Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a






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títuloYo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a
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Al decir estas palabras, con las que terminaba sus brevísimas quejas, doña Julia se echó sobre su almohada. Sus negrísimos y bellos ojos, brillantes a través del cristal de las lágrimas, recordaban el cielo que nos envía al mismo tiempo la lluvia y los relámpagos. Las admirables ondas de su negra cabellera sombreaban como un velo sus mejillas húmedas y pálidas; se extendían atrayentes sobre ella; pero sus largos y brillantes rizos no podían, sin embargo, ocultar del todo el gracioso contorno de su bella espalda, blanca como la nieve. Sus dulces labios temblaban de agitación; su hermosísimo pecho ondulaba alterado, y, bajo él, su tierno corazón latía con violencia.
El señor don Alfonso se hallaba muy confuso. La doncella iba de una parte a otra del cuarto, en el que todo aparecía revuelto, con las narices levantadas con un manifiesto aire de provocación, dirigiendo impertinentes miradas a su señor y a los monicacos que le acompañaban. Sólo el procurador, como Acate, fiel hasta el sepulcro, se manifestaba tranquilo y satisfecho del incidente y la disputa, ya que sabía muy bien que siempre es preciso hacer uso de las leyes para poner de acuerdo a los disputadores. Inmóvil, y con el entrecejo arrugado, seguía con sus pequeños ojos de lince todos los movimientos de Antonia. Sus actitudes indicaban la sospecha; a él le importaban poco las reputaciones, con tal de que le proporcionasen la ocasión de un pleito o de un testimonio, y no tenía ninguna compasión por la juventud ni por la hermosura; jamás daba crédito a las respuestas negativas, en tanto que no le hubieran sido corroboradas por dos buenos testigos falsos.
En cuanto a don Alfonso, permanecía con los ojos bajos, y es preciso confesar que hacía una fea figura. ¿Qué había conseguido después del escándalo y del ultraje a una mujer joven? Nada, sino las reconvenciones que a sí mismo se hacía, añadidas a las que su mujer le había prodigado con tanta liberalidad durante una media hora, las cuales habían caído sobre él como el granizo de un día de tempestad sobre los campos. Intentó al principio disculparse, tartamudeando; no se le respondió sino con lágrimas, sollozos y síntomas de desmayo, cuyos preludios son siempre ciertos gemidos, ciertas palpitaciones, ciertas sacudidas nerviosas, determinados suspiros, y, en fin, todo lo que place a la parte querellante... El buen don Alfonso miraba a su mujer y pensaba en la de Job. Intentó hablar, pero la advertida Antonia le cortó la palabra:
—Señor—le dijo—¡salid de aquí y no tratéis de añadir una palabra, o bien mi pobre señora va a perder la vida.
El buen don Alfonso echó a su alrededor una o dos miradas amenazadoras, sin duda para que le vieran cuantos le habían acompañado, y obedeció casi sin saber lo que hacía. Con él se retiró todo el coro; el procurador fue el último que abandonó la estancia a pasos lentos, y deteniéndose en el umbral de la puerta, hasta que Antonia tuvo que empujarle hacia fuera.
Apenas hubo corrido el cerrojo, cuando inmediatamente... ¡Oh, vergüenza! ¡Qué desengaños y dolores ha de proporcionarnos siempre el sexo femenino!... Don Juan, medio ahogado, saltó de repente fuera de la cama. No pretendo explicar, ni menos describir, dónde había estado escondido, ni de qué manera. Joven, delgado y ágil, ocupaba, sin duda alguna, muy pequeño espacio. Es cierto que pudo morir ahogado, pero si hubiese muerto por una tan hermosa mujer, ¿podría tenérsele lástima? No podemos. Mejor es morir así, por tan dulce ahogo, que no rebosante de malvasía, como el ebrio de Clarencia.
¿Tenía necesidad don Juan de cometer un pecado que el cielo nos veda y por el que las leyes humanas suelen imponer multas? Preciso es convenir, cuando menos, que él empezaba muy temprano, y aquí está la razón más justa para perdonarle, puesto que a los dieciséis años es rara la conciencia que nos reprende con la misma fuerza que a los sesenta, ya que entonces recapacitamos nuestros yerros, y, después de haber hecho la cuenta, encontramos que el diablo reclama con bastante derecho la mayor parte de nuestras acciones. Por mi parte, no parece necesario que haya de ocuparme de cambiar la posición de nuestro héroe, la cual viene a ser idéntica a aquélla, maravillosamente descrita, de la crónica hebrea, que nos relata el modo cómo determinados médicos, despreciando brebajes y píldoras, ordenaron al viejo rey David, cuya sangre se hallaba ya algo entorpecida, que se aplicase sobre el estómago, en forma de cataplasma, una hermosa muchacha. ¡Adorable receta, que tuvo un éxito cumplido! Aunque puede ser muy bien que la misma que sirvió para conservar la vida de David, faltara poco para que hiciese perder la suya, tantos anos después, a nuestro don Juan.
¿Qué podían hacer los tres personajes? Don Alfonso regresaría al punto, en el instante en que hubiese despedido a su consejo de majaderos, y la situación volvería a ser gravísima. Doña Julia suplica a Antonia que busque en su maliciosa imaginación algún ardid que pueda sacar del paso a los dos amantes, pero ella, por más que da palmadas sobre su frente, no encuentra ninguna. ¿Cómo se sostendrá el nuevo ataque que va inmediatamente a comenzar? Por si fuera poco, de aquí a algunas horas va a amanecer, y ello aumenta el peligro. Antonia no sabe qué decir. Doña Julia calla, pero acerca sus labios descoloridos a las mejillas de don Juan. Entonces, los labios de él van a buscar los de ella, y ésta aparta dulcemente con su mano los bucles de sus cabellos que caían en desorden sobre su frente de alabastro. Ninguno de los dos saben contener enteramente la fuerza alegre de su amor, y casi se olvidan ambos por completo del peligro. La fiel Antonia, en tal trance, pierde la paciencia:
—Vamos, vamos, ¿es ahora el momento de juguetear? Es preciso encerrar al señorito en el gabinete. ¿Es este tiempo de hacerse carantoñas? ¿No sabéis qué todo puede concluir trágicamente? Si vosotros perdéis la vida, yo perderé mi plaza. ¡ Y todo por esa cara de señorita! Si al menos hubiera sido por un hermoso caballero de veinticinco o treinta años; vamos, señor, despáchese usted; pero por un niño... Estoy verdaderamente admirada del gusto de mi señora... ¡Vamos, caballero, entrad aquí!...
Y don Juan hubo de colarse en el gabinete. La llegada de don Alfonso, que esta vez venía solo, hizo salir a Antonia de la alcoba. Después de mirar alternativamente a su amo y a su ama, la fiel sirvienta espabiló la vela, hizo una cortesía y partió. Don Alfonso guardó silencio durante un minuto. Inició después unas excusas tímidas, explicando el escándalo de aquella noche.
No trató totalmente de disculparse, pues aunque se había conducido como un caballero mal educado, tenía razones muy poderosas para hacer lo que hizo. Su discurso fue un trozo de retórica, de esos que los catedráticos llaman "consonantes". Por su parte, Julia no hablaba una palabra, sin perjuicio de que su entendimiento la sugiriera a cada frase de él una de esas respuestas que están siempre a flor de labios en boca de las señoras que conocen las debilidades de sus maridos, puesto que cuando un esposo reprende a su mujer por causa de un amante, entonces la mujer riñe a él por tres queridas... En realidad, Julia habría sabido muy bien dónde hallar pruebas suficientes, ya que los amores de don Alfonso y doña Inés eran, más o menos, cosa pública, pero no lo hizo, y es razonable suponer que fue por delicadeza hacia don Juan, que la oía desde el gabinete, y que era muy celoso de la honesta reputación de su madre. En los asuntos delicados, la más pequeña cosa es suficiente para despertar las sospechas. Lo discreto es callar, y elogiaremos siempre ese exquisito tacto de algunas mujeres que saben mantenerse lejos de la verdad de las cuestiones enojosas, y que mienten, ¡Dios mío!, con tanta gracia, que no hay nada que las haga tan interesantes como la mentira. Se ponen coloradas, y nosotros las creemos. Es inútil, en todos los casos, iniciar siquiera una vana réplica ante sus embustes, porque ello no sirve sino para dar a su elocuencia la ocasión de mostrarse todavía más abundantemente... Se muestran fatigadas, suspiran, bajan los ojos entristecidos, dejan caer una o dos lágrimas..., y he aquí que quedamos rendidos. Después..., después..., bien, sí...; después se sienta uno a la mesa y cena tranquilamente.
Don Alfonso concluyó su peroración e imploró de la linda Julia un perdón medio negado y medio concedido. Ella entonces impuso condiciones, que él se vio precisado a hallar muy duras, especialmente porque le negaban con toda firmeza ciertos pequeños favores que él, tras el arrepentimiento, exigía de la hermosa, en la misma esto se debatía; de pronto, los admirados ojos de don Alfonso advirtieron debajo de la cama un par de zapatos. Poca cosa, realmente, significan un par de zapatos cuando corresponden al pequeño pie de una señora, pero aquellos zapatos, en verdad, ¡siento una gran pena teniendo que decirlo!, eran los zapatos de un hombre. Verlos y lanzarse sobre ellos, fue para don Alfonso una misma cosa. Los examinó un instante, como si realmente fuesen un objeto extraño, y después, se entregó a un furor espantoso. Y como una fiera, salió en busca de su espada.
Julia, entonces, corre al gabinete:
—Huíd, Juan, huíd, por amor del cielo! La puerta está abierta. Conocéis el pasillo. Tomad la llave del jardín. ¡Adiós, adiós! ¡Huíd! ¡Oigo venir a Alfonso! ¡Daos prisa! Aún no ha empezado el día. La calle estará desierta...
Es verdad que todo ello era un buen consejo, pero lo sensible es que fue seguido por don Juan demasiado tarde. Aunque de un simple salto había corrido hasta la puerta e iniciado la huida, lo cierto es que en el pasillo se encontró a don Alfonso imponente dentro de su bata, se vio amenazado con la muerte, y no pudo elegir. El combate fue terrible, y hubo de desarrollarse en plena oscuridad, porque alguien había apagado la luz a tiempo. Entre los gritos de Julia y Antonia, don Alfonso fue aporreado muy lindamente mientras juraba que se vengaría antes de la mañana. Juan gritaba en tono más alto; su sangre hervía. Sin perjuicio de ser joven, era ya un poco demonio, y por ello no se sentía dispuesto a morir mártir. Por fortuna, la espada de don Alfonso había caído al suelo de sus manos antes de que él pudiera desenvainarla, y en la oscuridad, los ojos de don Juan no advirtieron el hierro homicida, puesto que, de no ser así, don Alfonso no hubiera vivido mucho tiempo... ¡Oh, esposas criminales, que así ponéis en peligro la vida de vuestros amantes y vuestros maridos, provocando continuamente con ello la venganza que merece una desgracia doble!
Cuando, al fin, llegaron los criados y la luz, todos quedaron sorprendidos del espectáculo que se presentó ante sus ojos: Antonia sufría un ataque de nervios, doña Julia aparecía desmayada sobre la alfombra, don Alfonso se encontraba derribado en el suelo, cerca de la puerta, casi sin respiración, y los jirones de los vestidos de don Juan, a los que el viejo se había agarrado desesperadamente, se mostraban esparcidos por el suelo.
Don Juan pudo escapar por el jardín, pero, ¿tengo necesidad de decir cómo llegó a salvarse en una desnudez casi completa, a favor de las sombras de la noche, que protegen muy a menudo a los malvados? ¿Cómo entró en su casa con tan extraña vestidura? El escándalo que circuló al día siguiente, los chismes que siguieron al acontecimiento, la petición de divorcio que don Alfonso hubo de formular, todo ello, con perfecto detalle, se publicó en las gacetas inglesas, sin omitir cosa alguna. Y así, si tenéis curiosidad de conocer este asunto y las declaraciones de todos los testigos con sus nombres, las defensas de los abogados, las consultas de los jurisconsultos, en favor o en contra de cualquiera de los personajes, podéis satisfacerla porque existen numerosas ediciones impresas todas ellas con pormenores muy variados y picantes. Os recomiendo particularmente la edición de Gusney que hizo expresamente un viaje a España para recoger todos los documentos de este pleito.
La buena doña Inés, madre del mancebo que se vio precisado a recorrer media Sevilla poco menos que desnudo, a fin de distraer los comentarios de un acontecimiento que vino a resultar el más escandaloso en muchos siglos, tras hacer arder por su cuenta muchos quilos de cirios en la capilla de los santos de su devoción, se decidió a enviar a su hijo a Cádiz, para que allí embarcase, siguiendo el consejo de dignísimas señoras de edad, amigas suyas. Deseaban todas ellas que don Juan viajase por tierra y por mar, a través de Europa, a fin de que se olvidase el horroroso incidente, y para que él se corrigiese de sus defectos, haciendo progresos en la práctica de la virtud y fortificándose en los principios de la buena moral, en las escuelas de Francia y de Italia. A lo menos allí es donde suelen ir a estudiar las más sabias disciplinas la mayor parte de los jóvenes descarriados.
En cuanto a doña Julia, tan linda dama fue encerrada en un convento sombrío. Entró en él, como es natural, con mucha pena, y la carta siguiente servirá para que el lector conozca mejor, que a través de mis palabras, sus sentimientos más secretos. La dirigió a don Juan:
"Me han dicho que partís, y no puedo negar que haciéndolo así obráis prudentemente. Ello no deja de ser penoso para mí, sin embargo. En adelante, no ostento ningún derecho sobre vuestro corazón, y el mío es solamente la víctima. He amado demasiado. He aquí el único artificio de que he hecho uso. Os escribo a toda prisa. Si alguna mancha ensucia este papel, no es, don Juan; lo que parece. Mis ojos están llenos de fuego y no brota de ellos lágrima alguna."
"Yo amaba. Amo todavía; he sacrificado a este amor mi rango, mi dicha, el favor del cielo, el aprecio del mundo, mi mismo aprecio... Sin embargo, no siento la pérdida de todo ello, ya que es tan dulce para mí la memoria del sueño de mi corazón... Si os hablo aquí de mis faltas, don Juan, no es, de ningún modo, para alabarme de ellas, puesto que nadie puede juzgarme tan severamente como yo misma lo hago. Os escribo tan sólo porque el reposo huye de mí. Pero no tengo nada que reprenderos, ni nada que pediros. El amor es un episodio en la vida del hombre, y, sin embargo, es toda la existencia de la mujer. Las dignidades de la Corte y de la Iglesia, los laureles de la guerra o de la gloria, los dones todos de la fortuna son el patrimonio del hombre, y le ofrecen el bello y fuerte licor con que llenar el vaso vacío de su corazón, y así, son muy pocos los hombres que no se dejan seducir por todo ello. En cambio, nuestro sexo sólo tiene un néctar dulcísimo con que colmar su copa; amar..., amar siempre y perderse."
"Vos, don Juan, seguiréis la carrera de los honores y de los placeres, seréis amado y amaréis muchas nuevas hermosuras; para mí todo ha concluido en la tierra, excepto la triste andadura de unos años, durante los cuales voy a esconder en el fondo de mi corazón mis dolores y mi vergüenza. Podré soportarlo todo, pero no puedo desterrar la fatal pasión cuyo fuego me consume como antes... ¡Adiós, pues! Perdóname. Ámame..., aunque esta palabra es ya inútil ahora... Pero, amado mío, no puedo borrarla"...

"Mi corazón ha sido todo debilidad. Todavía lo es, aunque deseo reunir dentro de él y contra ella todas las fuerzas de mi alma. Siento circular mi sangre briosamente, y ello hace renacer mi valor; del modo mismo como corren las ondas pacíficas cuando los vientos quedan en calma. Mi corazón es el de una mujer tímida, que no puede olvidar, sin embargo. Es ciego para todo, excepto para una sola imagen. Lo mismo que la aguja que se vuelve siempre señalando el Polo, mi corazón, prendado, está fijo en una idea querida... No tengo más que decir, y, sin embargo, no puedo dejar la pluma; no me atrevo a estampar sobre el papel la inicial de mi firma... ¿Qué tengo que temer, ni qué esperar?... Y, sin embargo, no puedo terminar. Mi desgracia no puede aumentarse. Moriré; pero temo que la muerte rehuye a los desgraciados que corren tras ella. ¡Si las penas acabasen nuestra vida!... Estoy condenada a sobrevivir a esta despedida y a soportar la vida para amaros y rogar por vos."
Esta carta se escribió sobre papel dorado, con una pequeña y linda pluma nueva. La blanquísima mano de Julia apenas podía acercarse a la llama de su bujía para ablandar el lacre que había de cerrarla, y nuestra tierna amiga se mostraba trémula como una aguja que se aproxima a la piedra imán. Sin embargo, no dejó caer una sola lágrima, y pudo al fin lacrarla y grabar sobre el lacre su sello. Un sello que tenía un girasol en el centro, sobre una cornerina blanca, y en el que se leía este lema: "Os sigo a todas partes"... El lacre era muy fino y del más hermoso bermellón. Esta que he transcrito fue la primera travesura de don Juan. Si me concedéis vuestro favor, que es como la hermosa pluma que el autor pone en su sombrero, continuaré la relación de sus aventuras. Es una epopeya lo que compongo. La dividiré en doce libros. Cada uno de ellos comprenderá incontables poemas de amor y de guerra: viajaremos por mar; poseeremos una inmensa lista de navíos, de sus capitanes y de los monarcas que los llaman suyos. Emplearé una nuevo mitología, una ficción de original estilo, y situaciones y escenas extraordinarias. Acudiré a la historia, a la tradición y a los hechos; a los diarios, cuya veracidad es conocida, a las comedias en cinco actos y a las óperas en tres. Debo advertir, para total confianza del que lee, que yo mismo y varios testigos todavía existentes en Sevilla hemos presenciado con nuestros propios ojos el último rapto de don Juan, verificado por el diablo...
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