Literatura Argentina puca poesía romántica en la Argentina sxix






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José Mármol

(1817-1871)



“A Rosas”

(el 25 de mayo de 1843)
Cuando a los pueblos postra la bárbara inclemencia

de un déspota que abriga sangriento frenesí,

el corazón rechaza la bíblica indulgencia:

de tigres nada dijo la voz del Sinaí.
El bueno de los buenos, desde su trono santo

la renegada frente maldijo de Luzbel;

la humildad, entonces, cuando la vejan tanto,

también tiene derecho a maldecir como él.
¡Sí, Rosas, te maldigo! Jamás dentro mis venas

la hiel de la venganza mis horas agitó:

como hombre te perdono mi cárcel y cadenas;

pero como argentino las de la patria, NO.


“XVI” (poema Armonías, de 1853)
Entonces, sol de Mayo, los días inmortales

sobre mi libre patria recordarán en ti;

y te dirán entonces los cánticos triunfales,

que es esa Buenos Aires la de tu gloria, sí.
Entonces desde el Plata, sin negra pesadumbre

te mirarán tus hijos latiendo el corazón,

pues opulenta entonces reflejará tu lumbre

en códigos y palmas y noble pabellón.
Y al extenderse hermoso tu brillantino manto,

ni esclavos ni tiranos con mengua cubrirá;

que entonces de ese Rosas que te abomina tanto,

ni el polvo de sus huesos la América tendrá.

SEGUNDA GENERACIÓN ROMÁNTICA

Ricardo Gutiérrez

(1838-1896)



“La victoria” (de El libro de las lágrimas)
¡Ah! no levantes canto de victoria

en el día sin sol de la batalla;

que has partido la frente de tu hermano

con el maldito golpe de la espada!
Cuando se abate el pájaro en el cielo,

se estremece la tórtola en la rama;

cuando se postra el tigre en la llanura

las fieras todas aterradas callan!...
¿Y tú levantas himno de victoria

en el día sin sol de la batalla?

¡Ah! solo el hombre, sobre el mundo impío

en la caída de los hombres canta!
Yo no canto la muerte de mi hermano;

márcame con el hierro de la infamia,

porque en el día en que su sangre viertes

de mi trémula mano cae el arpa!

Olegario V. Andrade

(1839-1882)



“Nido de cóndores” (fragmento)
En la negra tiniebla se destaca,

como un brazo extendido hacia el vacío

para imponer silencio a sus rumores,

un peñasco sombrío.
Blanca venda de nieve lo circunda,

de nieve que gotea

como la negra sangre de una herida

abierta en la pelea.
¡Todo es silencio en torno! Hasta las nubes

van pasando calladas, como tropas de espectros que dispersan

las ráfagas heladas.
¡Todo es silencio en torno! Pero hay algo

en el peñasco mismo

que se mueve y palpita, cual si fuera

el corazón enfermo del abismo.
Es un nido de cóndores colgado

de su cuello gigante,

que el viento de las cumbres balancea

como un pendón flotante.
Es un nido de cóndores andinos,

en cuyo negro seno

parece que fermentan las borrascas

y que dormita el trueno.
Aquella negra masa se estremece

con inquietud extraña:

es que sueña con algo que lo agita

el viejo morador de la montaña.
No sueña con el valle, ni la sierra

de encantadoras galas;

ni menos con la espuma del torrente

que humedeció sus alas.
No sueña con el pico inaccesible

que en la noche se inflama,

despeñando por riscos y quebradas

sus témpanos de llama.
No sueña con la nube voladora

que pasó en la mañana

arrastrando en los campos del espacio

su túnica de grana.
Muchas nubes pasaron a la vista,

holló muchos volcanes

su plumaje mojaron y rizaron

torrentes y huracanes.
Es algo más querido lo que causa

su agitación extraña:

¡Un recuerdo que bulle en la cabeza

del viejo morador de la montaña!
En la tarde anterior, cuando volvía

vencedor inclemente,

trayendo los despojos palpitantes

en la garra potente,
bajaban dos viajeros presurosos

la rápida ladera:

un niño y un anciano de alta talla

y blanca cabellera.
Hablaban en voz alta, y el anciano,

con acento vibrante,

«¡Vendrá, exclamaba, el héroe predilecto

de esta cumbre gigante!»
El cóndor al oírlo batió el vuelo,

lanzó ronco graznido,

y fue a posar el ala fatigada

sobre el desierto nido.
Inquieto, tembloroso, como herido

de fúnebre congoja,

pasó la noche y sorprendiólo el alba

con su pupila roja.

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