Dentro de la bola de nieve del escritorio de mi padre había un pingüino con una bufanda a rayas rojas y blancas. Cuando yo era pequeña, mi padre me sentaba en






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Holiday no le gusta —dijo Lindsey.

—Exacto. Nunca he visto al perro ladrar tan fuerte. Ese día hasta se le erizó el pelo.

—Pero los polis creen que tú estás chiflado.

—No hay pruebas, es todo lo que dicen. Sin pruebas y sin... perdona, cariño, sin cuerpo, no tienen nada para seguir investigando ni bases para arrestar a nadie.

—¿Qué quieres decir con bases?

—Supongo que algo que lo relacionara con Susie. Que alguien lo hubiera visto en el campo de trigo o merodeando por el colegio, o algo así.

—¿O si tuviera algo suyo?

Tanto mi padre como Lindsey hablaban con apasionamiento, la segunda pierna cubierta de espuma pero sin afeitar, porque al prender fuego los dos palos de su interés habían iluminado la idea de que yo estaba en alguna parte de esa casa. En el sótano, en la planta baja, en el piso superior o en la buhardilla. Para no tener que admitir un pensamiento tan atroz —pero, ay, si fuera verdad sería una prueba tan clara, tan perfecta y concluyente...—, recordaron cómo iba vestida yo ese día, lo que llevaba, la goma de borrar de Frito Bandito que yo atesoraba, la chapa de David Cassidy prendida dentro de mi bolsa, la de David Bowie fuera. Enumeraron todos los accesorios de lo que sería la mejor y más espantosa evidencia que podrían encontrar: mi cuerpo troceado, mis ojos en blanco y pudriéndose.

Mis ojos: el maquillaje que le había regalado la abuela Lynn ayudaba, pero no resolvía el problema de que todos vieran mis ojos en los de Lindsey. Cuando aparecían en la polvera que utilizaba la niña del pupitre de al lado o en un inesperado reflejo en el escaparate de una tienda, desviaba la mirada. Sobre todo era doloroso para mi padre. Y al hablar con él se dio cuenta de que, mientras tocaban ese tema —el señor Harvey, mi ropa, mi cartera con mis libros, mi cuerpo, yo—, mi padre estaba tan atento a mi recuerdo que la veía de nuevo como a Lindsey y no como una trágica combinación de sus dos hijas.

—Entonces, ¿te gustaría poder entrar en su casa? —preguntó ella.

Se miraron, reconociendo de manera casi imperceptible que era una idea peligrosa. Cuando él vaciló antes de responder por fin que eso sería ilegal y que no, que no había pensado en ello, ella supo que mentía. También supo que necesitaba que alguien lo hiciera por él.

—Deberías terminar de afeitarte, cariño —dijo él.

Ella le dio la razón y se volvió, consciente de lo que le había dicho.

La abuela Lynn llegó el lunes anterior a Acción de Gracias. Con los mismos ojos láser que buscaron de inmediato alguna imperfección antiestética en mi hermana, vio algo detrás de la sonrisa de su hija, en sus movimientos aplacados y serenos, en cómo su cuerpo respondía cuando venía el detective Fenerman o la policía.

Cuando esa noche, después de cenar, mi madre rechazó el ofrecimiento de mi padre de ayudarla a lavar los platos, los ojos láser se convencieron. Con firmeza, y con gran asombro de todos los comensales y alivio de mi hermana, la abuela Lynn anunció algo.

—Abigail, voy a ayudarte a lavar los platos. Un asunto entre madre e hija.

—¿Qué?

Mi madre había previsto deshacerse fácilmente de Lindsey y pasar el resto de la noche frente al fregadero, lavando despacio los platos y mirando por la ventana hasta que la oscuridad le devolviera su reflejo, los ruidos del televisor dejaran finalmente de oírse y volviera a estar sola.

—Ayer mismo me hice las uñas —dijo la abuela después de ponerse el delantal encima de su vestido de diseño beige—, de modo que secaré yo.

—Madre, de verdad, no es necesario.

—Lo es, cariño, créeme —dijo mi abuela.

Había algo sobrio y cortante en ese «cariño».

Buckley se llevó a mi padre de la mano a la sala contigua, donde estaba el televisor. Se sentaron, y Lindsey, que había recibido una reprimenda, subió a su habitación para llamar a Samuel.

Era extraño verlo. Algo muy fuera de lo normal. Mi abuela con un delantal y sosteniendo un trapo de cocina como si se tratase de un capote de torero, lista para el primer plato que llegara a sus manos.

Permanecieron calladas mientras trabajaban, y el silencio —los únicos sonidos eran las salpicaduras que producía mi madre al sumergir las manos en el agua hirviendo, el chirrido de platos y el tintineo de cubiertos— hizo que la tensión que llenaba la estancia se volviera insoportable. Los ruidos del partido en la habitación contigua eran igualmente extraños para mí. Mi padre nunca había visto el fútbol; el único deporte que le interesaba era el baloncesto. La abuela Lynn nunca había lavado los platos; los alimentos congelados y las comidas para llevar eran sus armas predilectas.

—Oh, Dios mío —dijo por fin—. Toma. —Devolvió el plato recién lavado a mi madre—. Quiero tener una conversación de verdad, pero me temo que se me van a caer estos platos de las manos. Vamos a dar un paseo.

—Madre, necesito...

—Yo necesito dar un paseo.

—Después de fregar.

—Escucha —dijo mi abuela—, sé que yo soy quien soy y tú eres quien eres y lo que te hace feliz, pero reconozco algunas cosas cuando las veo y sé que está ocurriendo algo que no está bien. Capisce?

A mi madre le temblaba la cara, blanda y maleable, casi tan blanda y maleable como su reflejo en el agua sucia del fregadero.

—¿Qué?

—Tengo mis sospechas, y no quiero hablar de ellas aquí.

«Mensaje recibido, abuela Lynn», pensé yo. Nunca la había visto tan nerviosa.

No les iba a resultar difícil salir de casa a las dos solas. A mi padre, con la rodilla fastidiada, jamás se le ocurriría apuntarse al paseo y, últimamente, fuese donde fuese o dejase de ir, lo seguía mi hermano Buckley.

Mi madre guardó silencio. No tenía otra alternativa. En el garaje, se quitaron los delantales en el último momento y los dejaron sobre el techo del Mustang. Mi madre se agachó para abrir la puerta del garaje.

Aún era pronto, de modo que al comienzo de su paseo todavía habría luz.

—Podríamos sacar a Holiday —tanteó mi madre.

—Sólo tú y yo —dijo mi abuela—. La pareja más aterradora que te puedas imaginar.

Nunca habían tenido una relación estrecha. Las dos lo sabían, pero era algo que ninguna reconocía. Bromeaban sobre ello como dos niños que no se caen particularmente bien pero son los dos únicos niños en un vecindario grande y desolado. De pronto, sin haberlo intentado antes, después de haber dejado siempre a su hija correr lo más deprisa posible en la dirección que quisiera, mi abuela descubrió que estaba alcanzándola.

Habían pasado por delante de la casa de los O'Dwyer y se acercaban a la de los Tarking cuando mi abuela dijo lo que tenía que decir.

—Encubrí con sentido del humor mi aceptación —dijo mi abuela—. Tu padre tuvo una aventura amorosa en New Hampshire durante mucho tiempo. La primera inicial de ella era F, y nunca supe a qué correspondía. Encontré mil opciones con los años.

—¿Madre?

Mi abuela siguió andando sin volverse. Descubrió que el aire frío y vigorizante del invierno ayudaba, llenándole los pulmones hasta que los sintió más limpios que hacía unos minutos.

—¿Lo sabías?

—No.

—Supongo que nunca te lo dije —dijo—. No me pareció que te hiciera falta saberlo. Ahora sí te hace falta, ¿no crees?

—No estoy segura de por qué lo dices.

Habían llegado a la curva de la carretera que las llevaría de regreso dando la vuelta. Si seguían por allí sin detenerse, al final se encontrarían delante de la casa del señor Harvey. Mi madre se quedó inmóvil.

—Pobrecita hija mía, dame la mano —dijo mi abuela.

Se sentían incómodas. Mi madre podía contar con los dedos las veces que su alto padre se había inclinado para besarla cuando era niña. Y su barba, que pinchaba y olía a una colonia que, tras años de buscarla, nunca había logrado identificar. Mi abuela le cogió la mano mientras echaban a andar en sentido contrario.

Entraron en una parte del vecindario donde parecían estar instalándose nuevas familias. Recordé que mi madre las llamaba las casas-ancla, porque estaban a ambos lados de la calle que conducía a toda la urbanización: anclaban el vecindario a una carretera original construida antes de que el municipio fuera un municipio. La carretera que llevaba a Valley Forge, a George Washington y a la Revolución.

—La muerte de Susie me ha hecho pensar de nuevo en tu padre —dijo mi abuela—. Nunca me permití llorarlo debidamente.

—Lo sé —dijo mi madre.

—¿Me guardas rencor por eso?

Mi madre reflexionó.

—Sí.

Mi abuela dio unas palmaditas a mi madre en la espalda con la mano libre.

—Bueno, eso es algo.

—¿Algo?

—Algo está saliendo de todo esto. De ti y de mí. Una pizca de verdad entre nosotras.

Cruzaron las parcelas de media hectárea donde durante veinte años habían crecido árboles. Aunque no sobresalían mucho, eran dos veces tan altos como los hombres que los habían sostenido en sus brazos por primera vez y que habían pisado con fuerza la tierra a su alrededor con sus zapatos de fin de semana.

—¿Sabes lo sola que me he sentido siempre? —preguntó mi madre a su madre.

—Por eso estamos paseando, Abigail —dijo la abuela Lynn.

Mi madre clavó la vista al frente, pero siguió en contacto con su madre a través de la mano. Pensó en lo solitaria que había sido su niñez. Como cuando había visto a sus dos hijas atar una cuerda entre dos tazas de papel e ir a habitaciones distintas para susurrarse secretos, no había podido decir que sabía qué se sentía. En su casa no había habido nadie más aparte de sus padres, y luego su padre se había marchado.

Se quedó mirando las copas de los árboles, que, a kilómetros de nuestra urbanización, eran lo más alto que había por los alrededores. Se hallaban en una colina alta que nunca habían talado para construir casas y donde seguían viviendo un puñado de granjeros viejos.

—No puedo describir lo que estoy sintiendo —dijo—. A nadie.

Llegaron al final de la urbanización en el preciso momento en que el sol se ocultaba tras la colina ante ellas. Transcurrió un momento sin que ninguna de las dos se diera la vuelta. Mi madre observó cómo la última luz brillaba en un charco seco al final de la calle.

—No sé qué hacer —dijo—. Todo se ha acabado.

Mi abuela no estaba segura de a qué se refería, pero no la presionó.

—¿Volvemos? —sugirió.

—¿Cómo? —preguntó mi madre.

—A casa, Abigail. Si volvemos a casa.

Dieron la vuelta y echaron a andar de nuevo. Las casas, una tras otra, eran idénticas en su estructura. Sólo las distinguía lo que mi abuela llamaba sus accesorios. Nunca había comprendido esa clase de lugares, lugar donde su propia hija había escogido vivir.

—Cuando lleguemos a la curva —dijo mi madre—, quiero que pasemos por delante.

—¿De su casa?

—Sí.

Vi a mi abuela Lynn volverse cuando mi madre se volvió.

—¿Me prometes no ver más a ese hombre? —preguntó mi abuela.

—¿A quién?

—Al hombre con quien tienes un lío. De eso he estado hablando.

—No tengo un lío con nadie —replicó mi madre. Su mente volaba como un pájaro de un tejado a otro—. ¿Madre? —añadió, volviéndose.

—¿Abigail?

—Si necesito marcharme un tiempo, ¿podría instalarme en la cabaña de papá?

—¿Me has escuchado?

Les llegó un olor, y la mente ágil e inquieta de mi madre volvió a escabullirse.

—Alguien está fumando —dijo.

La abuela Lynn miraba fijamente a su hija. La pragmática y remilgada señora que siempre había sido mi madre había desaparecido. Se mostraba frívola y distraída. Mi abuela no tenía nada más que decirle.

—Son cigarrillos extranjeros —dijo mi madre—. ¡Vamos a buscarlos!

Y a la luz cada vez más tenue mi abuela observó, estupefacta, cómo mi madre empezaba a rastrear el olor.

—Yo regreso —dijo.

Pero mi madre siguió andando.

Encontró el origen del humo bastante pronto. Era Ruana Singh, que estaba detrás de una higuera alta en el patio trasero de su casa.

—Hola —dijo mi madre.

Ruana no se sobresaltó, como supuse que haría. Su serenidad era algo que había adquirido con la práctica. Era capaz de contener la respiración durante el suceso más sorprendente, ya fuera su hijo acusado de asesinato por la policía o su marido presidiendo una cena como si fuera una reunión del comité académico. Había dado permiso a Ray para subir a su cuarto, y ella había desaparecido por la puerta trasera y no la habían echado de menos.

—Señora Salmón —dijo Ruana, exhalando el embriagador humo de sus cigarrillos. Y en una ráfaga de humo y afecto mi madre estrechó la mano que le tendía—. Me alegro mucho de verla.

—¿Celebran una fiesta? —preguntó mi madre.

—Mi marido está dando una fiesta. Yo soy la anfitriona.

Mi madre sonrió.

—Las dos vivimos en un lugar extraño —dijo Ruana.

Se miraron, y mi madre asintió. En alguna parte de la calle estaba su madre, pero en ese preciso momento tanto ella como Ruana se encontraban en una isla silenciosa lejos de tierra firme.

—¿Tiene otro cigarrillo?

—Por supuesto, señora Salmón. —Ruana buscó en el bolsillo de su largo suéter negro, y le ofreció el paquete y el encendedor—. Dunhill, espero que le gusten.

Mi madre encendió un cigarrillo y le devolvió el paquete dorado.

—Abigail —dijo mientras exhalaba el humo—. Por favor, llámeme Abigail.

Desde su habitación a oscuras, Ray alcanzaba a oler los cigarrillos de su madre, que ella nunca le acusaba de birlarle, del mismo modo que él nunca le decía que sabía que los tenía. Le llegaban voces de abajo, los estridentes sonidos de su padre con sus colegas hablando seis idiomas distintos y riendo encantados del verano tan americano que se aproximaba. No sabía que mi madre estaba con su madre fuera, en el jardín, ni que yo lo veía sentado en su ventana, inhalando el dulce olor de sus cigarrillos. Enseguida se volvería de espaldas a la ventana y encendería la pequeña lámpara de la mesilla de noche para leer. La señora McBride les había pedido que buscaran un soneto que les gustara sobre el que hacer un trabajo, pero mientras leía los versos de su Norton Antbology, no paraba de pensar en el instante que deseaba recuperar y volver a vivir. Si me hubiera besado en el andamio, tal vez las cosas habrían sido distintas.

La abuela Lynn siguió andando, y allí estaba, por fin, la casa que habían tratado de olvidar viviendo sólo dos casas más abajo. «Jack tenía razón», pensó la abuela. Lo percibía en la oscuridad. Ese lugar irradiaba algo malévolo. Se estremeció y empezó a oír los grillos y a ver las luciérnagas que revoloteaban por encima de los parterres de flores del jardín delantero. De pronto pensó que no podía menos de compadecer a su hija. Vivía en medio de una zona cero donde ninguna aventura amorosa de su marido podía abrirle los ojos. Por la mañana le diría que las llaves de la cabaña siempre estarían a su disposición si las necesitaba.

Esa noche mi madre tuvo lo que le pareció un sueño maravilloso. Soñó con la India, donde nunca había estado. Había conos anaranjados de tráfico y bonitos insectos de color lapislázuli con mandíbulas doradas. Una joven era conducida por las calles hacia una pira, donde la envolvían en una sábana y la colocaban encima de una plataforma de madera. El brillante fuego que la consumía provocaba en mi madre esa profunda y alegre dicha como de ensueño. Quemaban a la joven viva, pero antes había sido un cuerpo, limpio y entero.

14

Lindsey se dedicó durante una semana a reconocer el terreno de mi asesino. Estaba haciendo exactamente lo que él hacía a los demás.

Había decidido entrenar todo el año con el equipo de fútbol masculino a fin de prepararse para el desafío que el señor Dewitt y Samuel le habían animado a afrontar: clasificarse para jugar en la liga de fútbol masculina del instituto. Y Samuel, para demostrarle su apoyo, entrenaba con ella, sin querer demostrar nada aparte de que era «el chico más rápido en pantalones cortos», según dijo.

Sabía correr, pero era muy malo a la hora de interceptar y devolver la pelota, o en verla venir. Y así, cuando corrían por el vecindario, cada vez que Lindsey echaba un vistazo a la casa del señor Harvey, Samuel iba delante de ella marcándole el ritmo, ajeno a todo lo demás.

Dentro de la casa verde, el señor Harvey miraba por la ventana. La vio mirar y empezó a ponerse nervioso. Ya había pasado casi un año, pero los Salmón seguían empeñados en acosarlo.

Había ocurrido antes en otras ciudades y estados. La familia de una niña sospechaba de él, pero nadie más. Había perfeccionado la perorata que soltaba a la policía, cierta inocencia obsequiosa teñida de asombro ante sus procedimientos, o ideas inútiles que sugería como si pudieran serles de utilidad. Mencionar al alumno Ellis al hablar con Fenerman había sido un buen golpe, y la mentira de que era viudo siempre ayudaba. Se inventaba una mujer a partir de una de las víctimas de las que recientemente había obtenido placer en sus recuerdos, y para darle cuerpo siempre tenía a su madre.

Todos los días salía de la casa un par de horas por la tarde. Compraba las provisiones que necesitaba, y luego conducía hasta Valley Forge Park y se paseaba por los caminos pavimentados y los senderos sin pavimentar hasta encontrarse de pronto en medio de excursiones escolares en la cabaña de troncos de George Washington o en la capilla del Washington Memorial. Eso le levantaba el ánimo, esos momentos en que veía a los niños impacientes por contemplar la historia, como si fuera posible encontrar enganchado en el tosco extremo de un leño un cabello blanco y largo de la peluca de Washington.

De vez en cuando, uno de los guías o profesores advertía su presencia, desconocida aunque amistosa, y lo miraban con aire interrogante. Tenía mil frases que ofrecer: «Traía a mis hijos aquí», o «Aquí fue donde conocí a mi mujer». Fundamentaba lo que decía en relación con alguna familia imaginaria, y entonces las mujeres le sonreían. En una ocasión, una atractiva y corpulenta mujer había tratado de entablar conversación con él mientras el guía del parque explicaba a los niños el invierno de 1776 y la Batalla de las Nubes.

Había utilizado la historia de su viudedad y hablado de una mujer llamada Sophie Cichetti, convirtiéndola en su esposa ya fallecida y su verdadero amor. Para esa mujer su historia había sido como un manjar exquisito y, mientras la oía hablar de sus gatos y de su hermano, y de que tenía tres hijos a los que adoraba, él se la imaginó sentada en la silla de su sótano, muerta.

Después de eso, cuando un profesor le sostenía la mirada inquisitivamente, retrocedía con timidez y se internaba en el parque. Observaba a las madres con sus hijos todavía en cochecitos, caminando con garbo
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