Santuario agatha Christie






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títuloSantuario agatha Christie
fecha de publicación12.09.2015
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SANTUARIO



Agatha Christie




La esposa del pastor dobló la esquina de la rectoría con los brazos llenos de crisantemos. Sus fuertes brazos mostraban huellas inequívocas de estancia en el jardín, pues aparecían manchados de barro, e incluso su nariz lucía alguna muestra de la fértil tierra, si bien ella no se había enterado de tal cosa.

Le costó abrir la verja, que, oxidada, medio pendía fuera de sus goznes. Una ráfaga de aire hizo que su maltrecho sombrero adoptase una postura de mayor descuido.

—¡Qué lata! —exclamó Bunch.

El optimismo indujo a sus padres a bautizarla con el nombre de Diana. Pero la señora Harmon fue conocida por Bunch desde su más tierna edad, y nunca más dejó de llamarse así. Abrazada a sus crisantemos, cruzó la verja y caminó hasta la puerta de la iglesia.

El aire de noviembre era cálido y húmedo. Las nubes corrían por el cielo, mostrando algún que otro parche azul. La oscuridad y el frío eran la nota predominante en el interior de la nave, donde la calefacción se encendía sólo a las horas del servicio religioso.

—¡Brrr! Será mejor que termine ahora mismo o moriré congelada —murmuró.

Con esa rapidez que da la práctica, recogió los diversos jarros destinados a las flores. «Me gustaría que tuviésemos lirios —pensó—. ¡Me cansan los crisantemos!» Sus entumecidos dedos arreglaron los tallos en los respectivos envases.

Ni la originalidad ni el arte lucían en la disposición de las flores. Bunch nunca había sido original ni artista. No obstante, era un adorno casero muy agradable. Cogió los jarros con sumo cuidado y se encaminó al altar. Entonces salió el sol.

Los rayos penetraron a través de la vidriera situada en el lado este, cuyos cristales de color azul y rojo, donativo de un rico feligrés victoriano, refulgieron con repentina opulencia. «Parecen joyas», pensó Bunch.

De pronto se detuvo y sus ojos quedaron fijos en los peldaños del presbiterio, donde yacía una forma oscura.

Dejó las flores en el suelo, ascendió los peldaños y se inclinó sobre el hombre tendido. Luego se arrodilló a su lado y lenta, cuidadosamente, le dio la vuelta. Sus dedos buscaron el pulso en una de las muñecas, y lo halló tan débil como significativa la verdosa palidez del rostro. Sin duda alguna, el hombre se moría.

Tendría unos cuarenta y cinco años y llevaba puesto un traje oscuro no muy limpio. Bunch soltó la fláccida mano que había levantado y miró la otra, que parecía cerrada sobre el pecho. Un examen más detenido le permitió ver que aprisionaba un pañuelo. En la mano se observaban también algunas salpicaduras de color castaño seco, que supuso sangre coagulada. Bunch se sentó sobre sus talones con el ceño fruncido.

Hasta entonces los ojos del hombre habían permanecido cerrados, pero en aquel momento los abrió para fijarlos en el rostro de ella. Aquellas pupilas la miraron sin el más leve atisbo vidrioso. Eran unos ojos llenos de vida e inteligencia. Los labios del desconocido se movieron y Bunch se inclinó para oír las palabras o, más bien, la palabra. Pues sólo pronunció una.

Santuario.

Creyó percibir una desmayada sonrisa en el moribundo, que pasado un momento volvió a repetir:

Santuario.

Luego de un largo y débil suspiro, cerró de nuevo los párpados. Una vez más, los dedos femeninos buscaron el pulso. Lo encontró, si bien más débil e intermitente. Se levantó decidida.

—No se mueva. No intente hacerlo. Voy en busca de ayuda.

Los ojos del hombre se abrieron otra vez, si bien parecieron fijarse en la colorida luz de la vidriera. Murmuró algo que ella no logró captar. Sobresaltada, pensó en que tal vez nombrara a su marido.

—¿Julián? —preguntó—. ¿Vino usted en busca de Julián?

No obtuvo respuesta. El hombre tenía los ojos cerrados y su respiración se hizo más lenta.

Bunch salió presurosa del templo. Miró su reloj y le satisfizo saber que el doctor Griffiths estaría en su consultorio, sólo a un par de minutos de distancia. Entró sin llamar.

—Doctor, venga en seguida. Hay un moribundo en la iglesia.

Minutos más tarde el doctor Griffiths se alzó del suelo, después de examinar al herido.

—¿Podemos trasladarlo a la rectoría? Allí lo atenderé mejor, si bien temo que sea inútil.

—Claro que sí. Iré a disponer las cosas. Le enviaré a Harper y Jones y que le ayuden a trasladarlo.

—Gracias. Telefonearé pidiendo una ambulancia, aunque me temo que...

La frase quedó inconclusa. Bunch preguntó:

—¿Hemorragia interna?

El doctor Griffiths asintió:

—¿Cómo diablos vino?

—Supongo que lleva aquí toda la noche. Harper abre la iglesia por la mañana al irse al trabajo, si bien por regla general no entra.

Cinco minutos más tarde el doctor Griffiths dejaba el receptor en su cuna para regresar al cuarto donde el herido yacía sobre sábanas encima de un sofá. Bunch le llevó una palangana llena de agua y las demás cosas para la cura de urgencia.

—Bien, ya está —dijo Griffiths—. He pedido una ambulancia y lo he comunicado a la policía.

Con el ceño fruncido contempló al paciente, que seguía con los ojos cerrados. El hombre se pasaba la mano izquierda por encima de la herida.

—Le dispararon un tiro —explicó el doctor—. Un disparo a corta distancia. Hizo una pelota con el pañuelo y se la aplicó para evitar la hemorragia.

—¿Cree usted que pudo andar mucho después de eso? —preguntó Bunch.

—Sí. Es muy posible. Conocí a un hombre mortalmente herido que recorrió una gran distancia como si no tuviera nada. Luego, de repente, se cayó al suelo. Quizá lo hayan herido lejos de la iglesia. Claro que también pudo dispararse él mismo, tirar el arma y encaminarse a la iglesia. Lo que no entiendo es por qué entró en el templo y no en la rectoría.

—Algo dijo de eso —explicó Bunch—. Pronunció la palabra «santuario».

El doctor la miró sorprendido.

—¿Santuario?

—Ahí llega Julián —la mujer volvió la cabeza al oír los pasos de su marido en el vestíbulo—. ¡Julián! Ven.

El reverendo Julián Harmon entró en la estancia. El pastor aparentaba más años de los que tenía.

—¡Dios mío! —exclamó mirando la figura en el sofá y los utensilios quirúrgicos.

Su esposa le explicó lo sucedido con su peculiar modo ahorrativo de palabras.

—Estaba en la iglesia. Le han disparado un tiro. ¿Lo conoces, Julián? Me pareció oírle tu nombre.

El pastor se acercó al sofá y miró al moribundo.

—¡Pobre muchacho! —sacudió la cabeza—. No, no lo conozco. Estoy casi seguro de no haberlo visto en mi vida.

El herido abrió los ojos y miró al médico, luego a Julián Harmon y después a su esposa. Los ojos se quedaron fijos en el rostro de ella. El doctor Griffiths se apresuró a decirle:

—¡Cuéntenos lo sucedido!

El hombre exclamó con voz débil:

—Por favor, por favor...

Y tras un ligero estertor se murió.


El sargento Hayes humedeció el lápiz en su boca y volvió la hoja del libro de notas.

—¿Esto es cuanto puede contarme, señora Harmon?

—Sólo esto. Aquí tiene todo lo que llevaba en los bolsillos de su americana.

En la mesa, junto al codo del sargento, había una cartera, un viejo reloj con las iniciales «W. S.» y un billete de regreso a Londres.

—¿Saben ya quién es? —preguntó Bunch.

—Un tal Eccles ha telefoneado a la comisaría. Según parece es su cuñado. El difunto hace tiempo que tenía una salud precaria y padecía de los nervios. Últimamente se hallaba peor. Anteayer se marchó de su casa y no regresó. Por lo visto llevaba un revólver.

—¿Y vino aquí a matarse? —preguntó Bunch—. ¿Por qué?

—Parece ser que sufría una fuerte depresión.

Bunch le interrumpió.

—No me refiero a eso. Quiero decir, ¿por qué aquí, en la iglesia?

Evidentemente, el sargento Hayes desconocía la respuesta.

—Vino en el autobús de las 5.10 —explicó.

—Pero, ¿por qué? —insistió ella.

—Lo ignoro, señora Harmon. ¿Quién sabe? Si la mente no responde...

Bunch acabo por él.

—Pudo hacerlo en cualquier parte. Aún así, me parece innecesario coger el autobús y venir a un sitio apartado como éste. ¿No conocía a nadie de aquí, verdad?

—No, según las averiguaciones hechas —informó el sargento Hayes, que tosió a modo de excusa y añadió mientras se ponía en pie—: Podría ser que los señores Eccles vinieran a verla, señora; si a usted no le importa.

—Claro que no me importa. Es muy lógico. Si bien no tengo nada que decirles.

—Me voy —dijo el sargento.

—De todos modos me alegra saber que no se trata de un asesinato.

Un coche se acercaba a la rectoría. El sargento Hayes lo observó antes de aventurar:

—Quizá sean los señores Eccles.

Bunch tuvo un presentimiento de que iba a pasar una prueba difícil. «No obstante —se dijo—, si lo necesito llamaré a Julián y que me ayude. Un clérigo es un gran auxiliar cuando la gente está apesadumbrada.»

No había pensado en cómo serían los señores Eccles; quizá por ello, al saludarles, se sintió sorprendida. El señor Eccles era un hombre robusto, de natural alegre y ocurrente. La señora poseía unos ojos vivarachos, su boca era pequeña, con el labio inferior hacia arriba y la voz fina y aguda.

—Para nosotros ha sido un golpe terrible, señora Harmon —dijo la señora Eccles—. Ya puede imaginárselo.

—Desde luego —repuso Bunch—. Siéntese. ¿Aceptarían...? quizá es algo pronto para el té...

El señor Eccles agitó una mano.

—No, no se moleste por nosotros. Es usted muy amable. Sólo deseamos que nos cuente lo que le dijo el pobre William y demás detalles, ¿comprende?

—El pobre estuvo en el extranjero mucho tiempo —explicó la señora Eccles—. Allí debió de vivir experiencias desagradables. Desde que volvió a casa le gustaba la quietud y sentíase deprimido. Según él, no había nada en el mundo digno de vivirse. ¡Pobre Bill, siempre tan triste!

Bunch, sin hablar, los contempló un momento.

—Se llevó el revólver de mi marido —continuó la señora Eccles— sin que lo supiéramos. Parece ser que vino aquí en autobús. Supongo que lo hizo en atención a nosotros.

—¡Pobre muchacho! ¡Pobre muchacho! —repitió el señor Eccles entre suspiros—. No se le puede condenar por eso —después de una corta pausa, preguntó—: ¿Dijo algo antes de morir?

Sus pequeños y brillantes ojillos miraban atentos a Bunch. Su esposa se inclinó ansiosa de oír la respuesta.

—Vino a la iglesia al sentirse moribundo, como si buscase refugio en el santuario.

—La señora Eccles, sorprendida, exclamó:

—¿Santuario? No comprendo.

Su esposo aclaró:

—Lugar santo, querida mía. A eso se refiere la esposa del vicario. El suicidio es un pecado mortal. Y, tal vez arrepentido, quiso pedir perdón.

—Intentó hablar antes de morir —explicó Bunch—. Dijo «por favor», pero no pudo seguir.

La señora Eccles se puso el pañuelo delante de los ojos y sollozó.

—Vamos, vamos, Pam, no llores —la consoló su esposo—. Ya carece de remedio. ¡Pobre Willie! Sólo me consuela que ahora está en paz —y dirigiéndose a Bunch—. Muchísimas gracias, señora Harmon. Discúlpenos las molestias. La esposa de un vicario siempre está ocupadísima.

Le estrecharon la mano. Ya se iban cuando el señor Eccles se volvió para decir:

—Por favor, creo que tiene su americana aquí, ¿verdad?

—¿Su americana? —Bunch frunció el ceño.

Intervino la señora Eccles.

—Nos gustaría recoger sus cosas.

—Llevaba encima un reloj una cartera y un billete de ferrocarril —dijo Bunch—. Se los di al sargento Hayes.

—Gracias —repuso el señor Eccles—. Supongo que nos lo entregará a nosotros. Su documentación estaría en la cartera.

—No, sólo un billete de una libra.

—¿No guardaba ninguna carta o nota?

Bunch sacudió la cabeza.

—Gracias otra vez, señora Harmon. La americana, ¿también se la llevó el sargento?

La esposa del clérigo frunció el ceño, como si intentase recordar.

—No, creo que no... El doctor y yo le quitamos la americana para examinar su herida —miró a su alrededor—. Me la habré llevado arriba con las toallas.

—Señora Harmon, si no le importa nos gustaría llevárnosla. Es la última prenda que se puso. Compréndalo, es un deseo sentimental.

—Naturalmente que sí. ¿No prefieren que la limpie primero? Temo que esté... manchada.

—Oh, no. Eso no importa.

—No sé dónde la he puesto. Un momento, por favor.

Bunch subió las escaleras y tardó varios minutos en regresar.

—Lo siento —explicó sin aliento—, la mujer de la limpieza la había puesto con otras ropas para la lavandería. He tenido que buscarla. La envolveré.

Sin hacer caso de las protestas de la señora Eccles, así lo hizo. Luego volvieron a saludarse y el matrimonio se marchó.


Bunch cruzó el vestíbulo y entró en el despacho parroquial. El reverendo Julián Harmon alzó la vista. En aquel momento preparaba un sermón sobre Judea y Persia durante el reinado de Ciro.

—¿Qué hay, Bunch? —preguntó afable.

—Julián, ¿qué significa exactamente «santuario»?

Harmon apartó un poco el papel donde escribía el sermón.

—Santuario en los templos romanos y griegos se llamaba a la cella donde permanecía la estatua de un dios. La palabra latina altar, «ara», significa protección. En 339 d.C. la palabra santuario fue incorporada a las denominaciones de las iglesias cristianas. En Inglaterra aparece reconocida oficialmente en las leyes emitidas por Etherbert en el año 600 d.C.

El hombre se extendió en su erudita exposición y, como siempre, sintióse desconcertado ante la sumisa atención de su esposa.

—Querido, eres un ángel.

Luego le besó la punta de la nariz y él se lo agradeció como el perro a quien dan un hueso después de una hazaña ejemplar.

—Los Eccles han estado aquí.

Harmon frunció el ceño.

—¿Los Eccles? No recuerdo...

—No los conoces. Son los hermanos del hombre que apareció herido en la iglesia.

—¡Señor! ¡Es terrible! —exclamó—. Querida, ¿por qué no me llamaste?

—No hubo necesidad. No precisaban consuelo. Por cierto que me extraña eso. Oye, si pongo la cacerola en el horno mañana, ¿te arreglarás solo? Necesito ir a Londres a ver unas ventas de ocasión.

—¿Unas ventas? —exclamó interrogativo.

Ella se rió.

—Hay una venta especial de géneros blancos en los almacenes Burrows y Portman. Sábanas, mantelerías, toallas y paños de cocina. No sé qué hacemos con los paños de cocina. Desaparecen como por arte de magia. Además —añadió pensativa—, deseo visitar a tía Jane.
La dulce y anciana señorita Jane Marple gozaba las delicias de la metrópoli confortablemente instalada en el piso-estudio de su sobrino.

—Raymond es muy amable —dijo—. Antes de irse con Joan a América, donde estarán dos semanas, insistió en que viniese a instalarme aquí. Y ahora, querida, explícame eso que te preocupa.

Bunch era la ahijada predilecta de la señorita Marple. Ésta la observaba con afecto mientras ella se echaba atrás el sombrero, dispuesta a contarle su historia. El recital de Bunch, conciso y claro, hacía que la señorita Marple asintiera de cuando en cuando.

—Comprendo —dijo.

—Tía Jane, necesitaba contártelo. No soy muy inteligente y...

—Tú eres inteligente, querida.

—No. En eso no me parezco a Julián.

—Tu marido posee un intelecto muy sólido —dijo la señorita Marple.

—Eso es —corroboró Bunch—. Julián posee intelecto y yo sentido común.

—Si, Bunch; y, además, eres muy inteligente.

—No sé qué hacer, tía. Y no me gusta preguntar sobre estas cosas a Julián. ¡Es tan puritano en su rectitud!

La observación fue perfectamente comprendida por la señorita Marple, quien dijo:

—Tienes razón, querida. Nosotras, las mujeres, somos distintas. Bien, me has explicado el suceso, pero me gustaría saber cuál es tu opinión de todo eso.

—Para mí es muy confuso —dijo Bunch—. El moribundo de la iglesia sabía muy bien todo lo relativo al santuario. Pronunció la palabra como lo hubiera hecho Julián. Quiero decir que era un hombre culto y educado. De haberse suicidado, no creo que viniese a la iglesia sólo para decir «santuario». Santuario significa salvación para los perseguidos. Sus enemigos no pueden tocarlo una vez que se refugia en el templo. Incluso en épocas remotas ni la propia ley podía hacerlo.

Miró interrogativa a la señorita Marple, que asintió con la cabeza. Luego continuó:

—El matrimonio Eccles es totalmente distinto. Son ignorantes y groseros. El reloj del difunto tenía las iniciales «W. S.», pero en el interior, con letra muy pequeña, había inscrito: «A Walter, de su padre.», y una fecha. Los Eccles, al nombrarlo, lo llamaban William o por su diminutivo Bill.

La señorita Marple pareció dispuesta a interrumpirla, pero no lo hizo. Bunch continuó:

—Ya sé que a veces no se llama a uno por su nombre de pila. Hay quien al bautizarlo le ponen William, y luego lo llaman «Gordito», «Zanahoria», o algo parecido. Pero la propia hermana no le llamaría William o Bill si es Walter.

—¿Sospechas que no son hermanos?

—Estoy convencida de ello. Ese matrimonio me resultó antipático. Vinieron a la rectoría a recoger las cosas del difunto y averiguar qué había dicho antes de morir. Cuando les expliqué su silencio, advertí algo así como alivio en sus rostros. Yo sospecho que fue Eccles quien disparó contra él.

—¿Tú crees que lo asesinaron?

—Sí. Por eso vine a verte, querida.

Las sospechas de Bunch hubieran sido exageradas para un oyente inexperto; pero la señorita Marple gozaba de bien merecida reputación en cuanto a resolver casos de esta índole.

—Antes de morir me dijo: «Por favor.» Eso evidencia su deseo de que hiciese algo por él. Pero no tengo la más remota idea de qué.

La señorita Marple reflexionó un momento y luego efectuó la misma pregunta que antes se hiciese Bunch:

—¿Por qué fue allí?

—¿Insinúas que si uno necesita un santuario puede entrar en cualquier iglesia y que, por lo tanto, no precisaba tomar un autobús que sólo va cuatro veces al día a un lugar solitario como es el nuestro?

—No, querida. Él debió ir allí con algún fin. Tal vez su propósito era ver a alguien. Chipping Cleghorn no es un lugar grande, Bunch y es fácil averiguar a quién iba a ver.

Bunch pensó en todos los habitantes del pueblo y al fin sacudió la cabeza.

—Pudo ser cualquiera de ellos.

—¿No mencionó ningún nombre?

—Julián, o al menos eso creí. También pudo ser Julia. Pero que yo sepa, no vive ninguna Julia en Chipping Cleghorn.

Rememoró la escena en su mente. El hombre tendido en los peldaños del presbiterio, la luz de la vidriera roja y azul como una explosión de joyas...

—¡Joyas! —gritó Bunch de repente—. Quizá fue eso. Los rayos del sol se descomponían en los cristales con reflejos de joyas rojas y azules. —Joyas —repitió dudosa la señorita Marple.

—Ahora viene lo más importante —dijo Bunch—; la causa que me trajo a verte. Los Eccles tuvieron gran interés en llevarse la chaqueta del muerto, vieja y deslucida. No, nada justifica el interés de ellos, aunque hablasen de sentimentalismos. De todos modos fui por ella, y mientras subía las escaleras recordé que él había intentado buscar algo. Eso me indujo a examinarla cuidadosamente, y encontré un ángulo del forro cosido con hilo distinto. Lo descosí y saqué un papel que había oculto allí. Luego cosí el forro con hilo adecuado para evitar que los Eccles sospechasen de mí. No es fácil que sospechen, si bien no estoy muy segura. Cuando les entregué la chaqueta me excusé por el retraso.

—¿Y el papel? —preguntó la señorita Marple.

Bunch abrió su bolso.

—No quise mostrárselo a Julián, pues me hubiera dicho que pertenecía a los Eccles. Y yo opinaba que era mejor traértelo.

—Un resguardo de consigna —dijo la señorita Marple examinándolo—. Estación de Paddington.

—En un bolsillo tenía un billete de regreso para Paddington— explicó Bunch.

Los ojos de las dos mujeres se encontraron.

—Eso invita a la acción —dijo animada la señorita Marple—. Claro que debemos obrar con mucha precaución. ¿Observaste, querida Bunch, si algún extraño te siguió en tu viaje a Londres?

—¿Seguirme? —exclamó perpleja la señora Harmon.

—Está dentro de lo posible, querida. Y cuando una cosa es posible conviene que adoptemos precauciones —la anciana se levantó con viveza impropia de su edad—. Has venido a Londres con el propósito de ir de compras. Por lo tanto, lo acertado es ir de compras las dos. Antes haremos unos arreglos. De momento no necesito el viejo abrigo que tiene el cuello de castor.


Hora y media más tarde, ambas mujeres, vestidas con sencillez y llevando sendos paquetes de ropa blanca recién comprada, se acomodaron en un pequeño restaurante llamado Apple Bough para restablecer fuerzas a base de filetes de carne, pudding de riñón, tarta de manzanas y flan.

—Desde luego, la calidad de las toallas es la de antes de la guerra —dijo la señorita Marple—. Y con una «J» en ellas, además. Por fortuna la esposa de Raymond se llama Joan. Las guardaré si no las preciso, así le servirán a ella si me muero antes de lo que espero.

—Yo necesitaba los paños de cocina —dijo Bunch—. Y han sido muy baratos, aunque no tanto como esperaba.

Una elegante joven con tenue aplicación de pintalabios entró en el Apple Bough. Después de mirar a su alrededor, se dirigió a la mesa de ellas y puso un sobre junto al codo de la señorita Marple.

—Ahí lo tiene, señorita.

—Gracias Gladys. Muchas gracias. Ha sido muy amable.

—Me complace hacerle un favor. Ernie me dice siempre: «Todo lo bueno lo has aprendido de la señorita Marple, a quien serviste.» Estoy siempre a su disposición, señorita.

—Es encantadora —dijo la anciana a Bunch, una vez que Gladys se hubo marchado—. Siempre dispuesta y amable.

Miró el interior del sobre y lo pasó a Bunch.

—Ten mucho cuidado, querida. ¿Sigue allí aquel simpático inspector que yo recuerdo?

—No lo sé. Pero supongo que sí.

—No importa. Me queda el recurso de telefonear al inspector jefe. Creo que me recordaría.

—¡Claro que sí! —afirmó Bunch— Todos te recuerdan. ¡Eres única! —y se puso en pie.


Una vez en Paddington, Bunch fue a consigna y mostró el resguardo. Poco después le daban una deslustrada maleta y se dirigió con ella al andén.

Durante el viaje de regreso no tuvo ningún contratiempo. Llegada a Chipping Cleghorn, cogió la maleta y, al descender del coche, un hombre se la arrebató, huyendo.

—¡Alto! —chilló Bunch—. ¡Deténganlo! ¡Deténganlo! ¡Se lleva mi maleta!

El portero de aquella estación rural era un hombre de reflejos lentos.

—Oiga, no puede hacer eso...

Su sermón fue cortado por un golpe a su estómago que lo echó a un lado y el otro salió de la estación encaminándose a un coche que lo aguardaba. Puso la maleta en el interior del vehículo y se disponía a introducirse él mismo, cuando una mano sobre su hombro lo inmovilizó y la voz del agente Abel dijo:

—¿Qué ocurre, amigo?

Bunch, que llegaba jadeando, gritó:

—¡Me arrebató la maleta!

—¡Mentira! —gritó a su vez el detenido—. No comprendo qué pretende esta mujer. La maleta es mía y acabo de llegar en el tren.

—Bien, aclarémoslo —propuso el agente,

Nadie que hubiera observado la mirada bovina que el policía dirigía a la señora Harmon hubiera supuesto que ambos solían pasar largos ratos en la oficina del primero, charlando sobre abonos y rosales.

—¿Dice usted, señora, que es suya la maleta? —preguntó.

—Sí.

—¿Y usted, señor?

—Digo que es mía.

Se trataba de un hombre alto, moreno, bien vestido, modales elegantes y voz cansina. Desde el interior del coche, una voz de mujer dijo:

—¡Claro que es tuya, Edwin! ¿Qué se propone esta señora?

—Calma. Ya lo sabremos —exclamó el agente, y dirigiéndose a Bunch—: Si es suya, dígame qué efectos hay en su interior.

—Ropas. Un abrigo moteado con cuello de castor, dos jerseys de lana y un par de zapatos.

—Eso está claro —afirmó el guardián del orden—. Y usted, caballero, ¿qué dice?

—Soy modisto teatral —explicó no sin cierta suficiencia—. La maleta contiene prendas de teatro adquiridas para una función de aficionados.

—Conforme, señor. Bien, ahora será fácil saber a quién pertenece. ¿Prefieren ustedes que lo comprobemos en la comisaría o en la estación?

—De acuerdo. Me llamo Moss, Edwin Moss.

El agente recogió la maleta y todos regresaron al interior de la estación.

—Vamos a consigna, George —explicó al portero.

Una vez allí depositó la maleta sobre el mostrador y descorrió los cierres. Mientras, Bunch y Edwin Moss, uno a cada lado, se miraban agresivos.

—¡Ah! —exclamó el agente alzando la tapa.

Dentro, cuidadosamente doblado, había un deslustrado abrigo moteado con cuello de castor, dos jerseys de lana y un par de zapatos.

—Exactamente como usted dijo, señora —dijo el policía volviéndose a Bunch.

Nadie hubiese advertido el más leve nerviosismo en Edwin Moss, que reaccionó magníficamente.

—Excúseme, señora. Por favor, excúseme —suplicó—. Créame, siento mucho, muchísimo, mi imperdonable error —consultó su reloj—. Debo apresurarme. Mi maleta debe de estar en el tren que acaba de partir —recogió su sombrero e insistió—: Por favor, perdóneme.

Tan pronto estuvo fuera de la oficina de consigna, la señora Harmon preguntó al policía:

—¿Deja usted que se marche?

El agente le guiñó uno de aquellos ojos de mirada bovina.

—No irá muy lejos, señora.

—¡Ah! —exclamó Bunch, comprensiva.

—Aquella anciana señora que estuvo aquí hace unos años ha telefoneado. Aún recuerdo la agudeza de su ingenio. Bueno, pues ha puesto en conmoción a todo el personal, y no me extrañaría que el inspector o el sargento visiten a usted mañana por la mañana.


Fue el inspector Craddock, a quien se había referido la señorita Marple, el encargado de visitar a Bunch. El hombre la saludó con una sonrisa de viejo amigo.

—¿Crimen en Chipping Cleghorn otra vez? —preguntó alegre—. No podrá quejarse por falta de motivos sensacionales, señora Harmon.

—Tendría suficiente con un plato menos fuerte —repuso ella—. ¿Ha venido a formularme preguntas o a informarse?

—Primero le diré unas cuantas cosas. Los señores Eccles son buscados hace tiempo. Se sospecha que están implicados en varios robos cometidos en esta región. Por otra parte, la señora Eccles tiene un hermano llamado Sandbourne que regresó hace poco del extranjero. Pero el hombre que usted halló moribundo en la iglesia no era Sandbourne.

—Sabía eso —explicó Bunch—. Su nombre era Walter y no William.

El inspector asintió.

—Sí, Walter St. John, escapado de la prisión de Charrington, cuarenta y ocho horas antes de aparecer por aquí.

—Lo comprendo —susurró Bunch—. Un fugitivo de la ley, que trató de acogerse a la protección del santuario. ¿Qué había hecho?

—Retrocedamos a un tiempo pasado. Es una historia complicada. Hace algunos años cierta bailarina que actuaba en locales nocturnos, quizás usted no haya oído hablar de ella, se especializó en un tema oriental, «Aladino en la cueva de las joyas». Se adornaba con pedrería de baratillo, pues no era muy buena, aunque sí atractiva. Un día la vio un personaje asiático y se enamoró locamente de ella. Entre otras cosas le regaló un magnífico collar de esmeraldas.

—¿Joyas auténticas de un raja? —preguntó excitada Bunch.

El inspector carraspeó antes de responder:

—Bueno, algo parecido, señora Harmon. El asunto no duró mucho, pues una actriz cinematográfica le robó el favor del potentado.

»Zobeida, nombre artístico de la bailarina, se puso el collar un día y se lo robaron. Desapareció de su camerino. Sin embargo, se sospechó que ella misma lo había hecho desaparecer. Ya sabe usted cómo son los artistas cuando buscan publicidad. Claro que no se descarta la posibilidad de otros motivos deshonestos.

»El collar no fue recuperado. Ahora bien, la policía sospechó, no sin fundamento, de Walter St. John, hombre educado y de buena cuna, venido a menos, y empleado de joyería en una empresa sospechosa de comerciar con joyas robadas.

»Pero su detención y encarcelamiento tendría por causa un delito de robo posterior. En realidad, causó sorpresa su evasión, ya que le faltaba muy poco para cumplir su condena.

—¿Por qué vino aquí?

—Nos gustaría saberlo, señora Harmon. Todo indica que primero estuvo en Londres. Y si bien no visitó a ninguno de sus antiguos conocidos, sí a una anciana llamada Jacobs, pero algunos vecinos informaron que el hombre se marchó de la casa llevándose una maleta.

Y luego la depositó en la consigna de Paddington, y se trasladó aquí —aventuró Bunch.

El inspector asintió antes de continuar.

—Eccles y Edwin Moss seguían su pista. Cuando subió al autobús se adelantaron en coche y lo aguardaron.

—Y entonces lo asesinaron —concluyó la señora Harmon.

—Sí. Usaron el revólver de Eccles, si bien imagino que fue Moss. Ahora, señora Harmon, queremos saber dónde está la maleta que Walter St. John depositó en la estación de Paddington.

Bunch emitió una risita.

—Espero que tía Jane la tenga ahora. Me refiero a la señorita Marple, Su plan consistió en mandar a una antigua sirvienta suya con una maleta llena de prendas de viaje a la consigna de Paddington. Luego intercambiamos los resguardos. Por eso traje conmigo su maleta. Ella intuyó cuanto ha sucedido después.

Entonces le tocó al inspector Craddock sonreír.

—Eso nos dijo por teléfono. Voy a Londres a verla. ¿Quiere acompañarme, señora Harmon?

—Sí, claro —exclamó Bunch—. Es una suerte que anoche me dolieran las muelas. Decididamente, necesito ir a Londres, ¿no le parece?

—Desde luego —dijo Craddock.


La señorita Marple miró del rostro impasible del inspector al ansioso de Bunch. La maleta se hallaba sobre la mesa.

—No la he abierto —explicó la anciana—. No me he atrevido sin la presencia de un agente oficial. Además —añadió con una maliciosa sonrisa victoriana—, está cerrada con llave.

—¿No le gustaría adivinar qué hay dentro, señorita Marple?

—Imagino que los vestidos de Zobeida. ¿Quiere un cincel, inspector?

El cincel cumplió bien su cometido. Ambas mujeres dieron un pequeño respingo cuando saltó la tapa. La luz del sol, a través de la ventana, encendió un inimaginable tesoro de joyas rojas, azules, verdes y naranja.

—¡La cueva de Aladino! —exclamó la señorita Marple—. Las centelleantes joyas que la chica lucía en sus actuaciones.

—Sí —repuso el inspector—. Pero, ¿justifica eso la muerte de un hombre?

—Debió ser muy astuta —dijo la señorita Marple pensativa—. Está muerta, ¿verdad, inspector?

—Murió hace tres años.

Ella poseía este valioso collar de esmeraldas. ¿Cómo evitar que se lo robasen? Bastaba con desmontar las piedras y engarzarlas entre las falsas que adornaban su traje de trabajo. Luego encargó que le hicieran un doble del verdadero, y ése, en realidad, fue el que se llevaron. Así se comprende que no saliera al mercado. El ladrón descubrió muy pronto que las deslumbrantes piedras eran falsas.

—Aquí hay un sobre —indicó Bunch apartando algunas de las brillantes piedras.

El inspector Craddock lo cogió y extrajo dos impresos de aspecto oficial. Leyó en voz alta:

—Certificado de matrimonio entre Walter Edmund St. Joan y Mary Moss. Era el verdadero nombre de Zobeida.

—Luego estaban casados —dijo la señorita Marple—. Comprendo.

—¿Y el otro? —preguntó Bunch.

—El certificado de nacimiento de una hija, a quien pusieron por nombre Jewel1.

—¿Jewel? —gritó Bunch—. ¡Claro! ¡Naturalmente! ¡Jill! Eso es. Ahora comprendo por qué vino a Chipping Cleghorn. Los Mundy, que viven en la casa Laburnam, se cuidan de una niña por cuenta de alguien. La quieren como si fuera su propia nieta. Se llama Jewel, pero ellos usan el diminutivo Jill.

»La señora Mundy sufrió una caída hará una semana y el viejo está muy enfermo de pulmonía. Ambos serán hospitalizados, y yo busqué un lugar para Jill. No quise que la llevaran a una institución.

»El padre debió de enterarse en la cárcel y huyó para recoger la maleta que guardaba en la casa de la vieja modista de su mujer. Si las joyas pertenecían a la madre, ahora son de la niña.

—Desde luego, señora Harmon. Si están aquí.

—¡Claro que están aquí! —exclamó alegremente la señorita Marple.


—Gracias a Dios que has regresado, querida —dijo el reverendo Julián Harmon saludando a su esposa con un suspiro de satisfacción— La señora Burt hace cuanto puede en tus ausencias. Me sirvió unos pastelillos de pescado muy peculiares. No quise herir sus sentimientos, y se los di a Tiglash Pileser; pero ni él los ha comido. Tuve que echarlos por la ventana.

Tiglash Pileser —exclamó Bunch acariciando el gato que ronroneaba contra sus rodillas— es muy delicado. A veces le digo que tiene estómago de realeza.

—¿Y tu muela, querida? ¿Te la sacaron?

—Sí. No fue muy doloroso, y volví a visitar a tía Jane; además...

—Pobrecilla —la interrumpió su esposo—. Espero que aún no le fallen los reflejos.

—En absoluto —repuso ella con una sonrisita.


Al día siguiente, Bunch recogió otro ramo de crisantemos para la iglesia. El sol volvía a filtrarse por la ventana del lado este. Ella se detuvo en el recuadro enjoyado sobre los peldaños del presbiterio y dijo en voz muy baja:

—Su pequeña estará muy bien. Yo me cuidaré de que lo esté. Lo prometo.

Cuando hubo colocado las flores se arrodilló en un reclinatorio para decir sus oraciones antes de regresar a la rectoría, donde le esperaban quehaceres domésticos atrasados.

1 «Jewel», en español, joya. (N. del T.)


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