Las mil puertas verdes






descargar 0.54 Mb.
títuloLas mil puertas verdes
página1/11
fecha de publicación11.09.2015
tamaño0.54 Mb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Ley > Documentos
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11
CAPÍTULO I

Las mil puertas verdes


Y sucedieron cosas que los más viejos habitantes del país, aun los que pasaban del siglo, no habían visto nunca. En la primavera los sembrados de lino y de trigo de las provincias de Santa Fe y Buenos Aires prometían un pingüe rendimiento.

Las dos grandes empresas que acaparaban las cosechas argentinas estaban de plácemes y contaban ganar cien millones de marxes. Esas dos grandes firmas eran la de misia Hilda Kohen de Silberman —que a pesar de ser presidenta de la República no había interrumpido sus afortunadas operaciones mercantiles— y la de los hermanos Tres Rosas, que habían comenzado siendo tres y eran ocho ahora, distribuidos estratégicamente en los países productores de granos, pero con su sede principal en Buenos Aires, la ciudad más libre y feliz de la tierra.

De repente asomó el pulgón rojo, que cundió vertiginosamente y cubrió los campos. Por la mañana aparecían manchones bermejos sobre el suelo; a la tarde aquello se convertía en miríadas de mariposas que no bien se ponía el sol agusanaban los granos. En una sola noche las bolillas del lino y las espigas del trigo quedaron absolutamente vacías, sin que sus tallos ni sus hojas perdieran su lozanía.

Misia Hilda y los ocho hermanos rasgaron sus vestiduras y prorrumpieron en lamentaciones. No eran, sin embargo, los más perjudicados, pues si bien habían acaparado treinta millones de toneladas, no habían adelantado por ellas ni un panchosierra a cuenta, y no se hallaban obligados a pagar hasta que la mercancía estuviese en sus depósitos. En cambio, un millón de agricultores quedaron sumidos en la miseria y endeudados hasta los ojos.

En las otras 19 provincias argentinas —ya no había territorios nacionales— una sequía tenaz arrasó los cultivos, y mangas horripilantes de langostas royeron hasta los troncos de los árboles. Fue tan grande el azote que los vientos arrastraron sábanas inmensas de langostas hasta los remotísimos mares del sur, donde los pescadores de ballenas las encontraban cubriendo las aguas en las inmediaciones del cabo de Hornos.

Los pozos y las vertientes se agotaron. Los ríos, casi exhaustos, eran pútridos y fangosos, color de sangre, como si el tercer ángel del Apocalipsis hubiera vertido su copa sobre las fuentes de las aguas. Los ganados, enloquecidos de sed, se agolpaban en el lecho seco de los torrentes o al borde de aquellos lodazales sangrientos, y perecían por millones, mientras bandadas de buitres graznadores y hediondos acudían de todos los rumbos a devorar la podredumbre.

Los pueblos emigraban en masa, y hordas enteras morían a lo largo de los caminos con las manos crispadas y la boca llena de hierbas secas, y en las ciudades los pobres desfallecían sobre los umbrales de los palacios.

Calamidades semejantes cayeron sobre las otras naciones. El reino de Chile había sido quebrantado por ciclones y terre-motos, durante los cuales los montes parecían huir y el cielo se enrollaba como un libro negro. En el Brasil colosales incendios de bosques, cuyo calor el viento llevaba a toda su extensión, hacían insoportable la vida. En los Estados Unidos una se quía pavorosa quemó de raíz los cultivos, y enloquecedores tor bellinos de polvo cubrieron el país. Hombres y animales tenían que soterrarse en cuevas para no perecer asfixiados, no obstante lo cual millones y millones murieron de tan rara muerte.

Fray Plácido, escondido como un gusano entre las viejísimas tapias de su convento y vivo por gracia de Dios, iba enumerando aquellas cosas inauditas e interpretándolas a su modo. Un día dijo: —Cinco de los siete ángeles del Apocalipsis han derramado sus copas sobre el mundo. Faltan dos...

Hubo un momento de respiro en la catástrofe, y se alzó la poderosa voz del Pastor Angélico, en su última encíclica, llamando a penitencia a las naciones.

Bien podía ser que aquellas calamidades fueran de las anunciadas en el Apocalipsis.En todo caso no eran más que el comienzo de los dolores (initium dolorum). Dios castigaba a los hombres en este mundo, donde todo tiempo es breve, para que se arrepintieran de los horrendos pecados que venían cometiendo —especialmente el del malthusianismo y el del satanis mo— a fin de no tener que castigarlos en la eternidad, donde el dolor ya no tiene mérito y no hay lugar para la contrición.

La palabra del papa fue escuchada con ira y escarnio por la gran mayoría de los hombres, que en lugar de hacer penitencia renegaron de Dios. Por lo tanto se cumplió la profecía que dice: “Y blasfemaron al Dios del cielo por sus dolores y por sus heridas y no se arrepintieron de sus obras.”

—Sólo cinco ángeles han volcado sus copas —volvió a decir fray Plácido viendo que las plagas cesaban y que el mundo entraba en un nuevo período de prosperidad, olvidando las pasadas tribulaciones—. ¡Todavía faltan dos! ¡No pueden tardar!

Las catástrofes de Chile habían hecho olvidar a su rey lo que en un discurso llamó “las aspiraciones naturales de su pue-blo”. Harta labor tenía ahora con restaurar las ruinas de las ciudades aniquiladas por los terremotos. Del otro lado de los Andes se felicitaron de aquel olvido, que se imaginaron sería perpetuo; la vigilancia en las fronteras se adormeció y pareció ridículo hablar de guerras en Sudamérica, el venturoso continente de la eterna paz. Las fábricas que producían cañones fueron transformadas en estudios cinematográficos o gigantescas salas de diversiones populares.

La juventud abandonó alegremente los cuarteles y volvió a los cabarets; de nuevo las preocupaciones de comités y de clu bes llenaron el corazón de los patriotas de 1995. ¿Quién sería presidente? ¿Quiénes serían senadores, diputados, concejales?

Pero el sensible corazón de misia Hilda, presidenta de la Nación, había comenzado a inquietarse con otra preocupación: aquel asunto del que todos hablaban ya y que los diarios llamaban “el drama de las costureras.” Desde cien años atrás todos los gremios habían ido conquistando mejoras en las condiciones de vida, pero las costureras fueron siempre olvidadas.

Como no trabajaban en talleres sino privadamente en su casa, no entendían de huelgas ni de revoluciones, porque en su mayoría eran pobres mujeres acobardadas por la miseria; como su drama era íntimo, los que trataban con ellas, almas de negreros, les imponían precios inicuos. Invierno y verano, sanas o enfermas, tenían que trabajar agachadas sobre sus costuras, durante dieciocho y aun veinte horas al día, por jornales misérrimos, que se les retaceaba con mil artimañas.

La Argentina era uno de los pocos países libres del mundo; es decir, allí todo se regía por leyes que sancionaban los representantes del pueblo. Por horrorosa que fuese una injusticia, no había modo de corregirla mientras no se dictase una ley.

Una vez, años antes, se acordaron de las silenciosas costureras y se dispuso que los negreros les pagasen jornales humanos. ¡Inocentes legisladores que creyeron resuelto el problema y que esa noche durmieron en paz!

Inmediatamente los explotadores del trabajo femenino hallaron la forma de burlar la nueva ley, obligando a las costureras a firmarles recibos falsos, por cantidades que no habían recibido, con lo cual el negrero podía comprobar ante los inspectores de la ley que cumplían lo mandado.

Si la costurera no quería firmar el empresario no le daba más trabajo. Un día u otro la infeliz tenía que ceder. De un lado estaba la fuerza incontrastable del dinero, fortalecida por la astucia y amparada por la policía; del otro lado no había más que una pobre mujer pretuberculosa, en cuyo hogar aguar-daban su vuelta un niño o varios niños hambrientos, tal vez un marido enfermo, tal vez unos viejos padres...

¿Piensan alguna vez los que recorren las tiendas y se asombran de una liquidación, que esas telas y esas ropas pueden venderse a vil precio porque los comerciantes han roído hasta el hueso no sus ganancias sino los miserables salarios de sus esclavas, que mueren sobre sus costuras para que ellos puedan hacer su propaganda y su negocio? Era éste uno de esos pecados que según la Sagrada Escritura provocan la ira de Dios: defraudar el salario del pobre.

Se hizo indispensable reparar la injusticia enmendando la ley. Mientras los legisladores discurrían nuevas disposiciones que no pudieran burlarse, agonizaban de miseria cien mil costureras, para quienes más que un consuelo resultaba una mofa decirles que en cambio del salario que se les robaba tenían voto y podían elegir cada dos años doscientos representantes que seguirían estudiando su interminable problema.

La donna e fatta per parire, había dicho rudamente Mussolini hacía setenta años; es decir: la mujer está hecha para el hogar, no para la industria, ni para el comercio, ni para la política. Mas para que eso no fuera una palabra arrogante y vacía, era necesario que la sociedad asegurase al jefe de familia salario suficiente, a fin de que no necesitara del jornal suplementario de su mujer.

Esto se logró realizar en algunos países que se habían libertado de las funestas doctrinas de la economía política clásica repudiando el oro, instrumento con el cual los financieros dominaban antaño las monedas y dirigían en su provecho la producción nacional. En esos países independizados del oro, no se conocía otra moneda que la de papel que emitía el Gobierno. Allí todo trabajo útil obtenía de la sociedad una retribución, o sea un salario proporcionado a su importancia y a las necesidades del que trabajaba.

Se consideraba trabajo tanto el partir piedras en las canteras como sembrar trigo, escribir poesías, pronunciar sermones, curar enfermos, enseñar a los niños. Publicábanse listas valuando tales y cuales tareas según las razones y las circunstancias, y nunca se halló sin salario ningún trabajador, ni se dio el caso de que alguien produjese mercaderías que después no tenían comprador o adoptase una profesión u oficio y no encontrase luego dónde emplearse.

En esos países se acabaron las especulaciones ficticias y las trapisondas de los bolsistas que rebajaban a mansalva los salarios y las cosechas. Todo producto se negociaba en los almacenes del Gobierno, contra certificados que servían de moneda, pero no podían acapararse mucho tiempo, pues cada año perdían un décimo de su valor.

Se lograban así dos fines: I.-Intensidad en la producción del país, porque el productor estaba seguro de vender su mercadería. Esto acrecentaba la prosperidad de la nación. II.-Un mejor standard de vida, pues quien producía vendía lo producido y tenía prisa en gastar sus bonos, para no sufrir la merma anual de su valor.

Era una insensatez acaparar el dinero; el mejor negocio era invertirlo. Se consideraba una estupidez de la antigua escuela económica el elogio de la famosa media de lana en que algunos pueblos durante siglos, renunciando a toda comodidad y privando a sus industriales de todo elemento de progreso, fueron atesorando sus ahorros y gloriándose de su tacañería.

Los antiguos economistas sostuvieron en libros sesudos que esos ahorros guardados en la media de lana, iban formando el capital de la nación. En realidad aquella tacañería, tan elogiada por los antiguos financieros, fue una rémora, porque siendo el ahorro un instrumento de trabajo, al esconderlo quitándolo de la circulación lo que se hacía era quitar el arado a algún agricultor o las pinzas a algún mecánico, con perjuicio para la producción nacional.

Si en vez de guardar siglos su oro improductivo para que lo despilfarraran los remotos herederos en guerras insensatas, lo hubieran ido empleando en vivir con más comodidad y en perfeccionar su planta industrial, aquellos pueblos habrían sido más felices y su producción más abundante.

Estas sencillas nociones no se comprendieron sino cuando las escuelas económicas se independizaron del prejuicio del oro, verdadera trampa en que los prestamistas habían aprisionado al mundo. Pero todo esto ocurrió en aquellos países donde la producción nacional no era gobernada por la codicia de especuladores o financieros en provecho particular, sino por el Gobierno en beneficio común. No ocurrió en la República Argentina, que se mantenía fiel a los principios del liberalismo económico y donde reinaba lo que se llama libertad de comercio, que es el derecho de los más ricos para estrujar y sacar el jugo a los más pobres.

En el año 1995 los acaparadores, ansiosos de resarcirse de lo perdido en las pasadas calamidades, elevaron a las nubes el precio del pan y de la carne, mientras otros mercaderes determinaron también reforzar sus ganancias, entre ellos Las Mil Puertas Verdes, la ingeniosa organización de tiendas que fundara el riquísimo abuelo de misia Hilda, don Zacarías Blumen.

Cuando en 1940 se inauguró la primera de aquellas tiendas de fachada verde, el famoso banquero anunció: “Dentro de cincuenta años habrá en la Argentina 1.000 casas como ésta.”

Como no era probable que él viviese hasta entonces y quería sin embargo contemplar su triunfo, se hizo gurdivanizar disponiendo que lo volvieran a la vida medio siglo después, en 1995.

Nunca jamás el abuelo se equivocó en sus vaticinios. Alos cincuenta años, en efecto, Las Mil Puertas Verdes cubrían todo el país. En la Capital Federal tenían 400 sucursales y 600 entre las otras ciudades. Desde un modesto cuello de camisa hasta un suntuoso ajuar de novia, todo lo que servía para vestir a la persona o adornar una casa vendíase en cualquiera de Las Mil Puertas Verdes.

Mientras la empresa tuvo rivales sus precios fueron siempre los más bajos, pero cuando todo competidor desapareció y los herederos de Blumen quedaron dueños del campo, los precios fueron alzándose progresivamente y el pueblo pagó el costo de la larga batalla comercial. Era la empresa más poderosa y también la más odiada. Su prosperidad se asentaba en dos malditos pilares: I.-La ruina de centenares de comerciantes de larga y honrada tradición, que sucumbieron balo el pulpo de mil brazos. II.-La explotación inicua del trabajo de aquellas 200.000 esclavas blancas, más aherrojadas con sus máquinas de coser que un presidiario con su grillete.

Misia Hilda Kohen, heredera de Blumen y como tal propietaria de la mayoría de sus acciones, vivía en 1995 angustiada viendo acercarse el día en que a su helado abuelo le aplicarían la máquina descongeladora para devolverlo a la vida y a la circulación. Seguramente el viejo pretendería recobrar aquel negocio que había sido la más brillante de sus creaciones.

Entre tanto, a fin de recuperar lo perdido durante la crisis, el directorio de Las Mil Puertas Verdes se reunió y tranquilamente, cual si se hablara de las estrellas, resolvió rebajar en un treinta por ciento las mezquinas ganancias de las costureras. Alzáronse algunas tímidas protestas, pero a las que protestaron, en ningún rincón del país se les dio una sola pieza de costura durante un mes. Además se anunció que si seguían rezongando todo se traería cortado y cosido por obreras de Liberia y de la China, dos naciones donde imperaba la magna y suculenta libertad de comercio.

Aquella sentencia de muerte contra 200.000 desvalidas no tenía remedio dentro de lo que se llamaba pomposamente “el juego regular de las instituciones libres”. Era necesario dictar una ley si se quería salvar a las pobres costureras. Pero corría el mes de tabeth. Ambas Cámaras se hallaban en vacaciones y no se reunirían hasta cinco meses después, o sea hasta la tercera semana de nisan, y la presidenta de la Nación andaba de paseo pescando salmones en los lagos del sur.

Las costureras, aterradas, después de reuniones secretas celebradas en todo el país, un día se convocaron en el Lup-Anark, especie de circo y de aquelarre que solían usar los partidos políticos. Las infelices no llegaron, como solían los políticos, en lujosos aviones o en autos, sino a pie, con la muerte en el corazón; porque el motivo de la asamblea era tratar una idea desesperada que se le había ocurrido a una de ellas.

Si solamente cinco de las innumerables costureras que trabajaban para cada sucursal de Las Mil Puertas Verdes se resignaban a morir por sus hermanas, se salvarían las demás. ¿Qué era el sacrificio de 5.000 víctimas frente a la salvación de 195.000, que mantenían sus hogares?

Se aceptó el proyecto; se obligaron todas al más estricto secreto y recibieron una hoja de papel, que devolverían con su nombre y su número, para sortearlas. Así, aquella triste noche, a medida que fueron saliendo los números premiados, se comunicaba a las víctimas ante cuál de las mil sucursales verdes se cumpliría su destino. No hubo una queja, no hubo discursos.

Al anochecer se había terminado el sorteo y la siniestra reunión se disolvió silenciosamente, sin que Buenos Aires se enterase. Las elegidas fueron de todas edades. Hubo la madre de familia para quien comenzaba la vejez sin ilusiones, y la muchachita de diecisiete años cuya frente aún conservaba el resplandor de la inocencia. Todas se resignaron guardando el secreto, y al día siguiente al alba, sin que lo supieran los hijos, ni los padres, ni los esposos, ni lo sospechara la policía, antes de que se abrieran Las Mil Puertas Verdes,se envenenaron cinco mujeres en la entrada de cada sucursal. Sus pobres manos fatigadas de la aguja habían trazado una breve carta que se halló sobre el pecho del cadáver: “Tengo cuarenta años, mi marido y tres hijos.” “Tengo veinte años y estaba de novia.” “Tengo diecisiete años; mi madre enferma queda sola y se morirá de hambre. Ella me perdone.”

La repercusión de aquellos cinco mil suicidios fue espantosa. Misia Hilda dejó de pescar salmones y volvió apresuradamente a Buenos Aires. El Parlamento se reunió en sesiones extraordinarias. Pero no habían terminado de hablar los mejores oradores de cada bloque, cuando el pueblo, enfurecido, prendió fuego a Las Mil Puertas Verdes.

Con la misma celeridad e igual secreto que las mujeres, en un día determinado acudieron grupos exasperados que la policía no atinó a contener, e hicieran justicia quemando los magníficos comercios. Y entonces recordaron que el inventor de aquella odiosa máquina, el viejo Blumen, no estaba muerto, sino congelado en El Palomar, aguardando la resurrección. ¡Eso no más faltaba, que el tipo volviera a vivir! Una imponente columna de energúmenos se encaminó allá y se entregó al más horroroso y grotesco exterminio.

Miles y miles de aparentes cadáveres yacían dentro de científicos ataúdes, mantenidos en una temperatura perfectamente calculada para conservar la vida. El pueblo odiaba aquel limbo de los ricos, donde los privilegiados podían arrancarse del mundo en los malos momentos y prolongar su existencia por décadas y aun por centurias.

¡Al fuego con ellos! ¡Al fuego no sólo el fundador de Las Mil Puertas Verdes, sino también todos los que desde el Gobierno o las finanzas habían hecho posible que la riqueza y la honra y las ideas de una gran nación pudieran ser objeto de tráfico para un puñado de advenedizos!

La turba enfurecida empezó a amontonar aquellos “cajones de fiambres” en una colosal pirámide, los bañó de gasolina y les prendió fuego. Había que ver cuando las llamas, después de haber consumido los tablones, entraban a quemar las carnes heladas del personaje, cómo despertaba bruscamente de la muerte aparente y se retorcía sorprendido y blasfemando.

El viejo Blumen especialmente resultó pavoroso; se incorporé al sentirse tostar las costillas, se frotó los ojos azorado y comenzó a gritar que disminuyeran la corriente porque lo estaban asando. Creía sin duda que había llegado su hora de levantarse para ver el esplendor de sus creaciones financieras, pero que los técnicos de la heladera vital se habían equivocado al aplicarle el calorcillo con que lo deshelarían.

Una carcajada insolente y brutal respondió a sus gritos, que se volvieron maldiciones, gemidos, promesas de dinero a quien lo ayudara a salvarse. El desventurado había comprendido que no era un error de los técnicos, sino una venganza del pueblo que le escupía su rabia de una vez por todas.

Pronto iguales alaridos resonaron en todos los cajones, y la tapa de algunos de ellos saltó, y como un muñecón de juguete se levantó el semicadáver con la faz descompuesta. Y el populacho —que es la fiera más cruel que existe cuando se embriaga en un furor colectivo— para cada grito tuvo un sarcasmo, y cuando de lo alto de la pira se desmoronó algún ataúd y el inquilino llamado a la vida en forma tan brutal quiso escapar, mil brazos se apoderaron de él, y con largas pértigas volvieron a arrojarlo a aquella hoguera extraordinaria que solamente la justicia de Dios podía encender, para consumir el pecado bíblico de haber defraudado el salario del obrero.

Ya hacía mucho rato que se habían apagado las postreras promesas y maldiciones de Zacarías Blumen cuando llegaron los bomberos a rociar con agua tardía las cenizas de aquel auto de fe “fin del mundo”. La policía no apareció hasta bien entrada la noche, cuando los millares de incendiarios satisfechos se habían desbandado.

Y como explicación de ese retardo se dijo, sotto voce,que había muchísimos vivos, entre ellos misia Hilda, para quienes la quema de los “cajones de fiambres” no resultaba catástrofe sino pingüe negocio, porque la reaparición del personaje adormecido les habría complicado la vida. Los muertos deben morirse para siempre.

CAPÍTULO II
  1   2   3   4   5   6   7   8   9   10   11

Añadir el documento a tu blog o sitio web

similar:

Las mil puertas verdes iconA las doce de la noche, por las puertas de la gloria

Las mil puertas verdes iconLas puertas de la percepción

Las mil puertas verdes iconLas puertas del paraiso (20390)

Las mil puertas verdes iconLas puertas de la percepción Aldous Huxley

Las mil puertas verdes iconLas ventajas de ser invisible
«especialista», y él sabía mi nombre aunque yo no llevara ninguna tarjeta identificativa, como se hace en las jornadas de puertas...

Las mil puertas verdes iconEl infierno no termina al cerrarse las puertas del campo de concentración”

Las mil puertas verdes iconRecuperar la gratuidad y las puertas abiertas a estos derechos culturales para todas y todos

Las mil puertas verdes iconLas mil y una noches

Las mil puertas verdes iconBanco de datos (con mas de 34 mil entradas y de 57 mil datos) para...

Las mil puertas verdes iconEl libro de las mil noches y una noche






© 2015
contactos
l.exam-10.com