 24). Nuestro tiempo está en las manos de Dios:
Es posible, incluso en el mercado o en un paseo solitario, hacer una frecuente y fervorosa oración. Sentados en vuestra tienda, comprando o vendiendo, o incluso haciendo la cocina. (San Juan Crisóstomo, ec. 2)
2) Orar es una necesidad vital: si no nos dejamos llevar por el Espíritu caemos en la esclavitud del pecado (cf Ga 5, 16 25).
¿Cómo puede el Espíritu Santo ser “vida nuestra”, si nuestro corazón está lejos de él?
Nada vale como la oración: hace posible lo que es imposible, fácil lo que es difícil. Es imposible que el hombre que ora pueda pecar (San Juan Crisóstomo, Anna 4, 5)
Quien ora se salva ciertamente, quien no ora se condena ciertamente (San Alfonso María de Ligorio, mez.).
3) Oración y vida cristiana son inseparables porque se trata del mismo amor y de la misma renuncia que procede del amor. La misma conformidad filial y amorosa al designio de amor del Padre. La misma unión transformante en el Espíritu Santo que nos conforma cada vez más con Cristo Jesús. El mismo amor a todos los hombres, ese amor con el cual Jesús nos ha amado. “Todo lo que pidáis al Padre en mi Nombre os lo concederá. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros” (Jn 15, 16 17).
Ora continuamente el que une la oración a las obras y las obras a la oración. Sólo así podemos encontrar realizable el principio de la oración continua (Orígenes, or. 12)."

Traemos un testimonio, sacado de la revista “Cuadernos de oración”, que puede ayudarnos a completar esta ficha:



Un mensaje de hermano
Cuando entres en el camino de la oración piensa que has sido invitado a introducirte en el encuentro de comunión y de amor con Jesús merced a la gratuidad del amor del Padre.

Él te ha llamado porque quiere que conozcas su rostro de amor, Cristo Jesús y junto a Él, con Él y en Él, puedas entrar en la gran fiesta de comunión que es la Trinidad.

La Santa Trinidad te acoge en su seno... allí tú, envuelto en la presencia, inundado de amor, vives en la comunión incesante, participas en el proyecto salvador, compartes la plenitud de la vida.

La Santa Trinidad está en tu corazón.

Acógela con amor.

Sé testigo del don de ser habitado por Dios por medio de la misericordia, la comprensión, la ternura y la disponibilidad con las que acoges a los hermanos. Expresa el don de Dios en tu disponibilidad para el servicio y el compromiso con los más necesitados. Son siempre los predilectos de Dios y han de ser los tuyos.

Verás que en la oración Él va conduciendo tu alma y tu vida a vivir siempre en la presencia.

Él vive en ti.

Él quiere transformarte con su amor.

Vive tú siempre con Él.

Abandónate a la obra del Espíritu en tu alma.

No digas nunca un “no” al Espíritu,

Abre tu alma y tu vida a los dones del Espíritu Santo.

Para ello vete haciendo la ruta del silencio con paciencia.

Busca el silencio, pero sobre todo espéralo, pues el silencio verdadero, el silencio interior, es un don del Espíritu Santo.

Que no falten en tu vida espacios de silencio, atención y escucha en los que te abandones al Amor.

Cuando ores, habla al Señor, pero nunca olvides que debes escucharlo. Él quiere hablarte al corazón para indicarte incesantemente las sendas que quiere que recorras en la vida.

Calla a ti mismo, calla a tus cosas, calla a tus proyectos.

Vive inmerso en el proyecto del amor que Dios tiene para ti.

Acepta todo cuanto vayas recibiendo del Señor y de los hermanos en la vida.

En el Espíritu Santo vive en la entrega plena y total a la voluntad del Padre.

Confía en el Espíritu Santo que te irá conduciendo hacia la realización plena del amor de Dios en tu vida.

Busca en todo ser en Él y vivir en Él.

No tengas miedo al silencio.

Vive en la ternura de Dios derramada en tu alma.

Que día a día puedas crecer en amor.

Por ello, déjate de palabras, despójate de oraciones. Que tu vida sea una oración inagotable pues estás plenamente en la onda del Espíritu Santo.

No desees la oración para sentirla. Añora la súplica que nace de la vida y te envía nuevamente al compromiso en la vida.

Para ello que tu día se desenvuelva siempre en la alabanza, la acción de gracias y la suplica.

Alaba, sí, alaba al Señor. Que todos tus pasos vayan construyendo una ruta de alabanza pues te mueves en Dios y por Él. Vives en Él gracias al don del Espíritu que mora en ti.

Nunca dudes de su presencia.

Él siempre está.

Busca reconocer sus pasos en la vida, su bondad y su ternura derramada en la creación y en los hombres.

Con Él serás capaz de transformar.

Si estás lleno de la paz del espíritu en tu alma, serás, aunque no te lo propongas, testigo y sembrador de paz.

Si eres nómada, viajero de geografías y culturas, y permites que los vientos de Dios rocen e impregnen tu piel y lleguen hasta la médula de tus huesos, serás testigo de la presencia de Dios en el mundo.

Si tu patria y tu casa es el camino. Si vives en la añoranza de la verdadera patria, el rostro del Señor, si no te instalas ni estableces tu domicilio en la provisionalidad de todo aquí en la tierra... estarás diciendo con la palabra de tu vida, que todo ha de ser una gran peregrinación hacia el encuentro con Dios. Serás entre tus hermanos sacramento del encuentro en el amor. Después ya podrás decir que este milagro no es obra tuya, sino obra del Espíritu que te habita.

Si te sabes buscado y sientes que una presencia está brotando en lo más hondo de tu ser, como don inefable, inmaculado, transparente, podrás ofrecer a tus hermanos la invitación a dejarse invadir por el Espíritu que ya los habita. Ayudarás a descubrir el tesoro escondido en el amplio campo del alma, en las inmensas estepas de la tierra, en el corazón del bullicio en el que se suele desenvolver la vida de los hombres.

Si descubres que de ti nace una fuente, como un río donde todos pueden beber hasta saciarse, entenderás que ha sido el Señor quien ha llenado tu alma de esta agua que salta hasta la eternidad de vida que todos añoran.

Si crees que en el más extraño de los rostros alguien aguarda calladamente desvelarse, y en tu disponibilidad, lo acoges con la paz y la alegría con la que esperas cada amanecer, ayudarás a sembrar en el mundo la semilla de la esperanza.

Si sientes que desde tu corazón brota a borbotones el torrente de la súplica, si el Espíritu te ha llenado de solidaridad y compasión... no apagues la llama de la súplica. No ceses de orar, intercede por todos y por todo. Que en tu alma tengan cabida todos, y que tu súplica alcance a todos los que peregrinan bajo el amplio techo del cielo.

Si en los éxodos cotidianos sabes que Él está ahí, que tú también estás ahí en las horas de calma y en el estruendo de la agitación, no olvides que esta realidad se produce en tu alma gracias al don del Espíritu. Abandónate a su influencia y piensa que has de ser testigo del Señor Jesús, el Hijo de Dios hecho hombre, que vive en la vida de los hombres y comparte sus inquietudes y problemas, sus ilusiones y esperanzas por amor. Siéntete invitado a ser testigo de Cristo, hazlo con la encarnación y el compromiso con los que vives tu relación con los hermanos.

Si nada te retiene y no eres prisionero de nadie, si vives libre y desasido para atarte al compromiso de Cristo que se entrega en la Cruz, recuerda que Él te liberó para que vivas en una plena y total libertad de entrega.

Si redimes el amor perseguido y encarcelado en los egoísmos y los odios, en las opresiones y en las guerras, en las luchas y las falsas treguas, irás haciendo camino para que el Amor sea conocido, amado, buscado y deseado como cumbre final de toda ansia de amor.

Si descubres que todos los latidos, el del mar, el de las estrellas, el del fuego, el de la tierra entera, es tu latido, tu único latido, verás que todo te lleva a reconocer que el alma de todos los latidos de la naturaleza y de la creación es el Amor de Dios.

Si olvidas tu edad, las debilidades de tu cuerpo y la flaqueza de tu alma, si te dejas absorber hacia dentro, vivirás la plenitud del encuentro primero que se ha de realizar en tu vida... el encuentro contigo mismo y el encuentro con el Señor que está en la raíz de tu alma.

Si en lugar de inventariar diferencias, te das cuenta de que a la luz de tu mirada se van borrando todas las separaciones y todo regresa a la unidad original... vete pensando que estás abriendo camino para que cada hermano pueda descubrir que el aliento que lo mueve todo es el soplo del Espíritu de Dios Amor.

En Cristo Jesús el Señor, en el Espíritu Santo que todo lo vivifica y en el Padre del amplio cielo de la misericordia puedes encontrarte a ti mismo. Lo encuentras a Él, se va realizando tu encuentro con los hermanos, y vas caminando hacia el nosotros de la comunión de todas las criaturas en Dios.

Abandónate en las manos del Padre.

Vive inundado por la presencia del Hijo.

Que el Espíritu Santo guíe, acompañe y mueva toda la vida.

Que María, el rostro femenino de Dios, misericordia convertida en ternura materna, te conduzca hacia el corazón de la Trinidad.

Dios siempre está.

En Él, por Él y con Él vives y te renuevas en el encuentro de amor.


PENSAMOS Y DIALOGAMOS.
  De la Palabra de Dios se puede concluir: “A ese se le ha perdonado mucho, porque ha amado mucho”, y “ha amado mucho, porque se le ha perdonado mucho”
  ¿Qué experiencia tienes del perdón de Dios? ¿Tienes la convicción de que Dios te ha perdonado mucho, porque te ama mucho?
  ¿Es tu vida un canto a Dios con tus obras de amor?


SEÑOR, ENSÉÑANOS A REZAR.
(De Dolores Aleixandre)
1.  Ponte junto a Jesús en la cruz para comprobar cómo su muerte verifica la autenticidad de sus palabras:
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los que ama” (Jn 15, 13).
“El Puen Pastor da su vida por sus ovejas”(Jn 10, 11).
“El Hijo del hombre ha venido para servir y da la vida en rescate por todos” (Mc 10, 45).
“Os aseguro que, si el grano de trigo caído en tierra no muere, queda el sólo; pero si muere, da mucho fruto. Quien tiene apego a su propia existencia, la pierde; quién desprecia la propia existencia en el mundo, la conserva para una vida sin término” (Jn 12, 24 25).
“Ahora me siento agitado: ¿ le pido al Padre que me saque de esta hora? ¡Pero si para esto he venido, para esta hora! ¡Padre, manifiesta tu gloria! “ (Jn 10, 11).
“El Padre me ama porque doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; la doy yo voluntariamente” (Jn 10, 17).

Deja que fluyan de ti el agradecimiento, el asombro y ese sentimiento al que nos invita la liturgia del Jueves Santo:
Nosotros debemos gloriarnos en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos alcanzado la salvación y la libertad.

2.  Trasládate mentalmente a algún lugar donde se condense mucho dolor humano: un hospital, una cárcel, un campo de refugiados...
Siéntate en algún rincón y, desde ahí, lee pausadamente la narración de la pasión según Marcos (13, 32   15, 47).
3.  Ponte junto a Jesús en la cruz y escucha cómo vivió Él ese momento:
“La mujer, cuando da a luz, está triste porque ha llegado su hora; pero cuando le nace el niño, ya no se acuerda del aprieto, por el gozo de que haya nacido una nueva criatura en el mundo...“ (Jn 16, 21).
Pídele que te ayude a ti y a todos a encarar el dolor de una manera nueva; deja que tus preguntas sobre el misterio del mal escuchen ahí una palabra de vida: existe un sufrimiento que es fecundo; el dolor puede ser un tránsito hacia la vida y hacia la plenitud total del gozo. Pídele la gracia de saber reconocer también “tu hora” y, como la mujer en el parto, atravesar el umbral del dolor para dejar nacer la vida.
4.  El autor de la Carta a los Hebreos nos exhorta:
“Así pues, nosotros, rodeados de una nube tan densa de testigos, desprendámonos de cualquier carga y del pecado que nos asedia; corramos con constancia la carrera que nos espera, fijos los ojos en el que inició y consumó la fe en Jesús. El cual, por la dicha que le esperaba, sufrió la cruz, despreció la humillación y se ha sentado a la diestra del trono de Dios” (Heb 12, 1 2).
Fija tu mirada en Jesús en la cruz: él es, según la expresión de Hebreos el “guía” o “conductor”, es decir, el que va delante de ti, el que te precede en el camino y te conduce en medio de la oscuridad y las dudas de tu fe. Es también el que la perfecciona y la lleva a término; el que te enseña desde la cruz a ir más allá de todas las negatividades y de todas las noches; el que pone su propia fe como roca bajo tus pies para que, apoyándote ahí, te atrevas a confiar incondicionalmente en las manos del Padre y abandones tu vida en ellas.
Repite una y otra vez con él:
“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu...”

5. “Junto a la cruz de Jesús estaba su madre... “(Jn 19, 25).
Ponte junto a María al pie de la cruz y pídele que te enseñe a permanecer como ella junto a su hijo y junto a todos aquellos que hoy siguen en la cruz. Escucha las palabras de Jesús:
“Mujer, ahí tienes a tu hijo; AHÍ TIENES A TU MADRE “
Deja que ella ejerza esa nueva responsabilidad sobre ti, y piensa qué puede significar en tu vida hacer como el discípulo que “se la llevó a su casa”




MÉTODOS DE ORACIÓN



CAPÍTULO CUARTO





(De entre los muchos métodos posibles, vamos a hablar de cuatro).
1.  LECTURA ORANTE.
1.  Ponte en presencia del Señor. Invoca al Espíritu Santo. El es quién hará posible ese encuentro con el Señor.
2.  Empieza leyendo, sin prisas, un salmo, o un texto bíblico o alguna oración de algún libro que tengas.
Deja que lo que vas leyendo baje hasta tu corazón. Que no se quede en tus pensamientos.
3.  Cuando llegues a una frase que sintonice especialmente contigo, párate. Repite esa frase una, dos, tres veces. Lentamente y sin prisas.
Luego haz un silencio. Deja que esa frase vaya calando en tu corazón. Estate así el tiempo que puedas.
4.  Luego continua leyendo, siguiendo los mismos pasos ya descritos.
5.  Si en un momento determinado notas que el Espíritu Santo pone en tus labios o en tu corazón expresiones personales, deja de leer, y dirígete al Señor con esas palabras.
6.  Puedes terminar con un “Padre Nuestro” o un “Gloria al Padre”.

2.  LECTIO DIVINA.
1.  Ponte en presencia del Señor. Invoca al Espíritu Santo.
2.  Lectura: Toma la Biblia en tus manos y ábrela por un texto que desees. Empieza a leer ese capítulo, sin prisas.
Cuando hayas terminado, párate un momento. A continuación puedes leer algún comentario de los que suelen poner las Biblias “a pie de página”, sobre los versículos que has leído. Si fuera necesario, puedes leer esos versículos bíblicos por segunda vez.
3.  Meditación: Fíjate en cuál puede ser el punto central del texto que has leído. Personajes que han intervenido.

Fíjate en las palabras que más te han llamado la atención.
Pasa estas palabras a tu corazón. ¿Qué te sugieren estas palabras, este texto para tu vida?
4.  Oración: Es muy posible que en estos momentos surja dentro de tu corazón una oración al Señor. Unas veces será para pedirle o alabarle, darle gracias, pedir por alguien, pedir perdón,...
Dirígete al Señor con las palabras que salgan de tus labios y de tu corazón.
5.  Contemplación: Es mirada de fe, fijada en Jesús. Guarda silencio, estate atento a ese Dios que sabes que te mira y que te ama.
6.  Discernimiento: Uno se pregunta con sinceridad ante Dios: ¿Señor, qué quieres de mi? ¿Qué es lo que el Espíritu, a través de la Palabra de Dios, me puede estar pidiendo hoy a mi, en relación con mi vida?
7.  Acción   compromiso, testimonio: El auténtico encuentro con Dios siempre nos emplaza al encuentro con los hermanos.
El orante, con la ayuda de Dios, intenta llevar a su vida lo que ha descubierto en el punto anterior del discernimiento.
8.  Este rato de oración puede terminarse con un Padre Nuestro o un Gloria.

SEÑOR, ENSÉÑANOS A REZAR.


  • Haz algún rato de oración, siguiendo los

  • pasos que se indican en la ficha.

Señor, Dios, estoy aquí

buscándote en lo sencillo,

en las cosas que Tú,

al principiuo de todo,

viste que eran buenas.

¡Las cosas!

¡Tantas veces me parecen

que sólo son cosas!

Mis ojos, cansados,

no logran ver en ellas

ni tu mano de Dios

ni tu sonrisa de Creador.

Señor, Dios,

dame ojos para descubrir

la semilla

de Tu presencia en las cosas,

dame ojos, Señor,

para que pueda ver tu mano de Padre

que alimenta a los pájaros del campo;

dame ojos, Señor,

para apreciar, como María,

las necesidades de los hombres.
Que abra mis ojos para verte

en todo lo que existe y pasa a mi lado.

¿Qué yo vea , Señor!






3.  ORACIÓN A PARTIR DE LOS ACONTECIMIENTOS DE LA VIDA.
1.  Ponte en presencia del Señor. Invoca al Espíritu Santo.
2.  Centra tu atención en algún acontecimiento que hayas vivido últimamente o que esté sucediendo en el mundo.
Este hecho provocará en ti unos sentimientos y reacciones: gozo, alegría, tristeza, esperanza, miedo, ...
3.  Pregúntate: ¿Por qué sucede esto que está sucediendo?, es decir, ¿cuáles son las causas del hecho, y cuales los porqués de mis reacciones emocionales?
4.  Piensa en algún texto de la Palabra de Dios que te de un poco sobre esto que estás pensando y orando. Si tienes en tus manos una Biblia, busca ese pasaje y léelo con pausa. Si no la tienes, trata de recordar ese pasaje bíblico.
Deja que cale en tu corazón y en tus pensamientos.
5.  ¿Qué te dice este texto en relación con el hecho que habías elegido al principio de la oración y con tus reacciones?
6.  Oración espontánea: Si de dentro de ti surgen deseos de dirigirte al Padre, o a Jesús, para pedirle fuerza, o luz, o para alabarlo, o para..., hazlo. Habla con Dios.
7.  Puedes, incluso, hacer un rato de silencio contemplativo.
8.  Después de este rato de oración, ¿crees que puedes hacer algo, en relación con el hecho que has orado?
9.  Puedes acabar con el Padre Nuestro o el Gloria.

4.  ORACIÓN VISUAL.
1.  Ponte en presencia del Señor. Invoca al Espíritu Santo.
2.  Elige una estampa expresiva con el rostro de Jesús o de María, o ponte delante de un icono o, si lo prefieres, delante de un crucifijo.
3.  Dedica unos minutos a estar en silencio. Estate quieto mirando esa imagen.
4.  Es muy posible que esa imagen, esa cruz te hable por sí misma: su cara, sus ojos, la mirada ... o los brazos abiertos,... ¿Qué pensamientos y sentimientos produce en ti?
5.  Oración espontánea: Dirígete al Padre, o a Jesús, o a María, con las palabras que salgan de tu corazón. Habla con él, o con María. Cuéntale tu vida, o la de aquellas personas que amas, o la de aquellos que te preocupan.
6.  Haz tuyos los pensamientos y sentimientos que esa imagen provoca en ti.
Tú puedes mirar a los demás, como te sientes mirado.
Tú puedes abrazar a los demás de igual forma que te sientes abrazado por Jesús en la cruz.
Tú puedes ser misericordioso con los demás, igual que te sientes mirado por esos ojos misericordiosos.
Tú ...
7.  Puedes callar y estar un rato en silencio.
8.  Para terminar puedes rezar el Padre Nuestro, ave María, o el Gloria.

SEÑOR, ENSÉÑANOS A REZAR.

  Haz algún rato de oración, siguiendo los pasos que se indican en la ficha.



LA ORACIÓN DEL

SEÑOR




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