Abanico de Lecturas Fomento a la Lectura






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fecha de publicación28.01.2016
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Abanico de Lecturas Fomento a la Lectura



P R E S E N T A C I Ó N


En el material antológico que se presenta a continuación se recopilan textos de muy diversa índole y versatilidad temática, por ello se le ha denominado Abanico de Lecturas, ya que en él se encuentran textos literarios, informativos, de divulgación científica y divulgación tecnológica, así como textos periodísticos.
Esta antología fue elaborada por el personal del Área de Fomento a la Lectura como respuesta a las acciones emanadas del Programa Nacional de Lectura, con la finalidad de apoyar y fortalecer las actividades que sobre esta fundamental y prioritaria competencia comunicativa, realizan las escuelas oficiales y particulares incorporadas de nuestro subsistema.
En consideración a que en las Bibliotecas Escolares son escasos los títulos de lecturas recreativas, ya que, por lo general, predominan los libros de texto e informativos

–particularmente diccionarios y enciclopedias– o bien, obras literarias cuya extensión no permite su lectura en tiempos reducidos, se creyó pertinente la elaboración de esta antología con textos breves pero completos y con lenguaje accesible, cuyo contenido responda a los intereses y niveles de comprensión de los lectores con quienes se trabajan y con la cual se incrementará el acervo destinado a la Biblioteca de Aula.
En su estructura, el Abanico de Lecturas se presenta en dos volúmenes debido a que se seleccionaron 200 textos diferentes, con la intención de que se lea uno diario y así se tenga material de lectura para los 200 días laborables del calendario escolar.

Asimismo, la diversidad y versatilidad de textos y temáticas, permitirá que todos los docentes, no importando la asignatura que impartan, se involucren en este programa, coadyuven a fomentar la lectura e incidan, con las actividades que se desarrollen antes, durante o después de la realización de la lectura, a la formación de lectores activos.
Al respecto, cabe señalar que en cada una de las lecturas se identifican: el tipo de texto al que pertenecen y el autor, ubicando su nacionalidad y temporalidad. De la misma manera, se creyó conveniente incluir al final de la antología, un glosario en el que se conceptualizan y caracterizan los diferentes tipos de texto seleccionados.

A MARGARITA DEBAYLE

Texto literario: Poema Rubén Darío

(1867 – 1916), Nicaragua.


Margarita, está linda la mar,

y el viento

lleva esencia sutil de azahar;

yo siento

en el alma una alondra cantar:

tu acento.

Margarita, te voy a contar

un cuento.
Éste era un rey que tenía

un palacio de diamantes,

una tienda hecha del día

y un rebaño de elefantes.
Un kiosko de malaquita,

un gran manto de tisú,

y una gentil princesita,

tan bonita,

Margarita,

tan bonita como tú.

Una tarde la princesa

vio una estrella aparecer;

la princesa era traviesa

y la quiso ir a coger.
La quería para hacerla

decorar un prendedor,

con un verso y una perla,

una pluma y una flor.
Las princesas primorosas

se parecen mucho a ti.

Cortan lirios, cortan rosas,

cortan astros. Son así.
Pues se fue la niña bella,

bajo el cielo y sobre el mar,

a cortar la blanca estrella

que la hacía suspirar.
Y siguió camino arriba,

por la luna y más allá;

mas lo malo es que ella iba

sin permiso del papá.
Cuando estuvo ya de vuelta

de los parques del Señor,

se miraba toda envuelta

en un dulce resplandor.
Y el rey dijo: “¿Qué te has hecho?

te he buscado y no te hallé;

y ¿qué tienes en el pecho,

que encendido se te ve?”
La princesa no mentía.

Y así dijo la verdad:

“Fui a cortar la estrella mía

a la azul inmensidad”.
Y el rey clama: “¿No te he dicho

que el azul no hay que tocar?

¡Que locura! ¡Que capricho!

El Señor se va a enojar”.
Y dice ella: “No hubo intento;

yo me fui no sé por qué.

Por las olas y en el viento

fui a la estrella y la corté”.
Y el papá dice enojado:

“Un castigo has de tener:

vuelve al cielo y lo robado
vas ahora a devolver”.

La princesa se entristece

por su dulce flor de luz,

cuando entonces aparece

sonriendo el Buen Jesús.
Y así dice: “En mis campiñas

esa rosa la ofrecí:

son mis flores de las niñas

que al soñar piensan en mí”.
Viste el rey ropas brillantes,

Y luego hace desfilar

cuatrocientos elefantes

a la orilla de la mar.
La princesita está bella,

pues ya tiene el prendedor

en que lucen con la estrella

verso, perla, pluma y flor.
Margarita, está linda la mar

y el viento

lleva esencia sutil de azahar:

tu aliento.

Ya que lejos de mí vas a estar,

guarda, niña, un gentil pensamiento

al que un día te quiso contar

un cuento.



SEMILLAS DE GIRASOL, ALIMENTO NUTRITIVO

Texto: Periodístico El Universal, agosto del 2003.




Originario de América del Norte, el girasol no sólo es una flor hermosa que crece en verano, es un alimento natural y nutritivo especial para quienes desean cuidar su salud.

Clasificada en dos variedades: una produce en el centro de la flor una semilla negra, que en un 40% contiene aceite comestible de gran calidad, otra produce una semilla rayada de colores gris y negro, con menor contenido de aceite que permite su aplicación en infinidad de alimentos.

“La semilla se conoce como de confección o comestible, dice Adolfo Juárez Peña, socio de las empresas “Importación y Distribución de Alimentos”, y es una botana, ya sea tostada o salada, muy popular en Estados Unidos y Europa”.
Se dice que la pepita de girasol compite con cualquier otra similar en sabor (cacahuate, pepita de calabaza, nuez, avellana o almendra), particularmente en la industria del pan, ya sea mezclada en la masa o como aderezo en la cobertura.
“Además, su versatilidad permite que sea consumida como botana salada o picante, como golosina cubierta con caramelo o chocolate, o bien como ingrediente en infinidad de platillos y ensaladas”.

La pepita de girasol es muy saludable, tanto por su adecuado balance de proteínas, minerales y vitaminas como por su porcentaje de vitamina E y su nivel de ácidos grasos polinsaturados.
Estados Unidos es el más grande exportador de pepitas de girasol de alta calidad.

Recetas con girasol para despedir al mes patrio

SOPES

Rinde 20 piezas.

INGREDIENTES

  • 500 gramos de masa de maíz.

  • 1 taza de semilla de girasol molida

  • Cinco cucharadas de manteca de cerdo

  • 50 gramos de queso fresco.

  • Cuatro hojas de lechuga.

  • Sal al gusto.

  • Salsa roja o verde.


PREPARACIÓN

Mezclar la masa, las semillas, sal y tres cucharadas de manteca.

Formar gorditas y cocerlas en el comal a fuego moderado. Al sacarlas hacerles un borde alrededor con los dedos y un poco en el centro.
En una sartén se calienta el resto de la manteca y se fríen los sopes.

Se sirven con salsa, queso rallado y lechuga picada.

POLVORONES

Rinde: 70 piezas.

INGREDIENTES

  • 250 gramos de manteca.

  • 250 gramos de semillas de girasol tostada y molida.

  • 250 gramos de azúcar granulada.

  • 500 gramos de harina.


PREPARACIÓN

Batir la manteca y el azúcar hasta que esponjen. Agregar la harina y la semilla. Formar pequeños bultos, empalmándolos con la mano.
Refrigerar estos bultitos, de preferencia una noche.

Con la ayuda de un palote aplastar los bultitos, dejándolos de medio centímetro de grueso y cortar los polvorones.
Engrasar una charola y colocarlos ahí; hornear a 200 grados centígrados de 10 a 15 minutos.
Al sacarlos espolvorear con azúcar glass.



EL PLATO DE MADERA
Texto: Apólogo Anónimo

¡Pobre abuelo! Había pasado la vida trabajando de sol a sol con sus manos; la fatiga nunca había vencido la voluntad de llevar el sueldo a casa para que hubiera comida en la mesa y bienestar en la familia. Pero tanto trabajo y tan prolongado se había cobrado un doloroso tributo: las manos del anciano temblaban como las hojas bajo el viento de otoño. A pesar de sus esfuerzos, a menudo los objetos se le caían de las manos y a veces se hacían añicos al dar en el suelo.
Durante las comidas, no acertaba a llevar la cuchara a la boca y su contenido se derramaba sobre el mantel. Para evitar tal molestia, procuraba acercarse el plato, y éste solía terminar roto en pedazos sobre las baldosas del comedor. Y así un día tras otro.
Su yerno, muy molesto por los temblores del abuelo, tomó una decisión que contrarió a toda la familia; pero era hombre impaciente, desconsiderado y tozudo y, a pesar de todo, la llevó a cabo: desde aquel día, el abuelo comería apartado de la mesa familiar y usaría un plato de madera; así, ni mancharía los manteles ni rompería la vajilla.
El abuelo movía suavemente la cabeza con resignación, y de vez en cuando enjugaba unas lágrimas que le resbalaban por las mejillas; era muy duro aceptar aquella humillación.
Pasaron unas semanas, y una tarde, cuando el yerno volvió a su casa, encontró a su hijo de nueve años enfrascado en una misteriosa tarea: el chico trabajaba afanosamente un pedazo de madera con un cuchillo de cocina. El padre lo miró lleno de curiosidad y le dijo:

  • ¿Qué estás haciendo, con tanta seriedad? ¿Es una manualidad que te han mandado hacer en la escuela?

  • No, papá – respondió el niño.

  • Entonces, ¿de qué se trata? ¿No me lo puedes explicar?

  • Claro que sí, papá. Estoy haciendo un plato de madera para cuando tu seas viejo y las manos te tiemblen.

Y así fue como el hombre aprendió la lección y, desde entonces, el abuelo volvió a sentarse en la mesa y comió con los mismos platos que utilizaba el resto de la familia.




¿POR QUÉ LAS PERSONAS SON ZURDAS O DIESTRAS?

Texto: Divulgación Científica Anita Ganeri

¿Con qué mano escribes? ¿La izquierda o la derecha? La mayoría de las personas escriben con la mano derecha y sólo 1 de cada 10 es zurda.
El cerebro se divide en dos mitades llamadas hemisferios. Cada hemisferio controla el lado opuesto del cuerpo. La mano con que escribes depende de cuál lado de tu cerebro controla el lenguaje y el habla. Si es el lado derecho, serás zurdo. Si por el contrario es el lado izquierdo, serás diestro. Muy pocas personas son ambidiestras. Esto significa que pueden escribir con cualquiera de las dos manos.


¿Sabías que...?
El cerebro de un adulto pesa cerca de 1,5 kilogramos. Antes se creía que las personas más inteligentes eran las que tenían cerebros más grandes. Ahora se sabe que esto no es verdad. Casi todos los cerebros adultos son del mismo tamaño.




¡ Compruébalo!

Parte de la información que recibes, el cerebro la almacena en forma de recuerdos. Éstos pueden durar pocos minutos o muchos años. ¿Te acuerdas de tu primer día de clases o de tu número telefónico?

Ensaya esta prueba para ver qué tan buena es tu memoria.

Coloca ocho objetos en una mesa o en una bandeja. Obsérvalos durante 20 segundos. Luego mira hacia otro lado y trata de recordar los objetos. ¿los recuerdas todos? Es más fácil sí imaginas una historia que relacione los objetos. Además es muy divertido.



LA CONQUISTA DEL MAÍZ



Texto literario: Cuento Rubén Bonifaz Nuño

(1923 - ), México.
En una ocasión, los poderosos estaban muy preocupados porque veían que las gentes no encontraban nada de comida que le gustara y les hiciera provecho.
Entonces escogieron a un hombre bueno y muy listo para que les consiguiera de comer, y le dieron fuerzas mágicas y el poder de convertirse en lo que él quisiera.
El hombre escogido se sentó en el campo a pensar en lo que haría, y al mirar al suelo advirtió una fila de hormigas rojas que se dirigían a su hormiguero.
Cada una de esas hormigas rojas llevaba en la boca un grano de maíz, que parecía alimenticio y sabroso.
Él, para enterarse de dónde lo habían tomado, decidió hacerse amigo de las hormigas rojas, y para conseguirlo se convirtió en hormiga negra, y bajó a platicar con ellas.
Allí le contaron que habían tomado el maíz de un monte donde se daban todas las cosas de comer, que no estaba lejos, pero estaba prohibido.
Hay cosas, como el aire y la luz, que les pertenecen a todos por igual.
Aquel hombre pensó que el maíz debía ser de todos, como la luz y el aire, y a pesar de que estaba prohibido, fue a tomarlo del monte que le indicaron las hormigas rojas.

De allí lo tomó y se lo llevó luego a los poderosos; éstos lo recibieron, lo molieron, cocieron la masa así formada y la pusieron en la boca de las gentes, que sintieron gusto y fuerza al comerla.
Cuando nuestros antepasados les contaban este cuento, las niñas y los niños de antes aprendieron que toda la gente, por pobre que fuera, debía tener algunas tortillas para comer, lo mismo que tenía luz para ver y aire para respirar.
Eso deben saberlo también ustedes, y también deben compartir su comida con quienes, por ser más pobres que ustedes, no la tienen.




UN REMBRANDT EN TERCERA DIMENSIÓN

Texto Periodístico: Noticia El Universal, 30 de julio del 2003.


El famoso óleo La ronda de noche es reproducida por dos artistas en Rusia.
LA HAYA.- Unos 360 años después de que el pintor holandés Rembrandt van Rijn (1606-1669) creara su famosa pintura La ronda de noche en óleo sobre lienzo, la imagen surgirá nuevamente pero en tres dimensiones.
La obra, llamada originalmente Compañía del capitán Frans Banning Cocq está siendo reproducida plásticamente por dos artistas en Rusia. Lo que no está claro todavía es dónde se expondrá el grupo formado por 27 personas del siglo XVII.

El escultor Alexander Taratynov, naturalizado holandés y residente en Maastricht, ya realizó en bronce junto con su colega rusa Michael Dromov cuatro de las figuras.
El capitán Cocq, su subteniente Willem van Rytenburgh y la mujer del costado izquierdo del centro de la imagen identificada como Saskia, la esposa de Rembrandt, están actualmente expuestos en un tamaño ligeramente superior al normal (2,20 metros) en el jardín del Hotel Chateau St. Gerlach, en Valkenburg, Maastricht. También el perro del costado derecho del cuadro ya tiene forma.
“Actualmente, los artistas están creando en Moscú otras cuatro figuras”, informó Peder Ekegardhe, galerista y representante de Taratinov.

Ekegardhe, no se atreve a decir cuándo la brigada de la milicia de Amsterdan de 1642 puede estar terminada en su totalidad en tres dimensiones, con tambores, armas y lanzas. “Puede demorar un tiempo”, comenta. Todavía debe encontrarse a alguien que pague por el trabajo y determine dónde será expuesto.
Lo que más le gustaría a Ekegardhe es que el conjunto obtuviera un lugar en la plaza delante de Rijksmuseum de Amsterdam, dentro del cual cuelga desde 1885 el original.

En tres dimensiones, la obra necesitará unos 100 metros cuadrados de superficie.

También el aeropuerto de Schiphol puede ser un lugar apropiado. “Para saludar o despedir a los viajeros con una obra de Rembrandt”, explica.

“Podría ser que algunas empresas patrocinen algunas de las figuras”. Después de todo, cada estatua de bronce cuesta unos 50 mil dólares, lo que en total suma más de 1.5 millones de dólares.
Un portavoz del aeropuerto dijo que no sabe nada de estos planes. “Además, ya tenemos nuestro propio Rembrandt”. Desde diciembre, el Rijksmuseum mantiene una dependencia en Schiphol, en la que actualmente se exhibe la pintura Een Oosterling de Rembrandt. A partir de septiembre, se verán allí 14 grabados.
En caso de necesidad, los promotores del proyecto también aceptarían Maastricht como destino final. Después de todo, el famoso óleo pasó allí la Segunda Guerra Mundial en un espacio climatizado. (DPA)*


*Deutch Agency Press.


LA TRISTEZA DEL MAYA



Texto literario: Fábula Anónimo

Desde comienzos de su civilización (hace aproximadamente 3 000 años), los mayas han elaborado cuentos, leyendas y fábulas referidos a personajes místicos, al orden y a las leyes de la naturaleza.
Resultado de la experiencia individual colectiva de un pueblo, así como producto de la imaginación, estos relatos nos ayudan a entender una forma de vida y nos permiten la entrada a una de las más misteriosas culturas de la historia. El relato que aquí presentamos es hasta donde se sabe de autor anónimo y corresponde a una fecha indeterminada.
En cambio, es muy precisa su localización en la península de Yucatán, México y su procedencia maya. Esta fábula se titula La tristeza del maya.
Un día los animales se acercaron a un maya y le dijeron: No queremos verte triste, pídenos lo que quieras y lo tendrás.

El maya dijo: Quiero ser feliz.

La lechuza respondió: ¿Quién sabe lo que es la felicidad?

Pídenos cosas más humanas.

Bueno, añadió el hombre, quiero tener buena vista.

El zopilote le dijo: Tendrás la mía.

Quiero ser fuerte.

El jaguar le dijo: Serás fuerte como yo.

Quiero caminar sin cansarme.

El venado le dijo: Te daré mis piernas.

Quiero adivinar la llegada de las lluvias.

El ruiseñor le dijo: Te avisaré con mi canto.

Quiero ser astuto.

El zorro le dijo: Te enseñaré a serlo.

Quiero trepar a los árboles.

La ardilla le dijo: Te daré mis uñas.

Quiero conocer las plantas medicinales.

La serpiente le dijo: ¡Ah, esa es cosa mía porque yo conozco todas las plantas! Te las marcaré en el campo.

Y al oír esto último, el maya se alejó.

Entonces la lechuza dijo a los animales: El hombre ahora sabe más cosas y puede hacer más cosas, pero siempre estará triste.

Y la chachalaca se puso a gritar: ¡Pobres animales! ¡Pobres animales!






LA PAJA, LA BRASA Y LA ALUBIA




Texto literario: Cuento Hermanos Grimm

(1785 – 1863), Alemania.
Vivía en un pueblo una anciana que, habiendo recogido un plato de alubias, se disponía a cocerlas. Preparó fuego en el hogar y, para que ardiera más de prisa, lo encendió con un puñado de paja. Al echar las alubias en el puchero, se le cayó una sin que ella lo advirtiera, y fue a parar al suelo, junto a una brizna de paja. A poco, una ascua saltó del hogar y cayó al lado de otras dos. Abrió entonces la conversación la paja:
– Amigos, ¿de dónde venís?

Y respondió la brasa:

– ¡Suerte que he tenido, de poder saltar del fuego! A no ser por mi arrojo, aquí se acababan mis días. Me habría consumido hasta convertirme en ceniza.

Dijo la alubia:

– También yo he salvado el pellejo; porque si la vieja consigue echarme en la olla, a estas horas estaría ya cocida y convertida en puré sin remisión, como mis compañeras.

– No habría salido mejor librada yo- terció la paja-. Todas mis hermanas han sido arrojadas al fuego por la vieja, y ahora ya no son más que humo. Sesenta cogió de una vez para quitarnos la vida. Por fortuna, yo pude deslizarme entre sus dedos.

– ¿Y qué vamos a hacer ahora?- preguntó el carbón.

– Yo soy de parecer- propuso la alubia-, que puesto que tuvimos la buena fortuna de escapar de la muerte, sigamos unidos los tres en amistosa compañía y, para evitar que nos ocurra aquí algún otro percance, nos marcharemos juntos a otras tierras.

La proposición gustó a las otras dos, y todos se pusieron en camino. Al cabo de poco llegaron a la orilla de un arroyuelo y como no había puente ni pasarela, no sabían como cruzarlo.

Pero a la paja se le ocurrió una idea:

– Yo me echaré de través, y haré de puente para que paséis vosotros.

Tendióse la paja de orilla a orilla, y el ascua, que por naturaleza era fogosa, apresuróse a aventurarse por la nueva pasarela. Pero cuando estuvo en la mitad, oyendo el murmullo del agua bajo sus pies, sintió miedo y se paró, sin atreverse a dar un paso más. La paja comenzó a arder y, partiéndose en dos cayó al arroyo arrastrando al ascua, que con un chirrido expiró al tocar el agua. La alubia que prudente se había quedado en la orilla, no pudo contener la risa ante la escena, y tales fueron sus carcajadas, que reventó.
También ella habría acabado allí su existencia; pero quiso la suerte que, un sastre que iba de viaje, se detuviera a descansar a la margen del riachuelo. Como era hombre de corazón compasivo, sacó hilo y aguja y le cosió el desgarrón. La alubia le dio las gracias del modo más efusivo; pero como el sastre había usado hilo negro, desde aquel día todas las alubias tienen una costura negra.



JALEA REAL

Texto: Artículo de Divulgación Científica Roald Dahl

(1916 – 1990), Inglaterra.

– Me tiene deshecha la angustia, Albert – dijo la señora Taylor con la mirada puesta en la criatura a la que acunaba con el brazo izquierdo.

– Sé que algo va mal, lo sé.

– Tienes que insistir, Mabel – dijo el marido.

Ella extrajo el biberón de la cacerola de agua caliente.

– Vamos, vamos, mi niña susurró-, despierta y toma un poquito más. Otra vez treinta gramos. No ha tomado más. Ni siquiera eso. Han sido sólo veinte gramos. Esto no basta para sacar adelante a una criatura, Albert.

– Lo sé – repuso el marido.

– Mira, no es normal que una niña de seis semanas pese un kilo menos que cuando nació. ¡No es sino piel y hueso!

– El doctor Robinson te pidió que dejaras de preocuparte, Mabel. Y lo mismo dijo aquel otro médico.

– ¿Y qué quieres que haga? ¿Qué me lo tome como si fuera una especie de chiste? ¡Detesto a los médicos! ¡A todos ellos! – estalló la mujer, llevándose a la niña.
Un instante más tarde la oía caminar de un lado a otro de la alcoba. Pero preocuparse no beneficiaría a nadie, se dijo Albert Taylor. Así que tomó una revista y se puso a examinarla.

Cocina a base de miel

El avicultor y la farmacopea apícola

Experimentos en el control del nosema

Lo último sobre la jalea real
Albert Taylor se había sentido fascinado toda su vida por cuanto se refiriese a las abejas. Al crecer, su fascinación por las abejas creció, y antes de cumplir los doce años había construido su primera colmena. A la edad de dieciocho años puso en marcha una explotación por cuenta propia.
Se casó al cumplir los veinte, y aunque les costó más de nueve años tener descendencia, también fue un éxito. Todo, en verdad, le había sonreído a Albert hasta que apareció aquella extraña niñita con su negativa a nutrirse como era debido y con sus diarias pérdidas de peso.
Apartando los ojos de la revista se puso a pensar en la pequeña: aquella noche, por ejemplo, a la hora de su comida había abierto los ojos mostrándoles algo que los aterró: una especie de mirada brumosa y vacua, como si los ojos, lejos de estar unidos al cerebro, reposaran sueltos en sus cuencas, como un par de pequeñas canicas grises.
Centró de nuevo su atención en la revista y continuó la lectura. Concluido el artículo de los “Experimentos en el control del nosema”, volvió la página y leyó el siguiente “Lo último sobre la jalea real”. Dudaba mucho que dijera algo que no conociera ya.
¿En qué consiste esa poderosa sustancia llamada jalea real?

La jalea real es una secreción glandular que producen las abejas nodrizas para alimentar a las larvas en cuanto éstas han salido del huevo.

Todas las larvas de las abejas son nutridas a base de jalea real en forma concentrada durante los tres días posteriores a su salida del huevo, si bien rebasada esa fase, las destinadas a zánganos u obreras reciben el precioso alimento muy diluido en miel polen. En cambio, las llamadas a convertirse en reinas son nutridas a lo largo de todo su período larval a base de una dieta concentrada de jalea real. De ahí el nombre de la sustancia.

La jalea real ha de ser una sustancia de formidable poder nutritivo; pues sin más alimentación que ésa, la larva de la abeja aumenta en mil quinientas veces su peso al cabo de cinco días. Es tanto como decir que un recién nacido de tres kilos y medio llegase a pesar cinco toneladas en ese lapso.
Albert Taylor se detuvo y releyó la última frase. Subió corriendo la escalera y encendió la luz del pasillo.
– Mabel –dijo en tanto se acercaba y le tocaba el hombro-, baja un instante, por favor puede ser importante.

– Vete – respondió ella-. Déjame en paz. Estoy cansada de verdad –sollozó-.

Siguió una pausa. Albert Taylor se apartó de su esposa y se acercó a paso lento a la cuna y percibió el ruido de su respiración, muy débil y rápida.
– ¿A qué hora le vuelve a tocar el biberón?

– A las dos, supongo.

– ¿Y el próximo?

– A las seis de la mañana.

– Los dos corren de mi cuenta. Tú te vas a dormir.

Albert Teylor no volvió a ver a su esposa hasta la mañana siguiente, cerca de las once.
– ¡Cielo santo! –gritó ella cuando corría escalera abajo. -¡Albert! Pero, ¿te has dado cuenta de lo tarde que es? ¿Está todo en orden?

Él estaba sentado apaciblemente en su sillón, leyendo su revista. La niña dormía en una especie de cuco puesto en el suelo, a sus pies.
– Hola, cariño –la saludó él sonriente.

La señora Teylor corrió hacia el canastillo y se quedó mirando.

– ¿Ha querido el biberón, Albert? ¿Cuántas veces se lo has dado? Le tocaba otro a las diez, ¿lo sabías?

– Se lo di a las dos de la madrugada –dijo-, y no tomó más que quince gramos. Luego, a las seis, fue un poco mejor: sesenta gramos...

– ¡Sesenta gramos! ¡Oh, Albert, es fantástico!

– Y el último lo hemos despachado hace diez minutos. Se ha tomado noventa gramos; sólo ha dejado treinta. ¿Qué me dices? ¿Verdad que tiene mejor aspecto? –dijo ufano-. ¿No se la ve más gordita la cara?

– Parecerá una tontería –repuso ella mientras miraba a la niña-, pero yo así lo creo. ¡Oh, Albert, eres una maravilla!

– Sigamos así de ahora en adelante: yo me encargo de los biberones nocturnos, y por el día se los das tú.

– No, Albert, esa tarea me corresponde a mí. Lo de anoche no se repetirá.

– Conforme –dijo-. En tal caso, te descargaré del trabajo pesado: la esterilización, la mezcla de los biberones y todos los preparativos.
La señora Taylor se acercó a su marido y le besó en la mejilla.

– Déjala tranquila ahora, Mabel –dijo él-, y baja a preparar un poco de desayuno, que lo dos nos lo hemos ganado.

Concluida la comida, se instalaron cada uno en su sillón, en la salita: él con su revista y la señora Teylor, con su trabajo de punto.

– Albert –dijo pasado un rato. Anoche, ¿qué querías decirme?

– No estoy seguro de que deba hacerlo. Podrías tacharme de mentiroso. Pero la verdad, Mabel, es que me gustaría ver la cara que pones cuando te enteres.

– Albert, ¿qué pasa aquí?

– Que yo he curado a la niña.

– Sí, cariño, estoy segura de ello –repuso la señora Teylor mientras reemprendía su labor.

– No me crees, ¿verdad? Te revelaré un secreto. Aunque, no vayas a creer, lo importante no es tanto la forma de preparar los biberones, como lo que se pone en ellos.
La señora Teylor interrumpió su labor y dirigió a su esposo una mirada penetrante.

– Albert, no es cierto que le hayas puesto nada en la leche, ¿verdad? Contéstame, podría ser grave, tratándose de un bebé tan pequeño.

– La respuesta es sí, Mabel.

– ¡Albert! ¿Cómo te has atrevido, Albert...?

– Vamos, te lo contaré todo; pero, por amor de Dios, no pierdas la calma. Dime –indagó-, ¿por casualidad me has oído hablar alguna vez de una cosa llamada jalea real?

– No.

– Es milagrosa, auténticamente milagrosa. Y anoche, de pronto, se me ocurrió que se le ponía a la niña en la leche una pequeña cantidad...

– ¡Has tenido la audacia! No puedes andar poniéndole a una niña tan pequeñita sustancias extrañas en la leche. Tú tienes que estar loco...

– Es del todo inofensivo, Mabel. Es algo que procede de las abejas.

– Albert, por Dios, ¿acaso te has vuelto loco?

– ¿Quieres dejarme terminar, por favor?

– Te lo prohíbo terminantemente replicó ella-: a mi hija no le das tú ni una gota más de esa espantosa jalea, ¿lo entiendes?

– Déjame explicarte algunas de las maravillosas propiedades de esa sustancia.

– Adelante Albert, cuéntame.

– Supongo que sabrás que cada colonia no tiene más que una reina y que esa reina es la que pone todos lo huevos.

– Sí, cariño, eso lo sé.

– Sólo que, aunque esto lo ignores, la reina puede poner, en realidad, distintas clases de huevos.

Puede poner huevos que producirán zánganos, y otros que darán abejas obreras.

– Sí, Albert, de acuerdo.

– La cosa funciona de la siguiente manera. La reina recorre el panal y pone sus huevos en celdillas.

Existen panales de cría, idénticos a los melíferos salvo por el hecho de que, en lugar de miel, las celdillas contienen huevos. En cada una de ellas la reina pone un huevo, y al cabo de tres días cada uno de esos huevos da una larva. Tan pronto aparece la larva, las abejas nodrizas, que son obreras jóvenes, se congregan a su alrededor y se ponen a nutrirla como locas. ¿Y sabes a base de qué?

– De jalea real –contestó paciente Mabel.

– ¡Exacto! –exclamó él-. Eso es, ni más ni menos, lo que le dan. ¡Y existen muchas diferencias entre las obreras y la reina por el simple hecho de que unas recibieron jalea real, y otras no!

– Cuesta creer que un alimento pueda hacer todo eso –comentó ella.

– Desde luego que cuesta. Es uno de los milagros de la colmena.

Mabel veía a Albert moverse en la biblioteca y reparando en su cabeza hirsuta, su rostro velludo y su cuerpo regordete y mollar, pensó, sin poder evitarlo, que aquel hombre tenía, curiosamente, algo de abeja.

– ¿Sabes una cosa? –dijo ella con una suave sonrisa-. No sé si lo habrás notado, pero empiezas a parecerte un poquitín a una abeja. Supongo que es por la barba, sobre todo. De veras me gustaría que te la quitaras. Hasta su color resulta un poco abejuno, ¿no te parece?
El sacó del librero una nueva revista que se puso a hojear.

– Escucha esto, Mabel: “Los científicos Still y Burdett descubrieron que, tras serle administrada una minúscula dosis diaria de jalea real, un ratón previamente incapaz de procrear fue padre multitud de veces”.

– ¡Escucha! –le interrumpió su esposa-. Creo que la niña está llorando.

– Debe de tener hambre apuntó Albert.

– ¡Válgame Dios! –exclamó su esposa al consultar el reloj-. ¡Si hace rato que volvía a tocarle! Albert, prepara tú el biberón mientras yo voy a buscarla.
Albert volvió con la botella de leche tibia, que le entregó.

La señora Taylor insertó de golpe, en la boquita gritona, la tetilla de goma, que la pequeña asió y comenzó a succionar.

– Oh, Albert, ¿no está preciosa?

– Está imponente, Mabel... gracias a la jalea real.

La niña seguía chupando del biberón y pasados unos pocos minutos, no quedaba ni gota de leche.

– ¡Oh, qué buenecita es la niña! –dijo la señora Teylor comenzando a retirarle con todo cuidado la tetilla.

Percibiendo la intención, la niña succionó con más fuerza en su intento de aferrarse. La madre dio un tirón breve y rápido y la tetilla salió con un “¡plop!”
– ¡Buah, buah, buah, buah! –chilló la pequeña

– ¿Sabes qué pienso? –dijo Taylor-. Que todavía tiene hambre. ¿Y si le trajera una ración extra?

– No me parece prudente, Albert

– Le hará bien –dijo él-. Voy a calentarle otro poco.

Y se dirigió a la cocina, de donde regresó, pasados varios minutos, con un biberón colmado hasta el borde.

– Se lo he preparado doble –anunció-; por si acaso: doscientos gramos.

– ¡Albert! ¿Te has vuelto loco? ¿Acaso ignoras que el exceso de nutrición es tan malo como la falta?

En cuanto la señora Taylor rozó el labio superior de la niña con la punta de la tetilla, la diminuta boca se cerró sobre ella como un cepo y el silencio reinó en la estancia.

– ¿Lo ves, Mabel? Está hambrienta, eso es lo que le ocurre.
Cinco minutos más tarde, la botella estaba vacía.

– ¡Trescientos gramos nada menos, Mabel! –ponderó Albert Taylor-. ¡El triple de lo normal! ¿No es pasmoso?

La mujer tenía fija la mirada en la pequeña. Su rostro tenía la antigua e inquieta expresión de una madre alarmada.

– ¿Qué te pasa? –quiso saber su esposo-. No irás a preocuparte por eso, ¿verdad?

– Ven aquí, Albert.

– ¿Qué ocurre?

– Mírala bien y dime si ves algo distinto.

– Parece más crecida, Mabel, si es a eso a lo que te refieres. Y más gorda.

– Tómala en brazos –ordenó ella-. Venga, levántala.

– ¡Santo cielo! –exclamó. ¡Pesa una tonelada! ¿Y no te parece maravilloso?

– Me asusta, Albert.. Es demasiado rápido. ¿Te parece a ti normal que una criatura empiece a ganar peso a esa velocidad?

– ¡Nunca estás contenta! –protestó él-. ¡Estabas muerta de miedo cuando se adelgazaba y ahora te aterra que engorde! ¿Quién te entiende a ti, Mabel?
La mujer marchó directamente hacia la gran mesa que ocupaba el centro de la habitación, depositó en ella a la niña y se puso a desnudarla a toda prisa.

Retirados primero el minúsculo camisón, luego la camisetita, desprendió el pañal y, quitado éste, la pequeña quedó desnuda encima de la mesa.

– ¡Pero Mabel, si es un milagro! –exclamó Albert– ¡Está gordita como un cachorrillo!
En efecto, era asombrosa la cantidad de carne que la niña había adquirido en un solo día. El pechito hundido que antes mostraba todo el costillar aparecía ahora regordete y redondo como un tonel, al igual que la barriguita. En cambio, piernas y brazos no parecían haber crecido en igual proporción: todavía cortos, esmirriados, se asemejaban a bastoncillos hincados en una bola de sebo.

– ¡Fíjate! –observó Albert–. ¡Hasta le está saliendo un poco de pelusilla en la tripita, para que la abrigue!

Y alargó la mano dispuesto a peinar con las yemas de los dedos el salpicaso de pardos pelillos sedosos que habían aparecido súbitamente en el abdomen de la niña.

– No se te ocurra tocarla! ¡Tienes que estar loco! –chilló su esposa.

– Espera un momento, ¿quieres hacerme un favor, Mabel? Por qué piensas que esa sustancia es peligrosa... porque lo piensas, ¿verdad? Pues muy bien. Escúchame con atención. Me dispongo a demostrarte de una vez por todas, Mabel, que la jalea real es totalmente inofensiva para los seres humanos, aun en dosis enormes. Por lo pronto, ¿por qué crees tú que el año pasado tuvimos una cosecha de miel de tan sólo la mitad de lo normal? La razón de que sólo recogiéramos la mitad de lo normal –agregó pausado, con la voz más baja- es que cien de los panales los puse a producir jalea real.

– ¿Qué tú... qué?

– Ah ya sabía que te iba a sorprender un poco.

Tampoco imaginarías jamás el motivo. Y yo no me he atrevido a mencionártelo antes porque temía... en fin... cohibirte, en cierto modo.

– ¿Recuerdas lo que he leído antes? Esas líneas de la revista referentes al ratón... A ver, déjame recordar cómo lo decía... “Still y Burdett descubrieron que un ratón previamente incapaz de procrear...” vaciló él, ensanchó su sonrisa, quedaron al descubierto los dientes-. ¿Coges la onda, Mabel?

Ella permanecía completamente inmóvil, frente a su esposo.

– En cuanto leí esa frase, Mabel, dije para mí: si da resultado con un miserable ratón, no hay razón alguna en el mundo para que no lo dé con Albert Taylor.

Hizo una pausa, y esperó a que su esposa dijese algo. Pero ella no lo hizo.

– Y otra cosa –prosiguió-: me hizo sentirme tan maravillosamente bien, Mabel, tan distinto, en cierto modo, del que había sido hasta entonces, que seguí tomándola aun después de que tú me anunciaras la feliz noticia.

Los ojos de ella, grandes, graves, como alucinados, se dedicaban a recorrer ávidos el rostro y el cuello de su marido. No había a la vista la menor porción de piel en el cuello, ni siquiera en los lados o bajo las orejas. Hasta el mismo punto en que se perdía bajo el de la camisa, aparecía cubierto en toda su circunferencia por aquellos pelillos cortos, sedosos, de cierto color negro amarillento.
– Y ten por seguro –continuó mientras, volviéndole la espalda, miraba ahora amoroso a la niña- que en una criaturita surtirá mucho mayor efecto que en un hombre como yo, plenamente desarrollado. Basta mirarla para darse cuenta de que así es, ¿no piensas tú lo mismo?
La mujer bajó lentamente la mirada hasta pasarla en la criatura, quien, desnuda encima de la mesa, gorda, blanca y abotagada, parecía una especie de gigantesca larva que, próxima a concluir su primera etapa vital, no tardará en irrumpir en el mundo convenientemente provista de alas y masticadores.

– ¿Por qué no la cubres, Mabel? –dijo el marido-. No querrás que se nos resfríe nuestra pequeña reina...





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