El corazon materno de maria, memoria de la iglesia misionera






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títuloEl corazon materno de maria, memoria de la iglesia misionera
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accolse la tua parola e la custodì nel suo cuore; mirabilmente unita al mistero della redenzione, perseverò con gli Apostoli in preghiera nell'attesa dello Spirito Santo; ora risplende sul nostro cammino segno di consalazione e di sicura speranza"... (Prefazio della beata Vergine Maria, IV).
María es custodia de la Palabra. En su corazón va a inspirarse la Iglesia para meditar como ella todo el mensaje evangélico. María es la "memoria" evangélica de una Iglesia contemplativa, santa y misionera, que moldea continuamente su corazón y sus vivencias íntimas por medio de la Palabra y del "pan de vida" (Jn 6,35ss). Al Corazón de Maria acude la Iglesia "puesto que era como el vaso y receptáculo de todos los misterios" (Ps. Gregorio Taumaturgo, Homil. 2 In Annunt.: PG 10, 1169C). Omelia II sull'Annunciazione: "La santissima Madre di Dio conservava tutte queste parole medirandole nel suo cuore come fosse vaso e ricettacolo di ogni mistero").
Así lo reconoce la Iglesia en las oraciones litúrgicas:

..."Padre... fa che sul suo esempio custodiamo e meditiamo sempre nel cuore i tesori di grazia del tuo Figlio"... (Preghiera sulle Offerte, Messa del Cuore Immacolato della beata Vergine Maria, Messale Mariano, n.28).

..."Padre Santo... Tu hai dato alla beata Vergine Maria un cuore sapiente e docile, pronto ad ogni cenno del tuo volere; un cuore nuovo e mite, in cui hai scolpito la legge della nuova Alleanza; un cuore semplice e puro che ha meritato di accogliere il tuo Figlio e di godere la visione del tuo volto; un cuore forte e vigilante, che ha sostenuto intrepido la spada del dolore e ha atteso con fede l'alba della risurrezione"... (Prefazio, Messa del Cuore Immacolato della beata Vergine Maria, Messale Mariano, n.28).

4. EL PROCESO DE MEDITAR LA PALABRA EN EL CORAZON COMO MARIA
La contemplación de la palabra de Dios es un proceso o itinerario espiritual de apertura sin condiciones, de dejarse sorpresnder y cuestionar por Dios y de decidirse a seguir el proyecto o voluntad del mismo Dios. "Chi ama il Signore ne ama la Legge, come Maria che, nel suo amore verso il Figlio, ne ripponeva con affetto materno nel suo cuore tutte le parole" (S. Ambrogio, Commento al Salmo 118, 13,3: PL 15, 1452). ("Porque amaba a su Hijo, consideraba con afecto materno todas sus palabras en su corazón") ("Maria diligens Filium omnia verba eius in corde suo materno conferebat affectu")
Ante el saludo del ángel, María deja la puerta abierta a la acción divina: "Ella se conturbó por estas palabras, y discurría qué significaría aquel saludo" (Lc 1,29). San Pedro Crisólogo comenta esta turbación de María como quien entra en la oscuridad de la fe contemplativa: "Se turbó su carne, se conmovieron sus entrañas, tembló su mente y se llenó de estupor toda la profundidad de su corazón" (Sermón 143, 8: PL 52, 585; "si turbò la carne, il grembo sussultò, la mente tremò, l'intera profondità del cuore restò attonita: la Vergine, infatti, all'ingresso dell'angelo aveva avvertito nel suo intimo l'ingresso della divinità").
La descripción que hace San Bernardo de Claraval sobre la Anunciación, indica esta apertura del Corazón de María al Verbo o Palabra personal de Dios: "Abre, Virgen bienaventurada, tu Corazón a la confianza, tu boca a la palabra de asentimiento, tu seno al Creador. He aquí que el Esperado de las gentes está fuera y llama a la puerta... Levántate con tu fe, corre con tu disponibilidad, abre con su consentimiento" (Homilía 4,8).

"Apri, o Vergine Beata, il tuo Cuore alla fiducia, la tua bocca alla parola di assenso, il tuo grembo al Creatore. Ecco, l'Atteso dalle genti sta fuori e bussa la tua porta... Alzati con la tua fede, corri con la tua disponibilità, apri col tuo consenso" (Omelia 4,8).
Cuando posteriormente, en Belén y en el templo, "meditaba en su corazón" (Lc 2,19.51), es señal de que adoptaba una actitud que iba más allá del "estupor" de los pastores (cfr. Lc 2,9) y de los rabinos (cfr. Lc 2,47). María supera el primor momento de estupor (cfr. Lc 1,29; 2,50), para pasar a una apertura incondicional del corazón a los nuevos planes de Dios.
"Contemplar" significaba para María, comparar, poner en relación, rumiar, saborear, como quien armoniza los diversos datos de la fe y de la revelación (cfr. Lc 2,19; Lc 2,51). De este modo, puede combina, a la luz de la fe contemplativa, "todas las palabras" ("pantha ta rhemata"), es decir, todo el mensaje evangélico insertado en el acontecimiento. "Los temas de la fe los meditaba en su corazón... dándonos ejemplo" (San Ambrosio, In Lucam II,54: CCL 14,54; "meditava nel suo cuore gli argumenti della fede... ci ha dato l'esempio").
La palabra divina ("rhema") es creativa y renovadora, procedente de un Dios que ama, que se hace cercano de modo siempre nuevo y sorprendente, especialmente por la encarnación del "Verbo" (cfr. Jn 1,14). Por esto, "ninguna palabra (acontecimiento) es imposible para Dios" (Lc 1,37; cfr. Mc 10,27). Es decir, no hay acontecimientos irreversibles, porque todo acontecimiento humano puede ser cambiado por el amor. María dijo que "sí" a esta acción salvífica de Dios en la historia.
San Jerónimo, comentando Lc 2,19, afirma: "Recordabatur quod angelus Gabriel sibi dixerat, illa quae dicta sunt in prophetis... Hoc legerat (se refiere a Is 7,14: virginidad), illud audierat. Videbat iacentem puerum... conferebat quae audierat quaeque legabat cum his quae videbat" (Homilia in Nativitate Domini: CCL 78, 527; en Enchiridion Marianum, n.828). ("Meditando nel cuore si rendeva conto che le cose lette si accordavano con le parole dell'angelo... Ciò che Gabriele aveva detto, era stato già predetto da Isaia: «Ecco la vergine concepirà e parturirà» (Is 7,14). Se questo l'aveva detto, quell'altro l'aveva sentito. Vedeva il bambino giuacente... colui che giaceva era il Figlio di Dio... Lo vedeva giacere e lei meditava le coswe che aveva udito, quelle che aveva letto e quelle che vedeva") (S. Jerónimo, Homilia in Nativitate Domini: CCL 78, 527).
María comparaba lo oído del ángel, con lo leído en la Escritura (e.g. Isaías) y lo visto (el niño recién nacido). Podía relacionar Is 7,14 (sobre la virginidad, según Mt 1,23), con Is 9,6 ("E' nato per noi un bambino, un figlio ci è stato donato, egli porta sulle spalle il dominio"). ("Nos ha nacido un niño, un hijo se nos ha dado, él lleva sobre sus hombros la soberanía").
San Gregorio Magno comenta Lc 2,19 con estas palabras: "mandata illius non transitorie, sed implenda opere" (Moralium..., lib.XVI, cap.36, 44; n.1671 de Enchiridium Marianum: PL 75, 1143). La maternidad de María es fruto de su escucha comprometida y eficaz, como figura de la maternidad de la Iglesia (cfr. Lc 8,21).
María custodiaba en su corazón la palabra de Dios, convencida de que "no hay nada imposible" para él (Lc 1,37). Su actitud de "sí" y de "contemplación" era una actitud relacional, de quien se sabe insertada en unos nuevos planes salvíficos de Dios. Ella, meditando o contemplando con atención, atesoraba algo que venía a ser central en su vida, hasta orientar toda su existencia poniendo en práctica los designios divinos.
Con esta actitud de "escucha", María continuaba la actitud aprendida en el Antiguo Testamento y resumida en la "shema" (Deut 6,4-5), para llegar a su cumplimiento en el Nuevo Testamento (cfr. Lc 1,38; 8,21). Por esto, Isabel alaba la fe de María, que es garantía de cumplimiento de la obra mesiánica: "¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (Lc 1,45).
Esta actitud contemplativa de María es profundamente relacional. "Los ojos de su corazón se concentran de algún modo en Él ya en la Anunciación, cuando lo concibe por obra del Espíritu Santo" (RVM 10). Ella aprende a contemplar el rostro de Dios que resplandece en el rostro de su Hijo. Es el rostro del "Siervo de Yahvé", hijo de la "sierva del Señor" (Lc 1,48), rostro doliente en pasión y en la cruz, rostro depuesto en el sepulcro, rostro glorioso de resucitado. Ella había aprendido a contemplar este rostro al deponerlo en el pesebre (cfr. Lc 2,7) y cuando lo depusieron en el sepulcro (cfr. Lc 23,51).
La contemplación del rostro de Cristo, por parte de María, es actitud relacional, es decir, actitud de fe viva, a modo de "conocimiento de Cristo vivido personalmente" (VS 88), de intimidad profunda como quien es madre y "asociada" ("mujer") a la obra redentora del nuevo Adán (cfr. Jn 2,4; 19,26). Ella pertenece, en cuerpo y corazón, exclusivamente a Cristo. Es "la Virgen", que escucha, ama y se ofrece para recibir y comunicar el misterio de Cristo. Su contemplación la muestra como la máxima Virgen y la máxima madre, es decir, la única madre que, por ser Virgen, ha hecho de su concepción, gestación y parto una donación total al hijo.
La escucha de la Palabra era una invitación a "amar con todo el corazón" (Deut 6,4). En María, la escucha tendía directamente a la persona de Jesús, como Palabra definitiva del Padre, a la que ella quedaba asociada con un "sí" de "ofrecimiento" sacrificial juntamenten con su Hijo (cfr. Lc 2,2). Jesús era la Palabra que penetraba el corazón como una "espada" (Lc 2,35) que corta esquemas anteriores, para conducir a la novedad de compartir la misma vida y destino hacia el misterio pascual.
La Iglesia aprende este itinerario de "lectio divina", realizada en la escuela de María, abriéndose totalmente a la Palabra, dejándose sorprender por ella, pidiendo con confianza humilde y filial, uniéndose a la voluntad divina. En este proceso contemplativo de la Palabra, María "accompagna con materno amore la Chiesa" (Prefazio della beata Vergine Maria, III).
"Oh Dio, che hai preparato una degna dimora dello Spirito Santo nel cuore della beata Vergine Maria, per sua intercesione concede anche a noi, tuoi fedeli, di essere tempio vivo della sua gloria"... (Preghiera Coletta, Messa del Cuore Immacolato della beata Vergine Maria, sabato dopo la solennità del Cuore di Gesù).

5. LA IGLESIA DE LA PALABRA VIVIDA DESDE EL CORAZON DE MARIA
La Iglesia, meditando la Palabra de Dios como María, se siente acompañada e invitada por ella como en las bodas de Caná: "Haced lo que él nos diga" (Jn 2,5). Con el corazón dispuesto como el de María, se escucha en cada gesto y palabra del Señor la voz del Padre: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco; escuchadle" (Mt 17,5).
La actitud de María, que escucha, medita en el corazón y dice que "sí", es la figura de la Iglesia, el "icono perfecto de la maternidad de la Iglesia" y, por tanto, de su fidelidad (RVM 15). Esta actitud equivale a un proceso de ir asimilando la Palabra de Dios hasta lo más hondo de la propia vivencia o del propio corazón. "La santísima Virgen es Maestra en la contemplación del rostro de Cristo" (EdE 53).
La Palabra de Dios sigue siendo suya, "viva y eficaz" (Heb 4,12). Es el "Verbo" o Palabra definitiva del Padre, insertada en nuestra historia: "La Palabra se hizo carne y puso su morada entre nosotros" (Jn 1,14). Es palabra revelada, como un regalo o don de Dios, para quien "nada hay imposible" si el corazón se abre a su acción salvífica. A esta Palabra María respondió con un "sí" (Lc 1,38), pronunciado con el amor de "todo su corazón" (Deut 6,4). Este "sí" fue un preludio del nuestro, que debe brotar también de un corazón contemplativo: "El consentimiento de la Virgen fue en nombre de toda la humanidad" (Santo Tomás de Aquino, III, 30, 1c).
Es la Palabra que encontró en el Corazón de María una actitud de fe: "¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (Lc 1,45). Es modelo de fe para la comunidad eclesial (cfr. Lc 8,21). Es la fe o "teología vivida de los santos" (NMi 27).
El ejemplo y la actitud de María en Caná influyó en la fe de los primeros discípulos de Jesús. María captó bien el significado profundo de las palabras del Señor, a pesar de la aparente negativa. San Efrén explica la actitud de María en Caná, como fruto de su actitud contemplativa: "Ella era consciente del miráculo que se iba a realizar, como dice el evangelista...

"Ceterum miraculum quod facturus erat conscia erat illa: «omnem rem», ait evangelista, «conservabat in corde suo» (Lc 2,51), et «quodcumque dixerit vobis filus meus facite»" (S. Efrem, Hymni de Nativitate, 5,1: CSCO 145, 44).
La Iglesia, desde sus inicios, aprendió a vivir esta fe en la Palabra, como actitud de oración y caridad, en la escuela del Cenáculo, "en la oración, con un mismo espíritu en compañía de algunas mujeres, de María, la madre de Jesús, y de sus hermanos" (Hech 1,14). La predicación apostólica (cfr. Hech 2-4) consistía precisamente en esta misma Palabra, asimilada previamente en la contemplación por parte de quienes tenían el servicio magisterial. La Iglesia sigue predicando el mensaje evangélico con testimonio de vida, como Palabra que sale y que llega al fondo del corazón.
En el camino histórico de la Iglesia, hay una "presencia transvesal" de María (TMA 43), que es siempre "presencia activa y materna" (RMa 1 y 45), como "influjo salvífico" (LG 60). María "precede" en este camino, como modelo y ayuda para releer los acontecimientos a la luz de la Palabra de Dios. En efecto, "precede con su luz al peregrinante Pueblo de Dios, como signo de esperanza cierta" (LG 68; cfr. RMa 51-52).
El seguimiento de Cristo, para ser sus "testigos" (cfr. Hech 1,8; 2,32; Jn 15,27), empezó propiamente después de las bodas de Caná: "Después bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos (parientes) y sus discípulos" (Jn 2,12). La Iglesia, como el Precursor, es la "voz" de Cristo "presente" (Jn 1,23). En la vocación profética del Batista y en la vocación apostólica de los discípulos, precedió e influyó María con su fe y con su actitud contemplativa (cfr. Lc 1,35; Jn 2,5).
Para poder anunciar "el Verbo de la vida" se necesita haberlo "contemplado" previamente en el corazón (cfr. 1Jn 1,1ss). Dios ha hablado y sigue hablando de muchas maneras, "en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio de su Hijo" (Heb 1,1-2). Para formar parte de la familia espiritual de Jesús, hay que escuchar su palabra y ponerla en práctica: "Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen" (Lc 8,21; Mc 3,35; Mt 12,50).
María es más bienaventurada por haber recibido a Cristo en su corazón que por haberlo recibido en su seno: "Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan" (Lc 11,28). "Virgo erat non solum corpore, sed etiam mente, quae nullo doli ambitu sincerum adulteraret adfectum: corde humilis... loquendi parcior, legendi studiosior" (S. Ambrosio, De Virginibus, II, 7: PL 16, 208). "Ella era vergine non solo nel corpo ma anche di mente e non falsò mai, con la doppiezza, la sincerità degli affetti. Umile nel cuore... non loquace, amante dello studio divino"... (S. Ambrogio, De Virginibus, 2,7: PL 16,209).
"Fit prius adventus fidei in cor Virginis, et sequitur fecunditas in utero matris" (S. Agustín, Sermo 293,1: PL 39,1327-11328).

... (commenta Lc 11,27-28: "Beati sono piuttosto"?...): "Anche per Maria: di nessun valore sarebbe stata per lei la stessa divina maternità, se non avesse portato il Cristo più felictemente nel cuore che nella carne" (S. Agostino, De sancta virginitate, 3: PL 40, 398; "Materna propinquitas nihil Mariae profuisse, nisi felicius Christum corde quam carne gestasset").
La Palabra que resonó en el Corazón de María (cfr. Lc 2,19.51) es el mismo "pan de vida", Jesús, que se comunica como mensaje y como Eucaristía. El mensaje evangélico, meditado en el Corazón de María, y el pan eucarístico tiene el "sabor de la Virgen Madre" (Juan Pablo II Congreso Eucarístico Internacional, 2000).
Contemplar el rostro de Jesús equivale a entrar en sintonía con su vida íntima, es decir, con su corazón. El discípulo amado, que reclinó su cabeza sobre el pecho de Jesús (cfr.Jn 13,13.15; 21,20), es el mismo que recibió a María como Madre "en comunión de vida" (RMa 45, nota 130). Al Señor se le conoce sólo de corazón a corazón: "Si alguno me ama, yo me manifestaré a él" (Jn 14,21).
Al Señor se le capta con un corazón contemplativo como el de María. Se llega a la "comunión vital con Jesús por medio del corazón de su Madre" (RVM 2). Los textos evangélicos tienen su resonancia en ese corazón materno: "Los misterios de la vida del Señor, vistos a través del corazón de aquella que estuvo más cerca del Señor" (RVM 12). No sólo se aprenden las cosas que Jesús enseñó, sino "de comprenderle a Él", porque "nadie como su Madre puede introducirnos en un conocimiento profundo de su misterio" (RVM 14).

"Non si tratta solo di imparare le cose che Egli ha insegnato, ma di «imparare Lui»" poiché "nessuno come la Madre può introdurci a una conoscenza profonda del suo mistero" (RVM 14).
Este es el mejor camino para "modelar al cristiano según el Corazón de Cristo" (RVM 17), hasta llegar "a la profundidad de su corazón" (RVM 19). Cuando la Iglesia medita en María, es porque "busca entre sus brazos y en su corazón, el «fruto bendito de su vientre» (cfr. Lc 1,42)" (RVM 24). "La contemplación del rostro de Cristo se centra sobre todo en lo que de él dice la Sagrada Escritura" (NMi 17), como lo hacía María contemplando (relacionando) estos textos con lo que veía y escuchaba. Es "oración de corazón cristológico" (RVM 1)
La Palabra de Dios está personificada en Jesús. El mismo es la palabra viva que "crece" y se difunde en el corazón: "La Palabra de Dios iba creciendo" (Hech 6,7). Es "semilla incorruptible" (1Pe 1,23), que nos engendra para ser "hijos en el Hijo" (GS 22; Ef 1,5). Esta realidad de gracia empezó en el seno y en el Corazón de María, como figura de la Iglesia "madre" (Gal 4,26), que recibe también al Señor en el corazón para "formar a Cristo" en los demás (Gal 4,19). La Iglesia vive de los mismos sentimientos del Corazón materno de María.

6. EL "MAGNIFICAT" EN EL CORAZON DE MARIA Y DE LA IGLESIA
El "Magníficat" de María, recitado durante la visita a su prima Santa Isabel, es "una inspirada profesión de su fe", como respuesta a las gracias recibidas en bien de toda la humanidad. Las palabras de este himno reflejan "la experiencia personal de María, el éxtasis de su corazón" (RMa 36). Ella es "la Madre del Señor" (Lc 1,43), la Virgen orante.
La "contemplación" de María sobre las palabras del ángel, se expresa con el himno del "Magnificat", que se inspira en los salmos y otros himnos del Antiguo Testamento. La novedad del "Magníficat" está en la referencia al misterio de la encarnación realizado en María: "El Poderoso ha hecho en mí maravillas" (Lc 1,49).
El gozo de la Anunciación se proclama en el "Magníficat": "Se alegró y se regocijó su corazón" (Oracula Sibyllina, siglo segundo, VIII, vers.462-468: GCS 8, 171-172; "Tremante, immobile stette, la mente confusa, con il cuore che batteva per l'inatteso messaggio. In seguito però ne gioì e caldo con la voce il cuore si sentì": Oracoli Sibillini.

S. Atanasio: ("Cor eius palpitavit guadii abundantia, protulitque canticum"...). "Su corazón palpitó de gozo y entonó un cántico" (S. Atanasio de Alejandría, Sermo de Maria Dei Mater: "Le Muséon" 71, 1958, 209s). La Anunciación y la visitación, recuerdan el gozo mesiánico anunciado por los profetas: "¡Exulta, hija de Sión! ¡Da voces jubilosas, Israel! ¡Regocíjate con todo el corazón, hija de Jerusalén!" (Sof 3,14).
Las expresiones laudatorias del cántico, pueden haberse inspirado en el himno de la madre de Samuel: "Tengo el corazón alegre gracias al Señor... yo me regocijo en tu victoria. Nadie como el Señor es santo... Los hartos se contratan por un poco de pan, mientras que los hambrientos ya no se fatigan... El Señor empobrece y enriquece, el Señor humilla y enaltece" (1Sam 2,1ss). Son ideas que también se encuentran frecuentemente en el salterio y en otros textos que recuerdan los hechos salvíficos del "éxodo" (cfr. Sal 80).
La actitud habitual de María, de "contemplar en su corazón" (Lc 2,19.51), indica el poner en relación un acontecimiento salvífico (como los sucesos de la Anunciación y de la visitación) con datos de la historia de salvación. Lo que veía o escuchaba, lo ponía en relación con las profecías o los salmos, que ella misma había leído, escuchado o cantado. "El Magnificat es la oración por excelencia de María, el canto de los tiempos mesiánicos, en el que confluyen la exaltación del antiguo y del nuevo Israel" (MC 18).
El "gozo" de la Anunciación y del "Magníficat" es el gozo mesiánico que también cantarán los ángeles en Belén como cumplimiento de las profecías: "Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor" (Lc 2,10). Entonces María puso de nuevo en práctica su actitud contemplativa (cfr. Lc 2,19). Esta contemplación era fuente de gozo: "Tu palabra es la alegría de mi corazón" (Jer 15,16).
María expresa los sentimientos de su corazón movido por la acción del Espíritu Santo, recordando los sucesos de la Anunciación como cumplimiento de las promesas mesiánicas, ahora ya hechas realidad. El contexto del "Magníficat" indica el significado del "sí" de María a la voluntad salfícia de Dios (Lc 1,38) como expresión máxima de la fe (Lc 1,45), que se concreta en un servicio de caridad (Lc 1,39) y, al mismo tiempo, es instrumento de la gracia del Espíritu comunicada a Isabel y a Juan Bautista (Lc 1,41).
Se puede apreciar en el "Magníficat" (Lc 1,47-55) un paralelo de los temas que aparecen en la Anunciación: gozo, poder de la santidad de Dios, salvación universal, humildad o pobreza (bíblica) de la criatura, misericordia divina según las promesas mesiánicas. En el cántico afloran los sentimientos más profundos del corazón de María: alabanza a Dios, gratitud, fe, confianza, humildad (pobreza bíblica), reconocimiento de la misericordia de Dios, unión con toda la humanidad y con toda la historia de salvación.
María da gracias por la historia de salvación (Lc 1,46-48), en la que se demuestra la omnipotencia y misericordia divina (Lc 1,49-53), dando inicio al reino mesiánico (Lc 1,54-55). "Maria alaba al Padre «por» Jesús, pero también lo alaba «en» Jesús y «con» Jesús" (EdE 58).
La Iglesia recita el "Magníficat" imitando el espíritu de María: "Adorar a Dios es alabarlo, exaltarle y humillarse a sí mismo, como hace María en el Magnificat, confesando con gratitud que El ha hecho grandes cosas y que su nombre es santo" (CEC 2097). El cántico, repetido a través de los siglos, llamando a María "dichosa" (Lc 1,48), recuerda la presencia activa y materna de María: "La Virgen Madre está constantemente presente en este camino de fe del Pueblo de Dios hacia la luz. Lo demuestra de modo especial el cántico del Magnificat que, salido de la fe profunda de María en la visitación, no deja de vibrar en el corazón de la Iglesia a través de los siglos. Lo prueba su recitación diaria en la liturgia de las vísperas y en otros muchos momentos de devoción tanto personal como comunitaria" (RMa 35).
Jesús dice que "de la abundancia del corazón habla la boca" (Lc 6,45). El contexto de esta afirmación indica una actitud de quien "escucha mis palabras y las pone en práctica" (Lc 6,47). El "Magníficat" es un ejemplo de esta actitud comprometida al contemplar la palabra de Dios. Por esto sigue siendo, a la vez, "el cántico de la Madre de Dios y el de la Iglesia, cántico de la Hija de Sión y del nuevo Pueblo de Dios" (CEC 2619). La Iglesia lo considera como "cántico de acción de gracias por la plenitud de las gracias derramadas en el economía de la salvación, cántico de los «pobres» cuya esperanza ha sido colmada con el cumplimiento de las promesas" (ibídem).
El "espiritu del Magníficat" es camino pascual. La Iglesia aprende el camino de Pascua, pasando por la "humillación" a la "exaltación", por la "pobreza" bíblica a la salvación. "Puesto que el Magnificat expresa la espiritualidad de María, nada nos ayuda a vivir mejor el Misterio eucarístico que esta espiritualidad. ¡La Eucaristía se nos ha dado para que nuestra vida sea, como la de María, toda ella un magnificat!" (EdE 58).
Cuando la Iglesia canta los salmos, lo hace con el espíritu de María: "No cantas para un hombre, sino para Dios, y como hacía María, medítalo en tu corazón" (San Ambrosio, De Instit. Virginis, 102: PL 16, 345). "Que el alma de María esté en cada uno para alabar al Señor; que su espíritu esté en cada uno para que se alegre en Dios" (MC 21; San Ambrosio, Expositio Evangelii secundum Lucam, II, 26: CSEL 32, IV, 15,16).
El espíritu del "Magníficat" se concreta en el compromiso misionero de anunciar a Cristo único Salvador de toda la humanidad. Este espíritu se aprende en el Corazón de María: "La Iglesia, acudiendo al Corazón de María, a la profundidad de su fe, expresada en las palabras del Magníficat, renueva cada vez mejor en sí la conciencia de que no se puede separar la verdad sobre Dios que salva, sobre Dios que es fuente de todo don, de la manifestación de su amor preferencial por los pobres y los humildes, que, cantado en el Magníficat, se encuentra luego expresado en las palabras y obras de Jesús. La Iglesia, por tanto, es consciente -y en nuestra época tal conciencia se refuerza de manera particular- de que no sólo no se pueden separar estos dos elementos del mensaje contenido en el Magníficat, sino que también se debe salvaguardar cuidadosamente la importancia que «los pobres» y «la opción en favor de los pobres» tienen en la palabra de Dios vivo... La Iglesia debe mirar hacia ella, Madre y Modelo, para comprender en su integridad el sentido de su misión" (RMa 37).

7. SAN JOSÉ EN EL CORAZÓN DE MARÍA
Diversos pasajes evangélicos dejan entrever una unión íntima entre la Santísima Virgen y San José. Son textos relacionados, a veces, con la actitud de María de "meditar en el corazón" (Lc 2,19.51). Los "hechos" y "palabras" que ella meditaba incluyen también a su esposo José.
Cuando los pastores llegaron a Belén, trayendo el mensaje de los ángeles, "encontraron a María, a José y al niño reclinado en el pesebre" (Lc 2,16). María "meditaba todas esas cosas (acontecimientos y palabras) en su corazón" (Lc 2,19).
María y José habían vivido aquellos días conjuntamente y con intensidad. En efecto, ambos caminaron juntos hacia Belén para cumplir con las disposiciones de la autoridad civil: "Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia de David, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta" (Lc 2,4-5). Para ambos, "no había lugar en el mesón" (Lc 2,7).
Cuando ofrecieron al niño Jesús en el templo, el texto evangélico se expresa en plural, tanto respecto al viaje, como al acto de ofrecimiento: "Llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor" (Lc 2,22). Ante las palabras de Simeón, que profetiza una "espada" para María, en el contexto de un rechazo o escándalo respecto al Mesías, ambos esposos reaccionan conjuntamente: "Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él" (Lc 2,33).
La huida a Egipto y el regreso a Nazaret se describe también dentro de una estrecha relación mutua, hecha posible gracias a Jesús. Por esto, el ángel, por dos veces, le indica a José: "Toma al niño y a su Madre" (Mt 2,13.20). José cumplió la orden como algo esencial a su misión: "Tomó al niño y a su Madre" (Mt 2,14.21). La residencia definita, "en Nazaret", indica también esta relación profundamente familiar (cfr. Mt 2,23).
La actitud habitual de María, de "meditar en el corazón", tiene esas connotaciones comunitarias y familiares, que incluyen el espacio de interioridad de su esposo José, especialmente cuanto ambos vivían el misterio de Belén, ambos ofrecían al nño en el templo, ambos sufrían el exilio y ambos se insertaban en el ámbito familiar de Nazaret.
Cuando a los doce años el niño Jesús se pierde en el templo, de nuevo el corazón de María "meditaba" el misterio de sus gestos y palabras, envolviendo en su actitud contemplativa y dolorosa a su esposo José. Los dos "iban anualmente a Jerusalén a la fiesta de la Pascua" (Lc 2,41). Ambos quedaron "admirados" al reencontrar al niño discutiendo en el templo con los doctores (cfr. Lc 2,48). Y, sobre todo, ambos sufrieron profundamente aquella ausencia, que, en labios de María, defó descrita así: "Tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando" (Lc 2,48). Era el dolor vivido conjuntamente por la ausencia del hijo que era toda su razón de ser.
En este contexto de viviencia armónica por parte de ambos esposos, la actitud contemplativa de María se enraíza en el camino de la fe, doloroso y oscuro para ambos: "No entendieron sus palabras" (Lc 2,50).
La contemplación de María en lo más profundo de su corazón abarca, pues, todas estas circunstancias: "Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas contemplándolas en su corazón" (Lc 2,51). Por esto, la actitud redentora de Jesús se concretrá en obediencia a sus padres, que habían corrido su misma suerte: "Bajó con ellos y vino a Nazaret, y les estaba sujeto" (ibídem).
Los dos momentos clave, en Belén y en el templo, vividos intensamente por el corazón de María, están enmarcados en un conjunto de detalles evangélicos, que forman parte de la contemplación de María, como "confrontando" lo que veía, lo que oía y lo que había visto y oído anteriormente. Es posible intuir el eco o resonancia de estos mismos acontecimientos y palabras, en el corazón contemplativo de María, "desposada" con José (Mt 1,18; Lc 2,5).
A Maria y a José, el ángel había eplicado el significado salvífico de la concepción de Cristo "por obra del Espíritu Santo" (Mt 1,18.30; Lc 1,35). El intercambio familiar de de sus experiencias sería normal en toda la convivencia posterior de largos años, hasta que Jesús inició su vida pública y dejó Nazaret: "Tenía Jesús, al comenzar (la predicación), unos treinta años, y era, según se creía, hijo de José" (Lc 3,23).
El nombre de Jesús ("Salvador") fue el nombre indicado por el ángel a ambos esposos (cfr. Lc 1,31; Mt 1,21), aunque fue José, como padre legal, quien impondría el nombre al recién nacido. El nombre de Jesús, impartido por José al niño Jesús, según las indicaciones del ángel, y la pronunciación afectuosa de este mismo nombre, unió a los esposos en una misma suerte (cfr. Mt 1,25).
Por parte de José, el hecho de "recibir a María como esposa" (Mt 1,20.24), se encuadra en el contexto de su actitud de "varón justo" (Mt 1,19), "hijo de David" (Mt 1,20), en quien se hace patente el cumplimiento de las promesas mesiánicas, porque Jesús nace de María su esposa. La lista genegalógica de Jesús termina así: "Jacob engendró a José, el esposo de María, de la que nació Jesús, llamado Cristo" (Mt 1,16).
La actitud comprometida de José es parecida a la la actitud contemplativa y fiel de María. El "sí" de la Santísima Virgen se encuadra en el contexto de la aceptación por parte de José: "Despertado José del sueño, hizo como el Angel del Señor le había mandado, y tomó consigo a su mujer" (Mt 1,24). Recibió a María como esposa virginal, tal como era en los designios de Dios (cfr. Mt 1,25).
Cuando nosotros leemos o escuchamos estos datos evangélicos, que encontraron eco contemplativo y comprometido en el corazón de María, podemos entrever el contenido salvífico de otros datos que ahora a Iglesia debe meditar en su corazón como María.
A Jesús, cuando "tenía treinta años", se le llama "hijo de José" (Lc 3,23; 4,23; cfr. Jn 1,45) y también "hijo de María" (Mc 6,3). Las dos afirmaciones se formulan también juntas: "Hijo del carpintero, su madre se llama María" (Mt 14,55). Y cuando Jesús se presentó como "pan de vida" en la sinagoga de Cafarnaum, la gente decía de él que era "hijo de José" y "conocemos a su Madre" (Jn 6,42).
La contemplación de María y de la Iglesia es camino de fe oscura, dolorosa y humilde, porque se trata de compartir la misma suerte de Jesús, rechazado y crucificado, para que, una vez resucitado, pudiera mostrar "su gloria de unigénito del Padre" (Jn 1,14) y atraer a todos hacia él (cfr. Jn 12,32). Para llegar a este objetivo, la "espada" de la Palabra tenía que penetrar el corazón de María, "consorte" de José. "¡Oh Madre del Señor, en tu corazón ha penetrado la espada que Simeón te habia profetizado" (S. Máximo Confesor, Vida de María, VII, n.78: CSCO 478-479; "O Madre del Signore, nel tuo cuore è penetrata la spada che Simeone ti aveva predetto").

8. JUAN BAUTISTA EN EL CORAZÓN DE MARÍA
Hay dos expresiones evangélicas, entre otras, que hacen patente una relación entre el Corazón de María y la persona de Juan Bautista. En efecto, el niño Juan "exultó de gozo" en el seno de su madre Isabel (Lc 1,41.44) cuando María "saludó" a su prima (Lc 1,40). El saludo de María se conviritó también en expresión del "gozo" mesiánico: "Mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador" (Lc 1,47).
La actitud interior de María, simbolizad por su "corazón" o "espíritu", consistía en una disponibilidad o respuesta inmediata a una inspiración divina: "Se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá" (Lc 1,39). Fue una actitud parecida a la de los pastores, que "vinieron con prisa" a Belén, como quien no hace esperar ni pone obstáculos a la voluntad de Dios (cfr. Lc 2,16).
La fidelidad de María al mensaje de ángel, así como su apertura a la acción del Espíritu Santo (cfr. Lc 1,35-38), está en sintonía con la actitud de Isabel que llevaba al niño Juan en su seno: "Isabel fue llena del Espíritu Santo" (Lc 1,41). El gozo del niño en el seno de su madre forma parte de las expresiones de ésta respecto a María: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!" (Lc 1,42-45).
María fue "una ciudad de Judá" (Ain Karim), para servir humildemente en aquel ambiente familiar. El "Magníficat" es "el éxtasis de su corazón" (RMa 36). Es la expresión de "la esclava del Señor" (Lc 1,38), que reconoce su "nada" y, al mismo tiempo, canta las "maravillas" que Dios ha hecho en ella domo demostración de su "misericordia" para con todos (cfr. Lc 1,48-50). La alabanza mariana, dirigida a Dios, incluye también las promesas de salvción que se cumplirán poro medio de la actuación ministerial del Prevursor. De este modo, Dios "acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia, como había anunciado a nuestros padres   en favor de Abraham y de su linaje por los siglos" (Lc 1,54-55).
Tres meses de convivencia con Isabel, desde "el sexto mes" del embarazo de ésta (Lc 1,6), hasta el nacimiento del niño Juan, fueron suficientes para compartir los sentimientos maternos de su prima que vivía pendiente del hijo que llevaba en su seno. El "salto de gozo" del niño repercutió en el Corazón de María y en todos sus sentimientos de ternura materna con que ella acompañaba a su hijo Jesús todavía en su seno. En su corazón materno quedaron para siempre las huellas de unas vivencias que compartió con Isabel.
"Juan" sería llamado con este nombre, según el mensaje del ángel, porque era un inesperado "don de Dios" (cfr. Lc 1,13.63). En su nacimiento, su padre, Zacarías, resumió con un cántico (el "Benedictus") ideas y vivencias parecidas a las del "Magníficat". Se trataba también de una acción salvífica y misericordiosa de Dios, para "visitar" y "redimir" a su pueblo (Lc 1,68). El nombre de "Jesús" (Salvador) recordaba la fuente originaria de esta presencia salvífica: era el "Emmanuel, Dios con nosotros" (Lc 1,32; Mt 1,23-4). En el Corazón de María (y por medio de sus labios) resonaron los dos nombres, el de Jesús y el de Juan su precursor, como nombres que ya serían inseparables, también para ella.
El "gozo" por el nacimiento de Juan (Lc 1,14) era fruto del corazón o de "las entrañas de misericordia de Dios" (Lc 1,78), según las promesas mesiánicas (cfr. Lc 1,70). Era el preanuncio del "grande gozo" del nacimiento de Cristo "Salvador" (Lc 2,10). María, portadora de Jesús en su seno, sintió que su vida quedaba también entrelazada con la vida del Precursor, como parte integrante de las preocupaciones de su corazón materno, especialnete cuando oyó recitar a Zacarías: "Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación por el perdón de sus pecados" (Lc 1,76-77). María le acompañó siempre como nombre inseparable del nombre y de la persona de Jesús.
La vida de Juan Bautista, tal como se describe en el evangelio, discurrió por unas circunstancias que parecen ser un paralelo de la vida de María. El "gozo" de Juan, ya expresado ante el saludo y la presencia de María (cfr, Lc. 1,41.44), será después un "gozo pleno" por el hecho de anunciar a Cristo (Jn 3,29). Es sun gozo similar al que María cantó en el "Magníficat" (cfr. Lc 1,47) por la venida de Cristo al mundo.
Juan era sólo "la voz" (Jn 1,23) que anunciaba la "presencia" de Cristo (Jn 1,26), también como "Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1,29.36). María, en Caná, es también la voz que invita a una relación comprometida con el Señor: "Haced lo que él os diga" (Jn 2,5).
La experiencia de Juan, por "ver el Espíritu descender sobre Jesús" (Jn 1,32), le recordaba a María la acción del mismo Espíritu Santo en la Encarnación del Verbo (cfr. Lc 1,35; Mt 1,18). El bautismo de Jesús en el Jordán recordaba a todos que él había venido a "bautizar en el Espíritu Santo" (Jn 1,35). Juan ya había experiementado esta acción "espiritual" desde el seno de su madre (cfr. Lc 1,15.41). Juan señaló a Jesús como "Hijo de Dios" (Jn 1,34), con las mismas palabras que María había oído del ángel (cfr. Lc 1,35).
Juan, como "amigo del Esposo" (Jn 3,29), iba desapareciendo para dejar paso a Jesús (cfr. Jn 3,30). María era "la mujer" (Jn 2,4; 19,26), que con sus actitudes de fe y de asociación esponsal a Cristo (la "nueva Eva" asociada al "nuevo Adán"), se convertía sólo en transparencia de quien era "la luz" que "ilumina a los que viven en tinieblas" (Lc 1,79). La "espada" anunciada por Simeón, indica esta asociación esponsal a Cristo, para dejarle traslucir como "luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel" (Lc 2,32).
Juan era "más que profeta" (Mt 11,9), como "ángel" o "enviado" para preparar los caminos del Mesías (Mt 11,10). Era "el mayor de todos los nacidos de mujer" (Mt 11,11). María, Madre de Jesús, era más bienaventurada por haberlo llevado en su corazón, que por haberlo llevado en su seno, aunque, en ella, estas dos realidades eran una sola: "Dichosos más bien los que oyen la Palabra de Dios y la guardan" (Lc 11,28). Ella "Virgo erat non solum corpore, sed etiam mente" (S. Ambrosio, De Virginibus, II, 7: PL 16, 208). "Ella era vergine non solo nel corpo ma anche di mente".
A Juan lo mataron por haber anunciado a Cristo y por llamar a "conversión", como apertura a él y a su mensaje salvador. A Cristo le rechazarían por ser, aparentemente, sólo un ciudadano sin importancia, "hijo de María" (Mc 6,3; cfr. Jn 6,42; cfr. Lc 4,28ss). Herodes llegó a pensar que Jesús era Juan Bautista resucitado. Pero los que han anunciado a Jesús, con el riesgo de correr su misma suerte, siguen hablando después de muertos. En el Corazón de María, Juan Bautista tuvo siempre un lugar de predilección. El "estar de pie junto a la cruz" (Jn 19,25) le hizo comprender a María, que todo discípulo de Jesús estaba destinado a correr su misma suerte, la de Jesús y la de María: "Mujer, ahí tienes a tu hijo" (Jn 19,26).

9. LOS PASTORES DE BELÉN EN EL CORAZÓN DE MARÍA
La descripción que hace San Lucas sobre el nacimiento de Jesús en Belén, indica una actitud materna y virginal de María. Sólo una madre virgen (en su cuerpo y en su corazón) podía realizar este gesto como una actitud relacional de donación total al hijo: "Dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en la posada" (Lc 2,7).
Es una actitud relacional de un "corazón" materno, que ha recibido la "Palabra" hasta lo más hondo de su amor: "Sus ojos se vuelven también sobre el rostro del Hijo" (RVM 10). Es la misma actitud con que acogerá el mensaje de los ángeles transmitido por medio de los pastores: "María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón" (Lc 2,19).
Los pastores habían recibido como "señal" de que el recién nacido era el "Salvador", las mismas indicaciones que reflejan la actitud materna de María al deponer al niño en el pesebre: "Encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre" (Lc 2,12; cfr. Lc 2,7). Estas palabras del mensaje de los ángeles a los pastores, que resumen también eel gesto materno de María, le hicieron recordar a ella la paz mesiánica anunciada por los profetas: "Porque una criatura nos ha nacido, un hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y se llamará su nombre... « Príncipe de Paz ». Grande es su señorío y la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino, para restaurarlo y consolidarlo por la equidad y la justicia" (Is 9,5-6).
María relacionaba el canto de los ángeles ("gloria a Dios en el cielo y paz en la tierra"...), así como el mensaje sobre el niño, con lo que veía y lo que recordaba de las santas Escrituras. San Jerónimo, comentando Lc 2,19, relaciona la meditación de María con el texto de Isaías 7,14 ("la virgen concebirá y dará a luz") y afirma: "Conferebat quae audierat, quaeque legebat (las profecías) cum his quae videbat" (el niño recién nacido) (San Jerónimo, Homilia de Nativitate Domini: CCL 78, 527). ("Ciò che Gabriele aveva detto, era stato già predetto da Isaia: «Ecco la vergine concepirà e parturirà» (Os 7,14). Se questo l'aveva detto, quell'altro l'aveva sentito. Vedeva il bambino giuacente... colui che giaceva era il Figlio di Dio... Lo vedeva giacere e lei meditava le cose che aveva udito, quelle che aveva letto e quelle che vedeva")
El "temor" de los pastores ante el "ángel" y ante la "gloria del Señor" (Lc 2,9), es parecido al "estupor" de María en la Anunciación (Lc 1,29-30). La diferencia está en la actitud contemplativa de María, que transforma el "estupor" en respeto y aceptación del misterio en el fondo de su corazón. El ángel ayudó a María y a los pastores, a transformar el "estupor" en "gozo" (cfr. Lc 1,28: saludo de "gozo"; 2,10: "grande gozo"). Es el gozo mesiánico en bien de "todo el pueblo" y especialmente de los más pobres (Lc 2,10).
El ángel señala a Jesús como "Salvador" y "Cristo Señor", por el hecho de nacer "en Belén, la ciudad de David" (Lc 2,11). María relacionaba este mensaje con el que ella había recibido en la Anunciación: "El Señor le dará el trono de David su padre" (Lc 1,32-33; cfr. Is 9,5-6).
Lo que los pastores transmitieron a María y a José es precisamente este mensaje mesiánico que ellos cumplierton con premura: "los pastores se decían unos a otros: «Vayamos, pues, hasta Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado»" (Lc 2,15). Sus "prisas" se convierten en encuentro: "Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al niño acostado en el pesebre" (Lc 2,16). Parte integrante del mensaje, que los pastores "dieron a conocer" también a todos (Lc 2,17) es el canto de los ángeles, que formó parte de la meditación de María en su corazón: "Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los hombres que ama el Señor (de buena voluntad)" (Lc 2,13).
El ver o mirar de los pastores se convierte en certeza de que las palabras del mensaje angélico se hacía realidad, y los transforma en los primeros anunciadores de Jesús: "Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores les decían" (Lc 2,17-18). La Palabra de Dios se cumple cuando el corazón humano la recibe tal como es. Así lo hicieron los pastores, quienes, por ello mismo, entraron a formar parte de la actitud materna y contemplativa del Corazón de María: "María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón" (Lc 2,19).
Los pastores, a quienes el mensaje evangélico había sorprendido "vigilando su rebaño" (Lc 2,8), ahora, al ver cumplido el anuncio, pasan a una puesta en práctica, que consiste en la gratitud y la alabanza: "Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les había dicho" (Lc 2,20). Es la actitud mariana del "Magníficat", fruto de haber meditado la Palabra de Dios sin poner trabas en el corazón.
Los "pobres de espíritu", como los pastores, son los únicos que saben captar el misterio de Cristo, con la actitud de las "bienaventuranzas" que se refleja en el "Magníficat" de María, fruto de haber visto a Dios escondido en los signos pobres de todo ser humano, especialmente los más débiles. Ver a Cristo escondido y manifestado bajo signos pobres, sólo es posible con la actitud humilde y generosa de un corazón parecido al Corazón de María, que no antepone nada ni nadie a la Palabra del Señor.
La Iglesia de las "bienaventuranzas" y del "Magníficat" está llamado a prolongar en el tiempo la actitud de los pastores y, especialmente, la actitud contemplativa y fecunda de María: "La Iglesia es la cuna en la que María coloca a Jesús y lo entrega a la adoración y contemplación de todos los pueblos" (Bula Incarnationis Mysterium, 11).

10. LOS MAGOS DE ORIENTE EN EL CORAZÓN DE MARÍA
El evangelio según San Mateo nos describe el encuentro de los Magos venidos de Oriente, con Jesús niño, anotando que este "encuentro" fue "con María su Madre" (Mt 2,11). La actitud interior de María, al recibir a los pastores, puede servir de punto de referencia para comprender esa misma actitud en el venida de los Magos: "Guardaba todas estas cosas, y las meditaba en su corazón" (Lc 2,19).
En ambos casos (el de los pastores y el de los Magos) el encuentro con Cristo se describe con una realidad viva y rica, que hay que profundizar con una actitud contemplativa como fue la de María. Los Magos, como los pastores, encuentran a Cristo siguiendo una inspiración superior: "Hemos visto su estrella en el Oriente y hemos venido a adorarle" (Mt 2,2). Pero hacen también referencia a una promesa implícita sobre el Mesías: "¿Dónde está el Rey de los judíos que ha nacido?" (ibídem).
Una respuesta a esa pregunta sobre el Mesías queda descrita en la explicación escriturística dada por los rabinos de Jersualem: "En Belén de Judea, porque así está escrito por medio del profeta: Y tú, Belén, tierra de Judá, no eres, no, la menor entre los principales clanes de Judá, porque de ti saldrá un caudillo que apacentará a mi pueblo Israel" (Mt 2,5-6; cfr. Miq 5,1).
Así como María relacionó en su corazón el acontecimiento de los pastores, con el mensaje que ellos traían de parte del ángel y con las profecías que ella había leído o escuchado (cfr. Lc 2,19; cfr.Is 7,14; 9,5-6), de modo semejante, en encuentro de los Magos con Jesús niño y "con María su Madre", suscitó en ella la "contemplación", como actitud interior de confrontar un hecho concreto con un mensaje y unas profecías. Los pastores y los Magos fueron a "Belén, la ciudad de David" (Lc 2,11; Mt 2,5-6); María relacionaba esta realidad con lo que ella había escuchado en la Anunciación: "El Señor le dará el trono de David su padre" (Lc 1,32).
La "grande alegría" de los Magos al redescubrir la estrella que les conducía al encuentro con Cristo (Mt 2,10), es parecida a la "grande alegría" anunciada por los ángeles a los pastores (Lc 2,10), así como al "gozo" del niño Juan (en el seno de Isabel) como fruto del al saludo de María (cfr. Lc 1,41.44). Ella ya cantó ese gozo mesiánico en el "Magníficat", que brotó de su corazón contemplativo.
La capacidad contemplativa de María, expresada en el "Magníficat", es también fruto de haber meditado el salterio y algunos himnos del Antiguo Testamento. Ante la llegada de los Magos, ella podía muy bien "relacionar" este encuentro con lo que ellos decían y, especialmente, con las promesas mesiánicas: "Que los reyes de Tarsis y de las islas le paguen tributos que los reyes de Saba y de Arabia le ofrezcan sus dones, que se postren ante él todos los reyes, y que todos los pueblos le sirvan" (Sal 71,10-11).
La narración del evangelio según San Mateo puede reflejar y resumir esta contemplación mariana. La redacción del texto parece un parelelo de Isaías, sobre una Jerusalem llena de luz y madre de todos los pueblos: "Levántate, resplandece, que ha llegado tu luz... Caminarán las naciones a tu luz... Tus hijos vienen de lejos"... (Is 60,1-6). María presenta a Cristo que es "luz para iluminar a los gentiles" (Lc 2,32).
En cada época, esta narración evangélica recobra una actualidad especial. Los pueblos siguen encontrando a Cristo, a la luz de una Iglesia que se hce "madre" como María, en la medida en que sea "signo" o transparencia de Cristo. El cruce actual de religiones y culturas se concretiza en un encuentro con la Iglesia, cuya misión materna consiste en ser transparencia e instrumento de Cristo, "como signo levantado en medio de las naciones, para que, bajo de él, se congreguen en la unidad los hijos de Dios que están dispersos, hasta que haya un solo rebaño y un solo pastor" (SC 2; cfr. Is 11,12).
El caminar histórico de la humanidad deja entrever que "el Verbo Encarnado es, pues, el cumplimiento del anhelo presente en todas las religiones de la humanidad: este cumplimiento es obra de Dios y va más allá de toda expectativa humana. Es misterio de gracia" (TMa 6). La Iglesia llegará a ser el "signo" o transparencia de esta realidad salvífica, en la medida en que sea contemplativa como María. Si María es "Madre por medio de la Iglesia" (RMa 24, LG 65), "la Iglesia aprende de ella su propia maternidad" (RMa 43).
La escena de los Magos y de los pastores es como un aldabonazo permanente en el corazón de la Iglesia, llamada a ser eco del Corazón de María. Hoy los diversos pueblos y culturas, ya en contacto con comunidades eclesiales, dice: "Hemos visto su estrella" (Mt 2,2); "queremos ver a Jesús" (Jn 12,21). El encuentro se realizará en la medida en que aprenda la actitud materna, contemplativa y comprometida, de María.

11. LOS DISCIPULOS DE JESUS EN EL CORAZON DE MARIA
Leyendo los textos evangélicos, a la luz de la armonía de la fe y de la revelación, se percibe una relación muy profunda entre María y los discípulos de Jesús. El evangelio de San Juan describe precisamente los inicios del seguimiento evangélico de los discípulos con "la Madre de Jesus". María ya estaba en Caná, invitada para las bodas, antes de que fueran invitados los discípulos del Señor: "Tres días después se celebraba una boda en Caná de Galilea y estaba allí la Madre de Jesús. Fue invitado también a la boda Jesús con sus discípulos" (Jn 2,1-2). El "tercer día" tiene ya la resonancia de "la hora" cuando sería glorificado Jesús. La Iglesia vive ahora "el tercer día", es decir, actualiza la resurrección del Señor como invitación a las bodas, también con María, "la mujer", figura de la Iglesia esposa (cfr. Jn 2,4).
El episodio de Caná termina describiendo la fe de los discípulos: "Creyeron en él sus discípulos" (Jn 2,11). La actitud de fe oscura de María, relacionada con el milagro, tuvo su influencia en la actitud de fe de los primeros seguidores de Jesús. El seguimiento apostólico, ya en sus inicios, se describe en relación con "la Madre de Jesús": "Después bajó a Cafarnaúm con su madre y sus hermanos (parientes) y sus discípulos" (Jn 2,12).
Objetivamente, aunque no necesariamente a nivel de ser consciente, en esa actitud apostólica de fe y de seguimiento influyó aquella que estaba asociada a "la hora" de Cristo como "la mujer", es decir, "la Nueva Eva" (como dice San Ireneo), figura de la comunidad eclesial como esposa de Cristo (cfr. Jn 2,4). La actitud que manifiesta María recuerda su contemplación comprometida de cumplir siempre las palabras del Señor: "Haced lo que él os diga" (Jn 2,5; cfr. Lc 1,38; Ex 19,8; 24,7).

Si ella estaba habituada a contemplar en el corazón las palabras del Señor para ponerlas en práctica (cfr. Lc 2,19.51), nadie mejor que ella estaba preparada para entender el significado profundo de la enseñanza de Jesús sobre la comunidad de los creyentes. Ella era "la bieanventurada" por haber llevado en su seno y amamantado con su leche al Hijo de Dios; pero era "más bieanventurada" por haberlo recibido hasta el fondo de su corazón (cfr. Lc 11,27-28). Ella, como "siempre Virgen", perteneció siempre y totalmente al misterio de Cristo Esposo. "La verginità e la fede pronta attirano Cristo nell'intimo del cuore; e così la madre lo custodisce nel nascondimento delle sue membra intatte" (Prudenzio, Apotheosis 581: PL 59,978; "virginitas et prompta fides Christum bibit alvo cordis, et intacta condit paritura latebris").
El mismo evangelista San Lucas, que decribe la fe de María (cfr. Lc 1,45) y su actitud contemplativa (cfr. Lc 2,19.51), es quien transmite el significado profundo de esta fe y de esta contemplación, que es modelo de la fe contemplativa y comprometida de la comunidad eclesial, como nueva familia establecida por Jesús (cfr. Lc 11,27-28; cfr. 8,21).
En este mismo contexto cabe interpretar la afirmación de Jesús: "Todo el que cumpla la voluntad de mi Padre celestial, ése es mi hermano, mi hermana y mi madre" (Mt 12,50). En el texto paraleto, Lucas matiza que se trata de la misma actitud contemplativa de María: "Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la Palabra de Dios y la cumplen" (Lc 8,21; cfr. Lc 11,27-28).
Por esta actitud contemplativa, nadie mejor que María podía comprender el sentido relacional de muchas expresiones de Jesús. Nosotros prestarmos más bien atención principal a unas ideas; la persona que vive con fe contemplativa fija su atención más bien en el aspecto relacional y afectivo: "Mi Madre y mis hermanos" (Lc 8,21); "mi Iglesia" como comunidad-familia (Mt 16,18), "mis ovejas" (Jn 10,14ss); "los que tú me has dado" (Jn 17,6ss); "a me lo hicisteis" (Mt 25,40).
María más que nadie, guiada por el Espíritu Santo, especialmente después de Pentecostés, podía captar con el corazón lo que significaba para Jesús el grupo de sus discípulos, "los suyos", a quienes "amó hasta el extremo" (Jn 13,1). El evangelio encontraba siempre eco en su corazón materno: "Todo lo cual lo consideraba en su corazón la Santa Madre del Señor de todo el universo y verdadera Madre de Dios, como está escrito, y añadiendo aquellos hechos maravillosos que de El (de Jesús) se contaban, multiplicó la alegría de su corazón" (Basilio de Seleucia, In Annuntiationem, 39: PG 85,447-448) "Tutte queste cose la santa Madre del Signore di tutti e vera Madre di Dio conservando nel cuore - come sta scritto - con l'aggiunta degli straodinari eventi che erano avvenuti attorno a lui, multiplicava l'esultanza del cuore" (Omelia sulla Madre di Dio).
Contemplando en su corazón estos gestos y palabras de Jesús, intuía que ella misma formaba parte de una familia que iba más allá de los estrechos muros del hogar de Nazaret e incluso más allá del grupo familiar de "sus parientes" (Jn 2,12).
La "mirada" de Jesús a su Madre, "de pie junto a la cruz" Jn 19,25-26), se prolonga hacia el "discípulo amado" en representación de los demás. María, "la mujer" asociada a "la hora" de Jesús, para correr su misma suerto o "espada" (Lc 2,35), abría su maternidad hacia su único Hijo y aprolongado y presente en cada uno de sus seguidores: "Mujer, ahí tienes a tu hijo" (Jn 19,26).
Ella estaba unida a Cristo inmolado "con corazón maternal" (LG 58). Su actitud materna, por ser virginal, fue siempre de oblación total: "Se condolió vehementemente con su Unigénito y se asoció con corazón maternal a su sacrificio, consintiendo con amor en la inmolación de la víctima engendrada por Ella misma" (LG 58).
Los discípulos, representados por San Juan y las piadosas mujeres, aprendieron de ella a estar también "de pie junto a la cruz" (Jn 19,26), viviendo en comunión de vida con ella, es decir, recibiéndola como Madre "en el propio hogar" o casa familiar (cfr. Jn 19,27). Recibirla como Madre y como modelo de maternidad, equivale a aprender de ella la actitud contemplativa, asociativa y oblativa.
El Espíritu Santo, enviado por Jesús, haría que la Santísima Virgen pudiera relacionar el encargo del Señor ("ahí tienes a tu hijo") con sus palabras de despedida orando al Padre en la última cena: "He sido glorificado en ellos" (ellos son mi expresión-gloria) (Jn 17,10), "tú les amas como a mí" (Jn 17,23), "yo estoy en ellos" (Jn 17,26).
La invitación que hace San Juan, de "mirar al que traspasaron" (Jn 19,37), equivale a la actitud mariana de fe contemplativa, hecha oblación al pie de la cruz, unida a los sentimientos del corazón del Señor. El "costado abierto", del quebrota "sangre y agua", es como el resumen de toda la redención y de todo el evangelio, concretado también en las últimas palabras de Jesús, que encontraron eco contemplativo en el corazón de su Madre. Todo sucedió para que la comunidad creyera con la fe contemplativa de María y de Juan el "discípulo amado": "El que lo vio lo atestigua y su testimonio es válido, y él sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis" (Jn 19,35).
La presencia de María, "la Madre de Jesús", en el Cenáculo (Hech 1,14), con ciento veinte discípulos, incluidas algunas mujeres que seguían al Señor (Hech 1,15), es un signo de cómo los discípulos estaban en el Corazón de María su Madre. "Todos ellos fueron llenos del Espíritu Santo" (Hech 2,4), para asimilar el mensaje evangélico en el corazón, hacerlo vida propia y transmitirlo a los demás.
Recibir a Jesús y transmitirlo a los demás, siempre bajo la acción del Espíritu Santo, es el resumen de la realidad materna de la Iglesia, que se inspira en la actitud contemplativa y materna de María. "Fue en Pentecostés cuando empezaron los hechos de los Apóstoles, como había sido concebido Cristo al venir al Espíritu Santo sobre la Virgen María, y Cristo había sido impulsado a la obra de su ministerio, bajando el mismo Espíritu Santo sobre El mientras oraba" (AG 4). María es el "icono" en que se inspira la Iglesia de todos los tiempos.
En el Corazón de María encontraron y siguen encontrando eco especial las palabras de Jesús, que repiten los Apóstoles y sus sucesores en la celebración eucarística: "Este es mi cuerpo... ésta es mi sangre... haced esto en conmemoración mía" (Lc 22,19-20). Mientras la Iglesia cumple este encargo eucarístico, María sigue diciendo: "Haced lo que él os diga" (Jn 2,5).
Los "hermanos" del Señor aprendieron a vivir "en comunión de vida" con María. Ella lleva en su corazón la expresión que había dicho Jesús refiriéndose a su comunidad eclesial ("mis hemanos": Lc 8,21), y la relacionaba continuamente con el encargo recibido en la cruz ("tu hijo": Jn 19,26). Ella acompañó a todos y a cada uno (no sólo a Juan), llevándolos en su corazón, especialmente a los que gastaron vida por el Señor y a los que, como Santiago, dieron la vida por él (cfr. Hech 12,2). El santuario mariano del Pilar es una expresión de esta realidad salvífica.
El Corazón de María es modelo de seguimiento evangélico. En el Prefacio de la Misa sobre "María Madre y Maestra de vida espiritual", la Iglesia ora al Señor con estas palabras: "María es modelo de vida evangélica; de ella nosotros aprendemos, con su inspiración nos enseña a amarte sobre todas las cosas, con su actitud nos invita a contemplar tu Palabra, y con su
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