Por: Ana María Madrid Pau






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títuloPor: Ana María Madrid Pau
fecha de publicación14.03.2016
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CUENTOS DE MÁ

Por: Ana María Madrid Pau.
Desde la paz de mis montañas, rodeada de la magia de la naturaleza donde duerme a sus pies, la sencillez y el magnetismo del pueblo que me ha visto crecer haciéndose cómplice de mis sueños de mujer… desde aquí me dirijo a vosotras, las que un día amasteis a la luz de la luna, escuchando juramentos de amor bajo las estrellas hasta que… despertasteis en medio del horror. No hay noche azul cuando se esconde entre pegotes de maquillaje el dolor y las ojeras. Heridas que no dejan de sangrar, almas rotas de tanto llorar, sabiendo que cualquier día seréis noticia en las páginas de sucesos. Eso no es vida. Vidas que se escapan en manos de depravados… desprecio es lo que siento cuando escucho: <<…UNA VICTIMA MAS A MANOS DE SU PAREJA>>. A vosotras, a los hijos, a esos tantos llamados “calzonazos” que sufren y callan agotando sus días a escondidas, a las familias que empiezan sus días llevando flores a tumbas tristes que no deberían existir. Abramos los ojos a un mundo sin violencia. A todos vosotros, los que sufristeis, los que sufren ciegos por amor… os dedico mi cuento.
LAS FABUBAS DEL BOSQUE MORADO.

Estando el lince acicalándose los bigotes a la orilla del lago Marfil apareció entre sus cristalinas aguas el duende mandril, y dijole así:

-¡A ti te quería yo ver, bigote mimosón, especie en extinción, ágil cual gacela y de ella… cazador!, pues no te bastó con un simple revolcón, apuntaste alto que te lo digo yo-. El lince presumido caminaba con el rabo erguido, coqueteando al duende mandril con sonrisa picarona y mirada… feliz.

-Dices bien Duende amor. Y pregunto yo… ¿no tendrás nada que ver con este hechizo que de mi se apoderó?-.

-Oh lince rayado… truhán conquistador, no culpes a este duende noble confesor, pues
no soy yo el culpable de los blincos de tu corazón, que es por robarle un beso que ahora eres preso… de tan agradable dolor-.

-Duende sabio y fisgón, sabes bien que es agradable mi dolor. Pues la pinto en el lienzo de mi imaginación, la repaso con la punta de mi rabo convertido en pincel, hasta su más delicado rincón. Oh duende y gran señor, no quiero perderla, todavía no. Se que soy un Montes, un galán de largos bigotes y uñas afiladas, mirada selectiva y audaz cual diablo pues… la acecho en los rincones donde se que va a pastar, y retozo en la hierva que su hocico después... saboreará-.

-¡Ja, Diablo Montes… por ti lo quería saber! pues te advierto ya, que los machos de su manada por ella pelearán y uno de ellos la desposará. Estas perdido truhán galán pues tienes pequeñas orejas y ellos una gran cornamenta. Olvida a la bella hembra, un gato montes no tienen cabida en juegos de seducción de lindas gacelas. Regresa al bosque aléjate de la pradera-.

-Oh duende… no me seas juez perico. ¿Acaso no ves que muero por devorar su hocico?, ¿acaso no es justo si nuestros bigotes sonríen juntos que la aparte un tiempo de los suyos…? No habrán barreras que yo no salte por ella. Por mis colmillos te digo ya: que será mía y de nadie mas-.

-…Chiflado lince… gato truhán, no insistas en tu loco afán. Lo tienes prohibido y lo sabes ya y te digo más… no volverás a verla rayado gato montes, pues conozco bien tus colmillos manchados y desde hoy… corazón desgarrado, que soy fiscal y hoy tu juez y te prohíbo la entrada en el jardín del Edén-.

El gato presuntuoso, salvaje y arrogante lo tiene decidido, no le detendrá un mandril de acusado mazo. Y así fue como un pequeño truhán sedujo a una gran Dama. Arrastrándose en la pradera donde pastaba, despacito hasta lamerle los hocicos. Su tentador olor le consume removiéndole las entrañas provocando caricias de garras afiladas y con ellas…orejas de gacela desgarradas. La hembra asustada corre aterrada y él…mimosón, audaz seductor, frena su apresurada carrera. Galán en su asalto se acerca a besar en arrumacos su linda cara, arrullándola con su lomo al tiempo que con su cola altanera se la golpea una y otras vez, con un flageo seguido e insistente que le nubla el sentido, no entiende que pretende el gato enano que poco demuestra estar enamorado. La inocente hembra huye despavorida y el gato rayado de un salto se clava de garras en su aterciopelado lomo para… ¿amarla? La hembra cae revolcada en cama de hierba que se ve teñida con la sangre del virgo de su tierno cuerpo. Pues el lince, hambriento de

ella, hincó en su precioso cuello sus fuertes colmillos. Apretaba su mordida, excitado, saboreándola, desquebrajándola hasta… que sus patas se estiraron cubiertas de roja lava, río caliente de flujo inocente. Yace inmóvil la joven gacela. Y retoza orgulloso el gato montes, relamiéndose los bigotes con gran placer pues fue suya la gran Dama y de nadie más, sin batirse en peleas de cornamentas, solo él con sus pequeñas orejas. Mofándose del juez mandril y… de la ley de la selva. Y he aquí la moraleja: AL PRIMER ZARPAZO QUE VUELE LA AVEJA, QUE NADE LA TRUCHA Y SALTE LA CABRA MONTESA.

Ana María Madrid.






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