William Shakespeare el sueño de una noche de verano






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respectiva que ahorcarnos. Pero yo voy a agraviar la voz y os rugiré más suave que un pi­chón. Os rugiré como un ruiseñor.

MEMBRILLO

Tú no harás más que de Píramo, que Píramo es bien parecido y tan apuesto como el que más en día de pri­mavera. Muy guapo y todo un caballero. Así que tienes que hacer de Píramo.

FONDÓN

Bueno, pues me encargo de él. ¿Qué barba es mejor para el papel?

MEMBRILLO

La que tú quieras.

FONDÓN

Actuaré con barba de color paja, con barba cobriza, con barba carmesí o con barba dorada como una co­rona de oro francesa.

MEMBRILLO

Algunas coronas francesas ya no tienen pelo, así que tendrás que actuar afeitado. - Bueno, amigos, aquí te­néis los papeles. Os ruego, suplico y ordeno que os los aprendáis para mañana noche y que os reunáis con­migo en el bosque de palacio, a una milla de Atenas, a la luz de la luna. Allí ensayaremos, que, si nos junta­mos en la ciudad, la gente nos asediará y sabrá lo que tramamos. Mientras, haré una lista de los accesorios que requiere la comedia. Os lo ruego, no faltéis.

FONDÓN

Nos reuniremos y podremos ensayar con todo liberti­naje y sin temor. ¡Trabajad duro y sin fallos! ¡Adiós!

MEMBRILLO

Nos vemos junto al roble del duque.

FoNDóN

Conforme. El que falte, se la carga.
Salen.
II.i Entra un HADA por una puerta y ROBÍN EL BUENO por la otra.
ROBA

¿Qué hay, espíritu? ¿Dónde te encaminas?

HADA

Por valle y collado,

por soto y brezal,

por parque y cercado,

por fuego y por mar.

Por doquier me muevo presta,

como la luna en su esfera.

A mi Hada Reina sirvo

y en la hierba formo círculos.

Sus guardianas son las prímulas:

sus mantos dorados brillan

de rubíes, don de hadas;

vive en ellos su fragancia.

Traeré gotas de rocío, por prenderlas

en la oreja de estas flores como perlas.

Adiós, espíritu burdo; ya te dejo.

Nuestra reina se aproxima con sus elfos.

ROBÍN

Esta noche el rey aquí tiene fiesta;

procura que no se encuentre a la reina:

Oberón está cegado de ira,

porque ella ha robado a un rey de la India

un hermoso niño que será su paje;

jamás había robado niño semejante.

Oberón, celoso, quiere la criatura

para su cortejo, aquí, en la espesura.

Mas ella a su lindo amado retiene,

lo adorna de flores, lo hace su deleite.

Y ya no se ven en prado o floresta,

junto a clara fuente, bajo las estrellas,

sin armar tal riña que los elfos corren

y en copas de bellotas todos se esconden.

HADA

Si yo no confundo tu forma y aspecto,

tú eres el espíritu bribón y travieso

que llaman Robín. ¿No eres tú, quizá?

¿Tú no asustas a las mozas del lugar,

trasteas molinillos, la leche desnatas,

haces que no saquen manteca en las casas

o que la cerveza no levante espuma,

se pierda el viajero de noche, y te burlas?

A los que te llaman «el trasgo» y «buen duende»

te agrada ayudarles, y ahí tienen suerte.

¿No eres el que digo?

ROBÍN

Muy bien me conoces:

yo soy ese alegre andarín de la noche.

Divierto a Oberón, que ríe de gozo

si burlo a un caballo potente y brioso

relinchando a modo de joven potrilla.

Acecho en el vaso de vieja cuentista

en forma y aspecto de manzana asada;

asomo ante el labio y, por la papada,

cuando va a beber, vierto la cerveza.

Al contar sus cuentos, esta pobre vieja

a veces me toma por un taburete:

le esquivo el trasero, al suelo se viene,

grita «¡Qué culada!», y tose sin fin.

Toda la compaña se echa a reír,

crece el regocijo, estornudan, juran

que un día tan gracioso no han vivido nunca.

Pero aparta, hada: Oberón se acerca.

HADA

Y también mi ama. ¡Ojalá él se fuera!
Entran [OBERÓN] el rey de las hadas, por una puerta, con su séquito, y [TITANIA] la reina, por la otra, con el suyo.
OBERÓN

Mal hallada aquí, bajo la luna, altiva Titania.

TITANIA

¿Cómo? ¿El celoso Oberón? Corramos, hadas.

He abjurado de su lecho y compañía.

OBERÓN

¡Espera, rebelde! ¿No soy yo tu esposo?

TITANIA

Y yo seré tu esposa. Pero sé

que te has escabullido del País de las Hadas

y, encarnado en Corino, te has pasado el día

tocando el flautillo y recitando amores

a la enamorada Fílida. ¿Qué te trae aquí

de los remotos confines de la India

si no es, en verdad, que la esforzada amazona,

tu dama cazadora, tu amada guerrera,

va a casarse con Teseo y tú pretendes

dar al tálamo dichas y venturas?

OBERÓN

¿Y tú cómo te atreves, Titania, a mencionar

mi buen entendimiento con Hipólita

sabiendo que yo sé de tu amor por Teseo?

En la noche estrellada, ¿no le apartaste

de Perigenia, a quien sedujo?

¿No le hiciste ser infiel a la bella Egle,

a Ariadna y a Antíope?

TITANIA

Todo eso son ficciones de los celos.

Desde el principio del verano no nos hemos

encontrado en cerro, valle, prado o bosque,

junto a fuente pedregosa o arroyo con juncos

o a la orilla arenosa de los mares,

bailando en corro al son del viento, sin que tú

nos perturbes la fiesta con tus quejas,

a tal punto los vientos, silbándonos en vano,

como en venganza sorbieran de la mar

brumas malsanas que, al caer en la tierra,

han hinchado de tal modo los ríos más menudos

que los han desbordado de su cauce.

El buey ha tirado inútilmente del arado,

el labrador ha malgastado su labor

y aún tierno se ha podrido el trigo verde.

En el campo anegado el redil está vacío

y los cuervos se ceban en las reses muertas.

El terreno de los juegos se ha embarrado

y, por falta de uso, los laberínticos senderos

apenas se distinguen invadidos de hierba.

Los mortales añoran los gozos del invierno:

ni cánticos ni himnos bendicen ya la noche.

Tú has hecho que la luna, que rige las mareas,

pálida de furia bañe el aire

causando multitud de fiebres y catarros.

Con esta alteración estamos viendo

cambiar las estaciones: la canosa escarcha

cae sobre la tierna rosa carmesí

y a la helada frente del anciano Invierno

la ciñe, como en broma, una diadema

de fragantes renuevos estivales. Primavera,

verano, fecundo otoño, airado invierno

se cambian el ropaje y, viendo sus efectos,

el aturdido mundo no sabe distinguirlos.

Toda esta progenie de infortunios

viene de nuestra disputa, de nuestra discordia.

Nosotros somos sus autores y su origen.

OBERÓN

Pues ponle remedio. De ti depende.

¿Por qué Titania se opone a su Oberón?

Yo sólo te pido el niño robado

Para hacerlo mi paje.

TTTANIA

No te esfuerces: ni por todo

el País de las Hadas daría el niño.

Su madre me tenía devoción;

en el aire perfumado de la India

conversaba a mi lado muchas noches

y, sentada en la amarilla playa junto a mí,

observaba el navegar de los barcos mercantes.

Reíamos de ver cómo el viento retozón

hinchaba y preñaba las velas. Ella,

encinta de este niño, imitaba

los barcos con su andar grácil y ondulante

y en tierra navegaba por traerme

menudencias y, cual de una travesía,

regresaba junto a mí con rico cargamento.

Mas, siendo una simple mortal, murió en el parto;

por ella estoy criando yo a su hijo

y por ella no pienso separarme de él.

OBERÓN

¿Te quedarás aquí, en el bosque, mucho tiempo?

TITANIA

Quizá hasta después de las bodas de Teseo.

Si te avienes a bailar en nuestro corro

y a ver nuestra fiesta a la luz de la luna, ven.

Si no, rehúyeme, y yo evitaré tu territorio.

OBERÓN

Dame el niño y yo iré contigo.

TITANIA

Ni por todo tu reino. - Vámonos, hadas,

que tendríamos pelea si me quedara.
Salen [TITANIA y su séquito].
OBERÓN

Muy bien, vete. De este bosque no saldrás

hasta que te haya atormentado por tu afrenta. –

Mi buen Robín, acércate. ¿Recuerdas

que una vez, sentado en un promontorio,

oí a una sirena montada en un delfín

entonar tan dulces y armoniosas melodías

que el rudo mar se volvió amable con su canto

y algunas estrellas saltaron locas de su esfera

oyendo a la ninfa de los mares?

ROBÍN

Lo recuerdo.

OBERÓN

Aquella vez yo vi (tú no podías),

volando entre la fría luna y la tierra,

a Cupido todo armado. Apuntó bien

a una hermosa virgen que reinaba en Occidente

y disparó con energía su amoroso dardo

cual si fuera a atravesar cien mil corazones.

Mas yo vi que los castos rayos de la luna

detenían la fogosa flecha de Cupido

y que la regia vestal seguía caminando

con sus puros pensamientos, libre de amores.

Observé en dónde caía el dardo:

cayó sobre una florecilla de Occidente,

antes blanca, ahora púrpura por la herida

del amor. Las muchachas la llaman «suspiro».

Tráeme esa flor: una vez te la enseñé.

Si se aplica su jugo sobre párpados dormidos,

el hombre o la mujer se enamoran locamente

del primer ser vivo al que se encuentran.

Tráeme la flor y vuelve aquí

antes que el leviatán nade una legua.

ROBÍN

Pondré un cinto a la tierra en cuarenta minutos.
[Sale.]
OBERÓN

En cuanto tenga el jugo

esperaré a que Titania esté dormida

para verter el líquido en sus ojos.

Al primer ser vivo que vea cuando despierte,

sea un león, un oso, un lobo, un toro,

el travieso mono, el incansable simio,

lo seguirá con las ansias del amor.

Y antes que yo quite de sus ojos el hechizo

(y puedo quitárselo con otra planta),

haré que me entregue su paje.

Pero, ¿quién viene? Como soy invisible,

voy a escuchar su conversación.
Entra DEMETRIO seguido de HELENA.
DEMETRIO

No te quiero, así que no me sigas.

¿Dónde están Lisandro y la bella Hermia?

A él le mataré; ella me mata a mí.

Me dijiste que se escondieron en el bosque:

pues aquí estoy, delirando en el bosque

porque no encuentro a mi Hermia.

¡Vamos, vete y deja de seguirme!

HELENA

Tú me atraes, imán duro y despiadado!

No es que yo sea hierro: mi alma es fiel

como el acero. Pierde tú el poder de atraer

y yo no tendré poder para seguirte.

DEMETRIO

¿Acaso te incito? ¿Acaso te adulo?

Más bien, ¿no te digo con toda franqueza

que ni te quiero ni podré quererte?

HELENA

Y yo te quiero más por decir eso.

Soy tu perrita: Demetrio, cuanto más

me pegues tú, yo seré más zalamera.

Trátame como a tal: dame golpes, puntapiés;

desatiéndeme, abandóname, mas consiente

que, indigna como soy, pueda seguirte.

¿Qué peor lugar tendría yo en tu afecto

(aun siendo para mí un puesto de honor)

que ser tratada como tú tratas a tu perro?

DEMETRIO

No fuerces tanto el odio de mi alma,

que sólo de verte ya me pongo malo.

HELENA

Y yo me siento mal si no te veo.

DEMETRIO

Tú arriesgas demasiado tu recato

saliendo de Atenas y entregándote

en brazos de quien no puede quererte,

confiando a los azares de la noche

y a la tentación de estas soledades

el rico tesoro de tu virginidad.

HELENA

Tu virtud es mi garantía, porque

no es de noche si veo tu cara,

y por eso no me siento expuesta a la noche.

Y al bosque no le falta la compañía del mundo,

pues tú eres para mí el mundo entero.

¿Cómo se puede decir que estoy sola

cuando aquí está el mundo entero para verme?

DEMETRIO

Huiré de ti, me esconderé entre las matas

y te dejaré a merced de las fieras.

HELENA

Ni la más cruel tiene tu corazón.

Corre si quieres; se invertirá la historia:

huirá Apolo, y Dafne le dará caza;

la paloma perseguirá al buitre, la gacela

correrá por atrapar al tigre. ¡Vana carrera

cuando huye el valor y persigue el miedo!

DEMETRIO

No pienso discutir más. Déjame

o, si me sigues, ten por cierto

que voy a hacerte daño aquí, en el bosque.

HELENA

Sí, daño ya me haces en la iglesia,

en la ciudad, en el campo. ¡Demetrio, por Dios!

Tus agravios deshonran a mi sexo:

no luchamos por amor, como los hombres,

pues son ellos quienes han de hacer la corte.
[Sale DEMETRIO.]
Te seguiré, y de mi infierno haré un cielo

si va a darme muerte quien yo tanto quiero.
Sale.
OBERÓN

Adiós, ninfa. Antes que salga del bosque,

él te seguirá, enfermo de amores.
Entra
ROBíN.

Bienvenido, andarín. ¿Traes la flor?

ROBIIv

Sí, aquí la tengo.

OBERÓN

Te lo ruego, dámela.

Hay una loma en que florece el tomillo,

brotan las violetas y los ciclaminos,

pergolada de fragante madreselva,

de rosales trepadores y mosquetas.

Parte de la noche duerme allí Titania,

arrullada entre las flores tras la danza;

su piel esmaltada deja allí la sierpe,

ropaje que a un hada de sobras envuelve.

Yo con esta esencia le untaré los ojos

y la llenaré de torpes antojos.

Tú llévate un poco; busca en la enramada

a una ateniense que está enamorada

de un joven ingrato: úntale a él los ojos

de forma que vea, primero de todo,

a la propia dama. Podrás conocerle

porque va vestido con ropa ateniense.

Hazlo con cuidado, de modo que esté

más loco por ella que ella por él.

Ven a verme antes de que cante el gallo.

ROBÍN

Tu siervo lo hará. No tema mi amo.
Salen.
II.ii Entra TITANIA, reina de las hadas, con su séquito.
TITANIA

Vamos, bailad en corro y cantad.

Después, por unos segundos, partid:

unas, a matar larvas en los capullos de rosas;

otras, a quitar a los murciélagos el cuero

de sus alas para hacerles capas a mis elfos;

y otras, a alejar al búho que, de noche,

ulula de asombro ante nuestra finura.

Arrulladme; después, a trabajar mientras duermo.
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