Examen del evangelio






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prestado del término siríaco empleado por los mismos cristianos para designar el evangelio. Es cosa cierta que aunque algunos eruditos coránicos intentaron encontrar un origen arábigo para el vocablo, estos dos hombres de tanta autoridad rechazan esta teoría (Arthur Jeffery, The Foreign Vocabulary of the Qur'an, Lahore: Al-Biruni, 1977, pág. 71). Esto da validez a la conclusión de que el Injil no era un libro fantasma revelado como tal a Jesús, y que haya desaparecido misteriosamente sin dejar ni rastro, sino más bien el mismo Nuevo Testamento tal como lo conocemos en la actualidad. Lo mismo se puede decir del Taurat, por cuanto la palabra misma es evidentemente de origen hebreo y es el nombre que los judíos mismos han dado siempre a los libros del Antiguo Testamento tal como lo conocemos en la actualidad.

Por eso, el Corán afirma que la Biblia misma es la verdadera Palabra de Dios. Deedat se da cuenta de la validez de esto, y por ello trata de esquivar las implicaciones sugiriendo que hay «múltiples» versiones de la Biblia circulando en la actualidad. Habla de las versiones inglesas y menciona la del Rey Jaime (King James —KJV), la Versión Revisada (RB) y la Versión Revisada Estándar (RSV), pero no es evidente que se trate de ediciones de la Biblia en conflicto, sino simplemente de diferentes traducciones inglesas de la Biblia. Las tres versiones son compatibles con los textos originales hebreo y griego del Antiguo y Nuevo Testamento, que han sido preservados intactos por la Iglesia Cristiana desde siglos antes de la época de Mahoma.
Los libros apócrifos
A continuación, Deedat acusa que los protestantes han eliminado a la brava siete libros enteros de la Biblia (pág. 9), refiriéndose a los libros apócrifos. Parece que Deedat tiene muy poca información acerca de la Biblia, porque estos libros son de origen judío. Los judíos, corporativamente, jamás los aceptaron como Escritura. Por ello, no han sido «eliminados» de la Biblia, como concluye Deedat. Sólo la Iglesia Católica Romana, en una época muy posterior, les atribuyó la autoridad de Escritura. Y esta autoridad fue sólo dada por el Papa después de la Reforma Protestante. En el concilio de Trento (1560 d.C.), la Iglesia de Roma adoptó estos libros a fin de legitimar algunas doctrinas que los protestantes estaban refutando.
Los «Graves Defectos»
En su folleto, Deedat desafía al cristiano creyente a prepararse para el golpe más fuerte de todos. Cita estas palabras del prefacio de la Versión Revisada Estándar y las destaca en su folleto:
Sin embargo, la Versión del Rey Jaime tenía graves defectos … estos defectos son tantos y tan graves que exigen una revisión (pág. 11).
Estos «defectos» no son nada más que una cantidad de lecturas variantes de muy poca entidad que por lo general desconocían los traductores que redactaron la KJV a principios del siglo diecisiete. La RSV, de este siglo, ha identificado estas variantes y se señalan como notas al pie en las páginas que corresponden. Debemos de nuevo observar que la KJV y la RSV son traducciones al inglés de los textos originales [griegos para el Nuevo Testamento], y que estos textos, tal como nos han sido preservados, no han sido cambiados de ninguna manera significativa. (Tenemos más de 5.000 textos griegos, y algunos se remontan a más de 500 años antes de Mahoma y del Islam).

Segundo, no hay ninguna alteración material de ninguna doctrina de la Biblia en las traducciones a las que se hace referencia. En todas estas traducciones, la esencia y sustancia de la Biblia queda totalmente coherente e inmutable.

Tercero, no se trata de versiones divergentes de la Biblia. Estas «versiones» son traducciones inglesas compatibles de los textos originales hebreo y griego, y un examen superficial de las mismas ya revelará que tenemos sólo una Biblia. Hay muchas traducciones inglesas y castellanas del Corán también, pero nadie sugiere que sean «versiones divergentes» del Corán.
¿Cincuenta mil errores?
Deedad presenta una reproducción de una página de una revista llamada ¡Despertad!, de unos 23 años de antigüedad (publicada por los llamados Testigos de Jehová, una secta no cristiana), que cita una revista secular, Look, en el sentido de que hay algunos «estudiosos modernos» que «dicen» que quizá haya «50.000 errores en la Biblia».

Es cosa significativa que no se haga mención de la identidad de estos pretendidos estudiosos modernos, como tampoco se da ninguna evidencia de estos pretendidos errores.

Encontramos que es difícil de creer a Deedat cuando dice:
No disponemos de tiempo ni de espacio para tratar las decenas de miles de defectos —graves y no graves— que los autores de la Versión Revisada Estándar (RSV) han intentado revisar (pág. 14).
De estos pretendidos 50.000 defectos, presenta sólo cuatro para su consideración, sin siquiera dar una lista de los demás ni su fuente primaria. Ahora, de esto sigue que, con tantos errores, que los cuatro citados deberían dar la mejor evidencia de corrupción. Examinémoslos.
El primer «error» en la Biblia —se supone que el mayor— se encuentra en Isaías 7:14, que dice en la Versión del Rey Jaime (KJV):
Por tanto, el Señor mismo os dará una señal: He aquí que una virgen concebirá, y dará a luz un hijo, y llamará su nombre Emanuel.
En la RSV leemos en lugar de la palabra virgen que una joven concebirá y dará a luz un hijo. Según Deedat, se supone que éste es uno de los principales defectos de la Biblia.

La palabra para «virgen» en el hebreo original es almah —una palabra que se encuentra en todos los textos hebreos de Isaías. Por ello, no hay cambio de ninguna clase en el texto original. La cuestión es simplemente de interpretación y de traducción. El término hebreo común para virgen es bethulah, mientras que almah se refiere frecuentemente a una mujer joven —y siempre no casada. De modo que la traducción de la RSV es una traducción literal perfectamente buena de la palabra. Pero, como siempre hay dificultades en la traducción de una lengua a otra, y como un buen traductor intentará comunicar el sentido real del original, casi todas las traducciones inglesas y castellanas traducen la palabra como virgen. La razón de ello es que el contexto de la palabra exige esta interpretación. (Los musulmanes que han traducido el Corán al inglés han experimentado problemas similares con el texto árabe original. Una traducción literal de una palabra o de un texto puede perder el significado por implicación en el lenguaje original.)

La concepción del niño había de ser señal para Israel. Ahora bien, no habría ninguna señal en la simple concepción de un niño en el vientre de una mujer no casada. Una cosa así es bien frecuente por todo el mundo. La señal es claramente que una virgen concebiría y daría a luz un hijo. Esta sería una señal verdadera —y así fue cuando Jesucristo cumplió esta profecía al ser concebido en el vientre de la Virgen María.

Isaías emplea la palabra almah en lugar de bethulah porque este último término no sólo significa una virgen, sino también una viuda casta (como en Joel 1:8). Los que la traducen como mujer joven (como la RSV inglesa) dan un significado literal del término, mientras que los que la traducen como virgen (como la KJV, NIV, y en castellano Reina-Valera, V.M., Nácar-Colunga, y muchas más) dan su sentido en su contexto. En todo caso, la joven era una virgen, como lo era María cuando Jesús fue concebido. La cuestión es simplemente una de traducción e interpretación del hebreo original a las lenguas modernas, inglés, castellano, u otras. No tiene nada que ver con la integridad textual de la Biblia como tal.

Su segundo texto es Juan 3:16, que en la Versión del Rey Jaime dice así:
Porque de tal manera amo Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito, para que todo aquel que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
En la RSV leemos que Dios dio su «único Hijo» y Deedat acusa que la omisión de la palabra «unigénito» [= único engendrado] demuestra que la Biblia ha sido cambiada. Una vez más, sin embargo, se trata única y simplemente de una cuestión de interpretación y traducción, porque la palabra griega original significa, generalmente, sin par. En todo caso, no hay diferencia entre «único Hijo» e «Hijo unigénito», porque las dos son buenas traducciones del griego original y dan el mismo sentido: Jesús es el sin par Hijo de Dios. Hemos de enfatizar una vez más que no se trata de cambio alguno en el original griego y que la cuestión es sencillamente de interpretación y traducción.

Para dar otra ilustración a nuestro argumento, podemos referirnos a la cita que hace Deedat de la Sura 19:91, donde leemos que los cristianos dicen que Dios lleno de gracia ha engendrado un Hijo. Lo ha tomado de la traducción del Corán de Yusuf Alí. Ahora bien, en las traducciones de Pickthall, Muhammad Alí y Maulana Daryabadi no encontramos la palabra engendrado, sino más bien tomado. Si hemos de aceptar la línea de razonamiento de Deedat, aquí tenemos entonces evidencia de que también el Corán ha sido cambiado y corrompido.

Sabemos que nuestros lectores musulmanes nos dirán inmediatamente que se trata sólo de traducciones inglesas, y que el original árabe no ha sido cambiado a pesar de que la palabra «engendrado» no se encuentre en las otras versiones del Corán. Por eso mismo exhortamos a nuestros lectores musulmanes también a que sean realistas acerca de esto: que nada se puede decir en contra de la integridad de la Biblia sólo porque la palabra «unigénito» se encuentra en una traducción, y no en otra, como sucede con las traducciones del Corán con la palabra «engendrado», cuando estas dos traducciones del Nuevo Testamento representan el mismo texto griego.

El tercer ejemplo que da Deedat es uno de los defectos que la RSV emprendió corregir. En 1 Juan 5:7 encontramos en la KJV un versículo que exhibe la unidad del Padre, Verbo y Espíritu Santo, que se omite en la RSV. Podría ser que este versículo fue originalmente dado como una nota marginal en un texto antiguo, y que transcriptores originales lo considerasen erróneamente como parte del texto. Es frecuentemente omitido por muchas traducciones modernas, o generalmente puesto en el margen, porque tenemos ahora textos más antiguos donde no aparece. Sin embargo, se debería observar que muchos eruditos cristianos de gran reputación creen que sí pertenece al texto. Y aunque los más antiguos manuscritos lo omiten en el texto principal, la mayoría de todos nuestros manuscritos lo incluyen.

Deedat sugiere que este versículo es la más cercana aproximación a lo que los cristianos llaman su Santa Trinidad en la enciclopedia llamada la BIBLIA (pág. 16). Si lo fuese, o, de manera alternativa, si esta doctrina estuviese basada sólo sobre este texto, entonces se trataría desde luego de un asunto a considerar muy seriamente. Sin embargo, cualquier expositor de teología bíblica admitirá —como todos los católicos, protestantes y otros cristianos lo admiten uniformemente— que la doctrina de la Trinidad es la única doctrina de Dios que se puede obtener en base de las enseñanzas de la Biblia como un todo. Por ejemplo, el siguiente versículo es una buena ilustración de la Trinidad:
Por tanto, id, y haced discípulos en todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo (Mateo 28:19).
Se hace referencia sólo a un nombre singular de las tres personas. En la Biblia, la palabra «nombre» empleada en un contexto así se refiere a la naturaleza y carácter de lo que así se describe. Así que Jesús habla sólo de un nombre del Padre, Hijo y Espíritu Santo —implicando unidad de esencia pero pluralidad de personas. Este versículo es totalmente trinitario en su contexto y énfasis. Un punto importante aquí es que incluso si 1 Juan 5:7 no perteneciese al texto original, lo que enseña con claridad es la doctrina de la Trinidad, que era la creencia de la Iglesia Primitiva, y que es enseñada por toda la Biblia.

Su cuarto punto contiene una interesante falacia. Sugiere él que los autores «inspirados» de los evangelios canónicos no registraron una sola palabra acerca de la ascensión de Jesús (pág. 19). Esta afirmación la hace siguiendo una referencia a dos declaraciones acerca de la ascensión de Jesús en los Evangelios de Marcos y Lucas que están identificadas en la RSV como pertenecientes a las lecturas variantes a que ya hemos hecho referencia antes. Aparte de estos versículos, se dice que los escritores de los evangelios no hacen referencia alguna de ningún tipo a la ascensión. Bien al contrario, encontramos que los cuatro escritores de los Evangelios la reconocieron. En Juan hay once referencias a ella, de la que este texto, donde Jesús está hablando, sirve como buen ejemplo:
Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios (Juan 20:17).
Lucas no sólo escribió su Evangelio, sino también el Libro de los Hechos, y en este último libro encontramos que lo primero que menciona es la ascensión de Jesús al cielo:
Y habiendo dicho estas cosas, viéndolo ellos, fue alzado, y le tomó sobre sí una nube que le ocultó de sus ojos (Hechos 1:9).
Mateo y Marcos hablan constantemente de la segunda venida de Jesús del cielo (p.e., Mateo 26:64 y Marcos 14:62). ¡Es difícil ver cómo Jesús podría venir del cielo si no hubiese ascendido allá en primer lugar!

Como conclusión, hemos de observar que los pasajes de Marcos 16:9-20 y Juan 8:1-11 no han sido eliminados de la Biblia y posteriormente restaurados, como sugiere Deedat. En la traducción RSV están ahora incluidos en el texto porque los eruditos están persuadidos de que ciertamente forman parte del texto original. La verdad es que en nuestros originales más antiguos aparecen en unos textos y en otros no. Los editores de la RSV no están manipulando la Biblia como lo sugiere Deedat —están sencillamente tratando de dar una traducción tan cercana como sea posible a los textos originales.

Finalmente, no demuestra nada decir que todos los manuscritos originales —los libros de la Biblia tal como fueron escritos al principio— están ahora perdidos y desaparecidos, porque lo mismo sucede con los primeros textos del Corán. El texto más antiguo del Corán existente data del siglo segundo después de la Héjira y está escrito sobre pergamino en el antiguo alfabeto árabe al-mail. Todos los otros textos antiguos del Corán están en alfabeto Kufic y datan también de finales del siglo segundo después de la Héjira.
¿Aparece «Alá» en la Biblia?
Deedat reproduce un panfleto que intenta demostrar que la palabra árabe para Dios, Allah, se encuentra en la edición de Scofield de la Biblia. Afortunadamente, en este caso se nos da la evidencia para poderla evaluar. Se reproduce una copia de una página de una Biblia de Scofield y en una nota al pie encontramos que la palabra hebrea para Dios, Elohim, se deriva de dos términos, El (fortaleza) y Alah (jurar). Esta última palabra ¡se supone que es prueba de que se encuentra en la Biblia la palabra árabe Allah!

Difícilmente puede imaginarse un esfuerzo más fantasioso para demostrar un argumento. La palabra en hebreo es alah, un término común que significa «jurar». La suposición de que esto sea prueba de que la palabra árabe Allah, que significa Dios, se encuentra en la Biblia, nos resulta a nosotros totalmente oscura. El esfuerzo de Deedat de retorcer más los hechos al sugerir que Elah en hebreo (significando Dios) ha sido dado en la edición de Scofield alternativamente como Alah (pág. 21) abusa de nuestra credulidad hasta lo más extremo. Estos editores identifican de manera clara esta última palabra como otra distinta que significa «jurar».

No hay nada singular acerca de la palabra Allah (Alá), ni debe considerarse que proviene originalmente de las páginas del Corán. Al contrario, proviene de la palabra siríaca Alaha (que significa «Dios»), que era empleada de manera común por los cristianos en tiempos preislámicos (Cf. las autoridades citadas por Arthur Jefferey en The Foreign Vocabulary of the Qur'an, pág. 66). También era de uso común entre los árabes antes del Islam. Un ejemplo es el nombre del propio padre de Mahoma, Abdullah (esto es, siervo de Dios, de abd, significando «siervo», y Allah, significando «Dios»). También es cierto que Allah era el nombre empleado para designar a Dios en la poesía preislámica (Bell, The Origin of Islam in its Christian Environment, Londres: Frank Cass and Company, Ltd., 1968, pág. 53). Por ello, no hay nada singular en este nombre. En estas circunstancias, realmente no podemos ver ninguna significación en lo que Deedat está tratando de demostrar.
Pretendidas contradicciones en la Biblia
Deedat comienza su capítulo decimoséptimo, «La prueba crucial», con una afirmación de que existe una contradicción entre 2 Samuel 24:1, donde leemos que el Señor impulsó a David a censar Israel, y 1 Crónicas 21:1, donde dice que fue Satanás quien le provocó a hacerlo. Cualquiera que tenga un conocimiento razonable de las Escrituras y del Corán se dará cuenta inmediatamente de que lo que tenemos aquí es una comprensión inadecuada de un rasgo de la teología de ambos libros. En el Corán leemos:
¿No ves que Nos hemos puesto los demonios sobre los incrédulos para confundirlos con confusión? (Sura 19:86).
Aquí leemos que Alá envía demonios a los incrédulos. Por tanto, aunque es Dios quien los conduce a la confusión, Él emplea los demonios para inducirlos a ella. Es precisamente la manera en que Dios actuó contra David, y empleó a Satanás para incitarlo a censar Israel. De manera similar, en el libro de Job en la Biblia, leemos que Satanás recibió poder sobre Job (Ayub en el Corán) para afligirle (Job 1:12), pero que Dios habló más tarde como si fuese Él quien fue movido contra él (Job 2:3). Siempre que Satanás incita a los hombres, la acción puede ser descrita de manera indirecta como procedente de Dios, por cuanto Satanás no puede hacer nada sin Su permiso. Esta cita del comentario de Zamakhshari acerca de la Sura 2:6 (Selló Alá sobre sus corazones, y sobre sus oídos y sus ojos puso un velo) debería ser suficiente para resolver esta cuestión:
Ahora bien, es en realidad Satanás o el incrédulo quien ha sellado el corazón. Sin embargo, como es Dios quien le ha concedido la capacidad y posibilidad de hacerlo, el sellado le es adscrito en el mismo sentido como una acción que él ha causado (Helmut Gatje, The Qur'an and Its Exegesis, Londres: Routledge and Kegan Paul, 1976, pág. 223).
Pasajes paralelos en el Corán y en la Biblia
Ocasionalmente se alega que ciertos pasajes paralelos de la Biblia (p.e., 2 Reyes 18:13-20—20:11 e Isaías 36:1—38:8, 21-22) sacuden su integridad como Palabra de Dios. Aunque este punto final no es explícitamente expuesto por Deedat, lo afirma sin embargo de manera implícita y es un punto que los musulmanes suscitan con frecuencia. Se ha argumentado que un hombre no puede estar escribiendo bajo inspiración divina si se toma algo de otra obra. Si el pasaje fue escrito originalmente bajo inspiración divina, ¡difícilmente puede quedar afectada cuando este pasaje sea repetido en otro libro!

Cuando se conoce el trasfondo de los pasajes paralelos en la Biblia, es muy fácil comprender y aceptar la repetición de una sección en otro libro. Concedemos abiertamente que el Evangelio de Marcos pudo haber sido escrito antes del Evangelio de Mateo y que Mateo pudo haber empleado el Evangelio de Marcos como base para el suyo y repetido muchas de las narraciones de la vida de Jesús en este Evangelio. Pero lo habría hecho con muy buenas razones.

Marcos consiguió su información del apóstol Pedro: «Marcos, habiendo sido el intérprete de Pedro, escribió con precisión todo lo que él mencionaba, tanto de los dichos como de los hechos de Cristo. … Así que Marcos no se equivocó, escribiendo de esta manera algunas cosas según él [Pedro] las mencionaba; porque él prestaba atención a esto: no omitir nada de lo que oía ni incluir en lo que escribía ninguna falsa declaración» (escrito por Papías, tradicionalmente considerado como discípulo del apóstol Juan).

El apóstol Pedro tenía probablemente más información de primera mano de la vida de Cristo que el apóstol Mateo. A menudo encontramos a Pedro con Jesús cuando Mateo no está presente (p.e., la Transfiguración, Getsemaní, etc.), pero nunca al revés. Mateo fue uno de los últimos apóstoles en ser llamado. En su propio evangelio registra el llamamiento de Pedro en el capítulo 4, y su propio llamamiento en el capítulo 9. Si él reconoció la precisión del conocimiento que Pedro tenía de la vida de Cristo en los registros de Marcos, evidentemente sería prudente emplear aquello como su base y agregar a ello otros discursos e incidentes que él conocía. ¡Difícilmente podría haber dispuesto de una fuente más fiable!

Por lo general, las narraciones de la Biblia no tienen paralelos en obras extrabíblicas. Evidentemente, por ello, los paralelos dentro de la Biblia no afectan a su pretensión de ser un libro divinamente inspirado. Pero lo que es muy asombroso es que muchas de las narraciones coránicas de las vidas de los antiguos profetas tienen paralelos no sólo en la Biblia sino también en libros folklóricos, mitos y fábulas del judaísmo. Hay muchos pasajes del Corán que están caracterizados por este rasgo, y dos de ellos los consideraremos a continuación.
Caín y Abel. La historia bíblica del asesinato de Abel por parte de Caín después que el primero hubiese ofrecido un sacrificio más aceptable que el segundo es repetida en el Corán (Sura 5:30-35). Pero en el versículo 34 leemos que Dios le mostró como ocultar el cadáver de su hermano:
Y envió Alá un cuervo que removió la tierra, para indicarle cómo encubrir el cuerpo desnudo de su hermano.
Esto no aparece en el libro de Génesis, en la Biblia, pero leemos en un libro de folklore judaico:
Adán y su compañera estaban sentados llorando y haciendo duelo por él (Abel) y no sabían que hacer con él, porque desconocían la sepultura. Vino un cuervo, cuyo compañera había muerto, tomó su cuerpo, removió la tierra y lo ocultó de delante de sus ojos; entonces Adán dijo: Haré como ha hecho este cuervo (Pirke, Rabbi Eliezer, Cap. 21).
Es interesante ver que lo que aquí se supone que Dios reveló a Mahoma en el Corán encuentra su paralelo no en el Antiguo Testamento, sino en un libro de folklore judío redactado antes de la época de Mahoma. Dejando aparte detalles menores, la estrecha similitud entre los dos relatos no puede ser pasada por alto. No se puede sugerir que los judíos habían transformado verdades históricas de la Torá en folklore. El Corán acusa a los judíos de afirmar que su folklore era Sagrada Escritura (Sura 2:79), pero no les acusa en ningún lugar de tomar la Sagrada Escritura y hacer folklore con ella. Lo que queremos saber, no obstante, es por qué el mismo folklore es Sagrada Escritura en el Corán. Si Mahoma no tomó la historia del cuervo de fuentes judaicas, sin saber que formaba sólo parte de sus tradiciones (no podía leer sus Escrituras, que no estaban escritas en árabe), ¿cómo se puede explicar este fenómeno? Y aquí tenemos una anomalía adicional:
Por causa de esto escribimos a Beni-Israil [los Hijos de Israel] que, quien matare un alma sin ser por otra alma o corrupción en la tierra, sería lo mismo que si hubiere matado a las gentes todas; y quien salvare la vida de uno, cual si salvare la vida de toda la humanidad» (Sura 5.35).
Esta declaración no parece tener relación con el relato precedente. No queda en absoluto claro por qué la muerte o salvación de uno debiera ser como si fuese la salvación o destrucción de toda la humanidad.
Cuando vamos a otra tradición judía en la Misná, leemos:
Encontramos que se dice en el caso de Caín, que dio muerte a su hermano: La voz de las sangres de tu hermano clama [Génesis 4:10]. No se dice aquí sangre en singular, sino sangres en el plural, es decir, su propia sangre y la sangre de su simiente. El hombre fue creado solo a fin de mostrar que aquel que mata a una sola persona se le contará como habiendo matado a toda una raza; pero al que preserva la vida de una sola persona se le cuenta que ha preservado toda la raza (Misná, Sanhedrín 4:5).
Aquí es donde encontramos la línea de pensamiento que es la fuente de la observación del Corán. El rabino judío, siglos después que Génesis pero siglos antes de Mahoma, ha sacado esta interpretación del plural «sangres» de la Biblia. Lo importante en este punto no es si su interpretación es correcta o no. Lo que nos concierne es que la Sura 5:35 en el Corán ¡es una repetición de las creencias del rabí! ¿A qué se debe que la pretendida revelación de Dios sea sustancialmente una repetición de una interpretación rabínica anterior de un versículo de la Biblia?
Abraham. La historia de Abraham en el Corán sigue asimismo la narración bíblica en muchos respectos, pero cuando se desvía de ella, muchos de sus contenidos pueden ser relacionados con mitos judíos. El Corán narra una historia acerca de la idolatría del padre de Abraham y de su comunidad. Se dice de Abraham, el monoteísta, que destruyó todos los ídolos menos el principal, y que cuando le interrogaron acerca de ello, él dio la culpa de todo al ídolo principal, y les sugirió que le consultasen acerca de quién había destruido a los otros. Entonces la enfurecida turba echó a Abraham al horno de fuego ardiendo, pero Dios lo enfrió para él y lo salvó de los malvados designios de ellos. Esta historia se encuentra en la Sura 21:52-70. Ahora bien, en el folklore judío se cuenta una historia notablemente similar. [Se debe decir que procede de una mala interpretación de Génesis 15:7, donde Dios dice: «Yo soy Jehová, que te saqué de Ur de los caldeos.» Ur era un lugar que la arqueología ha demostrado que existió en la tierra de Abraham y se hace referencia a este lugar en otro lugar de la Biblia (Génesis 11:31). Pero un escriba judío, Jonatán Ben Uzziel, confundió «Ur» por «Or», que significa fuego, y escribió este versículo como «Yo soy Jehová que te sacó del fuego de los caldeos», y la fábula se desarrolló alrededor de este error.)

Una breve narración de esta historia en el Midrash Rabbah mostrará cuán notablemente similar es la historia coránica. Recordando el origen de la fábula judaica, cualquier lector sincero habrá de darse cuenta de que este ejemplo de un pasaje paralelo en el folklore judío incide muy seriamente en contra del Corán y de su pretensión de ser la Palabra de Dios.
Abraham destruyó todos los ídolos con un hacha, excepto el mayor, y puso luego el hacha en la mano del ídolo que había dejado. Su padre oyó el estrépito, y corrió a indagar qué sucedía, y vio a Abraham que salía de allí cuando él llegó. Cuando su padre le acusó, él dijo que les había dado a todos comida para que la tomasen, pero que los otros se lanzaron sobre la comida sin esperar que comenzase mayor de ellos, ¡por lo que el mayor tomó el hacha y los destrozó a todos! Entonces su padre, enfurecido por la respuesta de Abraham, acudió a Nemrod, que arrojó a Abraham al fuego, pero luego Dios intervino y lo salvó de allí.
Es evidente la semejanza entre ambas historias. Que pasase al Corán como una historia verdadera debería ser causa para que los musulmanes dudasen de su origen divino.

Como conclusión, no hay evidencias válidas en favor de la alteración histórica de la Biblia. No ha sido cambiada y debería ser aceptada como un registro fiable de la revelación de Dios al hombre a lo largo de los siglos. No hay evidencia corroborativa para el Corán, especialmente cuando contradice a la Biblia en temas históricos (p.e., la crucifixión de Cristo, que es negada por el Corán casi 600 años después del acontecimiento, pero que es sin embargo confirmada por la historia mediante la evidencia que tenemos disponible).

Como resultado de este estudio, creemos que el mundo musulmán, a pesar de su intensa fe, debería iniciar un estudio más crítico de los orígenes del Corán. Excepto si un libro puede resistir los asaltos a su autoridad, es difícil que sea creíble su pretensión de ser la Palabra de Dios.

Considerando el Corán
Hemos visto que al comparar la transmisión textual del Corán y de la Biblia, el texto de la Biblia puede ser identificado y mantenido. Pero ahora nos proponemos poner en evidencia que la transmisión del Corán no está exenta de errores ni de lecturas variantes en puntos significativos.

Hay evidencias concretas en las mejores obras de la tradición islámica (p.e., el sahih de musulmán, el Sahih de Bukhari, el Mishlat-ul-Masabith), que desde el principio el Corán presentaba numerosas variantes y lecturas en conflicto. El hecho de que ya no se encuentren en el Corán se debe a que han sido discretamente eliminadas —no por dirección de Dios sino por discreción humana.

Hay evidencia abundante de que cuando el Corán fue cotejado al principio por el Califa Otoman y se hizo la recensión de un texto estándar, había en existencia numerosos textos que contenían una multitud de lecturas variantes. Durante su reinado, le dieron informes de que en varias partes de Siria, Armenia e Irak los musulmanes recitaban el Corán de una manera diferente que lo recitaban en Arabia. Otoman pidió inmediatamente el manuscrito del Corán que poseía Hafsah (una de las mujeres de Mahoma e hija de Omar) y ordenó a Zaid-b-Thabit y a otros tres que hiciesen copias del texto y que lo corrigiesen siempre que lo hallasen necesario. Cuando esta tarea quedó acabada, Otoman tomó una acción drástica acerca de los otros manuscritos existentes del Corán:
Otoman envió a cada provincia musulmana una copia de lo que ellos habían copiado, y ordenó que todos los otros materiales coránicos fuesen quemados, tanto los manuscritos fragmentarios como si se trataba de copias íntegras (Sahih Bukhari, Vol. 6, pág. 479).
En ningún momento de la historia cristiana ha intentado ningún movimiento cristiano principal estandarizar una sola copia de la Biblia como cierta y destruir todas las otras. ¿Por qué Otoman dio una orden así acerca de los otros Coranes que circulaban? Sólo podemos suponer que creía que contenían graves defectos —tantos y tan serios que demandaban no una revisión sino una destrucción total. En otras palabras, si valoramos la historia textual del Corán en este punto, encontramos que el Corán estandarizado como el correcto es uno que un hombre (y no Dios), en base de su propia discreción (y no por revelación) decretó ser el verdadero. No llegamos a ver en base de qué esta copia quedó justificada como la única perfecta disponible.

Hay evidencias incontrovertibles de que incluso esta «Versión Revisada Estándar» del Corán no era perfecta. En las obras más acreditadas de la tradición islámica leemos que incluso después que estas copias fuesen enviadas, el mismo Zaid recordó un versículo que faltaba. Testificó él:
Encontré a faltar un versículo del Sura Ahsab al copiar el Corán, y yo solía oír al Apóstol de Alá recitarlo. Así que lo buscamos y lo encontramos con Khuzaima-bin-Thabit al Ansari (Sahih Bukhari, Vol. 6, pág. 479).
El versículo era Sura 33:23. Por ello, no había un solo Corán perfecto en la época de la recensión de Otoman.

En segundo lugar, hay evidencia similar de que, y hasta el día de hoy, faltan versículos del Corán, e incluso pasajes enteros. Se nos dice que Omar, en su reinado como Califa, declaró que ciertos versículos que prescribían la lapidación como la pena del adulterio fueron recitados por Mahoma en su época como parte del Corán:
Dios envió a Mahoma y le envió las Escrituras. Parte de lo que envió fue el pasaje sobre la lapidación, lo leímos, nos fue enseñado, y lo obedecimos. El profeta lapidó, y nosotros lapidamos después de él. Temo que en tiempos venideros los hombres dirán que no encuentran mención de lapidación en el libro de Dios, y que por ello se extraviarán descuidando una ordenanza que Dios ha enviado. Ciertamente, la lapidación en el libro de Dios es una pena impuesta sobre hombres y mujeres casados que cometen adulterio (Ibn Ishaq, Sirat Rasulullah, pág. 684).
Aquí tenemos una clara evidencia de que el Corán, tal como lo tenemos en la actualidad, sigue no siendo «perfecto». En otros pasajes del Hadith encontramos evidencias adicionales de que ciertos versículos y pasajes formaron una vez parte del Corán, pero que ahora se omiten de su texto. Por tanto, queda bien claro que el textus receptus del Corán en el mundo actual no es el exacto textus originalis.

Volviendo a los textos que quedaron marcados para el fuego, encontramos que en cada caso había considerables diferencias entre éstos y el texto que Otoman decidió estandarizar, en base de su propia discreción, como el mejor texto del Corán. En muchos casos descubrimos que eran «variantes reales, textuales, y no meras peculiaridades dialectales, como se sugiere con frecuencia» (Arthur Jeffery, The Qur'an As Scripture, New York: Books for Libraries, 1980, pág. 97).

Una diferencia entre el Corán y la Biblia, en la actualidad, es que la Iglesia Cristiana ha preservado cuidadosamente las lecturas variantes que existen en los textos bíblicos, mientras que los musulmanes, en tiempos de Otoman, consideraron conveniente destruir hasta allí donde pudiesen todas las evidencias de diferentes lecturas del Corán en su empeño de estandarizar un texto para la totalidad del mundo musulmán. Puede que en la actualidad sólo haya un texto del Corán en circulación, pero nadie puede pretender honradamente que sea exactamente el que Mahoma entregó a sus compañeros. Y nadie ha demostrado jamás por qué el texto de Hafsah mereciera ser considerado como infalible.

De nada sirve decir que todos los Coranes en el mundo en la actualidad son idénticos. Una pretensión sólo tiene la fuerza de su eslabón más débil —y el eslabón débil en la cadena de la historia textual del Corán se encuentra precisamente en este punto donde, en aquellos tempranos tiempos cruciales, existieron códices distintos y diferentes del Corán; y se ha puesto en evidencia que el texto que fue finalmente estandarizado como el mejor estaba aún lejos de estar completo o perfecto en forma alguna.

Los musulmanes creen que judíos y cristianos han corrompido el texto bíblico a fin de alcanzar sus propios fines, pero la historia textual de la Biblia, como hemos visto, no sustenta esta tesis en absoluto. Lo anterior puede ser recapitulado de la siguiente manera:
1. Hay poca evidencia física manuscrita de alteración para sustentar las pretensiones del Islam. De hecho, lo cierto es lo contrario. La asombrosa devoción del pueblo judío a la Torá y la copia meticulosa del texto por parte de los Masoretas milita en contra de las acusaciones musulmanas. (Véase Family Handbook of Christian Knowledge, The Bible, por Josh McDowell y Don Stewart, publicado por Here's Life Publishers, Inc., San Bernardino, California, © 1983, págs. 44-48).
2. No hay respuestas satisfactorias acerca de por qué los judíos y los cristianos querrían cambiar su texto.
3. En la época de la supuesta corrupción textual, habría sido imposible para judíos y cristianos cambiar el texto: estaban esparcidos por todo el mundo.
4. Además, en la época de esta corrupción del texto habría habido demasiadas copias circulando para cambiar, por no mencionar la diversidad de idiomas y versiones.
5. Los judíos y los cristianos sentían mutua hostilidad. No podrían haber llegado a un acuerdo.
6. Las sectas nuevas diferentes habrían estado en desacuerdo con los cambios. Por ello, no se podría haber logrado un conjunto uniforme de alteraciones, que es lo que pretenden los musulmanes.
7. Los que habían sido judíos y cristianos y que se hicieron musulmanes nunca mencionaron ninguna posibilidad de una corrupción deliberada, en contra de lo que podríamos esperar si tal cosa fuese cierta (cf. Christianity Explained to Muslims, págs. 20-21).
La evidencia sustenta la idea de que tanto el Corán como la Biblia son fiables como expresión de lo que se escribió originalmente. La pretensión musulmana de que la Biblia fue corrompida no concuerda con los hechos. Además, hay sanas razones para cuestionar mucho del uso que hace el Corán de la Biblia en su texto.

Evidencia de la fiabilidad del Nuevo Testamento
Mientras daba una conferencia en la Universidad Estatal de Arizona, un profesor, acompañado de unos estudiantes de su seminario graduado sobre literatura universal, se me acercó después de una conferencia de «libertad de palabra» al aire libre. Él me dijo: «Señor McDowell, usted está basando todas sus pretensiones acerca de Cristo en base de un documento del siglo segundo que es obsoleto. Hoy mostré yo a mi clase que el Nuevo Testamento fue escrito tanto tiempo después de Cristo que no podía ser preciso en lo que registraba.» Su opinión acerca de los registros que tratan de Jesús se originaban de las conclusiones de varios críticos que dan por supuesto que la mayor parte de las Escrituras del Nuevo Testamento no fueron escritas hasta bien entrado el siglo segundo d.C. Habían llegado a la conclusión de que estos escritos procedían de mitos o leyendas que se habían desarrollado durante el prolongado intervalo entre la época de la vida de Jesús y la época en que estos relatos quedaron registrados por escrito.

Yo le contesté: «Señor, sus opiniones o conclusiones acerca del Nuevo Testamento tienen un atraso de 25 años.»

Por cuanto el Nuevo Testamento provee la fuente histórica primaria para la mayoría de la información acerca de Jesús, es importante determinar su precisión tocante a lo que informa.

Cuando uno tiene una fe religiosa que apela a la verdad y que está basada en la búsqueda de la verdad y dedicada a la preservación de este conocimiento, tiene un condicionante que le lleva a la preservación de su integridad a lo largo de los años. El cristianismo bíblico tiene este condicionante para investigar y preservar la verdad.

Por ejemplo, en Juan 8:32 se declara: «Conoceréis la verdad.» No dice que la debemos ignorar. Dice: «Conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.» En 2 Timoteo 2:15, el apóstol Pablo amonesta al creyente a que procure «con diligencia presentarte a Dios aprobado, como obrero que no tiene de qué avergonzarse, que maneja rectamente la palabra de verdad» (RVR77marg.). En todo el Nuevo Testamento hay un énfasis en la verdad y en preservar la verdad. Cuando se compara la Biblia con otra literatura de la antigüedad, la evidencia en favor de la Biblia es abrumadora. Si otra literatura tuviese la misma evidencia, nadie pondría en duda su autenticidad y fiabilidad. Pero a la Biblia se le hacen dos objeciones. En primer lugar, que es un libro religioso, y que por tanto no puede confiarse en él. Segundo, presupone la existencia de lo sobrenatural. Para muchas personas, la evidencia histórica no es la clave. Para muchas personas (no todas) involucradas en crítica del Nuevo Testamento, la clave es ésta: si hay algún elemento sobrenatural, entonces es no-histórico.

Debido a este criterio, muchos críticos, durante los siglos 19 y 20, han atacado la fiabilidad de los documentos bíblicos. Parece haber una constante andanada de acusaciones que no tienen ningún fundamento histórico o que han quedado desfasados a causa de los descubrimientos e investigaciones de la arqueología.

Muchas de estas opiniones acerca de los registros referentes a Jesús se basan en las conclusiones de un crítico alemán, F. C. Baur. Baur presupuso que la mayor parte de las Escrituras del Nuevo Testamento no fueron escritas hasta un tiempo tardío en el siglo segundo d.C. Llegó a la conclusión de que estos escritos procedían básicamente de mitos o leyendas que se habían desarrollado durante el prolongado período entre la vida de Jesús y la época en que estos relatos fueron registrados por escrito.

Sin embargo, durante el siglo 20 los descubrimientos arqueólogos habían llegado a dar extensa confirmación de la precisión histórica de los manuscritos del Nuevo Testamento, y su origen en el primer siglo. Los descubrimientos de antiguos manuscritos sobre papiro (el manuscrito de John Ryland, 130 d.C.; los Papiros de Chester Beatty, 155 d.C., y los Papiros de Bodmer II, 200 d.C.) sirvieron para cubrir el vacío entre la época de Cristo y los manuscritos existentes de época posterior.

El arqueólogo Millar Burrows de Yale ha dicho que un resultado de la comparación del griego del Nuevo Testamento con el lenguaje de los papiros es un aumento de la confianza en la transmisión precisa del texto del Nuevo Testamento (Millar Burrows, What Mean These Stones, New York: Meridian Books, 1956, pág. 52).

William F. Albright, que fue uno de los más descollantes arqueólogos bíblicos del mundo, escribe: «Podemos ya decir de manera enfática que no hay ninguna base sólida para datar ningún libro del Nuevo Testamento después del 80 d.C., dos generaciones enteras antes de la fecha entre el 130 y 150 dados por los críticos más radicales del Nuevo Testamento de hoy en día (William F. Albright, Recent Discoveries in Bible Lands, New York: Funk and Wagnall, 1955, pág. 136).

Sir William Ramsay fue considerado como uno de los más grandes geógrafos que jamás haya vivido. Fue un estudiante de la escuela histórica alemana que enseñaba que el Libro de los Hechos era producto de mediados del segundo siglo d.C., y no del primer siglo, como pretende ser. Después de leer la crítica moderna acerca del Libro de los Hechos, se quedó convencido de que no era un relato fiable de los hechos del tiempo justo antes de Cristo (50 d.C.) y que por ello era indigno de consideración por parte de un historiador. Así que en su investigación acerca de la historia de Asia Menor Ramsay prestó poca atención al Nuevo Testamento. Sin embargo, su investigación le llevó finalmente a considerar los escritos de Lucas. Observó la meticulosa precisión de sus detalles históricos, y, gradualmente, comenzó a cambiar su actitud hacia el Libro de los Hechos. La evidencia le obligó a llegar a la conclusión de que «Lucas es un historiador de primera fila … este autor debería ser puesto a la altura de los más grandes historiadores» (Sir William Ramsey, The Bearing of Recent Discoveries on the Trustworthiness of the New Testament, Londres: Hodder and Stoughton, 1915, pág. 222). Debido a la precisión de Lucas, Ramsay concedió finalmente que Hechos no podía ser un documento del siglo segundo, sino más bien un relato histórico de mediados del siglo primero.

El doctor John A. T. Robinson, profesor de Trinity College, Cambridge, ha sido durante años uno de los más distinguidos críticos de Inglaterra. Robinson aceptó al principio el consenso tipificado por la crítica alemana de que el Nuevo Testamento fue escrito años después del tiempo de Cristo después del primer siglo. Pero, como «poco más que una broma teológica», decidió investigar los argumentos acerca de la datación tardía de todos los libros del Nuevo Testamento, un campo mayormente inactivo desde principios del siglo veinte.

Los resultados le asombraron. Dijo que debido a «gandulería» académica, a la «tiranía de las presuposiciones no contrastadas» y a una «ceguera casi voluntariosa» de autores anteriores, muchos de los razonamientos del pasado eran insostenibles. Llegó a la conclusión de que el Nuevo Testamento es obra de los apóstoles mismos o de contemporáneos que trabajaron con ellos, y que todos los libros del Nuevo Testamento, incluyendo Juan, tuvieron que ser escritos antes del 64 d.C. (John T. Robinson, Redating the New Testament, Londres: SCM Press, 1976, pág. 221).

Robinson retó a sus colegas a que tratasen de refutarle. Si los académicos vuelven a abrir esta cuestión, está convencido de que los resultados obligarán «a reescribir muchas introducciones al Nuevo Testamento —y en último término, muchas teologías del mismo» (ibid.).

Se puede también dar un poderoso argumento en favor de la fiabilidad de las Escrituras desde una perspectiva legal. El principio referente a los «documentos antiguos» bajo las Normas Federal sobre Evidencias (publicado por West Publishing Co., St. Paul, 1979, Norma 901 [b] [8]) permite la autenticación de un documento mostrando que aquel documento (1) tiene aquellas condiciones que no crean sospechas acerca de su autenticidad; (2) estaba en un lugar donde, si era auténtico, era probable que estuviese; y (3) ha existido 20 años o más en la época en que es presentado.

El doctor John Warwick Montgomery, abogado y teólogo y decano de la Escuela de Leyes Simon Greenleaf, comenta acerca de la aplicación de la regla de «documentos antiguos» a los documentos del Nuevo Testamento: «Aplicado a los registros evangélicos y reforzado por la responsable crítica baja (textual), esta norma establecería su competencia en cualquier corte de justicia» (John Warwick Montgomery, «Legal Reasoning and Christian Apologetics,» The Law Above the Law, Oak Park, IL: Christian Legal Society, 1975, págs. 88, 89).

Algunos críticos argumentan que la información acerca de Cristo pasó de boca en boca hasta que fue redactada en la forma de los Evangelios. Aunque el período fue mucho más breve que lo que se creía anteriormente, llegan a la conclusión de que los relatos de los Evangelios asumieron la forma de cuentos y mitos.

Sin embargo, el período de tradición oral (tal como la definen los críticos) no es suficientemente largo para haber permitido las alteraciones en la tradición que alegan estos críticos. El doctor Simon Kistemaker, profesor de Biblia en Reformed Seminary, escribe así: «Normalmente, la acumulación de folklore entre las personas de culturas primitivas precisa de muchas generaciones; es un proceso gradual extendido a lo largo de siglos. Pero en conformidad con la manera de pensar del crítico de las formas, hemos de concluir que las historias de los Evangelios fueron producidas y recogidas dentro de poco más que una generación. En términos del enfoque de la crítica de las formas, la formación de las unidades individuales de los Evangelios ha de ser comprendida como un proyecto a grandes saltos con un curso acelerado de acción» (Simon Kistemaker, The Gospels in Current Study, Grand Rapids, MI: Baker Book House, 1972, págs. 48, 49).

A. H. McNeile, anterior Profesor Regius de Teología en la Universidad de Dublín, señala que los críticos de las formas no tratan con la tradición de las palabras de Jesús de una manera tan rigurosa como debieran. Un examen cuidadoso de 1 Corintios 7:10, 12, 25 muestra la cuidadosa preservación y la existencia de una genuina tradición de registrar estas palabras. En la religión judía era costumbre que un estudiante memorizase las enseñanzas del rabí. Un buen discípulo era como «una cisterna encalada que no pierde una gota» (Misná, Aboth, 2:8) (A. H. McNeile, An Introduction to the Study of the New Testament, Londres: Oxford University Press, 1953, pág. 54).

Además, si nos apoyamos en la teoría de C. F. Birney (en The Poetry of Our Lord, 1925), podemos suponer que mucha de la enseñanza del Señor fue dada en forma de poesía aramea, haciendo fácil su memorización.
Existe un poderoso testimonio interno de que los Evangelios fueron escritos en una época temprana. El Libro de los Hechos registra la actividad misionera de la Iglesia Primitiva y fue escrito como secuela por la misma persona que escribió el Evangelio según Lucas. El Libro de Hechos termina con Pablo aún vivo en Roma. No se registra su muerte.

Esto nos llevaría a pensar que fue escrito antes de su muerte, porque los otros acontecimientos principales de su vida han sido registrados. Tenemos razones para creer que Pablo fue ejecutado durante la persecución neroniana del 64 d.C., lo que significa que el Libro de Hechos fue redactado antes de esta fecha.

Si el Libro de Hechos fue escrito antes del 64 d.C., entonces el Evangelio de Lucas, del que Hechos es una secuela, tuvo que ser redactado algún tiempo antes, probablemente a finales de los cincuenta o a principios de los sesenta del primer siglo. La muerte de Cristo tuvo lugar alrededor del 30 d.C., lo que hace que la redacción del Evangelio de Lucas tuvo lugar como mucho dentro de los 30 años después de los acontecimientos.

La Iglesia Primitiva enseñaba generalmente que el primer Evangelio redactado fue el de Mateo, lo que nos acercaría aún más al tiempo de Cristo. Esta evidencia nos conduce a creer que los primeros tres Evangelios fueron todos redactados dentro de 30 años desde el tiempo en que tuvieron lugar los acontecimientos, un tiempo cuando todavía vivían testigos oculares hostiles que hubiesen podido contradecir su testimonio si no era preciso (Josh McDowell y Don Stewart, Answers to Tough Questions, San Bernardino, CA: Here's Life Publishers, 1980, págs. 7, 8).
Los hechos implicados en este asunto llevaron a W. F. Albright, el gran arqueólogo bíblico, a declarar:
«Cada libro del Nuevo Testamento fue escrito … entre los cuarenta y los ochenta del primer siglo d.C. (muy probablemente en un período entre el 50 y el 75 d.C.» (William F. Albright, Christianity Today, Vol. 7, 18 enero, 1963, pág. 3).
La fiabilidad histórica de las Escrituras debería ser ensayada por los mismos criterios empleados para ensayar todos los documentos históricos. El historiador militar C. Sanders hace una relación de tres principios básicos de historiografía: la prueba bibliográfica, la prueba de la evidencia interna y la prueba de la evidencia externa (C. Sanders, Introduction to Research in English Literary History, New York: MacMillan Company, 1952, págs. 143ss.).

La prueba bibliográfica es un examen de la transmisión textual mediante la que nos llegan los documentos. En otras palabras, al no tener los documentos originales, ¿cuán fiables son las copias que tenemos con respecto al número de manuscritos y el intervalo de tiempo entre los originales y las copias existentes?

Un error común es el concepto de que el texto de la Biblia no nos ha venido tal como fue escrito originalmente. Abundan las acusaciones de monjes celosos cambiando el texto bíblico a lo largo de la historia de la iglesia.

Afortunadamente, el problema no es que haya carencia de evidencias. Cuando se completó la investigación acerca de la fiabilidad de la Biblia y editamos Evidencia que demanda un veredicto en 1973, pudimos documentar 14.000 manuscritos y porciones sólo del griego y de antiguas versiones del Nuevo Testamento. Recientemente, pusimos al día y reeditamos Evidencia en inglés, debido a la enorme cantidad de nuevos materiales de investigación disponible. Ahora podemos documentar 24.633 manuscritos y porciones del Nuevo Testamento solo.

La significación del número de manuscritos que documentan el Nuevo Testamento es todavía mayor cuando uno se da cuenta de que en toda la historia, el segundo libro en téminos de autoridad manuscrita es La Ilíada, de Homero. Y de ésta sólo sobreviven 643 manuscritos.

El Nuevo Testamento fue redactado originalmente en griego. Hay aproximadamente 5.500 copias en existencia que contienen todo o parte del Nuevo Testamento. Aunque no poseemos los originales, existen copias desde épocas muy tempranas. El fragmento más antiguo data de alrededor del 120 d.C., mientras que alrededor de 50 otros fragmentos datan dentro de los 150-200 años desde el tiempo de la redacción.

Dos manuscritos principales, el Codex Vaticanus (325 d.C.) y el Codex Sinaiticus (350 d.C.), una copia completa, aparecen dentro de 250 años de la época de redacción. Esto puede parecer un largo período de tiempo, pero es mínimo en comparación con la mayoría de las obras antiguas. La primera copia completa de la Odisea es de 2.200 años después que fuese escrito. El erudito en griego del Nuevo Testamento, J. Harold Greenlee, añade:
Por cuanto los académicos aceptan como generalmente fiables los escritos de los antiguos clásicos, aunque los MSS más antiguos fueron escritos tanto tiempo después de los escritos originales, y que el número de MSS existentes es en muchos casos sumamente pequeño, es evidente que la fiabilidad del texto del Nuevo Testamento queda asimismo asegurada (J. Harold Greenlee, Introduction to New Testament Textual Criticism, Grand Rapids, MI: William B. Eerdmans Publishing Co., 1964, pág. 15).
Muchos antiguos escritos nos han sido transmitidos mediante un mero puñado de manuscritos (Cátulo —tres copias; la más antigua es de 1600 años después de ser escrito; Herodoto —ocho copias y 1.300 años).

Muchas personas consideran a Tucídides como uno de los más precisos de los antiguos historiadores, y sólo han sobrevivido ocho manuscritos. De Aristóteles teníamos 37, pero ahora se han encontrado otros 12, con lo que han sobrevivido 49 manuscritos. ¿Y qué pasa con el Nuevo Testamento?

No sólo tienen los manuscritos del Nuevo Testamento más evidencia manuscrita y un intervalo de tiempo más estrecho entre la redacción y la copia más antigua, sino que además fueron traducidos a varios otros idiomas en época temprana. La traducción de un documento a otro idioma era cosa infrecuente en el mundo antiguo, por lo que se trata de una verificación textual adicional para el Nuevo Testamento. El número de copias de estas versiones excede a 18.000, y posiblemente llegue a 25.000. Esto es una evidencia adicional que nos ayuda a establecer el texto del Nuevo Testamento.

Hace menos de 10 años, se podían documentar 36.000 citas de las Escrituras por parte de los primeros padres de la iglesia. Pero más recientemente, y como resultado de una investigación efectuada en el Museo Británico, podemos ahora documentar en los escritos de la iglesia primitiva 89.000 citas del Nuevo Testamento. Sin ninguna Biblia ni manuscritos —podrían tirarse o quemarse todos— se podría reconstruir todo el Nuevo Testamento a excepción de once versículos, en base de un material escrito dentro de los 150 y 200 años de la época de Jesucristo.
El académico especialista en Nuevo Testamento, F. F. Bruce, hace la siguiente observación:
La evidencia en favor de nuestros escritos del Nuevo Testamento es muchísimo mayor que la evidencia en favor de muchos escritos de autores clásicos, cuya autenticidad nadie ni sueña en poner en tela de juicio.
Y añade:
Y si el Nuevo Testamento fuese una colección de escritos seculares, su autenticidad sería generalmente considerada como fuera de toda duda (F. F. Bruce, The New Testament Documents: Are They Reliable? Ed. rev., Grand Rapids, MI: William B. Eerdmans Publishing Co., 1977, pág. 15. Hay edición en castellano, ¿Son fidedignos los documentos del Nuevo Testamento?)
Sir Frederic Kenyon, ex-director y principal bibliotecario del Museo Británico, era uno de los principales expertos en manuscritos antiguos y su autoridad. Poco antes de su muerte, escribió esto acerca del Nuevo Testamento:
El intervalo entre las fechas de la redacción original [del Nuevo Testamento] y la evidencia existente más antigua se hace tan pequeño que de hecho se torna despreciable, y ha quedado ahora eliminada la última base para cualquier duda de que las Escrituras nos hayan venido sustancialmente tal como fueron escritas. Tanto la autenticidad como la integridad general de los libros de la Biblia pueden considerarse como establecidas definitivamente (Sir Frederic Kenyon, The Bible and Archaeology, New York: Harper and Row, Publishers, 1940, págs. 288, 289).
Acerca de la Ilíada de Homero, nos observa Bruce Metzger:
En toda la gama de literatura griega y latina antigua, la Ilíada se destaca a continuación del Nuevo Testamento como la segunda obra con mayor testimonio manuscrito (Bruce Metzger, Chapters in the History of New Testament Textual Criticism, Grand Rapids, MI: William B. Eerdmans Publishing Co., 1963, pág. 144)
Y añade:
De todas las composiciones literarias de los griegos, los poemas homéricos son los más idóneos para su comparación con la Biblia (ibid., pág. 145).


Obra

Escrita en

Primera
copia


Tiempo transcurrido

No. de copias

Homero (Ilíada)

900 a.C.

400 a.C.

500 años

643

Nuevo Testamento

40-100 d.C.

125 d.C.

25 años

más de 24.000
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