Dentro de la bola de nieve del escritorio de mi padre había un pingüino con una bufanda a rayas rojas y blancas. Cuando yo era pequeña, mi padre me sentaba en






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Holiday.

—Eres un niño extraordinario —le dijo—. Yo siempre estaré aquí, pase lo que pase.

Mi padre bajó despacio la escalera, aferrándose con la mano izquierda a la barandilla de madera, hasta que llegó al vestíbulo.

Mi madre lo oyó acercarse y, cogiendo el libro de Moliere, entró con sigilo en el comedor, donde él no la viera. Se puso a leer de pie en un rincón del comedor, escondiéndose de su familia. Esperó a que la puerta se abriera y se cerrara.

Mis vecinos y profesores, amigos y familiares se colocaron en círculo alrededor de un lugar escogido al azar, no muy lejos de donde me habían matado. Mi padre y mis hermanos volvieron a oír los cantos en cuanto salieron. Todo en mi padre se inclinó y lanzó hacia el calor y la luz. Quería desesperadamente que yo estuviera presente en la mente y en el corazón de todos. Mientras observaba, me di cuenta de algo: casi todos se despedían de mí. Me había convertido en una de las muchas niñas desaparecidas. Ellos volverían a sus casas y me enterrarían, como una carta del pasado que no volvería a abrirse o leerse. Y yo tenía una oportunidad para despedirme de ellos y desearles lo mejor, bendecirlos de alguna manera por sus buenos pensamientos. Un apretón de manos en la calle, un objeto caído recogido y devuelto, o un afable saludo con la mano desde una ventana lejana, un movimiento de la cabeza, una sonrisa, unos ojos que se fijan en la travesura de un niño.

Ruth fue la primera en ver a los tres miembros de mi familia, y tiró a Ray de la manga.

—Ve a ayudarlos —susurró.

Y Ray, que había conocido a mi padre el primer día de lo que resultaría ser un largo trayecto para intentar dar con mi asesino, se adelantó. Samuel también se separó de la gente. Como jóvenes pastores, condujeron a mi padre y a mis hermanos hasta el grupo, que se apartó para dejarles pasar y guardó silencio.

Mi padre llevaba meses sin salir de casa salvo para ir y volver del trabajo o sentarse en el patio trasero, y no había visto a sus vecinos. Ahora los miró, uno por uno, y se dio cuenta de que me habían querido personas que él ni siquiera reconocía. Sintió una oleada de afecto como no había experimentado en lo que le parecía mucho tiempo, con la excepción de los breves instantes olvidados con Buckley, los amorosos accidentes con su hijo.

Miró al señor O'Dwyer.

—Stan —dijo—, Susie se quedaba delante de la ventana en verano y te escuchaba cantar en tu patio. Le encantaba. ¿Quieres cantar para nosotros?

Y con la clase de gracia que se concede —aunque en contadas ocasiones y no cuando más se desea— para salvar a un ser querido de la muerte, al señor O'Dwyer le tembló la voz sólo en la primera nota, y luego cantó alto, claro y entonado.

Todos cantaron con él.

Recordé las noches de verano de las que había hablado mi padre. Cómo la oscuridad tardaba una eternidad en llegar, y con ella siempre esperaba que refrescara. A veces, de pie junto a la ventana abierta, sentía una brisa, y con esa brisa llegaba la música de la casa de los O'Dwyer. Mientras escuchaba al señor O'Dwyer cantar todas las baladas irlandesas que se sabía, la brisa traía un olor a tierra y a aire, y un olor como a musgo que sólo podía significar tormenta.

En esos momentos reinaba un maravilloso silencio temporal mientras Lindsey estudiaba en el viejo sofá de su habitación, mi padre leía en su estudio y mi madre bordaba o lavaba los platos en el piso de abajo.

A mí me gustaba ponerme un camisón largo de algodón y salir al porche trasero, donde, mientras empezaban a caer gruesas gotas contra el tejado, la brisa entraba a través de la tela metálica y me pegaba el camisón al cuerpo. Era agradable y maravilloso, y de pronto llegaba un relámpago seguido de un trueno.

Junto a la puerta abierta del porche estaba mi madre, que después de soltarme su típica advertencia —«Vas a coger un resfriado de muerte»— se quedaba callada. Juntas escuchábamos cómo caía la lluvia y retumbaban los truenos, y olíamos la tierra que se elevaba para saludarnos.

—Pareces invencible —me dijo mi madre una noche.

Me encantaban esos momentos en los que parecía que sentíamos lo mismo. Me volví hacia ella, envuelta en mi fino camisón, y dije:

—Lo soy.

FOTOS

Con la cámara que me regalaron mis padres saqué montones de fotos a mi familia. Tantas, que mi padre me obligó a seleccionar los carretes que creía que merecía la pena revelar. A medida que aumentaba el precio de mi obsesión, empecé a tener en mi armario dos cajas: «Carretes para revelar» y «Carretes para guardar». Fue, según mi madre, el único indicio de mis dotes organizativas.

Me encantaba cómo los flashes de la Kodak Instamatic señalaban un instante que había pasado y que ya habría desaparecido para siempre si no fuera por la foto. Una vez utilizados, me pasaba los flashes cúbicos de una mano a otra hasta que se enfriaban. Los filamentos rotos se volvían de un azul intenso o ennegrecían el fino cristal con el humo. Yo había rescatado el instante al utilizar mi cámara, y de ese modo había descubierto una forma de detener el tiempo y conservarlo. Nadie podía arrebatarme esa imagen, porque me pertenecía.

Una tarde del verano de 1975, mi madre se volvió hacia mi padre y le dijo:

—¿Has hecho alguna vez el amor en el mar?

Y él respondió:

—No.

—Yo tampoco —dijo mi madre—. Hagamos ver que esto es el mar, y que yo me voy y tal vez no nos volvamos a ver.

Al día siguiente se marchó a la cabaña de su padre en New Hampshire.

Ese mismo verano, Lindsey, Buckley o mi padre, al abrir la puerta de la calle, encontraban en el umbral una cazuela o un bizcocho. A veces una tarta de manzana, la favorita de mi padre. La comida era impredecible. Los guisos que preparaba la señora Stead eran asquerosos. Los bizcochos de la señora Gilbert no estaban lo bastante secos, pero eran pasables. Las tartas de manzana eran de Ruana: el cielo en la Tierra.

En su estudio, en las largas noches que siguieron a la partida de mi madre, mi padre trataba de abstraerse releyendo pasajes de las cartas que Mary Chesnut le había escrito a su marido durante la guerra civil. Trató de desprenderse de todo sentimiento de culpabilidad, de toda esperanza, pero era imposible. Una vez logró esbozar una pequeña sonrisa.

—Ruana Singh hace una tarta de manzana formidable —escribió en su cuaderno.

Una tarde de otoño, contestó al teléfono y oyó la voz de la abuela Lynn.

—Jack —anunció mi abuela—, estoy pensando en irme a vivir con vosotros.

Mi padre guardó silencio, pero la línea se llenó de su vacilación.

—Me gustaría ponerme a tu disposición y a la de los niños. Ya llevo demasiado tiempo deambulando por este mausoleo.

—Lynn, estamos empezando de nuevo —tartamudeó él. Aun así, no podía contar con que la madre de Nate cuidara eternamente de Buckley. Cuatro meses después de que mi madre se marchara, su ausencia temporal empezaba a sentirse como permanente.

Mi abuela insistió. Yo la vi resistir la tentación de apurar el vodka de su vaso.

—Me abstendré de beber hasta... —Se quedó pensativa un buen rato y añadió—: Las cinco de la tarde... Qué demonios, lo dejaré del todo si lo crees necesario.

—¿Eres consciente de lo que estás diciendo?

Mi abuela sintió cómo la clarividencia le recorría desde la mano que sostenía el teléfono hasta sus pies enfundados en zapatillas.

—Sí, creo que sí.

Sólo cuando colgó el teléfono mi padre se permitió preguntarse: «¿Dónde vamos a meterla?».

Era obvio para todos.

En diciembre de 1975 hacía un año que el señor Harvey había hecho las maletas, pero seguía sin haber rastro de él. Por un tiempo, hasta que la cinta adhesiva se ensució o el papel se rasgó, los dueños de las tiendas colgaron en sus escaparates una foto de él. Lindsey y Samuel paseaban por el vecindario o frecuentaban el taller de motos de Hal. Ella no iba al restaurante al que iban los otros chicos. El dueño del restaurante era un defensor del orden público, y había ampliado dos veces el dibujo de George Harvey y lo había pegado en la puerta. Y explicaba con mucho gusto los espeluznantes detalles a cualquier cliente que se los preguntara: niña, campo de trigo, sólo se había encontrado un codo.

Al final, Lindsey le pidió a Hal que la llevara a la comisaría. Quería saber exactamente qué estaban haciendo.

Se despidieron de Samuel en el taller y Hal llevó a Lindsey en su moto a través de la húmeda nieve de diciembre.

Desde el primer momento, la juventud y la determinación de Lindsey habían cogido a la policía desprevenida. Cada vez eran más los agentes que sabían quién era, y cada vez la evitaban más. Allí estaba esa chica de quince años de ideas fijas y un poco loca, de pechos pequeños pero perfectos, piernas larguiruchas pero bien formadas, ojos como sílex y pétalos de flor.

Mientras esperaba sentada con Hal en un banco de madera a la puerta de la oficina del capitán de policía, le pareció ver en el otro extremo de la sala algo que reconoció. Estaba encima del escritorio del detective Fenerman y destacaba en la habitación por su color: lo que su madre siempre había descrito como rojo chino, un rojo más intenso que el de las rosas, el rojo de las barras de labios clásicas que tan pocas veces se encontraba en la naturaleza. Nuestra madre se enorgullecía de su facilidad para vestir de rojo chino, y cada vez que se anudaba un pañuelo al cuello comentaba que era de un color que ni siquiera la abuela Lynn se atrevería a llevar.

—Hal —dijo ella con todos los músculos tensos mientras contemplaba el objeto cada vez más familiar encima del escritorio de Fenerman.

—¿Sí?

—¿Ves esa tela roja?

—Sí.

—¿Puedes ir a cogerla?

Cuando Hal la miró, ella añadió:

—Creo que es de mi madre.

Hal se levantaba para ir a cogerla cuando Len entró en la sala por detrás de donde estaba sentada Lindsey. Le dio unos golpecitos en el hombro en el preciso momento en que se daba cuenta de lo que Hal iba a hacer. Lindsey y el detective Fenerman se miraron.

—¿Qué hace aquí el pañuelo de mi madre?

Él tartamudeó.

—Debió de dejárselo algún día en mi coche.

Lindsey se levantó y se encaró con él. Tenía una mirada penetrante y avanzaba a toda velocidad hacia una noticia aún peor.

—¿Qué hacía ella en su coche?

—Hola, Hal —dijo Len.

Hal tenía el pañuelo en la mano. Lindsey se lo cogió y habló con una voz cada vez más indignada.

—¿Qué hace usted con el pañuelo de mi madre?

Y aunque Len era el detective, Hal fue el primero en verlo: fue como un arco iris desplegado sobre ella, como los colores de un prisma. Lo mismo ocurría en la clase de álgebra o de lengua y literatura inglesas cuando era mi hermana la que despejaba el valor de una x o señalaba a sus compañeros las expresiones con doble sentido. Hal puso una mano en el hombro de Lindsey.

—Deberíamos irnos —dijo.

Más tarde, ella desahogó su incredulidad con Samuel en la trastienda del taller de motos.

Cuando mi hermano cumplió siete años me construyó un fuerte. Era algo que habíamos quedado en hacer juntos, y algo que mi padre no se había visto con fuerzas de hacer. Le recordaba demasiado a la tienda que había construido con el desaparecido señor Harvey.

Un matrimonio con cinco hijas pequeñas se había mudado a la casa del señor Harvey. La risa llegaba al estudio de mi padre desde la piscina que habían instalado en la primavera, después de que George Harvey huyera. Los gritos de niñas pequeñas, muchas niñas.

La crueldad de todo era como cristal haciéndose añicos en los oídos de mi padre. En la primavera de 1976, con mi madre lejos, cerraba la ventana de su estudio incluso las tardes más calurosas, para no oír los gritos. Observaba a su hijo solitario entre los tres arbustos de sauce blanco, hablando consigo mismo. Buckley llevó macetas de terracota vacías del garaje y arrastró el limpiabarros olvidado hasta el lateral de la casa, cualquier cosa con que construir las paredes del fuerte. Con ayuda de Samuel, Hal y Lindsey, trasladó dos enormes piedras de delante de la casa al patio trasero. Fue un golpe de suerte tan inesperado que impulsó a Samuel a preguntar:

—¿Y cómo piensas hacer el tejado?

Y Buckley lo miró perplejo mientras Hal repasaba mentalmente lo que había en su taller de motos y recordaba dos láminas de chapa de cinc apoyadas contra la pared trasera.

Así, una noche calurosa que mi padre miró hacia abajo, no vio a su hijo. Buckley se había refugiado dentro de su fuerte. A cuatro patas, metía las macetas de terracota detrás de él y apoyaba contra ellas un tablero que llegaba casi hasta el tejado ondulado. Entraba suficiente luz para leer. Hal le había complacido, y al otro lado de la puerta de madera contrachapada había escrito, en grandes letras negras: PROHIBIDA LA ENTRADA.

Sobre todo leía libros de los Vengadores y los Hombres X. Soñaba con ser Wolverine, que tenía un esqueleto hecho del metal más resistente del universo y se curaba de cualquier clase de herida de la noche a la mañana. En los momentos más raros pensaba en mí, echaba de menos mi voz, deseaba que saliera de la casa, golpeara el tejado de su fuerte y le pidiera que le dejara entrar. A veces deseaba que Samuel y Lindsey anduvieran más cerca, o que su padre jugara con él como antes. Que jugara sin esa expresión siempre preocupada detrás de su sonrisa, esa desesperada preocupación que ahora lo rodeaba todo como un campo de fuerzas invisibles. Sin embargo, mi hermano no se permitía echar de menos a mi madre. Se sumergía en historias donde hombres débiles se convertían en semianimales con una gran fuerza que lanzaban rayos por los ojos, utilizaban martillos mágicos para atravesar acero o escalar rascacielos. Era Hulk cuando se enfadaba y Spidey el resto del tiempo. Cuando sentía que le dolía el corazón, se convertía en un ser más fuerte que un niño, y crecía de ese modo. Mientras yo observaba, pensé en lo que a la abuela Lynn le gustaba decir cuando Lindsey y yo poníamos los ojos en blanco o hacíamos muecas a sus espaldas: «Cuidado con las caras que ponéis. Podríais quedaros petrificadas con una de ellas».

Un día Buckley, que ya está en segundo, volvió del colegio con una redacción que había escrito: «Érase una vez un niño llamado Billy al que le gustaba explorar. Vio un hoyo y se metió en él, pero nunca salió. Fin».

Mi padre estaba demasiado absorto para ver algo en eso. Imitando a mi madre, la pegó en la puerta de la nevera, donde habían estado los dibujos hacía tiempo olvidados de Buckley del Intermedio. Pero mi hermano sabía que su redacción tenía un problema. Lo supo al ver la cara de su profesor al reaccionar tarde, como hacían los personajes de sus libros de cómics. La despegó y la llevó a mi antiguo cuarto mientras la abuela Lynn estaba abajo. La dobló en un pequeño cuadrado y lo metió en las entrañas ahora vacías de mi cama de columnas.

Un caluroso día de otoño de 1976, Len Fenerman hizo una visita a la gran caja fuerte de la sala de pruebas. Allí estaban los huesos de los animales del vecindario que habían encontrado en el sótano del señor Harvey, junto con los resultados del laboratorio de la prueba de cal viva. Había supervisado la investigación, pero por mucho y muy hondo que habían excavado, no habían encontrado huesos o cadáveres en la propiedad. La mancha de sangre en el suelo de su garaje era mi única tarjeta de visita. Len había pasado semanas, meses, estudiando una fotocopia del dibujo que había robado Lindsey. Había vuelto a llevar al campo a un equipo, y habían excavado y vuelto a excavar. Por fin encontraron en el otro extremo del campo una vieja lata de Coca-Cola. Allí había una prueba consistente: huellas dactilares que correspondían con las huellas del señor Harvey que estaban por toda su casa, junto con huellas dactilares que correspondían con las de mi certificado de nacimiento. Ya no tenía ninguna duda: Jack Salmón había tenido razón desde el principio.

Pero por mucho que habían buscado al hombre en cuestión, era como si se hubiera evaporado en el aire al llegar al límite de la propiedad. No había encontrado ningún documento con ese nombre. Oficialmente, no existía.

Lo único que George Harvey había dejado atrás eran sus casas de muñecas. Len llamó al hombre que se las vendía y le pasaba los encargos de los grandes almacenes selectos y de la gente adinerada que pedía réplicas de sus propias casas. Nada. Había llamado a los fabricantes de las sillas en miniatura, de las diminutas puertas y ventanas de cristal biselado y del material de latón, así como al fabricante de los matorrales y árboles de tela. Nada.

Se quedó sentado ante las pruebas esparcidas sobre una desolada mesa común en el sótano de la comisaría. Revisó el montón de carteles de más que mi padre había mandado hacer. Había memorizado mi cara, pero aun así los miró. Empezaba a creer que lo más beneficioso para mi caso iba a ser el creciente desarrollo de la urbanización de la zona. Con toda la tierra removida, tal vez encontraran nuevas pistas que proporcionaran la respuesta que él necesitaba.

En el fondo de la caja estaba la bolsa con el gorro de borla y cascabeles. Cuando se lo había dado a mi madre, ésta se había desmayado en la alfombra. Seguía sin saber en qué momento se había enamorado de ella. Yo sabía que fue el día en que se había sentado en nuestra sala mientras mi madre dibujaba figuras en el papel de la carnicería, y Buckley y Nate dormían en el sofá, cada uno en un extremo. Lo lamenté por él. Había tratado de resolver mi asesinato sin éxito. Había tratado de querer a mi madre, también sin éxito.

Len miró el dibujo del campo de trigo que había robado Lindsey y se obligó a reconocer que, en su prudencia, había permitido que el asesino saliera impune. No podía quitarse de encima el sentimiento de culpabilidad. Sabía, aun cuando nadie más lo hiciera, que el haber estado con mi madre ese día en el centro comercial le hacía culpable de que George Harvey estuviera en libertad.

Se sacó la billetera del bolsillo trasero y dejó en la mesa las fotos de todos los casos sin resolver en los que había trabajado. Entre ellas estaba la de su mujer. Las puso boca abajo. «Fallecida», había escrito en cada una de ellas. Ya no esperaba que llegara el día en que comprendería quién, por qué o cómo. Nunca averiguaría todas las razones por las que su mujer se había quitado la vida. Nunca comprendería por qué habían desaparecido tantas niñas. Dejó esas fotos en la caja de las pruebas de mi caso y apagó las luces de la fría habitación.

Pero no sabía que, en Connecticut, el 10 de septiembre de 1976, un cazador había visto en el suelo, al regresar a su coche, algo que brillaba. Mi colgante con la piedra de Pensilvania. Y vio que cerca de allí, en el suelo, un oso había estado cavando parcialmente y había dejado a la vista algo que, sin lugar a dudas, era un pie infantil.

Mi madre sólo aguantó un invierno en New Hampshire antes de que se le ocurriera la idea de ir en coche hasta California. Era algo que siempre había querido hacer pero nunca había hecho. Un hombre que había conocido en New Hampshire le había comentado que había trabajo en las bodegas de los valles de San Francisco. Era fácil llegar allí, y el trabajo sólo requería esfuerzo físico y podía ser, si querías, muy anónimo. A mi madre, esas tres condiciones le parecieron bien.

Ese hombre también había querido acostarse con mi madre, pero ella había rehusado. Para entonces ya sabía que ésa no era la salida. Desde la primera noche con Len en las entrañas del centro comercial había sabido que no tenían futuro. En realidad, ni siquiera lo había sentido.

Hizo las maletas para irse a California y envió postales a mis hermanos desde cada ciudad por la que pasaba. «Hola, estoy en Dayton. El pájaro típico de Ohio es el cardenal», «Llegué al Mississippi anoche al atardecer. Es un río realmente enorme».

En Arizona, ocho estados más allá de lo más lejos que nunca había llegado, alquiló una habitación y se llevó una bolsa de cubitos de hielo de la máquina de fuera. Al día siguiente llegaría a California y, para celebrarlo, había comprado una botella de champán. Pensó en lo que le había explicado el hombre de New Hampshire, cómo se había pasado un año entero rascando el moho de los enormes barriles de vino. Tumbado de espaldas, había tenido que utilizar un cuchillo para arrancar las capas de moho. El moho tenía el color y la textura del hígado, y por mucho que se bañara seguía atrayendo a las moscas de la fruta horas después.

Ella se bebió el champán en un vaso de plástico y se miró en el espejo. Se obligó a mirarse.

Se recordó a sí misma sentada en la sala de nuestra casa conmigo, mis hermanos y mi padre la primera Nochevieja que nos habíamos quedado levantados los cinco. Todo su día se había centrado en asegurarse de que Buckley durmiera lo suficiente.

Cuando él se despertó después del anochecer, estaba convencido de que esa noche iba a venir alguien mejor que Papá Noel. En su imaginación tenía una imagen explosiva de las mejores vacaciones posibles, en las que sería transportado hasta el país de los juguetes.

Horas después, mientras bostezaba recostado en el regazo de mi madre y ella le pasaba los dedos por el pelo, mi padre entró a hurtadillas en la cocina para preparar chocolate caliente, y mi hermana y yo servimos pastel de chocolate alemán. Cuando el reloj dio las doce y sólo se oyeron unos gritos lejanos y unos cuantos disparos al aire en nuestro vecindario, mi hermano no podía creérselo. Se llevó un chasco tan grande que mi madre no sabía qué hacer. Lo vio como un
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