Síntesis de la Obra: El Anillo del Nibelungo






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títuloSíntesis de la Obra: El Anillo del Nibelungo
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fecha de publicación07.03.2016
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No en vano, una vez concluida la guerra y derrotada Alemania, las cuatro democracias aliadas - Estados Unidos, la Unión Soviética, Inglaterra y Francia - llevarían a cabo precisamente en Nuremberg, el juzgamiento de los altos jerarcas alemanes capturados, transformando así a esa ciudad en un símbolo de oprobio y de la derrota total del odiado régimen. Símbolo éste que mantienen avivado hasta nuestros días.
Cabe agregar que la polarizacion ideológica que caracterizó al régimen nacionalsocialista alemán lo convirtió a Wagner en un héroe cultural, junto a genios como Goethe, Beethoven, Bruckner, Richard Strauss[54], el escultor Arno Breker y los directores de orquesta, Karl Böhm, Wilhelm Furtwängler, Clemens Krauss y Hans Knappertsbusch. Tristemente, esta realidad tiene también otra cara - oscura por cierto - ya que se condenaban al ostracismo a obras de músicos judíos como Felix Mendelsohn-Batholdy[55] y Gustav Mahler. También se produjeron excesos como la conocida y trillada quema de libros, que incluyó las obras de Einstein y Freud, lo que señala una vez más que las mayorías suelen simplificar ad absurdum problemas harto complejos, y obrar de manera irracional.
Por mas que la historiografía oficial impuesta por los Aliados vencedores en la Segunda Guerra Mundial lo soslaye, el democratismo también pervadía al Nacionalsocialismo que llegó al poder gracias a haber logrado una amplia mayoría electoral en las recurrentes elecciones que tuvieron lugar durante la democrática República de Weimar de los años veinte y principios de los treinta.
Cabe agregar, sin embargo, que este fenómeno de la politización de la cultura no solo lo podemos comprobar en la Alemania de los años treinta, por cuanto aún hoy en día se producen hechos aberrantes similares a éstos. El Estado de Israel, por ejemplo, prohibe ejecutar cualquier obra de Wagner en público, como así tampoco permite su transmisión por radio y televisión. Cuando a principios de los años ochenta el conocido director hindú, Zubin Mehta, quiso incluir la obertura de “Tristán e Isolde” en el programa de un concierto de la Orquesta Filarmónica Israelí en Jerusalén, su ejecución fue interrumpida por grupos fanáticos de judíos de la derecha fundamentalista y ortodoxa, que, aún hoy, no toleraron que resuenen los sones wagnerianos en la democrática Israel. Esa prohibición se mantiene vigente en el estado judío.
Resulta interesante señalar, sin embargo, que no son pocos los judíos que brindaron importantes servicios a la obra wagneriana. Desde Hermann Levi, director judío que ejecutó la primera puesta en escena de Parsifal en Bayreuth en 1882, pasando por numerosos excelentes directores wagnerianos como el alemán Otto Klemperer, el húngaro Georg Solti y en nuestros días, el estadounidense, James Levine. Hoy Levine es uno de los mejores directores wagnerianos, cuyas versiones en la Metropolitan Opera House de Nueva York se cuentan entre las mejores.


Crítica al capitalismo y a los movimientos masificadores

El Anillo también ha sido objeto de interpretaciones altamente politizadas como ocurrió con la puesta en escena realizada en el Teatro de los Festivales de Bayreuth en 1976, según la regie del francés, Patrick Chéreau, quién hizo aparecer a los dioses vestidos en tuxedos como los grandes capitalistas y banqueros del siglo XIX, a los Nibelungos en overalls de obreros, mientras que la escenografía del Nibelheim representaba una usina industrial con grandes engranajes y vapores. Una clara visión marxista de la obra wagneriana.
Nadie duda que el Anillo puede interpretarse como una suerte de crítica al capitalismo industrial del siglo pasado que, ya hoy a fines del siglo XX, tan solo ha moderado algunas de sus facetas sociales mientras que ha crecido hasta abarcar y dominar al planeta entero.
Como lo señala el estudioso judeo-inglés, Paul Lawrence Rose en su ensayo, Wagner:Race and Revolution, ya en su primer ópera importante, Rienzi, Wagner "anticipó aspectos de la posterior historia - la política de masas, la propaganda, el principio del Führer (liderazgo) - de tal manera que ha sido tachada de 'ópera fascista'. Pero como siempre ocurre con Wagner, una ambivalencia característica complica las cosas por cuanto Wagner incorpora en esta ópera una crítica al fenómeno revolucionario que él mismo propone" "En Rienzi, Wagner desarrolló su tema revolucionario alrededor de la relación entre un líder revolucionario y su pueblo. Wagner concibió a Rienzi como a un redentor popular mesiánico....un líder carismático de una república.....él veía su ópera como una combinación de 'pathos masivo-musical'.....en la que la política revolucionaria se llevaría a cabo a través de la manipulación artística de las masas".[56]
Resulta un hecho innegable que el Anillo contiene una clara intencionalidad política que no solo se relaciona con los eventos políticos contemporáneos en Alemania y Europa durante la segunda mitad del siglo XIX, sino que también contiene una visión de cuál debiera ser el sistema político bajo que debe regir al Hombre ideal descripto por Wagner. Ya no incursiona en aspectos teóricos sino, todo lo contrario, su mensaje se aleja de consideraciones de doctrina - o dogma - política, para concentrarse en realidades prácticas: la unidad de una estirpe humana enraizada en tradiciones nacionales, estrechamente ligadas a su historia, sus gestas heróicas, su lengua y su geografía.
Por eso, a pesar de propagar un mensaje universal acerca de la eterna posibilidad de redención del alma humana, Wagner deja en claro que su mensaje va dirigido a un determinado conjunto humano y únicamente a éste. La magia que vemos en sus puestas en escena y que oímos en la orquesta y en el canto, es en realidad la magia del inconsciente colectivo de los pueblos caucásicos, tanto según el cuerpo mitológico germano, como en base a leyendas cuyo origen es mucho más lejano.
La obra wagneriana difícilmente se ajuste a la idiosincrasia - o al sentir - de pueblos asiáticos, indios o africanos. Ello no quita que esos pueblos puedan apreciar su obra estéticamente, de la misma manera en que nosotros podemos apreciar los valores culturales de esos mismos pueblos pero siempre conscientes de que se trata de valores ajenos; de “lo otro” y no de lo propio. Wagner es propio de los pueblos caucásicos.
Como hemos dicho, este mensaje tiene aristas nacionalistas y raciales, y conforma un mensaje profundamente político en el sentido más amplio del término. Pues se relaciona con la manera en que los hombres sienten el universo y la naturaleza que los circunda; se relaciona de la manera en que los hombres interactúan con lo invisible y con el cosmos; en síntesis, se enraíza en los más profundos procesos psicológicos colectivos e individuales del hombre.
Esta vivencia luego se refleja en una manera determinada de organizarse - se trate de una tribu, una estirpe o una nación entera -, y en una forma determinada de percibir el orden social, la forma de sus leyes, sus costumbres y su escala de valores. De ahí que la obra wagneriana - texto y música - resulte visceralmente antidemocrática, por cuanto rechaza el concepto formal y doctrinario de la democracia como único sistema político que ha de servir a todos los pueblos.
Si la violencia que hoy rige al mundo es indicio de algo, innegablemente lo es del fracaso de la pretensión occidental de imponer a sangre y fuego de ser preciso, su paradigma político-social a todo el mundo. Y cuando esa panacea doctrinaria democrática no surte los resultados que promete - en el papel al menos -, entonces comprobamos grandes conflictos. En la actualidad, esta realidad la reflejan influyentes y poderosos analistas políticos como Samuel Huntington, quién prevé que este proceso nos conduce hacia un desenlace - violento por cierto - que conforma verdaderos choques de civilizaciones.[57]
La doctrina incipiente wagneriana pareciera indicarnos que no existe, ni debe existir jamás, una única doctrina para todos los pueblos, sino más bien que la naturaleza nos enseña la diversidad y que a cada etnia, a cada raza, a cada pueblo se le debe permitir organizarse y vivir según su propio estilo, costumbres y paradigmas políticos y sociales. Como le dice Wotan a Frika en el segundo acto de La Valkiria, "alles ist nach seiner Art" - Todo es según su propia naturaleza.
Concluimos el presente capítulo refiriéndonos nuevamente al creador del nacionalsocialismo alemán, Adolf Hitler, quién desde muy temprana edad se vio profundamente influido por las corrientes mitológicas germánicas que estaban en boga a principios de siglo en su Austria natal y en el sur de Alemania. Ello lo muestra, por ejemplo, un breve y extraño poema que compuso a los 26 años en el otoño de 1915, mientras combatía para el Ejército Imperial alemán durante la Primer Guerra Mundial.
En el mismo encontramos ya su temprana relación con la simbología wagneriana de las runas, las espadas, el combate, el árbol del mundo, la magia y el dios Wotan. Resulta interesante ver una breve traducción del mismo:

A veces, en las noches amargas, voy al roble de Wotan.
rodeado de silencioso fulgor,
Para forjar una alianza con los poderes nocturnos.
Las letras rúnicas que hace la luna con su mágico hechizo y
todos los que durante el día están llenos de impudicia,
¡Se vuelven pequeños ante la fórmula mágica!
Ellos arrojan lanzas de acero pero en vez de dar en el blanco,
se solidifican en estalagmitas.
Así, los falsos son separados de los verdaderos.
Yo llego a un nido de espadas y doy entonces con mi fórmula
bendiciones y prosperidad a los buenos y a los justos.”[58]

Cap. IV - Consideraciones psicológicas -

Und doch, ´s will halt nicht gehn;
Ich fühl´s und kann´s nicht verstehn,
kann´s nicht behalten, - doch auch nicht vergessen:
und fass ich es ganz, kann ich´s nicht messen!
R. Wagner - Die Meistersinger von Nürnberg, Acto II, Esc. 3[59]

La sutil magia inherente en la obra wagneriana pareciera tener la facultad de hablarle al inconsciente colectivo del hombre o, al menos al del hombre occidental. Si como se puede inferir de Leví-Strauss, la música es la "voz del inconsciente", en Wagner se transforma en el correlato natural y poderoso de la teoría de los arquetipos propuesta por el psicólogo suizo, Carl G. Jung. En su monumental obra, Jung desarrolla la idea de que, contrariamente al mito positivista imperante en el mundo democrático actual, el hombre no nace con una psiquis virgen, como si se tratara de una tabula rasa sobre la cuál la educación y la sociedad la forma y conforma, transformando así al ser humano en una persona "civilizada".
De la misma manera que observamos los mitos modernos del tiempo y el progreso lineal, la psicología freudiana moderna nos propone la infinita educabilidad del hombre por cuanto nuestra psicología actual se centra primordialmente sobre la conciencia individual. El inconsciente es meramente personal y, según las escuelas freudianas, deviene en subconsciente - algo de innegable menor calidad que la conciencia racional. El subconsciente freudiano se transforma en depositario de los contenidos conscientes personales devenido en inconscientes, sea a causa de algún trauma psíquico demasiado doloroso para la conciencia o, sino a raíz de traumas sufridos en la niñez, que apenas formados en la conciencia inmediatamente se hundieron en lo inconsciente.
Ahí quedan aprisionados - especialmente si son de naturaleza sexual según la obsesiva focalización de Siegmund Freud - como si se tratara de aguas servidas, listos para motorizar los más complejos comportamientos psicóticos y traumas de todo tipo. Para Jung, sin embargo, mucho más importante que el pequeño bagaje de cargas subconscientes de origen personal, son las cargas inconscientes de origen colectivo.
Estas cargas psicológicas las recibimos como herencia de nuestros padres y de toda la extensa cadena de antepasados que se entrecruzan y pierden en la más remota antigüedad. Jung lo denomina el "inconsciente colectivo", por cuando se trata de un inconsciente compartido por un conjunto amplio y muy numeroso de seres humanos, etnia o raza. A estas cargas psíquicas colectivas las denominó "arquetipos".
Los arquetipos son estructuras psíquicas autónomas (o sea, van mas allá de las circunstancias externas del tiempo y del espacio de cada individuo) con las que nacemos. Conforman predisposiciones innatas hacia un complejo conjunto de sentimientos, imágenes y racionalizaciones. A nacer, el hombre se encuentra con su bagaje de arquetipos "vacíos" de contenido, por así decirlo, que solo va "llenándose" con las imágenes físicas y conceptos abstractos contingentes del tiempo, espacio y medioambiente en el cuál nacemos. O sea, los arquetipos son las predisposiciones psíquicas innatas en el hombre que luego proyectará sobre su mundo circundante para darles sustancia.
Jung identifica a otros arquetipos como el de la sombra (nuestro lado oscuro y barbárico), dios, la muerte, el ánima (la imagen femenina dentro del hombre) y el ánimus (la imagen masculina dentro de la mujer), entre otros. Rara vez identificamos los arquetipos como tales, ya que para la mayoría de las personas, se los suele proyectar sobre nuestro entorno, por lo que los "vemos afuera" como reflejos cargados de profunda significancia. La carga de energía psíquica que portan los arquetipos no es intelectualizable por lo que afecta nuestras emociones y sentimientos.
A modo de ejemplo, el arquetipo de dios conforma la carga psíquica que hace que intuyamos que detrás del mundo de los cinco sentidos existe el Creador, una inteligencia cósmica, un orden y un sentido trascendentales. Esta carga la proyectamos sobre el mundo y la percibimos según nuestro entorno cultural, relacionándonos con ella según un conjunto de ritos, mitos, leyendas y símbolos que nos permiten comprender y asir al arquetipo, el cuál, insistimos, escapa a toda intelectualización.
De esta manera, un cristiano percibe el arquetipo de Dios como Cristo y participa del misterio de la misa; un musulmán lo percibe como Alá y participa del misterio de Ramadán y de la peregrinación a la Mecca; un Egipcio de la antigüedad lo hubiera percibido como Osiris, Isis y Horus; y un hombre moderno no creyente lo puede percibir como la ciencia o la "diosa razón" con su rito democrático. En la actualidad, para muchas personas descreídas de las religiones establecidas el arquetipo de dios se ha desplazado hacia fabulosos seres de alguna civilización superior extraterrena. Aún un marxista cae prisionero del arquetipo al endiosarlo a Marx o a Lenín, con gigantescas imágenes de sus figuras y, en el caso de Lenin, llegando al extremo de embalsar su cuerpo cuál mágica reliquia que durante décadas fue objeto de culto entre millones de seres, al menos hasta la rápida caída y desmistificación de la "religión" marxista-leninista hace una década.
De manera similar, el lado oculto del hombre - su lado femenino - cobra enorme energía en la imagen de la mujer: el arquetipo del ánima, según Jung. Nuevamente, se trata de una estructura psíquica que cumple diversas funciones - desde la atracción física necesaria para perpetuar la especie, hasta el amor puro que arrastra a proezas heroicas de máximo nivel - pero que escapa a la racionalidad y nos obliga a vivir la vida. El arquetipo de la mujer "ideal" que todo hombre porta en algún rincón de su corazón, se ve luego proyectada sobre alguna mujer de carne y hueso de la que se "enamora". Por eso el enamoramiento entre el hombre y la mujer es uno de los fenómenos psíquicos más colectivas que hay, a pesar de que - como todo el que ha estado enamorado cree “saber” - su propio amor es “único en el mundo”.
La primer proyección del arquetipo del ánima suele ser sobre la propia madre u otra mujer del entorno familiar inmediato, pero a medida que el varón va creciendo, la sociedad se encarga de generar todos los tabúes[60] necesarios para que la proyección del arquetipo del ánima siempre lo sea sobre mujeres fuera del entorno biogenético y familiar inmediato. De que el hombre vive totalmente dominado por el arquetipo del ánima y la mujer por el del ánimus dan prueba los innumerables cuentos, poesías, leyendas, novelas, dramas y obras de todo tipo a través de milenios de historia cuyo motivo es siempre el mismo y cuyo drama se repite una y otra vez: la proyección que se produce del arquetipo del ánima sobre una mujer real y, análogamente, el ánimus en la mujer, luego poco tiene que ver con esa mujer humana. Ello se transforma en fuente de desilusiones y frustraciones, más el hecho de que este mismo drama se reitere una y otra vez, resulta mudo testigo de la fuerza del arquetipo.
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