El “parti pris” de Sir John Moore






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El “parti pris” de Sir John Moore


apuntes para el estudio de la Guerra de Independencia en el Noroeste Peninsular (1808-1809)
Publicado en Nalgures, revista de la Asociación de Estudios Históricos de Galicia. Tomo II, 2007. ISSN: 1885-6349. pp. 261-329

Juan A. Granados Loureda

I
Introducción: Sir John Moore antes de la “Peninsular War”
Slowly and sadly we laid him down,

From the field his fame, fresh and gory;

we carv’d not a line, we raised not a stone,

But we left him alone with his glory!
(Charles Wolfe)

Con su habitualmente eficaz economía de medios, en el brevísimo artículo que la Enciclopedia Británica dedica a Sir John Moore, se desentraña con verdadera lucidez y en pocas frases la esencia vital del General. Así, sobre cualquier consideración especial relativa a sus hechos de armas en Córcega, en las Indias Orientales, Irlanda, Holanda, Egipto y Suecia, o acerca de su controvertida actuación en la campaña de España que concluyó, como es sabido, con la retirada hacia Galicia y el embarque de la mayor parte de su ejército en el puerto de A Coruña, que, aún reconociendo su mérito táctico, narra de forma telegráfica, prefiere subrayar la oscura tarea de instructor de infantería ligera, llevada a cabo por Sir John en el recoleto campo de entrenamiento de Shorncliffe (Kent) entre 1803 y 1806. Aquí el autor no tiene empacho alguno en mostrarlo como “Uno de los más grandes instructores de infantes de la historia militar”. Todo ello en virtud a “su flexible sistema de tácticas y a su eficiente y humanitaria disciplina”. Curiosamente, sus principales biógrafos como Carola Oman, D. W. Davies o, sobre todo, su propio hermano, James Carrick Moore, empeñados en la tarea de analizar y en su caso, justificar la conducta aparentemente en exceso dubitativa del teniente general Moore en su campaña peninsular, olvidaron analizar suficientemente la trascendencia de sus aportaciones tácticas para el futuro del ejército británico.
Desde finales de 1802, Sir John, en aquel período lector apasionado de sesudos tratados militares como los de Tielke, Sontang y Rottemburg, se encontraba ya en Shorncliffe preparándolo todo. Allí se incorporaron el 52º y el 43º regimientos, para formar junto al 95º el núcleo de la infantería ligera británica, que iba a ser instruida bajo presupuestos bien diferentes a los habitualmente utilizados en el ejército convencional. Firmemente convencido de que debería luchar por conseguir un ejército más moderno y eficaz, Moore desterró de su rutina durante sus tres años de permanencia en el campamento, el uso del látigo de nueve colas y los brutales métodos de castigo vigentes en el ejército y en la marina británicos. No por eso renunció a la disciplina que era absoluta en Shorncliffe, pero conseguida fomentando en sus hombres respeto por sí mismos y por los demás, estimulándolos con el ejemplo y con el entusiasmo, que él mismo sentía, por la tarea a la que estaban llamados. Junto a ello, su principal objetivo fue desarrollar el concepto de “thinking soldier”, del soldado con ideas e iniciativa propia, capaz de actuar de la mejor manera posible en cada situación, independientemente, si era el caso, de los presupuestos de partida indicados por sus superiores. Para conseguirlo, no dudó en fomentar la autoestima de sus hombres, haciéndoles comprender la necesidad de no realizar de rutina su instrucción, ya que ésta tenía unos objetivos racionales que ellos debían entender para poder aplicarla con eficacia cuando llegase el momento. Moore instruía a sus soldados utilizando la persuasión, no la fría imposición. Les habló repetidamente de la importancia de mantenerse sanos y fuertes, de las virtudes de la limpieza, de lo fundamental que era saber disparar con precisión y moverse con rapidez en el campo de batalla, cuidando de que su fusil estuviese siempre en condiciones óptimas. Fomentó en ellos el espíritu de competición, recompensando la buena conducta y premiando con distintivos a los mejores tiradores. Como resultado de su concienzudo trabajo en Shorncliffe a lo largo de aquellos tres años, consiguió convertir a sus soldados en la indiscutible élite del ejército británico1. Por ello fue y es considerado como “The greatest trainer of troops that the British Army has ever Know” y “The father of the Light Infantry”. Más aún, en las emotivas palabras que le dedicó el conocido historiador Sir Arthur Bryant, podemos apreciar donde reside con exactitud la grandeza de las concepciones castrenses de Sir John Moore:
Moore’s contribution to the British Army was not only that matchless Light Infantry who have ever since enshrined his training, but also the belief that the perfect soldier can only be made by evoking all that finest in man -physical, mental and espiritual-”.
De carácter más práctico, pero igual de elocuentes fueron las reflexiones que Lord Arthur Wellesley, el célebre Duque de Wellington, nada proclive al halago fácil, dirigió ya abandonando la Península Ibérica tras su triunfo definitivo en la batalla de Vitoria, a su ayudante, el futuro Lord Raglan, héroe de Crimea, a propósito de la valiosa labor realizada por Sir John Moore con las tropas ligeras británicas:
Usted sabe, FitzRoy, que nosotros no hubiéramos vencido, creo yo, sin él, porque los regimientos que Moore ha entrenado tan cuidadosamente, fueron la espina dorsal de nuestro ejército”2.

II

Un largo camino hacia el mar

Tras los sucesos del dos de mayo de 1808, con el levantamiento del pueblo de Madrid contra la invasión francesa, el destino de la Península Ibérica estaba ya escrito. La ocupación de España, hasta entonces temerosa aliada de Francia, fue la última consecuencia de la larga presión política que Bonaparte ejerció sobre el débil gobierno de Carlos IV. El aparente triunfo del Emperador supondría a la postre el comienzo del fin de la era Napoleónica y la razón principal de la intervención británica en territorio peninsular.
la revolución antifrancesa en España sugirió al gobierno británico la posibilidad de plantar cara a Napoleón en la península Ibérica, comenzando por una acción expedicionaria en Portugal. Para ello contaban los británicos con fuerzas muy escasas, en nada comparables a los más de 100.000 hombres que Napoleón había destacado en la Península. Según Hibbert, las tropas disponibles para una intervención en Portugal constaban de poco más de 27.000 hombres, muy dispersos además: 9.000 permanecían en Cork (Irlanda) bajo el mando del teniente general Sir Arthur Wellesley, el futuro duque de Wellington, como parte del contingente que se había pensado enviar a Venezuela en apoyo del general Miranda con el propósito de iniciar allí una revolución contra España, 5.000 permanecían a bordo de transportes en Gibraltar, de regreso de la fallida campaña de Whitelocke contra el Río de la Plata, 3000 más se encontraban al mando del mayor general William Carr Beresford en la isla de Madeira, como fuerza de ocupación para evitar la invasión francesa de este territorio portugués. Por fin, se contaba con los 10.000 hombres destacados con Sir John Moore en Suecia, puesto que parecía evidente que no iban a entrar en combate allí habida cuenta de la postura irreflexiva de Gustavo IV. Pese a ser conscientes George Canning y Lord Castlereagh de que no podrían mantener el dominio por tierra en el continente, pero animados por el entusiasta levantamiento del pueblo español contra Napoleón, del que fueron convenientemente informados en Londres por dos enviados de la joven Junta de Asturias, el vizconde de Matarrosa, luego conde de Toreno, de papel significado en las Cortes de Cádiz y el profesor de la universidad de Oviedo Don Andrés de la Vega Infanzón, decidieron enviar tropas contra Junot a Portugal como movimiento diversivo que permitiese el progreso de la revuelta española. Paradójicamente, el elegido para comandar el ejército expedicionario fue Sir Arthur Wellesley, quien hasta hacía poco debía conducir a sus hombres contra las posesiones españolas en América. Wellesley pudo contar con sus 9.000 hombres acuartelados en Corck más los 4.000 que, sin destino definido, permanecían en Gibraltar a las órdenes del general Spencer, en total unos 13.000 hombres. El convoy conduciendo las tropas de Wellesley zarpó de Irlanda el 12 de julio de 1808 con rumbo a las costas portuguesas. A fin de conocer de primera mano la situación en la Península, Sir Arthur se destacó de la flota, dirigiéndose hacia A Coruña a bordo de la fragata ligera Crocodile, ciudad a la que arribó el 20 de julio, entrevistándose con los representantes de la recién creada Junta Superior de Galicia (5 de junio de 1808), que había asumido el poder soberano en ausencia del cautivo Fernando VII. Según Gómez de Arteche, los miembros de la Junta le “suplicaron” a Wellesley que desembarcase sus tropas allí mismo para protegerles de los franceses3, cosa que, al parecer no fue cierta, y que además Wellesley ni quería ni podía hacer, pues portaba órdenes concretas de acudir a Portugal. Más aún, en un despacho fechado en A Coruña remitido por Sir Arthur Wellesley a Lord Castlereagh, publicado por Azcárate, aparece reflejada con toda claridad una imagen bien distinta de la serie de entrevistas mantenidas por el general inglés con los representantes de la Junta:

No obstante la reciente derrota del ejército de Galicia (batalla de Medina de Rioseco), la Junta no ha expresado el menor deseo de recibir el auxilio de tropas británicas; y esta misma mañana me ha repetido que si se les provee de armas y dinero, pueden movilizar el número de hombres que se necesite; en mi opinión, esta resistencia a recibir el auxilio de tropas británicas responde, en gran parte, a la repugnancia que les causaría poner las suyas bajo el mando de los oficiales británicos”.4
Por si cupiera alguna duda, es bien sabido que esta actitud de recelo respecto a la cooperación con los ingleses por parte de las recién nacidas juntas provinciales era muy común. No en vano España e Inglaterra habían sido enemigas declaradas hasta hacía bien poco. Por ello, la general oposición al desembarco de tropas británicas en puertos españoles fue una constante en la guerra de la Independencia. De hecho, veremos más adelante cómo el propio ejército de apoyo a Moore que mandaba Sir David Baird fue obligado a permanecer durante casi una quincena a bordo de sus transportes en el puerto de A Coruña, antes de ser autorizado a desembarcar.
Continuando su travesía hacia Portugal, las tropas de Wellesley alcanzaron la desembocadura del Mondego, cerca de la población costera de Figueira da Foz, el 1 de agosto, desembarcando los casi 9.000 hombres de su cuerpo expedicionario entre grandes dificultades debido al fuerte oleaje. Cuatro días mas tarde se les incorporaron los 4.000 hombres del general Spencer procedentes de Gibraltar. Una vez reunidos, ambos contingentes iniciaron la marcha el 10 de agosto por la carretera de Leiria hacia el sur, en busca de las tropas francesas, antes Sir Arthur había hecho publicar una solemne proclama dirigida al pueblo portugués, en la que se anunciaba su propósito de luchar por la liberación del país de la opresión gala. Wellesley, que había tenido hasta entonces una carrera rápida y brillante gracias a los méritos que había obtenido en la India, primero como coronel del 33º regimiento de línea y luego como gobernador de Seringapatam, fue ascendido a general en abril de 1802 con sólo treinta y tres años y condecorado con la orden del baño en 1805, estaba ahora viviendo el mejor momento de su carrera como jefe del principal cuerpo expedicionario del ejército británico5. Sin embargo, justo el día después de su desembarco en Mondego, recibió un despacho urgente del departamento de guerra, firmado por el mismo Castlereagh, que supuso un verdadero mazazo a sus expectativas, pues el mando había dispuesto que tendría como sus superiores en la expedición a nada menos que tres generales más veteranos: Sir Hew Dalrymple, un viejo general que desempeñaba entonces el cargo de gobernador de Gibraltar, Sir Harry Burrand, un veterano de la Horse Guard que actuaría como segundo de Dalrymple y por último Sir John Moore, ya de regreso del fiasco sueco. Las razones de tal solapamiento de mandos parecen hoy día bastante claras. En primer lugar, tanto el duque de York como su padre el rey pensaban que Wellesley era demasiado joven para ostentar un mando de esa envergadura, por eso pensaron en otorgárselo a un general de más experiencia como Sir Hew, que además se encontraba ya en la Península. Pero, más importante que todo esto, fue el deseo que tenían tanto Castlereagh como Canning de no otorgar un mando de comandante en jefe de las tropas expedicionarias a Moore, ya de regreso en Inglaterra y más antiguo en el escalafón que Wellesley. La natural cautela de Moore había exasperado en el pasado a Canning, además, sus puntos de vista de tono liberal eran muy divergentes de los del ministro. Por si esto fuera poco, Moore siempre se expresaba francamente, sin ocultar nada a su gobierno, de forma que sus opiniones contrarias al pensamiento tory eran bien conocidas. Por tanto, más que privar del mando a Wellesley, se trataba de impedir a Moore el acceso al mismo. Para ello se arbitró la solución de interponer entre ambos a jefes más antiguos en la esperanza de que Moore no aceptase tal humillación y se retirase de la campaña Peninsular. Sin embargo, y aún consciente de la situación, Sir John aceptó sin ambages su extraño nombramiento como tercero en el mando. Así describe la situación su propio hermano James C. Moore, en un párrafo célebre que reproducimos por su interés en toda su extensión:
Después de que Sir John Moore hubiese actuado en el Mediterráneo y en Suecia como comandante en jefe, nombraron para el mando de la expedición a Sir Harry Burrand; (sic) quedando, de esta manera, postergado Sir John que recibió órdenes de la Secretaría de Estado de servir en Portugal como tercero en el mando.

Hay pocos generales en el ejército británico que no hubiesen presentado su dimisión ante tal tratamiento. Sin embargo, poseía un carácter más en consonancia con el antiguo espíritu militar romano que con el moderno protocolo. Se le había oído declarar que, mientras fuese capaz de ello, nunca rehusaría servir a su patria y que obedecería incluso si el Rey le ordenase desempeñar el papel de simple alférez”.6
Pese a todo esto, y por el momento, los tres generales aún no habían llegado a Portugal, Moore no lo haría hasta después del convenio de Cintra, por lo que Wellesley continuaba al mando de las operaciones y estaba dispuesto a demostrar su empuje. Así, el 15 de agosto su vanguardia toma por primera vez contacto con los franceses en Obidos, manteniendo una victoriosa escaramuza. Dos días después consiguió con graves pérdidas romper la línea defensiva que los 3.000 soldados franceses de la división Delaborde habían establecido en Roliça, para situarse en una posición ventajosa en Vimiero, donde habría de desarrollarse la batalla decisiva por Portugal. El día 15 alcanzaron al cuerpo expedicionario dos brigadas más que desembarcaron en el estuario del río Maceira. Con ellas, a bordo de la balandra Brazen llegó Sir Harry Burrand, quien rápidamente se entrevistó con Wellesley para hacerse cargo de la situación. Aunque Wellesley le planteó la necesidad de aprovechar la ventaja obtenida para atacar lo antes posible al enemigo, Burrand se mostró reacio a ello, expresándole a un disgustado Wellesley que prefería esperar el refuerzo de los 12.000 hombres que venían con Moore de Inglaterra. Sin embargo, los británicos no tuvieron opción a esperar más porque Junot decidió lanzar esa misma noche sus tropas contra el dispositivo en línea dispuesto por Wellesley sobre las colinas de Vimiero. El planteamiento de Sir Arthur resultó excelente, de forma que los franceses sufrieron una completa derrota. Sir Harry tuvo el buen sentido de permitir a Wellesley la dirección de la batalla, pero cuando el joven general solicitó su permiso para perseguir al ejército enemigo hasta Lisboa, cosa que parecía bien fácil de lograr, recibió una sorprendente negativa de “Betty” Burrand, que mandó mantener sus posiciones ante la desesperación del futuro duque de Wellington. Las cosas empeoraron para un consternado Wellesley cuando al día siguiente llegó a Vimiero Sir Hew Dalrymple desde Gibraltar para ocupar su cargo de comandante en jefe, pues ratificó en todo las opiniones de Burrand, abandonado, tal vez por ser reacio a escuchar cualquier consejo de un subordinado, toda idea de avanzar sobre Lisboa.

El 22 de agosto, se presentó ante el ejército inglés el general Kellermann portando bandera blanca para negociar la capitulación francesa. Las propuestas que trasladaba el general francés eran ridículamente favorables para ellos, puesto que ofrecían la total evacuación de su ejército hacia Francia a bordo de trasportes ingleses. El acuerdo final firmado en Lisboa el 30 de agosto de 1808 por los tres generales ingleses, Wellesley lo hizo forzado y a regañadientes, fue conocido como el convenio de Cintra. El largo documento, contenía veintitrés artículos y tres cláusulas adicionales, ratificaba en esencia un verdadero triunfo francés, debido al poco acierto negociador de “Dowager” Dalrymple, como le llamaba despectivamente Wellesley. En sustancia, el convenio estipulaba que el ejército francés rendido no sería considerado como prisionero de guerra, por lo que aquellos hombres quedaban en libertad de empuñar de nuevo las armas contra los ingleses y sus aliados. Además podrían conservar íntegramente sus bagajes y armamento, incluidas las expoliaciones realizadas durante la ocupación, y serían transportados por barcos ingleses a un puerto francés como La Rochela, Lorient y otros. Un acuerdo absolutamente sorprendente que despertó, como el propio Sir Arthur temía, verdadera indignación, tanto en el parlamento como en la opinión pública. Significativamente, algunos periódicos londinenses aparecieron orlados en negro el día que conocieron la noticia, como si se tratase de un luctuoso hecho que mereciera un duelo nacional. Ni que decir tiene que las mayores críticas cayeron sobre los tres generales al mando, Wellesley, ya en Inglaterra, incluido. Dalrymple y Burrand no volvieron jamás a obtener un mando de tropas en campaña, en cambio, Sir Arthur Wellesley fue pronto rehabilitado completamente en las instancias gubernamentales, no tanto así para la opinión pública, que rechazaba violentamente la idea de que el futuro Lord Wellington pudiese ser designado comandante en jefe del nuevo ejército expedicionario que había de acudir en socorro de los españoles, como refleja un ácido editorial del Times fechado el 29 de septiembre de 1808, expresamente dirigido al gobierno de la nación:
...No enviéis a sir Arthur a España; estad atentos al peligro de inflamar la indignación o de excitar la suspicacia de una nación valerosa e ingenua... No será natural que cuando se envíe una fuerza británica a ese país la gente pregunte: ¿A quién admitimos entre nosotros? ¿Cuál de sus héroes nos envía Inglaterra? ¿Quién llega para colaborar con Castaños y Palafox, con Morla y Cuesta? Que no tengamos que pasar por la vergüenza de responder: el negociador de Cintra”;7


La percepción de que el armisticio alcanzado por Junot había sido el mejor de los posibles para las tropas del Emperador, tuvo un eco inmediato en Francia, tanto es así, que para muchos mereció la consideración de victoria encubierta. Así lo confirmó la historiografía francesa de la temprana edad contemporánea, para Morvins: “Junot y sus soldados salen de Portugal como si hubiesen quedado victoriosos”8 , mientras que el mismo Thiers subrayó agudamente: “Este arreglo era tan honroso como podía desearse para el ejército francés, porque todo él quedaba salvo y en situación de poder volver a tomar las armas contra España.”9
Mientras la marea de la opinión pública sacudía sin compasión la reputación de los tres generales firmantes en Cintra, Sir John Moore permanecía tranquilamente en Lisboa a la espera de recibir órdenes. En esta ocasión, parecía difícil que alguien le pudiese arrebatar el mando del ejército expedicionario, ahora que era el único general de alto rango que aún permanecía en la Península. Así, pese a que Castlereagh no era precisamente un entusiasta del general Moore, y Canning se mostraba frontalmente opuesto a su nombramiento como comandante en jefe de un cuerpo expedicionario en España, no existían razones de peso para privar esta vez del mando a Sir John. El mismo rey estaba de acuerdo conque debía ser nombrado. Sea como fuere, lo cierto es que el 6 de octubre de 1808 llegó a Lisboa un despacho firmado por Lord Castlereagh por el que se nombraba a Sir John Moore comandante en jefe del ejército que debía actuar en España:
Su Majestad ha decidido enviar un cuerpo de su ejército, de no menos de 30.000 infantes y 5.000 jinetes, al norte de España para cooperar con los ejércitos españoles en la expulsión de los franceses de ese reino; y ha tenido a bien a bien conferirle el cargo de comandante en jefe de esa fuerza.

Se ha ordenado al jefe de los ejércitos de Su Majestad en Portugal que ponga a disposición de V.E. un cuerpo de 20.000 soldados de infantería, además del 18º regimiento de dragones ligeros de la K.G.L.10, que ahora está en Lisboa, y una cantidad proporcional de artillería. A ellos se unirá un cuerpo de más de 10.000 hombres que se está concentrando ahora en Falmouth11“;
En la misma comunicación de Lord Castlereagh a Moore, fechada en Londres el 25 de septiembre, se le sugieren a Sir John las líneas maestras de la estrategia a desarrollar: “Se ha decidido agrupar estas fuerzas en el norte de España, puesto que es el lugar donde se pueden reunir más deprisa y a donde parece que se dirigen de momento los ataques del enemigo”, y más adelante: “V. E. tendrá que decidir en qué lugar de Galicia o de las fronteras de León se pueden reunir y equipar las tropas con mayores ventajas para el servicio”. Por tanto, y aunque en su monumental obra sobre la guerra peninsular, Sir Charles Oman defiende que en las instrucciones de Lord Castlereagh se plasman una por una las opiniones estratégicas sobre las operaciones a desarrollar que Wellesley expresó por escrito al ministro antes de salir de Portugal, según las cuales el agrupamiento de las tropas británicas debería efectuarse en Asturias para tener en caso de necesidad una retirada abierta hacia el mar y a la vez poder cooperar con el ejército de Blake y presionar sobre el flanco derecho francés, llegando hasta Madrid si esto se hacía posible12, una lectura atenta de la carta de Lord Castlereagh13 muestra más bien que éste dejó al criterio de Moore tanto la elección de los puntos de concentración “en Galicia o en la frontera de León”, como el desarrollo mismo de las operaciones. De hecho, el grueso de las tropas marchó por tierra hasta Sahagún y no por mar hasta Gijón como preconizara el futuro Lord Wellington. Por tanto, Moore sería el encargado de diseñar sobre la marcha el plan de operaciones, siempre dependiendo del curso de los acontecimientos y de sus a menudo poco fiables canales de información en cuanto a las evoluciones del enemigo. Fue esta circunstancia la que sumió al general en el mar de dudas que le condujeron, finalmente, a decidir su precipitada retirada hacia A Coruña, cuando comprendió que se enfrentaba no al flanco del ejército francés, sino al grueso de sus fuerzas, con el mismo Napoleón Bonaparte a su frente, que no había tenido excesivas dificultades en recuperar Madrid mucho antes de lo que los ingleses esperaban.
El panorama bélico posterior a la capitulación de Cintra permitía abrigar ciertas esperanzas de éxito para un ejército de intervención en España. La capitulación de Dupont ante Castaños en Bailén el 19 de julio de 1808, primera derrota en batalla campal de un ejército napoleónico, supuso el abandono de Madrid por el rey José I y su resguardo junto al ejército francés, retirado tras la línea del Ebro. Sin embargo, el posterior fracaso de Junot en Portugal obligó a un indignado Napoleón a intervenir en la Península con el ímpetu formidable y el sentimiento, precisamente, antibritánico que anunció a la vanguardia de sus tropas el 11 de septiembre de 1808 en la conocida proclama de Saint-Cloud:
¡Soldados!: Después de haber triunfado en las orillas del Danubio y del Vístula, habéis atravesado Alemania a marchas forzadas. Hoy os hago atravesar Francia sin daros un momento de reposo. ¡Soldados! : Necesito de vosotros. La presencia odiosa del leopardo mancha los continentes de España y Portugal. Que a vuestra presencia huya espantado. Llevemos nuestras águilas triunfantes hasta las columnas de Hércules... /... Un verdadero francés no puede, no debe descansar mientras los mares no estén abiertos y libres. ¡Soldados! : todo cuanto habéis hecho, todo cuanto aún haréis para la felicidad del pueblo francés, por mi gloria y por la vuestra, quedará eternamente en mi corazón”14.
Así, tras consolidar su situación en Europa, férreamente asegurada con la entrevista de Edfur mantenida con el Zar Alejandro, Napoleón protagonizará una segunda invasión francesa que tuvo su inicio con el encuentro en Vitoria con su hermano José el 7 noviembre de 1808, cuando Moore se encontraba ya en la localidad fronteriza de Almeida, camino de Salamanca, a punto por tanto de entrar en España y ajeno a los movimientos de la Grande Armée. Muy pronto demostró Napoleón su determinación de recuperar la península, al mando de seis cuerpos de ejército, la guardia y una reserva, en total unos 240.000 hombres y acompañado por lo más granado de sus mariscales, hombres expertos y de su confianza como Ney, Soult, Mortier, Victor o Lefebvre, presentó rápidamente batalla a los ejércitos españoles, sacando a éstos de su dramático error al suponer que el éxito de Bailén era repetible ante la élite del ejército napoleónico. Así, el 10 de noviembre derrota Bonaparte en Espinosa de los Monteros al llamado ejército de la izquierda, que integraba las fuerzas de Galicia, mandado por Joaquín Blake. Lo mismo hizo con los ejércitos del Centro mandados por el conde de Belveder (Burgos), la Derecha (Cataluña) y con la reserva situada en Aragón, obteniendo triunfos decisivos en Tudela, Gamonal y Somosierra. Sin más oponentes que derrotar, entró vencedor el 2 de Diciembre en Madrid, provocando la huída de la Junta Central que, bajo la presidencia del anciano conde de Floridablanca, se había creado en septiembre como órgano supremo de gobierno en España en ausencia del “deseado” Fernando VII. Napoleón consigue reponer a su apesadumbrado hermano en el trono, dejando de esta manera al ejército expedicionario de Moore en precaria situación y sin esperanza de auxilio alguno. Ocurrió prematuramente lo que el mismo Moore había predicho: “Debemos actuar con cautela, porque si la burbuja estalla y Madrid cae, tendremos que correr15.
De esta manera, aquel general “cuya capacidad poco común se completaba con la más pura virtud, y se gobernaba por un patriotismo desinteresado”, como emotivamente le describía su amigo William Napier16, iniciaba el último acto de su vida de soldado atravesando con decisión los páramos que separan Portugal de España, cabalgando al frente de sus hombres al encuentro con un destino abiertamente incierto.

Fuente: Trevor Cairns (1991)


Cuando el general Moore cruzó, finalmente, la raya de Portugal al frente de sus tropas, aún confiaba en la posibilidad de llevar a buen término una contundente expedición dirigida hacia el mismo corazón de la Península, lo que es tanto como decir hacia el baluarte continental napoleónico, sin embargo, como es sabido, su incursión se convirtió muy pronto en una larga y difícil retirada estratégica hacia el Noroeste Peninsular, un éxito en todo caso, según unos y un fracaso estrepitoso según otros. De cualquier manera, las cosas nunca fueron iguales en Europa después de estos valerosos hechos de armas, que anuncian muy vivamente el principio del fin de los tiempos de hegemonía napoleónica, y resultan además para nosotros una excelente oportunidad para analizar de cerca el desarrollo de la Guerra de Independencia en Galicia en estos cruciales momentos, motivos más que sobrados para repasar con algún detalle las visicitudes de la última campaña de nuestro general.
Lo cierto es que tras años de guerra defensiva, el gobierno británico veía ahora una excelente oportunidad de iniciar una verdadera ofensiva contra el poder napoleónico en el continente. La capitulación de Junot en Cintra y la retirada del ejército francés tras la línea del Ebro, permitía abrigar fundadas esperanzas de éxito para la expedición española de Moore. Lord Castlereagh estaba aún muy lejos de sospechar la firme determinación de recuperar España que el Emperador había tomado ya a finales del mes de septiembre de 1808 al tiempo que dirigía la conferencia de Edfur. A juzgar por el testimonio privilegiado que aporta el Mariscal Soult en sus memorias, era éste un deseo vehemente y casi furioso en la mente de Napoleón, como luego demostraría cumplidamente. Al respecto, así de contundente se mostraba el Emperador en la crónica a que hacemos referencia:
Usted está enterado -me dijo- de la infame rendición de Dupont. Es una afrenta a mis armas y tengo que vengarme de manera brillante. Este suceso me ha obligado a venir aquí sólo para calmar las cabezas que ya comenzaban a fermentar; espero haberlo conseguido... El rey de España (José I)... Se dejó intimidar y se estableció a lo largo del Ebro... Mi intención es que al salir de aquí vaya a esperarme a Bayona. Los mariscales Lannes y Mortier van a reunirse allí también. Ney, Lefebvre y Víctor ya se han reunido con el rey con más de 100.000 hombres. Moncey y Bèssieres ya llevan mucho tiempo allí y Jourdan ha sido enviado para desempeñar provisionalmente las funciones de comandante general. El cuerpo de Junot,..., va a recibir el mismo destino, y yo mismo no tardaré en llegar, porque quiero terminar con esta guerra. Si se hubiera llevado mejor, ¡ya habría terminado hace tiempo! Pero yo no estaba”;17
Desde luego, las razones para que el Emperador mostrase de forma tan vehemente su enojo estaban más que fundadas. Como consecuencia de la derrota de las bisoñas tropas de Dupont en Bailén, los ejércitos franceses habían efectuado un repliegue general hacia el norte del Ebro. Siguiendo este movimiento, el rey José I abandonó Madrid, una ciudad que apenas había tenido tiempo de conocer, llegando a Vitoria para instalarse cómodamente en la quinta del marqués de Montehermoso, rodeado de lujo y aparente despreocupación. Por lo tanto, nada hacía suponer al gobierno británico la rápida reacción que protagonizaría Bonaparte.
Teniendo en cuenta este cúmulo de circunstancias, Lord Castlereagh se aplicó en el diseño de un plan de operaciones que aparece pormenorizado en el despacho dirigido a Moore el 25 de septiembre de 1808, el mismo en el que se le nombraba comandante en jefe del ejército expedicionario. En esencia, se respetaba la propuesta de Wellesley de agrupar al ejército en el norte de España, aunque no en Asturias como éste preconizara, sino en un lugar que Moore debería señalar “en Galicia o en los bordes de León”, adoptando la idea del futuro duque de Wellington de que la expedición “Tenga siempre una retirada abierta, y que esa retirada sea el mar”18. Sin embargo, nunca se asumió el espíritu combativo natural en Wellesley, partidario de marchar directamente hacia Madrid, como evidenció en su carta dirigida desde Portugal a Charles Stuart el 1 de Septiembre de 1808: “No sé lo que sir Hew Dalrymple se propone hacer, ni cuáles son sus instrucciones; pero si yo estuviera en su puesto, antes de un mes tendría 20.000 hombres en Madrid”19. Por lo demás, se dejaba al juicio de Sir John, que no compartía precisamente el optimismo de Wellesley, el desarrollo efectivo de las operaciones, que deberían producirse en función de las circunstancias y de los informes que Moore pudiera recabar. De esta manera, Moore debería marchar hacia España al mando de unos 20.000 hombres, para encontrarse con los casi 11.000 que habrían de desembarcar en A Coruña al mando del teniente general Sir David Baird, una fuerza verdaderamente notable y considerada suficiente para alejar definitivamente a los franceses de las costas portuguesas, principal objetivo de Canning y Castlereagh, aunque ahora, alentados por la espantada de José I hacia el Ebro, se decidiesen por operar en territorio español.
Tanto Moore como sus tropas agradecieron vivamente recibir finalmente de Londres la orden de partida. La explanada insalubre en la que se había convertido su campamento de Queluz, en las cercanías de Lisboa, animaba a salir lo antes posible de allí, aunque solo fuese para evitar más bajas por tifus o disentería, sin contar con el pernicioso efecto que el ocio estaba causando en la tropa, ya poco temperada de natural. Tanto es así, que el General se vio obligado a demandar de sus hombres un cambio de actitud frente a la campaña que tenían por delante, mandato claramente expresado en su orden general firmada en Lisboa el 9 de octubre de 1808:
El general advierte a las tropas que se debe a su conducta licenciosa, el que muchos sean incapaces de marchar contra el enemigo; y aclarado esto, confía no tener que decir ni una palabra más a los soldados británicos para asegurar su templanza”20
Algo mucho más fácil de decir que de obtener. Como veremos más adelante, la conducta de los soldados británicos a lo largo de la campaña, pese a su indudable competencia bélica, dejó bastante que desear. En otro orden de cosas y por muchos deseos que los británicos tuvieran de iniciar la expedición, no resultó fácil organizar la partida, habida cuenta de las serias dificultades que encontraría Moore para dotar a su ejército de los transportes y bagajes imprescindibles para afrontar la larga marcha que tenían por delante. Con todo, y aún contando sólo con lo imprescindible, el 11 de octubre los primeros regimientos del ejército expedicionario británico partieron hacia España al mando del Brigadier Robert Anstrutser. Las dificultades logísticas que para la marcha del ejército, en especial la artillería, presentaba la difícil orografía peninsular, el pésimo estado de los caminos en Portugal y la falta de un sistema de abastecimiento adecuado, obligó al Teniente-General a tomar la difícil decisión de dividir sus tropas en la marcha hacia España, aún asumiendo el riesgo que esto suponía ante un ataque del enemigo. Así, Moore envió al general Hope al frente del grueso de su artillería, junto con los dos regimientos caballería de los que disponía y cuatro regimientos de infantería como protección, por la ruta más larga aunque presumiblemente más transitable, que conducía a España por la carretera de Madrid, eludiendo las montañas a través de Elvas, Mérida, Trujillo y Talavera. Desde allí, deberían unirse con las tropas que marchaban hacia Almeida por diferentes itinerarios a través de Portugal. Todo el contingente habría de confluir en algún lugar de la meseta norte, probablemente, como se vería después, Salamanca. Así, Moore fragmentó a su infantería en columnas al mando de sus principales generales en campaña. Beresford marchó por Leiria, Coimbra y Viseu; Fraser condujo a sus brigadas a través de Abrantes, Villa Velha y Castelo Branco hacia Almeida y Ciudad Rodrigo; finalmente, Lord Paget tomó con Hope el camino de Elvas, para separarse en este punto de la artillería y caminar a través de Albuquerque, Alcántara y Coria hacia Ciudad Rodrigo. Todos ellos debían dirigirse hacia las proximidades de Salamanca con el fin de reagruparse (vid. tabla adjunta) y buscar el contingente que al mando de Sir David Baird debería marchar a su encuentro desde su lugar de desembarco, fijado como se sabe en A Coruña.

Estado de la fuerza efectiva que salió de Portugal a las órdenes de sir John Moore”


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REGIMIENTOS

JEFES

TROPA

TOTALES

Artillería

Artillería real

Corl. Hardinge

686

686




18º ligero de dragones

Ten. Corl. Jones

565



Caballería

3º Ligero de la K.G.L.*

Mayor Burgwedel

347

912






Ten. Corl. Ironmonger

616









Ten. Corl.Blunt

815









Ten. Corl. Winch

754









Ten. Corl.Mackenzie

833









Mayor Gordon

783









Ten. Corl. Cameron

607







20º

Ten. Corl.Ross

499







28º

Ten. Corl.Belson

750







32º

Ten. Corl. Hinde

756







36º

Ten. Corl. Burrne

736







38º

Ten. Corl. Greville

823







42º

Ten. Corl.Stirling

880







43º

Ten. Corl. Hull

411




Infantería

50º

Mayor Napier

794

17.745




52º (1er bat.)

Ten. Corl. Barelay

828







52º (2er bat.)

Ten. Corl. Ross

381







71º

Ten. Corl. Pack

724







79º

Ten. Corl. Cameron

838







82º

Ten. Corl.Eyre

812







91º

Mayor Douglas

698







92º

Ten. Corl. Napier

900







95º

Ten. Corl. Beckwith

467







Estado Mayor

Capitán Leicester

61







K.G.L.













1er bat. ligero

Ten. Corl. Leonhart

803







2º bat. ligero

Ten. Corl. Halket

855
















19.343

Tropa de guarnición en Portugal (3º Reg., excepto la com. de granaderos)

-715










TOTAL

18. 628
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   10

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