Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a






descargar 415.83 Kb.
títuloYo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a
página16/17
fecha de publicación10.09.2015
tamaño415.83 Kb.
tipoDocumentos
l.exam-10.com > Ley > Documentos
1   ...   9   10   11   12   13   14   15   16   17
Como Adelina no era un juez muy profundo en materia de caracteres, dominaba bastante en ella la propensión a prestar a los demás un colorido que era, al fin y al cabo, el suyo propio; así es como la bondad comete amables yerros y lo hace también la sabiduría, conforme lo atestigua la experiencia, que es el gran filósofo, el más triste de todos, pero el más sabio cuando una vez hemos llegado a profundizar su ciencia...
Cuando Adelina, apreciando algo del propio mérito de Juan y del peligro de su situación actual frente a la duquesa, experimentó hacia nuestro héroe un vivo interés que quizá era un poco de afecto, por ser una sensación nueva para ella, o porque había allí cierta apariencia de inocencia, lo cual es una tentación cruel para las mismas inocentes, comenzó a reflexionar sobre la manera de salvar el alma de su buen amigo, expresión un poco diferente da la de su bien amado. Como auténticamente era una lady digna y respetable, y como sólo era experimentada en su propia experiencia y no tenía demasiado interés en que Juan encontrara el amor entre sus amigas, reflexionó dos o tres horas sobre el caso y decidió que moralmente, y conforme a las buenas costumbres, el mejor estado del hombre —¡ay, no podría decir lo mismo del de la mujer, aunque no lo supo definir claramente!—es el del matrimonio, por lo cual aconsejó con mucha formalidad a don Juan que se casase. Don Juan, con la deferencia conveniente, aunque sin entenderlo demasiado, la contestó que sentía una especial predilección por el lazo matrimonial, pero que de momento, y en atención a sus ocupaciones, no estaba precisamente en la ocasión de hacer un matrimonio, aparte de que era preciso consultar en tales trances, no sólo a su propio gusto, sino al de las personas a las que podría dirigirse y, sobre todo (no podía decir más), que él se casaría con muchísimo gusto con alguna dama si no fuera porque daba la casualidad de que ya estaba casada. Adelina citó entonces los mejores partidos femeninos de la Gran Bretaña: la discreta miss Reading, o sus semejantes miss Raw, miss Flaw, miss Flowman, miss Knowman o las dos hermosas y ricas heredades (queremos decir, naturalmente, una cualquiera de las dos) Giltbedding. También podía contarse con miss Millpond, apacible como el mar en un hermoso día de verano, aquella maravilla, tantas veces citada, hija única, con espléndida dote, semejante a una crema de dulce mansedumbre, cuando menos en lo exterior, porque en el fondo de la crema había una leche acuosa, teñida de ligeros matices azules; pero esto importa poco, porque el amor es libertino, naturalmente, pero el matrimonio debe ser pacífico y, como se ve con frecuencia atacado de consunción, es recomendable para él la dieta lactanciosa... Estaba también miss Audacia Shoestring, brillante señorita, de estupenda fortuna. Podía también pensarse en..., pero, ¿a qué ir más lejos, a no ser que las señoras gusten de que terminemos la revista de las novias?
Sin embargo, la verdad es que podía todavía pensarse en una belleza no citada por lady Adelina, una belleza deseada por todos, del mejor gusto y la mejor clase: Aurora Raby, astro joven y lindo, alegre sano, hermoso sin disputa, hacia el que no tenemos más remedio que lanzar nuestras alabanzas; admirable criatura apenas formada, capullo de rosa, cuyas hojas más tiernas aún no se habían abierto. Era rica, noble, huérfana, amante de la soledad, joven, soberbia y sublime, melancólica, sin embargo de ello, como los serafines. ¡Y, era, además, triste y grave, como un ángel que se lastimase del ángel caído, arrepentida de un crimen que no había cometido, flor nacida a las puertas del Edén para el gozo de los desgraciados que nunca podrán entrar en él...! Pero, cosa rara, Adelina la había olvidado entre sus candidatas...
Tal omisión, como la del busto de Bruto en la pompa fúnebre de Tiberio, sorprendió a don Juan, y así lo hizo notar con cierta sonrisa. Adelina, con algún desdén, contestó que no se le había ocurrido pensar en una niña afectada, desdeñosa y fría.
No seríamos justos si pensáramos que a lady Adelina la movía la envidia, puesto que sus ideas y su mismo rango y belleza la ponía al abrigo de sospecha semejante. Tampoco era desprecio, puesto que la joven no era despreciable. Tampoco podían ser celos... Mas dejemos este vano intento de explicar lo que fuese. El corazón humano tiene siempre esas sombras, esos secretos... Más fácil es siempre, ¡ay!, decir lo que no era que lo que era...
Para resumir: el congreso habido entre Adelina y Juan acabó como los de nuestros días; es decir, que produjo cierto mal humor entre ellos, porque Adelina era obstinada y aun dudaba de su Waterloo... Pero el sonido de la campana, que llamaba a todos a la mesa, acabó la cuestión muy lindamente.
Por una extraña casualidad, Juan se encontró colocado en la mesa entre lady Adelina y la duquesa, de cuyos ocultos pensamientos ya hemos hablado..., lo cual era una situación realmente muy apurada para un joven que deseaba comer, pero que, sin embargo, tenía corazón y ojos. Por si fuera poco ya esta situación no podía tampoco ostentar siquiera las gracias de su ingenio suelta y gentilmente, porque Adelina, que ni siquiera le dirigía la palabra, llegaba hasta el fondo de su alma con sus penetrantes miradas. Se puede comprender que allí había cierta violencia. Tanta, que Adelina parecía felicitarse —siempre con las miradas— de que la duquesa no demostrara demasiado ingenio; y tanta, al fin, que Juan se vio precisado a dirigirle a ésta ciertas atenciones y galanterías que, al menos, justificaran las sonrisas de ella. Con lo que la comida acabó proporcionando poco gusto a los tres: a la duquesa, a Adelina y a Juan...
***
La vida fluctúa entre dos mundos, como el día y la noche, el sol y las estrellas. ¡Cuán poco sabemos lo que somos y cuán menos lo que mañana hemos de ser! El eterno curso del tiempo lleva muy lejos nuestras frágiles existencias. Las olas del Océano de los siglos se suceden unas a otras, en tanto que los más orgullosos monumentos edificados por los más poderosos emperadores sólo viven y triunfan un instante... Los antiguos persas enseñaban tres cosas útiles: tirar al arco, montar a caballo y decir la verdad. La juventud moderna imita a su manera tal ejemplo, adoptando arcos de dos cuerdas, haciendo sudar a su caballo sin piedad y haciendo reverencias que sustituyen gentilmente la sinceridad. De todas las verdades del mundo, la que voy a contar es la más verdadera.
Tras la triste comida celebrada en el castillo, Juan se retiró a su cuarto, sintiéndose escéptico, inquieto, receloso y turbado, pues en la juventud todos estos sentimientos pueden mezclarse. Tenía ante sí los dulces ojos de Aurora Raby, más brillantes de lo que hubiera deseado Adelina (tal es la suerte que siempre espera a los buenos consejos), los pícaros labios de la duquesa y la tierna solicitud y encanto de su huesped. Meditó en todo ello, suspiró, contempló la luna desde su balcón, y, con la idea de pasear un rato por el bello jardín, pues le huía el sueño, salió a la galería. La galería estaba inundada de la azulada luz de la luna. Todo lo que esa luz toca, hombre de mundo, poeta, pastor, amante, aldeano o prestamista, se siente propenso a entregarse a las ideas abstractas. Como existen grandes secretos confiados a su brillante luz obtenemos de ella grandes pensamientos.
Juan permanecía en la galería, meditando en su suerte y su desgracia (ya que de todo hay en esta vida y de todo había o al menos podía haber en el castillo entre los tres encantos de las tres bellas que le seducían), cuando un ruido le sobresaltó. Fue un ruido muy extraño. Parecía el deslizamiento silencioso de un ser humano sobre los enlosados de piedra. Es preciso decir que la galería estaba colgada de retratos antiguos de los barones y las ladies fallecidos, que eran los antecesores de lord Enrique y de lady Adelina, antecesores que alcanzaban a los tiempos más antiguos de Inglaterra, y que tales lienzos, muchos de ellos gastados por los siglos, tenían ese aire y ese sombreado inconfundible que recuerda que sus modelos duermen deshechos en las tumbas... El rumor persistía, y don Juan, que nunca fue cobarde, quedó petrificado al contemplar una extraña figura, envuelta en un a modo de hábito de monje, que pasó ante sus ojos por tres veces, lenta y grave, como si flotara suavemente sobre sus invisibles pies fantasmales. A la tercera vuelta desapareció el fantasma, tras una pausa más o menos larga desde que nuestro héroe dejara de verlo, sin que don Juan fuera capaz de precisar si se había filtrado por los muros de piedra del castillo o había utilizado para su desaparición alguna de las numerosas puertas de la galería. Quedó nuestro joven petrificado, inmóvil, esperando la nueva aparición del fantasma. Más tarde fue recobrando su tranquilidad y hubiera deseado verdaderamente que todo hubiera sido un sueño, pero no tuvo la fortuna de despertar de él. Volvió a su habitación, aún tembloroso, sin saber por qué pensar; se acostó, sin conseguir dormir en toda la noche, y se despertó, sin haber dormido, muy temprano y muy preocupado.
Cuando bajó al salón para el almuerzo, se sentó pensativo junto a su taza de té. Tan distraído se hallaba que todos lo notaron. Adelina, que había, reparado en ello la primera, sin poder adivinar la causa, se acercó a él, aunque para dirigirle unas palabras vanas, sin atreverse a inquirir la manifiesta causa que le desasosegaba. La duquesa, jugando con su velo, fijó también su mirada distraída sobre él aunque sin proferir una sola palabra al respecto. Y la bella Aurora Raby le examinó con sus ojos negros mostrando una especie de sorpresa sosegada.
Adelina, por fin, no pudo contenerse y le preguntó a Juan la causa de su preocupación indiscutible. Juan, al principio, contestó vagamente. Al fin, contó la aparición de la noche pasada. Con sorpresa escuchó algo que no sabía, pero que era de todos conocido, o sea que en el castillo, cosa que es muy frecuente en las casas inglesas, había un fantasma. Mostró entonces don Juan mayor preocupación, y entonces Adelina quiso quitar importancia al asunto y dijo, con aquella gracia casi celestial que la caracterizaba, que sabía una canción muy linda sobre el tema y que iba a cantarla. Entre la alegría, no exenta de temor, si somos sinceros, de todos los invitados, se sentó al piano y cantó lo siguiente:
"Guardaos del sombrío padre, descendiente de los primitivos moradores de este edificio, que vaga por el castillo y ora todas las noches por los que yacen en sus tumbas. Desde que el viejo lord Amundeville arrojó a los frailes de esta casa, ese monje habita las tinieblas del sagrado asilo de la antigua iglesia. En vano vinieron los soldados del rey a amenazar la abadía y vigilarla concienzudamente; el fraile fiel sigue paseando por esta mansión luego que la noche sucede al día. Nadie sabe si es huésped fatal o invitado benéfico. Cuando mueren los lores Amundeville, se posa respetuoso sobre sus tumbas. Cuando les nace un hijo, se queja lastimeramente. Cuando les amenaza una desgracia, ríe sin temor alguno. Los pliegues de su negra capucha ocultan su rostro y sólo dejan ver sus ojos, que brillan con mirada de sombrío presagio ¡Guardaos del monje de Amundeville, el monje negro, heredero del viejo monasterio! Hasta hoy, el lord que lleva el título es el amo del día, pero el monje lo es de la noche y nadie sabe cuándo lo será de todas las horas creadas por los hombres. No maldigáis su presencia cuando sale de las sombras, ni turbéis el silencio de este inmortal habitante del sombrío castillo. Dirigid más bien al Cielo preces por su alma. Sea cual sea ese fraile y sus designios, desead para él el descanso eterno."
Adelina calló. Se habló más tarde de otros temas. Se olvidó por el mismo don Juan la aparición nocturna. Pasó éste su día entre las tres hermosas de sus sueños, admirando determinadas condiciones de marisabidilla de Adelina, ciertas hermosas cualidades de Aurora y la gracia indudable de Su Gracia la duquesa, cuyos ojos parecían rejuvenecidos. El rostro de esta última era la residencia de su alma —si es que gozaba de ella— y era muy seductor, sin perjuicio de un cierto airecillo maligno y picaresco... Las horas transcurrieron sobre iguales acontecimientos que los días anteriores: cánticos, juegos, caza del zorro, danzas, conversaciones y coqueteos, con y sin secreto. Se oyó, por fin, sonar la campana que congregaba a todos para la comida, viejos y jóvenes, aunque ninguno inocente, y se bendijo, como siempre, la lujosa mesa. He aquí una bendición que debíamos cantar cumplidamente.
***
En la comida de aquel día reinó en cierto sentido, la displicencia. Un vecino de mesa de Juan declaró su deseo de chupar una aleta de pescado. La relación que pudiera haber entre esto y la aparición de la noche anterior no es para comprendida, pero el hecho es que Juan recordó su aventura de ultratumba y que tornó a sentirse incómodo. Turbóse todavía más cuando sorprendió los ojos de miss Aurora fijos en los suyos y cierta cosa en sus labios que no podía ser sino una sonrisa. En cuanto a Adelina, ocupada aquel día por la gloria que aún le duraba a su canción, se ocupaba tan sólo de sus invitados, con manifiesta gracia, pero con cierto olvido de su preconcebida misión custodiadora de las virtudes de don Juan.
Mientras que Adelina prodigaba a todos sus gracias y agasajos, como perfecta castellana de su castillo, la hermosa duquesa de Fitz-Fulke se mostraba muy contenta y satisfecha... Se sirvió el café. Se despidieron los comensales que no vivían en el castillo. Se jugó un poco. Se charló. Llegaron las doce. Y cada huésped se marchó a su cama. Pues aunque hubiera algunos matrimonios, la rígida costumbre del castillo y las exigencias naturales de la caza temprana, reservada a los hombres, determinaban la prudente separación de sexos.
Don Juan, como los otros, fue a su cuarto. Desnudo ya, y envuelto en su bata, dio en pensar que podía volver su fantástico visitador de la noche anterior y se sentó a esperarle, puesto que él, ante todo, y por razones de buena educación y excelente nacimiento, se debía a sí mismo determinadas correcciones, determinadas delicadezas. Quiero decir que resolvió a esperar la llegada del fantasma.
Tantos años después podemos asegurar que no esperó en vano... ¿Qué es eso? Veo, veo... Ah, no, no... Pero..., ¡sí!... ¡Gran Dios!... ¡Él es!... ¡Él es, de nuevo!... Vaya al diablo ese furtivo paso, que lo mismo puede recordar las pisadas de un fantasma que el suave deslizarse de una miss enamorada hacia los brazos de su amante..., encaminándose a una cita amorosa por primera vez y, por ello, sobradamente temerosa de que puedan oírse los ecos de sus zapatitos... El monje estaba allí, el mismo monje de la noche antes, dispuesto a helar la sangre de don Juan en sus venas...
Tras el ruido conocido, vino algo más intenso todavía. La puerta del aposento de don Juan comenzó a abrirse lentamente. Acabó, al fin, por estar abierta ya de par en par, no con temor, sino con la gracia con que se abren las alas de las gaviotas, y luego volvió a cerrarse con el mismo impulso decidido, en tanto que don Juan, desfallecido, tomaba la cosa completamente en serio. En el umbral apareció el monje negro con su capucha... El alma del hombre está llena de temor al ridículo, y don Juan lo temió también aquella noche, puesto que era hombre de mucha alma. Se avergonzó de su actitud y hasta se atrevió a pensar que, aun en el supuesto de que se tratara de un verdadero fantasma, un alma y un cuerpo son más que suficientes para poder entendérselas con un alma sola...
Su primitivo miedo se convirtió en despecho y su despecho en cólera cuando quiso suponer que se trataba de una broma. Se levantó de su asiento, avanzó decidido hacia el fantasma... Pero éste abrió la puerta e intentó huir. Don Juan la cerró de un empujón definitivo. Decidido a saber, contempló cara a cara al monje. Hubo de extrañarse de que sus ojos, que eran lo único visible de su rostro, fueran brillantes y vivos, completamente opuestos a la idea infeliz que podemos tener en este mundo de los ojos de un muerto hace mil años. Y no era sólo esto, porque la tumba aquí había conservado algo muy agradable: el dulzor exquisito de la respiración del muerto. Era un olor encantador, de veras. Y aún, un suave rizo rubio se escapaba de la capucha. Y todavía la luna, saliendo de una nube, hizo que viera Juan dos blancas y lindas filas de perlas que asomaban a unos bermejos labios, cuando el fantasma pretendía desasirse de sus brazos...
1   ...   9   10   11   12   13   14   15   16   17

similar:

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconEl poema criollo “Yo soy gavilán primito cuando me enfrento a la...

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconEste fanfic esta dedicado a todos los fanáticos de este fabuloso héroe y también a Steele

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconTodo mi pasado de la Laboral apareció de pronto en mi mente al leer...

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconLa tierra nos enseña más sobre nuestra propia Naturaleza que todos...

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconEl Héroe En la mitología y el folclore, un héroe
«edad heroica», que termina poco después de la Guerra de Troya, cuando los legendarios combatientes volvieron a sus hogares o marcharon...

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconS bienvenidos a todos a mi página. Pongo todos los deberes, (de todos...

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconPlatón (427-348 a. C.) es el primer filósofo del que nos han llegado...

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconTítulo de la edición original
«Si dispusiéramos de una Fantástica, como disponemos de una Lógica, se habría descubierto el arte de inventar.» Era muy bello. Casi...

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconCuando era joven, vivía en Darien. A mí me gustaba jugar los deportes....

Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a iconEl propietario de una cosa tiene derecho a hacer suyo todos los frutos...






© 2015
contactos
l.exam-10.com