Examen del evangelio






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Démosles sólo seis minutos a cada uno de ellos. Ahora bien, ¿cuándo fue la última vez que estuviste en un tribunal y viste que a un testigo ocular le diesen sólo seis minutos? Pues démosle sólo seis minutos. Tomemos quinientos de ellos, multipliquémoslo por seis minutos, y esto nos da tres mil minutos de testimonio ocular. Dividamos esto por sesenta minutos, una hora, y llegamos a tener cincuenta horas de testimonio ocular. Sólo para la resurrección.

Hay una área de la prueba de la evidencia interna relacionada con los apóstoles que a menudo se pasa por alto —la resurrección y su efecto sobre sus vidas. Esto está tratado y documentado con bastante extensión en Más que un carpintero (publicado por Vida, Miami, Florida). Pero debido a que la resurrección es singular y fundamental para el cristianismo, exploraremos brevemente esta cuestión aquí.

Hay dos cuestiones cruciales que se relacionan con la fiabilidad del registro bíblico que tenemos en la actualidad: (1) ¿Es lo que tenemos ahora lo que en realidad fue escrito hace 2.000 años? En otras palabras, ¿ha sido cambiado el mensaje original con el paso de los siglos? (2) ¿Era cierto lo que fue registrado por escrito? ¿O fue distorsionado, aumentado, embellecido o retocado por Sus seguidores, para que coincidiese con su propia teología o comprensión de la teología? Lo que sigue trata este segundo punto.

La tradición histórica más rigurosa nos habla de doce hombres judíos, once de los cuales murieron como mártires en tributo a una cosa: un sepulcro vacío y las apariciones de Jesús de Nazaret vivo después de Su muerte por crucifixión. Durante cuarenta días después de Su resurrección, estos hombres anduvieron con Él y vivieron con Él y comieron con Él (Hechos 1:3). Su resurrección fue acompañada de muchas pruebas indubitables. La frase pruebas indubitables significa una evidencia abrumadora, convincente, empleada en los tribunales de justicia de aquella época.

El crítico dirá que los apóstoles murieron por una mentira, pero si la resurrección era una mentira, había doce hombres que sabían que era una mentira.

Andre Kole es considerado como el más grande ilusionista del mundo; a menudo es designado como el mago de los magos. Nunca ha sido confundido por ningún otro ilusionista o mago. Ha creado y vendido más de 1400 efectos de ilusionismo.

Cuando Andre no era cristiano, estudió psicología. Y fue instruido en ilusión y magia. Le desafiaron a aplicar su conocimiento experto a los milagros de Jesucristo, para racionalizarlos. Aceptó el reto. Puede racionalizar algunos de ellos, pero no la mayoría. Y me dijo: —Y uno de ellos, Josh, no pude siquiera aproximarme a racionalizarlo.

—¿Cuál? —le pregunté.

—La resurrección de Jesucristo —me repuso. Dijo que no hay manera alguna en que Jesús pudiese haber engañado a Sus apóstoles mediante efectos de ilusionismo o de magia. Hay demasiados factores de seguridad implicados. Y dijo que si la resurrección fuese falsa, ellos habrían de saberlo.

Aunque es cierto que a lo largo de la historia miles de personas han muerto por una mentira, lo hicieron pensando que se trataba de la verdad. Y si la resurrección fuese mentira, estos hombres no sólo murieron por una mentira, sino también sabiendo que era mentira.

Como dijo el antiguo Padre de la Iglesia, Tertuliano: «Nadie estaría dispuesto a morir, excepto por lo que supiese que era la verdad.» ¿Qué les había sucedido a estos hombres? El autor doctor Michael Green, de Inglaterra, observa que «la resurrección fue la creencia que transformó a unos seguidores frustrados y descorazonados de un Rabí crucificado en los valerosos testigos y mártires de la iglesia primitiva. Es la creencia singular que separó a los seguidores de Jesús de los judíos y que los transformó en la comunidad de la Resurrección. Puedes encarcelarlos, azotarlos, pero no puedes hacer que nieguen su convicción de que al tercer día Él resucitó» (Michael Green, «Prefacio del Editor», en I Believe in the Resurrection of Jesus, por George Eldon Ladd, Grand Rapids, MI: William B. Eerdmans Publishing Co., 1975, pág. 3; hay traducción castellana, Creo en la Resurrección de Jesús, Ed. Caribe, Miami, 1977).

Kenneth Scott Latourette, que durante muchos años fue catedrático de historia en Yale, observaba que «de hombres y mujeres abatidos por el desaliento y la desilusión, que entristecidos miraban atrás a los días en que Jesús estaba ahí y en los que esperaban que Él redimiría a Israel, fueron transformados en una compañía de entusiasmados testigos» (Kenneth Scott Latourette, A History of Christianity, New York, Harper and Row, Publishers, 1937, I:59).

El doctor Simon Greenleaf fue una de las grandes mentes legales de nuestro país. Fue el famoso Profesor Real de Ley en Harvard. Su conocimiento experto era en el área de reducir la credibilidad de un testigo en un tribunal de justicia para mostrar que estaba mintiendo. Después de examinar el cristianismo y la resurrección, devino cristiano y pasó a escribir un libro explicando la evidencia que le había llevado a la conclusión de que la resurrección es un acontecimiento histórico bien establecido (Simon Greenleaf, An Examination of the Testimony of the Four Evangelists by the Rules of Evidence Administered in the Courts of Justice, Grand Rapids, MI: Baker Book House, reimpresión de 1965 [primera edición, 1874], pág. 29).

Greenleaf hizo esta observación en apoyo de la veracidad e integridad del testimonio de los discípulos: «Los anales de las campañas militares apenas si dan un ejemplo semejante: heroica constancia, paciencia y valor impasible. Tenían todos los motivos posibles para revisar cuidadosamente el terreno sobre el que se mantenían, y las evidencias de las grandes realidades y verdades que declaraban» (ibid).

Los críticos declaran también que morir por una gran causa no constituye demostración de aquella causa.

Es cierto que muchos han muerto por grandes causas. Pero la gran Causa de los apóstoles murió en la cruz. Volvámonos atrás en la historia a antes del tiempo de Cristo para ver por qué muchos de los judíos coetáneos de Jesús lo rechazaron como Mesías. Los judíos pensaban que habría dos Mesías, no uno. El primero sería el Mesías sufriente que moriría por los pecados de Israel. El otro sería el Mesías reinante, político, que los liberaría de la opresión, el hijo de David. Jesús negó esto, declarando que no iba a haber dos Mesías: habría un Mesías que vendría dos veces. Jesús vino a significar: «Vengo a morir por vuestros pecados, y volveré otra vez, para reinar sobre todo el mundo.»

Antes de la época de Cristo, la jerarquía del judaísmo se había vuelto muy convencida de su propia rectitud. Cristo los acusó de ser sepulcros blanqueados. Estaban bajo la tiranía de los romanos, de modo que para mantener la adhesión del pueblo, les enseñaron que no necesitaban al Mesías sufriente, y que cuando llegase el Mesías, sería el Mesías político para reinar. Él haría descender los carros de guerra y la caballería montaña abajo; emplearía todas las armas posibles, y echaría a los romanos. Y esto es lo que la gente creía. Por esta razón les costaba mucho a los apóstoles comprender qué era lo que Jesús estaba diciendo. Les decía: «He de morir. Debo ir a Jerusalén. Voy a sufrir. Voy a ser crucificado y sepultado.» Ellos no podían comprenderlo. ¿Por qué? Desde la infancia les habían inculcado que cuando el Mesías llegase, reinaría políticamente. Pensaban que iban a contemplar cosas realmente magníficas. Ellos iban a reinar con Él. Lo creían.

El profesor E. F. Scott observa este punto cuando dice que «para el común de la gente, su Mesías era lo que había sido para Isaías y sus coetáneos, el Hijo de David, que traería la victoria y la prosperidad a la nación judía. A la luz de las referencias del Evangelio, difícilmente se puede dudar de que el concepto popular del Mesías era principalmente nacional y político» (Ernest Findlay Scott, Kingdom and the Messiah, Edinburgh: T. and T. Clark, 1911, pág. 55).

El doctor Joseph Klausner, un erudito judío, observó «que el Mesías vino a ser considerado más y más no sólo un gobernante político preeminente, sino también un hombre de cualidades morales preeminentes» (Joseph Klausner, The Messianic Idea in Israel, New York: Mcmillan Co., 1955, pág. 23).

Otro erudito judío, el doctor Jacob Gardenhus, dice que los judíos esperaban el Mesías como aquel que los liberaría de la opresión romana. El Templo con su servicio sacrificial estaba intacto, y los romanos no interferían en los asuntos religiosos de los judíos, y la esperanza mesiánica giraba básicamente en torno a la liberación nacional. Un redentor de un país oprimido.

La Enciclopedia Judía registra que los judíos «anhelaban por el libertador prometido de la casa de David, que les liberaría del yugo del aborrecido usurpador extranjero, que pondría fin al mundo de impiedad, y que establecería su propio reinado de paz y justicia en su lugar» (The Jewish Encyclopedia, New York: Funk and Wagnalls Co., 1906, Vol. 8, pág. 508).

Ésta fue también la actitud de los discípulos. ¿Estaban esperando ellos un Mesías sufriente? ¡No! Estaban esperando un Mesías reinante, político. Y así, cuando Cristo murió, sin haber establecido un reino con poder, se hundieron en el desaliento. Su gran causa había sido literalmente crucificada. Frustrados, se volvieron a sus casas.

Pero entonces algo sucedió. Al cabo de pocos días, sus vidas quedaron revolucionadas. Todos ellos menos uno murieron mártires por la causa del hombre que había dejado el sepulcro vacío y que se les apareció después de haber muerto. La resurrección es el único acontecimiento que pudo haber cambiado a estos hombres asustados y desalentados en hombres dispuestos a dedicar sus vidas a difundir el mensaje. Cuando quedaron convencidos de ello, jamás se volvieron atrás. Doce hombres diferentes, once de ellos muertos como mártires, nunca negando su testimonio a través de toda la agonía, dolor y tortura de la muerte de los mártires.

Harold Mattingly escribe, en su historia: «Los apóstoles, San Pedro y San Pablo, sellaron su testimonio con su sangre» (Harold Mattingly, Roman Imperial Civilization, Londres: Edward Arnold Publishers, Ltd., 1967, pág. 226). Tertuliano escribió que Nadie estaría dispuesto a morir, excepto por lo que supiese que era la verdad» (Gaston Foote, The Transformation of the Twelve, Nashville: Abingdon Press, 1958, pág. 12). Pasaron por la prueba de la muerte para determinar su veracidad. Prefirieron confiar en el testimonio de ellos antes que en la mayoría de las personas con que me encuentro hoy en día, que no están dispuestos a atravesar la calle por lo que creen, y mucho menos a ser perseguidos y a morir por la verdad de lo que escribieron.

La evidencia interna señala que los documentos fueron escritos no mucho después de los acontecimientos que narran, y que además fueron escritos dentro del período en que había muchos testigos oculares vivos. La conclusión ineludible de la evidencia interna es que se puede confiar en la imagen que se da de Cristo en el Nuevo Testamento. Puedo poner mi vida sobre ello.

El fallecido historiador Will Durant, experto en la disciplina de la investigación histórica, y que había pasado su vida analizando los registros de la antigüedad, escribe así:
A pesar de prejuicios y preconcepciones teológicas de los evangelistas, ellos registran muchos incidentes que unos meros inventores habrían ocultado —la competición de los apóstoles por puestos altos en el Reino, su huida tras el arresto de Jesús, la negación de Pedro, el hecho de que Cristo no pudo obrar milagros en Galilea, las referencias de algunos autores a que se le achacaba que estaba fuera de sí, su primera incertidumbre acerca de su misión, su confesión de desconocimiento acerca del futuro, sus momentos de amargura, su clamor de desolación en la cruz; nadie que lea estas escenas puede dudar de la realidad de la figura detrás de ellas. Que unos hombres simples hubiesen podido inventar una personalidad tan poderosa y atrayente, tan elevada y ética, y una visión tan inspiradora de fraternidad humana, sería un milagro mucho más increíble que cualquiera de los que se registran en los Evangelios. Después de dos siglos de Alta Crítica, los bosquejos de la vida, carácter y enseñanzas de Cristo permanecen razonablemente claros, y constituyen el rasgo más fascinante en la historia del hombre occidental» (Will Durant, «Cæsar and Christ», The Story of Civilization, New York: Simon and Schuster, 1944, 3:557).
La tercera prueba es la de la evidencia externa. La cuestión aquí es si otros materiales históricos confirman o niegan el testimonio interno de los documentos mismos. En otras palabras: ¿Qué fuentes hay, aparte de la literatura bajo análisis, que apoyen su exactitud, fiabilidad y autenticidad?

Dos amigos del apóstol Juan afirman la evidencia interna de los relatos de Juan. El historiador Eusebio preserva escritos de uno de ellos, Papías, obispo de Hierápolis (130 d.C.):
«El Anciano [el apóstol Juan] solía decir también esto: “Marcos, que había sido el intérprete de Pedro, escribió con precisión todo lo que éste [Pedro] mencionaba, fuesen dichos o actos de Cristo, pero no en orden. Porque no fue ni oyente ni compañero del Señor; pero después, como he dicho, acompañó a Pedro, que adaptaba sus enseñanzas según la necesidad lo demandaba, no como haciendo una recopilación de los dichos del Señor. De modo que Marcos no cometió errores, escribiendo de esta manera algunas cosas tal como las presentaba; porque sólo prestó atención a una cosa: no omitir nada que hubiese oído, y no incluir ninguna falsa declaración entre ellas”» (Eusebio, Historia Eclesiástica, 3:39).
El segundo es Ireneo, obispo de Lyon (180 d.C.), que preserva los escritos de Policarpo, obispo de Esmirna, que había sido cristiano durante 86 años y que fue discípulo del apóstol Juan.
Tan firme es la base sobre la que están estos evangelios que los mismos herejes dan testimonio de los mismos, y, comenzando a partir de ellos, cada uno intenta establecer su propia doctrina particular (Ireneo, Contra Herejías, 3:1:1).
Lo que está diciendo Policarpo ahí es que los cuatro relatos evangélicos acerca de lo que dijo Cristo eran tan precisos (firmes) que incluso los herejes no podían negar el registro que ellos daban de los acontecimientos. En ligar de atacar el registro escriturario, lo que hubiese resultado infructífero, los herejes comenzaban con las mismas enseñanzas de Cristo, y desarrollaban sus propias interpretaciones heréticas. Debido a que no podían decir: «Jesús no dijo esto …», en lugar decían: «Esto es lo que quería decir …» Uno está sobre un terreno bien sólido cuando los que no están de acuerdo actúan de esta manera.

La arqueología provee también a menudo evidencias externas poderosas. Contribuye a la crítica bíblica, no en el área de la inspiración y revelación, sino proveyendo evidencia de precisión acerca de acontecimientos registrados. El arqueólogo Joseph Free escribe así: «La arqueología ha confirmado incontables pasajes que habían sido rechazados como no históricos por los críticos, o como contradictorios a hechos conocidos» (Joseph Free, Archaeology and Bible History, Wheaton, IL: Scripture Press, 1969, pág. 1).

Parte de su mensaje era: «Nosotros fuimos testigos oculares de esto.» Observemos en Lucas 3, versículo 1, que hay quince referencias que da Lucas y que se pueden contrastar acerca de su precisión: «En el año decimoquinto [una referencia histórica] del reinado de Tiberio César [dos referencias], siendo Poncio Pilato [tres] gobernador [cuatro] de Judea [cinco], Herodes [seis] tetrarca [siete] de Galilea [ocho], su hermano Felipe [nueve] tetrarca [diez] de la región de Iturea y de Traconítide [once y doce], y Lisanias [trece]tetrarca [catorce] de Abilene [quince].»

Quince referencias históricas en un versículo, y todas ellas se pueden contrastar respecto a su precisión histórica.
En tiempos pasados, Lucas había sido considerado equivocado, al referirse a los gobernantes de Filipos como
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