Literatura Argentina puca poesía romántica en la Argentina sxix






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Carlos Guido y Spano

(1827-1918)


“Nenia”

Canción Fúnebre

En idioma guaraní,

una joven paraguaya

tiernas endechas ensaya

cantando en el arpa así,

en idioma guaraní:
¡Llora, llora urutaú

en las ramas del yatay,

ya no existe el Paraguay

donde nací como tú!

¡Llora, llora urutaú!
¡En el dulce Lambaré

feliz era en mi cabaña;

vino la guerra y su saña

no ha dejado nada en pie

en el dulce Lambaré!
¡Padre, madre, hermanos! ¡Ay!

Todo en el mundo he perdido;

en mi corazón partido

sólo amargas penas hay!

¡Padre, madre, hermanos! ¡Ay!
De un verde ubirapitá

mi novio que combatió

como un héroe en el Timbó,

al pie sepultado está

¡de un verde ubirapitá!
Rasgado el blanco tipoy

tengo en señal de mi duelo,

y en aquel sagrado suelo

de rodillas siempre estoy,

rasgado en blanco tipoy.
Lo mataron los cambá

no pudiéndolo rendir;

él fue el último en salir

de Curuzú y Humaitá!

¡Lo mataron los cambá!
¡Por qué, cielos, no morí

cuando me estrechó triunfante

entre sus brazos mi amante

después de Curupaití!

¡Por qué, cielos, no morí!...
¡Llora, llora, urutaú

en las ramas del yatay;

ya no existe el Paraguay

donde nací como tú!

¡Llora, llora, urutaú!


“Amira

¿Conocéis a la rubia y tierna Amira?

¡Qué belleza, qué flor, qué luz, qué fuego!

Su andar se ajusta al ritmo de la lira,

Hay en su voz la suavidad de un ruego.
El flamenco nadando en la laguna

Entre el verde juncal, no es más gallardo:

Espira un vago resplandor de luna,

Tiene la fresca palidez del nardo.
Hace soñar; la mente se colora

De su candor al virginal destello;

Se sueña con las rosas, con la aurora,

Con las hebras de luz de su cabello.
Parece que un espíritu celeste

Siguiéndola invisible la perfuma,

Y que su blanca y ondulante veste

Por el aire agitada hiciese espuma.
Ayer la vi pasar en lontananza,

E imaginó mi alma entristecida,

Era el ángel de la última esperanza

Que buscaba, el sepulcro de mi vida.


“Soledad

¡Oh soledad! ¡Oh murmurante río,

A cuya margen espontáneos crecen

Los árboles frondosos, que el otoño

Despoja ya de su hojarasca verde!
Huésped errante de la selva oscura

Di en estas limpias aguas. ¡Cuántas veces

Me vio la tarde, absorto en mis recuerdos,

Contemplando su plácida corriente!
La gran naturaleza, de mis penas

Oyó el lamento que hacia Dios asciende:

En su templo inmortal a quien la invoca

Seguro asilo y bálsamos ofrece.
Al dejar sin retorno estos lugares

Tan dulces a mi afán, llevo indeleble

Una impresión de gracia, de frescura,

Y hasta el sahumerio del paisaje agreste.
Como esas aves de amoroso instinto

Que en busca de calor el aire hienden,

Así mis pensamientos al amparo

De los afectos íntimos se vuelven.
¿Pero en cuál mejor sitio hallar la calma,

Y este silencio arrobador, solemne,

Que al fatigado espíritu conforta

Mientras las horas se deslizan breves?
Es aquí donde exhausto peregrino

Quisiera alzar mi solitario albergue,

¡Y arrullado del aura y de las ondas

Vivir lejos del mundo, para siempre!

“Hojas Al Viento

¡Allá van! son hojas sueltas

De un árbol escaso en fruto;

Humildísimo tributo

Que da al mundo un corazón.
Allá van, secas, revueltas

En confuso torbellino,

Sin aroma, sin destino,

A merced del aquilón.
Esas hojas los ensueños

De la vida simbolizan,

Cuando puros divinizan,

La ventura o el afán;
Son emblemas de risueños

Devaneos que en su aurora

La ilusión virgen colora,

¡Y que nunca ¡ay! volverán!
¡Hojas mustias y sombrías!

ya las ramas que adornaron,

Tristemente se doblaron;

El pampero sopló allí.
Las agrestes armonías

Que otro tiempo al aire dieron,

De la tarde se perdieron

En la bruma carmesí.
Allá van, sí, desprendidas

Por las ráfagas de otoño.

Sin que dejen ni un retoño

En su tránsito fugaz;
¡Pobres hojas esparcidas,

Por el viento arrebatadas,

de las vegas encantadas

A que dieron sombra y paz!

“Musgo”

Torné a ver la vieja ermita,

se halla todo en su lugar:

la lámpara moribunda,

la flor mustia en el altar.
Doquier quedan las señales

de la dulce, antigua fe:

allí está la Dolorosa,

allí el Cristo que adoré.
¡Cuántas veces, siendo niño,

el santuario a media luz,

me llevó mi tierna madre

a besar juntos la cruz!
¡Tiempos idos! Pero aún guardo

su memoria, y la impresión

de recuerdos inocentes

me penetra el corazón.
Hoy después de largo viaje,

tras de recia tempestad,

en el sagrado recinto

calma busco y soledad...
¿Quién me llama? ¡Oh voz sentida

que hace el pecho conmover

con rumores de plegaria,

con ternuras de mujer!
«Ven, me dice, al infortunio

da un himno. Lo pide así

la caridad, luz del cielo...»

El laúd a pulsar fui.
¡Ay, el rítmico instrumento

para siempre enmudeció!

Al querer forzar las cuerdas

en mis manos se rompió.
Pues haré de blancas rosas,

pensara, el don fraternal.

Cayó la helada en mi huerto,

agostado hallé el rosal.
De un melancólico sauce

colgué entonces el laúd;

y volví a la vieja ermita

y lloré mi juventud.


“Trova”

He nacido en Buenos Aires

¡Qué me importan los desaires

Con que me trate la suerte!

Argentino hasta la muerte

He nacido en Buenos Aires.
¡Tierra no hay como la mía;

Ni Dios otra inventaría

Que más bella y noble fuera!

¡Viva el sol de mi bandera!

Tierra no hay como la mía.
Hasta el aire aquí es sabroso;

Nace el hombre alegre, brioso:

Y las mujeres son lindas

Como en el árbol las guindas:

Hasta el aire aquí es sabroso.
¡Oh Buenos Aires, mi cuna!

¡De mi noche' amparo y luna!

Aunque en placeres desbordes,

Oye estos dulces acordes.

¡Oh Buenos Aires, mi cuna!
Panal de amor encendido,

Borda el cielo tu vestido

De rosas y rayos de oro:

Eres del mundo tesoro,

Fanal de amor encendido.

¿Quién al verte no te admira

Y al dejarte no suspira

Por retornar a tus playas?

Deidad de las fiestas Mayas

¿Quién al verte no te admira?
De tus glorias que otros canten,

Y a las nubes te levanten

Entre palmas y trofeos.

Yo no asisto a esos torneos:

De tus glorias que otros canten.
Tu esplendor diré tan solo,

no del ya viejo Apolo

Con la lira acorde y fina,

En mí guitarra argentina

Tu esplendor diré tan solo.
Voluptuosa te perfumas

De junquillos y arirumas;

Cuando te adornas y encintas,

En las auras de tus quintas

Voluptuosa te perfumas.
Goza del Plata al arrullo

Llena de garbo y orgullo,

Criolla sin par, blasonante

De tu destino brillante.

Goza del Plata al arrullo.
Triunfa, baila, canta, ríe;

La fortuna te sonríe,

Eres libre, eres hermosa;

Entre sueños color rosa,

Triunfa, baila, canta, ríe.
¡Cuántos medran a tu sombra!

Tu campiña es verda alfombra,

Tus astros -vivos topacios;

Habitando tus palacios

¡Cuántos medran a tu sombra!
Bajo de un humilde techo

Vivo en tanto satisfecho

Bendiciendo tu hermosura,

Que bien cabe la ventura

Bajo de un humilde techo.
La riqueza no es la dicha;

Si perdí la última ficha

Al azar de la existencia,

Saqué en limpio esta sentencia:

La riqueza no es la dicha.
He nacido en Buenos Aires

¡Qué me importan los desaires

Con que me trate la suerte!

Argentino hasta la muerte

he nacido en Buenos Aires.


Rafael Obligado

(1851-1920)

“La flor del seíbo”

Tu "Flor de la caña",

¡Oh Plácido amigo!

No tuvo unos ojos

Más negros y lindos,
Que cierta morocha

Del suelo argentino

Llamada... Su nombre,

Jamás lo he sabido;
Mas tiene unos labios

De un rojo tan vivo,

Difúndese de ella

Tal fuego escondido,
Que aquí en la comarca,

La dan los vecinos

Por único nombre,

"La Flor de Seíbo."
Un día - una tarde

Serena de estío –

Pasó por la puerta

Del rancho que habito.
Vestía una falda

Ligera de lino;

Cubríale el seno,

Velando el corpiño,
Un chal tucumano

De mallas tejido;

Y el negro cabello,

Sin moños ni rizos,
Cayendo abundoso,

Brillaba ceñido

Con una guirnalda

De flor de seíbo.
Miréla, y sus ojos

Buscaron los míos...

Tal vez un secreto

Los dos nos dijimos.
Porque ella, turbada,

Quizá por descuido,

Su blanco pañuelo

Perdió en el camino.
Corrí a levantarlo,

Y al tiempo de asirlo,

El alma inundóme

Su olor a tomillo.
Al dárselo, "Gracias,

Mil gracias!" - me dijo,

Poniéndose roja

Cual flor de seíbo.
Ignoro si entonces

Pequé de atrevido,

Pero ello es lo cierto

Que juntos seguimos
La senda, cubierta

De sauces dormidos;

Y mientras sus ojos,

Modestos y esquivos,
Fijaba en sus breves

Zapatos pulidos,

Con moños de raso

Color de jacinto,
Mi amor de poeta

La dije al oído:

¡Mi amor, más hermoso

Que flor de seíbo!
La frente inclinada

Y el paso furtivo,

Guardó aquel silencio

Que vale un suspiro.
Mas, viendo en la arena

La sombra de un nido

Que al soplo temblaba

Del aire tranquilo,

"Allí se columpian

Dos aves", me dijo:

"Dos aves que se aman

Y juntas he visto
Bebiendo las gotas

De fresco rocío

Que absorbe en la noche

La flor del seíbo".
Oyendo embriagado

Su acento divino,

También, como ella,

Quedé pensativo.
Mas, como en un claro

Del bosque sombrío

Se alzara, ya cerca,

Su hogar campesino,
Detuvo sus pasos,

Y llena de hechizos,

En pago y en prenda

De nuestro cariño,
Hurtando a las sienes

Su adorno sencillo,

Me dio, sonrojada,

La flor del seíbo.


“Echevarría”
Era esa pampa

dilatada y sola,

sin otra vida que la vida aquella

que hace rodar la ola

y girar en los cielos una estrella;

Sin más palabra, que la voz vibrante

del buitre carnicero,

el alarido de la tribu errante,

y el soplo del pampero.
Faltaba el alma a la extensión vacía

a los vientos del llano,

un rumor cadencioso, una armonía

que sólo brota el corazón humano.
Su lumbre derramaba

El sol, siguiendo su fatal camino;

La luna, su destello soñoliento;

pero al cielo faltaba

un astro, el astro del amor divino,

y a la tierra el fulgor del pensamiento.
Sentir, pensar... Suprema, única vida;

para la sed del alma, ¡única fuente!

Sobre la tierra, que a vivir convida,

¿Bastarnos puede, acaso,

un astro que se eleva del oriente

y se oculta en silencio en el ocaso?
Nada dice al espíritu

la noche taciturna,

encorvando su bóveda sombría

como una inmensa urna

sobre la tierra desmayada y fría,

si en la sombra lejana

de sus antros sin nombre,

no destella la mente soberana

y no palpita el corazón del hombre.
El vuelo de las aves,

de la laguna el musical ruido,

las mil voces suaves

que el viento imprime al pajonal dormido

¡Ah! ¡Todo ese concierto

en vano resonaba,

porque allá, sin un eco, se apagaba

en los profundos senos del desierto!
II

Llegó por fin el memorable día

en que la Patria despertó a los sones

de mágica armonía;

en que todos sus himnos se juntaron

y súbito estallaron

en la lira inmortal de Echeverría.
Como surgiendo de silente abismo,

el mundo americano

alborozado se escuchó a sí mismo

el Plata oyó su trueno;

la Pampa, sus rumores;

y el vergel tucumano,

prestando oído a su agitado seno,

sobre el poeta derramó sus flores.

Desde la hierba humilde,

hasta el ombú de copa gigantea;

desde el ave rastrera que no alcanza

de los cielos la altura,

hasta el chajá que allí se balancea

y, a cada nube oscura,

a grito herido sus alertas lanza;

todo tiene un acento

en su estrofa divina,

pues no hay soplo, latido, movimiento,

que no traiga a sus versos el aliento

de la tierra argentina.
III

Una tarde sintió dentro del pecho

esa fuerza expansiva

que hace parezca el horizonte estrecho

de la ciudad nativa;

y tendido en el lomo rozagante

del potro pampeano,

campos y campos devoró anhelante

y allá en la sombra se perdió del llano.
La noche era tranquila;

en la faz del desierto

clavaban las estrellas la pupila,

con esa mezcla de ansiedad y pena

con que miramos en la tierra a un muerto.
¿Qué hablaron al poeta

esos murmullos de la noche en calma,

del carrizal nacidos,

que cantan al pasar en los oídos

y lloran en el alma?

¿Qué historia la contaron?

¿Qué dolorosa y fúnebre quimera,

que sus ojos en llanto se empañaron

y detuvo del potro la carrera?
¡Era que oyó el gemido

de un pecho desgarrado,

un grito por tres siglos repetido

y de nadie escuchado

¡Era que de su lira generosa

cayó en la cuerda viva,

como gota de lluvia, luminosa,

la lágrima infeliz de la cautiva!
IV

En vano entre sus toldos el salvaje

esclavizó a María:

En sus sueños geniales el poeta,

en el distante aduar, la presentía.

Para él nació; para su gloria fueron

aquellas formas armoniosas, bellas;

esos ojos que lágrimas vertieron

hasta empaparle el corazón con ellas.
El reflejo en su espíritu doliente

su historia sin ventura;

él la siguió, como paterna sombra,

por la vasta llanura;

él hizo que las gotas de su llanto

en las almas sensibles se volcaran,

y los ojos enjutos

de todo un pueblo a humedecer llegaran.
Rosa temprana en un erial caída,

él recogió sus hojas una a una.

Entregadas ¡oh Dios! Por la fortuna

a todas las tormentas de la vida;

y en las cadencias de su verso alado,

dulce, insinuante, musical, sereno,

vino y vertió su aroma delicado

de nuestra patria en el materno seno.
Desde entonces hay cantos de ternura,

rumor de besos en la Pampa inmensa

hay un alma que piensa,

una fibra que late a cada paso;

y derrama su lumbre perdurable

el astro hermoso que la vida encierra,

el astro del amor, puro, inefable,

que no rueda al ocaso,

que no empañan tormentas de la tierra.
V

¡República Argentina, madre mía!

¡Felices ¡ah!, los que tu sien miraron

de frescos lauros coronarse un día!

¡Los que tu suelo estéril fecundaron

con sangre de sus venas,

y anillo por anillo, las cadenas

de la oprobiosa esclavitud trozaron!
Para aquellos heroicos corazones

era música grata,

del Pacífico al Plata,

el solemne tronar de tus cañones.

Sólo a ellos fue dado

contemplar esa mágica belleza

con que, rotas las brumas del pasado,

se levantó tu juvenil cabeza;

sólo a ellos, beber en el reguero

de viva luz, que derramó en tu frente,

de Moreno, la mente,

de San Martín el inflexible acero.
¡Con qué íntimo gozo,

tus hijos, fuertes en su amor profundo,

te colocaron en excelso asiento

para mostrarte independiente al mundo,

independiente y libre...

libre no, que era esclavo el pensamiento!
El filo de la espada

cortar puede los lazos

que a un pueblo oprimen de otro pueblo en brazos;

mas aquellos que inerte

el alma dejan a merced extraña,

que hasta el rayo de sol en que se baña

le dan quebrado por ajeno prisma,

como el diamante con su propio polvo.

Sólo se cortan con el alma misma.
Y Echeverría los cortó. Su mente

hirió como una espada,

de resplandores acerados llena,

las viejas ligaduras

que la conciencia de la Patria, atada

tuvieron ¡ay, a la conciencia ajena!
¡Y fue la libertad! ¡Y el pensamiento

tomó las alas del nativo cóndor

para escalar audaz el firmamento;

para arrojar de la región del rayo,

en páginas de fuego,

el Dogma excelso que, inspirado en Mayo,

fue norma y guía de la Patria luego!
VI

Profundas melodías

vagaban en la atmósfera serena,

como el fúnebre acento de la quena

que sollozaba en los antiguos días

dulces cantos de amor, que eran al alma

claridad y rocío:

El triste desengaño, el negro hastío,

La esperanza risueña...

¡Ah! ¡Todo ese universo

revivió en los Consuelos, y su verso

se apoderó de la mujer porteña!
Él las dijo al oído

tantos sueños de amor, que el alma encienden;

tanto vago secreto,

de esos que ellas aprenden

como las aves a construir su nido,

que aún su nombre es amado

como un recuerdo de amorosa historia,

cuya doliente evocación consuela;

y aún llevan, en ofrenda a su memoria,

ornando sus hechizos,

la cándida diamela

que él, con sus manos, enlazó a sus rizos.
VII

Llegó el tiempo fatal, llegó la hora

en que de nubes se cubrió y de duelo

la faz tranquila del hermoso cielo

que vio de Mayo la primera aurora.

Como fiera traidora

que avanza oculta en tempestad sombría,

la libertad rasgando y el derecho,

la garra de la infame tiranía

¡De Buenos Aires se clavó en el pecho!...
¡Adiós, sueños de amor! ¡Adiós hermosas

que a la sien del poeta

ofrenda hicisteis de tejidas rosas!

Él todavía, la mirada inquieta

vuelve a vosotras, de la nave ingrata

que lo lleva al destierro y a la muerte

sobre las olas del airado Plata.
¡Se ausentó para siempre! Solitario

quedó... su corazón, pues no cabía

en su íntimo santuario,

otro amor que su patria, ni otro cielo

que aquel sublime y grande,

que se dilata del platino estuario,

en arco inmenso, hasta la sien del Ande.
Brotó de su alma, en su postrera noche,

una lágrima ardiente,

de bendición para la patria ausente

para el tirano, de viril reproche;

y herido al fin por la implacable saña

del destino, se hundió como los astros,

dejando en torno luminosos rastros,

¡en el sepulcro de la tierra extraña!
¡Oh injusticia! ¡oh dolor!... Patria de Mayo,

¿dónde están del poeta los despojos?
¿Brilla en su tumba de tu sol el rayo?

La misma luz que acarició sus ojos?

¿Duerme, madre, en tu seno

el hijo tuyo, el corazón valiente,

el que ni en llanto humedeció ni en sangre

el vivo lauro que ciñó a tu frente?
¡No, que el cantor de la llanura, yace

de su pueblo olvidado!...

Ayer no más, trayendo las cenizas

del héroe invicto, del primer soldado,

llena de pompa y luz y movimiento,

rozando aquella tumba solitaria

pasó la nave; y su estertor profundo,

hizo temblar la copa funeraria

de los cipreses, en dolientes coros,

al huir gallarda a la natal ribera,

¡revolviendo los hélices sonoros

y suelta al aire la triunfal bandera!
¡Quedó esa tumba abandonada!... Empero,

¡él fue también libertador; guerrero

de la lucha más noble! -La Cautiva,

que el sentimiento nacional exalta

y su estandarte victorioso ondea,

es como Maipo y Ayacucho y Salta,

¡el triunfo de una idea!

¡Poetas! ¡De la Patria es nuestra lira,

la inspiración sagrada

que en sed de gloria, al ideal aspira!

Y si queremos de los hijos nuestros

tan sólo una mirada,

no de frío desdén, do noble orgullo,

venid, y entrelazadas nuestras manos,

¡sigamos esa estrella, que nos guía!

¡Lancémonos nosotros, sus hermanos,

por la senda inmortal de Echeverría!


“El hogar paterno”

A mis hermanas
¡Oh! ¡Mis islas amadas, dulce asilo

de mi primera edad!

¡Añosos algarrobos, viejos talas

donde el boyero me enseñó a cantar
¿Por qué os dejé, para encerrar mi vida

en la estrecha ciudad;

para arrojar mi corazón de niño

de las pasiones en el turbio mar?...
Como un cisne posado en las riberas

del ancho Paraná,

así, blanco y risueño, se divisa

a la distancia mi paterno hogar.
En los vastos y abiertos corredores

que grata sombra dan;

en el cuadro de antiguos paraísos

que, destrozados, no florecen ya;
En las barrancas que hacia el puerto ondulan

y avanzan al canal,

do vela el sueño de gloriosos muertos

la solitaria cruz de ñandubay;
En la hondonada que perfuma el molle

y engalana el chañar;

en el arroyo que las toscas baña;

en ese campo que se extiende allá...
Allí está mi pasado, de mi vida

la inocencia y la paz;

allí mi madre me acaricia, niño,

y mis hermanas en redor están.
No bien despunta el sol en el oriente,

tierno beso nos da;

de rodillas, oramos; y, en seguida,

¡puerta franca... la luz, la libertad!
Como bandada de enjaulados pájaros,

por aquí, por allá,

al campo el uno, a la barranca el otro,

nos echábamos todos a volar.
-«Cuidado con los nidos», nos decía

mi madre en el umbral;

pero digan horneros y zorzales

si les valió la maternal piedad.
Lejos ya de su vista, a un algarrobo

trepaba el más audaz,

y con los ojos de mil ansias llenos,

esperaban en grupo los demás.
En el horno de barro, construido

para vivir y amar,

introducía sus rosados dedos

el pequeño aprendiz de gavilán;
Y, del pico o el ala destrozada,

¡Nunca vista crueldad!

Asiendo los polluelos, uno a uno

los arrojaba con desdén triunfal.
Y era entonces de ver el alboroto

y el bullicioso afán,

de aquel enjambre de inocentes niños

que así destruía un inocente hogar.
Otras veces, del río en la corriente,

al cárdeno fulgor

que desde el fondo de la Pampa envía,

en sesgo rayo, el moribundo sol;
En agitado, en revoltoso grupo,

y alegre confusión,

los juncales rozando de la orilla,

con mis hermanas navegaba yo.
Una, los brazos en el agua hundiendo,

tendíase a estribor,

y sonreía a la rizada espuma

que la canoa abandonaba en pos.
Otra, imprudente, a la inclinada borda

lanzándose veloz,

entre sus manos victoriosa alzaba

del camalote la celeste flor.
Esta, la caña de pescar volvía,

enviando en derredor

menudas gotas que al caer brillaban

en los cabellos de las otras dos.
Batiendo luego las rosadas palmas,

reía, porque vio

medrosa hundirse en la corriente un ave

al desusado y repentino son.
Pero si alguna, al levantar los ojos,

mostraba el mirador,

donde mi madre a vigilarnos iba,

gritaban todas a la vez: «¡adiós!»
¡Oh dulces años! Por entonces era

nuestro goce mayor,

hurtar las flores que en las islas abren,

y de sus aves escuchar la voz.
Las pasionarias, las achiras de oro,

y el seíbo punzó,

eran ofrendas que mi madre amaba

porque a sus hijos se las daba Dios.
¡Ingrato, ingrato si el recuerdo suyo

arranco al corazón,

si yendo en pos del oropel mundano

el hombre olvida lo que el niño amó!

Almafuerte (Pedro Bonifacio Palacios)

(1854-1917)

¡¡¡ AVANTI!!!

Si te postran diez veces, te levantas

otras diez, otras cien, otras quinientas...

No han de ser tus caídas tan violentas

ni tampoco por ley, han de ser tantas.
Con el hambre genial con que las plantas

asimilan el humus avarientas,

deglutiendo el rencor de las afrentas

se formaron los santos y las santas
Obsesión casi asnal para ser fuerte,

nada mas necesita la criatura.

y en cualquier infeliz se me figura
que se rompen las garras de la suerte...

¡todos los incurables tienen cura

cinco segundos antes de la muerte!

No te des por vencido, ni aun vencido,

no te sientas esclavo, ni aún esclavo;

trémulo de pavor, piénsate bravo,

y arremete feroz, ya mal herido.
Ten el tesón del clavo enmohecido,

que ya viejo y ruin vuelve a ser clavo;

no la cobarde intrepidez del pavo

que amaina su coraje al primer ruido.
Procede como Dios que nunca llora,

o como Lucifer que nunca reza,

o como el robledal, cuya grandeza
necesita del agua y no la implora...

¡que muerda y vocifere vengadora

ya rodando en el polvo tu cabeza!


REESCRITURAS
“los dos sabios” -1996-

(reescritura de algunos pasajes de la payada de Fierro y el Moreno)

LEÓNIDAS LAMBORGHINI
I

el Sabio Blanco y el Sabio Negro. el Sabio Blanco

experimentando al Sabio Negro.
II

el Sabio Negro nacido del décimo huevo de gallina. el

Sabio Blanco: cuando joven fue cantor.
III

el Sabio Negro enseñado por un sacerdote: lo

que hay en los volcanes, lo que hay en el trueno, lo que

hay

en el mar. lo que hay en la tierra: un sacerdote

se lo enseñó.

el Sabio Blanco perseguido

por los caprichos de la suerte

que lo persigue constante. el Sabio Negro

cruzando los aíres sin nido enseñado por un sacerdote.
IV

el Sabio Negro que también

tiene algo blanco, el Sabio Blanco

que también

tiene algo negro.
V

el Sabio Blanco que experimenta

al Sabio Negro nacido de la gallina

del huevo décimo que es el más grande: un

sacerdote se lo enseñó. el Sabio Blanco experimentando al Sabio Negro hasta

que las velas no ardan

haciendo sonar una esponja y

poniéndole cuerdas de lana.
VI

el gemido de las cuerdas de la noche.
VII

el Sabio Negro que sabe por qué retumba el trueno

por qué son las estaciones de dónde salen las aguas

que caen dónde se encuentra el oro por qué crecen

los árboles. en dónde se encuentra el hierro en dónde

los volcanes viven. el Sabio Negro que sabe de los peces

en el fondo del mar y por qué

los vientos silban. el Sabio Negro que conoce (y por qué) al Cojo.

el Sabio Negro que se pone a disposición

del Sabio Blanco para que éste le empiece a introducir

una sonda.
VIII

el Sabio Blanco experimentando

al Sabio Negro: introduciéndole una sonda, haciéndole

tragar

un anzuelo. poniéndole cuerdas de lana. haciéndole sonar una esponja:

— ¿Del cielo cuál es el canto?
IX

al momento.

el Sabio Negro con un anzuelo tragado. con una sonda.

el Sabio Negro que sabe del oro del hierro de los volcanes.

el Sabio Negro que sabe de los peces de los vientos del

Cojo. el Sabio Negro que sabe del trueno de las estaciones

y

por qué las aguas caen de los árboles y

por qué:

—los cielos lloran al caer el rocío, —cantan

al silbar.

el Sabio Ne.gro con un anzuelo tragado. con una sonda

introducida experimentado por el Sabio Blanco:

—lloran cuando caen. cantan

cuando cantan.




X

el gemido de las cuerdas de la noche.




XI

el Sabio Blanco que también tiene algo de-del

Negro Sabio experimentando al Sabio Negro que también

tiene algo de-del Blanco Sabio.

—al momento: de la tierra ¿cuál el canto

es?
XII

—es el dolor de la Madre Tanta, de la Gallina

que hace nacer los huevos: diez. Tanta, de la Madre del Cojo.

de la Madre que brama en los volcanes cuando hace nacer.

Tanta. Tanta. es el dolor de los que gimen: de las cuerdas.

de los que lloran. Tanto. Tanto. de los que mueren: Tanto. de

los que nacen: Tanto. de la Madre-Gallina

Tanta.

Se lo enseñó un sacerdote.
XIII

el Sabio Blanco experimentando al Sabio Negro

adentro de un huevo de gallina sin nido con una sonda

metiéndole. con un anzuelo metiéndole: adentro de los volcanes.

en el viento en el fondo del mar. adentro de los peces. en

el décimo trueno.

el Sabio Blanco perseguido por los caprichos. perseguido

por lo blanco que también tiene el Sabio Negro. perseguido

por el sonido de una esponja. por el gemido de las cuerdas

de lana. el

Sabio Blanco

experimentando al Sabio Negro ardido hasta

que las velas no ardan.

al momento: — ¿cuál es del mar el canto?
XIV

el Sabio
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