Traducción por Horacio Ríos Índice






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Los elementos sacramentales de la Santa Comunión
Punto fundamental

De acuerdo con las palabras de institución de Jesús y la tradición, la iglesia usa el pan común en las celebraciones de la Santa Comunión.
Trasfondo:

El uso del pan en el Antiguo y el Nuevo Testamento era símbolo de la provisión de Dios de los alimentos diarios y de la importancia de compartirlos. Cuando Dios liberó al pueblo hebreo de la esclavitud de Egipto, en su peregrinar por el desierto ellos llevaron el pan como símbolo de las provisiones de Dios. El pueblo judío desde entonces ha celebrado la Pascua usando el pan. La provisión del maná y el pan que guardaban en el Tabernáculo era símbolo de la presencia de Dios con ellos y expresión del sustento de Dios durante su peregrinar por el desierto (Éxodo 16, 25:23-30). En el Nuevo Testamento, Jesús frecuentemente compartió el pan con los discípulos y con otras personas (Mateo 9:9-11 y otros pasajes similares). Jesús dio pan a las multitudes (Mateo 14:13-21 y pasajes paralelos) y usó el pan como símbolo de su persona y misión (Juan 6). La noche anterior a la crucifixión, Jesús comió la Última Cena con sus discípulos (Mateo 26:26-29 y pasajes semejantes). Después de su resurrección, partió el pan con los caminantes a Emaús (Lucas 24:13-35) y con sus discípulos por la mañana a la orilla del lago (Juan 21:9-14).
Práctica:

Es importante que el pan que se use en la Santa Comunión tenga apariencia y sabor de pan. El uso de la hogaza entera representa la unidad de la iglesia como el cuerpo de Cristo que al ser partido y compartirse, representa nuestra unidad en el mismo cuerpo (1ª de Corintios 10:16-17).

Es importante conservar la continuidad histórica de esta costumbre de la iglesia universal; sin embargo, las personas que hacen los preparativos deben tomar en cuenta la tradición y circunstancias locales. Se puede preparar el pan de cualquier grano disponible, aunque en algunas celebraciones ecuménicas sea preferible usar la hostia.

La hogaza de pan debe ser sencilla, sin adorno, color, sabor o alguna otra cosa adicional. Es aceptable el pan preparado con o sin levadura. En algunas congregaciones en que hay personas alérgicas al gluten [sustancia pegajosa] del pan, se podrá usar pan sin gluten. El pan que se parte en la mesa siempre debe ser administrado a los congregantes. Conforme la dignidad que requiera la ocasión se deberá tener cuidado de no desmoronar el pan en exceso o dejar caer trozos al suelo.

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Punto fundamental:

Según el relato de las Escrituras y la tradición cristiana, la iglesia histórica y ecuménica utiliza el vino en las celebraciones de la Santa Comunión.
Trasfondo:

A través de los relatos del Antiguo Testamento sobre el pacto de Dios con el pueblo hebreo, la sangre es símbolo de la ratificación del pacto (Éxodo 12:12-28; 24:1-8). Al celebrar Jesús la Última Cena con sus discípulos, Jesús habló del vino como su sangre —la sangre del Nuevo Pacto (Jeremías 31:31-34) entre Dios y su pueblo, dada por medio de su muerte y resurrección (Apocalipsis 5:9). También hizo mención del vino como signo del banquete que se celebrará con la iglesia (1ª de Corintios 11:23-26; Mateo 26:26-29).

El jugo (zumo) de la uva roja en la copa común representa el pacto de Cristo con la iglesia por el sacrificio de su muerte (Hebreos 9:15-28; 13:20-21) en el que se cumplen las palabras que Jesús dijo a sus discípulos en la Última Cena (Mateo 26:27-29;Marcos 14:23-24; Lucas 22:19-20).

La Iglesia Católica Romana, la Iglesia Ortodoxa y varias denominaciones protestantes han utilizado el vino en la Eucaristía. En los Estados Unidos durante los años de prohibición del movimiento social y religioso a finales del siglo diecinueve en contra de las bebidas alcohólicas, las iglesias wesleyanas que precedieron a la Iglesia Metodista Unida optaron por usar el jugo de uva sin fermentar. Esta costumbre sigue observándose hasta nuestros días (The Book of Resolutions, pág. 838). (La palabra vino se utiliza en este documento debido a sus antecedentes históricos y bíblicos aunque la costumbre de los metodistas unidos sea servir el jugo de uva sin fermentar).

El uso de una sola copa para que todos beban de ella se remonta a la Última Cena cuando Jesús tomó la copa de vino en sus manos, la bendijo y la dio a sus discípulos. El uso de una sola copa de la cual beben todos es símbolo de la unidad del cuerpo de Cristo al reunirse a la mesa.
Práctica:

En aquellos contextos culturales donde no es posible obtener el jugo de uva sin fermentar o en caso de que se pueda conseguir es demasiado caro, se pueden hacer las sustituciones necesarias.

Se puede usar una copa para humedecer el pan o para permitir que todos beban de ella. El uso de una sola copa es la representación aceptable de la unidad cristiana, aunque los vasitos individuales se pueden usar también en algunas congregaciones. En estos casos la unidad cristiana se representa al llenar cada vasito de un mismo cáliz.

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Punto fundamental:

Los elementos que han sido consagrados se deberán tratar con respeto y reverencia como dones de Dios. Las palabras de la oración de Acción de Gracias dicen que “sean para nosotros el cuerpo y la sangre de Cristo” (Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista, pág.12)
Trasfondo:

Nosotros no veneramos los elementos que han sido consagrados, ni son objeto de adoración. Los respetamos porque al hacer uso de ellos Dios los usa con un propósito santo, renovando a los comulgantes como el cuerpo de Cristo, trasmitiendo su gracia, el perdón de los pecados, anticipando el reino de los cielos, y fortaleciendo a los fieles en su jornada de salvación. Y, aunque no han tenido un cambio físico, al haber sido consagrados se les ha conferido un porpósito sagrado.

Mientras que a través de la historia la reverencia debida a los elementos consagrados ha caído en la superstición, observar el respeto debido a los elementos ayuda al creyente a madurar en su experiencia de piedad sacramental.

El artículo XVIII de “Los Artículos de Religión de la Iglesia Metodista Unida” declara que se rechaza toda sugerencia de que la naturaleza del pan y el vino que se usan en la Comunión sean transformados en otras sustancias:
La transustanciación o cambio de la naturaleza del pan y el vino en la Cena del Señor no tiene fundamento en la Santa Palabra, es repugnante a las palabras sencillas de las Escrituras y destruye el propósito del sacramento dando oportunidad a muchas supersticiones. El cuerpo de Cristo es dado, tomado y comido en la Cena solamente en forma espiritual y divina. El medio por el cual se recibe el cuerpo de Cristo es la fe (Disciplina, pág. 67).
(La Iglesia Metodista Unida toma nota de que el tono anti-Católico Romano del Artículo XVIII refleja la “amarga polémica” de las relaciones de siglos pasados y se “regocija en las relaciones positivas que están surgiendo ahora . . . a nivel oficial y extraoficial” [The Book of Resolutions, págs. 237-238].)

The United Methodist Book of Worship indica: “La manera de disponer del pan y el vino que quedan al terminar el culto de la Santa Comunión es manifestación de nuestra mayordomía de los dones de Dios y nuestros respeto por el propósito sagrado con que se han servido” (pág. 30).
Práctica:

La costumbre de consagrar previamente los elementos de la Comunión para que no sea necesaria la presencia del pastor/a en iglesias pequeñas, sitios lejanos, retiros de fin de semana o alguna otra actividad no es aceptable y es contraria a la historia doctrinal y entendimiento de la forma en que la gracia de Dios obra por medio del sacramento (Artículo XVIII, Los Artículos de Religión, Disciplina, pág. 67)

Si no es posible que una persona autorizada celebre la Cena del Señor, se podrá celebrar algún otro tipo de actividad fraternal como un festival de amor cristiano, comidas de agape, o celebración de reafirmación de votos de bautismo, para evitar que degenere en su ejecución.

Los elementos ya consagrados pueden llevarse a personas enfermas que desean comulgar pero no les es posible por alguna razón asistir al culto. El pan y el vino que sobre siempre debe deconsumirse reverentemente al terminar el culto (1) por el pastor y las personas que le han asisitido; (2) regresándolos a la tierra, vaciándolos en un sitio en especial (2ª de Samuel 23.16), enterrándolos, esparciéndolos o quemándolos.
Reglas de aseo y preparación de la mesa
Punto fundamental:

Las personas que preparan los elementos del pan y el vino y los dan a los comulgantes deberán hacerlo con máxima limpieza para evitar su contaminación en el manejo.
Trasfondo:

El suministro de los elementos de la Comunión requiere que se tenga sumo cuidado con los detalles de limpieza e higiene en su manejo. Cuando las personas pasan a participar de la Comunión son particularmente sensibles a la limpieza y cuidado con que los oficiantes manejan los símbolos de la sangre y el cuerpo de Cristo.

La atención a la higiene y el manejo de los elementos de la Comunión debe considerarse a la luz de los estudios científicos que muestran que las personas que participan de la Santa Comunión no padecen necesariamente un mayor índice de enfermedad que las que no comulgan; pero atención a la higiene y la forma de administrar el sacramento son indispensables en casos de personas que padecen alguna enfermedad contagiosa cuyo sistema de inmunidad es vulnerable. La preparación previa es necesaria para atenderlos debidamente. Las palabras de consejo de los capítulos 14 y 15 de Romanos pueden iluminarnos sobre esto.
Práctica:

Las personas que preparan los elementos de la Comunión deberán lavarse las manos siempre. Esto puede hacerse de forma simple y sin interferir en la ceremonia.

El trozo de pan que se da debe ser de tamaño aceptable para permitir que los comulgantes lo sumerjan en la copa sin tener que meter los dedos en el líquido.
Extender la mesa
La Santa Comunión y la evangelización
Punto fundamental:

La Cena del Señor es un medio de gracia que tiene el poder para transformar a la Iglesia (el cuerpo de Cristo) en una comunidad evangelizadora que sale al mundo a predicar, enseñar, bautizar y hacer discípulos (Mateo 28:19-20)
Trasfondo:

En 1ª de Corintios, capítulos 11 y 12, el apóstol Pablo después de hacer el comentario sobre la institución de la Santa Cena, amplía esta interpretación diciendo que el cuerpo de Cristo lo forman muchos miembros y cada uno de ellos tiene su propio ministerio.

Pablo reconoció que el sacramento de la Santa Comunión forma y da vida a la Iglesia en el cumplimiento de su misión para la redención del mundo. En 2ª de Corintios 5:16-6:10, él nos da una descripción más completa del “ministerio de reconciliación” que es la tarea de los miembros de la Iglesia como “embajadores de Cristo”.

Los metodistas unidos somos herederos de una tradición que reconoce que no recibimos los dones espirituales solamente para nuestro bien propio, sino también para prepararnos y ser enviados a participar en la tarea de la evangelización. En la oración del ritual que repetimos juntos después de haber comulgado, damos gracias a Dios por el don recibido y oramos por que “podamos vivir en el mundo con el poder de tu Espíritu y entregarnos al servicio de nuestro prójimo” (Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista, pág. 14).

La Disciplina da énfasis al mandato imperativo de la tarea de evangelizar: “El pueblo de Dios, que es la iglesia en el mundo, ha de convencer al mundo de la realidad del evangelio o ser indiferente y dejarlo. No podemos evadir esta responsabilidad o delegarla. La iglesia debe ser una comunidad fiel en su testimonio y servicio, o perderá su vitalidad y su impacto en un mundo incrédulo” (¶ 128).
Práctica:

La congregación local, por medio de la gracia que recibe de la Santa Comunión, sale de sí misma a proclamar y testificar las buenas nuevas de salvación en Cristo Jesús.

A través de la instrucción cristiana y las diversas actividades de la vida congregacional, damos testimonio del propósito y significado de los sacramentos para que los miembros tengan un mejor aprecio de su andar en la fe y se preparen para recibir y guiar en sus conocimientos a quienes desean seguir a Cristo.

En la medida que los miembros de la congregación participen de la Santa Comunión los lazos de amor fraternal se fortalecen, y por el hecho de ser iglesia que alaba al Dios vivo, recibe fortaleza para salir con poder y esfuerzo a evangelizar, y a trabajar por la paz y la justicia.

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Punto fundamental:

Como seguidores de Jesús que comía con pecadores y se identificaba con los marginados, los miembros de la iglesia deben de preocuparse por las personas que no participan de la mesa del Señor; aquellas personas que se sienten indignas, pobres, inconversas, discriminadas y sufren opresión y olvido.
Trasfondo:

El evangelio de Lucas enfatiza el esfuerzo constante de Jesús de enseñar a sus discípulos que el favor y el amor de Dios favorecen a toda persona, no solamente a aquellas de cierta ascendencia privilegiada, posición social, económica, inclinación política o sexo.

En el libro de los Hechos se menciona el esfuerzo de los primeros cristianos por definir sus límites de acción y el propósito constante de Dios de ampliar sus horizontes de aceptación de otros. La visión de Pedro mencionada en el capítulo 10 de los Hechos es un claro ejemplo.

Los primeros metodistas ingleses eran gentes (salvo algunas excepciones) de un nivel socio-económico que hoy clasificaríamos la clase obrera. Wesley tenía la convicción que la gente que vivía de acuerdo con las “Reglas Generales” (páginas 76-78 de la Disciplina), tarde o temprano mejorarían su nivel de vida. Wesley predicaba celosamente contra el amor al dinero y mencionaba el decaimiento espiritual que a menudo acompaña a la prosperidad.

En la Sección VI, “Llamados a la Inclusividad”, la Disciplina dice: “…somos llamados a ser fieles al ejemplo del ministerio de Jesús a toda persona. La inclusividad significa apertura, aceptación y apoyo que hace posible la participación de toda persona en la vida de la iglesia, la comunidad y el mundo. Por lo tanto, la inclusividad rechaza toda semblanza de discriminación.”

(¶ 138).
Práctica:

La iglesia deberá, deliberada y conscientemente, identificar a todas las personas que se creen no ser aceptadas, o se sienten marginadas en sus congregaciones para invitarlas a incorporarse al cuerpo de Cristo y participar en la celebración de la Santa Comunión.
La Santa Comunión y las normas cristianas del discipulado
Punto fundamental:

Los sacramentos son dones de Dios para los creyentes al reunirse como iglesia para que sean el cuerpo de Cristo en servicio al mundo. El Espíritu Santo, por medio del sacramento de la Santa Comunión da forma a nuestra ética y moralidad.

En el desarrollo constante que se inicia el momento de nuestra conversión crecemos en la fe y en santidad social, recibiendo así poder para ofrecer salud y compasión, y ser medios de reconciliación, paz y justicia.
Trasfondo:

Los profetas del Antiguo Testamento denunciaron la injusticia y la opresión que veían en su entorno. Proclamaban a un Dios que favorece a los pobres y desamparados, y que llama a su pueblo para actuar en su favor. (Isaías 1:16-17; 58:609; Amós 2:6-8; 5:11-15, 21-24; y Miqueas 6:6-8 son pasajes que lo mencionan.)

Al iniciar Jesús su ministerio, proclamó su misión diciendo: “El Espíritu del Señor está sobre mi, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos; a predicar el año agradable del Señor” (Lucas 4:16-21). Jesús siempre se relacionó con la gente marginada y excluida por la sociedad. A menudo hablaba sobre la desigualdad social y económica de su tiempo. Los primeros cristianos, imitando su ejemplo, estaban pendientes de las necesidades de todos. (Hechos 4:32-35, Santiago 1:27; 2:14-17).

La Iglesia Metodista Unida tiene como legado de Juan Wesley el hecho de que la vida de sus seguidores estaba íntimamente ligada a la experiencia sacramental de la adoración. Desde la preocupación que los jovenes universitarios miembros del Club Santo en Oxford demostraban por los reclusos de las instituciones penales, el cuidado de las sociedades por los enfermos, siguiendo el propio ejemplo de Wesley de compartir con otros la mayor parte de su dinero, el movimiento metodista se entregó a aliviar el sufrimiento y carencias de las personas necesitadas. Wesley comentó esta tarea al escribir que el evangelio de Cristo no conoce ninguna otra práctica religiosa que la social, y ningún otro tipo de santidad que la santidad misma (véase el “Preface” a los Hymns and Sacred Poems [Prefacio a Himnos y Poemas Sacros). El dinero que ofrendamos al participar de la Comunión para personas necesitadas es todavía una costumbre histórica en muchas de nuestras iglesias.

A principios del siglo pasado los metodistas empezaron a reconocer que el concepto de vivir en santidad exigía de ellos algo más que los actos de benevolencia y caridad. Con fundamento en el Credo Social, los metodistas de Estados Unidos empezaron a hacer declaraciones públicas sobre las injusticias que causan los organismos económicos, sociales y políticos, demandando su reforma. Los “Principios Sociales” de la Disciplina y las iniciativas tomadas por la Conferencia General que constan en The United Methodist Book of Worship dan fe de la posición oficial de la iglesia en cuanto a estos asuntos. La Disciplina estipula que para cumplir con la tarea del discipulado “…—enviamos a personas al mundo, para vivir en amor y justicia como siervos de Cristo, sanando a los enfermos, dando de comer a los hambrientos, cuidando al extranjero, liberando al oprimido, y obrando para desarrollar estructuras sociales que estén en conformidad con el evangelio;…” (¶ 122).

Los creyentes que participan de la Comunión son enviados de la mesa a dar testimonio de la presencia de Cristo en el mundo. El pueblo de Dios sale para salir a servir compasivamente por la sanidad, la reconciliación, la justicia y la paz. Esta tarea exige un comportamiento profético y subversivo: “renunciando a las fuerzas espirituales de maldad, a los poderes malignos del mundo, . . . aceptando la libertad y el poder que Dios da . . . para resistir el mal, la injusticia y la opresión en cualquier forma en que se presenten” (votos del ritual del bautismo, Mil Voces para Celebrar, Himnario Metodista, pág. 22). Reclamando y haciendo realidad la victoria del Cristo resucitado sobre el mal, sobre el pecado y la muerte. Esta fidelidad bajo el poder del Espíritu Santo responde a la oración de Acción de Gracias: “que seamos para el mundo el cuerpo de Cristo”, y a la petición de la oración del Padrenuestro que “venga tu reino, sea hecha tu voluntad”. La celebración de la Santa Comunión es por tanto una experiencia anticipada del reinado de Dios, cuando en el futuro irrumpa en el mundo. Mientras, la iglesia vive las palabras de Jesús: “Porque vendrán del oriente, del occidente y del norte y del sur, y se sentarán a la mesa en el reino de Dios” (Lucas 13:29).
Práctica:

La Santa Comunión debe celebrarse en formas que manifiesten el lazo que une, la mesa con la vida de piedad, a las personas unas con otras, y a la comunidad. La participación en la Santa Comunión rinde fruto al mundo a través de nuestra actitud, de nuestras obras de piedad y servicio social.

La celebración de la Santa Comunión en nuestras iglesias es testimonio de vida en comunidad y de amor mutuo entre los creyentes y la iglesia universal. La iglesia debe ser un ejemplo viviente para el mundo de vida en comunidad, arraigada en el amor que Dios tiene por cada persona. Cuando comemos y bebemos el sacramento, somos motivados a demostrar compasión a las personas que sufren necesidad física, moral y espiritual. Al recibir el pan y el vino como frutos de la creación divina se nos recuerda que somos mayordomos de todo lo creado en estos tiempos en que la destrucción y contaminación ambiental ponen en peligro el futuro del mundo, y la desigualdad de distribución de los recursos del planeta destruye la esperanza y el porvenir de millones de personas.

Al recibir agradecidos esta muestra de la gracia abundante de Dios, se nos invita a responder y asumir nuestra responsabilidad por la renovación del orden social, por la liberación de los oprimidos, y por la venida del reino de Dios.
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