El corazon materno de maria, memoria de la iglesia misionera






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si lascerò il cuore di Maria! Quanto restò interamente scosso!... allora una più penetrante spada si conficcò nel cuore della Vergine... mentre nella mano si piantava il chiodo, nel cuore invece si conficcava una ferita moratlae!" (Giorgio di Nicomedia, Omelie, Maria ai piedi della croce: PG 100, 1457-1489).
El "discípulo amado", que, en nombre nuestro, "recibió" a María en su casa ("en comunión de vida") (cfr. Jn 19,27), invita a "mirar" con mirada de fe contemplativa aquel hecho salvífico del costado abierto de Jesús, del que brotó "sangre y agua" (Jn 19,34). La "mirada" contemplativa de María podía captar más que nadie que aquella "sangre" (formada en su seno por obra del Espíritu Santo) era también el símbolo de una vida donada por amor (Jn 10,17; 15,13); y que aquella "agua" significaba el "agua viva" o vida nueva comunicada por el Espíritu Santo gracias a la obra redentora de Cristo (cfr. Jn 7,38-39).
Con esta "mirada" de fe contemplativa, el Corazón de María fue siguiendo los acontecimientos que se siguieron a la muerte del Señor: el descenso de la cruz y la desposición en el sepulcro, envolviendo el cuerpo de Jesús con una "sábana": "Después de descolgarle, (José de Arimatea) le envolvió en una sábana y lo puso en un sepulcro excavado en la roca en el que nadie había sido puesto todavía" (Lc 23,53). María, una vez más, siguiendo su actitud habitual, relacionó lo que veía con otros hechos de la vida de Jesús y con las profecías: "Lo envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada" (Lc 2,7). Así lo describe un escritor oriental:
(la vergine profondamente addolorata chiede al Figlio di poterlo accogliere di nuovo nelle sue viscere e di sepelirlo nel suo cuore): "Ahimè, questa fredda pietra tombale, come colpita da un ferro mosso dal tuo forte braccio, quali scintille spirituali manda nel mio cuore! Perché non mi si spezza il petto? perché non posso scolpirti un più arcano sepolcro, sí da poterti accogliere di nuovo nelle mie viscere e seppellirti nel mio cuore? Io sono il mistico calice che non è stato distaccato dalla sua pietra preziosa: porto con me la mia porta, che è stata piantata in me, illuminata dal divio splendore!" (Simeone Metafraste, Vita di Maria: PG 114-224; Homologion 964-965).
La fe de María era fe contemplativa y "pascual" (de "paso" hacia el misterio más profundo de la glorificación). Toda la vida de Jesús consistía en "pasar de este mundo al Padre" (Jn 13,1). Su donación sacrificial, de la que forma parte la actitud de María como figura de la Iglesia, no termina en la cruz, puesto que él había dicho: "Yo doy mi vida para volverla a tomar" (Jn 10,17). La fe contemplativa le hacía recordar a María las veces que Jesús, al anunciar la pasión, había también profetizado su resurrección: "El hijo del hombre... resucitará al tercer día" (Mt 17,22-23; 20,17). Acostumbrada a recitar los salmos, la armonía de la fe y de la revelación, le hacían vislumbrar algo del misterio profundo de la resurrección, sin saber todavía los detalles de la misma: "No dejarás a tu santo conocer la corrupción" (Sal 15,10; cfr. Hech 2,27, sermón de Pedro en Pentecostés, rodeado por la comunidad primitiva en la que estaba María, Hech 1,14ss).
La fe María en la resurrección del Señor se puede también intuir de modo indirecto. Efectivamente, Juan, el "discípulo amado", cumplió el encargo de Jesús, de recibir a María "en su casa" o "en comunión de vida" (Jn 19,7), al menos durante las horas que pasaron entre la muerte del Señor y su resurrección. Cuando Juan llegó al sepulcro y lo encontró vacío, en el que Cristo había dejado los lienzos (sábana) por el suelo y el sudario plegado, "vio y creyó" (Jn 20,8). La convivencia con María durante aquellas horas de profundo silencio contemplativo, le ayudó a aceptar con espíritu de fe la prediccción del Señor sobre su resurrección al tercer día. Entre los discípulos del Señor existía ya la convicción de que "el tercer día" tenía un significado profundo (cfr. Lc 24,21); faltaba sólo descubrir este significado con la fe del "discípulo amado", que supo convivir con María esperando la resurrección.
Así vivió ella el misterio pascual y ahora lo sigue vivieno en nuestro caminar eclesial. Convivendo con ella, la Iglesia aprende a descubrir a Cristo resucitado presente en los signos pobres de la historia.

14. LA EUCARISTIA EN EL CORAZON DE MARIA
Jesús, "pan de vida" (Jn 6,35), se formó en el seno de María, junto a su corazón, por obra del Espíritu Santo. En aquel corazón encontraron especial resonancia contemplativa todas los gestos y palabras de Jesús. Cuando María oyó por primera vez las palabras del Señor, "este es mi cuerpo... esta es mi sangre" (Lc 22,19-20), se conmovieron sus entrañas de Madre, puesto que se trataba de carne de su misma carne y sangre de su misma sangre. Se repetiría la experiencia de la Encarnación, cuando, según San Pedro Crisólogo, "Se turbó su carne, se conmovieron sus entrañas, tembló su mente y se llenó de estupor toda la profundidad de su corazón" (Sermón 143, 8: PL 52, 585; "si turbò la carne, il grembo sussultò, la mente tremò, l'intera profondità del cuore restò attonita").
Ya en Cafarnaún, cuando Jesús anunció el misterio eucarístico, usó las expresiones "mi carne", "mi sangre": "El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él... el que me coma vivirá por mí" (Jn 6,56-57). El "escándalo" respecto a la Eucaristía, queda unido al escándalo por no querer aceptar la realidad humana de Jesús, hijo de María: "Murmuraban de él, porque había dicho: «Yo soy el pan que ha bajado del cielo». Y decían: «¿No es éste Jesús, hijo de José, cuyo padre y madre conocemos? ¿Cómo puede decir ahora: He bajado del cielo?»" (Jn 6,41-42).
Ella iba "todos los años" a Jerusalén para celebrar la Pascua, como consta desde la infancia de Jesús, en vida de San Jose (cfr. Lc 2,41). El viernes santo estaba ella junto a la cruz (Jn 19,25). Los gestos y las palabras de Jesús durante la última cena, ella las captó o directamente en el mismo momento de la celebración de la Pascua, o inmediatamente después. En Pentecostés, ella formaba parte de la comunidad reunida en el Cenáculo (cfr. Hech 1,14ss).
Es, pues, lógica esta observación del Papa Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucharistia: "¿Cómo imaginar los sentimientos de María al escuchar de la boca de Pedro, Juan, Santiago y los otros Apóstoles, las palabras de la Última Cena: «Éste es mi cuerpo que es entregado por vosotros» (Lc 22, 19)? Aquel cuerpo entregado como sacrificio y presente en los signos sacramentales, ¡era el mismo cuerpo concebido en su seno! Recibir la Eucaristía debía significar para María como si acogiera de nuevo en su seno el corazón que había latido al unísono con el suyo y revivir lo que había experimentado en primera persona al pie de la Cruz" (EdE 56)." (EdE 56).
La presencia real de Cristo en la Eucaristía nos recuerda que su cuerpo y su sangre son verdaderamente humanos por haberlos tomado de María. Ella "ha anticipado también en el misterio de la Encarnación la fe eucarística de la Iglesia... es el primer «tabernáculo» de la historia" (EdE 55). La Eucaristía tiene el "sabor" de la Virgen Madre, o, como decía San Juan de Avila, "por ser ella la guisandera, se le pegó mejor sabor". Se trata del "pan de la Vigen" ("il pane della Vergine"), que nosotros adoramos y recibimos como "verdadero cuerpo nacido de María Virgen" (EdE 62).
El sacrificio de Jesús, hecho presente en la celebración eucarística, es la actualización de la actitud y gestos sacrificiales de Jesús, especialmente en el Calvario. Alí "no falta lo que Cristo ha realizado también con su Madre para beneficio nuestro" (EdE 57). "María, con toda su vida junto a Cristo, hizo suya la dimensión sacrificial de la Eucaristía... «para presentarle al Señor» (Lc 2, 22)... Preparándose día a día para el Calvario, María vive una especie de «Eucaristía anticipada» se podría decir, una «comunión espiritual» de deseo y ofrecimiento, que culminará en la unión con el Hijo en la pasión" (EdE 56).
El acontecimento sacrificial de Jesús incluye su dolor al ver a su Madre junto a la Cruz y, al mismo tiempo, el hecho de quererla asociada ("la mujer") a la obra redentora (como figura y Madre de la Iglesia) y el don que Jesús nos hizo de ella como Madre. Por esto, "vivir en la Eucaristía el memorial de la muerte de Cristo implica también recibir continuamente este don. Significa tomar con nosotros –a ejemplo de Juan– a quien una vez nos fue entregada como Madre. Significa asumir, al mismo tiempo, el compromiso de conformarnos a Cristo, aprendiendo de su Madre y dejándonos acompañar por ella. María está presente con la Iglesia, y como Madre de la Iglesia, en todas nuestras celebraciones eucarísticas. Así como Iglesia y Eucaristía son un binomio inseparable, lo mismo se puede decir del binomio María y Eucaristía. Por eso, el recuerdo de María en el celebración eucarística es unánime, ya desde la antigüedad, en las Iglesias de Oriente y Occidente" (EdE 57).
La "actitud interior" de María, simbolizada en su Corazón, es el aliciente y el modelo que invita a toda la Iglesia a vivir en sintonía con esa actitud contemplativa, esponsal y sacrificial: "María puede guiarnos hacia este Santísimo Sacramento porque tiene una relación profunda con él... la relación de María con la Eucaristía se puede delinear indirectamente a partir de su actitud interior. María es mujer « eucarística » con toda su vida. La Iglesia, tomando a María como modelo, ha de imitarla también en su relación con este santísimo Misterio" (EdE 53).
Durante la celebración euacarística, la comunidad eclesial se une al sacrifico de Cristo con un "sí" ("amén"), que recuerda el "sí" de María: "Por el hecho mismo de haber ofrecido su seno virginal para la encarnación del Verbo de Dios... hay una analogía profunda entre el «fiat» pronunciado por María a las palabras del Ángel y el amén que cada fiel pronuncia cuando recibe el cuerpo del Señor" (EdE 55). Por esto ella es "el inigualable modelo de amor en el que ha de inspirarse cada comunión eucarística" (ibídem).
La Iglesia celebra y adora el misterio eucarístico, "haciendo suyo el espíritu de María" (EdE 58), es decir, imitando su "fiat" (su "sí") de la Encarnación y haciendo de la vida un "Magníficat" como "éxtasis de su Corazon". Por esto se puede afirmar que "¡La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un magnificat!" (ibídem).
El "pan de vida", que es Jesús, como Palabra y como Eucaristía, encontró el Corazón de María preparado para una nueva transformación. Ella, la Inmaculada desde su concepción, era también la asociada a Cristo ("la mujer", la "Nueva Eva") y en quien, como Asunta o glorificada en cuerpo y alma, se demostraría el fruto de la resurrección del Señor. "Mirándola a ella, conocemos la fuerza trasformadora que tiene la Eucaristía. En ella vemos el mundo renovado por el amor" (EdE 62).
María es modelo de fe para la Iglesia. La acción del Espíritu Santo, que la hizo a ella Madre virginal del Señor, es la misma acción que transforma el pan y el vino en el cuerpo y la sangre de Jesús, y a nosotros nos hace partícipes de la misma vida de Señor (cfr. Jn 6,57). La oración del ofertorio del domingo cuarto de Adviento, está formulada así:

"Accogli, o Dio, i doni che presentiamo all'altare, e consacrali con la potenza del tuo Spirito, che ha riempito con la sua potenza il grembo della Vergine Maria".
Cuando la Iglesia "invoca" la venida del Espíritu Santo en la celebración eucarística ("epíclesis"), se acuerda de María, quien recibió este mismo Espíritu para pode concebir virginalmente al Hijo de Dios (cfr. Lc1,35ss). San Juan Damasceno explica la "epiclesis" en estos términos: "Preguntas cómo el pan se convierte en el cuerpo de Cristo... Te baste oír que es por la acción del Espíritu Santo, de igual modo que gracias a la Santísima Virgen y al mismo Espíritu, el Señor, por sí mismo y en sí mismo, asumió la carne humana" (De fide ortodoxa IV, 13).

"Domandi come il pane si converte nel corpo di Cristo?... Ti basti udire che e per l'azione dello Spirito Santo, nello stesso modo che, grazie alla Santissima Vergine e allo stesso Spirito Santo, il Signore, per sé e in se stesso, assunse la carne umana" (De fide ortodoxa IV, 13).
La espiritualidad mariana, concretada en la imitación de su vida de fe, lleva a una participación más profunda en la liturgia, especialmente eucarística. En efecto "la meditación sobre Cristo con María" (como puede ser por medio del rezo del Rosario), ayuda a penetrar más "en la vida del Redentor". De este modo, se consigue que "cuanto Él ha realizado y la Liturgia actualiza sea asimilado profundamente y forje la propia existencia" (RVM 13).
La relación de María con el misterio eucarístico, se fundamenta en su realidad de ser "Madre del Sumo y Eerno Sacerdote", porque "guiada por el Espíritu Santo, se entregó total­mente al misterio de la redención de los hombres" (PO 18). La unción sacerdotal de Cristo tuvo lugar en el seno de María. Mientras ella decía su "sí", el Verbo se encarnó en su seno. Junto a su Corazón de Madre, Cristo Sacerdote se ofreció al Padre en sacrificio redentor: "Por eso, al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo... ¡He aquí que vengo... para hacer, oh Dios, tu voluntad!" (Heb 10,5-7).
Todo bautizado está llamado a hacer de su vida una oblación, unida a la oblación de Cristo al Padre en el Espíritu, "un sacrificio de alabanza" (Heb 13,15), puesto que "por él, ya podemos decir «sí» a Dios" (2Cor 1,20). El Corazón materno de María ve en cada creyente un "Jesús viviente" por hacer. Cada bautizado está llamado a recibir a María como Madre, siguiendo el ejemplo del "discípulo amado". Los sacerdotes ministros están llamados a "venerar y amar con filial devoción y veneración a esta Madre del Sumo y Eterno Sacerdote, Reina de los Apóstoles y auxilio de su ministerio" (PO 18; cfr. OT 8).
Pero toda vocación cristiana encuentra en ella un Corazón de Madre para modelarse en él, según el ejemplo de Cristo Sacerdote: "María es la persona humana que mejor que nadie ha correspondido a la vocación de Dios; que se ha hecho sierva y discípula de la Palabra hasta concebir en su corazón y en su carne al Verbo hecho hombre para darlo a la humanidad; que ha sido llamada a la educación del único y eterno Sacerdote, dócil y sumiso a su autoridad materna. Con su ejemplo y mediante su intercesión, la Virgen santísima sigue vigilando el desarrollo de las vocaciones y de la vida sacerdotal en la Iglesia" (PDV 82).
15. EL CORAZON DE MARIA EN EL CAMINO HISTORICO DE LA IGLESIA: LAS SEMILLAS SEMBRADAS EN EL PRIMER MILENIO
Durante todo su caminar histórico, la Iglesia se ha ido inspirando en el Corazón de María, como "memoria" del evangelio contemplado y vivido. Los temas ya desarrollados anteriormente nos han ido habituando a releer los hechos y el mensaje de Jesús, buscando su "eco" en el Corazón de María. El caminar eclesial más auténtico es el que se ha realizado imitando el Corazón de María (su actitud interior), fiel a la Palabra del Padre y a la acción del Espíritu, asociada a su Hijo Redentor.
Desde los primeros siglos, se ha tomado el Corazon de María como un símbolo de su persona, de su interioridad, de su amor materno, siempre como figura o modelo de lo que la Iglesia está llamada a ser: Iglesia transformada por la Palabra, alimentada por el "pan de vida", en cuyo corazón resuena la actitud interior de María expresada en su "fiat" (Lc 1,38), en su "Magníficat" (cfr. 1,46), su "contemplación" (Lc 2,19.51) y su "estar de pie junto a la cruz" (Jn 19,25).
Entre los Padres y escritores eclesiásticos de los primeros siglos, el Corazón de María era todo un símbolo de profundo significado cristológico y eclesial.
Ya los oráculos sibilinos (siglo II) presentan el Corazón de María amalgamado de gozo y de dolor: "Se alegró y se regocijó su corazón" (Oracula Sibyllina, VIII, vers.462-468: GCS 8, 171-172; Ital.; "Tremante, immobile stette, la mente confusa, con il cuore che batteva per l'inatteso messaggio. In seguito però ne gioì e caldo con la voce il cuore si sentì" (Oracoli Sibillini).
Es muy sugestiva la referencia a la interioridad de María (a su Corazón) en relación con las palabras del ángel (Anunciación) y con el "gozo" mesiánico cantado en el "Magníficat". Así lo hace
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