Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a






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títuloYo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a
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La actitud de Haida y del hombre, desconocido para Lambro, que la acompañaba, no necesitaba ser explicada, y el viejo pirata tuvo bastante con contemplar a la pareja breves instantes para comprender totalmente la clase de amor y de intimidad de esposos que a ambos les unía. El viejo navegante, que había recorrido el mundo, tuvo así la ruda sensación de comprobar inesperadamente el pecado de su hija. En Francia, por ejemplo, hubiese compuesto este Lambro, francés, una canción alegre y comprensiva con aquel argumento. En Inglaterra, un poema en seis cantos, pleno de consecuencias filosóficas llenas de melancolía. En España, una balada o un romance sobre la última guerra. En Alemania hubiera recurrido a Goethe. En Italia hubiese escrito el mismo poema en tercetos clásicos. En la misma Grecia hubiese cantado un himno lleno de vida. Pero Lambro, aunque griego, era un pirata de alma violenta y exigente y vivía hacía años en la seca soledad de su isla o sobre los procelosos mares. En consecuencia, no se manifestó poéticamente.
Don Juan y su amada se hallaban entregados a la dulce saciedad de sus corazones, ignorantes de la espléndida mesa, los manjares, las luces y los criados que les rodeaban. Deseosos de permanecer absolutamente solos, ordenaron a éstos que abandonaran la. sala y, desconocedores de la presencia de Lambro, escondido tras las columnas, se dirigieron hacia el lecho. Haida y Juan pensaban en aquellos momentos que los cielos, la tierra, el mar, el aire estaban exclusivamente hechos para ellos, y veían resplandecer en sus ojos todas esas bellezas de la vida, junto a la alegría, que brillaba como un diamante, y sabían que tanto brillo y tanto resplandor no eran más que el último secreto de sus propios ojos entregados a la amante contemplación mutua. Los tiernos abrazos, el estremecimiento de sus manos enlazadas, la elocuente expresión de sus miradas, tales eran, con la más envidiable intimidad, los entretenimientos y placeres de aquellos dos hermosos jóvenes que no parecían sino dos niños, y que hubieran permanecido siéndolo hasta su postrer día. Desde el lecho, unidos en lánguido abrazo, contemplaban los dos la caída del sol, aquella hora tan agradable para todos los mortales, pero especialmente sentida para ellos, puesto que era la misma que les acompañó el primer día en que se amaron. Inesperadamente, un estremecimiento repentino vino a interrumpir la embriaguez en calma gozosa de sus corazones. Fue como cuando el viento roza las trémulas cuerdas de un arpa y las hace vibrar, o como cuando curva el vuelo de una llama. Una especie de presentimiento les hizo estremecerse: Juan suspiró hondamente, y los ojos de Haida dejaron correr por sus mejillas una leve lágrima, completamente nueva para ella. Entonces él le preguntó por qué lloraba, pero Haida unió sus labios a los de Juan haciéndole callar con aquel tierno beso, que desterró de su corazón toda tristeza. Sus pensamientos, sin embargo, estaban ambos seguros de ello y ninguno de los dos podía engañar al otro, se movían en una extraña nube. Enlazados y con los corazones próximos, pensaron los dos que acaso deberían morir entonces. ¿Por qué no? ¿No sería aquél el mejor momento? Demasiado habían vivido, puesto que en sus pechos había nacido, crecido y alcanzado las más altas cimas el amor. Ellos hubieran debido vivir invisibles y desconocidos en el interior de los más espesos bosques, como viven los melodiosos ruiseñores, en vez de habitar los vastos desiertos de la sociedad, donde todo es vicio y odio...
Reclinado sobre el seno de Haida, Juan se durmió con el sueño del amor. En la calma y dulzura de aquel contacto, la misma niña cerró sus ojos y tuvo un sueño. Ensoñó que estaba sola a la orilla del mar, encadenada a una roca. Las olas venían hacia ella amenazantes, golpeaban su cuerpo y a veces dejaban en sus labios su sabor acre... Sin saber cómo se hallaba salvada, corriendo ligera y angustiada sobre la húmeda arena y las agudas rocas, cuyas aristas destrozaban sus pies... Se hallaba luego en una cueva y sus cabellos húmedos se pegaban a la piel de su cuerpo desnudo, produciéndola una sensación de frío inexpresable. A sus pies se hallaba extendido Juan, sin vida, pálido como la espuma de las olas... Aquel ensueño, tan breve y extraño, le pareció a Haida toda una larga vida entera, y sintió su corazón oprimido al volver a la realidad.
Fue entonces cuando Lambro, que había permanecido silencioso durante largas horas, salió de su escondite y avanzó con el ceño fruncido y lentamente hacia los amantes. Haida volvió la cabeza y se estremeció violentamente... Lanzó un grito doloroso, que despertó a Juan, el cual, viendo la expresión del rostro de Haida ante un padre al que creía muerto, se levantó también y la sostuvo con su brazo izquierdo, en tanto que, adivinando claramente un peligro, tomaba de la pared uno de los sables colgados en ella.
Lambro siguió avanzando lentamente. Una sonrisa desdeñosa surcó su rostro y dijo: —Al alcance de mi voz aguardan mis órdenes mil cimitarras como ésa; deja ahí la tuya, joven; deja tu acero inútil; de poco podrá servirte.
Haida retiene a Juan en sus brazos, exclamando:
—Juan, es... Landro... Es mi padre. ¡Juan! Arrójate como yo a sus plantas. La hermosa joven lo hizo así ella misma, y con la cabeza derribada murmuró a las plantas del viejo: —Tierno padre mío, en esta angustia de gozo y de dolor, en el momento en que beso enajenada de felicidad la extremidad de vuestra capa, ¿pueden por ventura mezclarse con mi gozo filial, asombrado y dichoso de volver a veros cuando os tenía por muerto, la duda o el temor? ¡Padre querido! ¡Haced de mí lo que queráis, mas perdonad a este joven!
El viejo Lambro permanecía inmóvil, duro y rígido como una estatua, en medio de la estancia. Reinaba en ella una calma absoluta, y la mirada de él manifestaba total serenidad, pero también toda falta de sentimiento. Miró largamente a su hija. Después miró a don Juan, notando que éste que conservaba e1 acero en su mano derecha, se hallaba dispuesto a combatir: —Joven arroja ese sable a mis pies —dijo el anciano. Juan respondió: —Nunca, mientras mi brazo esté libre y desconozca vuestras intenciones.
Entonces Lambro sacó de su cinto una pistola y, con la misma tranquilidad con que hasta ese momento se había comportado, la cargó y después la alzó en el aire, apuntando al pecho de don Juan. Entonces Haida se alzó del suelo y se colocó con ademán trágico ante la boca del arma de su padre: —Hiérame a mí sola la muerte... ¡Yo soy la única culpable...! No ha buscado él, padre, estas playas, a donde sólo la casualidad le condujo. Le amo y moriré con él. Conocía yo vuestro carácter inflexible; conoced vos ahora el de vuestra hija.
Don Juan miraba a ambos, tan próximos uno a otro, y se sorprendía de su extraordinaria semejanza. Una misma expresión animaba su fisonomía, feroz y serena, sólo con una leve diferencia en el temblor de la llama que arrojaban sus grandes ojos negros. Contemplándolos, pudo notar don Juan que una tormenta se debatía en el interior de Lambro y hasta que éste vacilaba un momento. Bajó su arma, pero de nuevo volvió a alzarla; dijo, mirando firmemente a su hija, como si quisiera penetrar sus más profundos pensamientos: —No soy yo quien ha buscado le pérdida de ese extranjero, ni la causa de esta escena de desesperación. Debo simplemente cumplir con mi deber. ¿Cómo has cumplido tú con el tuyo? Lo presente responde de lo pasado. De nuevo bajó su arma, se llevó un silbato a la boca, y apenas lo aproximó a sus labios y se escuchó su silbido, cuando se precipitaron tumultuosamente en el aposento unos veinte piratas armados de pies a cabeza, que en un segundo rodearon a Lambro.
—Prended o matad a ese extranjero —gritó el viejo—.
Al instante se precipitaron los piratas sobre don Juan, en tanto que Haida forcejea en vano entre los brazos de su padre. Don Juan se defiende bravamente, hiere al primero de sus atacantes en el hombro derecho, rasga la cara del segundo de ellos; pero el tercero, antiguo soldado, lleno de sangre fría recibe todos los golpes en su sable y dirige también los suyos, que en un momento Juan queda tendido a sus pies, dejando correr la sangre de sus venas como de un doble arroyo, de dos anchas heridas, una en el brazo izquierdo y la otra en la cabeza.
Encadenáronle entonces en el mismo sitio donde había caído y fue llevado en seguida fuera del aposento. Arrastráronle hasta una lancha y en ella fue conducido a uno de los navíos anclados en la bahía, donde fue confiado a la guardia pirata, la cual lo encerró en la bodega. Ved, pues, un hidalgo español, rico en bienes de fortuna, buen mozo, joven, que un momento antes vivía en el gozo de los presentes más bellos del amor, y que ahora se encuentra, cuando menos podía esperarlo, embarcado de repente, herido, cargado de cadenas, incapaz de todo movimiento y ante la amenaza de un pavoroso porvenir..., y todo porque una dama se enamoró de él.
En cuanto a la bella Haida... No era ésta una de esas mujeres que lloran, se derriten en sus propias lágrimas y acaban por ceder, vencidas, cuando se ven estrechadas por todas partes. Su madre había nacido en Fez y era mora de estirpe; lo cual imprimía a Haida el sello especial de un temperamento fuerte. El África pertenece toda entera al sol: sus habitantes son de fuego, como sus arenas. Si bien el dulce livo derrama allí su perfumado tesoro y las mieses, las flores y las frutas cubren la tierra, allí también arraigan los árboles ponzoñosos, los rugidos del león turban el silencio de la noche y los vastos desiertos insondables abrasan a los hombres y a los camellos o, levantando sus arenas, sepultan a las infortunadas caravanas.
Enérgica, lo mismo para el bien que para el mal, ardiente desde su niñez, la sangre morisca de Haida vive bajo la influencia del astro omnipotente lo mismo que la tierra de su patria materna. La belleza y el amor fueron la dote de su madre, y así los grandes ojos de la bella amante de don Juan expresan y demuestran todas las pasiones que dentro de ella anidan, aunque éstas se hallen adormecidas, como un león junto a una fuente. El único ser en el que nuestra bella ha fijado sus miradas es Juan su adorado amigo, y la última vez que sus ojos lo han contemplado se hallaba él ensangrentado, derribado y vencido. Ella lo ve, y por un momento su sangre mora se rebela y alza, pero más tarde, un gemido convulso termina sus angustias. Cae entonces en los brazos de su padre, como se desploma el cedro derribado por el hacha del leñador. Se había roto una vena dentro de su pecho y sus hermosos labios, suaves y bermejos, eran manchados por la sangre negra que de ellos brotaba. Su cabeza se inclinó como un lirio fatigado por la lluvia, Lambro, aterrado, pues amaba a su hija profundamente, llama a su servidumbre a grandes voces. La llevan a su lecho, todos con el llanto en los ojos, y la aplican cuantos cordiales, tratamientos y plantas saludables conocen... Pero todos sus cuidados fueron vanos: la vida no podía ya conservarla para ella y la muerte estaba a punto de destruirla. Permaneció algunos días en el mismo estado: yerta ya, pero sin que en su rostro apareciese la menor huella lívida, conservando aún sus hermosos labios sonrosados. Su joven corazón había cesado de latir, pero la muerte parecía aún hallarse ausente. Ninguna triste señal la indicaba. No vino la putrefacción a destruir la esperanza última de los que intentaban prolongar su vida. Al contemplar aquel bello y apacible semblante, creeríase que se hallaba dormida. La llama inmaterial del alma animaba sus facciones, y hasta el instante último en que hubo de ser depositada en ella había en su rostro y en su bello cuerpo un algo misterioso y profundamente atrayente que impedía que fuese del todo reclamada por la tierra.
Pobre y hermosa Haida. Durante doce días y doce noches fue aniquilándose su vida, sin un suspiro, sin una lágrima, sin una mirada que indicase su tránsito. Su alma voló hacia el cielo y nunca pudieron saber los que la velaban el momento exacto en que ello sucedió. Murió, y no murió sola, ya que en su seno vivía ya otro germen de vida que hubiera podido crecer un día: el hijo inocente de la madre culpable, hijo que terminó su breve existencia sin ver la luz y que murió sin haber nacido, en la misma tumba en que hubieran de marchitarse juntas la rama y la flor, heridas por un mismo golpe.
Así vivió y murió la bellísima Haida. Quedó para siempre libre de los ataques del dolor y de la vergüenza, ya que no había nacido para soportar durante años enteros ese pesado fardo de penas del que sólo la vejez liberta a los corazones con su frío postrero. Sus días y sus dichas fueron cortos, pero deliciosos; fueron tales, que no hubieran podido durar si su destino hubiera sido más largo. Hoy duerme en paz en la playa más clara de la Isla, en cuya mansión amó y fue amada tan intensamente... Aquella isla es hoy árida y desierta, sus casas han sido derribadas y sus habitantes se han dispersado; no existe en ella más que la tumba de Haida y la de su severo padre, y nada recuerda allí la morada de los mortales. Ni aun siquiera podría saberse con exactitud el lugar donde yace aquella amante tan hermosa. Ninguna piedra lo señala, ninguna leyenda explica su emplazamiento, ninguna voz hace oír el canto fúnebre que sería preciso dedicar a la belleza de las Cícladas, a no ser la resonante voz de las olas.
Su nombre, no obstante, se repite, acompañado de un suspiro, por todas las jóvenes griegas que entonan a la luz de la luna sus cantos de amor, y hasta existen viejos marineros que entretienen las largas noches invernales de sus navegaciones relatando la historia de Lambro, a quien la naturaleza concedió el valor, tanto como a su hija la belleza. Si ella amó imprudentemente, la pérdida de la vida fue suficientemente precio de sus actos... Hay siempre un castigo reservado para cuantos se hacen culpables. Nadie piense, pues, en huir del peligro, porque tarde o temprano, el amor es su propio vengador...
Herido, cargado de hierros, encerrado en un camarote semejante a una jaula, permaneció don Juan muchos días y muchas noches, sin poder casi recordar con precisión lo sucedido y sin que nadie se lo recordase. Cuando, al fin, consiguió volver a la razón, se encontró sobre el mar, navegando a seis millas por hora. Tenía ante sus ojos las playas de Ilión, que en otra ocasión diferente se hubiera conceptuado dichoso de contemplar, pero que entonces apenas consiguieron distraer su atención con su belleza.

Don Juan, a quien fue permitido en aquellos días salir de su estrecho calabozo y subir a cubierta, se contempló a sí mismo esclavo de los piratas, y sintió el profundo dolor de mirar el mar en esa triste condición inhumana. Debilitado por la pérdida de sangre y apenado por su propia suerte y la de su amada Haida, diría aún hoy, si pudiese ser preguntado, que fueron aquéllas las horas más amargas de su vida.
Vio y conoció entonces a otros cautivos como él, italianos de nacimiento, y la triste suerte común los hizo a todos casi amigos. Supo por su propia voz sus aventuras, que eran bien singulares. Se trataba de una compañía de cantantes, que en un viaje a la isla de Sicilia, donde debían actuar, habían sido atacados por el pirata Lambro en la travesía de Liorno y vendidos después por su empresario a bajo precio. El bufon de la compañía fue el que relató a Juan la curiosa historia. A pesar de saber que estaba destinado a ser tenido por simple mercancía humana en el mercado turco, conservaba este hombre la alegría de su ingenio, o, al menos, la de su papel. Aunque muy pequeño de estatura, tenía el aire resuelto y arrogante, y soportaba con bastante gracia su mala fortuna, en lo que se mostraba muy diferente de la prima-donna o el tenor. He aquí su relato, en pocas palabras:
"Nuestro maquiavélico empresario, al ver el bergantín del pirata, en vez de huir, se acercó a él, y trató por las buenas con su capitán. La venta fue acordada y fuimos transportados a su barco, en desorden, sin señalar siquiera nuestro salario, lo que es manifiestamente una mala costumbre. No nos importa demasiado, ya que, si el sultán tiene gusto por la música, muy pronto restablecerá nuestra fortuna.
"La prima-donna no deja de tener talento, aunque esté algo vieja, agotada por una vida de disipación intensa, y se halle siempre muy propicia a constiparse las noches que el teatro tiene poca entrada. La mujer del tenor carece de voz, pero es muy bonita. En el último carnaval llamó la atención en Bolonia, privando a más de una novia y de una señora de la dulce compañía de su novio y esposo. Tenemos también nuestras amables bailarínas: Niní, que ejerciendo más de una profesión, nada pierde en ninguna; la Zumbona y la Pelegrini, que también fueron felices en dicho carnaval, reuniendo, por lo menos, 500 buenos cequíes, pero ambas gastan tanto, que ya no les queda una blanca. Tenemos también la Grotesca, ¡qué bailarina!, que tendrá que responder un día del cuerpo y el alma de muchos hombres. En cuanto a las figurantas, son como todas las de su calaña. Hay entre ellas alguna que otra que es bonita y que puede seducir, pero las demás, apenas son dignas de un teatro de feria. Una es grande y tiesa como una pica, tiene el aire sentimental y podría hacer carrera, pero baila sin gusto. En cuanto a los hombres, son medianos. El músico no es más que un viejo petate, y, por lo que toca a su canto, apenas puede contarse con él para nada. La voz del tenor está echada a perder por la afectación, y en cuanto al bajo, berrea dulcemente. Es un ignorante, sin voz ni oído, que, por ser primo de la prima-donna, fue contratado. No me conviene a mí extenderme sobre mi propio mérito, porque, aunque joven, conozco, caballero, que tenéis un aire de persona que ha viajado mucho y no puede ser para vos la ópera una cosa nueva. ¿Habéis oído hablar de Racocauti? Soy yo mismo, y os aseguro que podrá llegar un tiempo en que me oigáis cantar... Había casi olvidado a nuestro barítono, muchacho amable, pero henchido de amor propio; gracioso en sus ademanes, pero ignorante hasta más no poder. Su voz tiene apenas extensión y carece de toda dulzura. Siempre se queja de su suerte, pero, si he de decir la verdad, apenas sirve para cantar baladas en la calle. En los papeles de enamorado, con objeto de manifestar más la pasión, como no puede mostrar corazón, enseña los dientes."
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