Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a






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títuloYo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a
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fecha de publicación10.09.2015
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¿Qué podía hacer Juan, lleno de curiosidad verdadera? Alargó un poco más sus fuertes brazos, dominando del todo al viejo monje. Movió sus manos. Y, ¡oh, maravilla!, tocó, sin duda alguna, un duro seno, una turgente gracia terminada en la gloria, que palpitaba alegremente, como si contuviera un joven corazón conmovido... Volvió a tocar, ya sin usar los brazos para ninguna violencia, y comprobó que había dos maravillas como aquélla bajo los negros hábitos del fantasma...
Y muy pronto, lector: una barbilla delicada, un cuello de marfil, un calor suave y tierno, dulce y pecadorzuelo, revelaron a nuestro héroe una existencia demasiado carnal para su fantasma bajo aquellos sayales... Un momento después cayó el disfraz al suelo y... ¡ay!... ¿debemos decirlo?... apareció ante los ojos de don Juan... Digamos de una vez que apareció el voluptuoso cuerpo, nada fantasmal, de Su locuela Gracia la duquesa de Fitz-Fulke, a cuya buena alma debe agradecer nuestro héroe determinadas cosas muy delicadas y poco fáciles de explicar en este poema.
***
El mundo está lleno de huérfanos: en primer lugar, los que lo son en el estricto sentido de la palabra, pero muchos son los árboles solitarios que crecen más alto que los apiñados en la maraña del bosque; los siguientes son aquellos que, sin estar condenados a perder a sus amantes padres en la tierna infancia, se ven privados del cariño paternal, con lo cual van a dar en no menos que huérfanos de corazón; otros son los hijos únicos, hoy tan de moda, que no dejan nunca de ser niños, pues, como dicen, un hijo único es un hijo malcriado —su educación, en mi opinión, ya sea benevolente o severa, no debe ir nunca tan lejos que transgreda los límites del amor o el respeto—. Quienes lo padecen —sea en el corazón o el intelecto— sea cual sea la causa, son en la práctica huérfanos.
Pero volviendo a la norma estricta —en tanto las palabras sirvan para dictar normas— la noción más común de huérfano implica a un tiempo la imagen de una escuela parroquial, una criatura hambrienta, un naufragio en el océano de la vida, una mula (como dirían los italianos) humana, objeto de piedad o alguna emoción peor. Incluso, si se piensa un poco, tal vez habría que admitir que los huérfanos ricos son aún más dignos de conmiseración.
Son demasiado pronto sus propios padres. ¿Qué valor tienen los tutores, guardas, etc., comparados con los progenitores naturales? De ese modo el hijo de un canciller, de la Guardería de la Cámara Estrellada (por poner el primer ejemplo que me viene a la mente) es como un patito, criado por Dame Parlett —especialmente si es una niña—, temeroso de echarse al agua de cabeza.
Dice el clamor popular, cuando alguien osa ofrecer una perspectiva nueva: "si usted tiene razón entonces todo el mundo está equivocado". Supongamos el caso contrario: "si usted está equivocado, entonces todo el mundo tiene razón". ¿Alguna vez es alguien tan discreto? Así pues, yo recomendaría libre discusión sobre todos los temas, cualesquiera estos sean, o debidos a quién fuere, porque a medida que unos tiempos van empujando a los otros, el último tiende a acusar al anterior de colocarlo en un colchón de púas, sin importarle los pinchazos porque es demasiado obtuso: lo que era una paradoja deviene una verdad, o algo parecido (Lutero lo atestigua).
Los sacramentos se ven reducidos a dos, y las brujas a una, aunque un poco tarde, ahora que quemar viejas en la hoguera ha sido declarado un acto de inurbanidad (a pesar de lo cual, hay que decir, no faltan en algunas familias quienes merecieran buena reprimenda). Al gran Galileo le fue negado el sol porque lo había arreglado, y para evitar que contara que la tierra rodaba en torno a él, le prohibieron incluso que andara. Cuando estuvo casi muerto y enterrado, algunos hombres comenzaron a pensar que su ccabeza no había merecido enmienda; y hoy, por lo visto, resulta que tenía razón. Sin duda será un consuelo para sus cenizas. El hombre sabio sólo está seguro cuando ya no puede compartir su saber; tendrá un firme Post Obit en la posteridad.
Si tal condena espera a cada gigante intelectual, nosotros, gente nimia en nuestro modesto modo, deberíamos, sin duda, soportar mejor los leves quebrantos de la vida, y eso es por una vez lo que voy a hacer yo, tan bien como sepa —ojalá fuera menos impetuoso—. Cuando me propongo, cada mañana, ser un totus teres, estoico, sabio, el viento empieza a soplar y yo vuelo, lleno de rabia. Moderado lo soy —jamás fui temperamental—; soy modesto —sin ser inseguro—; flexible —aunque en cierto modo idem semper—; paciente —si bien no aficionado a resistir a cualquier precio—; alegre —aunque, a veces, un tanto dado al lloriqueo—; pacífico —pero en ocasiones también una especie de Hercules Jurens—, de tal modo que casi pienso que la misma piel contiene a dos o tres seres distintos.
Dejamos arriba a nuestro héroe en una situación algo delicada, de las que ofrecen al hombre la posibilidad de mostrar su fuerza —física o moral—. En esta ocasión, si venció su virtud o, de llano, su vicio —pues procedía de una nación generosa—, es más de lo que yo deba atreverme a describir, a menos que una beldad me pague con un beso.
Ahí dejo la cuestión: llegó la mañana, y el desayuno, té y tostadas, del que casi todos los hombres toman sin rechistar. La compañía cuyo nacimiento, salud, valor, han costado a mi lira varias cuerdas, se unió a nuestra anfitriona, y mi anfitrión; aparecieron los invitados, el penúltimo, Su Gracia, el último, Juan, con su rostro virginal.
Si es mejor hallar un fantasma o nada, era difícil de determinar. Juan parecía haber combatido con más de uno, y haber sido vencido y agotado. Con unos ojos que apenas arrojaban la escasa luz que traspasa un ventanal gótico, Su Gracia, también, tenía todo el aspecto de haber sufrido escarmiento; se la veía pálida y temblorosa, como si hubiera guardado vigilia, o soñado más que dormido.


FIN

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