Doña Rosita la soltera o El lenguaje de las flores






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Acto tercero



Sala baja de ventanas con persianas verdes que dan al jardín del Carmen. Hay un silencio en la escena. Un reloj da las seis de la tarde. Cruza la escena el Ama con un cajón y una maleta. Han pasado diez años. Aparece la Tía y se sienta en una silla baja, en el centro de la escena. Silencio. El reloj vuelve a dar las seis. Pausa.
AMA. (Entrando.) La repetición de las seis.

TÍA. ¿Y la niña?

AMA. Arriba, en la torre. Y usted, ¿dónde estaba?

TÍA. Quitando las últimas macetas del invernadero.

AMA. No la he visto en toda la mañana.

TÍA. Desde que murió mi marido está la casa tan vacía que parece el doble de grande, y hasta tenemos que buscarnos. Algunas noches, cuando toso en mi cuarto, oigo un eco como si estuviera en una iglesia.

AMA. Es verdad que la casa resulta demasiado grande.

TÍA. Y luego... si él viviera, con aquella claridad que tenía, con aquel talento... (Casi llorando.)

AMA. (Cantando.) Lan-lan-van-lan-lan... No, señora, llorar no lo consiento. Hace ya seis años que murió y no quiero que esté usted como el primer día. ¡Bastante lo hemos llo­rado! ¡A pisar firme, señora! ¡Salga el sol por las esquinas! ¡Que nos espere muchos años todavía cortando rosas!

TÍA. (Levantándose.) Estoy muy viejecita, ama. Tenemos enci­ma una ruina muy grande.

AMA. No nos faltará. ¡También yo estoy vieja!

TÍA. ¡Ojalá tuviera yo tus años!

AMA. Nos llevamos poco, pero como yo he trabajado mucho, estoy engrasada, y usted, a fuerza de poltrona, se le han en­garabitado las piernas.

TÍA. ¿Es que te parece que yo no he trabajado?

AMA. Con las puntillas de los dedos, con hilos, con tallos, con confituras; en cambio yo he trabajado con las espaldas, con las rodillas, con las uñas.

TÍA. Entonces, gobernar una casa ¿no es trabajar?

AMA. Es mucho más difícil fregar sus suelos.

TÍA. No quiero discutir.

AMA. ¿Y por qué no? Así pasamos el rato. Ande. Replíqueme. Pero nos hemos quedado mudas. Antes se daban voces. Que si esto, que si lo otro, que si las natillas, que si no planches más.

TÍA. Yo ya estoy entregada... y un día sopas, otro día migas, mi vasito de agua y mi rosario en el bolsillo, esperaría la muerte con dignidad... ¡pero cuando pienso en Rosita!

AMA. ¡Ésa es la llaga!

TÍA. (Enardecida.) Cuando pienso en la mala acción que le han hecho y en el terrible engaño mantenido y en la false­dad del corazón de ese hombre, que no es de mi familia ni merece ser de mi familia, quisiera tener veinte años para to­mar un vapor y llegar a Tucumán y coger un látigo...

AMA. (Interrumpiéndola.) ... y coger una espada y cortarle la cabeza y machacársela con dos piedras y cortarle la mano del falso juramento y las mentirosas escrituras de cariño.

TÍA. Sí, sí; que pagara con sangre lo que sangre ha costado, aunque toda sea sangre mía, y después...

AMA. ... aventar las cenizas sobre el mar.

TÍA. Resucitarlo y traerlo con Rosita para respirar satisfecha con la honra de los míos.

AMA. Ahora me dará usted la razón.

TÍA. Te la doy.

AMA. Allí encontró la rica que iba buscando y se casó, pero debió decirlo a tiempo. Porque, ¿quién quiere ya a esta mujer? ¡Ya está pasada! Señora: ¿y no le podríamos man­dar una carta envenenada, que se muriera de repente al re­cibirla?

TÍA. ¡Qué cosas! Ocho años lleva de matrimonio, y hasta el mes pasado no me escribió el canalla la verdad. Yo notaba algo en las cartas; los poderes que no venían, un aire dudo­so..., no se atrevía, pero al fin lo hizo. ¡Claro, que después que su padre murió! Y esta criatura...

AMA. ¡Chist...!

TÍA. Y recoge las dos orzas.
(Aparece Rosita. Viene vestida de un rosa cla­ro con moda del rgzo. Entra peinada de bu­cles. Está muy avejentada.)
AMA. ¡Niña!

ROSITA. ¿Qué hacéis?

AMA. Criticando un poquito. Y tú, ¿dónde vas?

ROSITA. Voy al invernadero. ¿Se llevaron ya las macetas?

TÍA. Quedan unas pocas.
(Sale Rosita. Se limpian las lágrimas las dos Mujeres.)
AMA. ¿Y ya está? ¿Usted sentada y yo sentada? ¿Y a morir to­can? ¿Y no hay ley? ¿Y no hay gábilos para hacerlo pol­vo?...

TÍA. Calla, ¡no sigas!

AMA. Yo no tengo genio para aguantar estas cosas sin que el corazón me corra por todo el pecho como si fuera un perro perseguido. Cuando yo enterré a mi marido lo sentí mu­cho, pero tenía en el fondo una gran alegría..., alegría no..., golpetazos de ver que la enterrada no era yo. Cuando enterré a mi niña... ¿me entiende usted?, cuando enterré a mi niña fue como si me pisotearan las entrañas, pero los muertos son muertos. Están muertos, vamos a llorar, se cie­rra la puerta, ¡y a vivir! Pero esto de mi Rosita es lo peor. Es querer y no encontrar el cuerpo; es llorar y no saber por quién se llora, es suspirar por alguien que uno sabe que no se merece los suspiros. Es una herida abierta que mana, sin parar, un hilito de sangre y no hay nadie, nadie del mundo, que traiga los algodones, las vendas o el precioso terrón de nieve.

TÍA. ¿Qué quieres que yo haga?

AMA. Que nos lleve el río.

TÍA. A la vejez todo se nos vuelve de espaldas.

AMA. Mientras yo tenga brazos nada le faltará.

TÍA. (Pausa. Muy bajo como con vergüenza.) Ama, ¡ya no puedo pagar tus mensualidades! Tendrás que abandonarnos.

AMA. ¡Huuuy! ¡Qué airazo entra por las ventanas! ¡Huuuuy...! ¿O será que me estoy volviendo sorda? Pues... ¿y las ganas que me entran de cantar? ¡Como los niños que salen del cole­gio! (Se oyen voces infantiles.) ¿Lo oye usted, señora? Mi seño­ra, más señora que nunca. (La abraza.)

TÍA. Oye.

AMA. Voy a guisar. Una cazuela de jureles perfumada con hi­nojos.

TÍA. ¡Escucha!

AMA. ¡Y un monte nevado! Le voy a hacer un monte nevado con grajeas de colores...

TÍA. ¡Pero mujer!...

AMA. (A voces.) ¡Digo!... ¡Si está aquí don Martín! Don Mar­tín, ¡adelante! ¡Vamos! Entretenga un poco a la señora.
(Sale rápida. Entra don Martín. Es un viejo con el pelo rojo. Lleva una muleta con la que sos­tiene una pierna encogida. Tipo noble, de gran dignidad, con un aire de tristeza definitiva.)
TÍA. ¡Dichosos los ojos!

MARTÍN. ¿Cuándo es la arrancada definitiva?

TÍA. Hoy.

MARTÍN. ¡Qué se le va a hacer!

TÍA. La nueva casa no es esto. Pero tiene buenas vistas y un patinillo con dos higueras donde se pueden tener flores.

MARTÍN. Más vale así. (Se sientan.)

TÍA. ¿Y usted?

MARTÍN. Mi vida de siempre. Vengo de explicar mi clase de Preceptiva. Un verdadero infierno. Era una lección precio­sa: «Concepto y definición de la Harmonía», pero a los ni­ños no les interesa nada. ¡Y qué niños! A mí, como me ven inútil, me respetan un poquito; alguna vez un alfiler que otro en el asiento, o un muñequito en la espalda, pero a mis compañeros les hacen cosas horribles. Son los niños de los ricos y, como pagan, no se les puede castigar. Así nos dice siempre el Director. Ayer se empeñaron en que el pobre señor Canito, profesor nuevo de Geografía, llevaba corsé; porque tiene un cuerpo algo retrepado, y cuando estaba solo en el patio, se reunieron los grandullones y los inter­nos, lo desnudaron de cintura para arriba, lo ataron a una de las columnas del corredor y le arrojaron, desde el bal­cón, un jarro de agua.

TÍA. ¡Pobre criatura!

MARTÍN. Todos los días entro temblando en el colegio espe­rando lo que van a hacerme, aunque, como digo, respetan algo mi desgracia. Hace un rato tenían un escándalo enor­me, porque el señor Consuegra, que explica latín admira­blemente, había encontrado un excremento de gato sobre su lista de clase.

TÍA. ¡Son el enemigo!

MARTÍN. Son los que pagan y vivimos con ellos. Y, créame usted, que los padres se ríen de las infamias, porque como somos los pasantes y no les vamos a examinar los hijos, nos consideran como hombres sin sentimiento, como a per­sonas situadas en el último escalón de gente que lleva toda­vía corbata y cuello planchado.

TÍA. ¡Ay, don Martín! ¡Qué mundo éste!

MARTÍN. ¡Qué mundo! Yo soñaba siempre ser poeta. Me die­ron una flor natural y escribí un drama que nunca se pudo representar.

TÍA. ¿La hija del Jefté?

MARTÍN. ¡Eso es!

TÍA. Rosita y yo lo hemos leído. Usted nos lo prestó. ¡Lo he­mos leído cuatro o cinco veces!

MARTÍN. (Con ansia.) Y ¿qué...?

TÍA. Me gustó mucho. Se lo he dicho siempre. Sobre todo cuando ella va a morir y se acuerda de su madre y la llama.

MARTÍN. Es fuerte, ¿verdad? Un drama verdadero. Un drama de contorno y de concepto. Nunca se pudo representar. (Rompiendo a recitar.)

¡Oh madre excelsa! Torna tu mirada

a la que en vil sopor rendida yace;

¡recibe tú las fúlgidas preseas

y el hórrido estertor de mi combate!

¿Y es que esto está mal? ¿Y es que no suena bien de acen­to y de cesura este verso: «y el hórrido estertor de mi com­bate»?...

TÍA.¡Precioso!¡Precioso!

MARTÍN. Y cuando Glucinio se va a encontrar con Isaías y le­vanta el tapiz de la tienda...

AMA. (Interrumpiéndole.) Por aquí. (Entran dos Obreros vesti­dos con trajes de pana.)

OBRERO I.° Buenas tardes.

MARTÍN Y TÍA. (Juntos.) Buenas tardes.

AMA. ¡Ése es! (Señala un diván grande que hay al fondo de la ha­bitación. Los Hombres lo sacan lentamente como si sacaran un ataúd. El Ama los sigue. Silencio. Se oyen dos campanadas mientras salen los Hombres con el diván.)

MARTÍN. ¿Es la Novena de Santa Gertrudis la Magna?

TÍA. Sí, en San Antón.

MARTíN. ¡Es muy difícil ser poeta! (Salen los Hombres.) Des­pués quise ser farmacéutico. Es una vida tranquila.

TÍA. Mi hermano, que en gloria esté, era farmacéutico.

MARTÍN. Pero no pude. Tenía que ayudar a mi madre, y me hice profesor. Por eso envidiaba yo tanto a su marido. Él fue lo que quiso.

TÍA. ¡Y le costó la ruina!

MARTÍN. Sí, pero es peor esto mío.

TÍA. Pero usted sigue escribiendo.

MARTÍN. No sé porque escribo, porque no tengo ilusión, pero sin embargo es lo único que me gusta. ¿Leyó usted mi cuento de ayer en el segundo número de Mentalidad grana­dina?

TÍA. ¿«El cumpleaños de Matilde»? Sí, lo leímos: una precio­sidad.

MARTÍN. ¿Verdad que sí? Ahí he querido renovarme hacien­do una cosa de ambiente actual; ¡hasta hablo de un aero­

plano! Verdad es que hay que modernizarse. Claro que lo que más me gusta a mí son mis sonetos.

TÍA. ¡A las nueve musas del Parnaso!

MARTÍN. A las diez, a las diez. ¿No se acuerda usted que nombré décima musa a Rosita?

AMA. (Entrando.) Señora, ayúdeme usted a doblar esta sába­na. (Se ponen a doblarla entre las dos.) ¡Don Martín con su pelito rojo! ¿Por qué no se casó, hombre de Dios? ¡No es­taría tan solo en esta vida!

MARTíN. ¡No me han querido!

AMA. Es que ya no hay gusto. ¡Con la manera de hablar tan preciosa que tiene usted!

TÍA. ¡A ver si lo vas a enamorar!

MARTÍN. ¡Que pruebe!

AMA. Cuando él explica en la sala baja del colegio, yo voy a la carbonería para oírlo ¿«Qué es idea»? «La representa­ción intelectual de una cosa o un objeto.» ¿No es así?

MARTÍN. ¡Mírenla! ¡Mírenla!

AMA. Ayer decía a voces: «No; ahí hay hipérbaton» y luego... «el epinicio»... A mí me gustaría entender, pero como no entiendo me dan ganas de reír, y el carbonero que siempre está leyendo un libro que se llama: Las ruinas de Palmira, me echa unas miradas como si fueran dos gatos rabiosos. Pero aunque me ría, como ignorante, comprendo que don Martín tiene mucho mérito.

MARTÍN. No se le da hoy mérito a la Retórica y Poética, ni a la cultura universitaria. (Sale el Ama rápida con la sábana do­blada.)

TÍA. ¡Qué le vamos a hacer! Ya nos queda poco tiempo en este teatro.

MARTÍN. Y hay que emplearlo en la bondad y en el sacrificio. (Se oyen voces.)

TÍA. ¿Qué pasa?

AMA. (Apareciendo.) Don Martín, que vaya usted al colegio, que los niños han roto con un clavo las cañerías y están to­das las clases inundadas.

MARTÍN. Vamos allá. Soñé con el Parnaso y tengo que hacer de albañil y fontanero. Con tal de que no me empujen o resbale... (El Ama ayuda a levantarse a don Martín. Se oyen voces.)

AMA. ¡Ya va! ¡Un poco de calma! ¡A ver si el agua sube has­ta que no quede un niño vivo!

MARTÍN. (Saliendo.) ¡Bendito sea Dios!

TÍA. Pobre, ¡qué sino el suyo!

AMA. Mírese en ese espejo. Él mismo se plancha los cuellos y cose sus calcetines, y cuando estuvo enfermo, que le llevé las natillas, tenía una cama con unas sábanas que tiznaban como el carbón y unas paredes y un lavabillo... ¡ay!

TÍA. ¡Y otros, tanto!

AMA. Por eso siempre diré: ¡Malditos, malditos sean los ri­cos! ¡No quede de ellos ni las uñas de las manos!

TÍA. ¡Déjalos!

AMA. Pero estoy segura que van al infierno de cabeza. ¿Dónde cree usted que estará don Rafael Salé, explotador de los po­bres que enterraron anteayer (Dios lo haya perdonado), con tanto cura y tanta monja y tanto gori-gori? ¡En el infierno! Y él dirá: « ¡Que tengo veinte millones de pesetas, no me apre­téis con las tenazas! ¡Os doy cuarenta mil duros si me arran­cáis estas brasas de los pies!»; pero los demonios, tizonazo por aquí, tizonazo por allá, puntapié que te quiero, bofetadas en la cara, hasta que la sangre se le convierta en carbonilla.

TÍA. Todos los cristianos sabemos que ningún rico entra en el reino de los cielos, pero a ver si por hablar de ese modo vas a parar también al infierno de cabeza.

AMA. ¿Al infierno yo? Del primer empujón que le doy a la caldera de Pedro Botero, hago llegar el agua caliente a los confines de la Tierra. No, señora, no. Yo entro en el cielo a la fuerza. (Dulce.) Con usted. Cada una en una butaca de seda celeste que se meza ella sola, y unos abanicos de raso grana. En medio de las dos, en un columpio de jazmines y matas de romero, Rosita meciéndose y detrás su marido cu­bierto de rosas, como salió en su caja de esa habitación; con la misma sonrisa, con la misma frente blanca como si fuera de cristal, y usted se mece así, y yo así, y Rosita así, y detrás el Señor tirándonos rosas como si las tres fuéramos un paso de nácar lleno de cirios y caireles.

TÍA. Y los pañuelos para las lágrimas que se queden aquí abajo.

AMA. Eso, que se fastidien. Nosotras, ¡juerga celestial!

TÍA. ¡Porque ya no nos queda una sola dentro del corazón!

OBRERO I.° Ustedes dirán.

AMA. Vengan. (Entran. Desde la puerta.) ¡Ánimo!

TÍA. ¡Dios te bendiga! (La Tía se sienta lentamente. Aparece Rosita con un paquete de cartas en la mano. Silencio.)

TÍA. ¿Se han llevado ya la cómoda?

ROSITA. En este momento. Su prima Esperanza mandó un niño por un destornillador.

TÍA. Estarán armando las camas para esta noche. Debimos irnos temprano y haber hecho las cosas a nuestro gusto. Mi prima habrá puesto los muebles de cualquier manera.

ROSITA. Pero yo prefiero salir de aquí con la calle a oscuras. Si me fuera posible apagaría el farol. De todos modos las vecinas estarán acechando. Con la mudanza ha estado todo el día la puerta llena de chiquillos como si en la casa hubie­ra un muerto.

TÍA. Si yo lo hubiera sabido no hubiese consentido de ningu­na manera que tu tío hubiera hipotecado la casa con mue­bles y todo. Lo que sacamos es lo sucinto, la silla para sen­tarnos y la cama para dormir.

ROSITA. Para morir.

TÍA. ¡Fue buena jugada la que nos hizo! ¡Mañana vienen los nuevos dueños! Me gustaría que tu tío nos viera. ¡Viejo tonto! Pusilámine para los negocios. ¡Chalado de las rosas! ¡Hombre sin idea del dinero! Me arruinaba cada día. «Ahí está fulano»; y él: «Que entre»; y entraba con los bolsillos vacíos y salía con ellos rebosando plata, y siempre: «Que no se entere mi mujer». ¡El manirroto! ¡El débil! Y no ha­bía calamidad que no remediase... ni niños que no ampa­rara porque... porque... tenía el corazón más grande que hombre tuvo... el alma cristiana más pura...; no, no, ¡ca­llate, vieja! ¡Cállate, habladora, y respeta la voluntad de Dios! ¡Arruinadas! Muy bien y ¡silencio!; pero te veo a ti...

ROSITA. No se preocupe de mí, tía. Yo sé que la hipoteca la hizo para pagar mis muebles y mi ajuar, y esto es lo que me duele.

TÍA. Hizo bien. Tú lo merecías todo. Y todo lo que se compró es digno de ti y será hermoso el día que lo uses.

ROSITA. ¿El día que lo use?

TÍA. ¡Claro! El día de tu boda.

ROSITA. No me haga usted hablar.

TÍA. Ése es el defecto de las mujeres decentes de estas tierras. ¡No hablar! No hablamos y tenemos que hablar. (A voces.) ¡Ama! ¿Ha llegado el correo?

ROSITA. ¿Qué se propone usted?

TÍA. Que me veas vivir, para que aprendas.

ROSITA. (Abrazándola.) Calle.

TÍA. Alguna vez tengo que hablar alto. Sal de tus cuatro pa­redes, hija mía. No te hagas a la desgracia.

ROSITA. (Arrodillada delante de ella.) Me he acostumbrado a vivir muchos años fuera de mí, pensando en cosas que es­taban muy lejos, y ahora que estas cosas ya no existen, sigo dando vueltas y más vueltas por un sitio frío, buscan­do una salida que no he de encontrar nunca. Yo lo sabía todo. Sabía que se había casado; ya se encargó un alma caritativa de decírmelo, y he estado recibiendo sus cartas con una ilusión llena de sollozos que aun a mí misma me asombra. Si la gente no hubiera hablado; si vosotras no lo hubiérais sabido; si no lo hubiera sabido nadie más que yo, sus cartas y su mentira hubieran alimentado mi ilusión como el primer año de su ausencia. Pero lo sabían todos y yo me encontraba señalada por un dedo que hacía ridícu­la mi modestia de prometida y daba un aire grotesco a mi abanico de soltera. Cada año que pasaba era como una prenda íntima que arrancaran de mi cuerpo. Y hoy se casa una amiga y otra y otra, y mañana tiene un hijo y crece, y viene a enseñarme sus notas de examen, y hacen casas nuevas y canciones nuevas, y yo igual, con el mismo tem­blor, igual; yo, lo mismo que antes, cortando el mismo clavel, viendo las mismas nubes; y un día bajo al paseo y me doy cuenta de que no conozco a nadie; muchachos y muchachas me dejan atrás porque me canso, y uno dice: «Ahí está la solterona», y otro, hermoso, con la cabeza ri­zada, que comenta: «A ésa ya no hay quien le clave el diente». Y yo lo oigo y no puedo gritar sino «vamos ade­lante», con la boca llena de veneno y con unas ganas enor­mes de huir, de quitarme los zapatos, de descansar y no moverme más, nunca, de mi rincón.

TÍA. ¡Hija! ¡Rosita!

ROSITA. Ya soy vieja. Ayer le oí decir al Ama que todavía po­día yo casarme. De ningún modo. No lo pienses. Ya perdí la esperanza de hacerlo con quien quise con toda mi sangre, con quien quise y... con quien quiero. Todo está acabado... y sin embargo, con toda la ilusión perdida, me acuesto, y me levanto con el más terrible de los sentimientos, que es el sentimiento de tener la esperanza muerta. Quiero huir, quiero no ver, quiero quedarme serena, vacía (¿es que no tiene derecho una pobre mujer a respirar con libertad?). Y sin embargo la esperanza me persigue, me ronda, me muerde; como un lobo moribundo que apretara sus dientes por última vez.

TÍA. ¿Por qué no me hiciste caso? ¿Por qué no te casaste con otro?

ROSITA. Estaba atada, y además, ¿qué hombre vino a esta casa sincero y desbordante para procurarse mi cariño? Nin­guno.

TÍA. Tú no les hacías ningún caso. Tú estabas encelada por un palomo ladrón.

ROSITA. Yo he sido siempre seria.

TÍA. Te has aferrado a tu idea sin ver la realidad y sin tener caridad de tu porvenir.

ROSITA. Soy como soy. Y no me puedo cambiar. Ahora lo único que me queda es mi dignidad. Lo que tengo por den­tro lo guardo para mí sola.

TÍA. Esto es lo que yo no quiero.

ANTA. (Saliendo de pronto.) ¡Ni yo tampoco! Tú hablas, te de­sahogas, nos hartamos de llorar las tres y nos repartimos el sentimiento.

ROSITA. ¿Y qué os voy a decir? Hay cosas que no se pueden decir porque no hay palabras para decirlas, y si las hubiera, nadie entendería su significado. Me entendéis si pido pan y agua y hasta un beso, pero nunca me podríais ni entender ni quitar esta mano oscura que no se si me hiela o me abra­sa el corazón cada vez que me quedo sola.

AMA. Ya estás diciendo algo.

TÍA. Para todo hay consuelo.

ROSITA. Sería el cuento de nunca acabar. Yo sé que los ojos las tendré siempre jóvenes, y sé que la espalda se me irá cur­vando cada día. Después de todo, lo que me ha pasado le ha pasado a mil mujeres. (Pausa.) Pero, ¿por qué estoy yo ha­blando todo esto? (Al Ama.) Tú, vete a arreglar cosas, que dentro de unos momentos salimos de este carmen, y usted, tía, no se preocupe de mí. (Pausa. Al Ama.) ¡Vamos! No me agrada que me miréis así. Me molestan esas miradas de pe­rros fieles. (Se va el Ama.) Esas miradas de lástima que me perturban y me indignan.

TÍA. Hija, ¿qué quieres que yo haga?

ROSITA. Dejadme como cosa perdida. (Pausa. Se pasea.) Ya sé que se está usted acordando de su hermana la solterona... solterona como yo. Era agria y odiaba a los niños y a toda la que se ponía un traje nuevo... pero yo no seré así. (Pau­sa.) Le pido perdón.

TÍA. ¡Qué tontería! (Aparece por el fondo de la habitación un Muchacho de dieciocho años.)

ROSITA. Adelante.

MUCHACHO. Pero, ¿se mudan ustedes?

ROSITA. Dentro de unos minutos. Al oscurecer.

TÍA. ¿Quién es?

ROSITA. Es el hijo de María.

TÍA. ¿Qué María?

ROSITA. La mayor de las tres Manolas.

TÍA. ¡Ah!

Las que suben a la Alhambra

las tres y las cuatro solas.

Perdona, hijo, mi mala memoria.
MUCHACHO. Me ha visto usted muy pocas veces.

TÍA. Claro, pero yo quería mucho a tu madre. ¡Qué graciosa era! Murió por la misma época que mi marido.

ROSITA. Antes.

MUCHACHO. Hace ocho años.

ROSITA. Y tiene la misma cara.

MUCHACHO. (Alegre.) Un poquito peor. Yo la tengo hecha a martillazos.

TÍA. Y las mismas salidas; ¡el mismo genio!

MUCHACHO. Pero, claro que me parezco. En carnaval me puse un vestido de mi madre... un vestido del año de la nana, verde...

ROSITA. (Melancólica.) Con lazos negros... y bullones de seda verde nilo.

MUCHACHO. Sí.

ROSITA. Y un gran lazo de terciopelo en la cintura.

MUCHACHO. El mismo.

ROSITA. Que cae a un lado y otro del polisón.

MUCHACHO. ¡Exacto! ¡Qué disparate de moda! (Se sonríe.)

ROSITA. (Triste.) ¡Era una moda bonita!

MUCHACHO. ¡No me diga usted! Pues bajaba yo muerto de risa con el vejestorio puesto, llenando todo el pasillo de la casa de olor de alcanfor, y de pronto mi tía se puso a llorar amargamente porque decía que era exactamente igual que ver a mi madre. Yo me impresioné, como es natural, y dejé el traje y el antifaz sobre mi cama.

ROSITA. Como que no hay cosa más viva que un recuerdo. Llegan a hacernos la vida imposible. Por eso yo comprendo muy bien a esas viejecillas borrachas que van por las calles queriendo borrar el mundo, y se sientan a cantar en los bancos del paseo.

TÍA. ¿Y tu tía la casada?

MUCHACHO. Escribe desde Barcelona. Cada vez menos.

ROSITA. ¿Tiene hijos?

MUCHACHO. Cuatro. (Pausa.)

AMA. (Entrando.) Déme usted las llaves del armario. (La Tía se las da. Por el Muchacho.) Aquí, el joven, iba ayer con su novia. Los vi por la Plaza Nueva. Ella quería ir por un lado y él no la dejaba. (Ríe.)

TÍA. ¡Vamos, con el niño!

MUCHACHO. (Azorado.) Estábamos de broma.

AMA. ¡No te pongas colorado! (Saliendo.)

ROSITA. ¡Vamos, calla!

MUCHACHO. ¡Qué jardín más precioso tienen ustedes!

ROSITA. ¡Teníamos!

TÍA. Ven, y corta unas flores.

MUCHACHO. Usted lo pase bien, doña Rosita.

ROSITA. ¡Anda con Dios, hijo! (Salen. La tarde está cayendo.)

ROSITA. ¡Doña Rosita! ¡Doña Rosita!

Cuando se abre en la mañana

roja como sangre está.

La tarde la pone blanca

con blanco de espuma y sal.

Y cuando llega la noche

se comienza a deshojar.
(Pausa.)
AMA. (Sale con un chal.) ¡En marcha!

ROSITA. Sí, voy a echarme un abrigo.

AMA. Como he descolgado la percha, lo tienes enganchado en el tirador de la ventana. (Entra la Solterona 3.°, vestida de os­curo, con un velo de luto en la cabeza y la pena que se llevaba en el año doce. Hablan bajo.)

SOLTERONA 3.a ¡Ama!

AMA. Por unos minutos nos encuentra aquí.

SOLTERONA 3.a Yo vengo a dar una lección de piano que ten­go aquí cerca y me llegué por si necesitaban ustedes algo.

AMA. ¡Dios se lo pague!

SOLTERONA 3.a ¡Qué casa más grande!

AMA. Sí, sí, pero no me toque usted el corazón, no me levan­te la gasa de la pena, porque yo soy la que tiene que dar áni­mos en este duelo sin muerto que está usted presenciando.

SOLTERONA 3.a Yo quisiera saludarlas.

AMA. Pero es mejor que no las vea. ¡Vaya por la otra casa!

SOLTERONA 3.a Es mejor. Pero si hace falta algo, ya sabe que en lo que pueda, aquí estoy yo.

AMA. ¡Ya pasará la mala hora! (Se oye el viento.)

SOLTERONA 3.a ¡Se ha levantado un aire!

AMA. Sí. Parece que va a llover. (La Solterona 3.a se va.)

TÍA. (Entra.) Como siga este viento, no va a quedar una rosa viva. Los cipreses de la glorieta casi tocan las paredes de mi cuarto. Parece como si alguien quisiera poner el jardín feo para que no tuviésemos pena de dejarlo.

AMA. Como precioso, precioso, no ha sido nunca. ¿Se ha puesto su abrigo? Y esta nube... Así, bien tapada. (Se la pone.) Ahora, cuando lleguemos, tengo la comida hecha. De postre, flan. A usted le gusta. Un flan dorado como una clavellina. (El Ama habla con la voz velada por una profunda emoción. Se oye un golpe.)

TÍA. Es la puerta del invernadero. ¿Por qué no la cierras?

AMA. No se puede cerrar por la humedad.

TÍA. Estará toda la noche golpeando.

AMA. ¡Como no la oiremos...! (La escena está en una dulce pe­numbra de atardecer.)

TÍA. Yo sí. Yo sí la oiré.
(Aparece Rosita. Viene pálida, vestida de blanco, con un abrigo hasta el filo del ves­tido.)
AMA. (Valiente.) ¡Vamos!

ROSITA. (Con voz débil.) Ha empezado a llover. Así no habrá nadie en los balcones para vernos salir.

TÍA. Es preferible.

ROSITA. (Vacila un poco, se apoya en una silla y cae sostenida por el Ama y la Tía que impiden su total desmayo.)
«Y cuando llega la noche

se comienza a deshojar.»
(Salen y a su mutis queda la escena sola. Se oye golpear la puerta. De pronto se abre un balcón del fondo y las blancas cortinas oscilan con el viento.)

Telón

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