Síntesis de la Obra: El Anillo del Nibelungo






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Richard Wagner:

El
Profeta
de la
Edad de Hierro

- Adrian Salbuchi -

Buenos Aires, 1998

Richard Wagner: el Profeta de la Edad de Hierro, © Adrian Salbuchi, Buenos Aires, 1998

Richard Wagner:
El Profeta de la Edad de Hierro

Prólogo -

5

Introducción -

6

Wagner y el Fin de los Tiempos -

El Orden Tradicional –

Metáfora del mundo moderno

Cap. I - El hombre y su mundo -

22

El Anillo del Nibelungo -

Nietzsche

Cap. II – Consideraciones estéticas -

30

La estructura musical wagneriana

Los libretos wagnerianos

Las puestas en escena

Interpretaciones en múltiples niveles -

Cap. III – Consideraciones políticas -

43

Antisemitismo -

Racismo -

Nacionalismo -

Crítica al capitalismo y la masificación -

Cap. IV – Consideraciones psicológicas -

53

La doctrina de los arquetipos de Carl G Jung -

El Hombre que vendrá -

Animales emblemáticos -

El bosque wagneriano

Wagner y los sueños -

Wagner y los fluidos –

Los metales: oposición entre el oro y el acero -

Cap. V – Consideraciones iniciáticas -

71

La iniciación -

Cap. VI – Consideraciones proféticas -

74

Cap. VII - Parsifal: El Avatara de Acuario

79

Discografía recomendada -

83

Bibliografía -

86

Síntesis de la Obra: El Anillo del Nibelungo

87

Síntesis de la Obra: Parsifal

109

Richard Wagner: El Profeta de la Edad de Hierro

Prólogo -


"Pero el día en que suene la trompeta del séptimo Ángel
y se escuche su voz, se cumplirá el misterio de Dios,
conforme al anuncio que Él hizo a sus servidores,
los profetas"
Apocalípsis de S. Juan - 10, 7.


Escribir un ensayo sobre Richard Wagner es riesgoso. A lo largo de más de un siglo, se han escrito innumerables trabajos analíticos, biográficos y descriptivos acerca de su obra, lo que hace que cualquier aporte nuevo a esta amplia bibliografía, conlleve la pregunta implícita de: ¿para qué otro más?
Muchos de estos trabajos son buenos; otros, no tanto. Muchos han bregado en favor del Maestro, inspirados en el innegable valor estético de sus monumentales óperas. Otros se han alineado decididamente en su contra, arrastrados por el violento rechazo de ciertos aspectos de la personalidad de Richard Wagner o, más aún, de su cosmovisión y posición ideológica.
Por eso, este trabajo no pretende hacer ningún aporte a lo que se conoce de la vida de Wagner, su entorno y los aspectos musicales y estéticos de sus obras. Nuestra pretensión es, más bien, filosófica e interpretativa. Pretendemos ofrecerle al lector una nueva visión acerca de cómo interpretar el significado de la principal obra de Wagner, El Anillo del Nibelungo, y de la que consideramos como un corolario de ésta: su último gran trabajo, Parsifal.
Creemos que Wagner tenía una intencionalidad sutil cuando compuso ambas obras. Que, consciente o inconscientemente, volcó en ellas valores filosóficos de gran profundidad que trascienden en mucho cualquier apreciación superficial de sus libretos y partituras. Estamos ante obras auténticamente iniciáticas, vale decir, obras que pueden servir de vehículos que viabilizan estados psíquicos superiores. Ello, a condición de que el receptor de la obra se esfuerce en analizarla a fondo y se encuentre anímica y espiritualmente preparado para beneficiarse con su mensaje.
En rigor de verdad, la obra wagneriana debe interpretarse en distintos niveles para poder entonces apreciarla en toda su magnitud y profundidad. Pero ello presupone un gran esfuerzo de concentración y meditación. Pues, en rigor de verdad, Wagner no entretiene. Decididamente, no. Enseña. No divierte; sino concentra. No se lo puede tomar como un pasatiempo, ya que conforma un viaje hacia mundos desconocidos; hacia cumbres y abismos que nos causan vértigo.
Finalmente, dejamos en claro que las ideas aquí expuestas únicamente reflejan las impresiones del autor, y que de ninguna manera pretendemos poner palabras en boca del Maestro, salvo cuando específicamente trascribimos sus textos. Sólo nos proponemos ofrecer al lector una visión diferente acerca de Wagner; una interpretación distinta, alineada con un conjunto de tradiciones y valores que poco - o nada - tienen que ver con los paradigmas del mundo moderno. Sabemos que ello puede aparece chocante; revolucionario, incluso. Pero ese es nuestro desafío al lector: ingresar a un mundo e imbuirse de una cosmovisión radicalmente distintas a las del materialismo que hoy impera por doquier. Ese es el mundo de Wagner.

Introducción -

".....La última es la Edad de Hierro duro.
De inmediato, todo crimen se precipitó
en la edad del peor metal:
el deber, la verdad y la confianza huyeron,
y en su lugar se establecieron
las mentiras y las astucias,
las trampas, la violencia
y el criminal deseo de poseer."
(Ovidio, “Metamorphoses” -
libro primero, Las Cuatro Edades).

".....también la obra de arte,
productora de presentimientos,
tal como la crea el ansioso artista,
se unirá con el mar de la vida futura."
(Richard Wagner -
"La Poesía y la Música en el Drama del Futuro")


Wagner y el Final de los Tiempos

En una era sin profetas, algo o alguien debe ocupar el lugar que en otros tiempos ocuparon los augures. El racionalismo materialista de nuestra época difícilmente acepta que cierto tipo de hombres y mujeres puedan tener experiencias místicas que trasciendan el tiempo y el espacio. Toda literatura sobre esta realidad queda relegada a las estanterías de las mal-llamadas “ciencias ocultas”, a menudo, lado a lado con ensayos sobre brujerías, adivinaciones, tarots, astrologías trasnochadas y un cúmulo de supersticiones y supercherías banales que pueblan las librerías de nuestras ciudades.
Ello, sin embargo, nos señala que, a pesar de toda la tecnología moderna, de la globalización económica y de la democracia universalizada, millones y millones de personas sienten la falta de una conexión coherente y fuerte con lo trascendente y con el reino de lo invisible. Esa carencia debe satisfacerse de alguna manera, aún a riesgo de que se lo haga a través de torpes supersticiones que de manera arbitraria y subjetiva, pretenden unir las tradiciones herméticas con un pseudocientificismo que las haga más aceptables al gusto y paradigma moderno.
Esto no hace mas que echar un manto de duda y sospecha sobre toda obra o ensayo que pretenda internarse en el estudio serio de las tradiciones iniciáticas, gnósticas y proféticas que en muchas instancias se intercalan con las grandes religiones, el arte tradicional y los cuerpos mitológicos de la humanidad. Pues a través del tiempo y en diversos lugares, se verifica la existencia de obras de arte y textos filosóficos y religiosos que dan prueba de auténtico valor gnóstico, según la acepción griega de la palabra: la Gnosis, como Conocimiento - con mayúscula - directo de la Realidad trascendente.
De aquella Realidad que se ubica más allá de lo meramente intelectual y del entendimiento racional, puesto que se enraíza en el espíritu y en las fuerzas de lo inconsciente, particularmente de lo inconsciente colectivo. El Conocimiento y Sabiduría que parecen emanar de la Tradición gnóstica, se habrían esfumado del mundo moderno, que los ha reemplazado por un simple saber intelectual, y por el “estar informado”. Así, con ese exagerado énfasis en lo intelectual, el hombre cada vez más se transforma en un mero portador de datos y de entendimiento formal.
Desde hace muchos siglos, la tradición gnóstica ha sido combatida por la fe oficial y sus dogmas indiscutibles, cuya administración entre los creyentes corre por cuenta de las iglesias oficiales. Ello ha sido particularmente evidente en el accionar político y social de la Iglesia Católica. El camino de la gnosis, sin embargo, lejos de ser ancho y poblado como el de la simplista fe, suele ser angosto, solitario y escarpado; es un camino transitado por pocos.
Como decimos, toda época necesita de profetas y augures. En este fin de milenio, las grandes religiones parecen haber abdicado de esta función y necesidad vital de la psiquis colectiva, por lo que en los últimos tres siglos han sido los artistas los que a menudo fueron llamados a cumplir con esa necesidad de canalización de las corrientes del espíritu inconsciente colectivo. Corrientes espirituales colectivas que, por estar inmersas en la atemporalidad del inconsciente, suelen dar forma a los hitos mayores que marcan el desenlace del destino colectivo. Ello se manifiesta a través de símbolos, mitos y leyendas.
Trascienden el tiempo y el espacio, preanunciando grandes cambios externos y a veces grandes catástrofes que no son mas que el reflejo de transmutaciones internas que se suscitan en la psiquis colectiva. "Cuando los eventos del futuro se aproximan, primero vemos acercarse sus sombras....", decía el gran dramaturgo alemán, Johann von Goethe.
En este orden de cosas, nadie como Richard Wagner logró plasmar en su magnífica obra artística esta intuición sobre los grandes cambios que ya hoy muchos intuyen que se encuentran próximos a transformar el mundo, y que marcan el fin de un amplio ciclo en el devenir y desarrollo de la humanidad.
En términos cósmicos, no solo estamos inmersos en el inminente fin del mes platónico de Piscis, ingresando en el de Acuario, sino que estos tiempos coinciden con el fin de un ciclo completo mucho más amplio que abarca más de 25.000 años, y que corresponde a lo que la Tradición identifica como "Año Platónico"[1]. Como veremos, este orden cósmico asume un simbolismo involutivo que se refleja sobre la tierra y entre los hombres, ya que se corresponde con un proceso regresivo en el carácter y en la calidad de la vida psíquica colectiva de la humanidad. Contrariando el pensamiento positivista de estos tiempos, desde la más remota antigüedad la Tradición enseña que el devenir del tiempo no es lineal como piensa el hombre moderno, tendiendo siempre hacia un progreso indefinido según el paradigma positivista, sino más bien cíclico, atravesando etapas definidas, ora evolutivas, ora involutivas.
De la misma forma en que el año se divide en meses y estaciones y su conclusión tan solo representa un nuevo comenzar, al Gran Ciclo o Año Platónico se lo divide, a su vez, en doce meses y sus cuatro estaciones o "edades", se ven caracterizadas por la creciente decadencia en la vida anímica de la raza humana. Esta metáfora refleja el devenir de las cuatro estaciones del año vulgar: primavera, verano, otoño e invierno, que el hombre experimenta en su propia vida como niñez, juventud, madurez y senectud.
Denominamos este proceso como involutivo, debido a que el mismo implica que el hombre se aleja del Conocimiento intuitivo ya que su centro de gravedad anímico se desplaza cada vez más hacia lo racional, lo consciente y lo intelectual, mientras se distancia del sustrato irracional, inconsciente e intuitivo de la psiquis. A mayor exaltación del intelecto, el hombre adquiere mayor control sobre su entorno, lo que lo arrastra a un antropocentrismo unilateralizado en lo consciente que lo persuade de que nada hay que él no pueda realizar; con lo que termina considerándose a sí mismo como el "señor de la creación". Nadie puede negar que este proceso hacia lo intelectual ha permitido los grandes adelantos tecnológicos de la época moderna, pero ello ha sido al precio de haber olvidado sus orígenes y de haber perdido sus raíces inconscientes.
La psicología nos enseña que la energía de lo inconsciente siempre termina aflorando; que no se la puede ignorar. Hoy toma al hombre por sorpresa, lanzándolo hacia guerras, luchas sociales y crímenes ya que su intelecto termina aplicándose para toda clase de funciones destructivas y disolventes. Y todo ello, muy a pesar suyo, lo que ha hecho que cada vez más. el hombre deje caer los brazos ante su propia impotencia para revertir el creciente caos social que afecta a su mundo. Este caos global, tangible y verificable todos los días a través de los noticieros y los diarios, no es más que un reflejo de un caos mucho mayor y más sutil que es el caos psicológico individual en cuya oscuridad el hombre moderno se encuentra inmerso. Dado que en la economía cósmica nada es gratis y a toda acción le corresponde una reacción de orden similar, los logros gigantescos del hombre conseguidos gracias a su hiperdesarrollo intelectual, se pagan con la reacción oscura e irracional desencadenada desde lo inconsciente
Aunque esta visión del destino humano suene pesimista, en rigor de verdad no lo es; seguramente, los amplios ciclos que rigen el devenir histórico se corresponden con un orden mucho mayor y menos visible a nuestras estrechas miras, que a través de los eones nos ha de conducir hacia un destino repleto de significancia. Posiblemente, algún sutil orden cósmico determine que el hombre deba transitar paso a paso el aprendizaje de cada lección en toda su extensión. Así, para que el pensamiento racional y la conciencia evolucionen y se consoliden como características permanentes de la psiquis humana, deben atravesar amplios períodos de exacerbación y unilateralidad excesiva, como pareciera ser el caso en los tiempos modernos.
En lo inmediato, este proceso puede que obligue a que todo el mundo se encuentre desequilibrado, pero si pudiéramos elevarnos a un marco temporal más amplio, seguramente estas distorsiones se resolverían dentro de un orden superior, algo que con nuestro limitado conocimiento intelectual no alcanzamos a divisar. Como dijera el poeta místico inglés, William Blake, "you never know what is enough until you know what is more than enough" - no se sabe cuánto es suficiente hasta que se sabe aquello que resulta más que suficiente. Que en su largo trajinar por el camino laberíntico que conduce hacia un acercamiento a lo divino, el hombre deberá vivir estas dolorosas etapas hasta sus últimas consecuencias, es la ley de hierro de su aprendizaje.
Desde hace milenios, esta realidad se ha simbolizado de diversas maneras en las grandes religiones mundiales y en las ciencias Tradicionales las que, contrariamente al paradigma moderno del progreso ilimitado, ven en el devenir del hombre un proceso más bien cíclico y accidentado. Cuando a partir de determinado estadio la vida psíquica y espiritual del hombre se aleja del orden cósmico volviéndose excesivamente egocéntrica, entonces ese devenir se torna involutivo y termina en la disolución y muerte del orden imperante. Ello conforma el paso previo necesario para dar lugar a una nueva ronda que permita volver al "tiempo de la inocencia", precondición para todo nuevo comenzar.
De la misma manera en que los hombres envejecen como individuos, también lo hacen las razas, las civilizaciones y las naciones en su vida colectiva.
Contrariamente a lo que pueda parecer a primera vista, esta cosmovisión no es nihilista ni negativa; al menos no lo es más que la aceptación de la muerte individual como una realidad concreta. En verdad, de lo que se trata es de contemplar el significado de la vida del hombre desde un marco temporal más vasto que permita comprender las sutiles leyes cósmicas que nos sujetan. De la misma manera que todo hombre y toda mujer saben que, al igual que sus descendientes, algún día morirá, también todo orden social cuando ha envejecido y perdido su fuerza vital, inexorablemente decae y muere.
En la alquimia, una de las magníficas ciencias Tradicionales, por ejemplo, cada etapa de este proceso es representada por un metal emblemático que simboliza una cualidad espiritual determinada que rige la vida psíquica colectiva. Así, cada Gran Ciclo cósmico comienza con la Edad de Oro - metal noble, solar y masculino - que refleja un orden social y espiritual en el que el hombre vive en concordancia con las leyes de Dios. Luego, el devenir involutivo lo encamina hacia la Edad de Plata, metal noble pero de menor calidad que el oro, de carácter lunar y femenino. A ella le sucede la Edad de Cobre, metal alquímicamente "enfermo", que rápidamente se cubre de óxido verdoso, lo que nos conduce a la fatídica Edad de Hierro - el Kali-Yuga de la sabiduría vedántica que coincide con los tiempos actuales. El hierro, metal de la guerra cuyo óxido es rojo como la sangre se halla bajo la influencia cósmica del planeta Marte y de Ares, dios de la guerra.
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