Domingo XXX t. O. Ciclo a 2014






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fecha de publicación09.03.2016
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DOMINGO XXX T.O. CICLO A 2014

Todos reconocían, sin duda la desconcertante sabiduría de Jesús. Sin embargo, los fariseos y los saduceos andaban siempre haciéndole preguntas tramposas: «¿Es lícito pagar tributo al César?», «Una mujer, casada sucesivamente con siete hermanos, ¿con cuál de ellos vivirá en el "más allá"?» ¡Eran terribles! ¡Qué paciencia Dios mío!

Pero, prescindiendo de ese «morbo», la verdad es que la pregunta que le hace hoy el doctor de la ley es bien importante y hay que agradecérsela: «¿Cuál es el primer mandamiento?»

Porque, daos cuenta. Los judíos andaban atrapados en un laberinto de leyes. ¡613 constituían la tela de araña en la que habían desgranado los 10 mandamientos de Moisés! 365 leyes en atención a los días del año y 248 recordando los huesos que entonces se creía que tenía el cuerpo humano. Como para volverse locos. ¡Era, ya lo comprendéis, como caminar por un campo de minas!

La sabiduría popular de siempre nos ha dicho que «el que mucho abarca, poco aprieta» y que «hay que temer al hombre de un solo libro». Efectivamente, una de las más frustrantes sensaciones que va teniendo el hombre de hoy es la de estar metido en tantos quehaceres y compromisos, que, a la hora de la verdad, no llega a fondo a ninguno.

Si algún calificativo les cuadra a muchos ciudadanos de nuestra época es el de la «superficialidad», ya que mariposean en todo, sin profundizar en nada. No iba descaminada, por tanto, la pregunta de aquel fariseo: « ¿Cuál es el primer mandamiento?» Y Jesús le dijo: «Amar a Dios sobre todas las cosas». Palabra de Dios. No hacía falta que hubiera añadido más. Punto. Porque amar, conseguir que el móvil de todas nuestras acciones sea el amor, es ir llegando a la esencia del cristianismo.

"AMARAS AL SEÑOR TU DIOS". Esa fue la respuesta de Jesús a la pregunta de los fariseos, interesados por el mandamiento principal. Y es la respuesta del evangelio a todos los que estamos interesados en saber qué es lo importante, lo fundamental.

El amor de Dios es lo primero, y es lo fundamental, es decir, lo que sostiene o debe sostener toda la vida y obras de los creyentes. Porque Dios se nos ha revelado como amor, como el que nos quiere, como nuestro Padre. Por eso el ser hombre, más aún, el ser creyente, no puede consistir sino en corresponder con amor al amor de Dios.

Y esto es fundamental, porque sabemos que Dios nos quiere, no porque seamos buenos o malos, sino porque Él es bueno. De modo que el amor de Dios es gratuito, y así funda también la gratuidad del amor entre los hombres. Si sólo queremos a los que nos quieren la consecuencia es inevitable, también odiaremos a los que nos odian. Y así nos salimos del principio de gratuidad que debe regir el amor y nos instalamos en eso que llamamos amor, pero que no lo es, “el te amo para que me ames”.No, eso no es amor, porque esta impregnado de egoísmo. Y dónde hay egoísmo no hay amor, porque el amor o es gratuito o no es amor.

Pues bien, para concretar ese amor a Dios, no sea que nos quedemos en teorías, Jesús añade:" Y AMARAS A TU PROJIMO COMO A TÍ MISMO". La respuesta de Jesús se completa con el amor al prójimo. Nos dice que no se puede amar a Dios si no se ama al prójimo. O si queréis, que la demostración de que amamos a Dios es que amamos al prójimo. Como veis Jesús no responde sólo a una pregunta, sino que la complementa, porque –repito-podemos quedarnos en una bonita teoría.

El amor de Dios es el fundamento de todo, y por tanto debemos amarle a Él, pero sólo será verdad ese amor que le decimos tener a Él, al que no vemos, si amamos al prójimo a quien si vemos. Así Jesús quiere evitar que sus interlocutores se anden por las ramas, y nos ayuda a aterrizar en lo concreto y con nuestros semejantes. De esta manera se evita también el narcisismo religioso de los que creen amar a Dios en abstracto, llenando su tiempo libre de prácticas religiosas, pero sin dar después cabida a la caridad, a la justicia y a la solidaridad con los demás.

No se puede amar a Dios, cuando se hace imposible la vida a los demás. Ni hay amor a Dios, cuando nada se hace por hacer posible la vida a todos. Así el amor al prójimo se convierte en el cristianismo, en el termómetro que nos indica si amamos y en qué medida amamos a Dios. S. Juan evangelista, lo dice muy claro para que todo el mundo lo entienda:”Quien dice que ama a Dios a quien no ve y no ama al prójimo a quien ve, es un mentiroso”.¿Queréis mas claridad?

"Pero quiero recalcar lo de “COMO A TI MISMO”. A Dios hay que amarle con todo el corazón, con toda el alma y con todas las fuerzas, es decir, sin limitación. Pues así hay que amar al prójimo, sin medida, pero como eso de sin medida suena demasiado abstracto, la medida que Jesús nos da, es amar al prójimo como me amo a mi mismo. Queda claro pues que al amor al prójimo, no puede ser un amor de beneficencia o de limosna o de lastima. Es lo mismo que decir: Lo que no quieras para ti, no lo quieras para los demás. Más aún, lo que quieres y deseas para ti, quiérelo y deséalo para los otros.
Eso es el amor cristiano, la caridad. Y por tanto todo lo que no sea eso, no es cristiano, no es la caridad y el amor que Cristo nos enseña y recomienda, lo que Él practicó hasta el extremo, de dar su vida por nosotros.

El amor, eso es todo. Sin amor al prójimo, no hay amor a Dios; y sin amor a Dios, no hay cristianismo y entonces todo se viene abajo, porque todo se reduce fundamentalmente al amor. Toda la ley y los profetas se sustentan en el amor. Claro que Jesús se refiere a la Ley de Moisés, que los expertos y sabihondos del despiste la habían convertido en una maraña de leyes, precisamente para escabullirse de lo principal. No, si tontos no eran, más bien se pasaban de listos.

Sin amor a los otros como a nosotros mismos, se cumple lo de "puesta la ley puesta la trampa". Y así vemos cómo la convivencia se degrada con el hambre, la miseria, el paro, la pobreza, y tantas otras indignidades reinantes, que no son más que consecuencia de que el amor no es como el que Cristo nos enseña, sino que está impregnado de egoísmo y a menudo se reviste de una limosna o beneficencia para tranquilizar la conciencia.

AMIGOS, TODO SE REDUCE A LA IGUALDAD. Porque el amor sólo es posible entre iguales. Entre desiguales puede darse la piedad, la compasión, la misericordia, la beneficencia..., aspectos todos importantes del amor, pero que no son aún el amor. El principal mandamiento, el amor a Dios y al prójimo como a uno mismo, es un alegato ineludible en favor de la igualdad entre los hombres y entre los pueblos, y en contra de toda discriminación, acepción de personas, y jerarquía de seres humanos dependiendo de razas o lenguas.

Todo esto significa que el otro no puede ser menos que yo, ni los otros menos que nosotros. Y debemos de reconocer que eso se da y entre los que se dicen seguidores de Cristo. Y puesto que reina la desigualdad, el único camino para hacer posible el mandamiento del amor es el camino de la igualdad, al menos el camino que vaya eliminando distancias y acercando a todos hacia aquella igualdad que no sólo sea ante la ley, sino en la realidad y en la vida.

San Pablo ha expresado y de que manera la que significa amar y como se debe amar y lo ha hecho en ese conocido capitulo 13 de la carta a los corintios. Será bueno que lo repaséis con calma, por si todavía hay alguien que no entiende lo que significa el amor según Cristo.

¿Seré yo el número «uno»- dice Pablo- porque hable magistralmente «proclamando el evangelio a todas las gentes»? No, amigos míos, si no lo hago desde el amor. ¿Seré el más perfecto-dice- si «distribuyo mis bienes a los pobres»? Tampoco, si es acción llamativa que no procede del amor.

¿Llegaré al ideal más alto-dice- si «arrojo mi cuerpo a las llamas?» ¡Que no, amigos, que no! Todo eso no vale nada, si no lo mueve el amor.

El pobrecito de Asís- S. Francisco- lo entendió muy bien. Por eso le decía a Fray León, cuando, aterridos de frío, en medio de la nieve, llegaban a Santa María de los Ángeles: «Si ahora, al llegar, el portero no nos recibe, sino que nos apalea y nos arroja a la nieve, y nosotros lo sufrimos por amor de Cristo bendito, escribe que en eso está la verdadera alegría».

Por ahí van los tiros. Por eso, hay que proveerse de grandes dosis de ese néctar maravilloso que es el amor. Con él hay que rociarlo todo.

Y así, no vayáis al trabajo solo por «obligación», sino por amor.

No deis limosna por «tranquilizar la conciencia», sino por amor.

No vayáis a misa solo «porque está mandado», sino por amor.

No os privéis de tal acción, solo «porque es pecado y el pecado es causa de condenación», sino porque el pecado no cabe dentro de las reglas del amor.

Id identificándoos, en fin, con los sentimientos del poeta del célebre soneto:

“No me mueve, mi Dios, para quererte
el cielo que me tienes prometido,
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.

Tú me mueves, Señor, muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido,
muéveme ver tu cuerpo tan herido,
muévenme tus afrentas y tu muerte.

Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera,
que aunque no hubiera cielo, yo te amara,
y aunque no hubiera infierno, te temiera.

No me tienes que dar porque te quiera,
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera”

Eso es: «Muéveme, en fin, tu amor». Esa es la Ley. Lo demás es lo de menos, no tengáis ninguna duda.

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