Bey Editorial Iberia, S. A. – Miniaren, 180 – Barcelona, 1958






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ANDRÉ BARBAULT

DEFENSA E ILUSTRACIÓN

DE LA
ASTROLOGÍA

Traducción del francés por
A. B. F.



Ediciones Obelisco

EDITORIAL IBERIA, S. A.

MUNTANER, 180 - BARCELONA
DEPÓSITO LEGAL B. 13025.— 1958

Derechos literarios y artísticos reservados para todos los países

Copyright bey Editorial Iberia, S.A. – Miniaren, 180 – Barcelona, 1958



Artes Gráficas R A F A E L S A L V Á - Casanova, 140 – BARCELONA

INTRODUCCION


Escribir en pleno siglo XX una DEFENSA E ILUS­TRACION DE LA ASTROLOGIA puede parecer una em­presa carente de sentido.

¿Para qué volver sobre una quimera abandonada por todos los sabios desde hace tres siglos?. En nuestros tiem­pos, el que osa hablar de astrología sólo se atrae una sonrisa divertida o un significativo movimiento de hombros.

Este asunto está ya zanjado. Por lo menos, así se cree.

Se olvida sin embargo, que la astrología es actualmente completamente desconocida de la inmensa mayoría de los científicos que la condenan (1). Se ignora que esta misma astrología nunca ha sido sometida a un verdadero control. Se olvida que los espíritus más eminentes de los siglos pa­sados se interesaron todos ellos en mayor o en menor grado por este conocimiento, que se consideró la más noble especulación intelectual.

Se objeta habitualmente que los progresos de la ciencia han probado que no se puede esperar nada de la astrología, que está irremediablemente condenada. Verdad del pasado; error del presente.

Todo esto es lo que se cree, pero aún falta demostrarlo. Y tanto es así que cada día son más numerosos los que se peguntan si el error de hoy no se convertirá en una verdad de mañana.


  1. Ante la imposibilidad de aprenderlo todo, es preciso remitirse a la opinión admitida.


ANDRÉ BARBAULT
Nosotros intentamos precisamente reanudar el juicio de la astrología. Esperamos, en efecto, poder demostrar que existe una credulidad negativa, un prejuicio desfavorable contra la astrología, que constituye quizás el prejuicio más importante del hombre moderno. Este rechazo está relacionado con el carácter paradójico de la idea astrológica, que la impide entrar en el marco de los conceptos físicos de la ciencia actual.

Este prejuicio, surgido del cartesianismo, fue tomando consistencia cuando mentes extrañas a las concepciones de esta disciplina, la juzgaron desde fuera, vaciándola de toda sustancia. Luego se ha mantenido por críticos apasionados o con prisa para concluir. Después de este rechazo, la as­trología ya no presentó más que una caricatura grotesca, sin duda indefendible. Esta es la imagen ingenua que de ella, tiene el hombre de nuestros días.

Para decir la vedad acerca de la astrología, es preciso primeramente desembarazarla de sus dos imágenes de Espinal: la del racionalista que la considera como una manía incurable de vaticinar, y la del vulgo que ve en ella la adivinación suprema que para todo halla respuesta. A continuación hay que resistirla a su pureza, es decir, buscar comprenderla. Debemos hacer tal esfuerzo en memoria de los genios que la han honrado. Si fueron tantos quienes la aceptaron, es forzoso admitir que no presentaba entonces el aspecto ridículo con el que hoy se la viste. Hoy se prefiere considerarla una tonta puerilidad de la mente, a sombrándose de que haya gozado de tanto crédito por parte de los más grandes hombres. Una contradicción tan flagrante nos obliga a trazar de nuevo las grandes líneas de su historia desde sus lejanos orígenes balta sus más recientes, manifes­taciones.

El crítico de la astrología cree poder hacer rápidamente este recorrido y acabar con ella ¿Qué nuestros aparatos científicos no captan ninguna emisión de influencias pro­cedente, de los astros? Entonces el astrónomo no teme hondamente reducirla a la nada, ¡Pero existen astrólogos que no creen en las «influencias astrales», y la astrología puede prescindir del concepto de influencia física de los astros! En espera, pues, de que su misterio se desvanezca, creemos oportuno conocer sus teorías e hipótesis e informarse de la doctrina filosófica sobre la que se basa, y también ver las relaciones o «correspondencias» existentes entre la experiencia astrológica y la experiencia poética. Condenar un conocimiento sólo porque escapa a nuestros criterios actua­les no significa nada.

Así, de las ideas pasamos a los, hechos. ¿Qué es un mapa celeste? ¿Qué significan los signos del zodíaco, los planetas, las casas, los aspectos...? ¿Qué reglas presiden a la inter­pretación de un horóscopo...? Lo corriente de la práctica higroscópica es fácil de comprender. De ahí se pasa a las aplicaciones especializadas, a las diversas aportaciones as­trológicas a los dominios de la psicología, de la orientación profesional, de la medicina, de la sociología, etc. De este modo el lector tendrá una idea precisa del uso que se hace del conocimiento astral.

Después de tratar de las ideas y de los hechos se impone el examen de las objeciones. En este terreno lo mejor que puede hacerse es ceder la palabra a los adversarios, que han tenido tiempo de reflexionar y de atacar. Se trata, pues, de pasar revista a todas las críticas formularlas y de encontrarles una respuesta satisfactoria. En suma, es preciso conocer las razones por la que se rechaza la astrología. Pero esto constituye también para nosotros ocasión para precisar di­versos puntos de vista, sobre materias importantes.

El juicio seria incompleto si de las objeciones no pasá­ramos a las pruebas. Sólo recientemente la astrología ha sido objeto de una rigurosa comprobación mediante la ayu­da de estadísticas y de su interpretación por el cálculo de probabilidades. Una verificación superficial, hecha por un adversario, dio a entender que no existía la menor relación entre el hombre y su cielo. Una verificación más a fondo, hecha por otro adversario; nos trae hoy una prueba indiscutible de tal relación. En virtud de esta última prueba la astrología se impone como una realidad: realidad estadística; luego realidad científica aunque se nos escape su ex­plicación: Nos hallamos en el retorno decisivo, en el que ya no es posible cerrar los ojos a la astrología, sino que debe aceptarse por lo menos su fundamento y comprobarla en gran escala. Tarde o temprano la verdad habrá de imponerse

Tras haber comprobado sus fundamentos, importa comprender la astrología y conocer las posibilidades y límites de la horóscopo. Situándola como una psicología universal; mostrando lo que es y lo que no es, lo que puede y lo que no puede hacer, estimamos haber dado de ella un cuadro, sin duda provisional, pero conforme a nuestra psicología.

Y por último, es interesante trabar conocimiento con los astrólogos, con su grupo social, con sus particularidades, así como con la fauna de los charlatanes de la buenaven­tura.

Creemos haber trazado nuestro programa honradamente, sin ocultar las debilidades, las lagunas y los problemas de un conocimiento que se busca por ser al mismo tiempo demasiado viejo y demasiado joven.

CAPITULO PRIMERO
LA HISTORIA


La Astrología domina la historia de las civilizaciones. Venerada en el transcurso de los siglos por los más grandes genios, filósofos, sabios, teólogos, rene­gada oficialmente desde hace tres siglos, nos sitúa ante un gran problema de la vida del espíritu: ¿Es una gran ilusión de la Humanidad o un progreso para la ciencia admitida?

Es costumbre ocultar nuestra ignorancia del lejano pa­sado de la astrología bajo el mismo clisé, impregnado del misterio de la creación: «Su origen se pierde en la noche de los tiempos.» Una vez más hemos de echar mano del consabido clisé, pero también podemos remontarnos a muy lejos en busca de...

LAS PRIMERAS HUELLAS
Es imposible en el estado actual de nuestros conocimien­tos determinar de modo preciso la época en que nació la astrología. Los primeros documentos importantes que po­seemos nos enseñan que las observaciones de los astrólogos. caldeos, caldeo-asirios y babilonios se escalonan durante el primer milenio antes de nuestra Era y probablemente ya; con anterioridad.

Uno de estos textos fue hallado entre los millares de tablillas de ladrillo cocido, escritas en caracteres cuneifor­mes, procedentes de las minas de la biblioteca de .Asurba­nipal, en Nínive. Estas tablillas, conservadas en el British Museo, forman una especie de enciclopedia que repro­duce documentos mucho más antiguos, algunos de los cuales pertenecen a la primera mitad del tercer milenio a. de J. C. Otras tablillas, halladas en la biblioteca del templo de Neper, al sudeste de Babilonia, contienen igualmente documentos escalonados entre los años 3000 y 450 antes de nuestra Era. En cuanto a la primera obra de Astrología que cono­cemos, data de la época de Sargón de Agrade (alrededor de 2750 a. de J. C.) y contiene una compilación de acontecimientos señalados según los eclipses de sol.

LA ASTROLOGIA MITOLÓGICA Y RELIGIOSA.

En aquella época lejana, encontramos la astrología íntimamente ligada a la mitología y asociada a un culto astral. Y así seguirá hasta la civilización helénica

Se han dado las más diversas interpretaciones acerca de esta «conjunción» astrología-mitología La mayor parte de los astrólogos sostienen que su ciencia es la primera en fecha, y que ha sido «plagiada» por la mitología para pasar al dominio público, de modo que, si el dios de la guerra ha sido bautizado Marte, es únicamente porque ya se había establecido una correspondencia entre el planeta y las ten­dencias guerreras.

Más consecuente es la interpretación que se basa en dis­ciplinas tales como la antropología y el psicoanálisis. Se­gún ella la mitología se considera como un sueño de la humanidad colectiva, un sueño en el que son proyectados los deseos, las aspiraciones de cada hombre. El sueño pre­cede a la conciencia como la noche precede al día, al igual como la imaginación creadora, de la que ha salido el mito, precede al pensamiento razonado que ha fundado la astro­logía. Es sobre este fondo del inconsciente colectivo que se tejen los primeros conocimientos, y la mitología ha de­bido probablemente ser la madre, la materia prima, la substancia nutritiva de la astrología. La mitología es ya una fantasía astrológica, y pasamos de una a otra, de una cos­mogonía a una cosmología, como de la frondosidad de los relatos a la naturaleza fundamental de los tipos. En todo caso, una y otra tienen una fuente creadora común, y pa­rece probable que la misma mente ha engendrado el mito y fecundado la astrología.

Pero también vemos íntimamente asociadas en los tiem­pos antiguos la astrología y la religión. En nuestros días los sociólogos creen cada vez más que la creencia sideral es una fase primordial de la evolución general de las religiones, relevándose éstas gradualmente del animismo y del fetichismo a las formas superiores del culto. Lo llamado «divino» ha sido tempranamente proyectado hacia el cielo, hacia estos astros que se mueven allá arriba, en otro universo. Se comprende así, que la observación del cielo se convirtiera en servicio divino. Entre los «pioneros» del cielo, los somero-­babilonios, el signo de la escritura cuneiforme que designa a Dios era una estrella, y en muchas lenguas la palabra Dios deriva de una raíz común sánscrita, «diva», que sig­nifica «iluminar» o «brillar».

Si las imágenes de los dioses planetarios se han conser­vado intactas a través de los signos, es porque son la ex­presión de fuerzas psíquicas y espirituales profundamente humanas y sin duda permanentes; tienen siempre una reso­nancia en cada uno de nosotros. Los hermetizas no han ce­sado de declarar que las fuerzas planetarias divinizadas son, propiamente hablando, nosotros mismos; son las imágenes primitivas de potencias psíquicas que en otros tiempos el hombre proyectó en el cielo, según un proceso inconsciente, ahora bien conocido.

Según C. C. Jung, los símbolos astrales y los mitos divinizados son los «arquetipos del inconsciente colectivo», transmitido de generación en generación, siempre presen­tes en estado latente en la psique y que pueden ser hechos conscientes.

Cada civilización tendrá su mitología y su religión as­tral, y la astrología será simultáneamente una ciencia, una poesía y un culto.

ORIGENES CALDEOS
La. cuna de la astrología se sitúa en Caldea (1). Los acon­tecimientos que tienen lugar en el cielo estimularon tem­pranamente la imaginación de los. hombres que habitaban, en Mesopotamia.. Era inevitable. que, viendo el enlace entre los grandes hechos relativos a la caza, la pesca, el tiempo, el clima las migraciones, la agricultura y la navegación, por una parte, y lo que ocurre arriba la marcha del sol y de los demás astros, por otra, los hombres establecieran re­laciones más intimas entre los acontecimientos del medio cósmico y los del, medio terrestre. Así se edificó un sistema de ideas acerca de las relaciones existentes entre el curso de los astros, y el crecimiento de las plantas, entre las leyes que regulan la vida de la humanidad y las que regulan la vida de la naturaleza y del universo. Los caldeos. fueron los primeros en concebir y esbozar la primera ciencia. El principio de la astronomía caldea va ligado a la idea de la regularidad de los fenómenos, por tanto a la noción de ley al descubrimiento de que esta regularidad es medible y ligada a una posibilidad de previsión, mediante el cálculo, dentro de un orden astronómico, natural, agrario y humano.

(1) Acerca de la historia de la astrología puede consultarse François Menormente, Historie ansíenme des púpeles d´Orient: Bouche-Leclercq, L´Astrologie Breque; Boll-Bezold, Sternaglaube un Sterndutung; Robert Aislar, Te Royal Art of Astrologa, y René Vértelo, La pensé de lamie et l´Astrobiologie

Dio doro de Sicilia ha dado constancia del saber: que los griegos de su tiempo debían a los caldeos: «Habiendo ob­servado los astros durante un enorme números de años, co­nocen con más exactitud que los demás hombres su curso y sus influencias y predicen con seguridad muchas cosas del porvenir...»

Esta astrología caldea hace aparecer una astronomía ya científica, a la vez que una religión astral, de carácter mi­tológico, y una adivinación supersticiosa. La astronomía está fundada sobre observaciones serias y metódicas, pero sólo calcula para predecir, y únicamente se interesa por las mediciones del tiempo, las duraciones de ascensión de los as­tros; es puramente una astronomía de los movimientos an­gulares, una astronomía de posiciones. Además se da a los astros un culto oficial, considerándolos como los regula­dores divinos de la vida natural, vegetal, animal y humana. Los planetas encarnan divinidades; son los «intérpretes» de genios benéficos o maléficos. Por otra parte, de los fenómenos siderales obtienen presagios para todos los actos de la vida ordinaria, punto de partida de supersticiones y puerilidades higroscópicas. Sin embargo, durante mucho tiem­po, las predicciones astrológicas sólo tendrán por objeto al soberano y al Estado.

Todas las ciudades de Caldea y de Asiria tenían su ob­servatorio, en forma de torre o pirámide de pisos, general­mente anexionada a templos o palacios, donde estaban los doctores de los colegios sacerdotales.

Todos los actos importantes de la vida de estos. pue­blos estaban subordinados a los oráculos e interpretaciones astrológicas. Numerosas son, por ejemplo, las inscripciones en los templos o palacios: «Yo... rey de Asur y de Caldea, he erigido este templo en honor de mi Señor en la hora propicia..».

Entre los temas astrológicos más antiguos que se con­servan señalamos el que hizo levantar Asurbanipal en ocasión de una guerra que emprendió contra Teman, rey de Susana.

El astrólogo caldeo más reputado fue el historiador Veros, contemporáneo de Alejandro, que fue sacerdote de Bel en Babilonia; dejó su patria para ir a profesar su saber en Asia Después se estableció en la Isla Ala, ciudad de Coz, donde abrió una escuela. Plinio cuenta que los ate­nienses le recompensaron por sus éxitos erigiéndole una estatua cuya lengua era dorada.

Desde Caldea, la astrología fue ganando terreno en todas direcciones, propagándose a Persia, India China, Arabia, Egipto y Grecia


EN EGIPTO.
En Egipto no encontró terreno favorable y tuvo que. ser cultivada bastante tardíamente, una vez se hubo extendido ampliamente por todo el Oriente. Cuando alcanzó un pues­to de honor, se vio rodeada, más aún que en otros países, de un ambiente religioso, mítico y mágico.

Es original de la astronomía egipcia su carácter estelar y el ir ligada a la crecida del Nilo: comienzo de la crecida del Nilo, solsticio de verano, elevación heliaca de Sirio; esta triple coincidencia pronto se impuso a la atención. Su carácter solar en relación con este carácter estelar, puesto que está centrada en las elevaciones heliacas, la acerca a. la astronomía asiática vecina, de la que es un ejemplo el culto de Mitra

La creencia egipcia en el destino y el culto de los dio­ses astrales debían conducir a la astrología individual, al horóscopo del nacimiento. Vestigios de semejantes trabajos pueden encontrarse en Egipto 500 años a. C., mientras que semejantes no se hallan Babilonia hasta 250 años a. C. (Juglar).

Los egipcios nos han dejado gran número de documen­tos, entre los cuales figura el zodiaco de Dundera. Un papiro del British Museo representa los fragmentos de un calendario astrológico redactado bajo la XIX
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