Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a






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títuloYo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a
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Si alguien tuviese el atrevimiento de decir que esta historia no es moral, le pido respetuosamente que no lance la queja antes de sentirse herido. Que me lea una segunda vez y que pruebe a decir todavía que mi poema es inmoral, porque es alegre. ¿Quién cometerá tal impertinencia? Además, yo haré ver en mi libro duodécimo, al final, el lugar horrible al que van a parar siempre todos los malvados.
Espero, pues, en calma vuestro aplauso, por más que la gloria no sirva para nada distinto al magno empeño de llenar cuartillas y cuartillas de papel, a fin de definirla inciertamente. Algunos la comparan a una alta colina, cuya cumbre se oculta entre las nubes. ¿Por qué escriben los hombres, por qué hablan y por qué predican? ¿Por qué los héroes degüellan a sus semejantes? ¿Por qué los poetas consumen febrilmente en su trabajo el noble aceite de sus lamparas? Para obtener, cuando ellos mismos sean ya polvo, un mal retrato, un busto todavía peor y un pequeño nombre... Un rey del antiguo Egipto, llamado Keops, hizo elevar la primera y mayor de las pirámides, creyendo que bastaba un monumento semejante para conservar entera su momia y su memoria. Y un día, un viajero, excavando el interior de ella, se entretuvo en romper la caja que guardaba el cadáver del monarca. Por consiguiente, ¿qué monumento podrá conservarnos cuando no queda ni la huella de las pobres cenizas de Keops? Por eso yo, apasionado de la verdadera filosofía, me digo muy a menudo:
"Todo cuanto ha sido creado, debe acabar. El hombre al que la muerte siega con su guadaña, exactamente lo mismo que la hierba de los prados. He pasado mi juventud bastante agradablemente, y si pudiese volver a empezar..., haría lo mismo. Doy, pues, gracias a mi estrella, que no me hizo ser más desgraciado; leo la Biblia, y tengo buen cuidado de mi bolsillo."
***
Y ahora, amable lector, quiero, con tu permiso, estrechar cordialmente tu mano, llamarme tu más humilde servidor, y darte después los buenos días. Volveremos a vernos si nos entendemos... y tú quieres. En el caso contrario, no cansaré más tiempo tu paciencia. ¡Qué dichosos seríamos si todos los autores siguiesen este ejemplo! ¡Oh, vosotros que educáis a la juventud de las naciones, pedagogos de la Holanda, la Francia, la Inglaterra, la Alemania o la España, sed duros con ella! ¿Acaso las ternuras de una madre y el mejor de los sistemas educativos han podido servir de algo a don Juan, al cual hemos visto olvidar de repente la modestia y la inocencia de los pocos años? Si le hubieran puesto en un colegio, ocupando su imaginación en cierta clase de meditaciones las obligaciones diarias hubieran impedido que se descarriase. ¡Si a lo menos hubiera vivido en un país del Norte! Pero el ardiente clima español nos ofreció el triste espectáculo de un bello joven de dieciséis años, entregado a la nada edificante tarea de organizar un divorcio, lo cual fue cosa tan terrible para los dómines... Mas, si observamos bien, cabe hallar justificación al mozo. ¿A quién estaba entregado? A una madre enamorada de las matemáticas, y... diremos más, a un preceptor que era, al fin y al cabo, un simple asno, a una señora joven (muy bonita, y sin esta circunstancia hubiera sido muy difícil un acontecimiento semejante) y, en fin, a un marido de más de cincuenta años... En último caso, ¿por qué hemos de aumentar la verdadera importancia de los actos humanos? Preciso es que la bola del Mundo gire incesantemente sobre su eje, y que todo el género humano dé con ella constantes volteretas. Es necesario vivir y morir, hacer el amor, pagar nuestras contribuciones y dirigir nuestras velas según el capricho del viento. Los reyes nos gobiernan, los médicos nos asisten con su charlatanería, los sacerdotes nos adoctrinan y nuestra pobre vida se pasa poco a poco. He aquí un soplo, una huella de amor, una gota de vino, una leve sombra de ambición, un ensueño de gloria, de combate, de devoción y, en fin, de polvo...
Don Juan fue enviado a Cádiz, ciudad, hermosa, que el que ve una vez no olvida nunca. Puerto y mercado de todo el comercio de las colonias de Ultramar, Cádiz cruje y ríe, llena de vida. Hay allí unas muchachas tan dulces, quiero decir, unas señoras tan amables y graciosas, que sólo el aire que las envuelve hace palpitar el corazón más viejo. ¿A qué compararlas? No he visto cosa alguna en la tierra que se las parezca. Un caballo árabe, un ciervo ágil, un pájaro imposible, un leopardo ondulante, una tierna gacela... todo ello unido, es inferior a ellas. Y su vestido, su mantilla, su corpiño, su falda, sus suaves pies diminutos, sus lindos tobillos, guardados en la seda de las medias... ¡Ay! Sería preciso un libro entero para poder haceros la pintura de tan bellas Evas. ¡Qué admirable cuadro presentan estas vírgenes de España, cuando separan un momento su mantilla con mano delicada y lanzan una mirada que hace perder el color al rostro e inflama el corazón! Mas don Juan no llegó a Cádiz, sino para embarcar. Los proyectos de su madre no eran otros que éstos. Era preciso que don Juan emprendiese un largo viaje por mar, que debía durar cuatro largos años. Y así a poco de llegar, don Juan embarcó, y ahora le vemos sobre la cubierta contemplando la tierra que se aleja, haciendo quizá su última despedida a España.
El navío en que viajaba nuestro héroe hacía vela para el puerto de Leghorn, lugar en el que la familia española de Moncada se había establecido mucho tiempo antes de haber nacido el padre de don Juan. Esta familia estaba unida a la suya por muchos lazos de parentesco, y Juan llevaba una carta de recomendación para ella. Su séquito se componía de tres criados y de un preceptor, el licenciado Pedrillo. Este sabio pedagogo hablaba varias lenguas, pero en aquel momento el mareo le atormentaba de tal manera, que no hablaba ninguna. Había perdido la palabra, y tendido sobre una hamaca, se dolía de haber abandonado la tierra firme.
Los hechos vinieron al fin a confirmar sus lamentaciones. A la una de la madrugada una tempestad envolvió el barco, y el navío, empujado violentamente por las olas y el viento, comenzó a dar horrorosos tumbos sobre el agua, y como era viejo, se le abrió una ancha brecha en un costado. Los marineros hubieron de echar mano de las bombas para achicar el agua que invadía las bodegas. Fue una noche espantosa de trabajo y peligro. Al rayar el día pareció que la tempestad amainaba, cuando de pronto el buque se volvió de repente sobre la proa y quedó inmóvil en esa posición. El agua de las bodegas cayó impetuosamente sobre los puentes, arrancando los masteleros, y el palo de mesana y el mayor cayeron al agua. A fin de conseguir que el barco recobrase el equilibrio, fue cortado el mastelero del bauprés, pero el buque no pareció volver a su posición verdadera.
No es agradable para nadie encontrarse en presencia de la muerte, y así, tanto los marineros como el pasaje, se dedicaron a desvanecer sus temores, unos bebiendo y otros rezando a gritos y pidiendo al cielo benevolencia. El viento no cesaba de silbar, y las olas, embravecidas, mezclaban su trágica y ronca armonía a las tristes súplicas de los que rezaban. El miedo puso término repentino a las angustias de los que se sentían marcados, y los gemidos, las blasfemias, las piadosas exclamaciones, resonaban en medio del Océano. Acaso el único que supo manifestar una presencia de espíritu, superior a su edad, fue nuestro héroe. Armado de un par de pistolas, corrió decidido a ponerse delante de la puerta del cuarto en el que se guardaban las bebidas, consiguiendo con ello que toda la marinería conservase, en cierto modo, la calma... ¡Conforme avanzaba el día, parecía calmarse la tormenta. Es cierto que el barco se hallaba sin arboladura; que la entrada del agua en la sentina aumentaba gradualmente; que bajos peligrosos roncaban la embarcación, y que ninguna costa se descubría próxima. Pero, al fin y al cabo, el buque aún se sostenía sobre las aguas. Durante unos momentos, la esperanza renació entre los desdichados viajeros, pero la verdad es que el navío flotaba a la deriva, sin que fuera posible gobernarlo.
Luchando con los elementos y la desesperación, los pobres mortales que ocupaban la destrozada nave vivieron tremendos días y horrorosas noches entre la tormenta, hasta que el viejo carpintero del buque, que había viajado mucho y que supo mantener la serenidad hasta el postrer instante, hubo de venir a decir al capitán que todo estaba perdido. El desorden fue entonces completo entre los tripulantes; no existía distinción alguna de grados ni de rangos; los unos redoblaban sus ruegos y lamentaciones, prometiendo cirios a los santos de sus devociones; los otros, situados en la proa del navío, avizoraban angustiosamente el horizonte; los de más allá izaban las chalupas; éstos y aquéllos, abandonados a la desesperación, aparecían tendidos y como sin sentido sobre la cubierta. Algunos habían enloquecido, se mecían en las hamacas sonrientes, los otros se ponían sus mejores vestidos, como si se tratara de acudir a una fiesta. Aquél maldecía el día que vino al mundo, rechinaba los dientes y se arrancaba los cabellos, dando tremendos aullidos; aquel otro se reunía con los que se ocupaban de preparar las chalupas, convencidos de que una lancha bien gobernada es capaz de resistir los embates de una mar tormentosa. Pero lo que era acaso peor en tan triste situación es que los víveres se habían concluido y que el mal tiempo había estropeado los únicos que quedaban. Dos toneles de bizcochos y un barril de manteca eran todo lo que todavía restaba para satisfacer las necesidades de todos. El agua se había concluido. Por fin, tras larga busca y trabajos inmensos, todo cuanto pudieron llevar a la lancha se redujo a algunas libras de pan enmohecido, mojado por el agua del mar, dos azumbres de agua potable, seis botellas de vino, un cuarterón de vaca salada y un mal jamón que no podía durarles mucho tiempo, así como tres litros de ron, milagrosamente salvados de la voracidad de los marineros.
Al comenzar la noche del duodécimo día de naufragio, el navío se inclinó y se sumergió en las aguas rápidamente. Entonces se elevó hasta los cielos el terrible grito humano del último adiós. Voces tímidas hicieron oír sus quejas lastimosas, mientras los más valerosos guardaban un triste silencio. Muchos se precipitaron en las aguas, profiriendo espantosos gritos. El mar se abrió, como una infernal caverna, y el navío arrastró con él una ola devoradora, del mismo modo que si su misma fuerza y vitalidad hallaran alegría en aquella tragedia... Casi todos los viajeros perecieron, salvándose tan sólo unos pocos de ellos, a los que la energía, la habilidad o la suerte concedieron un lugar en el bote o en la lancha. Cuando todo hubo terminado y el barco reposaba en el fondo del mar, los supervivientes hicieron un recuento. Nueve personas ocupaban el bote y treinta la lancha. Juan había sabido colocarse en ésta, y hasta consiguió llevar consigo al licenciado Pedrillo. Parecía que uno y otro hubieran cambiado sus papeles en la vida puesto que Juan tenía aquel aire de autoridad que da el valor y la decisión, en tanto que los ojos del pobre licenciado se hallaban anegados por las lágrimas que produce el miedo. Los criados de don Juan habían perdido la vida, sin duda por hallarse a la hora de peligro más repletos de ron de lo que era conveniente, pero a nuestro héroe le quedaba, sin duda, el consuelo inocente de haber podido salvar de la muerte a su viejo perrillo faldero. Este animalucho, que había pertenecido a don José y que don Juan amaba profundamente, fue lanzado por él sobre la lancha antes de que el navío se sumergiera.
Don Juan había llenado sus faltriqueras y las de Pedrillo con todo el dinero que pudo caber en ellas y, convencido de que al fin acabarían salvándose del naufragio, se sentía satisfecho de su previsión y relativamente feliz de haber podido salvar a su preceptor y a su perro.
***
La noche era espantosa y la situación de los náufragos realmente desesperada. Entre las olas embravecidas, al poco tiempo, desapareció el pequeño bote, y con él se hundieron los nueve hombres que lo ocupaban. La lancha siguió flotando todavía. Salió el sol entre nubes rojizas, y entonces fueron distribuidos unos tragos de ron y de vino entre los desdichados supervivientes. Todos estaban reducidos a una escasísima ración de pan mohoso y, entre la tormenta, sus pobres cuerpos no tenían para cubrirse otra cosa que unos miserables andrajos calados de agua. Eran treinta, y todos ellos, amontonados en el corto espacio de una lancha que apenas les permitía realizar el menor movimiento. Ensayaron cuanto les fue posible para aliviar y hacer más cómoda su posición, y así la mitad de ellos se tendieron en los bancos, mientras la otra mitad se mantenía en pie y se repartía el trabajo de la guardia. De esta manera, temblando de fiebre, de frío y de terror, hacinados en su barquichuela, sin otro abrigo que la capa del cielo y las rabiosas olas del mar, permanecían los pobres náufragos.
Es constante realidad humana la de que el deseo de vivir alarga la vida, y tengo a cientos experiencias que citar sobre ello. Hay enfermos que saben que no pueden escapar a la muerte y que se sostienen tiempo y tiempo, sin embargo, sólo con la ilusión de vivir, con tal que su buena esposa no venga a matarlos manifestándoles su dolor, ya que es más fácil lisonjearse de una dichosa cura, aunque imposible, deseada, que no dedicarse a imaginar que se tiene delante la horrorosa guadaña que acaba con nosotros. Se pretende también que una renta vitalicia, puesta sobre la cabeza de un viejo, es para él la mejor garantía de una vida larga... Lo mismo sucedía a nuestros náufragos que se hallaban abandonados en la débil lancha sobre la inmensa y tormentosa mar; vivían con el amor de la vida y eran capaces de soportar más desgracias de las que puedan creerse. Tan duros como rocas, resistían todos los embates. Pero... el hombre es un animal carnívoro y es necesario que coma, a lo menos una vez al día, puesto que no puede vivir del aire. Así pensaban nuestros pobres náufragos.
***
Al tercer día sobrevino una dulce calma sobre el mar, lo que renovó sus fuerzas y derramó un bálsamo reparador sobre sus miembros fatigados. Pudieron disfrutar de algunas horas de sueño, pero cuando despertaron, se sintieron invadidos de un exceso de voracidad, y luego de economizar sus víveres prudentemente, devoraron muy pronto todo lo que les restaba. Así, cuando amaneció el cuarto día, en medio de una admirable calma; cuando amaneció el quinto, sobre la misma paz de los elementos; cuando llegó el sexto..., don Juan hubo de ceder y su amado perrillo faldero fue sacrificado. Al séptimo día, la piel del animal constituyó el último recurso. Al llegar el día octavo, ¡preciso es que quien me lea comprenda la terrible situación de aquellos hombres! Al llegar el día octavo se dejó oír un murmullo espantoso, voz siniestra de la desesperación, en el que cada uno reconocía sus propias palabras en las palabras de su camarada. Tales palabras hablaban de carne y sangre humanas, y se preguntaban quién de entre ellos serviría para mantener a los demás. Más como ninguno estaba dispuesto a sacrificarse fue preciso recurrir a la suerte. Se escribieron los nombres de todos en unos pequeños trozos de papel y mi pobre musa se estremece al tener que confesar que por falta de material fue preciso hacer pedazos la carta que la hermosa doña Julia había escrito a don Juan bajo los dulces cielos de Sevilla... La triste suerte designó como víctima al preceptor de Juan.
El infeliz licenciado Pedrillo, luego de gemir lastimosamente, suplicó como gracia que le sangrasen. El cirujano del navío poseía sus instrumentos, y abrió las venas del desgraciado preceptor, el cual expiró de modo tan tranquilo y dulce, que apenas podía conocerse que ya no vivía. Murió noblemente, como había vivido; tal es, al fin y al cabo, lo que hace generalmente la mayor parte de los hombres. Besó con devoción un pequeño crucifijo, estrechó la mano de don Juan y después entregó, con verdadera gracia, su garganta y su muñeca a la lanceta del médico. Este fue menos digno, puesto que reclamó por su trabajo el mejor trozo del cadáver; pero, instado por una sed ardiente, prefirió saciarse con la sangre aun caliente que brotaba de las venas del pobre licenciado. Todos, después, consumieron con furiosa rabia el cuerpo del pobre hombre, exceptuando a don Juan, que, habiéndose negado el día antes a alimentarse con la carne de su perro, pensó aun menos en su hambre en tan terribles circunstancias. ¿Cómo hubiera podido, fuese cual fuese la necesidad en que se hallara, clavar sus dientes sacrílegos en el cadáver de un honrado maestro que había sido en vida su capellán y su amigo?
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