Dentro de la bola de nieve del escritorio de mi padre había un pingüino con una bufanda a rayas rojas y blancas. Cuando yo era pequeña, mi padre me sentaba en






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títuloDentro de la bola de nieve del escritorio de mi padre había un pingüino con una bufanda a rayas rojas y blancas. Cuando yo era pequeña, mi padre me sentaba en
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TeenBeat que a la imagen que ella tenía de un grupo susurrando un canto fúnebre al compás de timbales celestiales.

Fui yo la que empezó a seguirla y observarla, y, a diferencia de ese coro atolondrado, esos instantes a menudo me parecían tan dolorosos como asombrosos. Ruth obtenía una imagen y ésta se fundía en su memoria. A veces sólo eran instantes, una caída por las escaleras, un grito, un empujón, unas manos apretándose alrededor de un cuello, pero otras era como si un guión completo se escenificara en su mente durante el tiempo que la niña o la mujer tardaba en morir.

Ningún transeúnte pensaba nada de la chica vestida de negro que se había detenido en medio del tráfico. Camuflada de estudiante de arte, podía recorrer todo Manhattan y, si no fundirse con el entorno, sí verse catalogada y por tanto obviada. Entretanto, para nosotros realizaba una tarea importante, una tarea que a la mayoría de la gente de la Tierra le asustaba considerar siquiera.

El día siguiente a la ceremonia de graduación de Lindsey y Samuel, acompañé a Ruth en su paseo. Cuando llegó a Central Park ya había pasado hacía rato la hora del almuerzo, pero el parque seguía estando muy concurrido.

Había parejas sentadas en la pradera recién segada. Ruth las miró. Su apasionamiento era tan poco atrayente en una tarde soleada que cuando algún hombre joven de expresión franca la miraba, desviaba la mirada.

Ella cruzaba el parque en zigzag. Había lugares obvios adonde ir, como los paseos, para documentar la historia de violencia que había tenido lugar allí sin necesidad de apartarse siquiera de los árboles, pero ella prefería los lugares que la gente consideraba seguros: la fría y brillante superficie del estanque de patos situado en el concurrido extremo sudeste del parque, o el plácido lago artificial donde unos ancianos remaban en bonitos botes hechos a mano.

Se había sentado en un banco en un sendero que conducía al zoológico de Central Park, y miró, al otro lado de la grava, los niños con sus niñeras y los adultos solitarios que leían libros en distintos tramos de sombra o sol. Se había cansado de pasear por el barrio residencial, pero aun así sacó su diario del bolso. Lo dejó abierto en su regazo, sosteniendo el bolígrafo como para inspirarse. Había aprendido que era mejor dar la impresión de que hacías algo cuando mirabas al vacío. De lo contrario, era probable que se te acercara algún desconocido e intentara entablar conversación contigo. Era con su diario con quien mantenía una relación más importante y más íntima. En él estaba todo.

Al otro lado, una niña se había alejado de la manta donde dormía su niñera. Se acercaba a los arbustos que bordeaban una pequeña cuesta para convertirse en una cerca que separaba el parque de la Quinta Avenida. En el preciso momento en que Ruth se disponía a adentrarse en el mundo de los seres humanos cuyas vidas inciden unas en otras llamando a la niñera, un fino cordón que Ruth no había visto avisó a la niñera, despertándola. Ésta se irguió de golpe y ladró una orden a la niña para que volviera.

En momentos como ése, Ruth pensaba en todas las niñas que alcanzaban la vida adulta y la vejez como si fuera una especie de alfabeto en clave para todos los que no lo hacían. De alguna manera, sus vidas estaban unidas inextricablemente a las de todas las niñas que habían sido asesinadas. Fue entonces, mientras la niñera recogía sus cosas y enrollaba la manta, preparándose para la tarea que le tocara hacer a continuación, cuando Ruth vio a la niña que un día se había metido por los arbustos y había desaparecido.

Por la ropa que llevaba supo que había ocurrido hacía tiempo, pero eso era todo. No vio nada más, ni niñera, ni madre, ni indicios de si era de noche o de día, sólo una niña desaparecida.

Me quedé con Ruth. En su diario abierto escribió: «¿Año? Niña en Central Park se mete entre matorrales. Cuello de encaje blanco, elegante». Lo cerró y se lo guardó en el bolso. Cerca había un lugar que la tranquilizaba: la caseta de los pingüinos del zoo.

Pasamos la tarde allí, Ruth sentada en el asiento tapizado que se extendía a lo largo de toda la sala, su ropa negra haciendo que sólo se le vieran la cara y las manos. Los pingüinos se tambalearon, chasquearon con la lengua y se zambulleron, deslizándose por las rocas de su hábitat como simpáticos comicastros pero viviendo debajo del agua como músculos enfundados en esmoquin. Los niños gritaban y chillaban y apretaban la cara contra el cristal. Ruth no sólo contaba a los vivos sino también a los muertos, pero en los cerrados confines de la caseta de los pingüinos los alegres gritos de los niños retumbaban con tal sonoridad que, por un rato, logró ahogar la otra clase de gritos.

Ese fin de semana mi hermano se despertó temprano, como siempre hacía. Estaba en séptimo curso, se compraba el almuerzo en el colegio, estaba en el grupo de debates y, como había ocurrido con Ruth, en gimnasia siempre era el último o el penúltimo. No le gustaba el atletismo como a Lindsey. Practicaba, en cambio, lo que la abuela Lynn llamaba su «aire de dignificación». Su profesora favorita no era en realidad una profesora sino la bibliotecaria del colegio, una mujer alta y frágil de pelo áspero que bebía té de su termo y decía haber vivido en Inglaterra de joven. Después de eso, él había fingido durante algunos meses tener acento inglés y había mostrado muchísimo interés cuando mi hermana vio Masterpiece Theatre.

Cuando preguntó ese año a mi padre si podía hacerse cargo del jardín que mi madre en otro tiempo había cuidado, mi padre respondió: «Adelante, Buck, vuélvete loco».

Y así lo había hecho. Se había vuelto totalmente loco, leyendo viejos catálogos de Burpee por las noches cuando no podía dormir y examinando los pocos libros sobre jardinería que tenían en la biblioteca. Donde mi abuela había sugerido plantar respetuosas hileras de perejil y albahaca, y Hal había sugerido «plantas que realmente importen» —berenjenas, cantalupos, pepinos, zanahorias y judías—, mi hermano había dado la razón a ambos.

No le gustaba lo que leía en los libros. No veía motivo para tener las flores separadas de los tomates y las hierbas marginadas en un rincón. Había plantado poco a poco todo el jardín con una pala, suplicando todos los días a su padre que le trajera semillas y haciendo viajes con la abuela Lynn a la tienda de comestibles, donde su extrema solicitud yendo por cosas se veía premiada con una rápida parada en el invernadero en busca de una pequeña planta que diera flores. Ahora esperaba sus tomates, sus margaritas azules, sus petunias, pensamientos y salvias de todo tipo. Había convertido su fuerte en una especie de cobertizo donde guardaba sus herramientas y suministros.

Pero mi abuela se preparaba para el momento en que se diera cuenta de que no era posible cultivarlo todo junto y que a veces algunas semillas no brotaban, que las finas y sedosas raicillas de los pepinos podían verse bruscamente inmovilizadas por los tubérculos cada vez más gruesos de las zanahorias y las patatas, que el perejil podía ser camuflado por las malas hierbas más recalcitrantes, y los bichos que daban brincos alrededor podían arruinar las tiernas flores. Pero esperaba con paciencia. Ya no creía en el poder de la palabra. Nunca salvaba nada. A los setenta años había acabado creyendo únicamente en el tiempo.

Buckley subía una caja de ropa del sótano a la cocina cuando mi padre bajó por su café.

—¿Qué tenemos aquí, granjero Buck? —preguntó mi padre. Su mejor momento siempre había sido por las mañanas.

—Voy a sujetar mis tomateras —explicó mi hermano.

—¿Ya han brotado?

Mi padre estaba en la cocina con su albornoz azul y descalzo. Se sirvió café de la cafetera que la abuela Lynn preparaba todas las mañanas y lo bebió mirando a su hijo.

—Acabo de verlas esta mañana —dijo él, radiante—. Se enroscan como una mano que se abre.

Hasta que mi padre repitió esa descripción a la abuela Lynn junto a la encimera no vio por la ventana trasera lo que Buckley había sacado de la caja. Era mi ropa. Mi ropa, que Lindsey había revisado antes por si quería algo. Mi ropa, que mi abuela, al instalarse en mi habitación, había metido discretamente en una bolsa mientras mi padre trabajaba. La había dejado en el sótano con un pequeño letrero en el que sólo se leía: «Guardar».

Mi padre dejó su café. Salió del porche y avanzó a grandes zancadas, llamando a Buckley.

—¿Qué pasa, papá? —Estaba atento al tono de mi padre.

—Esa ropa es de Susie —dijo mi padre con tono calmado cuando llegó a su lado.

Buckley bajó la vista hacia mi vestido negro, que tenía en la mano.

Mi padre se acercó más, le quitó el vestido de la mano y, sin decir nada, recogió el resto de mi ropa, que Buckley había amontonado en el césped. Mientras se volvía en silencio hacia la casa, sin apenas respirar y estrechando la ropa contra el pecho, estalló.

Yo fui la única que vi los colores de Buckley. Cerca de las orejas y por las mejillas y la barbilla se puso un poco anaranjado, un poco rojo.

—¿Por qué no podemos utilizarla? —preguntó.

Esas palabras aterrizaron como un puño en la espalda de mi padre.

—¿Por qué no puedo utilizar esa ropa para sujetar mis tomateras?

Mi padre se volvió. Vio a su hijo allí, de pie, con el perfecto terreno de tierra lodosa removida y salpicada de minúsculas plantitas detrás de él.

—¿Cómo puedes preguntarme algo así?

—Tienes que escoger. No es justo —dijo mi hermano.

—¿Buck? —Mi padre sostenía la ropa contra su pecho.

Yo observé cómo Buckley se encendía y estallaba. Detrás de él estaba el seto de solidago, dos veces más alto que a mi muerte.

—¡Ya me he cansado! —bramó Buckley—. ¡El padre de Keesha se murió y ella está bien!

—¿Keesha es una niña del colegio?

—¡Sí!

Mi padre se quedó inmóvil. Notaba el rocío en sus pies y en sus tobillos desnudos, sentía el suelo debajo de él, frío, húmedo y rebosante de posibilidades.

—Lo siento. ¿Cuándo fue?

—¡Eso no viene al caso, papá! No lo entiendes.

Buckley giró sobre sus talones y empezó a pisotear los tiernos brotes de las tomateras.

—¡Para, Buck! —gritó mi padre.

Mi hermano se volvió.

—No lo entiendes, papá.

—Lo siento —dijo mi padre—. Es la ropa de Susie, y yo sólo... Tal vez no tenga sentido, pero es suya... es algo que ella llevaba.

—Cogiste tú el zapato, ¿verdad? —dijo mi hermano. Había dejado de llorar.

—¿Qué?

—Te llevaste el zapato. De mi habitación.

—Buckley, no sé de qué me estás hablando.

—Guardaba el zapato del Monopoly, y de pronto desapareció. ¡Lo cogiste tú! ¡Actúas como si sólo tú la hubieras querido!

—Dime qué quieres decir. ¿A qué viene eso del padre de tu amiga Keesha?

—Deja la ropa en el suelo.

Mi padre la puso con delicadeza en el suelo.

—No se trata del padre de Keesha.

—Dime de qué se trata, entonces.

Mi padre era ahora todo apremio. Regresó al lugar donde había estado tras la operación de la rodilla, cuando salió del sueño como drogado por los analgésicos y vio a su hijo, que entonces tenía cinco años, sentado cerca de él, esperando que abriera los ojos para decir: «Cucú».

—Está muerta.

Nunca dejaba de doler.

—Lo sé.

—Pues no lo parece. El padre de Keesha murió cuando ella tenía seis años, y dice que apenas piensa en él.

—Lo hará —dijo mi padre.

—¿Y qué pasa con nosotros?

—¿Con quién?

—Con nosotros, papá. Conmigo y con Lindsey. Mamá se fue porque no podía soportarlo.

—Cálmate, Buck —dijo mi padre. Estaba siendo todo lo generoso que podía mientras el aire de los pulmones se evaporaba en su pecho. Luego, una vocecilla dentro de él dijo: «Suéltalo, suéltalo, suéltalo»—. ¿Qué? —dijo.

—No he dicho nada.

«Suéltalo, suéltalo, suéltalo.»

—Lo siento —dijo mi padre—. No me encuentro muy bien.

De pronto sintió los pies increíblemente fríos sobre la hierba húmeda. Su pecho parecía hueco, como bichos volando alrededor de un hoyo excavado. Allí dentro había eco, y le repitió en los oídos: «Suéltalo».

Cayó de rodillas. Empezó a sentir un hormigueo intermitente en el brazo, como si se le hubiera dormido, alfilerazos arriba y abajo. Mi hermano corrió hacia él.

—¿Papá?

—Hijo. —A mi padre le tembló la voz y alargó un brazo tratando de asir a mi hermano.

—Iré a buscar a la abuela. —Y Buckley echó a correr.

Tumbado de costado, con la cara contraída hacia mi vieja ropa, mi padre susurró débilmente:

—No es posible escoger. Os he querido a los tres.

Mi padre pasó aquella noche en una cama de hospital, conectado a monitores que pitaban y zumbaban. Había llegado el momento de dar vueltas alrededor de los pies de mi padre y recorrer su columna vertebral. El momento de imponer silencio y acompañarlo. Pero ¿adonde?

Un reloj hacía tictac encima de su cama, y yo pensé en el juego al que habíamos jugado Lindsey y yo en el jardín —«Me quiere», «No me quiere»— con los pétalos de una margarita. Oía el reloj devolviéndome mis dos grandes deseos con ese mismo ritmo: «Muere por mí», «No mueras por mí»; «Muere por mí», «No mueras por mí». Parecía que no podía contenerme mientras tiraba de su corazón debilitado. Si moría, lo tendría para siempre. ¿Tan malo era desearlo?

En casa, Buckley estaba acostado en la oscuridad, y estiró la sábana hasta la barbilla. No le habían permitido pasar de la sala de urgencias, donde Lindsey lo había llevado en coche, siguiendo la estruendosa ambulancia en la que iba mi padre. Mi hermano había sentido cómo una gran carga de culpabilidad se cernía en los silencios de Lindsey. En las dos preguntas repetidas: «¿De qué hablabais?» y «¿Por qué se acaloró tanto?».

El mayor temor de mi hermano pequeño era perder a una persona que significaba tanto para él. Quería a Lindsey, a la abuela Lynn y a Samuel y a Hal, pero mi padre lo tenía siempre en vilo, vigilándolo día y noche con aprensión, como si al dejar de vigilarlo fuera a perderlo.

Nos situamos —la hija muerta y los vivos— a cada lado de mi padre, unos y otros deseando lo mismo. Tenerlo para siempre con nosotros. Era imposible complacernos a todos.

Mi padre sólo había dormido fuera de casa dos veces en la vida de Buckley. La primera, la noche que había salido al campo de trigo en busca del señor Harvey, y la segunda, ahora que lo habían ingresado en el hospital y lo tenían en observación por si se trataba de un segundo infarto.

Buckley sabía que era demasiado mayor para que eso le importara, pero yo lo comprendía. A veces era el beso de buenas noches lo que mejor se le daba a mi padre. Cuando se quedaba al pie de la cama después de cerrar las persianas venecianas y pasar la mano por ellas para asegurarse de que estaban todas las lamas bajadas en el mismo ángulo y no se había quedado atascada ninguna rebelde que dejara entrar la luz del sol sobre su hijo antes de que éste se despertara, a mi hermano a menudo se le podía la carne de gallina, tan agradable era la expectación. «¿Preparado, Buck?», preguntaba mi padre, y a veces Buckley respondía «¡Roger!», y otras, «Listo», pero cuanto más asustado y mareado se sentía y esperaba que todo acabara, se limitaba a decir «¡Sí!». Y mi padre cogía la fina sábana de algodón y hacía un ovillo con cuidado de sujetar los dos extremos entre el pulgar y el índice. Luego la soltaba de golpe, de tal manera que la sábana de color azul pálido (si era la de Buckley) o lavanda (si era la mía) se extendiera como un paracaídas por encima de él, y, con delicadeza y lo que parecía una tranquilidad increíble, la sábana descendía flotando y le rozaba la piel desnuda: mejillas, barbilla, antebrazos, rodillas. Aire y cobertura estaban de alguna manera allí, en el mismo espacio y al mismo tiempo; provocaban las sensaciones extremas de libertad y protección. Era agradable, y lo dejaba vulnerable y tembloroso al borde de algún precipicio, y lo único que podía esperar era que, si suplicaba, mi padre lo complaciera y volviera a hacerlo. Aire y cobertura, aire y cobertura, sustentando el vínculo no expresado entre ellos: niño pequeño, hombre herido.

Esa noche tenía la cabeza apoyada en la almohada y el cuerpo acurrucado en posición fetal. No se le había ocurrido cerrar las persianas y veía las luces de las casas vecinas desperdigadas por la colina. Miró al otro lado de la habitación, las puertas de listones de su armario; de pequeño había imaginado que de allí salían brujas malas para reunirse con los dragones que había debajo de su cama. Ya no le asustaban esas cosas.

—Por favor, Susie, no dejes que papá se muera —susurró—. Le necesito.

Cuando dejé a mi hermano, pasé junto al cenador y bajo las farolas que colgaban como bayas, y vi que los caminos de ladrillo se bifurcaban a mi paso.

Caminé hasta que los ladrillos se convirtieron en losas, luego en piedrecitas afiladas y finalmente en tierra que había sido removida durante kilómetros y kilómetros. Me detuve. Llevaba en el cielo el tiempo suficiente para saber que iba a tener una revelación. Y mientras la luz disminuía gradualmente y el cielo se volvía de un agradable azul oscuro, como había sucedido la noche de mi muerte, vi aparecer a alguien, tan lejos que al principio no supe si era hombre o mujer, niño o adulto. Pero cuando la luz de la luna iluminó la figura vi que era un hombre y, asustada de pronto, con la respiración entrecortada, corrí lo justo para ver. ¿Era mi padre? ¿Era lo que había deseado tan desesperadamente todo ese tiempo?

—Susie —dijo el hombre mientras yo me acercaba y me detenía a unos pasos de él. Levantó los brazos hacia mí—. ¿Te acuerdas de mí?

Volví a verme de pequeña, a los seis años, en el salón de la casa de Illinois. Y, como había hecho entonces, me subí a sus pies.

—Abuelo —dije.

Y porque todos estábamos solos y los dos estábamos en el cielo, yo era lo bastante ligera para moverme como me había movido cuando tenía seis años y él cincuenta y seis, y mi padre nos había llevado de visita a su casa. Bailamos despacito al compás de una canción que siempre había hecho llorar al abuelo en la Tierra.

—¿Te acuerdas? —preguntó.

—¡Barber!

—Adagio para cuerda —dijo él.

Pero mientras bailábamos y dábamos vueltas, sin la temblorosa torpeza de la Tierra, recordé el día que le había sorprendido llorando escuchando esta música y le había preguntado por qué lloraba.

—A veces lloras, Susie, incluso cuando hace mucho que ha muerto una persona a la que quieres.

Me había abrazado un momento y luego yo había salido corriendo a jugar otra vez con Lindsey en lo que nos parecía el enorme patio trasero de mi abuelo.

No hablamos más esa noche, nos limitamos a bailar durante horas bajo esa luz azul atemporal. Mientras bailábamos, yo sabía que estaba ocurriendo algo en la Tierra y en el cielo. Un cambio. La clase de movimiento de aceleración que habíamos estudiado en la clase de ciencias. Sísmico, imposible, una escisión y una fractura del tiempo y el espacio. Me apreté contra el pecho de mi abuelo y noté el olor a anciano que desprendía, la versión en naftalina de mi padre, la sangre en la Tierra, el firmamento en el cielo. A tabaco de primera calidad, a mofeta, a naranjita china.

Cuando dejó de oírse la música, podría haber transcurrido una eternidad. Mi abuelo retrocedió un paso y la luz se volvió amarillenta detrás de él.

—Me voy —dijo.

—¿Adonde? —pregunté yo.

—No te preocupes, cariño. Estamos muy cerca.

Dio media vuelta y se alejó, y desapareció rápidamente entre motas de polvo. El infinito.

19

Cuando mi madre llegó aquella mañana a la bodega Krusoe, encontró un mensaje esperándola, garabateado en el inglés imperfecto del vigilante. La palabra «urgencia» era lo suficientemente clara, y mi madre se saltó su ritual matinal de tomarse un primer café contemplando las vides injertadas en una hilera tras otra de robustas cruces blancas. Abrió la sección de la bodega reservada para degustaciones públicas y, sin encender la luz del techo, localizó el teléfono detrás del mostrador de madera y marcó el número de Pensilvania. No hubo respuesta.

Luego llamó al operador de Pensilvania y pidió el número del doctor Akhil Singh.

—Sí —respondió Ruana—. Ray y yo hemos visto una ambulancia hace unas horas delante de su casa. Imagino que están todos en el hospital.

—¿Quién es el enfermo?

—¿Su madre, tal vez?

Pero ella sabía por la nota que había sido su madre la que había telefoneado. Era uno de los niños o Jack. Le dio las gracias a Ruana y colgó. Cogió el pesado teléfono rojo y lo sacó de debajo del mostrador, llevándose con él un montón de hojas de colores que repartían a los clientes —«Amarillo limón = Chardonnay joven; Pajizo = Sauvignon Blanco...»—, y que cayeron y se desparramaron a sus pies. Por lo general, había llegado temprano desde que había cogido el empleo, y ahora dio las gracias por ello. Después de esa llamada, en lo único que podía pensar era en los nombres de los hospitales locales, de modo que llamó a aquellos a los que había llevado precipitadamente a sus hijos pequeños con accesos inexplicables de fiebre o posibles huesos rotos a causa de caídas. En el mismo hospital donde yo una vez había llevado a Buckley a todo correr, le dijeron:

—Ingresaron a un tal Jack Salmón en urgencias y aún sigue aquí.

—¿Puede decirme qué ha pasado?

—¿Qué relación tiene con el señor Salmón?

Ella dijo las palabras que llevaba años sin pronunciar:

—Soy su mujer.

—Ha tenido un infarto.

Ella colgó y se sentó en las alfombrillas de caucho y corcho que cubrían el suelo por el lado de los empleados. Se quedó allí sentada hasta que llegó el gerente y ella le repitió las extrañas palabras: «Marido, infarto».

Cuando, más tarde, abrió los ojos se encontraba en la furgoneta del vigilante, y éste, un hombre callado que casi nunca abandonaba el establecimiento, la llevaba a toda velocidad al aeropuerto internacional de San Francisco.

Ella compró un billete y subió a un avión que enlazaría con otro vuelo en Chicago y la dejaría por fin en Filadelfia. Mientras el avión ganaba altura y eran rodeados por las nubes, mi madre oyó vagamente los melodiosos timbres que indicaban a la tripulación qué hacer o para qué prepararse, y el tintineo del carrito-bar al pasar, pero en lugar de a los demás viajeros, vio la arcada de piedra fría de la bodega detrás de la cual guardaban los barriles de roble vacíos, y en lugar de a los hombres que a menudo se sentaban allí dentro para refugiarse del sol, visualizó a mi padre allí sentado, tendiéndole la taza Wedgwood rota.

Cuando aterrizó en Chicago con una espera de dos horas por delante, se serenó lo suficiente para comprarse un cepillo de dientes y un paquete de cigarrillos, y para llamar al hospital, esta vez para preguntar por la abuela Lynn.

—Madre —dijo mi madre—, estoy en Chicago y voy para allá.

—Abigail, gracias a Dios —dijo mi abuela—. Volví a llamar a Krusoe y me dijeron que habías salido hacia el aeropuerto.

—¿Cómo está?

—Pregunta por ti.

—¿Están ahí los niños?

—Sí, y también Samuel. Iba a llamarte hoy para decírtelo. Samuel ha pedido a Lindsey que se case con él.

—Eso es estupendo —dijo mi madre.

—¿Abigail?

—Sí. —Notó la vacilación de su madre, que era poco habitual.

—Jack también pregunta por Susie.

Encendió un cigarrillo tan pronto como salió de la terminal de O'Hare, y un grupo de estudiantes pasó en tropel por su lado con pequeñas bolsas de viaje e instrumentos musicales, cada uno con una brillante etiqueta amarilla en el lateral del estuche. En ella se leía: HOME OF THE PATRIOTS.

En Chicago hacía un día bochornoso y húmedo, y el humo de los coches aparcados en doble fila intoxicaba el aire cargado.

Se fumó el cigarrillo en un tiempo récord y encendió otro, con un brazo doblado sobre el pecho y extendiendo el otro con cada exhalación. Iba con su uniforme de trabajo: unos vaqueros gastados pero limpios y una camiseta de color anaranjado pálido con «Bodega Krusoe» bordado encima en el bolsillo. Estaba más morena, lo que hacía que sus ojos de color azul pálido pareciesen aún más azules en contraste, y había empezado a llevar el pelo recogido en una coleta. Yo veía canas sueltas cerca de las orejas y en las sienes.

Ella se aferraba a los dos lados de un reloj de arena y se preguntaba cómo era posible. El tiempo que había pasado sola había estado gravitacionalmente circunscrito cuando sus apegos tiraban de ella hacia atrás. Y esta vez habían tirado, y a conciencia. Un matrimonio. Un infarto.

De pie a la salida de la terminal, se llevó una mano al bolsillo de los vaqueros, donde guardaba la billetera masculina que había empezado a usar al empezar a trabajar en Krusoe, porque era más sencillo que preocuparse de dejar el bolso debajo del mostrador. Arrojó el cigarrillo al carril de los taxis y se volvió para sentarse en el borde de un cuadrado de hormigón dentro del cual crecían malas hierbas y un triste árbol joven asfixiado por el humo de los tubos de escape.

En la billetera llevaba fotos, fotos que miraba todos los días. Pero había una que guardaba del revés en un compartimento destinado a una tarjeta de crédito. Era la misma que había en la caja de pruebas de la comisaría, la misma que Ray había guardado en el libro de poesía india de su madre. La foto de clase que había llegado a los periódicos y aparecido en las hojas volantes de la policía y en los buzones.

Después de ocho años era, incluso para mi madre, la fotografía omnipresente de una celebridad. La había visto tantas veces que yo había quedado cuidadosamente sepultada dentro de ella. Nunca había tenido las mejillas más encendidas ni los ojos más azules que en esa foto.

Sacó la foto y la sostuvo boca arriba y ligeramente ahuecada en la mano. Siempre había recordado con nostalgia mis dientes, las pequeñas y redondeadas sierras que tanto le habían fascinado al verme crecer. Yo había prometido a mi madre sonreír de oreja a oreja para la foto de ese año, pero me había dado tanta vergüenza estar delante del fotógrafo que apenas había logrado sonreír con la boca cerrada.

Oyó por los altavoces exteriores que anunciaban su vuelo de enlace, y se levantó. Al volverse vio el pequeño árbol que crecía con dificultad. Dejó mi foto apoyada contra el tronco y se apresuró a cruzar las puertas automáticas. En el avión a Filadelfia se sentó sola en el centro de una fila de tres asientos. No pudo evitar pensar en que si hubiera sido una madre que viajaba, los asientos de cada lado habrían estado ocupados. Uno por Lindsey. El otro por Buckley. Pero, aunque era madre por definición, en un determinado momento también había dejado de serlo. No podía reclamar ese derecho y ese privilegio después de haberse ausentado de nuestras vidas durante más de media década. Ahora sabía que ser madre era una vocación, algo que muchas jóvenes soñaban con ser. Sin embargo, mi madre nunca había soñado con ello, y se había visto castigada de la manera más horrible e inimaginable por no haberme deseado.

La observé dentro del avión, y envié un deseo hacia las nubes para liberarla. Cada vez le pesaba más el cuerpo por el terror a lo que la aguardaba, pero en esa pesadez al menos había alivio. Las azafatas le dieron una pequeña almohada azul y durmió un rato.

Cuando llegaron a Filadelfia, el avión rodó por la pista de aterrizaje, y ella se recordó dónde estaba y qué año era. Repasó rápidamente todo lo que diría cuando viera a sus hijos, a su madre, a Jack. Y cuando se detuvieron por fin con unas sacudidas, se rindió y se concentró únicamente en bajar del avión.

Apenas reconoció a sus hijos, que esperaban al final de la larga rampa. En los años transcurridos, Lindsey se había vuelto angulosa, había desaparecido todo rastro de grasa en su cuerpo. Y al lado de ella había un chico que parecía su hermano gemelo. Un poco más alto, más fornido. Samuel. Ella los miraba tan fijamente y ellos le sostenían la mirada de tal modo que al principio ni siquiera vio al niño rechoncho sentado en el brazo de una fila de asientos de la sala de espera.

Y justo antes de acercarse a ellos —porque todos parecieron suspendidos e inmóviles los primeros instantes, como si hubieran quedado atrapados en una gelatina viscosa de la que sólo podía liberarlos los movimientos de ella— lo vio.

Echó a andar por la rampa enmoquetada. Oía los mensajes por la megafonía del aeropuerto y veía a otros pasajeros que pasaban corriendo por su lado y eran recibidos con más normalidad. Pero fue como si se adentrara en una urdimbre del tiempo cuando reparó en él. Año 1944, en el campamento Winnekukka. Ella tenía doce años, las mejillas regordetas y las piernas gruesas; todo aquello de lo que se habían librado sus hijas le había tocado a su hijo. Había estado fuera muchos años, mucho tiempo que nunca recuperaría.

Si mi madre hubiera contado, como hice yo, habría sabido que en setenta y tres pasos había conseguido lo que durante casi siete años le había asustado tanto hacer.

Fue mi hermana quien habló primero.

—Mamá —dijo.

Mi madre miró a mi hermana e hizo que regresaran de golpe los treinta y ocho años que la separaban de la niña solitaria del campamento Winnekukka.

—Lindsey —dijo.

Lindsey se quedó mirándola. Buckley se había puesto de pie, pero primero se miró los zapatos y luego la ventana por encima del hombro, hacia donde los aviones aparcados vaciaban sus pasajeros en tubos como acordeones.

—¿Cómo está vuestro padre? —preguntó mi madre.

Mi hermana había pronunciado la palabra «mamá» y se había quedado inmóvil. Le había dejado un gusto jabonoso y extraño en la boca.

—Me temo que no está en su mejor forma —dijo Samuel.

Era la frase más larga que había dicho alguien, y mi madre se sintió desproporcionadamente agradecida.

—¿Buckley? —dijo ella, sin premeditar la expresión que pondría para él. Siendo lo que era, quienquiera que fuera.

Él volvió la cabeza bruscamente hacia ella.

—Buck —dijo.

—Buck —repitió ella en voz baja, y se miró las manos.

Lindsey quería preguntar: «¿Dónde están tus anillos?».

—¿Vamos? —preguntó Samuel.

Los cuatro se metieron en el largo túnel enmoquetado que los llevaría de la puerta a la terminal principal. Se dirigían a la cavernosa zona de recogida de equipajes cuando mi madre dijo:

—No he traído equipaje.

Esperaron apelotonados mientras Samuel buscaba los indicadores que los condujeran de nuevo al aparcamiento.

—Mamá —volvió a intentar mi hermana.

—Te mentí —dijo mi madre antes de que Lindsey dijera nada más.

Se miraron, y en ese cable tendido entre ambas juro que vi algo así como una rata mal digerida asomando en las fauces de una serpiente: el secreto de Len.

—Hemos de subir otra vez por las escaleras mecánicas —dijo Samuel— y luego cruzar la pasarela de arriba hasta el aparcamiento.

Llamó a Buckley, que se había alejado hacia un grupo de guardias de seguridad del aeropuerto. Nunca habían dejado de atraerle los uniformes.

Estaban en la autopista cuando Lindsey volvió a hablar.

—A Buckley no le han dejado ver a papá por su edad.

Mi madre se volvió en su asiento.

—Trataré de arreglarlo —dijo, mirando a Buckley y tratando de sonreír.

—Vete a la mierda —susurró mi hermano sin levantar la vista.

Mi madre se quedó inmóvil. El coche se abrió, lleno de odio y tensión: un revuelto río de sangre que cruzar a nado.

—Buck —dijo ella, acordándose justo a tiempo del diminutivo—, ¿puedes mirarme?

Él miró furioso por encima del asiento, volcando en ella toda su cólera.

Al final mi madre se volvió hacia delante, y Samuel, Lindsey y mi hermano oyeron los ruidos que en el asiento del pasajero ella se esforzaba por contener. Pequeños pitidos y un sollozo ahogado. Pero ni un millón de lágrimas habrían influido en Buckley. Todos los días, todas las semanas, todos los años había ido acumulando odio en un depósito subterráneo. Y en lo más profundo de éste estaba el niño de cuatro años con el corazón destellando: «Duro de corazón, duro de corazón».

—Todos nos sentiremos mejor después de ver al señor Salmón —dijo Samuel, y acto seguido, porque ni siquiera él podía soportarlo, se inclinó hacia el salpicadero y puso la radio.

Era el mismo hospital al que ella había acudido en mitad de la noche hacía ocho años. Una planta diferente pintada de otro color, pero al recorrer el pasillo sintió cómo le envolvía lo que había hecho allí. La presión del cuerpo de Len, la áspera pared de estuco contra su espalda. Todo en ella quería huir de allí y volver a California, a su tranquila existencia trabajando entre desconocidos. Escondiéndose en los pliegues de troncos y pétalos tropicales, a salvo entre tantas plantas y personas extrañas.

Los tobillos y zapatos acordonados de su madre, que vio desde el pasillo, la trajeron de vuelta al presente. Una de las muchas cosas que se había perdido al irse tan lejos, algo tan corriente como los pies de su madre, su solidez y su sentido del humor, unos pies de setenta años en unos zapatos ridículamente incómodos.

Pero cuando ella entró en la habitación, los demás —su hijo, su hija, su madre— desaparecieron.

Mi padre tenía los ojos débiles, pero los abrió parpadeando cuando la oyó entrar. Le salían tubos y cables de la muñeca y el hombro. Su cabeza se veía muy frágil sobre la pequeña almohada cuadrada.

Ella le cogió la mano y lloró en silencio, dejando que las lágrimas brotaran libremente.

—Hola, Ojos de Océano —dijo él.

Ella asintió. Ese hombre derrotado, deshecho, era su marido.

—Mi chica. —Y exhaló profundamente.

—Jack.

—Ya ves lo que ha hecho falta para hacerte volver.

—¿Merecía la pena? —dijo ella, sonriendo con suavidad.

—Tendremos que verlo —dijo él.

Verlos juntos era como una tenue creencia hecha realidad.

Mi padre veía luces trémulas, como las motas de colores de los ojos de mi madre: cosas a las que aferrarse. Las contó entre los maderos y tablones rotos de un barco que se había estrellado hacía tiempo contra algo más grande que él y se había hundido. Los restos que le habían quedado. Trató de levantar una mano y tocar la mejilla de mi madre, pero estaba demasiado débil. Ella se acercó más a él y apoyó la mejilla en su palma.

Mi abuela sabía moverse sin hacer ruido, y salió de puntillas de la habitación. Al reanudar el paso normal y acercarse a la sala de espera, detuvo a una enfermera que traía un mensaje para Jack Salmón, de la habitación 582. No lo había visto nunca, pero conocía el nombre. «Len Fenerman vendrá a verle pronto. Le desea una rápida recuperación.» Ella dobló la nota pulcramente. Antes de encontrarse con Lindsey y Buckley, que habían ido a reunirse con Samuel en la sala de espera, abrió su bolso y la dejó entre su polvera y el peine.

2O

Cuando el señor Harvey llegó esa noche a la cabaña de tejado de chapa de Connecticut, se anunciaba lluvia. Había matado a una joven camarera dentro de la cabaña hacía unos años, y con las propinas que había encontrado en el bolsillo del delantal de la joven se había comprado unos pantalones nuevos. A esas alturas, el cadáver ya se habría descompuesto, y no se equivocaba; al acercarse no lo recibió ningún olor fétido. Pero la puerta de la cabaña estaba abierta, y vio que dentro habían removido la tierra. Tomó una bocanada de aire y entró con paso cansino.

Se durmió dentro de la tumba vacía de la joven.

En un momento determinado, para contrarrestar la lista de los muertos, yo había empezado a confeccionar mi propia lista de los vivos. Era algo que había visto hacer también a Len Fenerman. Cuando no estaba de servicio, apuntaba las niñas, ancianas y cualquier mujer en la gama intermedia, y las contaba entre las cosas que lo mantenían vivo. La joven del centro comercial cuyas pálidas piernas habían crecido demasiado para su vestido demasiado infantil, y que tenía una dolorosa vulnerabilidad que iba directa al corazón de Len y al mío. Las ancianas que se tambaleaban con andadores e insistían en teñirse el pelo en versiones poco naturales del color que habían tenido en su juventud. Las madres de mediana edad sin pareja que corrían por las tiendas de comestibles mientras sus hijos cogían bolsas de caramelos de los estantes. Yo las contaba cuando las veía. Mujeres vivas, que respiraban. A veces veía a las heridas, las que habían sido maltratadas por sus maridos o violadas por desconocidos, las niñas violadas por sus padres, y deseaba intervenir de alguna manera.

Len veía a esas mujeres heridas todo el tiempo. Eran asiduas de la comisaría, pero incluso cuando iba a alguna parte que estaba fuera de su jurisdicción las sentía cuando se acercaban. La mujer de la tienda de cebos y aparejos de pesca que no tenía moretones en la cara, pero se encogía de miedo como un perro y hablaba en susurros como quien pide perdón. La niña que veía cruzar la calle cada vez que iba al norte del estado a ver a sus hermanas. Con los años había adelgazado, se le había chupado la cara y el dolor le había inundado los ojos de tal modo que le colgaban pesados e impotentes, rodeados de su piel de color malva. Cuando no estaba allí se preocupaba, pero verla allí le deprimía tanto como lo reanimaba.

Hacía tiempo que no tenía gran cosa que escribir en mi expediente, pero en los últimos meses el dossier de pruebas se había engrosado con unos pocos datos: el nombre de otra víctima en potencia, Sophie Cichetti, el nombre de su hijo y un nombre falso de George Harvey. También lo que sostenía ahora en las manos: el colgante de la piedra de Pensilvania. Le dio vueltas dentro de la bolsa y volvió a localizar mis iniciales. Habían analizado el colgante en busca de pistas, pero, aparte de que lo habían encontrado donde había sido asesinada otra niña, había salido limpio de debajo del microscopio.

Había tenido intención de devolver el colgante a mi padre desde el primer momento en que confirmó que era mío. Hacerlo era transgredir las normas, pero no habían encontrado mi cuerpo, sólo un libro de texto empapado y las páginas de mi libro de biología mezcladas con la nota de amor de un chico. Un envase de Coca-Cola. Mi gorro con la borla y los cascabeles. Los había catalogado y guardado todo. Pero el colgante era distinto, y se proponía devolverlo.

Una enfermera con la que había salido años después de que mi madre se marchara lo había llamado al ver el nombre de Jack Salmón en una lista de pacientes ingresados. Len había decidido ir a ver a mi padre al hospital y llevarle el colgante. Se imaginaba que el colgante era un talismán que podía acelerar la recuperación de mi padre.

Mientras lo observaba, no pude menos de pensar en los barriles de fluidos tóxicos que se habían acumulado detrás del taller de motos de Hal, donde la maleza que cubría las vías del tren había proporcionado a las compañías locales suficiente cobertura para deshacerse de unos cuantos. Todo había sido precintado, pero la información empezaba a filtrarse. Yo había llegado a compadecer y a respetar a Len después de que mi madre se hubiera marchado. Seguía las pruebas materiales para intentar comprender lo que era imposible de entender. En ese sentido, veía que era como yo.

A la entrada del hospital, una chica vendía pequeños ramos de narcisos, con sus tallos verdes sujetos con cintas de color azul lavanda. Observé cómo mi madre le compraba a la niña todos los ramos.

La enfermera Eliot, que recordaba a mi madre de hacía ocho años, se ofreció a ayudarla cuando la vio venir por el pasillo con los brazos llenos de flores. Reunió jarrones, y entre ella y mi madre los llenaron de agua y pusieron las flores por toda la habitación de mi padre mientras éste dormía. La enfermera Eliot sostenía que si era posible utilizar una pérdida como medida de belleza en una mujer, mi madre había ganado aún más en belleza.

Lindsey, Samuel y la abuela Lynn se habían llevado a casa a Buckley unas horas antes. Mi madre todavía no estaba preparada para volver a casa. Estaba concentrada sólo en mi padre. Todo lo demás tendría que esperar, desde la casa y su silencioso reproche hasta sus hijos. Necesitaba comer algo y tiempo para pensar. En lugar de ir a la cafetería del hospital, donde las brillantes luces sólo le recordaban todos los esfuerzos inútiles de los hospitales por mantener a la gente despierta para recibir más malas noticias —el café insípido, las sillas duras, los ascensores que se detenían en cada piso—, salió del edificio y echó a andar calle abajo.

Ya había anochecido y sólo había unos pocos coches en el aparcamiento donde hacía años había aparcado en mitad de la noche, en camisón. Abrazó con fuerza el suéter que su madre se había dejado.

Cruzó el aparcamiento, atisbando en el interior de los coches a oscuras en busca de pistas sobre quiénes eran las personas que había dentro del hospital. En el asiento del pasajero de un coche había casetes desperdigados, en otro la abultada forma de una silla de niño. Se convirtió en un juego para ella ver todo lo posible en cada coche. Una manera de no sentirse tan sola y extraña, como si fuera una niña jugando a espías en casa de unos amigos de sus padres. La agente Abigail en Misión de Control. ¡Veo un perro de peluche, veo un balón de fútbol, veo a una mujer! Allí estaba, una desconocida sentada detrás del volante. La mujer no se dio cuenta de que mi madre la veía, pero tan pronto como mi madre le vio la cara, desvió la mirada y se concentró en las brillantes luces del viejo restaurante al que se dirigía. No tuvo que mirar hacia atrás para saber qué hacía la mujer. Se arreglaba antes de entrar. Conocía esa cara. Era la cara de alguien que deseaba con toda su alma estar en cualquier parte menos donde estaba.

Permaneció en la franja ajardinada que había entre el hospital y la entrada de la sala de urgencias, y deseó tener un cigarrillo. No se había cuestionado nada esa mañana. Jack había tenido un infarto; ella iría a casa. Pero de pronto ya no sabía qué se suponía que tenía que hacer. ¿Cuánto tendría que esperar, qué tendría que ocurrir para que pudiera volver a marcharse? Detrás de ella, en el aparcamiento, oyó el ruido de la puerta de un coche al abrirse y cerrarse: la mujer que entraba.

El restaurante se había vuelto borroso. Se sentó sola en un reservado y pidió la clase de plato —milanesa de pollo— que no parecía existir en California.

Pensaba en eso cuando un hombre sentado justo delante de ella le hizo ojitos. Ella registró todos los detalles de su aspecto. Fue algo mecánico y que no hacía en el Oeste. Antes de marcharse de Pensilvania después de mi asesinato, cada vez que había visto a un hombre desconocido que le inspiraba desconfianza lo había analizado mentalmente. Era más rápido aceptar los aspectos prácticos del miedo que pretender prohibirse pensar de ese modo. Llegó su cena, la milanesa de pollo y un té, y se concentró en la comida, la arenosa capa de pan rallado que envolvía la carne correosa, el sabor metálico del té rancio. No era capaz de estar más de unos días en casa. Me veía dondequiera que mirase y en el reservado de enfrente veía al hombre que podría haberme asesinado.

Terminó de comer, pagó y salió del restaurante sin levantar la vista del suelo. Sonó una campana sobre la puerta y se sobresaltó, el corazón le dio un brinco en el pecho.

Logró cruzar ilesa la carretera, pero respiraba agitadamente al volver a atravesar el aparcamiento. El coche del inquietante comensal seguía allí.

En el vestíbulo del hospital, donde la gente casi nunca se detenía, decidió sentarse y esperar a respirar con normalidad.

Pasaría unas horas con él y, cuando se despertara, le diría adiós. Tan pronto como tomó esa decisión le recorrió un escalofrío agradable. La repentina liberación de la responsabilidad. Su pasaje a una tierra lejana.

Ya eran pasadas las diez de la noche cuando subió en un ascensor vacío a la quinta planta. Habían bajado las luces del pasillo. Pasó por delante del mostrador de las enfermeras, detrás del cual vio a dos de ellas cuchicheando. Alcanzó a oír la alegre cadencia de los rumores pormenorizados que se contaban, la intimidad fácil que flotaba en el aire. En el preciso momento en que una de las enfermeras no pudo reprimirse y soltó una carcajada aguda, mi madre abrió la puerta de la habitación de mi padre y dejó que volviera a cerrarse.

Estaba solo.

Cuando se cerró la puerta, fue como si se creara un vacío silencioso. Tuve la sensación de que no me correspondía estar allí, que debía irme. Pero estaba pegada con cola. Verlo dormido en la oscuridad, con sólo la luz fluorescente de pocos vatios encendida a la cabecera de la cama, le recordó la última vez que había estado en ese hospital y tomado medidas para distanciarse de él.

Al verla coger la mano de mi padre, pensé en mi hermana y en mí sentadas debajo del calco de una lápida del pasillo del piso de arriba. Yo era el caballero muerto que había subido al cielo con mi perro fiel, y ella, la esposa llena de vida. La frase favorita de Lindsey era: «¿Cómo pueden esperar de mí que permanezca el resto de mis días aprisionada por un hombre paralizado en el tiempo?».

Mi madre se quedó mucho rato sentada con la mano de mi padre entre las suyas. Pensó en lo maravilloso que sería levantar las frescas sábanas de hospital y tumbarse a su lado. Y también imposible.

Se inclinó hacia él. Pese a los olores de los antisépticos y el alcohol, notó el olor a hierba que desprendía su piel. Antes de marcharse había metido en su maleta la camisa de mi padre que más le gustaba, y a veces se envolvía con ella para llevar algo suyo. Nunca salía a la calle con ella para que conservara su olor el máximo tiempo posible. Recordaba la noche que más lo había echado de menos: la había abrochado alrededor de una almohada y se había abrazado a ella como si todavía fuera una colegiala.

A lo lejos, más allá de la ventana cerrada, se oía el murmullo del lejano tráfico en la carretera. Pero el hospital estaba cerrando las puertas para la noche, y el único ruido era el de las suelas de goma del calzado de las enfermeras del turno de noche al recorrer el pasillo.

Ese mismo invierno se había sorprendido diciéndole a una mujer que trabajaba con ella los sábados en el bar de degustación que en todas las parejas siempre había uno más fuerte que el otro. «Eso no significa que el más débil no quiera al más fuerte», había añadido. La joven la había mirado sin comprender. Pero lo importante para mi madre fue que, mientras hablaba, se había identificado de pronto con el más débil. Esa revelación la había dejado tambaleándose. ¿Acaso no había creído lo contrario durante todos esos años?

Acercó la silla todo lo posible a la cabecera y apoyó la cara en el borde de la almohada para verlo respirar, para observar el movimiento de sus ojos bajo los párpados mientras dormía. ¿Cómo era posible querer tanto a alguien y guardártelo para ti todos los días, al despertarte tan lejos de casa? Había puesto entre ellos vallas publicitarias y carreteras, saltándose controles de carretera a su paso y arrancando el espejo retrovisor... pero ¿se creía que eso iba a hacerlo desaparecer?, ¿iba a borrar su vida juntos y a sus hijos?

Fue tan fácil, mientras contemplaba a mi padre y la respiración acompasada de éste la tranquilizaba, que al principio no se dio cuenta. Empezó a pensar en las habitaciones de nuestra casa y en el gran esfuerzo que había hecho para olvidar lo ocurrido dentro de ellas. Como la fruta que se coloca en fuentes y nadie se acuerda más de ella, la dulzura parecía aún más destilada a su vuelta. En aquel estante estaban todas las citas y tonterías del comienzo de su relación, la trenza que se empezó a formar a partir de sus sueños, la sólida raíz de una familia fuerte. Y la primera prueba fundada de todo ello: yo.

Recorrió una arruga nueva en la cara de mi padre. Le gustaban sus sienes plateadas.

Poco más tarde de medianoche, se quedó dormida después de haber hecho todo lo posible por mantener los ojos abiertos. Por retenerlo todo de golpe mientras contemplaba esa cara, de tal modo que cuando él se despertara pudiera decirle adiós.

Cuando ella cerró los ojos y los dos durmieron juntos silenciosamente, yo les susurré:

Piedras y huesos;

nieve y escarcha;

semillas, judías y renacuajos.

Senderos y ramas, y una colección de besos.

¡Todos sabemos a quién añora Susie...!

A eso de las dos de la madrugada empezó a llover, y llovió sobre el hospital y sobre mi antigua casa y en mi cielo. También llovió sobre la cabaña de tejado de chapa donde dormía el señor Harvey. Mientras la lluvia la golpeaba con sus diminutos martillos, él soñó. Pero no soñó con la chica cuyos restos se habían llevado y estaban siendo analizados, sino con Lindsey Salmón y el «¡Cinco, cinco, cinco!» al alcanzar el borde del saúco. Tenía ese sueño cada vez que se sentía amenazado. Con la fugaz visión de aquella camiseta de fútbol, su vida había empezado a escapársele de las manos.

Eran casi las cuatro cuando vi a mi padre abrir los ojos y lo vi sentir el caliente aliento de mi madre en la mejilla aun antes de saber que ella dormía. Deseé con él que pudiera abrazarla, pero se sentía demasiado débil. Había otro camino, y lo tomó. Le explicaría lo que había sentido después de mi muerte, las cosas que acudían con frecuencia a su mente pero que nadie sabía aparte de mí.

Pero no quiso despertarla. El hospital estaba silencioso y sólo se oía el ruido de la lluvia. Tenía la sensación de que lo perseguían la lluvia, la oscuridad y la humedad; pensó en Lindsey y Samuel en la puerta, empapados y sonrientes, después de haber corrido hasta allí para tranquilizarlo. A menudo se sorprendía ordenándose una y otra vez volver a lo importante. Lindsey. Lindsey. Lindsey. Buckley. Buckley. Buckley.

La imagen de la lluvia al otro lado de las ventanas, iluminada en círculos por las farolas del aparcamiento del hospital, le hizo pensar en las películas que había visto de niño, la lluvia de Hollywood. Cerró los ojos, sintiendo el tranquilizador aliento de mi madre en la mejilla, escuchó el ligero golpeteo contra los delgados antepechos metálicos de las ventanas, y oyó los pájaros, los pequeños pájaros que gorjeaban pero que él no alcanzaba a ver. Y la sola idea de que al otro lado de la ventana hubiera un nido donde los pajaritos acababan de despertarse con la lluvia y se habían encontrado con que su madre se había ido, le hizo desear rescatarlos. Sintió los dedos relajados de mi madre, que habían dejado de apretarle la mano al quedarse dormida. Estaba allí, y esta vez, a pesar de todo, iba a dejarle ser quien era.

Fue en ese momento cuando me colé en la habitación con mis padres. Me hice en cierto modo presente como una persona, como nunca lo había estado. Siempre había andado cerca, pero nunca había estado a su lado.

Me hice pequeña en la oscuridad, sin saber si podían verme. Durante ocho años y medio había dejado a mi padre unas horas al día, del mismo modo que había dejado a mi madre, a Ruth y a Ray, a mis hermanos y, desde luego, al señor Harvey. Pero mi padre, ahora me daba cuenta, nunca me había dejado. Su devoción por mí me había hecho saber una y otra vez que me quería. A la cálida luz de su amor, yo había seguido siendo Susie Salmón, una niña con toda una vida por delante.

—Pensé que si no hacía nada de ruido te oiría —susurró—. Si me quedaba lo bastante quieto tal vez volverías.

—¿Jack? —dijo mi madre, despertándose—. Debo de haberme quedado dormida.

—Es maravilloso tenerte otra vez aquí —dijo él.

Y mi madre lo miró y todo quedó al descubierto.

—¿Cómo lo haces? —preguntó ella.

—No tengo elección, Abbie —dijo él—. ¿Qué otra cosa puedo hacer?

—Irte, volver a empezar —dijo ella.

—¿Ha funcionado?

Se quedaron callados. Yo alargué una mano y desaparecí.

—¿Por qué no te tumbas aquí conmigo? —dijo mi padre—. Tenemos un rato hasta que entren y te echen a patadas.

Ella no se movió.

—Han sido muy amables conmigo —dijo—. La enfermera Eliot me ha ayudado a poner todas las flores en agua mientras dormías.

Él miró alrededor y distinguió la forma de las flores.

—Narcisos.

—Era la flor de Susie.

Mi padre le dedicó una encantadora sonrisa.

—Ya ves cómo se hace —dijo—. Vives con eso delante, dándole una flor.

—Es muy triste —dijo mi madre.

—Sí que lo es.

Mi madre tuvo que hacer precarios equilibrios sobre una cadera al borde de la cama de hospital, pero se las arreglaron. Se las arreglaron para estar tumbados uno al lado del otro y mirarse a los ojos.

—¿Qué tal con Buckley y Lindsey?

—Increíblemente difícil —dijo ella.

Se quedaron callados un momento y él le apretó una mano.

—Estás distinta —dijo.

—Quieres decir más vieja.

Vi a mi padre coger un mechón del pelo de mi madre y colocárselo detrás de la oreja.

—Volví a enamorarme de ti mientras estabas lejos —dijo.

Me di cuenta de cuánto deseaba estar donde estaba mi madre. El amor de mi padre por ella no consistía en mirar atrás y amar algo que nunca iba a cambiar. Consistía en amar a mi madre por todo, por haberse venido abajo y por haber huido, por estar allí en ese momento, antes de que saliera el sol y entrara el personal del hospital. Consistía en tocarle el pelo con el dedo, y conocer y aun así sumergirse sin temor en las profundidades de sus ojos de océano.

Mi madre no se vio capaz de decir «Te quiero».

—¿Vas a quedarte? —preguntó él.

—Un tiempo.

Era algo.

—Estupendo —dijo él—. ¿Qué decías cuando la gente te preguntaba por tu familia en California?

—En voz alta decía que tenía dos hijos. Para mis adentros decía que tres. Siempre me entraban ganas de pedirle perdón a Susie por eso.

—¿Mencionabas a tu marido? —preguntó él.

Ella lo miró.

—No.

—Vaya.

—No he vuelto para fingir, Jack —dijo ella.

—¿Por qué has vuelto?

—Me llamó mi madre. Dijo que era un infarto, y pensé en tu padre.

—¿Porque podía morir?

—Sí.

—Estabas dormida —dijo él—. No la has visto.

—¿A quién?

—Ha entrado alguien en la habitación y luego ha salido. Creo que era Susie.

—¿Jack? —preguntó mi madre, pero no se había alarmado mucho.

—No me digas que tú no la ves.

Ella se abandonó.

—La veo por todas partes —dijo, suspirando aliviada—. Hasta en California está en todas partes. En los autobuses a los que subo o a la puerta de los colegios por los que paso en coche. Veía su pelo pero no coincidía con la cara, o veía su cuerpo o cómo se movía. Veía a sus hermanas mayores y a sus hermanos pequeños, o a dos niñas que parecían hermanas, e imaginaba lo que Lindsey no iba a tener nunca, toda la relación de la que iban a verse privados ella y Buckley, y eso me afectaba, porque yo también me había ido. Y repercutía en ti y hasta en mi madre.

—Ha estado fantástica —dijo él—. Una roca. Una roca como de esponja, pero roca al fin y al cabo.

—Supongo que sí.

—Entonces, si te dijera que Susie ha estado en la habitación hace diez minutos, ¿qué dirías?

—Diría que estás loco y que seguramente tienes razón.

Mi padre le recorrió el perfil con un dedo y se detuvo en los labios, que se abrieron muy despacio.

—Tienes que inclinarte —dijo él—. Soy un hombre enfermo.

Y vi a mis padres besarse. Mantuvieron los ojos abiertos, y mi madre fue la primera en llorar, y sus lágrimas rodaron por las mejillas de mi padre hasta que él también lloró.

21

Después de dejar a mis padres en el hospital, fui a ver a Ray Singh. Habíamos tenido catorce años a la vez, él y yo. Ahora vi su cabeza en la almohada, el pelo oscuro y la piel morena sobre las sábanas amarillas. Yo siempre había estado enamorada de él. Conté las pestañas de cada ojo cerrado. Pensé en lo que casi fue, en lo que pudo haber sido, y tuve las mismas pocas ganas de dejarlo que a mi familia.

En el andamio de detrás del escenario, por encima de Ruth, Ray Singh se había acercado tanto a mí que sentí su aliento cerca del mío. Olí la mezcla de clavo y canela con que imaginé que espolvoreaba sus cereales por la mañana, y también un olor oscuro, el olor humano del cuerpo que se acercaba al mío, un cuerpo dentro del cual había órganos suspendidos por una química distinta de la mía.

Desde el momento en que supe que iba a ocurrir hasta que ocurrió, me había asegurado de no quedarme a solas con Ray Singh, dentro o fuera del colegio. Temía lo que más deseaba: que me besara. No estar a la altura de las historias que todo el mundo contaba, o de lo que había leído en
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