Rosalía de Castro, “Adiós, ríos; adiós, fontes”, de Cantares gallegos (1863)






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títuloRosalía de Castro, “Adiós, ríos; adiós, fontes”, de Cantares gallegos (1863)
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Gustavo Adolfo Bécquer, “Del salón en el ángulo oscuro”, de Rimas(1868)
VII

Del salón en el ángulo oscuro,

de su dueña tal vez olvidada,

silenciosa y cubierta de polvo,

veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,

como el pájaro duerme en las ramas,

esperando la mano de nieve

que sabe arrancarlas!

¡Ay!, pensé; ¡cuántas veces el genio

así duerme en el fondo del alma,

y una voz como Lázaro espera

que le diga «Levántate y anda»!

Rosalía de Castro, “Adiós, ríos; adiós, fontes”, de Cantares gallegos (1863)

Adiós ríos, adiós fuentes
adiós regatos pequeños
adiós vista de mis ojos
no sé cuando nos veremos.
Mi tierra mía, mi tierra,
tierra donde me críe
huerto que yo labraba,
higueras que yo planté.
Prados, ríos, arboledas,
pinares que mueve el viento,
pajarillos piadores,
la casa de mi contento.
Molino del castañar,
noches de luna clara,
campanitas timbradoras
de la iglesia del lugar.
Zarzamoras de las zarzas
que yo le daba a mi amor,
caminos entre el maíz,
¡adiós para siempre adiós!
¡Adiós gloria!, ¡adiós contento!
¡Dejo la casa en que nací
y la aldea que conozco
por un mundo que no vi!
Dejo amigos por extraños
y la vega por el mar
dejo, en fin, lo que más quiero…
¡quien pudiera no dejar!
Adiós adiós que me voy
hierbas del camposanto
donde se enterró a mi padre
hierbas que besé tanto
tierra que nos crió.
Ya se oyen lejos muy lejos
las campanas del Pomal
para mi, ¡ay!, desdichado
nunca más han de tocar.
Ya se oyen lejos muy lejos…
cada son es un dolor;
me voy solo sin amparo…
tierra mía, ¡adiós!, ¡adiós!
¡Adiós tanbién, mi querida…
Adiós quizá para siempre!...
Te digo este adiós llorando
desde la orilla del mar.
No me olvides tu mi amor
si muero de soledad…
tantas leguas mar adentro…
¡Mi casa ! ¡Mi hogar!

Rubén Darío, “Canción de otoño en primavera”, de Cantos de vida y esperanza (1905)

Juventud, divino tesoro, 
¡ya te vas para no volver! 
Cuando quiero llorar, no lloro... 
y a veces lloro sin querer...


Plural ha sido la celeste 
historia de mi corazón. 
Era una dulce niña, en este 
mundo de duelo y de aflicción.

Miraba como el alba pura; 
sonreía como una flor. 
Era su cabellera obscura 
hecha de noche y de dolor.

Yo era tímido como un niño. 
Ella, naturalmente, fue, 
para mi amor hecho de armiño, 
Herodías y Salomé...

Juventud, divino tesoro, 
¡ya te vas para no volver! 
Cuando quiero llorar, no lloro... 
y a veces lloro sin querer...


Y más consoladora y más 
halagadora y expresiva, 
la otra fue más sensitiva 
cual no pensé encontrar jamás.

Pues a su continua ternura 
una pasión violenta unía. 
En un peplo de gasa pura 
una bacante se envolvía...

En sus brazos tomó mi ensueño 
y lo arrulló como a un bebé... 
Y te mató, triste y pequeño, 
falto de luz, falto de fe...

Juventud, divino tesoro, 
¡te fuiste para no volver! 
Cuando quiero llorar, no lloro... 
y a veces lloro sin querer...


Otra juzgó que era mi boca 
el estuche de su pasión; 
y que me roería, loca, 
con sus dientes el corazón.

Poniendo en un amor de exceso 
la mira de su voluntad, 
mientras eran abrazo y beso 
síntesis de la eternidad;

y de nuestra carne ligera 
imaginar siempre un Edén, 
sin pensar que la Primavera 
y la carne acaban también...

Juventud, divino tesoro, 
¡ya te vas para no volver! 
Cuando quiero llorar, no lloro... 
y a veces lloro sin querer.


¡Y las demás! En tantos climas, 
en tantas tierras siempre son, 
si no pretextos de mis rimas 
fantasmas de mi corazón.

En vano busqué a la princesa 
que estaba triste de esperar. 
La vida es dura. Amarga y pesa. 
¡Ya no hay princesa que cantar!

Mas a pesar del tiempo terco, 
mi sed de amor no tiene fin; 
con el cabello gris, me acerco 
a los rosales del jardín...

Juventud, divino tesoro, 
¡ya te vas para no volver!
 
Cuando quiero llorar, no lloro...
 
y a veces lloro sin querer...
 
¡Mas es mía el Alba de oro!

Antonio Machado, “Campos de Soria”, de Campos de Castilla(1912)

Campos de Soria

VII

¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, obscuros encinares,
ariscos pedregales, calvas sierras,
caminos blancos y álamos del río,
tardes de Soria, mística y guerrera,
hoy siento por vosotros, en el fondo
del corazón, tristeza,
tristeza que es amor! ¡Campos de Soria
donde parece que las rocas sueñan,
conmigo vais! ¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas!...

VIII

He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria —barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra—.

Estos chopos del río, que acompañan
con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.

¡Álamos del amor que ayer tuvisteis
de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña,
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!

Antonio Machado, “Proverbios y cantares”, XXIX, XLIV, deCampos de Castilla (1917)

XXIX

Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.

XLIV

Todo pasa y todo queda;
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre la mar.

Juan Ramón Jiménez, “Álamo blanco”, de Canción (1936)

Canción (Álamo blanco)

Arriba canta el pájaro

y abajo canta el agua.

―Arriba y abajo,

se me abre el alma.―

Mece a la estrella el pájaro, 5

a la flor mece el agua.

―Arriba y abajo,

me tiembla el alma.―

Juan Ramón Jiménez, “Si yo, por ti, he creado un mundo para ti” (El nombre conseguido de los nombres), de Dios deseado y deseante (1949)

El nombre conseguido de los nombres

Si yo, por ti, he creado un mundo para ti,

dios, tú tenías seguro que venir a él,

y tú has venido a él, a mí seguro,

porque mi mundo todo era mi esperanza.

Yo he acumulado mi esperanza

en lengua, en nombre hablado, en nombre escrito;

a todo yo le había puesto nombre

y tú has tomado el puesto

de toda esta nombradía.

Ahora puedo yo detener ya mi movimiento,

como la llama se detiene en ascua roja

con resplandor de aire inflamado azul,

en el ascua de mi perpetuo estar y ser;

ahora yo soy ya mi mar paralizado,

el mar que yo decía, mas no duro,

paralizado en olas de conciencia en luz

y vivas hacia arriba todas, hacia arriba.

Todos los nombres que yo puse

al universo que por ti me recreaba yo,

se me están convirtiendo en uno y en un

dios.

El dios que es siempre al fin,

el dios creado y recreado y recreado

por gracia y sin esfuerzo.

El Dios. El nombre conseguido de los nombres.

Pedro Salinas, “El alma tenías”, de Presagios (1924)

El alma tenías…

El alma tenías

tan clara y abierta,

que yo nunca pude

entrarme en tu alma.

Busqué los atajos

angostos,39 los pasos

altos y difíciles...

A tu alma se iba

por caminos anchos.

Preparé alta escala40

—soñaba altos muros

guardándote el alma—

pero el alma tuya

estaba sin guarda

de tapial ni cerca.

Te busqué la puerta

estrecha del alma,

pero no tenía,

de franca41 que era,

entradas tu alma.

¿En dónde empezaba?

¿Acababa, en dónde?

Me quedé por siempre

sentado en las vagas

lindes de tu alma.

Jorge Guillén, “Más allá”, de Cántico (1928)

Más allá (Cántico, 1928)

I

(El alma vuelve al cuerpo,

se dirige a los ojos

y choca) ―¡Luz! Me invade

todo mi ser. ¡Asombro!
Intacto aún, enorme,

rodea el tiempo... Ruidos

irrumpen. ¡Cómo saltan

sobre los amarillos
Todavía no agudos

de un sol hecho ternura

de rayo alboreado

para estancia difusa,
Mientras van presentándose

todas las consistencias

que al disponerse en cosas

me limitan, me centran!
¿Hubo un caos? Muy lejos

de su origen, me brinda

por entre hervor de luz

frescura en chispas. ¡Día!
Una seguridad

se extiende, cunde,42 manda.

el esplendor aploma43

la insinuada mañana.
Y la mañana pesa,

vibra sobre mis ojos,

que volverán a ver

lo extraordinario: todo.
Todo está concentrado

por siglos de raíz

dentro de este minuto,

eterno y para mí.
Y sobre los instantes

que pasan de continuo

voy salvando el presente,

eternidad en vilo.
Corre la sangre, corre

con fatal avidez.

a ciegas acumulo

destino: quiero ser.
Ser, nada más. Y basta.

Es la absoluta dicha.

¡Con la esencia en silencio

tanto se identifica!
¡Al azar de las suertes

únicas de un tropel

surgir entre los siglos,

alzarse con el ser,
Y a la fuerza fundirse

con la sonoridad

más tenaz: sí, sí, sí,

la palabra del mar!
Todo me comunica,

vencedor, hecho mundo,

su brío para ser

de veras real, en triunfo.
Soy, más: estoy. Respiro.

Lo profundo es el aire.

La realidad me inventa,
soy su leyenda. ¡Salve!

Gerardo Diego, “Río Duero, río Duero”, de Soria (1923)

Romance del Duero (Soria, 1923)

Río Duero, río Duero,

nadie a acompañarte baja,

nadie se detiene a oír

tu eterna estrofa de agua.
Indiferente o cobarde

la ciudad vuelve la espalda.

No quiere ver en tu espejo

su muralla desdentada.
Tú, viejo Duero, sonríes

entre tus barbas de plata,

moliendo con tus romances

las cosechas mal logradas.
Y entre los santos de piedra

y los álamos de magia

pasas llevando en tus ondas

palabras de amor, palabras.
Quién pudiera como tú,

a la vez quieto y en marcha

cantar siempre el mismo verso

pero con distinta agua.
Río Duero, río Duero,

nadie a estar contigo baja,

ya nadie quiere atender

tu eterna estrofa olvidada
sino los enamorados

que preguntan por sus almas

y siembran en tus espumas

palabras de amor, palabras.

Federico García Lorca, “La luna vino a la fragua”, deRomancero gitano (1927)

Romance de la luna, luna (Romancero gitano, 1927)
La luna vino a la fragua

con su polisón de nardos.

El niño la mira, mira.

El niño la está mirando.

En el aire conmovido

mueve la luna sus brazos

y enseña, lúbrica49 y pura,

sus senos50 de duro estaño.

―Huye luna, luna, luna.

Si vinieran los gitanos,

harían con tu corazón

collares y anillos blancos.

―Niño, déjame que baile.

Cuando vengan los gitanos,

te encontrarán sobre el yunque

con los ojillos cerrados.

―Huye luna, luna, luna,

que ya siento sus caballos.

―Niño déjame, no pises

mi blancor almidonado

El jinete se acercaba

tocando el tambor del llano.

Dentro de la fragua el niño

tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,

bronce y sueño, los gitanos.

Las cabezas levantadas

y los ojos entornados.

Cómo canta la zumaya,

¡ay, cómo canta en el árbol!

Por el cielo va la luna

con un niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,

dando gritos, los gitanos.

El aire la vela, vela.

El aire la está velando.

Federico García Lorca, “Ciudad sin sueño”, de Poeta en Nueva York (1929-1930, publicado en 1940)

No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Las criaturas de la luna huelen y rondan sus cabañas.

Vendrán las iguanas vivas a morder a los hombres que no sueñan

y el que huye con el corazón roto encontrará por las esquinas

al increíble cocodrilo quieto bajo la tierna protesta de los astros.
No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.
Hay un muerto en el cementerio más lejano

que se queja tres años

porque tiene un paisaje seco en la rodilla;

y el niño que enterraron esta mañana lloraba tanto

que hubo necesidad de llamar a los perros para que callase.
No es sueño la vida. ¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!

Nos caemos por las escaleras para comer la tierra húmeda

o subimos al filo de la nieve con el coro de las dalias muertas.

Pero no hay olvido, ni sueño:

carne viva. Los besos atan las bocas

en una maraña de venas recientes

y al que le duele su dolor le dolerá sin descanso

y al que teme la muerte la llevará sobre sus hombros.
Un día

Los caballos vivirán en las tabernas

y las hormigas furiosas

atacarán los cielos amarillos que se refugian en los ojos de las vacas.

Otro día

veremos la resurrección de las mariposas disecadas

y aún andando por un paisaje de esponjas grises y barcos mudos

veremos brillar nuestro anillo y manar rosas de nuestra lengua.
¡Alerta! ¡Alerta! ¡Alerta!

A los que guardan todavía huellas de zarpa y aguacero,

a aquel muchacho que llora porque no sabe la invención del puente

o a aquel muerto que ya no tiene más que la cabeza y un zapato,

hay que llevarlos al muro donde iguanas y sierpes esperan,

donde espera la dentadura del oso,

donde espera la mano momificada del niño

y la piel del camello se eriza con un violento escalofrío azul.
No duerme nadie por el cielo. Nadie, nadie.

No duerme nadie.

Pero si alguien cierra los ojos,

¡azotadlo, hijos míos, azotadlo!

Haya un panorama de ojos abiertos

y amargas llagas encendidas.

No duerme nadie por el mundo. Nadie, nadie.

Ya lo he dicho.

No duerme nadie.
Pero si alguien tiene por la noche exceso de musgo en las sienes,

abrid los escotillones para que vea bajo la luna

Las copas falsas, el veneno y la calavera de los teatros.

Dámaso Alonso, “Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas)”, de Hijos de la ira(1944)

Insomio, de Hijos de la ira (1944)
Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres (según las últimas estadísticas).

A veces en la noche yo me revuelvo y me incorporo en este nicho en el que hace cuarenta y

cinco años que me pudro,

y paso largas horas oyendo gemir al huracán, o ladrar los perros, o fluir blandamente la luz de

la luna.

Y paso largas horas gimiendo como el huracán, ladrando como un perro enfurecido, fluyendo

como la leche de la ubre65 caliente de una gran vaca amarilla.

Y paso largas horas preguntándole a Dios, preguntándole por qué se pudre lentamente mi

alma,

por qué se pudren más de un millón de cadáveres en esta ciudad de Madrid,

por qué mil millones de cadáveres se pudren lentamente en el mundo.

Dime, ¿qué huerto quieres abonar con nuestra podredumbre?

¿Temes que se te sequen los grandes rosales del día, las tristes azucenas letales de tus noches?

Vicente Alexandre, “Se querían”, de La destrucción o el amor(1935)

Se querían (La destrucción o el amor, 1935)
Se querían.

Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,

labios saliendo de la noche dura,

labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?

Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.
Se querían como las flores a las espinas hondas,

a esa amorosa gema72 del amarillo nuevo,

cuando los rostros giran melancólicamente,

giralunas que brillan recibiendo aquel beso.
Se querían de noche, cuando los perros hondos

laten bajo la tierra y los valles se estiran

como lomos arcaicos que se sienten repasados:

caricia, seda, mano, luna que llega y toca.
Se querían de amor entre la madrugada,

entre las duras piedras cerradas de la noche,

duras como los cuerpos helados por las horas,

duras como los besos de diente a diente solo.
Se querían de día, playa que va creciendo,

ondas que por los pies acarician los muslos,

cuerpos que se levantan de la tierra y flotando...

Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.
Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,

mar altísimo y joven, intimidad extensa,

soledad de lo vivo, horizontes remotos

ligados como cuerpos en soledad cantando.
Amando. Se querían como la luna lúcida,

como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,

donde los peces rojos van y vienen sin música.
Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,

ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,

mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,

metal, música, labio, silencio, vegetal, mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

Rafael Alberti, “Si mi voz muriera en tierra”, de Marinero en tierra (1924)

Si mi voz muriera en tierra… (Marinero en tierra, 1924)
Si mi voz muriera en tierra

llevadla al nivel del mar

y dejadla en la ribera.

Llevadla al nivel del mar

y nombradla capitana 5

de un blanco bajel79 de guerra.

¡Oh mi voz condecorada

con la insignia marinera:

sobre el corazón un ancla

y sobre el ancla una estrella 10

y sobre la estrella el viento

y sobre el viento la vela!

Luis Cernuda, “Donde habite el olvido”, de Donde habite el olvido (1933)

Donde habite el olvido… (Donde habite el olvido, 1933)
Donde habite el olvido,

en los vastos jardines sin aurora;

donde yo sólo sea

memoria de una piedra sepultada entre ortigas

sobre la cual el viento escapa a sus insomnios. 5

Donde mi nombre deje

al cuerpo que designa en brazos de los siglos,

donde el deseo no exista.

En esa gran región donde el amor, ángel terrible,

no esconda como acero 10

en mi pecho su ala,

sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento.80

Allá donde termine este afán que exige un dueño a imagen suya,

sometiendo a otra vida su vida,

sin más horizonte que otros ojos frente a frente. 15

Donde penas y dichas no sean más que nombres,

cielo y tierra nativos en torno de un recuerdo;

donde al fin quede libre sin saberlo yo mismo,

disuelto en niebla, ausencia,

ausencia leve como carne de niño. 20

Allá, allá lejos;

Donde habite el olvido.

Miguel Hernández, “Yo quiero ser, llorando, el hortelano”, de El rayo que no cesa (1936)

Elegía (El rayo que no cesa, 1936)
Yo quiero ser llorando el hortelano

de la tierra que ocupas y estercolas,

compañero del alma, tan temprano.
Alimentando lluvias, caracolas

y órganos mi dolor sin instrumento,

a las desalentadas amapolas
daré tu corazón por alimento.

Tanto dolor se agrupa en mi costado,

que por doler me duele hasta el aliento.
Un manotazo duro, un golpe helado,

un hachazo invisible y homicida,

un empujón brutal te ha derribado.
No hay extensión más grande que mi herida,

lloro mi desventura y sus conjuntos

y siento más tu muerte que mi vida.
Ando sobre rastrojos de difuntos,

y sin calor de nadie y sin consuelo

voy de mi corazón a mis asuntos.
Temprano levantó la muerte el vuelo,

temprano madrugó la madrugada

temprano estás rodando por el suelo.
No perdono a la muerte enamorada,

no perdono a la vida desatenta,

no perdono a la tierra ni a la nada.

En mis manos levanto una tormenta

de piedras, rayos y hachas estridentes85

sedienta de catástrofes y hambrienta.
Quiero escarbar la tierra con los dientes,

quiero apartar la tierra parte a parte

a dentelladas secas y calientes.
Quiero minar86 la tierra hasta encontrarte

y besarte la noble calavera

y desamordazarte87 y regresarte.
Volverás a mi huerto y a mi higuera:

por los altos andamios de las flores

pajareará tu alma colmenera
de angelicales ceras y labores.

Volverás al arrullo88 de las rejas

de los enamorados labradores.
Alegrarás la sombra de mis cejas,

y tu sangre se irán a cada lado

disputando tu novia y las abejas.
Tu corazón, ya terciopelo ajado,

llama a un campo de almendras espumosas

mi avariciosa voz de enamorado.
A las aladas almas de las rosas

del almendro de nata te requiero,

que tenemos que hablar de muchas cosas,

compañero del alma, compañero.

Gabriel Celaya, “La poesía es un arma cargada de futuro”, deCantos iberos (1955)

La poesía es un arma cargada de futuro (Cantos iberos, 1955)
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,

mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,

fieramente existiendo, ciegamente afirmado,

como un pulso que golpea las tinieblas,
cuando se miran de frente

los vertiginosos ojos claros de la muerte,

se dicen las verdades:

las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.
Se dicen los poemas

que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,

piden ser, piden ritmo,

piden ley para aquello que sienten excesivo.
Con la velocidad del instinto,

con el rayo del prodigio,

como mágica evidencia, lo real se nos convierte

en lo idéntico a sí mismo.
Poesía para el pobre, poesía necesaria

como el pan de cada día,

como el aire que exigimos trece veces por minuto,

para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.
Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan

decir que somos quien somos,

nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.

Estamos tocando el fondo.
Maldigo la poesía concebida como un lujo

cultural por los neutrales

que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.

Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.
Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren

y canto respirando.

Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas

personales, me ensancho.
Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,

y calculo por eso con técnica qué puedo.

Me siento un ingeniero del verso y un obrero

que trabaja con otros a España en sus aceros.
Tal es mi poesía: poesía-herramienta

a la vez que latido de lo unánime y ciego.

Tal es, arma cargada de futuro expansivo

con que te apunto al pecho.
No es una poesía gota a gota pensada.

No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos

y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.
Son palabras que todos repetimos sintiendo

como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.93

Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.

Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

Blas de Otero, “En el principio”, de Pido la paz y la palabra(1955)

En el principio (Pido la paz y la palabra, 1955)
Si he perdido la vida, el tiempo, todo

lo que tiré, como un anillo, al agua,

si he perdido la voz en la maleza,

me queda la palabra.
Si he sufrido la sed, el hambre, todo

lo que era mío y resultó ser nada,

si he segado las sombras en silencio,

me queda la palabra.
Si abrí los labios para ver el rostro

puro y terrible de mi patria,

si abrí los labios hasta desgarrármelos,

me queda la palabra.

Ángel González, “Para que yo me llame Ángel González”, deÁspero mundo (1956)

Para que yo me llame Ángel González… (Áspero mundo, 1956)
Para que yo me llame Ángel González,

para que mi ser pese sobre el suelo,

fue necesario un ancho espacio

y un largo tiempo:

hombres de todo el mar y toda tierra,

fértiles vientres de mujer, y cuerpos

y más cuerpos, fundiéndose incesantes

en otro cuerpo nuevo.

Solsticios y equinoccios alumbraron

con su cambiante luz, su vario cielo,

el viaje milenario de mi carne

trepando por los siglos y los huesos.

De su pasaje lento y doloroso

de su huida hasta el fin, sobreviviendo

naufragios, aferrándose

al último suspiro de los muertos,

yo no soy más que el resultado, el fruto,

lo que queda, podrido, entre los restos;

esto que veis aquí,

tan sólo esto:

un escombro tenaz, que se resiste

a su ruina, que lucha contra el viento,

que avanza por caminos que no llevan

a ningún sitio. El éxito

de todos los fracasos. La enloquecida fuerza del desaliento…

José María Valverde, “En el principio”, de Ser de palabra(1976)

En el principio (Ser de palabra, 1976)

De pronto arranca la memoria,

sin fondos de origen perdido;

muy niño viéndome una tarde

en el espejo de un armario

con doble luz enajenada

por el iris de sus biseles,

decidí que aquello lo había

de recordar, y lo aferré,

y desde ahí empieza mi mundo,

con un piso destartalado,

las vagas personas mayores

y los miedos en el pasillo.

Años y años pasaron luego

y al mirar atrás, allá estaba

la escena en que, hombrecito audaz,

desembarqué en mí, conquistándome.

Hasta que un día, bruscamente,

vi que esa estampa inaugural

no se fundó porque una tarde

se hizo mágica en un espejo,

sino por un toque, más leve,

pero que era todo mi ser:

el haberme puesto a mí mismo

en el espejo del lenguaje

doblando sobre sí el hablar,

diciéndome que lo diría,

para siempre vuelto palabra,

mía y ya extraña, aquel momento.

Pero cuando lo comprendí

era ya mayor, hombre de libros,

y acaso fue porque en alguno

leí la gran perogrullada:

que no hay más mente que el lenguaje,

y pensamos sólo al hablar,

y no queda más mundo vivo

tras las tierras de la palabra.

Hasta entonces, niño y muchacho,

creí que hablar era un juguete,

algo añadido, una herramienta,

un ropaje sobre las cosas,

un caballo con que correr

por el mundo, terrible y rico,

o un estorbo en que se aludía

a lo lejos, a ideas vagas:

ahora, de pronto, lo era todo,

igual que el ser de carne y hueso,

nuestra ración de realidad,

el mismo ser hombre, poco o mucho.

José Ángel Valente, “Si no creamos un objeto metálico”, de El inocente (1970)

El poema (El inocente, 1970)
Si no creamos un objeto metálico

de dura luz,

de púas aceradas,

de crueles aristas,

donde el que va a vendernos, a entregarnos, de pronto

reconozca o presencie metódica su muerte,

cuándo podremos poseer la tierra.
Si no depositamos a mitad del vacío

un objeto incruento100

capaz de percutir101 en la noche terrible

como un pecho sin término,

si en el centro no está invulnerable el odio,

tentacular, enorme, no visible,

cuándo podremos poseer la tierra.
Y si no está el amor petrificado

y el residuo del fuego no pudiera

hacerlo arder, correr desde sí mismo, como semen o lava,

para arrasar el mundo, para entra como un río

de vengativa luz por las puertas vedadas,

cuándo podremos poseer la tierra.
Si no creamos un objeto duro,

resistente a la vista, odioso al tacto,

incómodo al oficio del injusto,

interpuesto entre el llanto y la palabra,

entre el brazo del ángel y el cuerpo de la víctima,

entre el hombre y su rostro,

entre el nombre del dios y su vacío,

entre el filo y su espada,

entre la muerte y su naciente sombra,

cuándo podremos poseer la tierra.

cuándo podremos poseer la tierra.

cuándo podremos poseer la tierra.

Jaime Gil de Biedma, “Intento formular mi experiencia de la guerra”, de Moralidades (1966)

Intento formular mi experiencia de la guerra (Moralidades, 1966)
Fueron, posiblemente,

los años más felices de mi vida,

y no es extraño, puesto que a fin de cuentas

no tenía los diez.
Las víctimas más tristes de la guerra

los niños son, se dice.

Pero también es cierto que es una bestia el niño:

si le perdona la brutalidad

de los mayores, él sabe aprovecharla,

y vive más que nadie

en ese mundo demasiado simple,

tan parecido al suyo.
Para empezar, la guerra

fue conocer los páramos104 con viento,

los sembrados de la gleba105 pegajosa

y las tardes de azul, celestes y algo pálidas,

con los montes de nieve sonrosada a lo lejos.

Mi amor por los inviernos mesetarios

es una consecuencia

de que hubiera en España casi un millón de muertos.
A salvo en los pinares

pinares de la Mesa, del Rosal, del Jinete!,

el miedo y el desorden de los primeros días

eran algo borroso, con esa irrealidad

de los momentos demasiado intensos.

Y Segovia parecía remota

como una gran ciudad, era ya casi el frente

o por lo menos un lugar heroico,

un sitio con tenientes de brazo en cabestrillo

que nos emocionaba visitar: la guerra

quedaba allí al alcance de los niños

tal y como la quieren.
A la vuelta, de paso por el puente Uñés,

Buscábamos la arena removida

donde estaban, sabíamos, los cinco fusilados.

Luego la lluvia los desenterró,

los llevó río abajo.
Y me acuerdo también de una excursión a Coca,

que era el pueblo de al lado,

una de esas mañanas que la luz

es aún, en el aire, relámpago de escarcha,

pero que anuncian ya la primavera.

Mi recuerdo, muy vago, es sólo una imagen,

una nítida imagen de felicidad

retratada en un cielo

hacia el que se apresura la torre de la iglesia,

entre un nimbo de pájaros.

Y los mismos discursos, los gritos, las canciones

eran como promesas de otro tiempo mejor,

nos ofrecían

un billete de vuelta al siglo diez y seis.

Qué niño no lo acepta?
Cuando por fin volvimos

a Barcelona, me quedó unos meses

la nostalgia de aquello, pero me acostumbré.

Quien me conoce ahora

dirá que mi experiencia

nada tiene que ver con mis ideas,

y es verdad. Mis ideas de la guerra cambiaron

después, mucho después

de que hubiera empezado la postguerra.

María Victoria Atencia, “Placeta de San Marcos”, de El coleccionista (1979)

Placeta de San Marcos (El coleccionista, 1979)
Amárrate, alma mía; sujétate a este mármol,

Sebastián de su tronco, con cuantas cintas pueda

ofrecerte en Venecia la lluvia que te empapa.

Amárrate a este palo, alma Ulises, y escucha

desde donde la plaza proclama su equilibrio 5

el rugido de bronce que la piedra sostiene.

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