Literatura universal






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fecha de publicación18.04.2016
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La noche en que

Frankenstein leyó el

Quijote ( De Santiago Posteguillo)




¿Leyó Frankenstein alguna vez el

Quijote? Vayamos paso a paso.

Era el verano de 1816. Mary Shelley

y su esposo, el también escritor Percy

Bysshe Shelley, acudieron a Suiza, a una

hermosa casa en las montañas que su

amigo lord Byron tenía en aquel lugar.

Allí disfrutaban todos los invitados de un

maravilloso verano alpino henchido de

bosques, valles y senderos por los que a

menudo caminaban para ejercitarse, al

tiempo que así admiraban los

espectaculares paisajes de aquel

territorio. Pero un día, en uno de esos

frecuentes cambios meteorológicos

propios de las zonas montañosas, las

nubes taparon el sol y las lluvias

interrumpieron sus excursiones. Y no sólo

por una jornada o dos, sino que la lluvia

pareció encontrarse cómoda entre

aquellas laderas verdes y decidió

instalarse por un largo período.

Byron, el matrimonio Shelley y el

resto de los invitados optaron entonces

por reunirse a la luz de una hoguera que

ardía en una gran chimenea de la casa en

la que se habían instalado y allí, entre

copa y copa de vino, deleitarse en la

lectura en voz alta que Percy Shelley

realizaba de diferentes clásicos de la

literatura universal.

Percy Shelley era un reconocido

poeta que, como Byron, había tenido que

escapar de Inglaterra por el

revolucionario tono de muchos de sus

poemas contra el gobierno conservador

británico que se oponía, entre otras cosas,

a cambios en una vetusta ley electoral que

impedía que los barrios obreros tuvieran

los mismos representantes parlamentarios

que las zonas rurales más conservadoras.

El caso es que Percy sabía leer en público

o declamar de modo que agitaba los

corazones o despertaba la imaginación de

quien le escuchara.

Lo sabemos con detalle porque todo

esto nos lo cuenta la propia Mary Shelley,

su esposa: por un lado, en el prólogo a su

obra Frankenstein y, por otro, en su

propio diario personal, en donde, día a

día, la intrépida autora se tomaba la

molestia de dejar constancia de todo

aquello que había hecho cada jornada:

unos escritos que ahora constituyen una

pequeña gran joya para críticos literarios

y curiosos de toda condición (entre los

que me incluyo).

Así, Mary nos describe cómo lord

Byron, uno de esos interminables días de

tormenta veraniega, sin posibilidad de

poder salir a la montaña o realizar

cualquier otra actividad en el exterior de

la casa, se levantó y lanzó un gran reto.

Como no podía ser de otra forma,

teniendo en cuenta a muchos de los allí

presentes, se trataba de un reto literario.

—Os propongo un concurso.

—¿Qué tipo de concurso? —

preguntó Percy intrigado y poniendo

palabras a la curiosidad de todos los

presentes.

—Propongo —empezó entonces lord

Byron— que cada uno de nosotros escriba

un relato, una historia de terror —dijo

bajando la voz, envuelto en las sombras

que proyectaba el fuego de la chimenea—.

Y el que consideremos como el relato más

terrorífico, ése ganará el concurso.

Era, sin duda, un desafío

apasionante, y más aún teniendo en cuenta

el saber hacer literario de muchos de los

allí reunidos, pero la brillante idea, no

obstante, cayó en el olvido con rapidez en

cuanto salió el sol y regresó el buen

tiempo. Byron y Percy Shelley eran

grandes escritores, pero inconstantes (los

hombres… ya se sabe), y pronto dejaron

las plumas y la tinta y las palabras

escritas y se adentraron de nuevo en los

hermosos bosques de los Alpes.

Por el contrario, Mary Shelley,

mucho más disciplinada que cualquiera de

sus amigos masculinos, no se dejó distraer

o tentar por las maravillas de la

naturaleza, sino que prefirió permanecer

en aquella casa y día a día, noche a noche,

engendró la maravillosa novela titulada

Frankenstein o el moderno Prometeo. Por

cierto, Frankenstein no es el monstruo, o

la «criatura», como cariñosamente la

define la propia Mary Shelley, sino Victor

Frankenstein, el doctor que la crea,

aunque todos pensemos siempre en esta

criatura cuando oímos el apellido del

doctor alemán. Pero lo más interesante de

esta historia es que la escritora no creó

esta novela desde la nada absoluta, sino

imbuida por esos espacios montañosos

que la rodeaban (y muchas montañas y

frío y nieve hay, sin duda, en el libro que

escribió, que abre con un viaje a una

región polar); y también influida, de una

forma u otra, por las maravillosas lecturas

que su esposo Percy seguía haciendo por

las noches junto a la chimenea de grandes

clásicos de la literatura.

Mary escribía sobre todo durante el

día, pero seguía compartiendo con todos

las veladas de lectura colectiva donde su

marido proseguía deleitándolos con su

mágica dicción, que, estoy seguro de ello,

debía de dar vida a cada uno de aquellos

personajes que aparecían en las novelas

seleccionadas. Y una noche especial, tras

largas caminatas para unos en la montaña

y una intensa sesión de escritura para

Mary, Percy eligió una obra maestra de la

literatura española traducida al inglés:

Don Quijote. Así lo recoge Mary

Shelley en su diario en la entrada del 7 de

octubre de 1816: «Percy lee Curtius y

Clarendon; escribir; Percy lee Don

Quijote por la noche.» Y así siguió su

marido leyendo cada noche durante todo

un mes, un mes eterno e inolvidable para

la historia de la literatura universal en el

que Mary escribía su gran novela. Hasta

que el 7 de noviembre Mary anota en su

diario: «Escribir. Percy lee Montaigne

por la mañana y termina la lectura de Don

Quijote por la noche.»

Mary Shelley se enamoró de la

literatura mediterránea y en particular de

Cervantes, ya fuera por la pasión con la

que Percy leyó aquella traducción del

Quijote, o por sus largas estancias en

países del sur de Europa. El hecho es que

Mary Shelley, años después, entre 1835 y

1837, escribiría la más que bien

documentada y aún más que inte re s a nte

Vidas de los más eminentes hombres de la

ciencia y la literatura de Italia, España y

Portugal, donde, entre otros muchos

autores italianos y portugueses,

biografiaba también las vidas de poetas,

dramaturgos y novelistas españoles como

Boscán, Garcilaso de la Vega, Cervantes,

Lope de Vega, Góngora, Quevedo o

Calderón de la Barca. Y es que Mary

Shelley hablaba no sólo inglés, sino

francés, italiano, portugués y hasta

español.

¿Y cómo aprendió español? Muy

«sencillo» (obsérvese que escribo

sencillo entre comillas): tanto le gustaron

el Quijote y su lectura por parte de su

esposo en 1816 que, cuatro años después,

en 1820, volvió a leerlo, después de

haber iniciado el estudio del español,

pero esta vez lo leyó directamente en

castellano. Y tal es la pasión que Mary

Shelley sintió por esa gran obra que el

lector curioso encontrará una referencia a

Sancho Panza en el prólogo a

Frankenstein, igual que podrá observar

que la novela de Mary Shelley presenta su

relato a través de múltiples narradores (el

aventurero Walton, el doctor Frankenstein

y hasta el propio monstruo); es decir, la

misma técnica narrativa que Cervantes

usó para el desarrollo del Quijote

(narrado por alguien que encontró un

supuesto original en árabe que debe

traducir una tercera persona y donde cada

uno quita y pone según le place). Y, por si

quedan dudas, Mary Shelley decidió

recrear la famosa «Historia del cautivo»

(capítulos XXXIX-XLI del Quijote,

primera parte) en el capítulo 14 de la

versión corregida de 1831 de

Frankenstein. Para que se hagan una idea

de las similitudes: en la «Historia del

cautivo» del Quijote, un cristiano

secuestrado en un país musulmán es

rescatado por una musulmana que está

dispuesta a abrazar la fe cristiana

desposándose con el cautivo cristiano al

que va a ayudar a escapar; mientras que

en la novela de Mary Shelley la

monstruosa criatura creada por el doctor

Frankenstein conocerá a Safie, una

musulmana cuyo padre está preso en la

cárcel de París y será ayudado por un

cristiano que ama a Safie. Las conexiones

entre ambos relatos son evidentes, pero no

lo digo yo, sino que sesudos artículos

académicos como el titulado «Recycling

Zoraida:

The Muslim Heroine in Mary S h e l

l e y ’ s Frankenstein»

[«Reciclando a Zoraida: la heroína

musulmana de Frankenstein de Mary

Shelley»], publicado en una revista tan

prestigiosa como el Bulletin of the

Cervantes Society of America [Boletín de

la Sociedad Cervantina de América],

certifican esta relación entre un texto y

otro.

Hoy día, no obstante, no corren

tiempos tan buenos para el bueno de don

Quijote.

Recuerdo, aún abrumado, una

anécdota que me contaron no hace mucho:

en una cadena de librerías decidieron que

a partir de ahora sería un programa

informático el que decidiría qué libros

debían permanecer en las estanterías y

cuáles, por el contrario, debían ser

retirados, ya que nadie había adquirido

ningún ejemplar en varios meses. A la

hora de realizar el trabajo de retirada de

los ejemplares que no eran vendidos, se

externalizaba el trabajo contratando a

alguien para esa tarea concreta, pues ver

qué libros marcaba en rojo el programa,

buscarlos en los anaqueles y retirarlos en

cajas sólo requería saber leer (conocer el

orden alfabético que inventó el bueno de

Zenodoto ayudaba a localizar los libros

que debían ser retirados con mayor

rapidez, pero no era absolutamente

necesario). El caso es que el programa

informático no atendía ni siquiera al

hecho de que ciertas obras maestras de

nuestra literatura han quedado reducidas a

lecturas obligatorias de diferentes

estudios y que, por lo tanto, sólo se

venden al principio del curso académico.

El empleado contratado en una de estas

librerías realizaba con eficacia su trabajo

cuando una de las libreras, algo veterana

en estas lides, le detuvo un instante y le

dijo:

—Disculpa, pero este libro no lo

retires, por favor.

El muchacho, que estaba siendo

concienzudo en su tarea, tuvo miedo de

que se detectara que no había sido

escrupuloso en la realización del trabajo

para el que había sido contratado y, con el

libro en cuestión aún en la mano,

argumentó:

—Es que el título de este libro viene

marcado en rojo en el programa.

La veterana librera suspiró.

—Ya, bueno. No importa. Yo asumo

la responsabilidad. —Y con cuidado tomó

el volumen que el muchacho sólo cedió

con el ceño fruncido y claras muestras de

enojo en el rostro. Como imaginarán, el

libro en disputa no era otro que un

ejemplar del Quijote.

Conclusión: si Mary Shelley

aprendió español para poder no ya leer

sino degustar el Quijote, ¿no deberíamos

todos los que ya tenemos la fortuna de

saber español encontrar algún momento

de nuestra vida para zambullirnos, aunque

sólo sea un rato, en alguno de los

maravillosos relatos que pueblan la

irrepetible historia del maravilloso Don

Quijote? Y pronto, antes de que los

programas informáticos decidan que ya no

debemos leerlo; o, para ser más justo,

antes de que quienes programan los

programas informáticos decidan que ya no

debemos leerlo.

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