Capítulo VI: exposición del judíO






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CAPÍTULO VI: EXPOSICIÓN DEL JUDÍO



Después de los prolegómenos de costumbre, el moderador dio la palabra al participante judío. Cuando se puso de pie se sintió cegado por los flashes de los periodistas. Desde el dra­ma de la noche, los «JO» habían empezado a interesar a los medios de comunicación. El rabino primero se irritó. Se dijo a sí mismo: «Mientras hablamos de Dios, religión, sentido de la vida, no interesa a nadie. Pero apenas hay algo sabroso para echarse a la boca, aparecen todos los buitres». Luego cambió de opinión: «La culpa no es sólo de los periodistas, sino también de los lectores. A ellos les gustan estos relatos de violencias. Y tal vez nosotros, los hombres religiosos, no sa­bemos hablar de Dios sin aburrir».

Recordó una ironía de Bernard Shaw. Inspirándose en ella, el rabino exclamó con gran solemnidad:

-Ya que la prensa se interesa tanto en mí, debo hacerles una confidencia. El padre de todos nosotros, Abraham, ha muerto. Isaac ha muerto. Jacob ha muerto. Hasta Einstein ha muerto. Y yo no me siento demasiado bien...

El público apreció la ironía y el humor del rabino.


El Dios oculto



Después de las risas y los aplausos, les dijo con intensidad:

-Dios -bendito sea su nombre- es un Dios que se ocul­ta. «Verdaderamente está en ti un Dios que se esconde, el Dios de Israel, Salvador.» Esto está escrito en el libro de Isaías, en el capítulo 45. Pascal, no sin razón, estaba fascinado por el Dios oculto. Si el Dios de Israel se vela, también sabe desve­larse a los que lo buscan. Piensen en un palacio con innume­rables puertas, relató una vez Baal-Shem Tov, ese gran sabio del hasidismo, el movimiento de renovación del judaísmo en el siglo XVIII. Detrás de cada puerta un tesoro espera al visi­tante, quien, al poder extraerlos a su antojo, y saturado de bienes, no experimenta ya ninguna necesidad de continuar su exploración. Sin embargo, al final del pasillo hay una puerta y detrás de ésta un rey dispuesto a recibir a quien piensa en él y no en los tesoros.

El orgullo del saber es peor que la ignorancia. Buscar vale más que encontrar. La autosuficiencia es peor que el hambre. El peregrinaje vale más que la estabilidad. Es propio de los falsos dioses ofrecer sin demasiados esfuerzos bienes que colman de manera pasajera las necesidades más fáciles de despertar en el hombre. El dios Poder dice: "Prostérnate ante mí y serás poderoso. Dominarás a quien quieras". El dios Tener dice: "¡Acumula! ¡Acumula! Y serás rico. Entonces nada te faltará". El dios Celebridad dice: "Triunfa en la vida aplastando a los demás. Entonces tu memoria durará eter­namente". El dios Placer dice: "Goza sin inquietarte por go­zar. Entonces estarás colmado". El dios Espectáculo dice: "Huye en lo irreal y lo virtual. Entonces serás invulnerable". Pero Elohim, el Dios de los dioses, nos dice: "Buscadme y vi­viréis".

Según el Talmud (Makkot 24a), estas palabras del libro de Amós en el capítulo 5, versículo 4, resumen las ciento tre­ce enseñanzas reveladas a Moisés: "Buscad la Fuente supre­ma de todo poder y de todo tener, de toda celebridad, de todo placer y de todo espectáculo, y vivid. Vivid en la santidad y la generosidad, en la humildad, el goce y el maravillamiento. Buscad mi Torá, mi Ley que os indica el Camino, y seréis fe­lices". Buscad... como un joven busca a su bienamada...


La hermosa Torá



-En el Zohar, uno de los textos fundamentales de la mís­tica judía, se compara la Torá con una jovencita toda belleza, oculta en un cuarto aislado del palacio.

El rabino cerró los ojos y la imagen de Amina se proyectó en su espíritu. Una ligera y agradable vibración atravesó su cuerpo.

-Esa joven -continuó con ternura y pasión- tiene un amante cuya existencia sólo ella conoce. «Por amor a ella, él pasa y vuelve a pasar sin cesar delante del palacio, y mira por todas partes esperando verla. Ella sabe que él nunca se aleja del palacio; y entonces ¿qué hace?. Abre una pequeña abertu­ra en su cuarto secreto, muestra por un instante su rostro al amante, y enseguida lo oculta. Sólo él y ningún otro ha visto su rostro, y sabe que por amor a él se lo ha mostrado, por un instante, sólo a él. Y su corazón y su alma se sienten atraídos hacia ella. Así sucede con la Torá: sólo revela sus más pro­fundos secretos a quienes la aman. Sabe que el que es sabio de corazón vaga día tras día ante las puertas de su morada.»

Después de una breve pausa, el rabino se expresó en un lenguaje más didáctico:

-¿Este lenguaje amoroso les sorprende?. En la Biblia hay un libro entero consagrado al Amor entre un hombre y una mujer, entre lo divino y lo humano. Es el Poema de los Poe­mas, también llamado el Cantar de los Cantares. El rabino Aquiba pudo decir de este escrito: «El mundo no tenía valor ni sentido antes de que El Poema de los Poemas fuera dado a Israel». La pulsión sexual y la pulsión espiritual son las dos caras de una misma composición. Y esta pieza es aquella de la que Dios es el Compositor. En la carne del humano está ins­crita una pulsión biológica y afectiva que lo hace salir de sí mismo para acoger a otro, a otra. En el espíritu del humano hay inscrita una pulsión metafísica y espiritual que lo hace salir de su ego para descubrir al Otro por excelencia, Dios. Al igual que una mujer puede estar obsesionada por el rostro de un hombre, y un hombre por el de una mujer, Dios es el gran Seductor que obsesiona al alma humana. Sin esas dos pulsio­nes que se llaman entre sí, la vida sería insulsa, centrada en sí misma.

"Creó Dios al hombre a imagen suya; a imagen de Dios lo creó" (Génesis, 1,26-27). Lo humano, reflejo de lo divino, es a la vez masculino y femenino, una unidad en la dualidad. El Adán inicial no era masculino, sino bisexual. Como si hubie­ran sido dos seres siameses que había que separar, Dios los "aserró" para diferenciarlos. Y así Eva fue sacada del costado de Adán. Desde su creación, la pareja es una unión escindida en busca de intimidad. El texto original no dice que Dios creó a un hombre, sino al ser humano -en hebreo Ha-Adam-. Según los cabalistas, que dan a cada letra un valor numérico para descubrir sentidos ocultos, el total de la palabra Ha­Adam es 50; es exactamente el equivalente numérico de la pa­labra hebrea Mi, que quiere decir "Quién". Mientras que para Adam solo, un hombre masculino sin Eva su mujer, esa suma corresponde a 45; y 45, es el valor numérico de la palabra Mah, que significa "Qué". De esto los cabalistas han sacado una hermosa enseñanza: el hombre pasa del Qué al Quién, de un ser-objeto a un ser-sujeto, cuando realiza la complementa­riedad hombre-mujer. Pasar de Adam a Ha-Adam, es encon­trar al otro, es salir del anonimato. Sucede lo mismo cuando los humanos encuentran a su Creador: abandonan una con­dición de objetos, esclavos de las determinaciones sociales y biológicas, para acceder a una condición de sujetos, que par­ticipan en la libertad de Dios. El sentido de la historia huma­na -individual, comunitaria y mundial- es pasar de la es­clavitud a la libertad, de las relaciones de dominación a la era mesiánica en la que la justicia y la fidelidad se abrazan.

David Halévy hizo una pausa en su discurso y luego con­tinuó:

-Como ya han podido percibir, para nosotros, los judíos, nuestra referencia sagrada es la Torá. En su sentido amplio, está compuesta por la «tradición escrita», presente en la Bi­blia judía, y por la «tradición oral», fijada en el Talmud. Nu­merosos comentaristas, teólogos, filósofos y místicos, enri­quecen continuamente nuestra herencia con sus infinitas lecturas. Contrariamente a las tradiciones más dogmáticas, la nuestra se niega a cerrar de una vez para siempre el sentido de los textos; nuestra responsabilidad es interpretar la Torá, como los músicos interpretan una partitura. Y los matices no tienen límites...

Esta imagen de la interpretación como creación artística fascinó especialmente a Alain Tannier. Durante sus estudios de teología, había sufrido por los dogmatismos descubiertos no sólo en el cristianismo sino también en el islam.

-En tanto judíos, consideramos que la práctica es, en de­finitiva, más importante que las creencias. Lo primordial es observar los mitzvot, los mandamientos que Dios reveló en su encuentro con Moisés y en su acompañamiento fiel del pue­blo hebreo. Abraham, Isaac y Jacob son sus padres fundado­res. A lo largo de nuestra agitada historia, hecha de bajezas y de explotaciones, de crisis y de reconciliaciones, Dios nos ha interpelado sin cesar enviándonos profetas. Su misión con­sistía en recordarnos cómo debemos vivir según las exigen­cias divinas de justicia y compasión. Por otra parte, como re­cuerda Raphael Hirsch, Elohim es Dios en su justicia, mientras que el tetragrama YHWH es Dios en su misericordia. Los dos aspectos son inseparables. Dios es a la vez Aquel que manifiesta su compasión en la Providencia y Aquel que pone límites para que cada uno pueda vivir en su lugar y deje vivir a los otros en el suyo. Aquel que ha dicho: «Yo soy el que soy» (Éxodo 3,14) llama a su pueblo para que abandone cualquier forma de idolatría para participar en su santidad: «Sed san­tos, porque yo, el Señor, soy santo y os he separado de los de­más pueblos para que fueseis míos» (Levítico 20,26). La elec­ción que hizo Dios del pueblo judío a menudo ha sido mal comprendida. Elección no quiere decir predilección, sino lla­mada a servir a la humanidad como testimonio del movi­miento hacia la justicia y la misericordia en que Dios llama a todos los pueblos.


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