Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a






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títuloYo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a
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Así vemos, puesto que no puede dudarse siquiera de lo que dice el Morning Post, a nuestro amable ruso-español brillar, con los reflejos de sus encantos propios, en medio de los encantos de todos los demás.
El castillo de los Amundeville hallábase, desde antiquísimas edades, enclavado en el fondo de un fértil valle, guardado por todos lados por colmas pobladas de frondosos bosques. Ante él se extendía un lago de límpidas aguas, mantenido por la corriente líquida de un bello riachuelo, que trazaba su curso constante a través de la floresta, y cuyas claras aguas escapaban de él por medio de una brillante cascada coronada de espumas, cuyos ecos se iban apagando a lo lejos, como los quejidos de un niño consolado por su nodriza, y que acababa convirtiéndose en un pequeño arroyuelo que se deslizaba suavemente a través de la enramada.
El castillo era un edificio vasto y venerable, que conservaba todavía las raras huellas de su anterior destino monástico, y en el que aún existían los claustros, las antiguas celdas, el refectorio y una pequeña capilla intacta. En todo lo demás había sido reformado, por lo que actualmente recordaba más a los barones que eran sus propietarios que a los monjes que habían sido sus habitantes. Sus anchas salas, sus largas galerías, sus espaciosos aposentos, juntos todos por una ilegítima, pero bella unión de los estilos y las artes, podían chocar a un inteligente, pero producían una muy noble impresión en el ánimo de aquéllos que ven con los ojos del corazón, puesto que mirando así se halla bello a un gigante, sin pensar si está hecho según las regulares leyes de la naturaleza. Insignes barones cubiertos de hierro que en la siguiente generación se veían convertidos en finos condes vestidos de sedas y de cintas, ornaban las paredes del castillo, cada uno en su lienzo correspondiente, en admirables cuadros muy bien conservados y había también, alternando con ellos, lindas ladies Marías de frescos rostros y largos cabellos, condesas de edad más madura, brillantes de perlas y de rasos, y algunas de esas bellezas a lo sir Peter Lely, cuyo escaso vestido nos invita a admirarlas libremente.
***
Ha llegado el otoño y, con él, los huéspedes que eran esperados para el dulce goce de los placeres del campo inglés. El trigo está ya segado; los montes, llenos de caza; corren los perros de presa, seguidos de los cazadores a caballo, por las praderas verdes y alegres... Inglaterra tiene una felicidad a flor de piel y al alcance de todos: la de que, cuando comienzan su dulce declive los días otoñales, se creería que va a volver la primavera; tiene también una inagotable mina de placeres interiores, a base del amable fuego sostenido con carbón de piedra, y, al fin, posee ese conmovedor panorama de madurez del buen otoño, que lo que pierde en verdes lo gana en amarillos...
Los nobles huéspedes, reunidos en la abadía-castillo, eran, dando la preferencia al sexo femenino, la duquesa Fitz-Fulke, la condesa Grabby, lady Scilly, lady Busey, miss Eclat, miss Bombazeen, miss Mackstay, miss O'Tabby, miss Rabby, esposa del rico banquero, y la honradísima Mrs. Sleep, que parecía una cosa y era otra. Había, además, algunas de esas condesas, de las que es mejor no dar el nombre, sino el rango, que son la flor y nata, y también la hez, de las sociedades, mujeres por las que pasan los pecados como el agua a través de los filtros, que también son como el papel moneda que llega a convertirse en buen oro contante y sonante en los Bancos. El por qué ni el cómo no importan, puesto que el pasaporte cubre lo pasado, ya que la gente de buen tono no tiene menos nombradía por su tolerancia que por su piedad. Advertiré, sin embargo, que son muy difíciles de apreciar las reglas de la justicia que rige entre tales gentes, demasiado parecidas a las de la lotería. Mujeres virtuosas he visto tiradas por tierra sin motivo, en tanto que otras, realmente pecadoras, han sabido intrigar y luchar tan bien, que han podido volver al seno de la sociedad, brillando en ella como estrellas salvadas de la ferocidad ajena, tan sólo mediante algunas ligeras murmuraciones que no dejan cicatriz ninguna.
La partida se compondría de unas treinta y tantas personas de muy noble casta, y entre los hombres estaban: Paroles, el legista espadachín, que, limitando el terreno de sus batallas al foro y al Senado, cuando se ve llamado a otro lugar, se muestra siempre más amigo de las palabras que de los combates; el joven poeta Rackrhyme, recientemente aparecido, y brillante como un astro; lord Pyrrho; el gran librepensador y bebedor sir John Pottledeep; el duque Dash; doce pares, semejantes a los de Carlomagno; cuatro honorables místers, que no tenían otro honor que ése que, por título, colocaban ante sus nombres; estaba también ese valiente caballero anónimo, venido de Francia, que nunca falta y representa la astucia y la fortuna, el metafísico Dick Dubious, que amaba la filosofía y las buenas comidas; Angle, que se llamaba a sí mismo ilustre matemático; Silvercup, famoso por los muchos premios que había obtenido en las carreras de caballos; el reverendo Rodomonte Precisian, que odiaba menos el pecado que el pecador; lord Augusto Fitz-Plantagenet, muy bueno para todo, aunque mejor que para todo, para las apuestas; el gigantesco oficial de la guardia, Jack Jargon; el general Fireface, famoso en los campos de batalla, que en las últimas guerras se comió más yanquis que los que mató; el divertido juez del País de Gales, Jefferis Hardsman, tan experto en su oficio que, cuando un acusado oía su sentencia, escuchaba a la vez, para su consuelo, una chunga del que le había sentenciado. ¡Ah!, y estaban también, se me olvidaba, las cuatro miss Rawbolds, lindas hembras, en las cuales todo era música y sentimiento, y cuyos corazones pensaban menos en un convento que en una corona de conde o barón.
La compañía de buen tono se parece a un juego de ajedrez, pues en ella hay reyes, reinas, obispos, caballeros, rateros, usureros, de tal modo que el mundo no es más que un juego, con la sola diferencia de que las figurillas que en él trabajan se mueven por impulsos o resortes encerrados en ellas mismas y quizá pudieran compararse con los del alegre Polichinela.
Lord Enrique y su bella esposa eran el señor y la señora del castillo, y las personas que hemos nombrado, con alguna que tal vez se nos olvide, eran sus huéspedes. Su mesa hubiera quizá puesto a los manes en la tentación de pasar la laguna Estigia para hacer un banquete más substancioso. No me extenderé describiendo los guisados o asados, aunque la historia atestigua que, en todo, la felicidad del hombre, ese pecador hambriento desde que Eva comió la manzana, depende mucho de la comida. Diré solamente que los hombres salían temprano para cazar: los más jóvenes, porque gustaban de aquel ejercicio, y los de media edad para abreviar el día, en tanto que los viejos se paseaban por la biblioteca, revolviendo libros, criticando cuadros, o iban y venían miserablemente por el jardín, disertando sobre el invernadero. Algunos muy valientes montaban todavía un viejo caballo de apacible trote. Y todos, en fin, leían por la mañana las gacetas, fijando una lánguida mirada en los relojes en la disimulada, pero impaciente espera, propia de los setenta años, de que dieran las seis de la tarde. Nadie se sentía incómodo; la hora de las citas generales era anunciada por la campana de la comida, y hasta aquel momento todos eran dueños de su tiempo y libres de entretener sus ocios, reunidos o en soledad, conforme quisieran emplear su día, circunstancia amable de muy pocos mortales conocida.
Las señoras, unas con afeites y otras pálidas, disponían también como les parecía de las mañanas; si hacía buen tiempo, salían a caballo o a pie; si lo hacía malo, leían o referían una historia, cantaban o repetían la última contradanza llegada del Continente, discutían sobre la moda del porvenir, arreglaban la futura forma de los sombreros o borroneaban media docena de hojas de papel, aglomeradas en una cartita, con la que entretenían su correspondencia. Pues preciso es saber que, si algunas tenían sus maridos ausentes, todas ellas poseían amigos a quienes escribir. Nada hay en la tierra y en el cielo que se parezca a una epístola femenina, que, lo primero que es, es interminable y que jamás dice lo que tiene intención de decir, ni mucho menos lo que decir debiera... También había partidas de billar y diversos juegos de cartas. Barquichuelos, para los días en que el agua del lago estaba tranquila; patines, para cuando helaba y el frío dificultaba las pistas de la caza; pesca de caña, viejo y triste vicio solitario, diga lo que diga Isaac Wartol, ese viejo loco, ese cruel fatuo, que debería tener un anzuelo en la garganta y una trucha tirando del sedal para sacárselo.
Por la tarde se verificaba el banquete y se bebía vino, se entablaban conversaciones, y voces más o menos divinas (como que aún padecen con el recuerdo mi corazón y mi cabeza) ejecutaban dúos; las cuatro miss Rawbolds danzaban alegremente y aprovechaban la ocasión de ostentar sus lindos brazos blancos y sus talles de sílfidos. Separábanse todos temprano, es decir, antes de la media noche, la que es el mediodía de Londres... Y que Dios guarde en paz el dulce sueño de cada una de aquellas damas, flor replegada en sí misma, y haga resaltar cuanto antes los verdaderos colores de su rosa espléndida.
Nuestro héroe se avenía bien con toda clase de personas y vivía igualmente contento en el campo, a bordo de un navío, en una choza o en los palacios cortesanos, pues había nacido con ese dote feliz del alma que por nada se turba, de manera que tomaba parte con la misma modestia así en los trabajos como en los juegos. Sabía quedar en buen lugar con todas las mujeres, sin dejarse llevar por afectación alguna. Conquistó la admiración de todos aquella temporada campesina, y hasta en el deporte tan inglés de la caza del zorro supo mostrarse consumado maestro. Poseía, por otra parte, una cualidad, muy rara para una persona que había de madrugar para ir a la caza, y era la de no dormirse después de las comidas, cosa que gusta siempre a las mujeres, deseosas de poseer un oyente, sea santo o pecador, a quien dirigir las gratas palabras que se deslizan de sus labios de rosas. Vivo e inteligente estaba siempre atento a la parte más interesante del diálogo, aceptando cuantos conceptos ellas asentaban; unas veces grato, otras alegre, nunca pesado o impertinente, componiendo a las mil maravillas la figura del oyente perfecto. También bailaba, y muy bien, con gracia y comedimiento; sus pasos de danza eran castos y sabían retenerse en sus legítimos límites, sin que por eso perdieran ni la elegancia ni el atractivo... No debe, pues, causarnos admiración que llegara a ser el favorito de todas las señoras que habitaban el castillo, y que muchas lo consideraran como un Cupido verdadero, tanto dentro del grupo de las castas como en el de las que no gozan de tal felicidad. La duquesa de Fitz-Fulke, que gustaba de él, comenzó a atraparle con una marcada deferencia.
Era la duquesa una hermosa rubia, de edad inicialmente madura, pero de apetecible posesión aún, muy distinguida y celebrada en los inviernos del gran mundo. No relato su hazañas, porque constituyen, en cierto modo, un asunto espinoso, aparte de que pueden haberse deslizado determinadas calumnias en su crónica. Sólo debo decir que su última pasión había sido consagrada a su reciente esposo, lord Augusto Fitz-Plantagenet, noble personaje que, de todas maneras, empezó a fruncir las cejas ante el coquetismo que, frente a don Juan, invadía manifiestamente a su señora.
Inflamada por el amor sagrado a la virtud, lady Adelina empezó a encontrar algo censurable la conducta de la duquesa y, sintiendo muy de veras que tal dama hubiese entrado en la mala senda y hubiera, acaso, de pasar por el terrible dolor de perder su decoro, se decidió a poner de su parte cuanto fuera preciso para evitarlo. Y, así, la tranquila severidad de la casta lady Adelina no se limitó a apesadumbrarse por su amiga, cuya reputación estaba a punto de parecer dudosa a la posteridad, sino que resolvió tomar las medidas que fueran convenientes para detener los progresos de tan triste aventura.
No era una de las razones menores de la conducta de lady Adelina la de considerar el peligro que había también para don Juan en semejante asunto, ya que la juventud de nuestro héroe (nada menos que seis meses menor que ella), el genio del duque y, en especial, las condiciones temperamentales de la duquesa, lo justificaban cumplidamente. Tenía Su Gracia fama de intrigante y algo pícara, aun en la esfera de lo amoroso; era una de esas bonitas y preciosas plagas que fatigan a un amante con tiernos caprichos, que gustan de promover duelos y disputas, siempre que tienen ocasión para ello; que os encantan y os atormentan, si las amáis, en sus accesos de frialdad y ardor alternativos, y, lo que es aún peor, que no os dejan marcharos nunca de su lado, que no dejan que acabe nunca la aventura. En una palabra, era una de las mujeres nacidas para trastornar la cabeza de los hombres jóvenes o para acabar de convertirlos en un Werther. No es extraño, pues, que el alma pura de lady Adelina temiera que la duquesa llegara a ser funesta para su joven amigo. Movida por la inocencia de su corazón, que ignoraba o creía ignorar toda especie de artificios, suplicó primero a su esposo que diese algunos consejos a don Juan, sin conseguir que éste le hiciera caso, ya que lord Enrique se limitó a aconsejarle, a su vez, que no se mezclara en asuntos ajenos, y se marchó a leer su correspondencia, dándole un inocente beso en la frente, más propio de un hermano que de un esposo. Y en este beso está, al fin y al cabo, toda la psicología de este buen hombre, a quien, reuniendo numerosas excelentes condiciones, le faltaba aún algo, que, por consecuencia, también le faltaba a su hermosa lady Adelina. Tanto le faltaba que, a veces, especialmente en los atardecidos, sentía ella vacío su corazón, aunque lo supiera muy digno de hallarse bien ocupado. Ella amaba, o al menos creía amar, a su marido, mas tal amor la costaba un esfuerzo, pues terrible trabajo es, al fin y al cabo, hacer caminar nuestros sentimientos cuesta arriba.
Por más que la bella Adelina pudiera lisonjearse íntimamente de la pureza de sus intenciones, interviniendo en el pleito de don Juan y la duquesa, lo cierto es que en su alma iba creciendo, gota a gota, un extraño sentimiento que la obligaba a sentirse cada hora más resuelta a oponerse a los deseos de su amiga. Si Bonaparte hubiese vencido en Waterloo hubiera seguido siendo firme, pero alcanzó esta firmeza suya de siempre un grado de obstinación total precisamente cuando fue vencido. No creo que nuestra hermosa estuviera ya entonces enamorada de don Juan, pues, de lo contrario, hubiera tenido fuerza de ánimo bastante para rechazar como convenía tan exaltado sentimiento, absolutamente nuevo para su alma. Creo que experimentaba tan sólo hacia él una simpatía extraordinaria, que no sé si era verdadera o falsa, y que se afirmaba más vigorosamente al considerar que nuestro héroe era muy joven, extranjero, amigo suyo y de su esposo, y se hallaba a punto de caer en los brazos de una sirena tan acreditada como la duquesa.
Es indudable que la secreta, pero constante influencia del sexo interviene mucho en la amistad y transforma en sentimientos, especialmente gratos y tiernos, la de los hombres y las mujeres. Don Juan y la casta Adelina, ¿llegaron, por ventura, en su amistad a darse cuenta de este matiz profundo? En otra parte lo veremos. Durante la temporada de estancia en el castillo, pasearon mucho juntos, estudiaron el español, conversaron largamente, danzaron y, acaso, se contaron uno a otro más de un leve secreto. Mas ruego al lector que no prejuzgue nada anticipadamente, pues se expondría a incurrir en equivocaciones, tanto acerca de ella como de él... Tomaré, en consecuencia, un tono más serio que el que hasta ahora he empleado en esta sátira para hablar de ellos. Ignoro a punto fijo si, al fin, habrán o no de sucumbir. Pero si así sucede, los tendré por perdidos a los dos y lo sentiré profundamente.
***
De las cosas más pequeñas suelen originarse las más grandes consecuencias. ¿Quién creería que una pasión tan peligrosa como la que conduce muchas veces al hombre y a la mujer al borde de los precipicios del pecado puede producirse simplemente a consecuencia de una ocasión trivial, insignificante? Bien seguro estoy de que no creeréis la historia aquélla de un galán francés y una arrogante y dulce lady escocesa que hubieron de sufrir el fuego eterno y el desdén humano, simplemente porque el destino los dejó solos una tarde de lluvia durante una partida de billar. El mundo nuevo no sería nada comparado con el antiguo si algún Cristóbal Colón de los mares morales enseñase a los hombres las antípodas de sus almas. ¡Cuántos desiertos, cuántos bosques, cuántas montañas, y ríos, y paisajes, se descubrirían en el alma humana! Lady Adelina, la muy honorable y muy honrada lady, corría el riesgo de perder, al menos, una parte de su honor, aunque no lo supiera ella misma, pues son muy pocas las personas de su amable sexo que saben ser constantes en las resoluciones que toman. Adelina, sin embargo, podía compararse a esos licores puros, esencia misma de los pámpanos, que acaso no pueden nunca adulterarse. Cuanto más interesada estaba en una cosa, más ingenua se mostraba. Entregaba sin reparo su cabeza y su corazón a los sentimientos de la naturaleza más inocente. Y así era de esa pura especie su agrado al conocer la historia de don Juan, tan llena de aventuras, guerras, viajes, amores, peligros y ternuras, porque las mujeres oyen siempre esas relaciones con placer infinito. Añadid a esto que don Juan ganaba cada día ante los ojos que lo contemplaban. Era sereno, amable, y se manifestaba placentero, aunque sin ostentarlo; era insinuante sin insinuación; observaba los defectos y las fragilidades del mundo, pero no lo decía; mostrábase altivo con las personas altivas, mas siempre con cortesía, de un modo capaz de hacerlas entender que conocí el rango que ocupaba él, así como el que pertenecí a ellas; sin sentir pretensiones a la prioridad, jamás consentía ni reclamaba la superioridad. Y conste que todo esto es de aplicación para referirlo al trato de don Juan con los hombres, porque, en cuanto a las mujeres, era lo que ellas querían que fuese o llegase a ser, gentil y simplemente.
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