Yo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a






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títuloYo, que soy el autor de este poema, ando buscando un héroe; es cosa extraordinaria que no pueda encontrarlo, cuando casi todos los días se nos presenta uno a
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Querida Mrs. Fry, mejoradora de todos los sistemas carcelarios ingleses, dejadme que limpie vuestro cuchitril con una escoba fiel y diligente, porque están llenas de telarañas sus paredes. ¿Por qué vais a Newgate a predicar a los pobres bribones allí presos? ¿Por qué no comenzáis vuestros sermones por ei palacio real de Carlton y otros hermosos inmuebles semejantes? Ensayaos contra los pecadores incorregibles y endurecidos de la Corte. No intentéis mejorar, porque sería un absurdo, al pobre pueblo con vuestra vana palabrería filantrópica. ¡Quitad allá! Os creí más religiosa, Mrs. Fry... Enseñad la decencia que conviene al hombre de sesenta años, curadle de vanidosas y egoístas apetencias, de las costumbres húsaras y escocesas; mostradle que sólo una vez pasa la juventud, y que después no vuelve nunca; hacedle ver que el poderoso banquero Curtis es un tonto. Decidle, aunque acaso sea demasiado tarde para su pobre vida gastada y estragada que...
***
A la caída del sol llegó don Juan a Sooters-Hill, donde el bien y el mal han sido dominados y fermentan en plena actividad las calles londinenses. Todo era silencio alrededor, salvo ese murmullo, ese susurro de las ciudades, que es su misma espuma inaprehensible. Absorto ante la grandeza de aquel pueblo, bajó de su coche y se puso a seguirlo meditando. Esto era lo que meditaba:
—He aquí la mansión querida de la libertad; aquí resuena la voz del pueblo, al cual los tormentos, los calabozos y la Inquisición no pueden ya sumir en las tumbas; aquí le espera, por el contrario, una resurrección a cada nueva asamblea o a cada nuevas elecciones. Aquí las esposas son castas y la vida pura; aquí no paga el pueblo más que lo que le place, y si todo está caro, es porque gusta a la gente tirar su dinero a la calle para manifestar el bonito volumen de su renta; aquí las leyes son inviolables; nadie acecha a los viajeros, y los caminos son seguros y plácidos; aquí...
Así meditaba, cuando se sintió cogido por detrás, empujado contra un muro, amenazado por una abierta navaja, y escuchó estas increíbles palabras:
—¡Malditos sean vuestros ojos! ¡La bolsa o la vida!
Se trataba de cuatro perillanes, nacidos por error en Inglaterra, que se dedicaban al pintoresco oficio de privar de su dinero, sus calzones y su vida a cualquier viajero de la opulenta isla. Juan al principio sospechó que todo aquella fuera el saludo cortés de los ingleses, el "Dios os guarde" nacional, y es preciso convenir que tal idea no era demasiado loca, cuanto que yo mismo, por mi desgracia, no he oído decir jamás a un inglés '"Dios os guarde" de otro modo que de ése. Pero, al poco, tuvo que comprender que la cosa iba en serio, y, como era impulsivo e iracundo, sacó su pistola y se la descargó a uno de los rufianes en medio del estómago. Cayó éste, aullando de dolor, sobre su natal lodo. Huyeron los demás. Acudieron los de la comitiva de nuestro héroe. Murió por fin, el herido, no sin entregar antes a Juan su pañuelo ensangrentado, encomendándole este dulce encargo de imposible cumplimiento, pero no por ello menos tierno:
—Entregad esto a Sal, respetable milord...
Y murió, como digo, cosa que, tras molestar un tanto a nuestro héroe ante el Juez correspondiente, no dejó de darle tema para muy hondas cavilaciones sobre la pobre vida humana. Aquel desdichado se llamaba Tom... Pero Tom ya no existe. Los héroes deben morir y, por la gracia de Dios, no pasa mucho tiempo sin que la mayor parte de ellos se vayan a la última morada...
¡Salud, Támesis, salud! La carroza de Juan vuela, con alegre estrépito, entre las filas de coches y carretas de los cerveceros, las estacadas obstruidas con escombros, el torbellino de las ruedas, los gritos, la confusión, las puertas abiertas de las tabernas, las malas postas, las tristes cabezas de madera, cubiertas con pelucas apolilladas de los escaparates de las peluquerías; los brillantes faroles, donde un hombre, subido en una escalera, derrama lentamente su porción municipal de aceite (porque aún no teníamos entonces gas).
Habíase puesto el sol cuando nuestros viajeros atravesaron el puente. ¡Hermosa obra, en verdad! El blando rumor del ancho Támesis, que reclama un momento de atención en favor de sus olas, aunque apenas oído entre mil juramentos; la luminosa claridad de los fanales de Westminster; la anchura de las calles y aceras; la silueta de aquel lujoso templo, habitado por la gloria, que hace sagrada esta parte de Albión. Los bosques de druidas ya no existen, y ello nos complace, porque tampoco existe Stone Henge; mas, ¿qué diantres es todo eso? Existen aún, por ventura, las cadenas de Bedlam, para que los locos no muerdan a los visitantes. Existe el banco del rey, el Mansion-House, en el que el monarca hace sentar a la fuerza a sus deudores. Existe, sobre todo, la abadía, y ella vale sola por todas las cosas del mundo... Don Juan y los suyos cruzaron sobre los retumbantes empedrados, camino de Pall-Mall, hacia su fonda. Una de las fondas más hermosas de toda la tierra...
La misión de Juan era secreta y sólo se sabía de él que era extranjero, rico, joven y hermoso y que había merecido el amor de la soberana de todas las Rusias. Él supo presentar sus cartas muy a tiempo, y fue recibido con honores y zalemas por esos buenos políticos de dos caras que, frente a un hombre casi un niño, se las prometieron muy felices, pensando engañarle fácilmente. No fue así, como habrá de verse, mas ello no importa ahora. Porque ahora se trata simplemente de cantar la mentira. Ella es únicamente una verdad rebozada y desafío a todos los seres humanos a que afirmen algo que no tenga alguna levadura de falsedad. ¡Loor a los embusteros y sus embustes!
Fue presentado en palacio. Fue admirado por todos, y gustó especialmente, entre sus prendas personales, un diamante admirable y grandísimo que le había regalado Catalina, sin duda porque tuvo sus motivos íntimos para hacerlo, lo cual, a ciertos ojos, aumentaba el valor de la preciosa piedra. Noble como era, mereció la amistad y consideración de los de su estirpe. Mozo, lo apetecían por igual solteras y casadas: para unas, porque era una esperanza de matrimonio, y para otras, por un sentimiento algo más generoso. Él, bachiller tres veces en artes, en talentos y en corazón, bailaba, cantaba y lucía un aire sentimental como una suave melodía de Mozart, apareciendo triste o alegre, según venía a cuento. No tenía caprichos y demostraba conocer el mundo. Las doncellitas frescas e inocentes se ruborizaban frente a él; las casadas intentaban ruborizarle; las marisabidillas, esas tan sensibles que suspiran por el último soneto y guarnecen su desdichada soledad tras las páginas de la revista de poesía más desconocida, avanzaron hacia él como verdaderos asaltantes; pero Juan era hábil y se libró de servir para que lady Fitz-Friky o miss María Maunisw se sintieran cantadas en el idioma de Cervantes... De todo triunfó Juan. Entregó a la pequeña Leila al cuidado cariñoso y la sabia educación de lady Pinchbeck, conforme le aconsejaron ciertas damas de la "Asociación para la supresión del vicio", y continuó viviendo alegremente. Esta lady Pinchbeck era algo vieja, pero había sido joven; era virtuosa y no lo había sido, conforme aseguraban malas lenguas. En todo caso, era ahora una anciana ingeniosa, que tenía a Juan en gran estima y que abrió a la niña las puertas de su casa y de su corazón. Tranquilo en este punto, Juan tuvo muchos amigos que tenían muchas mujeres, y fue espléndidamente atendido por todos en esa alegre vida que consiste en tener el coche siempre preparado para hacerle correr en cualquier momento en pos de un convite.
Un joven soltero que tenga un nombre y sea rico —no me canso de decirlo— se ve precisado a jugar en sociedad un juego que consiste en hallar el perfecto equilibrio entre la aspiración de las solteras por encontrar compañía asegurada y el afán de las casadas de ahorrar a las vírgenes el trabajo del matrimonio. Puede éste parecer un juego fácil, mas si habláis siete veces seguidas con una cualquiera de las primeras, ya podéis preparar el vestido de boda. Quizá recibiréis una carta de la madre, asegurándoos que ha descubierto casualmente los sentimientos de su hija y que no quiere estorbar vuestra mutua felicidad; quizá sea la visita del hermano, que vendrá con su levita y su corsé debajo, sus bigotes y su aire trascendente, a preguntaros por vuestras verdaderas intenciones. Ambos inesperados acontecimientos, tanto por compasión hacia la virgen como por caridad hacia vosotros misinos, pueden muy bien servir para añadir un ejemplo más a la larga lista de curaciones realizadas por el matrimonio. En cuanto a las casadas, son más dulces y generosas, pero, ¿quién garantiza nunca el carácter de sus maridos? Y aún se mezcla en el juego, para no detenernos demasiado sobre él, un tercer elemento que quiero denunciaros: el de esa especie de cortesana anfibia, "color de rosa", es decir, ni carmesí ni blanco, la fría coqueta que no puede decir "no" y no quiere decir "sí", la cual envía todos los años a la tumba una considerable cantidad de Werthers. Y, en fin, para acabar, existe aún un peligro, que es, en verdad, el más grave de todos: el de aquéllas que, sin miramientos a la Iglesia, al Estado, al marido, a la madre o al hermano, se entrega formalmente a enamorarse de vosotros. En la antigua Inglaterra, cuando eso sucede, ¡pobre criatura! el pecado de Eva se considera una bagatela comparado con el suyo.
Si, por ventura, la inglesa llega a entregarse a "una pasión", el negocio se pone muy serio. Por cada diez veces, en nueve no interviene sino la moda o el capricho, la coquetería o el deseo de darse tono, el orgullo de un niño adornado con un cinturón nuevo o el anhelo de desconsolar a una rival; pero tal vez llega la ocasión en que el amor será un huracán, y entonces no puede calcularse de lo que una inglesa es capaz. Juan, aunque no conociera esta verdad, ni fuera casuista, recordaba a su dulce Haida, y entre varios centenares de mujeres no encontraba ninguna que fuera enteramente de su gusto. Por otra parte, se divertía conociendo Londres, visitando sus Cámaras, prodigios de la elocuencia y de la libertad del hombre, siendo recibido en la mejor sociedad, donde, sin embargo, como sucede con frecuencia, se hallaba amenazado de caer ante el peligro que quería evitar. Mas, ¿por quién, cómo, cuándo? He aquí lo que todavía no podemos saber, aunque, sin duda, se preparaba ya en el secreto insondable de los hechos organizados y previstos por el destino.
Milady Adelina Amundeville era de noble origen, rica por el testamento de su padre y muy bella en el país en que más abundan las bellas, según voto de sus fieles y celosos patriotas, que la proclaman, cosa indispensable, la tierra más preciosa en cuerpos y en almas. No soy yo quien les contradice. Unos ojos son siempre unos ojos y, en realidad, no importa que sean azules en lugar de ser negros. El bello sexo debe ser bello siempre, y ningún hombre de menos de sesenta años debe advertir que existe una mujer que no sea linda. Transcurrida esa edad, les resta todavía a los hombres la pasión por la reforma, la paz, la discusión de los impuestos, lo que se llama la nación, en fin; gozan de la esperanza de llegar algún día a regir la nave del Estado, y, por último, de los placeres que encierra el odio, que viene a sustituir al amor. Ello es la última enseñanza, puesto que los hombres que aman de prisa odian con cachaza. Yo ni amo ni odio con exceso, aunque bien es verdad que siempre no me ha sucedido lo mismo. Pero confieso que sería muy feliz si pudiera enderezar entuertos y que preferiría prevenir el crimen a tener que castigarlo, aunque Cervantes, en su demasiado verídica historia del Quijote, haya demostrado lo inútil de semejante designio. Por cierto que ninguna novela es más triste que ésta, tanto más triste cuanto que hace reír. El héroe es en ella un hombre honrado que anda buscando el bien sin fatiga y que corre constantemente tras el mal para combatirlo... La risa de Cervantes concluyó con la caballería española, resultando de ello que su chanza privó a España de su brazo derecho. Desde entonces han sido allí muy raros los héroes. En los días en que las novelas de caballería encontraban a aquel pueblo, el Universo abría ancho campo a sus brillantes falanges. Pero tanto ha sido el mal producido por la genial burla del poeta, que toda su gloria, como ingente creación literaria, ha venido a resultar pagada muy cara con la ruina de España.
Mas me olvido de milady Adelina Amundeville, la hermosura más fatal con que Juan tropezara jamás, aunque ella no fuese mala ni deseara enojarle. El destino y la pasión, sin molestarse en dar explicaciones, extendieron sus redes alrededor de estos dos jóvenes. La dulce Adelina era, en medio de la zumbonería de este mundo, un espejo de belleza, cuyos encantos daban que hablar a todos los hombres y hacían callar a todas las mujeres. Esto último fue tenido por un milagro, que desde aquellos días no ha vuelto a repetirse. Casta, hasta el punto de desesperar a la maledicencia; esposa de un hombre a quien había amado con todo su corazón, hombre muy conocido en los círculos políticos: frío, imperturbable, franco, como buen inglés, bastante inclinado a obrar con calor en determinadas circunstancias y tan orgulloso de sí mismo como de su encantadora mujer. El mundo no tenía nada que decir en contra de ellos, y ambos parecían vivir en la más perfecta tranquilidad: ella en su virtud y él en su altanería.
El acaso hizo que determinadas gestiones diplomáticas reunieran muchas veces a don Juan y al esposo de milady. Aunque éste fuera reservado, la juventud, la gracia y el talento de nuestro héroe hicieron mella en su espíritu, inspirándole una estimación que acaba casi siempre por hacer buenos amigos a los hombres, según las reglas de la buena crianza. Como los dos eran iguales en nacimiento, posición social y fortuna, no podían, uno a otro, reclamarse distinción alguna que los diferenciara, aunque milord creyera que le llevaba alguna ventaja por los añs y por la patria. El hecho es que su amistad se hizo de día en día más íntima y que don Juan acabó por ser siempre huésped bien venido y aun deseado en casa de lord Enrique.
Es muy cierto que las mujeres se hallan más seguras de su propia virtud entre una muchedumbre de fatuos aspirantes a su desaparición que ante uno solo. El palacio de lord Enrique, repleto de ellos, podía representar en tal sentido la más perfecta de las garantías, pero la verdad es que Adelina no tenía la menor necesidad de semejante escudo, que deja, por cierto, muy poco mérito para la verdadera pureza femenina. Su gran recurso estaba en su elevado espíritu, que sabía juzgar a los hombres según su verdadero valor. En cuanto a la coquetería la desdeñaba la esposa del inglés, porque, segura de la admiración que causaba, había concluido por importarle muy poco los tributos que diariamente recibía. Cortés sin afectación, si bien es verdad que sabía mostrar por algunos de sus admiradores cierta deferencia halagadora, también lo es que ella no dejaba nunca huella alguna indigna de la esposa o de la doncella más casta y que, si era generosa y amable por naturaleza, lo era por cortesía con cuantos pasaban por amigos suyos y, acaso, por tierna solicitud y caridad hacia los que gozaban fama de genios, a fin de consolarlos de la triste gloria de ser gloriosos. Bella hasta lo infinito, venía a ser, por unión de su hermosura corporal con la de su alma, lo más grato que Londres podía ofrecer a viajero alguno.
Mas no crea el lector que milady fuera una mujer fría e indiferente, porque de todos es conocida la repetida imagen del volcán que, alimentando en su seno la ardiente lava, se cubre de por fuera con un manto de nieve, o aquella otra que me viene a las mientes de una botella de champaña, cuyo licor, helado por el frío, no encerrase entre sus témpanos sino unas pocas gotas, que por ello serían las mejores del mundo, ya que nada hay como el vino reducido a su quintaesencia. ¡Oh!, estas gentes que parecen contenidas y frías son sorprendentemente ardorosas, una vez roto el hielo maldito que las rodea.
***
El invierno inglés, que termina en julio para volver a empezar en agosto, había terminado ya en el tiempo en que tiene lugar nuestra historia. Tal época era, pues, la que todos los años se transforma en el paraíso de los postillones: vuelan las ruedas, los caminos se cubren de carruajes, las diligencias se cruzan, al Sur o al Este, al Norte o al Oeste, sin que nadie compadezca a los pobres caballos de posta, porque cada cual guarda su piedad para sí y para sus hijos, bien entendido que éstos, que se hallan en los colegios, habrán cumplido su deber contrayendo más deudas que sabiduría... Milord Enrique partió también en su carroza, durmiéndose en ella al lado de milady. Partían para su magnífico castillo en el campo, Babel gótica, que contaba ya más de mil años de antigüedad. Ya todos los periódicos habían dedicado un párrafo al comentario de su viaje. Tal es la gloria moderna. El Morning Post fue el primero en proclamar la gran noticia: "Hoy ha partido—dijo—, para su casa de campo, lord H. Amundeville con su esposa, lady Adelina." Y aún añadía: "Se asegura que este ilustre señor recibirá este otoño, en su castillo, a una espléndida partida de sus nobles amigos, entre los cuales sabemos, por conducto fidedigmo, que se cuenta el duque D., que piensa pasar por allí la estación de la caza con otros muchos personajes de alto rango, entre los cuales se nombra al ilustre extranjero enviado en misión diplomática por la Corte de Rusia."
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