Sinopsis: El castillo de los Cárpatos se alza en lo alto de la meseta de Orgall, en la legendaria Transilvania, tierra de brujerías y de vampiros.






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El castillo de los Cárpatos

© Editado por Lic. Luis Miranda

Cortesía de www.jverne.net



Género: Novela

Año de publicación: 1892

Sinopsis:

El castillo de los Cárpatos se alza en lo alto de la meseta de Orgall, en la legendaria Transilvania, tierra de brujerías y de vampiros. Esta fortaleza en ruinas, rodeada de sombríos misterios, según la viva y ardiente imaginación de las gentes del condado, es visitada por espíritus de otros mundos, los fantasmas de los antiguos moradores, los señores de Gortz.
Un conde, Franz de Télek, llegado a la región tras un viaje por Italia, se propone investigar los extraños fenómenos que ocurren en el castillo encantado para comprender su verdadero carácter y reducirlos a la realidad científica. Este alto propósito lo lanzará a una sucesión de extraordinarias aventuras, en las que brilla una vez más el genio narrativo de Julio Verne.


Capítulo I
Esto no es una narración fantásti­ca; es tan sólo una narración nove­lesca. ¿Es preciso deducir que, dada su inverosimilitud, no sea verdade­ra? Suponer esto sería un error. Pertenecemos a una época donde todo puede suceder. Casi tenemos el derecho de decir que todo acontece. Si nuestra narración no es verosímil hoy, puede serlo mañana, gracias a los elementos científicos, lote del porvenir, y nadie opinará que sea considerada como leyenda. Por otra parte, no se inventan leyendas al término de este práctico y posi­tivo siglo XIX; ni en Bretaña, la co­marca de los montaraces korrigans, ni en Escocia, la tierra de los brow­nies y de los gnomos, ni en Norue­ga, la patria de los ases1 de los elfos2 de los silfos y de lis valqui­rias3 ni aun en Transilvania, donde el aspecto de los Cárpatos se presta por sí a todas las evocaciones fantásticas. No obstante, conviene hacer notar que el país transilvano está todavia muy apegado a las supersticiones de los antiguos tiempos.

M. de Gérando ha descrito estas provincias de la extrema Europa. Eliseo Reclus las ha visitado, pero ninguno de los dos ha dicho nada que se relacione con la curiosa na­rración objeto de este libro. ¿La conocieron? Tal vez, pero acaso no han querido dar fe a la leyenda. Esto es sensible, pues la hubieran referido, el uno con la precisión del historiador, el otro con aquella poe­sía natural en él y derramada en sus relaciones de viaje.

Puesto que ni uno ni otro lo han hecho, voy yo a intentarlo.

El 29 de mayo de aquel año, un pastor apacentaba su rebaño a la orilla de un verde prado, al pie del Retyezat, que domina un valle fértil, cubierto de árboles de rama­je recto y enriquecido con bellas plantaciones. Las galernas que vie­nen del noroeste arrasan durante el in­vierno este terreno descubierto y sin abrigo. Entonces, según la frase del país, se le hace la barba, y algu­nas veces muy al rape.

Aquel pastor no tenía nada de los de la Arcadia en su traje, ni nada de bucólico en su actitud. No era un Dafnis, ni un Amintas, ni un Tityre, ni un Licidas, ni un Me­libeo. El Lignon no murmuraba a sus pies, encerrados en gruesos zue­cos de madera. Estaba junto al río de Valaquia, cuyas aguas frescas hubieran sido dignas de correr por entre las sinuosidades de que se habla en la novela Astrea.

Frik Frik, natural de Werst (así se llamaba el rústico pastor), tan descuidado de su persona como las bestias; bueno para habitar en aque­lla zahurda construida a la entrada de la aldea, y donde sus cameros y sus puercos vivían en revuelta prouacrerie, única voz tomada del antiguo idioma que conviene a los piojosos apriscos del distrito.

El immanum pecus apacentado por dicho Frik, era immanior ipse. Echado sobre un mullido otero, dor­mía el pastor, un ojo cerrado, el otro alerta, con la gran pipa en la boca, silbando de vez en cuando a sus perros si alguna oveja se ale­jaba del prado, o tocando el cuer­no, cuyo sonido repercutía en los ecos de la montaña.

Eran las cuatro de la tarde. El sol declinaba en el horizonte. Hacia la parte Este divisábanse algunas cúspides, cuyas bases estaban como sumergidas en flotante bruma. Al S.O., dos gargantas de la cordillera dejaban pasar un oblicuo haz de luz solar, como el punto luminoso que se filtra por una puerta entor­nada.

Este sistema orográfico pertenece a la parte más selvática de la Tran­silvania, comprendida bajo la deno­minación del distrito KlausenbKurg u olosvar.

La Transilvania es un curioso fragmento del imperio de Austria; dicha región se llama en lengua ma­gyar «El Erdely», o, lo que es igual, «el país de los bosques». Se halla limitada al Norte por Hungría, por Valaquia al Sur, y por Moldavia al Oeste. Ocupa una extensión superficial de sesenta mil kilómetros cuadra­dos, o sean seis millones de hectá­reas  próximamente la novena parte de Francia ; es una especie de Suiza, pero una mitad más vas­ta que los dominios helvéticos, aun­que sin ser más poblada. Con sus llanuras destinadas al cultivo, sus ri­cos pastos, sus valles caprichosamente delineados, sus soberbias montañas, la Transilvania, ondula­da por las ramificaciones plutóni­cas de los Cárpatos, está cruzada por numerosos ríos que van a en­grosar con sus tributos los caudales del Theiss y del soberbio Danubio, cuyas Puertas de Hierro, algunas millas al Sur4 cierran el desfiladero de la cordillera de los Balkanes, en la frontera de Hungría y del Im­perio otomano.

Tal es el antiguo país de los da­cios, conquistado por Trajano en el siglo I de la Era cristiana. La inde­pendencia que disfrutó bajo Juan Zapoly y sus sucesores hasta 1699, tuvo fin con Leopoldo I, que la anexionó a Austria. Pero sea lo que sea su constitución política, ha sido ocupada por diversas razas, que, aunque se codean, no llegan a fu­sionarse; los valacos o rumanos, los húngaros, los tsyganes, los szeklers, de origen moldavo, y los mismos sajones, a quienes las circunstancias de lugar y tiempo acabarán por magyarizar en provecho de la uni­dad de Transilvania.

¿A qué carácter típico de los enunciados pertenecía el pastor Frik? ¿Era acaso un descendiente degenerado de los antiguos dacios? Difícil sería resolver estas cuestio­nes al ver su cabellera en desorden, su cara atezada, su barba enmara­ñada, sus espesas cejas, recias como dos cepillos de crines rojizas; sus ojos garzos, entre azules y verdes, y cuyos lagrimales húmedos estaban rodeados del círculo senil. Parecía hombre de unos sesenta y cinco años. Es robusto, alto, seco y er­guido bajo su capisayo amarillento, no tan peludo como el pecho que cubre. Un pintor no desdeñaría tras­ladar al lienzo su silueta cuando, cubierta la cabeza con un sombre­ro de esparto, verdadera tapadera de paja, se apoya sobre el puntiagudo cayado y queda tan inmóvil como una roca.

En el momento en que penetra­ban los rayos del sol a través de las cortaduras del O., Frik se vol­vió; puso su mano, medio cerrada, a guisa de catalejo   como si hu­biese hecho de ella una bocina , y estuvo mirando atentamente.

En la claridad del horizonte, y como a una milla larga, muy em­pequeñecido por la distancia, se di­bujaban los contornos de un anti­guo castillo sobre una aislada cima de la garganta de Vulcano, la parte superior de una meseta, llamada «meseta de Orgall». Bajo los cam­biantes de la luz poniente, se des­tacaba aquel edificio claramente con esa precisión de las vistas de un estereoscopo. Sin embargo, preciso era, que se hallase el pastor dotado de poderosa vista para distinguir al­gún detalle de aquella masa lejana.

Ved aquí que de repente, y mo­viendo la cabeza, exclama:

-«¡Viejo, viejo! ... ¡Cómo te pavoneas sobre tus cimientos! Tres años  más, y ya no existirás,  porque tu haya no tiene ya más que tres ramas.»

Dicha haya, plantada al extremo de uno de los bastiones de la cer­ca del castillo, resaltaba con su ne­grura sobre el azul del cielo, cual un delicado dibujo de papel pica­do, y a duras penas fuera visible para otro que no fuese Frik a seme­jante distancia. En cuanto a la ex­plicación de las palabras que ha pronunciado el pastor, basadas en una leyenda del castillo, será dada a su debido tiempo.

 «Sí, repitió: tres ramas... Ayer había cuatro, pero la cuarta cayó esta noche... ¡Ya no queda más que el muñón! Yo no cuento más que tres en la horcajada... ¡Tres, tres nada más, viejo cas­tillo!»

Cuando se considera a un pas­tor desde el punto de vista ideal, la fantasía hace de él un ser so­ñador y contemplativo, que conferencia con los astros, habla con las estrellas y lee en el firma­mento. Pero la verdad es que ge­neralmente no pasa de la catego­ría de un bárbaro ignorante. A pe­sar de todo, la pública credulidad no vacila en atribuirle el don de lo sobrenatural; tal hombre posee ma­leficios, y si está de humor, conju­ra los sortilegios, así sobre las per­sonas como sobre las bestias, que para el caso viene a ser lo mismo; vende polvos amorosos, filtros y fórmulas mil. Hasta llega a tornar estériles los campos, lanzando so­bre ellos piedras encantadas, y deja infecundas a las ovejas tan sólo con hacerles mal de ojo. Y tales su­persticiones son propias de todos los tiempos y países. Aun en las regiones más adelantadas, no se pasa en el campo por delante de un pastor sin dirigirle alguna frase amistosa, algún saludo afectuoso, llamándole también «pastor». Un saludo con el sombrero puede ser el medio de librarse de malignas influencias, y en los caminos de Transilvania no es donde menos su­cede esto.

Frik era, pues, considerado como un mago, como un evocador de fantásticas apariciones. Según unos, obedecían a su voz vampiros y en­driagos; según otros, se le solía encontrar, al declinar de la luna, en las noches oscuras, como se ve en otras comarcas en el año bisiesto, montado sobre la compuerta de los molinos, hablando con los lobos o mirando a las estrellas.

Frik dejaba decir, y no le iba mal. Vendía hechizos y contrahechi­zos. Pero ¡observación curiosa! él mismo era tan crédulo como su clientela, y si bien no creía en sus propios sortilegios, daba fe a las le­yendas que corrían por la comarca.

Así, pues, no hay que asombrar­se de que hiciese aquel pronóstico referente a la próxima desaparición del antiguo castillo, puesto que el haya sólo tenía ya tres ramas; ni hay que asombrarse de que le faltase tiempo para llevar la noti­cia al pueblo, a Werst.

Después de haber juntado el re­baño, soplando hasta desgañitarse en la larga y blanca bocina de ma­dera, Frik tomó el camino de la aldea. Avivando al ganado, se­guíanle sus perros, dos semigrifos bastardos, ariscos y feroces, que más bien parecían dispuestos a de­vorar ovejas que a guardarlas. El ganado se componía de una cente­na de carneros moruecos y ovejas, de las cuales una docena eran de primer año y el resto de tercero y cuarto año, o sea de cuatro y de seis dientes.

Este ganado pertenecía al juez de Werst, el biró Koltz, que paga­ba al concejo un fuerte derecho de contribución de ganadería, y que apreciaba mucho al pastor Frik por sus habilidades de esquilador y ve­terinario entendido en lo que se re­fiere a todas las plagas de origen pecuario.

Marchaba el rebaño en masa com­pacta, a la cabeza la oveja cencerra y a su lado la oveja birana, hacien­do sonar su esquila en medio de la confusión de balidos.

Al salir del prado, Frik tomó por un ancho sendero, bordeando exten­sos campos, donde ondulaban her­mosas espigas de trigo, ya muy crecido sobre las altas cañas; veían­se también algunas plantaciones de «kukurutz», que es el maíz de aquel país. El camino conducía a la ori­lla de un bosque de pinos y abetos de pobladas copas. Más abajo, el Sil extendía su brillante agua, fil­trada por los guijarros del álveo y sobre el que flotaban los fragmentos de madera aserrada en las se­rrerías de río arriba.

Perros y carneros se detuvieron en la margen derecha y se pusie­ron a beber con avidez al ras de la ribera, removiendo la hojarasca de los matorrales.

Werst no distaba de allí más de tres tiros de fusil, al otro lado de un espeso bosque de raíces, formado de esbeltos árboles y de esos desmirriados plantones que crecen tan sólo algunos pies del suelo. Di­cho bosque se extendía hasta la garganta de Vulcano, cuya aldea, que lleva este nombre, ocupa una altura escarpada en la vertiente me­ridional de los macizos del Plesa.

A aquella hora la campiña es­taba solitaria; hasta entrada la no­che no volvían a sus hogares las gentes del campo; Frik no pudo cruzar su saludo tradicional con na­die. Ya abrevado su rebaño, iba a internarse entre los pliegues del valle, cuando en la revuelta del Sil apareció un hombre, como a unos cincuenta pasos río abajo.

 ¡Hola, amigo! gritó el pastor.

Aquel hombre era uno de esos mercaderes que recorren el distrito. Se les encuentra en las ciudades, en los pueblos y hasta en las más hu­mildes aldeas. No es obstáculo para ellos el hacerse comprender; hablan todas las lenguas. Aquel, ¿era ita­liano, sajón o valaco? Nadie hubie­ra podido decirlo. En realidad era judío polonés, alto y delgado, de afilada nariz y barba puntiaguda, frente abultada y ojos muy vivos.

Era vendedor ambulante de anteojos, termómetros, barómetros y relojes de bolsillo. Lo que no guar­daba en el morral que, sujeto con correas, llevaba a la espalda, lo col­gaba del cuello o de la cintura; un verdadero buhonero, algo así como un escaparate semoviente.

Probablemente el judío partici­paba del respeto o del temor que los pastores inspiran. Así que sálu­dó a Frik con la mano. Después, en lengua rumana, que participa del latín y del eslavo, dijo con acento extranjero:

 ¿Qué tal marchamos, amigo?

-Marchamos con el tiempo, res­pondió Frik.

 Entonces hoy habrá ido bien. ¡Con este tiempo! ...

 Mañana irá mal, porque llo­verá.

 ¿Lloverá? Exclamó el buhonero. ¿Es que en vuestro país llueve sin nubes?

-Las nubes ya vendrán esta no­che... ¡y por allá abajo, por el lado malo de la montaña!

 ¿Y cómo Veis eso?

 En la lana de mis carneros, que está áspera y seca como pelle­jo curtido.

 Pues tanto peor para los que tengan que andar por esos caminos.

 Y tanto mejor para los que se queden en la puerta de su casa.

 Hay que tener una casa, pastor.

 ¿Tenéis hijos? dijo Frik.

 No.

 ¿Sois casado?

 No.

Preguntóle esto Frik, porque es costumbre en el país preguntarlo a los que se encuentran.

Después añadió:

 ¿De dónde venís, buhonero?

 De Hermanstadt.

Hermanstadt es una de las prin­cipales poblaciones de Transilva­nia. Al abandonarla se encuentra el valle del Sil húngaro, que descien­de hasta el arrabal de Petroseny.

 ¿Y adonde váis?

 A Kolosvar.

Para llegar a Kolosvar, basta su­bir en dirección del valle del Ma­ros; después, por Karlsburg y si­guiendo las primeras estribaciones de los montes Bihar, se está en la capital del distrito. Un camino que no tendrá más de veinte millas.

En verdad, que estos mercaderes de barómetros, termómetros y cas­cajos, evocan siempre la idea de se­res diferentes, de una andadura algo hoffmanesca, peculiar a su ofi­cio. Venden el tiempo en todas sus formas: el que pasa, el que hace, el que hará, como otros venden cestos, tricots o algodones. Se diría que son los viajantes de la casa «Saturno y Compañía», bajo la en­seña «Arenas de Oro». Sin duda éste fue el efecto que el judío produjo a Frik, el cual contemplaba, no sin asombro, aquella instalación de objetos nuevos para él, y cuya aplicación desconocía.

 ¡Eh, señor buhonero! preguntó alargando el brazo. ¿Para qué sir­ve eso que castañetea en vuestra cintura, como los huesos de un vie­jo colgado?

 Son cosas de valor, respondió el mercader; objetos útiles para todo el mundo.

Y guiñando el ojo, exclamó Frik:

 ¿A todo él mundo? ¿Y tam­bién a los pastores?

 También.

 ¿Y para qué sirve esa maqui­naria?

 Esta maquinaria, respondió el judío moviendo un termómetro en­tre sus manos, os dice si hace calor o frío.

 ¡Vaya, amigo! Pues yo no ne­cesito de ella para saberlo cuando sudo bajo mi capisayo o cuando ti­rito bajo mi hopalanda.

Evidentemente: esto debe bastar a un pastor, que no se preocupa gran cosa de los porqués de la ciencia.

 ¿Y ese grueso cascajo con su aguja? repuso señalando un baró­metro aneroide.

 No es un cascajo, sino un ins­trumento que os dice si mañana hará buen tiempo, o si lloverá.

 ¿Es de veras?

 De veras.

 Bueno, replicó Frik: pues yo no lo querría, aunque sólo costase un kreutzer5. Me basta ver las nu­bes que se arrastran por la monta­ña, o que cruzan por cima de los­ más altos picos, para saber, con veinticuatro horas de anticipación, el tiempo que va a hacer. Mirad. ¿Véis aquella bruma que parece salir del suelo? Pues ya os lo he dicho, eso significa que mañana tendremos agua.

Verdaderamente, el pastor Frík, gran observador del tiempo, no ne­cesitaba barómetro.

 ¿Y tampoco os hará falta un reloj? dijo el buhonero.

 ¡Un reloj!... Tengo uno que anda solo. Está colgado sobre mi cabeza... El sol. Mirad, amigo: cuando está sobre la punta del Do­dük, significa que es medio día; y cuando parece que mira al aguje­ro de Egelt, es que son las seis. Mis carneros lo saben tan bien como yo, y mis perros como los carneros. Guardad, pues vuestros cachivaches.

 ¡Vaya! repuso el buhonero. Muy negro me habría de ver para hacer fortuna, si no tuviera más clientes que los pastores. ¿De manera que no necesitáis nada?

 Absolutamente nada.

Por lo demás, todas aquellas mer­caderías baratas eran de muy me­diana fabricación. Los barómetros no concordaban bien sobre el va­riable o el buen tiempo fijo; las agujas de los relojes marcaban ho­ras muy largas o minutos muy cor­tos. En fin, una engañifa. ¡Acaso el pastor lo sabía! Por eso no que­ría comprar nada de aquello. Sin embargo, ya iba a recobrar su ca­yado, cuando, cogiendo una espe­cie de tubo colgado de una correa del buhonero, le dijo:

 ¿Para qué sirve este tubo?

 No es tal tubo.

 Será pues, una pistola, dijo el pastor.

 No, dijo el judío: es un anteojo.

Era, en efecto, uno de esos an­teojos comunes que agrandan cinco o seis veces los objetos, o que los aproximan otro tanto, lo que pro­duce el mismo resultado.

Frik había cogido aquel instru­mento, y le contemplaba, dándole vueltas entre sus manos, haciendo salir y entrar los cilindros.

Después, moviendo la cabeza:

 ¡Un anteojo! dijo.

 Sí, pastor; un magnífico an­teojo, que os alargará mucho la vista...

 ¡Ah! ... Yo tengo muy buenos ojos, amigo. Cuando el tiempo está claro, veo las últimas rocas, hasta la cresta del Retyezat, y los últimos árboles en el fondo de los desfila­deros del Vulcano.

 ¿Sin entornar los ojos?

 Sin entornar los ojos,  gracias al rocío de la noche, que me limpia la pupila.

 ¿El rocío? dijo el otro. Pron­to os dejará ciego.

 ¡Ah! A los pastores no.

 Bien... Si tenéis buenos ojos, yo los tengo mejores cuando los aplico a mi anteojo.

 ¡Tendrá que ver eso!

 Vedlo ...

 ¡Yo! ...

 Probad.

 ¿No me costará nada? pregun­tó Frik, desconfiado por naturaleza.

 Nada; a menos que no os de­cidáis a comprarme el aparato.

Tranquilo ya sobre este particu­lar, Frik tomó el anteojo, cuyos tubos graduó el buhonero. Después, de haber cerrado el ojo derecho, Frik aplicó el ocular al izquierdo, y empezó a mirar hacia las mon­tañas del Vulcano, subiendo hacia el Plesa; después bajó el instru­mento, enfocándole hacia el pueblo de Werst.

 ¡Calla! exclamó. ¡Pues es ver­dad! Alcanza más que mis ojos... Allí está la calle Mayor. Reconoz­co a las personas... Veo a Nic Deck, el guarda que vuelve de su ronda, con la mochila a la espalda y la carabina al hombro.

 ¡Cuando yo os lo decía! ob­servó el buhonero.

 Sí, sí. Nic es, añadió el pas­tor. ¿Y quién es aquella mujer que sale de casa del amo Koltz, con falda roja y corpiño negro, como si fuese al encuentro de Nic?

 Mirad atentamente, y recono­ceréis a la muchacha, como habéis reconocido a Nic.

 ¡Ah! sí ... ¡Es Miriota! ... ¡La bella Miriota! ... ¡Ah!. .. ¡Los no­vios! ... Esta vez tienen que an­dar con cuidado, porque yo los tengo al alcance de mis ojos, y no pierdo ninguna de sus caran­toñas.

 ¿Y qué decís de este aparato?

 ¡Ah! Que hace ver desde muy lejos.

El asombro de Frik al coger por primera vez un anteojo para mirar la aldea Werst, indicaba lo atrasa­do que este pueblo se encontraba. Si esto era o no verdad, bien pron­to lo veremos.

 Pastor, dijo el mercader: se­guid, seguid mirando... Más allá de Werst. Este pueblo está muy cerca... ¡Mirad mucho más allá! ...

 ¿Y tampoco me costará nada?

 Tampoco.

 Bueno... Voy a mirar hacia el Sil  húngaro... Sí; allí está el cam­panario de Livadzel... Le conoz­co por la cruz, a la que le falta un brazo. . . Más allá, en el valle, entre los abetos, veo el campana­rio de Petroseny, con su gallo de hoja de lata, con el pico abierto, como si llamara a las gallinas... ¡Calle! ... Y allí abajo veo una torre que sobresale por entre los árboles... Debe de ser la torre de Petrilla. Vaya, voy a seguir miran­do, porque supongo que el precio será siempre el mismo...

 El mismo, pastor.

Frik miraba entonces hacia la lla­nura de Orgall; siguió después con­templando la sombría masa de los bosques situados sobre las vertien­tes del Plesa, y enfocando el objetivo a la lejana silueta del castillo, exclamó:

 Sí ... la cuarta rama está en tierra ... La había visto bien. .. Nadie irá a recogerla para hacer una tea la noche de San Juan. Na­die irá... Ni yo... Sería arriesgar el cuerpo y el alma. Pero hay uno que la recogerá esta noche, para llevarla al fuego del infierno. Éste es el Chort.

Así se llama al diablo cuando se le evoca en las conversaciones del país.

Acaso el judío iba a pedir explicación de aquellas palabras in­comprensibles para el que no fuese de Werst o de sus cercanías, cuan­do Frik exclamó con voz en la que el espanto se mezclaba a la sorpresa:

 ¿Qué es aquella nube que sale del torreón? ¿Es bruma? No; pa­rece humo... Pero no es posible... Desde hace siglos y siglos no echan humo las chimeneas del castillo…

 Si veis humo, es que lo hay pastor.

 No, buhonero, no. Es que el cristal de vuestro anteojo está empañado.

 Limpiadle, pues.

 Voy a hacerlo.

Y después de haber frotado lo vidrios del anteojo con su manga, volvió a mirar.

Efectivamente; lo que salía del torreón era humo. Aquella colum­na subía recta, en el aire tranquilo, y su penacho se confundía con las nubes. Frik, inmóvil, no hablaba ya, concentrando toda su atención sobre el castillo, cuya sombra iba ascendiendo hasta llegar al nivel del llano de Orgall. De pronto bajó el aparato, y llevándose la mano a la alforja que bajo su sayo llevaba, preguntó:

 ¿Qué vale esto?

 Florín y medio, , respondió el buhonero.

Por poco  que Frik hubiese rega­teado, hubiera dado el anteojo en un florín; pero el pastor no re­gateó.

Bajo el influjo de una estupe­facción tan grande como inexplica­ble, metió la mano en su alforja y sacó el dinero.

 ¿Es para vos el anteojo? pre­guntó el buhonero.

 No; para mi amo.

 Entonces, él os reembolsará.

 Sí... Los dos florines que me cuesta.

 ¡Cómo dos florines!

 Sí... de ahí para arriba. Bue­nas tardes, amigo.

 Buenas tardes, pastor.

Y Frik, silbando a sus perros y reuNicndo su rebaño, subió a buen paso en dirección a Werst.

Mirándole marchar el judío, mo­vió la cabeza, y murmuró:

 De haberlo sabido, le pido más por el anteojo.

Después de arreglar sobre sus hombros y cintura su mercancía, tomó la dirección de Karlsburg, vol­viendo a bajar por la margen de­recha del Sil.

¿Dónde iba? Poco nos importa. Él no hace más que pasar en esta novela... No le volveremos a ver más.

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