Primera Generación 6 josé maría de heredia 6 fernando calderóN 8 ignacio rodríguez galváN 11 rafael m. Baralt 18 Esteban Echeverría 19 andrés bello 48 Segunda Generación 56






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títuloPrimera Generación 6 josé maría de heredia 6 fernando calderóN 8 ignacio rodríguez galváN 11 rafael m. Baralt 18 Esteban Echeverría 19 andrés bello 48 Segunda Generación 56
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ANDRÉS BELLO

LA ORTOGRAFÍA EN AMÉRICA


Uno de los estudios que más interesan al hombre es el del idioma que se habla en su país natal. Su cultivo y perfección constituyen la base de todos los adelantamientos intelectuales. Se forman las cabezas por las lenguas, dice el autor del Emilio, y los pensamientos se tiñen del color de los idiomas.

Desde que los españoles sojuzgaron el nuevo mundo, se han ido perdiendo poco a poco las lenguas aborígenes; y aunque algunas se conservan todavía en toda su pureza entre las tribus de indios independientes, v aún entre aquellos que han empezado a civilizarse, la lengua castellana es la que prevalece en los nuevos estados que se han formado de la desmembración de la monarquía española, y es indudable que poco a poco hará desaparecer todas las otras.

El cultivo de aquel idioma ha participado allí de todos los vicios del sistema de educación que se seguía; y aunque sea ruboroso decirlo, es necesario confesar que en la generalidad de los habitantes de América no se encontraban cinco personas en ciento que poseyesen gramaticalmente su propia lengua, y apenas una que la escribiese correctamente. Tal era el efecto del plan adoptado por la corte de Madrid respecto de sus posesiones coloniales, y aún la consecuencia necesaria del atraso en que se encontraba la misma España.

Entre los medios no sólo de pulir la lengua, sino de extender y generalizar todos los ramos de ilustración, pocos habrá más importantes que el simplificar su ortografía, como que de ella depende la adquisición más o menos fácil de los dos artes primeros que son como los cimientos sobre que descansa todo el edificio de la literatura y de las ciencias: leer y escribir. La ortografía, dice la Academia Española, es la que mejora las lenguas, conserva su pureza, señala la verdadera pronunciación y significado de las voces, y declara el legítimo sentido de lo escrito, haciendo que la escritura sea un fiel y seguro depósito de las leyes, de las artes, de las ciencias, y de todo cuanto discurrieron los doctos y los sabios en todas profesiones, y dejaron por este medio encomendado a la posteridad para la universal instrucción y enseñanza2 De la importancia de la ortografía se sigue la necesidad de simplificarla; y el plan o método que haya de seguirse en las innovaciones que se introduzcan para tan necesario fin, va a ser el objeto del presente artículo.

No tenemos la temeridad de pensar que las reformas que vamos a sugerir se adopten inmediatamente. Demasiado conocemos cuánto es el imperio de la preocupación y de los hábitos; pero nada se pierde con indicarlas y someterlas desde ahora a la discusión de los inteligentes, o para que se modifiquen, si pareciere necesario o para que se acelere la época de su introducción y se allane el camino a los cuerpos literarios que hayan de dar en América una nueva dirección a los estudios.

A fin de motivar las reformas que apuntamos, examinaremos, por la última edición de 1820 del tratado de ortografía castellana, los distintos sistemas de varios escritores y de la Academia misma; y deduciremos de todos ellos el nuestro.

Antonio de Nebrija sentó por principio para el arreglo de la ortografía que cada letra debía tener un sonido distinto, y cada sonido debía representarse por una sola letra. He aquí el rumbo que deben seguir todas las reformas ortográficas. Mateo Alemán, llevando adelante la idea de aquel doctísimo filólogo, adoptó por única norma de la escritura la pronunciación, excluyendo el uso y el origen. Juan López de Velasco echó por otro camino. Creyendo que la pronunciación no debía dominar sola, y siguiendo el consejo de Quintiliano, Nisi quod consuetudo obtinueril, sic scribendum quidque judico quomodo sonat, establece que la lengua debe escribirse sencilla y naturalmente como se habla, pero sin introducir novedad ofensiva, Gonzalo Correas, empero, despreciando, como era razón, este usurpado dominio de la costumbre, quiso emendar el alfabeto castellano en una de sus más incómodas irregularidades sustituyendo la k a la c fuerte y a la q. Otros escritores antiguos y modernos han aconsejado otras reformas: todos han convenido en el fin de hacer uniforme y fácil la escritura castellana; pero en los medios ha habido variedad de opiniones.3

En cuanto a la Academia Española, nosotros ciertamente miramos como apreciabilísimos sus trabajos. Al comparar el estado de la escritura castellana, cuando la Academia se dedicó a simplificarla, con el que hoy tiene, no sabemos que es más de alabar, si el espíritu de liberalidad (bien diferente del que suele animar tales cuerpos) con que la Academia ha patrocinado e introducido ella misma las reformas útiles, o la docilidad del público en adoptarlas, tanto en la Península como fuera de ella.

Su primer trabajo de esta especie, según dice ella misma fue en los proemiales del tomo primero del gran Diccionario, y desde entonces ha procedido de escalón en escalón, simplificando la escritura en las varias ediciones de su Ortografía. No sabemos si hubiera convenido introducir todas las alteraciones de un golpe, llevando el alfabeto al punto de perfección de que es susceptible, y conformándole en un todo a los principios anteriormente citados de Nebrija y Mateo Alemán; lo que ciertamente hubiera sido de desear es que todas ellas hubieran seguido un plan constante y uniforme y que en cada innovación se hubiese dado un paso efectivo hacia el termino que se contemplaba, sin caminar por rodeos inútiles. Pero debemos tener presente que las operaciones de un cuerpo de esta especie no pueden ser tan sistemáticas, ni tan fijos sus principios, como los de un individuo; así que, dando a la Academia las gracias que merece por lo que ha hecho de bueno, y por la dirección general de sus trabajos, será justo al mismo tiempo considerar las imperfecciones de los resultados como inherentes a la naturaleza de una sociedad filológica.

En 1754 añadió la Academia (según dice ella misma) algunas letras propias del idioma, que se habían omitido hasta entonces y faltaban para su perfección; e hizo en otras la novedad que tuvo por conveniente para facilitar la práctica sin tanta dependencia de los orígenes.

En la tercera edición, de 1763, señaló las realas de los acentos, y excusó la duplicación de la s.

En las cuatro ediciones sucesivas de 1770, 75, 79 y 92, no hizo mas que aumentar la lista de voces de dudosa ortografía.

En 1803, dio lugar en el alfabeto a las letras ll y ch, como representantes de los sonidos con que se pronuncian en llama, chopo, y suprimió la ch cuando lenta el valor de k, corno en christiano, chimera, sustituyéndole, según los diferentes casos, c o q, y excusando la capucha o acento circunflejo, que por vía de distinción solfa ponerse sobre la vocal siguiente. Desterró también la pb y la k; y para hacer mas dulce la pronunciación, omitió algunas letras en ciertas voces en que el uso indicaba esta novedad, como la h en substancia, obscuro, la n en transporte, etc., sustituyendo en otras la s la x, como en extraño extranjero.4

La edición de 1815 (igual en todo a la de 1820) añadió otras importantes reformas, como la de emplear exclusiva- mente la c en las combinaciones que suenan ca, co, cu, dejándose a la q solamente las combinaciones que, qui, en que es muda la u y resultando por tanto superfina la crema, que se usaba por Vía de distinción en eloqüencia, qüesiion. y otros vocablos semejantes. Esta novedad fue un gran paso (bien que no sabemos si hubiera sido preferible suprimir la u muda en quema, quiso): pero la de omitir la x áspera solamente en principio o medio d»' dicción corno xarabe, .xefe, exido, y conservarla en el fin, como moradux, relox, donde tiene el mismo valor, nos parece inconsecuente y caprichoso.5 Lo peor de todo es el sustituirle la letra g antes de las vocales e, i solamente; y en las demás ocasiones la j.. ¿Para qué esta variedad gratuita de usos? ¿ Por que no se ha de sustituir a la x áspera antes de todas las vocales, la j, letra tan cómoda por su unidad de valor, en vez, de la g, signo equívoco y embarazoso, que suena unas veces de una manera, y otras de otra?

El sistema de la Academia propende manifiestamente a suprimir la g misma en los casos que equivale a la j; por consiguiente, la nueva práctica de escribir gerga, gícara, es un escalón superfluo, un paso que pudo excusarse, escribiendo de una vez, jerga, jícara.6 Las otras alternaciones fueron desterrar el acento circunflejo en las voces examen, existo, etc., por consecuencia de la unidad de valor que en esta situación empezó a tener la x; y escribir (con algunas excepciones que no nos parecen necesarias) i en lugar de y cuando esta letra era vocal, como en ayre, peyne.

Observa la Academia que es un grande obstáculo para la perfección de la ortografía la irregularidad con que se pronuncian las combinaciones y sílabas de la c y la g con otras vocales; y que por esto tropiezan tanto los niños cuando aprenden a silabar; también los extranjeros, y aún más los sordos mudos. Pero, con todo, no corrige semejante anomalía. Antonio de Nebrija quería dejar privativamente a la c el sonido y oficio de la k y de la q; Gonzalo Correas pretendió darlo a la n con exlusión de las otras dos; y otros escritores
han procurado dar a la g el sonido menos áspero en todos los casos, remitiendo a la j toda la pronunciación gutural fuerte; con lo que se evitaría el uso de la u cuando es muda, como en guerra (gorra), y la nota llamada crema en los otros casos, como en vergüenza (vergüenza). La Academia, sin embargo, nos dice que, en reforma de tanta trascendencia, ha preterido aojar que el uso de los doctos abra camino para autorizarla con acierto y mejor oportunidad.

Este sistema de circunspección es tal vez inseparable de un cuerpo celoso de conservar su influjo sobre la opinión del público; un individuo se halla en el caso de poder aventurar algo más; y cuando su práctica coincide con el plan progresivo de la Academia, autorizado ya por el consentimiento general, no se puede decir que esta libertad introduce confusión; al contrario, ella prepara y acelera la época en que la escritura uniformada de España y de las naciones americanas presentará un grado de perfección desconocida hoy en el mundo.

La Academia adoptó tres principios fundamentales para la formación de las reglas ortográficas: pronunciación, uso constante y origen. De estos, el primero es el único esencial y legítimo; la concurrencia délos otros dos es un desorden, que sólo la necesidad puede disculpar. La Academia misma, que los admite, manifiesta contradicción en más de una página de su tratado. Dice en una parte que ninguno de éstos es tan general que pueda señalarse por regla invariable; que la pronunciación no siempre determina las letras con que se deben escribir las voces; que el uso no es en todas ocasiones común y constante; que el origen muchas veces no se halla seguido. En otra, que la pronunciación es un principio que merece la mayor atención , porque siendo la escritura una imagen de las palabras, como estas lo son de los pensamientos, parece que las letras y los sonidos debieran tener entre si la más perfecta correspondencia, y, consiguientemente, que se había de escribir como se habla y pronuncia. Sienta en un lugar que la escritura española padece mucha variedad, nacida principalmente de que por viciosos hábitos, y por resabios de la mala enseñanza o de la inexacta instrucción en los principios, se confunden en la pronunciación algunas letras, como la b con la u, y la c con la q, siendo también unísonas la j y la g; y en otros pasajes dice que por la pronunciación no se puede conocer si se ha de escribir vaso con b o con v; y que atendiendo a la misma, pudieran escribirse con b las voces vivir, vez. De las palabras tomadas de distintos idiomas, unas (según la Academia) se han mantenido con los caracteres propios de sus orígenes, otras los han dejado, y tomado los de la lengua que las adoptó, y aun las mismas voces antiguas han experimentado también su mudanza. Dice asimismo que el origen muchas veces no puede se regla general, especialmente en el estado presente de la lengua, porque ha prevalecido la suavidad de la pronunciación o la fuerza del uso. Por último, agrega que son muchas las dificultades que para escribir correctamente se presentan, porque no basta la pronunciación, ni saber la etimología de las voces, sino que es preciso también averiguar si hay uso común y constante en contrario, pues habiéndole (añade) ha de prevalecer, como arbitro de las lenguas. Pero estas dificultades se desvanecen en gran parte, y el camino que debe seguirse en las reformas ortográficas se presentará por sí mismo a la vista si recordamos cuál es el oficio de la escritura y el objeto de la ortografía.

El mayor grado de perfección de que la escritura es susceptible, y el punto a que por consiguiente deben conspirar todas las reformas, se cifra en una cabal correspondencia entre los sonidos elementales de la lengua y los signos o letras que han de representarlos, por manera que a cada sonido elemental corresponda invariablemente una letra, y a cada letra corresponda con la misma invariabilidad un sonido.

Hay lenguas a quienes tal vez no es dado aspirar a este grado último de perfección en su ortografía; porque admitiendo en sus sonidos transiciones, y, si es lícito decirlo así, medias tintas (que en sustancia es componerse de un gran número de sonidos elementales), sena necesario, para que perfeccionasen su ortografía, que adoptaran un gran número de letras nuevas, y se formaran otro alfabeto diferentísimo del que hoy tienen; empresa que debe mirarse como imposible. A falta de este arbitro, se han multiplicado en ellas los valores de las letras, y se han formado lo que suele llamarse diptongos impropios, esto es, Signos complejos que representan sonidos simples.

Tal es el caso en que se encuentran las lenguas inglesa y francesa.

Afortunadamente una de las dotes del castellano es el constar de un corto número de sonidos elementales, bien separados y distintos. El es quizá el único idioma de Europa que no tiene más sonidos elementales que letras. Así el camino que deben seguir sus reformas ortográficas es obvio y claro: si un sonido es representado por dos o más letras, elegir entre éstas la que represente aquel sonido solo, y sustituirla en él a las otras.

La etimología es la gran fuente de la confusión de los alfabetos de Europa.7 Uno de los mayores absurdos que han podido introducirse en el arte de pintar las palabras es la regla que nos prescribe deslindar su origen para saber de qué modo se han de trasladar al papel. ¿Qué cosa más contraria a la razón que establecer como regla de la escritura de los pueblos que hoy existen, la pronunciación de los pueblos que existieron dos o tres mil años ha, dejado, según parece, la nuestra para que sirva de norte a la ortografía de algún pueblo que ha de florecer de aquí' a dos o tres mil años? Pues el consultar la etimología para averiguar con qué letra debe escribirse tal o cual dicción, no es, si bien se mira, otra cosa. Ni se responda que eso se verifica sólo cuando el sonido deja libre la elección entre dos o mas letras que lo representan. Destiérrese. replica la sana razón, esa superflua multiplicidad de signos, dejando de todos ellos aquel solo que por su unidad de valor merezca la preferencia.

Y demos de barato que supiésemos siempre la etimología de las palabras de varia escritura para indicarla en ellas. Aun entonces la práctica que se recomienda con el origen carecería de semejante apoyo. Los que viendo escrito philosophia creyesen que los griegos escribían así esta dicción, se equivocarían de medio a medio. Los griegos señalaban el sonido ph con la letra simple, de que tal vez procedió la /; de manera que escribiendo filosofía nos acercamos en realidad mucho más a la forma original de esta dicción, que no del modo que los lómanos se vieron obligados a adoptar por el diferente sonido de su /. Lo mismo decimos de la práctica de escribir Achéos, Achiles, Melchísedech. Ni los griegos ni los hebreos escribieron tal di, porque representaban este sonido con una sola letra, destinada expresamente a ello. ¿Qué fundamento tienen, pues, en la etimología los que aconsejan escribir las voces hebreas o griegas a la romana? En cuanto al uso, cuando este se opone a la razón y la conveniencia de los que leen y escriben, le llamamos abuso. Decláranse algunos contra las reformas tan obviamente sugeridas por la naturaleza y fin de esta arte, alegando que parecen feas, que ofenden a la vista, que chocan. ¡Cómo si una misma letra pudiera parecer hermosa en ciertas combinaciones, y disforme en otras! Todas esas expresiones, si algún sentido tienen, sólo significan que la práctica que se trata de reprobar con ellas es nueva. ¿Y qué importa que sea nuevo lo que es útil y conveniente? ¿Por que hemos de condenar a que permanezca en su ser actual lo que admite mejoras? Si por nuevo se hubiera rechazado siempre lo útil, ¿en que estado se hallaría hoy la escritura? En vez de trazar letras, estaríamos divertidos en pintar jeroglíficos, o anudar quipos.

Ni la etimología ni la autoridad de la costumbre deben repugnar la sustitución de la letra que más natural o generalmente representa un sonido, siempre que la nueva práctica no se oponga a los valores establecidos de las letras o de sus combinaciones. Por ejemplo, la j es el signo más natural del sonido con que empiezan las dicciones jarro, genio, giro, joya, justicia, como que esta letra no tiene otro valor en castellano; circunstancia que no puede alegarse en favor de la g o la x. ¿Por qué, pues, no hemos de pintar siempre este sonido con la j? Para los ignorantes, lo mismo es escribir genio que jenio. Los doctos solos extrañarán la novedad, pero será para aprobar- la, si reflexionan lo que contribuye a implicar el arte de leer, y a lijar la escritura. Ellos saben que les romanos escribieron genio, porque pronunciaban guenio; y confesarán que nosotros, habiendo variado el sonido, debiéramos haber variado también el signo que lo representa. Pero aun no es tarde para hacerlo, pues la sustitución de la j a la g en tales casos nada tiene contra sí sino la etimología, que pocos conocen, y el uso particular de ciertos vocablos, que deben someterse al uso más general de la lengua.

Lo mismo decimos de la z respecto del sonido con que empiezan las dicciones zalema, cebo, cuíco, zorro, zumo. Pero aunque la c es en castellano el signo más natural del sonido consonante con que empiezan las dicciones casa, quema, quinto, copla, cuna, no por eso creemos que se puede sustituirla a la combinación qu, cuando es muda la n, como sucede antes de la e o la i: porque este nuevo valor de la r pugnaría con el que ya le ha asignado el uso antes de dichas vocales; y así el escribir arronce, escilmo, en lugar de arranque, esquilmo, no podría menos de producir confusión.

Nos parecería, pues, lo más conveniente empezar por hacer exclusivo a la z el sonido suave que le es común con la c: y cuando ya el público (especialmente el público iliterato, que es con quien debe tenerse contemplación) esté acostumbrado a dar a la c en todos casos el valor de la k, será tiempo de sustituirla a la combinación qu; a menos que se prefiera (y quizá hubiera sido lo más acertado) desterrar enteramente la c, sustituyéndole la q en el sonido fuerte, y la z en el suave.

Asimismo la g es el signo natural del sonido ga, gue. gui, go, gu; mas no por eso podemos sustituirla a la combinación gu, siendo muda la u. porque lo resiste el valor de j que todavía se acostumbra dar a aquella consonante cuando precede a las vocales c, i. Convendrá pues, empezar por no usar la g en ningún caso con el valor de j.

Otra reforma hacedera es la supresión de h (menos, por supuesto, en la combinación ch); la de la u muda que acompaña a la r/; la sustitución de la í a la y en todos los casos que la última no es consonante; y la de representar siempre con rr el sonido fuerte rrazón, prórroga, reservando a la r sencilla el suave que tiene en las voces arar, querer.

Otra reforma, aunque de aquellas que es necesario preparar, es el omitir la u muda que sigue a la g antes de las vocales e, i.

Observemos de paso cuánto ha variado con respecto a estas letras el uso de la lengua. Los antiguos (con cuyo ejemplo queremos defender lo que ellos condenaban, en vez de llevar adelante las juiciosas reformas que habían comenzado) casi habían desterrado el h de las dicciones donde no se pronuncia, escribiendo ombre, ora, onor. Así, el rey don Alonso el Sabio, que empezó cada una de las siete partidas con una de las letras que componen su nombre (Alfonso), principia la cuarta con la palabra orne (que por inadvertencia de los editores, según observó don Tomás Antonio Sánchez, se escribió después home). Pero vino luego la pedantería de las escuelas, peor que la ignorancia; y en vez de imitar a los antiguos acabando de desterrar un signo superfluo, en vez de consultarse como ellos con la recta razón, y no con la vanidad de lucir su latín, restablecieron el h aún en voces donde ya estaba de todo punto olvidada.

Nosotros liemos hecho de la y una especie de ; breve, empleándola como vocal subjuntiva de los diptongos ayre, peyne y en la conjunción y. Los antiguos, al contrario, empiezan con ella frecuentemente las dicciones, escribiendo yba yra; de donde tal vez viene la práctica de usarla como ; mayúscula en lo manuscrito. Es preciso confesar que esta práctica de los antiguos era bárbara; pero en nada es mejor la que los modernos sustituyeron.

Por lo que toca a la rr inicial, no vemos por qué haya de condenarse. Los antiguos no duplicaron ninguna consonante en principio de dicción; tampoco nosotros. La rr, doble a la vista, representa en realidad un sonido que no puede partirse en dos, y debe mirarse como un carácter simple, no de otro modo que la ch, la ñ, la ll. Si los que reprobasen esta innova ción hubiesen vivido cinco o seis siglos ha, y hubiese estado en ellos, hoy escribiríamos levar, lámar, lorar, a pretexto de no duplicar una consonante en principio de dicción, y les debería nuestra escritura un embarazo más.

Sometamos ahora nuestro proyecto de reformas a la parte ilustrada de.1 público americano, presentándolas en el orden sucesivo con que creemos será conveniente adoptarlas.
Época primera
1. Sustituir la j la x y a la g en todos los casos en que estas últimas tengan el sonido gutural árabe.

2. Sustituir la i a la y en todos los casos en que ésta haga las veces de simple vocal.

3. Suprimir el h.

4. Escribir con rr todas las sílabas en que haya el sonido fuerte que corresponde a esta letra.

5. Sustituir la 2 a la c suave.

6. Desterrar la u muda que acompaña a la q.
Época segunda
7. Sustituir la q a la c fuerte.

8. Suprimir la u muda que en algunas dicciones acompaña a la g.
No faltará quien extrañe que no comprendamos en estas innovaciones el sustituir a la x los signos simples de los dos sonidos que se dice representar, escribiendo ecsordio, ecsamen, o eqsordio, eqsamen; pero nosotros no tenemos por seguro que la x se resuelva o parta exactamente ni en los sonidos es, como afirman casi todos, ni en los sonidos gs, como (quizá acercándose más a la verdadera pronunciación) piensan algunos. Si hemos de estar por el informe de nuestros oídos, diremos que en la x comienzan ya a modificarse mutuamente los dos sonidos elementales; y que en especial el primero es mucho más suave que el de la c, k, o q ordinaria, y se acerca bastante al de la g. Verdad es que antiguamente la x valía tanto como es; pero también antiguamente la 2 valía tanto como ds, la z se ha suavizado hasta el punto de degenerar en un sonido que no presenta rastro de composición; la x, si no padecemos error, ha empezado a suavizarse de un modo semejante. La ortografía, pues, cuyo objeto no es corregir la pronunciación común, sino representarla fielmente, debe, si no nos encañamos, conservar esta letra. Pero éste es un punto que sometemos gustosos, no a los doctos, sino a los buenos observadores, que no den más crédito a sus preocupaciones que a sus oídos.8

Creemos que llegada la época de adoptar este sistema en toda su extensión, sería conveniente reducir las letras de nuestro alfabeto, de veintisiete que señala la Academia en la edición ya citada, a veintiséis, variando sus nombres del modo siguiente:



A

B

CH

D

E

F

G

I

J

L

LL

M

N

a

be

che

de

e

fe

gue

i

je

le

lie

me

ne

Ñ

O

P

Q

R

RR

S

T

U

V

X

Y

Y

ñe

o

pe

cu

ere

rre

se

te

u

ve

exe

ye

ze



Quedarían así desterradas de nuestro alfabeto las letras c y h, la primera por ambigua, y la segunda porque no tiene significado alguno; se excusaría la n muda, y el uso de la crema; se representarían los sonidos r y rr con la distinción y claridad conveniente; y en fin, las consonantes g, x, y, tendrían constantemente un mismo valor. No quedaría, pues, más campo a la observancia de la etimología y del uso que en la elección de la b y de la v, la cual no es propiamente de la jurisdicción de la ortografía, sino de la ortoepía; porque a ésta. toca exclusivamente señalar la buena pronunciación, que es el oficio de aquélla representar.9

Para que esta simplificación de la escritura facilitase, cuanto es posible, el arte de leer, se haría necesario variar los nombres de las letras como lo hemos hecho; porque, dirigiéndose por ellos los que empiezan a silabar, es de suma importancia que el nombre mismo de cada letra recuerde el valor que debe dársele en las combinaciones silábicas. Además, hemos desatendido en estos nombres la usual diferencia de mudas y semivocales, que para nada sirve, ni tiene fundamen to alguno en la naturaleza de los sonidos, ni en nuestros hábitos. Nosotros llamamos be, che, fe, lie, etc. (sin r inicial) las consonantes que pueden estar en principio de dicción, y sólo ere y exe (con e inicial) las que nunca pueden empezar dicción, ni por consiguiente s.laba; de que se deduce que, cuando se hallan en medio de dos vocales, forman sílaba con la vocal precedente, y no con la que sigue. Rn efecto, la separación natural de las sílabas en corazón, arado, exordio, es cor-a-zón, ar-a-do, ex-or-dio; y por tanto, los silabarios no deben tener Ías combinaciones ra, re, ri, ro, ru, ni las combinaciones xa, xe, xi, xo, xu, dificultosísimas de pronunciar, porque verdaderamente no las hay en la lengua.10

Nos hemos ya extendido demasiado; aunque sobre un punto concerniente a la educación general, y que lleva la mira a faci litar y difundir el arte de leer en países donde por desgracia es tan raro, se debe tolerar más que en ningún otro la prolijidad. Nos hubiera sido fácil dar un artículo más entretenido a nuestros lectores; pero la propagación de las artes, conocimientos e inventos útiles, sobre todo los más adecuados y necesarios al estado de la sociedad en nuestra América, es el principa] objeto de este periódico.

Las innovaciones ortográficas que hemos adoptado en él son pocas. Sustituir l.i j a la g áspera; la i a la y vocal; la z a la ( en las dicciones < uy;i raí/, se escribe con la primera de estas dos letras; y referir la r suave y la x a la vocal precedente en la división de los renglones; he aquí todas las reformas que nos hemos atrevido a introducir por ahora. Sobre los acentos, letras mayúsculas, abreviaturas y notas de puntuación, expondremos nuestro modo de pensar más adelante.

Nos lisonjeamos de que toda persona que se dedique a examinar nuestros principios con ojos despreocupados, convendrá en que deben desterrarse de nuestro alfabeto las letras superfinas; fijar las reglas para que no haya letras unísonas; adoptar por principio general el de la pronunciación, y acomodar a ella el uso común y constante sin cuidarse de los orígenes. Este modo nos parece el más sencillo y racional; y si acaso estuviéremos equivocados, esperamos que la indulgencia de nuestros compatriotas disculpará un error que nace solamente de nuestro celo por la propagación de las luces en América; único medio de radicar una libertad racional, v con ella los bienes de la cultura civil y de la prosperidad pública.
*
Hasta muy pocos días ha, no llegó a nuestras manos un artículo del Sol de México (15 de julio de 1824), dirigido a los autores del discurso sobre la conveniencia de simplificar la ortografía, que se dio a luz en la Biblioteca Americana, y ha sido reimpreso con alemas ediciones en el tomo primero del Repertorio.

Agradecemos al señor N. N. la comunicación que nos hace; pero hubiéramos deseado una noticia más por menos de la tra-ducción castellana que cita del tratado sobre los sacramentos de la iglesia por el arzobispo de Florencia Martini, impreso con una ortografía que bajo muchos respectos se asemeja a la nuestra. La misma individualidad sentimos echar menos en lo tocante a El moribundo socorrido; pero de todos modos no lisonjea mucho la atención que algunos literatos de México han prestado a nuestro discurso, sea modificando las opiniones expresadas en él, sea rebatiéndolas. La discusión es el mejor medio de fijar el juicio; y si mediante ella llegamos a convencernos de que la práctica recomendada por nosotros produciría más inconvenientes que utilidades, seremos los primeros en abandonarla, y nos abstendremos de turbar a la etimología y el uso en el goce pacífico de su jurisdicción sobre materias ortográficas que a nosotros ha parecido siempre usurpada.

"La ortografía (dice con razón el ilustrado traductor del arzobispo florentino) se reduze al uso de las letras, o de los signos con qe se espresan los sonidos; a la puntuazion para denotar el sentido qe se ha de dar a las oraziones; y a la azentuazion, para distinguir o marcar la cantidad de las sílabas, esto es, para qe se conozcan las qe son largas, o en qe se á de cargar la pronunziazion en los casos dudosos.

"En cuanto a la puntuazion, en nada nos apartamos de las mejores reglas rezibidas. Por lo qe aze a los azentos no creemos nezesarío mas qe uno, qe le usamos solamente en la sílaba larga, qe lo reqiere, para evitar eqivocaziones i para uniformar en esto la pronunziazion, que suele variar en algunas provinzias.

"Y en lo respectivo al uso de las letras, qe es la piedra del escándalo, toda nuestra variazion se reduze a suprimir la /; y la u vocal, cuando no suenan, ni azen falta para qe se pronunzie el sonido qe se qiere espresar; a escluir la k por estraña y superflua, y la x por qe, a mas de ser eterojénea, y no nezesaria, tiene diversas pronunziaziones, y es mui espuesta a eqivocar su sonido en la lectura, como de tacto suzede.

"También escluiriamos la z por sobrante y estraña de nuestro alfabeto, y de uso inzierto, si estuviese en nuestra mano azer qe, escribiendo con c, ca, ce, ci, co, cu, pronunciasen todos za, ze, zi, zo, zu, por qe entonces pondríamos qa, qe, qi, qo, qu, con q, en lugar de ca, con c, qe, qui, con q, y co, cu, con c: y con esto seria perfecto nuestro alfabeto: cada signo espresaria un sonido, y no mas, y ningún sonido tendría mas qe un signo, qe le espresase, y todos escribirían con uniformidad. Pero como la c en las sílabas ca, co, cu, la pronuncian todos como q, y para qe tenga el sonido de ce, o ceda, es menester usar de la 2, se conserva esta letra, estendiendo su uso a las sílabas ze, zi, qe es en lo qe está la diferenzia, por qe asi nadie equivocará el sonido con qe á de pronuziar, pues nos acomodamos al qe leídos dan a la z, y usamos de la c solo para las sílabas ca, co, cu, qc nadie errará, por ser conforme a la pronunziazion jeneral de este signo en dichas silabas.

"Por la misma razón, escribimos ga, ^ue, gui, go, gu, con g; y ja, je, ji, jo, ju, con j, qe' todos pronunzian sin tropiezo ni eqivocazion; y solo diferimos en usar de la ]', y no de la g antes de la c y de la /, en qe su sonido es de j, y asi nadie se ecqivocará en lo que nosotros escribimos, fijando a cada uno de los dos signos el uso qe le corresponde, conforme a la pronunziazion comunmente rezibida y no suprimimos la u en gue, gui, por que pronunziarian je, ji.

"Finalmente, no introduzimos ninguna letra, o signo nuevo, y nos valemos de los nezesarios del alfabeto castellano para los sonidos qe todos les dan.

"De esta materia se an escrito de un siglo a esta parte varias obras, y buenos discursos en los diarios de esta ciudad y en los de México, y en las recomendables gazetas de Guatemala, que permanezen victoriosos, aunqe varían en aczidentes: y creemos qe si no los siguen todos los qe los an leído, es por lo qe dijo el poeta, qua imberbes disdicere, senes perdenda fateri erubescunt. El traductor de ambas obras es viejo, y á escrito, e impreso otras varias en el método común; pero la corruptela, el uso, y la costumbre misma deben zeder a la razón.

"Estamos bien persuadidos de qe la real academia española lo conoze asi, y de qe por pura prudenzia no á echo de una vez la reforma, qe cree justa y nezesaria, a fin de no chocar con la prcocupazion y la ignoranzia de los nezios, cuyo número es infinito".

Así dice este literato, y hemos copiado con exactitud su ortografía, para que nuestros lectores menos instruidos vean que ni somos singulares en nuestro modo de pensar, ni han faltado hombres juiciosos que llevasen las reformas en materia de escritura algo más allá que los editores del Repertorio. Nuestro sistema no es nuevo, ni, cuando dimos el artículo citado de la Biblioteca, tuvimos la menor pretensión de origi- nalidad. Si se examinan nuestras reglas ortográficas, se verá que apenas hay una que no haya sido puesta en práctica antes de ahora. Tenemos a la vista la primera edición del Terencio traducido por Pedro Simón de Abril (Alcalá de Henares, 1583), y en ella observamos que se escribe el verbo» haber sin h; los verbos hacer, decir, traducir, inducir, los nombres jueces, veces, vecinos, vecindad, hacienda, y otros semejantes con z11; la preposición a la conjunción o sin acento. En el Sabio instruido de la gracia del padre Francisco Garau (Barcelona, 1711), tenemos excluida la IA" de todas las voces en que no suena; los plurales veces, cruces, luces, los derivados lucimiento, lucero, voracidad, y otros que se hallan en igual caso, con z; i por y cuando hace de conjunción, y en los diptongos como reí, voi; a, i, o, sin acento. Iguales observaciones pueden hacerse en multitud de otros libros, y no dejaremos de citar particularmente el ejemplo del erudito Mayáns. Nuestras reformas por otra parte son consecuencia inmediata de los principios que ha seguido en las suyas la Real Academia Española. ¿No se desentendió esta de la etimología y el uso escribiendo elocuencia, cual, cuanto? ¿Es más repugnante a la vista el sustituir la j a la g en ánjel, injenio, que la g a la x en exemplo, exercicio? Se pudo poner por y, en bayie y peyne, ¿y no se podrá hacer otro tanto en taray, convoy? Si los que reprueban nuestro sistema condenasen también el de la Academia, serían a lo menos consecuentes, y mostrarían conducirse en sus juicios por algún principio racional, y no por el hábito envejecido de preferir autoridades a razones. Y si condenan las reformas de la Academia, quisiéramos preguntarles: ¿Qué sistema es el suyo? ¿En qué época de la lengua suponen fijada invariablemente la ortografía? O ¿en qué consiste la perfección de la escritura? O ¿con qué argumentos prueban que la suya ha llegado a este dichoso término de que ya no puede pasar?

El señor N. N. nos dice que conserva en su poder una carta en que se oponen las objeciones más fuertes contra el nuevo sistema por un sujeto de la más recomendable opinión. Mucho celebraríamos que nuestro respetado corresponsal se hubiese tomado el trabajo de indicárnosla, y que, en obsequio de la ilustración americana, continuase y diese a luz el discurso que comenzó a escribir sobre la materia.

"El uniformar la escritura (añade el señor N. N., cuya ortografía copiamos), lijando el alfabeto con los signos nezesarios para espresar los sonidos de nuestro idioma, y escluyendo los superfluos, o eqivocos, se debe azer por un cuerpo literario, como la academia de la lengua castellana, por qe si no, serian interminables las disputas i costaría mucho llegar al fin. Ahora se acaba de instalar el instituto, o academia de zienzias y bellas letras, i en esta debe esperarse qe se tome en considerazion el asunto, reuniendo a mas de las obras zitadas por ustedes la qe escribió e imprimió en esta ziudad don José Ybargoyen, otra de un anónimo publicada en Madrid el año de 1803, la de don Gregorio García del Pozo, impresa en la misma corte en el año de ... i los opúsculos dados a luz en 821 y 823 en Veracruz i Jalapa por el profesor de primeras letras don Félix Mondarte".

Mucho debe esperarse de la ilustración y celo de los individuos que componen el nuevo instituto mejicano; pero no esperamos que la uniformidad en materia de escritura, que no pudo lograrse durante el reinado de la Real Academia, sea posible de obtener después de la desmembración de la América castellana en tantos estados independientes entre sí y de España. Tampoco creemos que a ningún cuerpo, por sabio que sea, corresponda arrogarse en materia de lenguaje autoridad alguna. Un instituto filológico debe ceñirse a exponer sencillamente cual es el uso establecido en la lengua, y a sugerir las mejoras de que le juzgue susceptible, quedando el público, es decir, cada individuo, en plena libertad para discutir las opiniones del instituto y para acomodar su práctica a las reglas que más acertadas le parecieren. La utilidad de estos cuerpos consiste principalmente en la facilidad que propor- cionan de repartir entre muchas personas los trabajos, a veces vastos y prolijos, que demanda el estudio y cultivo de una lengua. La libertad es en lo literario, no menos que en lo político, la promovedora de todos los adelantamientos. Como ella sola puede difundir la convicción, a ella sola es dado conducir, no decimos a una absoluta uniformidad de práctica, que es inasequible, sino a la decidida preponderancia de lo mejor entre los hombres que piensan.

Pero ¿no es de temer, se dirá, que esta libertad ocasione confusión, y que, tomándose cada cual la licencia de alterar a su arbitrio los valores de los signos alfabéticos, se. formen tantos sistemas diferentes como escritores? Nosotros no lo tememos. Entre las varias tentativas que se hagan para perfeccionar la ortografía, prevalecerán aquellas que la experiencia acredite ser las más adecuadas al fin; el interés propio hará que cada escritor someta su opinión a la del público literario; las academias mismas se verán precisadas a respetarla; y las extravagancias en que incurran algunos pocos por la manía de singularizarse no tendrán séquito ni sobrevivirán a sus autores.
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